La Ley de Tierras: cuando un acontecimiento modifica la correlación de fuerzas. La decisión del Gobierno de retirar el capítulo que habilitaba la venta irrestricta de tierras rurales a extranjeros fue presentada como una concesión parlamentaria. Sin embargo, detrás del repliegue oficialista se encuentra una secuencia política más profunda: un acontecimiento inesperado que desplazó el debate hacia la soberanía nacional, activó una resistencia social por fuera de los canales institucionales y terminó modificando la correlación de fuerzas. A la luz de las reflexiones de Alain Badiou sobre el acontecimiento y de Antonio Gramsci sobre la construcción de la hegemonía, la marcha atrás del oficialismo revela que las grandes derrotas políticas suelen comenzar mucho antes de llegar al recinto legislativo y ser reconocidas por la mayoría de la representación política tradicional.
La actitud vacilante de Rusia frente al depliegue colonial norteamericano en nuestra región, pero también en medio oriente medio y áfrica, merece ensayar una perspectiva histórica que explique este comportamiento.
En ese sentido, puede afirmarse que la realpolitik de Putin constituye una herencia más de la evolución del Estado soviético posterior a Lenin que del leninismo mismo. La prioridad concedida a la seguridad del Estado, la existencia de una esfera de influencia y la subordinación del principio de autodeterminación a las necesidades estratégicas tienen un antecedente claro en la transformación de la URSS durante el estalinismo y la Guerra Fría.
La principal diferencia radica en el fundamento ideológico: donde la dirigencia soviética invocaba el socialismo y la defensa del bloque revolucionario, Putin invoca la continuidad histórica de Rusia como gran potencia y una concepción civilizatoria de la nación. En ambos casos, sin embargo, la razón de Estado termina prevaleciendo sobre el principio leninista de libre autodeterminación de los pueblos.
El artículo sostiene que las principales corporaciones del complejo militar-industrial occidental no solo producen armamento, sino que también invierten sistemáticamente en la formación cultural e ideológica de las futuras generaciones mediante programas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM). Su tesis central es que estas iniciativas funcionan como mecanismos de legitimación social y de reclutamiento temprano para la industria de la defensa. El caso resulta especialmente significativo para Argentina porque muestra cómo la competencia geopolítica ya no se libra únicamente mediante bases militares o ventas de armas, sino también mediante la construcción de capacidades científicas y tecnológicas. El artículo también invita a pensar una contradicción estructural.
Las empresas argumentan que financian STEM porque existe escasez de ingenieros y especialistas.
Pero esa necesidad responde, en buena medida, al enorme crecimiento del presupuesto militar estadounidense y a la creciente integración entre universidades, laboratorios privados y el Departamento de Defensa de los Estados Unidos.
Así, la educación deja de ser únicamente formación científica para convertirse también en una política de abastecimiento de recursos humanos altamente calificados para la industria bélica.
En un contexto donde La Argentina debate su inserción internacional, la política científica y tecnológica adquiere una dimensión estratégica: el desarrollo de recursos humanos altamente calificados puede orientarse hacia objetivos de desarrollo nacional o integrarse a cadenas globales de valor dominadas por grandes corporaciones. En este sentido la desfinanciación del sistema público de enseñanza en todos sus niveles, muestra que la disputa por la soberanía no se limita al control del territorio o de los recursos naturales, sino que alcanza también a la producción de conocimiento y a la formación de las futuras generaciones de científicos e ingenieros.