Contradicciones en el seno del pueblo

Contradicciones en el seno del pueblo

Trump y Mark Carney no representan dos potencias equivalentes, sino dos formas distintas de poder imperial dentro del capitalismo norteamericano.

El conflicto actual permite leerlo así. Trump expresa una lógica imperialista unilateral, basada en el tamaño del mercado estadounidense, los aranceles, la presión financiera y el control de recursos estratégicos. Carney, en cambio, intenta defender el margen de autonomía de una potencia colonial secundaria, Canadá, que históricamente formó parte del Imperio británico y que construyó buena parte de su poder sobre la expansión territorial y la subordinación de los pueblos indígenas. La propia historiografía canadiense reconoce esa trayectoria colonial.

La paradoja es interesante: Carney puede aparecer hoy como defensor de la soberanía canadiense frente a Washington sin que eso convierta a Canadá en una potencia anticolonial. Canadá es simultáneamente objeto de presión imperial estadounidense y heredero de una estructura colonial propia.

Eso se vuelve particularmente visible con los recursos naturales. La disputa Trump-Carney no gira solamente alrededor de aranceles: también involucra minerales críticos, energía, industria y cadenas de suministro. Washington busca profundizar su capacidad de apropiación de recursos estratégicos canadienses, mientras Ottawa intenta conservar el control sobre ellos. Las negociaciones recientes incluso chocaron con demandas estadounidenses relacionadas con minerales críticos.

Y el momento actual es especialmente significativo: Estados Unidos acaba de imponer aranceles del 50% sobre unos US$20.000 millones de productos canadienses, mientras Carney anunció una respuesta equivalente.

Trump y Carney no disputan entre capitalismo y anticapitalismo: disputan quién controla, organiza y apropia el excedente de América del Norte.

Trump representa el intento de la burguesía estadounidense de reconcentrar la renta y el poder continental alrededor de Washington. Carney representa a las fracciones dominantes canadienses que necesitan preservar su autonomía para seguir apropiándose de los recursos y de la renta nacional sin quedar absorbidas por el capital estadounidense.

Por eso, “dos potencias coloniales” es una hipótesis potente, siempre que no se pierda la asimetría: Estados Unidos es la potencia imperial dominante; Canadá es una potencia capitalista de segundo orden con una historia colonial propia y actualmente sometida a una presión imperial estadounidense creciente.

Trump quiere que Canadá sea periferia de Estados Unidos; Carney quiere que Canadá siga siendo una potencia capitalista autónoma.

Y ahí aparece una cuestión latinoamericana de fondo: ninguno de los dos proyectos cuestiona el patrón de apropiación imperial de recursos; la disputa es quién ocupa el lugar dominante en la cadena de valorización norteamericana.

agosto 24, 2026
Huele a azufre

Huele a azufre

El artículo plantea una cuestión de fondo: ¿por qué las sociedades contemporáneas parecen capaces de producir guerras, militarización y enormes desplazamientos de recursos, pero no procesos revolucionarios comparables a los del siglo XX?

La pregunta es particularmente fértil si se la lee desde una perspectiva de clase. La tradición marxista había pensado la guerra y la revolución como fenómenos estrechamente relacionados. La Primera Guerra Mundial, por ejemplo, creó las condiciones para la Revolución Rusa; la guerra española, la Revolución China, Vietnam y Cuba muestran distintas formas de articulación entre crisis militar, crisis estatal y movilización social. La propia Jacobin ha señalado que desde 1917 la revolución quedó profundamente marcada por la militarización de la política.

Pero hoy la relación parece haberse invertido. La guerra no está abriendo necesariamente el camino a la revolución: está funcionando como mecanismo de disciplinamiento social y de recomposición del poder. La destrucción, el endeudamiento público, el gasto militar y la emergencia permanente permiten transferir recursos hacia los grandes complejos industriales, financieros y tecnológicos, mientras las clases populares absorben el costo mediante inflación, precarización y deterioro de las condiciones de vida.

Ahí aparece la contradicción central. El capitalismo atraviesa crisis que objetivamente producen condiciones de descontento, pero la existencia de una crisis capitalista no produce automáticamente conciencia de clase ni capacidad revolucionaria. La clase trabajadora puede sufrir una intensificación de la explotación y, simultáneamente, experimentar fragmentación política, individualización y pérdida de organización colectiva. Un texto de Jacobin sobre la situación del proletariado llega precisamente a esta conclusión: el problema contemporáneo no puede reducirse simplemente a una «crisis de dirección», porque existe una crisis más profunda de constitución del propio sujeto proletario.

Desde esta perspectiva, la pregunta «¿por qué la guerra y no la revolución?» puede reformularse así: ¿qué ha cambiado en la relación de fuerzas entre capital y trabajo para que la crisis del capitalismo produzca más fácilmente guerra que transformación social?

La respuesta está, en buena medida, en la enorme capacidad contemporánea del capital para administrar la crisis. La guerra moviliza al Estado, pero no necesariamente contra el capital: puede ponerlo a su servicio. Tecnología, energía, infraestructura, inteligencia artificial, industria militar y finanzas convergen en un nuevo circuito de acumulación. Al mismo tiempo, la amenaza externa permite construir consenso, neutralizar conflictos internos y presentar como «interés nacional» decisiones que tienen beneficiarios de clase perfectamente identificables.

Por eso, el problema de la izquierda no consiste solamente en esperar que una nueva crisis produzca espontáneamente una revolución. La experiencia histórica demuestra que las crisis pueden desembocar tanto en procesos emancipatorios como en autoritarismo, fascismo o guerra. Incluso la Revolución Rusa no fue resultado de una supuesta «ley histórica»: la guerra sincronizó una crisis campesina, una crisis obrera y la descomposición del ejército, pero el desenlace dependió de la intervención política organizada.

La paradoja de nuestro tiempo es entonces que el capitalismo parece haber recuperado una extraordinaria capacidad para transformar sus contradicciones en instrumentos de dominación. La guerra aparece como una salida sistémica; la revolución, en cambio, requiere reconstruir previamente aquello que el neoliberalismo fragmentó: organización, solidaridad, conciencia de clase y capacidad colectiva de disputar el poder.

En ese sentido, la pregunta del artículo no debería llevarnos a abandonar la idea de revolución, sino a formular una cuestión más incómoda: ¿qué tipo de sujeto político y de organización de clase puede transformar la crisis permanente del capitalismo en una crisis de su poder? Ese es probablemente el verdadero problema estratégico de la izquierda del siglo XXI.

En la apertura el discuso en buena medida anticipatorio de Hugo Chávez Frías hace dos décadas en la ONU acerca de la pretensión de sostenimiento de la hegemonía norteamericana y su impacto en la región.

agosto 24, 2026
El auge del «complejo industrial del sarampión» y la deriva antivacunas de la derecha

El auge del «complejo industrial del sarampión» y la deriva antivacunas de la derecha

Un análisis de Paul Krugman sobre las consecuencias del reciente decreto de Donald Trump orientado a reducir las vacunas infantiles recomendadas en EE. UU., enmarcado en el crecimiento del escepticismo médico dentro del movimiento MAGA y la extrema derecha.

Puntos centrales:

Políticas de salud en retroceso: Basándose en la teoría desmentida sobre el vínculo entre vacunas y autismo, la medida de la administración estadounidense reduce la cobertura preventiva de enfermedades como el sarampión, las paperas y la rubéola, impulsando el peor brote de casos de sarampión en las últimas décadas.

La paradoja del autismo: Mientras se atacan las vacunas sin base científica, la ciencia ha documentado una fuerte correlación entre el trastorno del espectro autista y la exposición a la contaminación atmosférica (combustibles fósiles), una agenda que el sector conservador desregula activamente.

Una brecha puramente partidista: Datos de encuestas como Gallup revelan que el rechazo a la efectividad y seguridad de la vacunación infantil no es un fenómeno generalizado, sino concentrado casi exclusivamente entre los votantes y simpatizantes republicanos.

El negocio de la desinformación: Detrás del discurso antivacunas existe un «complejo industrial» muy lucrativo: un ecosistema mediático de derecha alimentado por la venta de remedios milagrosos, suplementos sin evidencia y charlatanería médica que lucra cuestionando la ciencia tradicional.

La herencia de la pandemia: La reacción contra la acción colectiva durante el COVID-19 derivó en un movimiento antiintelectual y conspirativo generalizado que hoy amenaza los logros históricos de la medicina pública.

PD: Todo tiene ,obviamente, su réplica berreta en La Argentina de Milei y su banda.

agosto 23, 2026