La fuga de Flávio Bolsonaro hacia Miami expone una trama internacional que conecta al gobierno de Milei, el entorno de Trump y un exintegrante del Mossad. La investigación de CNN Brasil revela algo más que una operación de escape: los vínculos entre gobiernos, servicios de inteligencia y operadores políticos de una ultraderecha que predica soberanía, pero construye redes internacionales para proteger a los propios.
El genocidio palestino revela algo más que la brutalidad del Estado israelí. Expone la arquitectura de poder de un orden internacional que combina supremacía militar, colonialismo, intereses económicos y desarrollo tecnológico. La población palestina es sometida a una experimentación militar y algorítmica mientras las potencias occidentales garantizan las condiciones materiales y diplomáticas para que continúe.
La cuestión no es solamente la responsabilidad moral de quienes aprietan el botón. Es la responsabilidad política de quienes diseñan el sistema, financian sus instrumentos, obtienen beneficios de su desarrollo y protegen a quienes lo utilizan.
La banalidad del mal tiene también una economía política.
Esta última idea me parece especialmente fértil para desarrollar una columna: desplaza el análisis desde la indignación moral hacia las relaciones de clase, el imperialismo y la organización material de la violencia.
Hay una cuestión que merece profundizarse que se desperde de esta nota de Bruno Sgazini: la disputa entre Estados Unidos y China no es simplemente una confrontación entre dos modelos nacionales. Es una lucha por la apropiación de recursos, mercados, infraestructura y excedentes económicos.
América Latina vuelve a ocupar un lugar subordinado en una disputa entre grandes potencias. La pregunta decisiva es quién controla los recursos y quién captura los beneficios de su explotación.
La ultraderecha puede alinearse ideológicamente con Washington, pero no puede resolver por decreto las contradicciones de la inserción económica latinoamericana.
El planteo permite desarrollar una tesis interesante para una columna: Milei y las derechas regionales pueden ser aliados políticos de Trump, pero no tienen autonomía económica suficiente para ejecutar sin costos la estrategia estadounidense de expulsión de China.
El nuevo ciclo colonialista de esta etapa de crisis del capitalismo, llega tarde y su legitiación depende de manera creciente de los aparatos represivos de estado, en especial el aparato judicial que luego del intento de suprersión física, mantiene exilados, presos y/o proscriptos a los líderes popular-democráticos latinoamericanos.