Adelqui del Do Psicólogo (UBA), especialista en Psicología Clínica. Se desempeña como director del Directorio en Representación del Estado Provincial en el Instituto Obra Médico Asistencial.
Docente de Psicología Ética y Derechos Humanos en la UBA y coordinador académico de la Diplomatura en Salud Mental y Derechos Humanos de la UNPAZ. Integrante del Tribunal de Ética de APBA, miembro de la CD de Feduba y miembro fundador de Enclaves.
Investigador en el informe Vidas arrasadas: la segregación de las personas en los asilos psiquiátricos argentinos y coautor del libro Consumos problemáticos y derechos humanos: perspectivas comunitarias (Teseo, 2025), entre otros. Hoy lo despedimos.
Israel no se volvió “malvinero”: descubrió que Malvinas puede ser una ficha útil contra Londres y un gesto rentable hacia Milei. El verdadero problema está en Buenos Aires: un Gobierno que invoca la soberanía sobre las islas mientras entrega soberanía efectiva sobre el territorio, la energía y los recursos naturales argentinos. Milei pretende convertir un gesto diplomático menor en una victoria histórica, pero omite la contradicción fundamental de su política: denuncia la ocupación británica de Malvinas mientras abre las puertas a intereses extranjeros sobre Vaca Muerta, el Atlántico Sur y otros recursos estratégicos. Es una impostura soberanista: mucho discurso sobre recuperar las islas mientras se resigna capacidad de decisión sobre lo que todavía controlamos. Malvinas funciona así como una bandera para encubrir una política de subordinación económica y entrega de soberanía. El Gobierno no está recuperando la Argentina: está negociando su patrimonio estratégico y utilizando Malvinas para ocultarlo.
El artículo de Jacobin plantea una tesis muy potente: el problema de la extrema derecha alemana no se resuelve apelando abstractamente a la “defensa de la democracia”, porque la propia crisis de representación de los partidos tradicionales está alimentando electoralmente a la AfD.
En Sajonia-Anhalt, la AfD obtuvo 43,8%, mientras la participación alcanzó un récord del 76%. Lo decisivo, según Thomas Zimmermann, es que una parte enorme de quienes habitualmente no votaban volvió a las urnas y la mayoría de esos nuevos votantes se inclinó por la extrema derecha. Es decir, la AfD no sólo conserva un electorado movilizado: está logrando incorporar a sectores políticamente desenganchados.
Ahí aparece la cuestión de clase. La derecha radical está consiguiendo transformar malestar social, desconfianza institucional y frustración con el statu quo en energía política. Mientras tanto, los partidos tradicionales ofrecen variantes de una misma administración del orden existente. La socialdemocracia ya no aparece como alternativa social; la izquierda no logra articular un horizonte de transformación; y los Verdes, la CDU y el resto del sistema terminan disputando fundamentalmente los términos de la gestión.
Por eso la idea central del artículo puede formularse así: la extrema derecha no crece solamente porque exista una derecha radicalizada; crece porque consigue ocupar el espacio político abandonado por una izquierda incapaz de representar las demandas materiales y las expectativas de futuro de las mayorías populares.
Y esto tiene una traducción argentina particularmente interesante. El fenómeno puede pensarse en relación con Milei: no basta explicar su ascenso por “engaño”, manipulación mediática o derechización cultural. Una parte fundamental de su eficacia política reside en haber convertido el rechazo al orden existente en una identidad política, incluso cuando las soluciones que propone terminan perjudicando materialmente a sectores que constituyen parte de su base electoral.
La enseñanza estratégica de Jacobin es entonces importante: la izquierda no puede derrotar a la derecha radical defendiendo simplemente el statu quo en nombre de la democracia. Necesita disputar el mismo terreno que la extrema derecha está conquistando: trabajadores precarizados, sectores populares, jóvenes, no votantes, desencantados y quienes sienten que la política institucional dejó de ofrecerles un futuro.
En términos gramscianos, el problema no es sólo electoral sino hegemónico. La AfD está intentando convertir el malestar social en sentido común reaccionario. La respuesta no puede consistir exclusivamente en aislarla institucionalmente: requiere construir otra interpretación del malestar y, sobre todo, otra perspectiva de futuro.
La frase que sintetiza el artículo podría ser:
La derecha radical gana cuando consigue movilizar a quienes la izquierda dejó de convocar.
Y ahí hay un puente muy fértil con Argentina: Milei y la AfD expresan modalidades distintas de una misma crisis de representación de las democracias occidentales, aunque sus contextos históricos y programas económicos no sean equivalentes. La pregunta decisiva para el campo popular no es solamente cómo frenar a la extrema derecha, sino cómo recuperar políticamente a las mayorías que dejaron de creer que la democracia puede transformar sus condiciones materiales de existencia. Los llamados a «defender la democracia» no la detendran, un sucedáneo del obsoleto «cordón sanitario» traducido como «frente anti MIlei», tampoco.