La derrota de la extrema derecha en Brasil a manos de Lula no solo le asegura al presidente brasileño un lugar definitivo en la historia de la democracia mundial, sino que también ofrece valiosas lecciones para los socialistas de todo el planeta. Frente a un mundo oscuro, dominado por las corporaciones tecnológicas (el «camino» y los algoritmos que la canción o la realidad intentan controlar), la victoria masiva y sorpresiva de Lula funciona como una suerte de desvío impredecible —una «locura» colectiva y esperanzadora para los descartados — que rompe con el supuesto orden preestablecido. Lula Lá.
A pesar de la ratificación de los resultados por el Tribunal Superior Electoral (TSE), Flávio Bolsonaro anunció que pedirá la anulación de los comicios, tachando de ilegítima la prórroga del horario de votación y rehusándose a reconocer la derrota. Se calentó.
El problema teórico que plantea este escriti es más interesante que la disputa por la propiedad simbólica de los Beatles.
El capitalismo no produce solamente mercancías materiales: también organiza la circulación de la música, las imágenes, los deseos y las formas de identificación colectiva. La industria cultural puede transformar una expresión de rebeldía en un producto rentable, separar una obra de sus condiciones históricas de producción y convertir la disidencia en un estilo de consumo.
Pero ese proceso nunca es absoluto. La comercialización de una obra no elimina necesariamente sus significados críticos, del mismo modo que su origen obrero no garantiza una orientación socialista. La posición de clase de un artista, su compromiso político y el sentido social de su obra son dimensiones relacionadas, pero no equivalentes.
Los Beatles fueron una mercancía extraordinariamente exitosa y, al mismo tiempo, participaron de una transformación cultural que cuestionó convenciones generacionales, sexuales y sociales. Ambas cosas pueden ser ciertas sin necesidad de resolver la contradicción mediante una apropiación ideológica.
La pregunta decisiva, entonces, no es si los Beatles pertenecen a la izquierda, sino qué hace la izquierda con la cultura popular: ¿se limita a reivindicar retrospectivamente los productos culturales que considera afines o construye las condiciones para que los trabajadores sean productores, protagonistas y organizadores de su propia cultura?
Desde esta perspectiva, la discusión remite a una cuestión gramsciana: la disputa por la hegemonía no se libra únicamente en las instituciones políticas y económicas. También se desarrolla en el terreno de la cultura, donde se forman el sentido común, las aspiraciones y las representaciones de lo posible.
La izquierda no necesita convertir a los Beatles en militantes socialistas póstumos. Necesita comprender por qué una música nacida en una ciudad obrera pudo convertirse en una experiencia colectiva mundial y qué contradicciones atravesaron ese proceso. Esa explicación es más productiva que una disputa por la propiedad ideológica de una banda.
La cultura popular no es automáticamente emancipadora ni necesariamente conservadora. Es un terreno de conflicto en el que el mercado puede apropiarse de la rebeldía, pero no siempre consigue clausurar sus significados. La tarea crítica consiste, precisamente, en estudiar esa contradicción sin confundir el éxito comercial con la emancipación ni la circulación mercantil con la desaparición de toda potencia crítica.