La batalla cultural no puede separarse de la estructura económica (en rigor, si puede … pero no debe)

La batalla cultural no puede separarse de la estructura económica (en rigor, si puede … pero no debe)

El artículo de Katu Arkonada y Matías Caciabue, publicado en NODAL el 30 de octubre de 2026, plantea una tesis que merece atención: las nuevas derechas comprendieron antes que buena parte de las izquierdas que la disputa política ya no se limita a conquistar votos; exige construir hegemonía cultural, organización social, control tecnológico y capacidad de intervención sobre el Estado. El trabajo mantiene una tensión interesante: reivindica la construcción de hegemonía gramsciana y la organización leninista, pero corre el riesgo de convertir la experiencia brasileña en una fórmula demasiado general.

La pregunta que deja abierta es cómo construir una fuerza política capaz de combinar liderazgo, organización popular, formación de cuadros, disputa cultural y transformación de las relaciones de producción.

Y aquí aparece una cuestión particularmente importante para el peronismo: ¿puede recuperar su condición de movimiento nacional de organización de los trabajadores y construcción de poder, o quedará reducido a una coalición electoral que administra las consecuencias del neoliberalismo?

No se trata de copiar al PT ni de importar el modelo brasileño. Se trata de recuperar la capacidad de construir una mayoría social organizada, con programa, conducción y horizonte de transformación.

La enseñanza más profunda del artículo no es que la derecha haya aprendido a utilizar a Gramsci y Lenin. Es que la política emancipadora necesita volver a pensar el poder como una construcción social integral, y no solamente como la conquista periódica del gobierno.

noviembre 3, 2026
El Sur Global frente al capitalismo tecnológico: desarrollo, independencia económica e internacionalismo. La vigencia de una discusión que también interpela al peronismo.

El Sur Global frente al capitalismo tecnológico: desarrollo, independencia económica e internacionalismo. La vigencia de una discusión que también interpela al peronismo.

El Sur Global frente al capitalismo tecnológico: desarrollo, independencia económica e internacionalismo. La vigencia de una discusión que también interpela al peronismo.

El viejo orden mundial atraviesa una crisis y la transición hacia una estructura multipolar abre posibilidades que hace algunas décadas parecían impensables. Sin embargo, hay una advertencia fundamental: la multipolaridad no es sinónimo de socialismo, ni la pérdida de la hegemonía occidental garantiza por sí misma la emancipación de los pueblos.

Un documento publicado por Monthly Review, a partir de una intervención política en Shanghái, plantea una discusión que merece atención: ¿quién conduce la modernización del Sur Global y quién se apropia de sus resultados?

La pregunta es esencial. El colonialismo no dejó simplemente países atrasados: organizó economías dependientes, especializadas en exportar materias primas, suministrar mano de obra barata e importar tecnología y manufacturas de alto valor agregado. Esa división internacional del trabajo no desapareció con las independencias políticas. Se transformó.

Por eso, modernizar no significa imitar a Occidente. Significa desarrollar capacidades industriales, científicas y tecnológicas propias, controlar los recursos estratégicos y decidir democráticamente el destino del excedente económico. Pero hay una cuestión todavía más profunda: ¿quién se beneficia de ese desarrollo? Porque la soberanía económica sin justicia social puede terminar fortaleciendo nuevas burguesías sin modificar las relaciones de explotación.

La experiencia china introduce una dimensión decisiva en este debate. Demuestra que existen caminos históricos diferentes de los recorridos por el capitalismo occidental, aunque sus contradicciones y particularidades no permitan convertirla en una receta universal. Lo importante es recuperar la planificación estratégica, la capacidad estatal y la inversión en fuerzas productivas como instrumentos de transformación.

Aquí aparece una conexión inevitable con el pensamiento de Perón. La independencia económica, la soberanía política y la justicia social no eran consignas separadas, sino dimensiones de un mismo proyecto nacional. Y el internacionalismo peronista entendía que ninguna nación podía resolver aisladamente los desafíos de un mundo organizado alrededor de grandes concentraciones de poder.

El problema contemporáneo es que el capitalismo ha internacionalizado la producción, las finanzas y la tecnología, mientras las organizaciones populares continúan fragmentadas. Las corporaciones coordinan sus estrategias globalmente; los trabajadores, en cambio, encuentran enormes dificultades para construir respuestas comunes.

La inteligencia artificial agrega una nueva dimensión a esa contradicción. No estamos ante una discusión exclusivamente tecnológica: estamos ante una disputa por la propiedad, el conocimiento y la distribución de la productividad. Si la automatización aumenta la riqueza social, pero sus beneficios quedan concentrados en los monopolios tecnológicos, el progreso técnico profundizará la desigualdad.

La respuesta no puede ser el rechazo a la tecnología, sino la disputa por su control social, la soberanía digital y la distribución de sus beneficios.

El documento propone, además, una cuestión política que las izquierdas y los movimientos nacionales deberían examinar: reconstruir formas permanentes de cooperación entre partidos, sindicatos y organizaciones populares del Sur Global. No alcanza con declaraciones de solidaridad ni encuentros diplomáticos. Hace falta organización, formación política, investigación compartida y coordinación efectiva de las luchas.

La discusión, en definitiva, vuelve a colocar en el centro una vieja cuestión: no hay emancipación nacional sin transformación social, ni internacionalismo efectivo sin pueblos organizados.

La multipolaridad puede abrir una oportunidad histórica, pero no determina quién la aprovechará. Eso dependerá de las fuerzas sociales capaces de intervenir en esa transición.

La soberanía no consiste solamente en dejar de obedecer a una potencia extranjera. Consiste en construir la capacidad material, política y tecnológica para decidir el propio destino. Y esa capacidad no se declama: se organiza.

noviembre 3, 2026
Marcar a los suyos

Marcar a los suyos

La empresa de análisis de datos, criticada por sus contratos militares y migratorios, agota una chaqueta de 239 dólares con la que busca convertir su identidad tecnológica en una señal de pertenencia cultural. alantir expresa la emergencia de una fracción de la burguesía tecnológica que busca transformar su poder económico y estratégico en hegemonía cultural e ideológica. No es simplemente capitalismo digital: es la articulación entre capital, Estado, vigilancia y guerra. Es notable como Palantir está intentando construir algo más ambicioso que una marca de ropa: una comunidad ideológica alrededor de la fusión entre Silicon Valley, el complejo militar-industrial y el nacionalismo estadounidense.

Durante décadas, las grandes empresas tecnológicas construyeron su legitimidad alrededor de la innovación, la libertad individual y la promesa de conectar al mundo. Ahora una parte de ese universo abandona la retórica de la neutralidad y reivindica abiertamente la competencia geopolítica, la vigilancia y la capacidad militar.

La tecnología deja de presentarse como instrumento neutral del progreso y comienza a reivindicarse como instrumento de dominación.

La cuestión de fondo no es quién compra una chaqueta de Palantir. Es quién controla los datos, quién desarrolla los algoritmos, quién decide sus aplicaciones y quién dispone de la capacidad de vigilar, clasificar y eventualmente eliminar al adversario.

noviembre 3, 2026