Paradoja estratégica

Paradoja estratégica

La guerra contra Irán está produciendo una paradoja estratégica: Estados Unidos e Israel buscaban reducir la capacidad regional de Teherán, pero Irán ha conseguido convertir el estrecho de Ormuz en una herramienta decisiva de presión sobre Washington y sobre la economía mundial.

Ormuz concentra cerca de una quinta parte del petróleo y del gas comercializados globalmente. Por eso, su control no es solamente una cuestión militar: es poder económico. Cada restricción al tránsito eleva el precio de la energía, encarece el transporte y presiona sobre la inflación mundial.

La cuestión central es que superioridad militar no equivale necesariamente a capacidad de imponer una solución política. Estados Unidos puede disponer de una enorme fuerza naval, pero abrir Ormuz por la vía militar implica asumir costos económicos y bélicos crecientes.

Desde una perspectiva de clase, la contradicción es todavía más evidente: los costos de la guerra se trasladan hacia trabajadores y consumidores mediante energía, alimentos y transporte más caros, mientras determinados sectores financieros y energéticos pueden beneficiarse de la volatilidad.

Ormuz muestra así los límites de la hegemonía estadounidense: Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos; necesita demostrar que puede hacer demasiado costosa la guerra para que Washington pueda sostenerla indefinidamente.

La disputa por un estrecho de apenas unas decenas de kilómetros revela, en definitiva, una transformación mayor: el poder mundial ya no puede ejercerse únicamente desde la superioridad militar. También depende de quién controla los puntos estratégicos de circulación del capitalismo global.

agosto 19, 2026
Creer en algo más

Creer en algo más

El debate contemporáneo sobre Marx suele quedar atrapado entre dos reducciones: quienes lo convierten exclusivamente en un teórico de la lucha de clases y quienes lo presentan como un pensador preocupado, ante todo, por la libertad individual. El artículo de Jan Kandiyali publicado en Jacobin permite salir de esa disyuntiva y recuperar una dimensión central de la tradición marxista: la emancipación humana como transformación de las relaciones sociales y como posibilidad de florecimiento colectivo.

La discusión parte de las interpretaciones desarrolladas por filósofos analíticos como G. A. Cohen y Jon Elster. En ellas aparece una lectura de Marx en la que el comunismo puede ser entendido como una sociedad capaz de liberar a los individuos de las restricciones que impiden desarrollar sus capacidades. El problema, señala Kandiyali, es que esta interpretación corre el riesgo de trasladar a Marx una concepción demasiado individualista de la realización humana.

En Marx, por el contrario, el individuo nunca existe separado de sus relaciones sociales. La conocida formulación de La ideología alemana resulta decisiva: «la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales». La emancipación, por lo tanto, no puede consistir simplemente en ampliar las opciones disponibles para individuos aislados. Debe transformar las relaciones sociales que condicionan esas opciones.

libertad y condiciones materiales

Esta cuestión adquiere una enorme actualidad frente al discurso liberal contemporáneo.

La libertad liberal suele ser presentada como ausencia de interferencia: cada individuo sería libre en la medida en que nadie interfiera en sus decisiones. Pero Marx introduce una pregunta anterior: ¿qué condiciones materiales permiten realmente ejercer esa libertad?

Un trabajador que formalmente puede elegir dónde trabajar, pero necesita vender su fuerza de trabajo para garantizar su subsistencia, es jurídicamente libre. Sin embargo, esa libertad está atravesada por una relación material de dependencia.

Lo mismo puede observarse hoy en dimensiones que exceden el trabajo industrial clásico. La vivienda, la educación, la salud, el cuidado, el crédito y hasta el tiempo disponible para la vida familiar están crecientemente determinados por la capacidad de ingreso y por el acceso al mercado.

La paradoja del capitalismo contemporáneo es evidente: la sociedad posee una capacidad productiva extraordinariamente superior a la de cualquier época anterior, pero esa capacidad no se traduce automáticamente en mayor libertad para las mayorías.

La productividad puede aumentar y, simultáneamente, crecer el endeudamiento familiar, la precariedad laboral o la inseguridad respecto del futuro.

el problema no es solamente quién posee

Aquí aparece una cuestión fundamental para una lectura política de Marx.

El capitalismo no constituye únicamente un sistema caracterizado por una distribución desigual de la riqueza. Es también un sistema en el que las relaciones sociales están organizadas alrededor de la valorización del capital.

Por eso, la cuestión de la propiedad resulta indispensable, pero no suficiente.

Una sociedad emancipada no debería limitarse a distribuir de otra manera aquello que produce el capitalismo. También debería preguntarse qué produce, para quién produce y bajo qué relaciones sociales se produce.

El problema del trabajo es particularmente ilustrativo.

En el capitalismo, el trabajo aparece fundamentalmente como un medio para obtener ingresos y reproducir la existencia. El trabajador vende su fuerza de trabajo y el proceso productivo queda subordinado a una finalidad externa: la valorización del capital.

El comunismo pensado desde el horizonte del florecimiento humano implica algo mucho más profundo que una redistribución del ingreso: la posibilidad de transformar el trabajo en una actividad socialmente significativa, cooperativa y progresivamente libre.

La emancipación no sería entonces escapar de toda actividad productiva, sino liberar la actividad humana de su subordinación absoluta a la rentabilidad.

del individuo competitivo al sujeto colectivo

Este punto permite establecer una diferencia profunda con el neoliberalismo.

La concepción neoliberal parte del individuo como unidad fundamental de la sociedad. La sociedad aparece como resultado de millones de decisiones individuales y el mercado como mecanismo privilegiado para coordinarlas.

El marxismo invierte la perspectiva: los individuos son producidos socialmente. Sus posibilidades, aspiraciones y condiciones de existencia dependen de instituciones, relaciones de propiedad, estructuras productivas y relaciones de poder.

De allí que la emancipación no pueda ser exclusivamente individual.

Nadie puede emanciparse completamente de relaciones sociales que continúan sometiendo a otros.

La libertad de algunos basada en la subordinación material de otros no constituye, desde esta perspectiva, una libertad universal.

Este planteo adquiere una particular relevancia en el presente argentino. Frente a una concepción política que reivindica al individuo propietario y presenta la sociedad como una agregación de intercambios privados, la tradición marxista obliga a formular otra pregunta: ¿quién controla las condiciones materiales que hacen posible la libertad?

Porque no alcanza con proclamar la libertad si millones de personas dependen del salario, del crédito, del alquiler o de la asistencia familiar para reproducir cotidianamente su existencia.

el florecimiento humano como horizonte político

La recuperación del concepto de florecimiento humano permite, en definitiva, ampliar la discusión sobre el socialismo.

No se trata solamente de cuánto debe ganar cada persona ni de cómo distribuir la riqueza. Se trata de preguntarse qué tipo de sociedad permite que las capacidades humanas puedan desarrollarse plenamente.

Una sociedad donde la educación no sea una mercancía, donde la salud no dependa de la capacidad de pago, donde la vivienda no sea principalmente un activo financiero, donde el tiempo libre no constituya un privilegio y donde el trabajo pueda ser progresivamente liberado de la lógica de la explotación.

En ese sentido, el comunismo aparece menos como un modelo económico cerrado que como un horizonte de emancipación social.

Y allí reside quizás la principal actualidad de Marx.

El capitalismo ha demostrado una capacidad extraordinaria para desarrollar las fuerzas productivas. Pero precisamente ese desarrollo vuelve más evidente la contradicción entre las posibilidades materiales de la humanidad y las relaciones sociales que organizan su utilización.

La pregunta marxista sigue siendo entonces incómodamente vigente:

si la sociedad dispone de recursos y capacidades productivas suficientes para garantizar una vida digna para todos, ¿por qué esas capacidades continúan subordinadas a la acumulación privada?

Responder esa pregunta implica volver a colocar en el centro de la política no solamente la distribución del ingreso, sino el control social de las condiciones de existencia.

Porque la verdadera emancipación no consiste simplemente en que cada individuo pueda elegir dentro del mercado. Consiste en que los seres humanos puedan decidir colectivamente sobre las condiciones materiales y sociales de su propia vida.

Y esa es, precisamente, una de las dimensiones más potentes del Marx que el debate contemporáneo vuelve a descubrir. En la apertura presentación del libro de Chipi Castillo «Leer a Marx». Acompañan al autor en el panel Lucas Rubinich, Paula Varela y Mariano Schuster, quienes analizan la vigencia del pensamiento marxista frente a los desafíos del capitalismo actual, el ascenso de las extremas derechas y las posibilidades de una transformación social. Una charla imprescindible para quienes buscan coordenadas de lectura en tiempos convulsivos y quieren profundizar en el núcleo duro del marxismo como herramienta de lucha y emancipación.

agosto 19, 2026
A lo oscuro por lo más oscuro …

A lo oscuro por lo más oscuro …

Los años 1955 y 2026 se tocan. Cuando se excluye a un liderazgo nacional estructurante con condena, atentado y falsas consignas mediáticas, el sistema no se estabiliza: se fragmenta. El resultado son gobiernos débiles, dependientes del FMI y una sociedad que paga el ajuste con 46% de informalidad y deuda para comer. En este contexto de fragilidad cualquier cosa puede suceder, menos una: Estabilizar el desastre socioeconómico que, como objetivo central, diseñó paso a paso el gobierno nacional. Horacio Rovelli en la apertura, analiza el rumbo del modelo actual una vez más, pero en su tramo final ya con el tiempo jugando en su contra y el ocaso acelerándose notablemente.

agosto 19, 2026