Que el peronismo está en crisis no es ninuna novedad, con su principal liderazgo preso y proscripto, el estado habitual es de turbulencia sistemática. Apenas conversada es la crisis del marxisto en general y del occidental en particular, crisis muy silenciada en estos tiempos donde parece que sus referentes ( algunes) «dan bien en las encuestas». En fin …
Sobre la crisis del marxismo en general y el ocidental particularmente que es el que más conocemos, el filósofo y activista político Gabriel Rockhill en su libro Who Paid the Pipers of Western Marxism? (2025) sostienen que ta tan ta tan… el marxismo occidental no es una teoría revolucionaria legítima, sino un producto cultural domesticado y promovido por el núcleo imperialista para desarmar la praxis política real. Para comprender a fondo la postura de Rockhill frente a esta corriente, su tesis se puede desglosar en los siguientes ejes fundamentales:
Celebración de la «novedad comercializable».
La industria de la teoría: Rockhill sostiene que la academia y el mercado editorial del Norte global operan como una «industria de la teoría imperial».
Valor de cambio intelectual: En este ecosistema, las teorías complejas, oscuras y constantemente «novedosas» (como las de la Escuela de Frankfurt o el posestructuralismo francés) se premian por su valor de consumo intelectual, despojándolas de utilidad transformadora.
La pérdida de la relevancia práctica ( un señalamiento habitual de Cristina Kirchner): Al priorizar la estética y el debate puramente filosófico sobre la economía política, el marxismo occidental abandona la organización obrera y el análisis material de la lucha de clases.
Oportunismo autopromocional y academización (hoy de la mano de «la alta imagen positiva».
Retirada al «Gran Hotel Abismo»: Retomando una famosa crítica del filósofo György Lukács, Rockhill fustiga a los intelectuales de izquierda que hicieron carreras sumamente lucrativas y prestigiosas en universidades de élite una especie de mercadeo de la lucha de clases donde se anotan varios.
La teoría ABS («Anything But Socialism»): El autor argumenta que estos intelectuales practican un radicalismo seguro: critican los excesos del capitalismo de manera abstracta, pero rechazan sistemáticamente cualquier intento histórico de construir el socialismo real (etiquetándolo como «totalitarismo»).
Esa era la gran crítica de John William Cooke en los años 60 a los marxistas de su generación, que veían en el peronismo una modalidad de nazifascismo populista, caracterización que maquillada de acuerdo a los tonos de éppoca, conceptualmente aún persiste.
Lo cierto es que esto les permite mantener a los marxistas occidentales su estatus respetable ante la burguesía sin arriesgar nada en la práctica, pero hay más.
Imperialismo cultural y desdén por el Sur Global
Eurocentrismo y chovinismo social: Según Rockhill, el marxismo occidental sufre de un sesgo profundamente eurocéntrico. Mira con superioridad e indiferencia los procesos revolucionarios de liberación nacional y los movimientos antiimperialistas del Tercer Mundo.
Una izquierda compatible con el Imperio: El libro examina cómo, históricamente, el aparato de inteligencia y fundaciones de los Estados Unidos (como la CIA a través del Congreso por la Libertad de la Cultura) promovió activamente una «izquierda compatible».
Al financiar y amplificar este marxismo dócil y casi exclusivamente cultural, lograron fragmentar y neutralizar el apoyo de los intelectuales hacia el marxismo-leninismo y los proyectos revolucionarios reales del Sur global.
Como contrapropuesta, Rockhill (siguiendo los pasos del historiador Domenico Losurdo) defiende la necesidad de recuperar un marxismo global, anticolonial y antiimperialista basado firmemente en el materialismo histórico y dialéctico enfocado en transformar las condiciones materiales de existencia.
Veamos esta nota sin apasionamientos injustificados, porque una revisión crítica de las «certezas», no le quita imagen positiva a nadie
La campana de Gauss, utilizada para analizar el comportamiento social, se convierte en una herramienta de exclusión en una sociedad polarizada. Cuando la sociología, la política y los algoritmos fuerzan la realidad para encajarla en una curva normal, se anula la diversidad y se alimenta la división. A continuación, se detalla cómo opera este fenómeno en la actualidad:La falacia del «centro» inexistenteDestrucción del promedio: En una sociedad polarizada, la distribución de opiniones ya no copia una campana con un gran centro poblado. Curva bimodal: La realidad actual se asemeja más a una letra «U», con dos picos masivos en los extremos y un vacío en el medio. Gobernanza obsoleta: Diseñar políticas públicas para un «ciudadano promedio» idealizado es gestionar para una población que ya no existe. Las preferencias políticas y también finalmente electorales de la sociedad argentina actual se parecen más a una curva con dos jorobas (picos en la izquierda y la derecha, vacío en el centro). Ocupar «el centro» supone desplazar la búsqueda a cada uno de los modos, en absoluto debe suponer la existencia de un centro universal que, como vimos, resulta conceptual y empíricamente inexistente salvo como efecto de consultoría. Todos los dirigentes que lo intentaron representar han sido abolidos política y electoralmente. Pero la búsqueda del centro universal, sigue, continúa. ¿Será que hay algo en el agua?
La búsqueda del «centro político» refleja la clásica estrategia de capturar al votante moderado no alineado con los extremos. Al situarse en ese espacio, los candidatos intentan presentarse como opciones de consenso, estabilidad y gobernabilidad, evitando el desgaste de las confrontaciones directas. Sin embargo, en un escenario altamente polarizado, el principal desafío de esta estrategia es el riesgo de diluir la identidad política y perder nitidez ante el electorado.