Detrás del repliegue oficialista con la Ley de Tierras y de Manejo del Fuego, se encuentra una secuencia política más profunda.
En política, las correlaciones de fuerzas suelen presentarse como realidades estáticas. Se las mide a través de elecciones, encuestas, bancadas parlamentarias, capacidad de movilización, recursos económicos o control institucional. Sin embargo, la historia política demuestra que ninguna correlación de fuerzas permanece definitivamente congelada. A veces, un acontecimiento inesperado puede alterar en poco tiempo aquello que parecía firmemente establecido.
El acontecimiento o evento no debe confundirse con cualquier hecho de coyuntura. Se trata de una irrupción capaz de modificar la percepción que los actores tienen de sus propias posibilidades. Una sociedad puede atravesar durante meses o años un proceso de malestar, fragmentación y descontento sin que ello se traduzca automáticamente en acción política. Pero basta en ocasiones un hecho aparentemente menor para que esas demandas dispersas encuentren un punto de condensación.
Allí comienza a cambiar la política.
La importancia del acontecimiento reside precisamente en que no puede explicarse solamente por las estructuras institucionales existentes. Aparece en un terreno preparado por contradicciones sociales previamente acumuladas, pero introduce algo que no estaba previsto en el cálculo de los actores dominantes. Lo que hasta entonces parecía imposible comienza a aparecer como posible.
Por eso, la correlación de fuerzas no se modifica únicamente dentro del Parlamento ni mediante una elección. También puede comenzar a cambiar en la calle, en los sindicatos, en las organizaciones sociales, en los territorios y en aquellos espacios de la sociedad donde se construye sentido común.
La experiencia reciente ofrece ejemplos significativos. Un símbolo, una consigna o una protesta que inicialmente parece circunscripta a un grupo reducido puede convertirse en expresión de un malestar más amplio. La bandera “Las Malvinas son Argentinas”, por ejemplo, excedió rápidamente el carácter deportivo o patriótico de su aparición para convertirse en un punto de condensación de una discusión mucho más profunda sobre soberanía, recursos naturales y relación con el capital extranjero.
Lo decisivo no es entonces el tamaño inicial del hecho, sino su capacidad de producir identificación y organización. Un acontecimiento puede funcionar como una chispa sobre una superficie social que ya acumula materiales inflamables.
Esta dinámica permite comprender por qué los gobiernos pueden conservar una mayoría institucional y, al mismo tiempo, comenzar a perder capacidad política. La autoridad formal puede mantenerse mientras se erosiona la legitimidad social. Y cuando esa distancia entre poder institucional y consenso social se amplía, un acontecimiento puede acelerar la transformación de la escena.
En este punto aparece una cuestión central: la política no consiste solamente en administrar una correlación de fuerzas existente, sino en disputar permanentemente su modificación.
Desde una perspectiva cercana a la reflexión de Alain Badiou, el acontecimiento introduce una ruptura con el orden de lo previsible. No crea desde cero una nueva realidad: hace visible una posibilidad que permanecía oculta dentro de la situación. Después del acontecimiento comienza una disputa por su significado y, fundamentalmente, por su capacidad de prolongarse en una secuencia política.
Ese es el momento decisivo. Un acontecimiento puede ser neutralizado, absorbido o convertido en una anécdota. Pero también puede convertirse en el punto de partida de una nueva articulación social y política.
La historia argentina está llena de estos momentos. El Cordobazo, las jornadas de diciembre de 2001 o determinadas movilizaciones populares que modificaron decisiones gubernamentales muestran que la política real no siempre comienza en los lugares donde las instituciones esperan encontrarla.
Por eso, analizar una coyuntura exclusivamente a través de encuestas, elecciones o relaciones parlamentarias puede conducir a una lectura equivocada. Esos instrumentos permiten observar una parte de la correlación de fuerzas, pero no necesariamente aquello que está comenzando a transformarla.
La cuestión estratégica consiste, entonces, en identificar esos puntos de ruptura: allí donde una demanda particular deja de ser solamente particular, donde un símbolo comienza a expresar un conflicto general y donde sectores sociales hasta entonces dispersos descubren que pueden actuar colectivamente.
Cuando eso ocurre, la correlación de fuerzas deja de ser una fotografía y vuelve a convertirse en un proceso.
Y es precisamente allí donde comienza la política.
Antes de que la Guerra de Ucrania, el conflicto en Oriente Medio o la disputa tecnológica entre Estados Unidos y China dominaran la agenda internacional, ya estaba en marcha una transformación mucho más profunda: la crisis de la hegemonía occidental y la emergencia de un orden mundial policéntrico. En este escenario, las guerras, las sanciones económicas, la competencia por los corredores marítimos y el control de los recursos estratégicos dejan de ser episodios aislados para convertirse en manifestaciones de una misma disputa por la reorganización del poder global. El artículo de Rubén Darío Guzzetti propone interpretar esa transición histórica desde una perspectiva crítica del capitalismo contemporáneo, situando el declive relativo de Estados Unidos, el ascenso de China y la resistencia de los países emergentes como expresiones de una nueva correlación de fuerzas internacional. Al mismo tiempo, invita a reflexionar sobre las implicancias de este cambio para América Latina y, en particular, para la Argentina, cuyo papel estratégico en el Atlántico Sur, la Antártida y la provisión de recursos naturales la convierte en un territorio central de la disputa geopolítica del siglo XXI. En conjunto, el artículo constituye una interpretación coherente de la coyuntura geopolítica contemporánea desde una perspectiva crítica del orden occidental. Su mayor fortaleza reside en vincular conflictos aparentemente dispersos dentro de una misma transición histórica hacia un orden multipolar. Su principal limitación es que privilegia la confrontación entre Estados y bloques geopolíticos, relegando el análisis de las relaciones de clase y de las contradicciones internas de las potencias emergentes, cuestiones indispensables para una comprensión más completa del capitalismo contemporáneo. En la apertura Glenn Diesen entrevista a Karen Kwiatkowski, libertaria, teniente coronel retirada de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que trabajó cuatro años en el Pentágono. Actualmente es profesora adjunta en la Universidad James Madison que observa que dado el despliegue militar inapropiado actual, el ejército estadounidense se desmorona y la economía colapsa.
La energía vuelve a ocupar el centro de la disputa por el modelo de desarrollo argentino. A veinte años del Plan Nuclear de 2006, el país enfrenta una encrucijada entre planificación estratégica y lógica de mercado: mientras se frenan proyectos de infraestructura, avanzan privatizaciones, se sinceran tarifas y se busca convertir a Vaca Muerta en una plataforma exportadora. El informe energético del CEPA plantea que el desafío no es solamente producir más energía, sino decidir quién controla los recursos, quién captura la renta y quién paga los costos. La cuestión energética aparece así como una dimensión central de la soberanía, la estructura productiva y la justicia social.