Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas

Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas

El creciente endeudamiento de los hogares argentinos no puede leerse como una suma de malas decisiones individuales, falta de previsión o incapacidad para administrar los ingresos. Es, antes que nada, una respuesta social a un modelo económico que deteriora el poder adquisitivo, encarece las condiciones de reproducción de la vida y obliga a millones de familias a recurrir al crédito para sostener consumos básicos. Como advirtió Mark Fisher, uno de los rasgos centrales del capitalismo contemporáneo consiste en transformar problemas estructurales en fracasos personales: aquello que produce el sistema aparece como responsabilidad del individuo. Así, la deuda deja de ser una anomalía privada y se convierte en un mecanismo de disciplinamiento social. El trabajador endeudado no simplemente «gasta de más»: utiliza crédito para compensar la insuficiencia de su salario. La morosidad, entonces, tampoco expresa necesariamente irresponsabilidad: puede ser el punto en que la capacidad familiar de absorber el ajuste llega a su límite. La deuda de los hogares no es una carencia moral de las familias; es una de las formas concretas en que la crisis del modelo económico se descarga sobre ellas. Cierra el cura Juan Rega: «Deuda o hambre», en los barrios populares ya las familias comen una vez al día.

agosto 11, 2026
Es hora de encontrar valor en algo más que un nuevo iPhone o un par de jeans

Es hora de encontrar valor en algo más que un nuevo iPhone o un par de jeans

En su nuevo artículo, “A dying West is eating its children”, Jonathan Cook sostiene que el capitalismo occidental atraviesa una crisis que ya no puede ser interpretada simplemente como una sucesión de problemas económicos, políticos o ambientales. Para el periodista británico, lo que está en cuestión es la propia capacidad del sistema para garantizar las condiciones materiales y sociales sobre las que construyó su hegemonía.

Cook parte de una paradoja: una sociedad que depende del capitalismo para satisfacer sus necesidades cotidianas tiene enormes dificultades para imaginar una alternativa al capitalismo. El ejemplo de los jeans y los iPhone funciona como metáfora de esa dependencia cultural: se ha naturalizado la idea de que determinados niveles de consumo, producción y propiedad privada son inseparables de una vida digna. Sin embargo, el autor plantea que esa forma de consumo masivo es precisamente una de las causas de la crisis ecológica y de la degradación social que amenaza al propio sistema.

El argumento adquiere una dimensión explícitamente política cuando Cook cuestiona la imagen del Occidente liberal como sinónimo de democracia. Según su lectura, la democracia occidental ha estado históricamente limitada por la concentración económica y mediática. La ciudadanía puede votar, pero las opciones políticas disponibles permanecen dentro de márgenes estrechos definidos por los intereses de las clases dominantes. Paralelamente, el colonialismo no habría desaparecido sino que se habría transformado: después de la etapa de gobiernos subordinados en el Sur Global, Occidente habría recuperado una política más abierta de coerción, intervención y apropiación de recursos.

El punto central aparece cuando Cook vincula crisis ecológica y crisis de acumulación. Los recursos naturales son finitos, mientras que el capitalismo necesita expandir permanentemente producción, consumo y rentabilidad. La clase multimillonaria, sostiene, no puede renunciar al mecanismo que produce su riqueza y poder, aun cuando ese mismo mecanismo contribuya al deterioro ambiental. La competencia geopolítica —particularmente con China— funciona además como justificación para mantener esa dinámica.

Desde una perspectiva gramsciana, Cook interpreta el presente como un interregno: el viejo orden pierde capacidad de legitimación, pero todavía no aparece una alternativa suficientemente organizada para reemplazarlo. Recupera la célebre formulación de Antonio Gramsci sobre el momento en que “lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer”, asociándola con la proliferación de “síntomas mórbidos”. Para Cook, Elon Musk, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos representan precisamente esa concentración extraordinaria de riqueza, tecnología y capacidad de intervención sobre la sociedad.

El artículo, sin embargo, no termina en el pesimismo. Cook plantea que la salida podría encontrarse en la recuperación de lo colectivo: cooperación frente a competencia, solidaridad frente al individualismo, bienes comunes frente a propiedad concentrada y comunidad frente al consumo individual. En su visión, una sociedad posterior al capitalismo debería recuperar formas de organización social orientadas al bien común y a una relación menos destructiva con la naturaleza.

El mayor interés político del artículo está en que la crisis ecológica aparece inseparable de la estructura de poder capitalista. Cook no plantea simplemente que “consumimos demasiado”; identifica quién controla los recursos, quién decide qué se produce, quién obtiene los beneficios y quién soporta los costos sociales y ambientales.

Ahí aparece una cuestión que puede profundizarse desde una perspectiva de clase: el problema no es el iPhone en sí mismo, sino las relaciones sociales que determinan su producción, apropiación y consumo. La crítica al consumismo corre el riesgo de convertirse en una exhortación moral dirigida a los individuos si no se incorpora la cuestión de la propiedad y del poder. El trabajador que consume barato porque su salario no alcanza para otra cosa no ocupa la misma posición social que el propietario del capital que organiza globalmente esa cadena productiva.

Por eso, el planteo más potente de Cook no está en pedir que la sociedad consuma menos, sino en su pregunta implícita: ¿quién decide qué producir, para quién y con qué finalidad? Esa pregunta desplaza el debate desde el comportamiento individual hacia las relaciones de producción.

En ese sentido, el texto puede leerse como una actualización ecológica de una vieja contradicción marxiana: el desarrollo de las fuerzas productivas bajo relaciones capitalistas termina chocando con las condiciones sociales y naturales que hacen posible su reproducción. Cook agrega una dimensión decisiva: el capitalismo no solamente explota trabajo; también transforma la naturaleza en una fuente aparentemente ilimitada de valorización.

La advertencia final es, entonces, profundamente política: si la crisis del capitalismo no produce una alternativa organizada, puede producir barbarie en lugar de emancipación. El “tiempo de monstruos” de Gramsci no garantiza que nazca algo mejor. La crisis abre una disputa por el futuro, pero su resultado depende de la capacidad de las clases subalternas para transformar el malestar disperso en organización, conciencia y poder colectivo.

agosto 11, 2026
¿Quién se lleva la guita?

¿Quién se lleva la guita?

El economista Michael Roberts analiza en su último artículo las principales discusiones del XIX Congreso de la World Association of Political Economy (WAPE), realizado en la Universidad de Greenwich, Londres, con la participación de más de 150 investigadores y más de un centenar de ponencias. El encuentro tuvo como eje la vigencia de Adam Smith, a 250 años de La riqueza de las naciones, pero extendió el debate hacia el imperialismo, la financiarización, la inteligencia artificial, la teoría del valor y el ascenso de China.

Uno de los puntos centrales fue la disputa por la apropiación de Adam Smith. Frente a la tradición neoliberal que lo convirtió en fundador ideológico del laissez-faire, los economistas marxistas reunidos en WAPE sostienen que Smith tenía una concepción bastante más compleja: reconocía la importancia de la división social del trabajo y del mercado, pero también el papel del Estado, las normas morales y las contradicciones de la sociedad comercial. Roberts destaca especialmente la tensión entre La teoría de los sentimientos morales y La riqueza de las naciones.

Desde una perspectiva marxista, la contradicción fundamental de Smith aparece en su teoría del valor. Aunque reconoció al trabajo como fuente de la riqueza, terminó incorporando una concepción basada en los llamados factores de producción —salarios, ganancias y renta—. Marx consideró que esa contradicción era significativa porque Smith había identificado problemas que sus sucesores resolverían tomando posiciones opuestas. Para Roberts, la economía convencional terminó descartando la teoría del valor-trabajo y consolidando la visión de los factores productivos.

La parte más relevante del artículo aparece cuando Roberts aborda el imperialismo y la relación entre centro y periferia. Su tesis es contundente: bajo las actuales relaciones imperialistas, los países pobres difícilmente podrán cerrar la brecha de ingresos, productividad y desarrollo humano respecto del Norte Global.

La explicación no se limita a una diferencia tecnológica interna. Roberts plantea que existe una transferencia persistente de valor desde el Sur hacia el Norte, mientras que la rentabilidad del capital en las economías periféricas cae más rápidamente que aumenta la productividad laboral. Esto restringe la inversión y reproduce el atraso relativo.

La excepción sería China, cuya dinámica de inversión depende menos de la rentabilidad inmediata que la de otras grandes economías periféricas. Roberts estima que China podría alcanzar hacia 2041 los niveles actuales de ingreso de los países de altos ingresos y aproximarse a sus niveles proyectados hacia 2046. Ninguno de los demás BRICS tendría, según su proyección, posibilidades semejantes en las próximas dos décadas.

Otro dato particularmente importante es el referido a la riqueza financiera offshore. Roberts cita estimaciones según las cuales entre US$7,6 y US$36 billones de riqueza financiera no tributada se encontraban depositados offshore hacia 2015, con un crecimiento anual estimado de entre US$200.000 y US$850.000 millones. La magnitud resulta especialmente significativa cuando se la compara con los aproximadamente US$153.000 millones de asistencia oficial al desarrollo de los países de la OCDE.

El mecanismo tiene una dimensión de clase evidente: la evasión y elusión fiscal internacional permite que una fracción extraordinariamente concentrada de la riqueza escape de los sistemas tributarios nacionales. Roberts señala que aproximadamente la mitad de la riqueza ubicada en paraísos fiscales pertenecería al 0,01% más rico, mientras que cerca del 77% estaría en manos del 0,1%.

Así, el imperialismo contemporáneo no opera solamente mediante comercio desigual o dominación política directa. También lo hace mediante flujos financieros, estructuras corporativas offshore, deuda, propiedad transnacional y apropiación fiscalmente privilegiada del excedente.

Roberts polemiza además con una parte de la literatura heterodoxa que interpreta la financiarización como una transformación cualitativa del capitalismo, en la que las ganancias financieras habrían adquirido autonomía respecto de la explotación del trabajo.

Su argumento marxista es diferente: el capital ficticio no constituye una fuente independiente de valor. Es, fundamentalmente, una apuesta sobre la futura extracción de plusvalor. Las ganancias financieras pueden redistribuir el excedente producido en la esfera productiva, pero no crean valor autónomamente.

Esta distinción es fundamental. Para Roberts, hablar de capital ficticio no significa hablar de un capital «virtual» desligado de la producción. El capital financiero sigue conectado, aunque indirectamente y mediante múltiples mediaciones, con la capacidad futura del sistema para generar plusvalor.

El aporte más potente del artículo puede sintetizarse así: la desigualdad internacional no es simplemente el resultado de que algunos países sean más productivos que otros; es también una relación estructural mediante la cual el excedente producido en la periferia es apropiado, transferido o capturado por el capital concentrado en el centro.

Desde esta perspectiva, la financiarización no reemplaza al capitalismo productivo sino que constituye una de sus formas de valorización y redistribución del excedente. Y los paraísos fiscales funcionan como una infraestructura fundamental para esa concentración.

Esto permite establecer una conexión particularmente relevante con América Latina y Argentina: la fuga de capitales, la deuda externa, la extranjerización de activos estratégicos y la transferencia de excedentes hacia centros financieros internacionales pueden ser analizadas no como fenómenos aislados, sino como componentes de una misma estructura de subordinación periférica.

La cuestión decisiva, entonces, no es simplemente cuánto crece una economía periférica, sino quién se apropia del excedente que produce y dónde termina ese excedente. Esa es, en última instancia, la pregunta de clase que atraviesa todo el texto de Roberts.

Una precisión importante: las proyecciones de Roberts sobre China y la persistencia de la brecha Norte-Sur son hipótesis analíticas, no hechos establecidos. Su valor reside en el marco teórico y empírico que propone para explicar la reproducción de las desigualdades globales

agosto 11, 2026