Una semana más, una semana menos en Argentina.
El presidente Javier Milei se enojó con los que dicen que la gente no llega a fin de mes porque, según él, habría cadáveres en las calles; Milei también viajó a España para decirle dictador impresentable al presidente Pedro Sánchez, pero no lo recibieron ni Abascal de VOX ni Feijóo.
Feinmann contó que Milei tiene la cara hinchada porque se golpeó en la ducha, pero algunos dicen que se hizo una liposucción; Patricia Bullrich sigue haciendo lobby para ser candidata en las próximas elecciones; subió el riesgo país y continúan los malos números en la economía; reprimieron a los metrodelegados por levantar los molinetes en el subte.
Fue el cumpleaños de Milei y sus fanáticos le hicieron una canción con IA; Jorge Macri se hizo amigo de Karina Milei; Espert fue procesado por lavado de dinero en la causa que se le inició por su vínculo con Fred Machado y hubo una cumbre peronista con Sergio Massa, Axel Kicillof, Máximo Kirchner y los gobernadores para hablar de la unidad de cara a las elecciones…
Los protagonistas de la semana fueron Javier Milei, Pedro Sánchez. Karina Milei, España, la gente que no llega a fin de mes, los metrodelegados, Jorge Macri, Patricia Bullrich, Sergio Massa, Axel Kicillof, Santiago Abascal, Ayuso y muchos más.
Hay una discusión sobre el internacionalismo que merece ser recuperada. Durante décadas, el pensamiento económico dominante presentó la globalización como un proceso inevitable y beneficioso, mientras identificaba cualquier defensa de la soberanía nacional con el atraso, el proteccionismo o el nacionalismo. Hoy, una parte de las mismas élites que promovieron aquella globalización adopta discursos nacionalistas, cuestiona el libre comercio y reivindica las fronteras. Sin embargo, el cambio de lenguaje no modifica necesariamente los intereses que organizan el sistema.
La cuestión central no es elegir entre globalización y desglobalización, entre libre comercio y barreras arancelarias. La verdadera disputa consiste en determinar quién controla la economía mundial: el capital concentrado o los pueblos que producen la riqueza. Esta es una de las ideas centrales que atraviesa el debate sobre el internacionalismo contemporáneo.
El internacionalismo del capital nunca fue una abstracción. Tiene nombres, instituciones y relaciones de poder. Las grandes corporaciones, los fondos financieros, las plataformas tecnológicas y los organismos que condicionan las políticas económicas nacionales construyeron una arquitectura internacional destinada a garantizar la circulación del capital, la apropiación de recursos y la subordinación del trabajo. Cuando esa arquitectura entra en crisis, el capital no renuncia a sus privilegios: modifica sus instrumentos.
Por eso, el repliegue de la globalización neoliberal no significa necesariamente una recuperación de la soberanía popular. El nacionalismo de las derechas puede cuestionar el multilateralismo, levantar barreras comerciales y reclamar mayor autonomía frente a otros Estados, sin alterar la concentración de la riqueza ni el poder de las grandes empresas. El proteccionismo de los poderosos no equivale a la protección de los trabajadores.
Tampoco alcanza con sustituir una dependencia por otra. La disputa entre Estados Unidos y China expresa contradicciones reales del orden internacional, pero no debería obligar a los países periféricos a convertirse en piezas subordinadas de una u otra estrategia. La autonomía no consiste en cambiar de patrón. Consiste en construir capacidad propia para decidir sobre los recursos, la producción, la tecnología, el trabajo y el destino del excedente económico.
Aquí aparece una tradición latinoamericana que conserva una notable actualidad: el internacionalismo de Juan Domingo Perón.
La Tercera Posición no fue simplemente una fórmula diplomática para mantenerse equidistante de Washington y Moscú durante la Guerra Fría. Expresaba una concepción política más amplia: los países que no pertenecían al núcleo de las grandes potencias necesitaban construir una capacidad de decisión propia. Perón comprendió que la soberanía nacional, en un mundo organizado alrededor de grandes espacios económicos y políticos, no podía sostenerse exclusivamente dentro de las fronteras de cada Estado.
Su discurso del 11 de noviembre de 1953 en la Escuela Nacional de Guerra, conocido como Unidos o Dominados, planteó con claridad esa perspectiva. El proyecto de integración entre Argentina, Brasil y Chile —el ABC— no era una iniciativa protocolar ni una simple alianza entre gobiernos. Buscaba construir una escala económica y política capaz de modificar la relación de fuerzas con los centros de poder mundial.
La integración latinoamericana aparecía así como una condición material de la independencia. La idea era sencilla y profunda: países separados, con mercados fragmentados y economías dependientes, tenían una capacidad limitada para negociar con las grandes potencias. Unidos podían construir una fuerza económica, industrial y política diferente.
Ese internacionalismo tenía, además, una dimensión popular. No se trataba solamente de asociar Estados, sino de ampliar las condiciones materiales para que sus pueblos pudieran decidir sobre su propio desarrollo. La Tercera Posición y la unidad latinoamericana formaban parte de una misma concepción: la independencia política necesitaba una base económica y la justicia social no podía consolidarse sobre una estructura de dependencia permanente.
Recuperar hoy esa tradición no significa trasladar mecánicamente las respuestas de los años cincuenta a un escenario mundial completamente distinto. Significa reconocer la vigencia de una pregunta que Perón formuló en términos estratégicos: ¿cómo pueden los pueblos periféricos evitar que su futuro sea decidido por las potencias que concentran el poder económico y militar?
La respuesta exige una integración regional que no se limite al intercambio comercial. Supone coordinar políticas industriales, defender los recursos naturales, desarrollar capacidades científicas y tecnológicas, proteger el trabajo y fortalecer la capacidad de los Estados para orientar la economía. También requiere recuperar la solidaridad entre los trabajadores y los movimientos populares de distintos países, porque el capital opera internacionalmente y las resistencias nacionales, cuando permanecen aisladas, encuentran límites cada vez más estrechos.
Las experiencias latinoamericanas de cooperación política, las movilizaciones contra la austeridad, las luchas sindicales y las campañas internacionales de solidaridad muestran que existe un terreno de acción que no se reduce a la competencia entre gobiernos y potencias. El internacionalismo popular tiene que construir vínculos entre quienes soportan las consecuencias de un mismo orden económico, aunque vivan bajo Estados diferentes.
La cuestión, entonces, no es defender cualquier nacionalismo ni celebrar cualquier forma de globalización. Es distinguir entre la soberanía utilizada para proteger los intereses del capital y aquella que permite ampliar los derechos y la capacidad de decisión de las mayorías sociales.
El internacionalismo de los pueblos no consiste en elegir entre las grandes potencias, sino en construir una fuerza propia frente a ellas. En esa tradición puede inscribirse la Tercera Posición de Perón: soberanía nacional, integración latinoamericana y solidaridad internacional. No como neutralidad frente a los conflictos del mundo, sino como una estrategia para que las mayorías sociales dejen de ser objeto de las disputas internacionales y puedan convertirse en protagonistas de su propio destino.
La verdadera alternativa no es entre un mundo globalizado y otro encerrado detrás de sus fronteras. Es entre un internacionalismo organizado alrededor de los intereses del capital y otro capaz de poner la cooperación entre los pueblos al servicio de su emancipación.
La victoria de Lula no se explica por la destreza de los comunicadores ni por la eficacia de los algoritmos. Detrás de los votos hay una disputa entre intereses de clase: de un lado, el capital financiero, el agronegocio y los sectores empresariales que buscan preservar sus privilegios; del otro, los trabajadores y las mayorías populares que reclaman mejores salarios, reducción de la jornada laboral, derechos sociales y defensa de los servicios públicos. Las redes pueden amplificar esa confrontación, pero no reemplazan la organización ni la construcción de fuerza social. Atribuirles el protagonismo es convertir una disputa por la distribución de la riqueza en un problema de marketing político y borrar a sus verdaderos protagonistas. En el cierre, Lula y el valor del liderazgo.