Los primeros resultados oficiales de las elecciones en Brasil comenzarán a conocerse a partir de las 17:00 (hora de Brasilia y de la Argentina), una vez cerradas las urnas.
Cierre de urnas: Las mesas de votación operan de 08:00 a 17:00 de forma simultánea.
Publicación de datos: El Tribunal Superior Electoral (TSE) inicia la difusión de los primeros boletines parciales apenas finaliza el sufragio.
Diferencia horaria: Al encontrarnos en Argentina, no hay diferencia horaria con el huso principal de Brasilia, por lo que los datos se siguen en el mismo horario.
Todo dato electoral que circule antes y por fuera del escrutinio oficial no debe ser tomado en cuenta.
🇧🇷Especial Elecciones en Brasil
Ahora, por nuestro canal de Youtube.
En el inicio Nodal en su transmisión colaborativa en directo con teleSUR, Alba Movimientos y Brasil de Fato.
Las elecciones brasileñas no se reducen a la disputa entre Lula y el apellido Bolsonaro. Detrás de las urnas existe una estructura de poder en la que el agronegocio, el capital financiero, las iglesias evangélicas, el Congreso conservador y las nuevas formas de precarización social han convertido al bolsonarismo en algo mucho más profundo que una candidatura. Lula puede conservar el gobierno, pero el verdadero desafío será recuperar para las mayorías populares la capacidad de disputar el sentido económico, social y político del futuro brasileño y esa disputa contiene pero excede la dimensión electoral.
De darse, la continuidad de Lula abre una nueva etapa política en Brasil, pero también vuelve a poner sobre la mesa la contradicción central del lulismo: mejorar las condiciones de vida de las mayorías sin alterar las estructuras de poder que garantizan la reproducción del capital. El desafío no es sólo derrotar electoralmente a la derecha, sino avanzar sobre la concentración económica, el poder financiero y la apropiación privada del excedente. El problema no es solamente si gobierna una derecha brutal como Milei o una centroizquierda como Lula. La cuestión estructural es qué clase controla las palancas fundamentales de la economía.
La diferencia política es enorme —y sería un error equiparar ambos proyectos—, pero existe una cuestión común: cuando el capital conserva el control sobre inversión, crédito, tierra, comercio exterior y recursos estratégicos, el margen de transformación de un gobierno popular queda condicionado.
En Brasil, además, esa estructura tiene una dimensión imperialista/subimperialista particular: una enorme burguesía nacional, un agronegocio extremadamente concentrado, grandes bancos, minería, petróleo y una industria con peso regional. No estamos frente a una economía periférica simple.
Por eso el segundo mandato de Lula debería evaluarse menos por el discurso electoral y más por qué ocurre con la propiedad, la inversión, la distribución del excedente y el poder de negociación de la clase trabajadora.
Y allí aparece la pregunta que Roberts deja abierta y que, desde una perspectiva marxista, resulta inevitable:
¿Puede el lulismo administrar el capitalismo brasileño durante otros cuatro años sin terminar subordinando nuevamente las necesidades populares a las exigencias de la acumulación?