Llegar al gobierno mediante elecciones no significa conquistar el poder. Lo advirtió ya Cristina Kirchner que asumire el gobierno suponía un 25% del poder real, hoy no lo sabemos pero podemos imaginarlo.
La experiencia latinoamericana vuelve a poner en discusión una vieja cuestión del marxismo: ¿qué ocurre cuando una fuerza popular accede al Ejecutivo pero encuentra que las estructuras económicas, burocráticas, mediáticas, judiciales y geopolíticas permanecen bajo la gravitación de las clases dominantes?
La lectura de Nicos Poulantzas permite ir más allá de la idea del Estado como simple instrumento de la burguesía: el Estado capitalista es una condensación material de las relaciones de fuerza entre las clases, un terreno de disputa atravesado por contradicciones, pero estructurado de manera tal que contribuye a reproducir la dominación.
La experiencia colombiana analizada por Alfonso Insuasty Rodríguez y Juan Martorano constituye, desde esta perspectiva, es un laboratorio privilegiado para pensar también la Argentina de Milei y los límites de cualquier proyecto de transformación que confunda administrar el Estado con transformar las relaciones de poder.Llegar al gobierno mediante elecciones no significa conquistar el poder.
La evidencia latinoamericana vuelve a poner en discusión una vieja cuestión del marxismo: ¿qué ocurre cuando una fuerza popular accede al Ejecutivo pero encuentra que las estructuras económicas, burocráticas, mediáticas, judiciales y geopolíticas permanecen bajo la gravitación de las clases dominantes? Llegar al gobierno mediante elecciones no significa conquistar el poder.
José Carlos Mariátegui sigue siendo una referencia fundamental para pensar un marxismo latinoamericano capaz de escapar del eurocentrismo. Como analiza Chris Gilbert en Monthly Review, su aporte central fue comprender que el socialismo no podía ser una doctrina importada mecánicamente desde Europa, sino que debía construirse a partir de las condiciones históricas, sociales y culturales de cada pueblo.
Para Mariátegui, las tradiciones locales de lucha no eran un obstáculo para el socialismo: constituían su punto de partida. El movimiento obrero, las comunidades indígenas, las organizaciones populares y las distintas formas históricas de resistencia debían integrarse en una estrategia de transformación social.
Esta perspectiva conserva una enorme actualidad. En América Latina, enfrentar al neoliberalismo exige recuperar las experiencias concretas de organización popular y las tradiciones nacionales de lucha. No se trata de copiar modelos externos, sino de construir una alternativa desde nuestra propia historia.
En Argentina, esta mirada permite pensar la disputa actual más allá de la coyuntura electoral. Frente a un proyecto como el de Javier Milei, que busca reducir la sociedad a individuos y relaciones de mercado, la cuestión central vuelve a ser la construcción de un sujeto colectivo capaz de defender el trabajo, los recursos nacionales, los derechos sociales y la soberanía.
La lección de Mariátegui es, entonces, profundamente política: la emancipación latinoamericana no se construye negando nuestras tradiciones populares, sino transformándolas en fuerza colectiva para disputar el futuro.
Milei ya no pretende solamente transformar la Argentina. Su proyecto comienza a presentarse como un modelo político exportable para la extrema derecha mundial. El discurso pronunciado en Santiago de Chile revela esa ambición: construir una alianza internacional que deje en segundo plano las diferencias nacionales para organizar un enemigo común —la izquierda— y disputar la hegemonía política y cultural.
La novedad no reside simplemente en la radicalización de la derecha argentina, sino en su voluntad de convertirse en uno de los nodos latinoamericanos de una nueva internacional reaccionaria, articulada con Trump, Vox, el universo MAGA y las redes conservadoras estadounidenses y europeas.
La estrategia tiene una lógica gramsciana, aunque Milei reivindique permanentemente su combate contra Gramsci: no alcanza con conquistar gobiernos; hay que conquistar el sentido común. Por eso la batalla cultural ocupa un lugar central. La izquierda deja de ser presentada como adversario democrático y comienza a construirse como una amenaza existencial contra la libertad, la nación y Occidente.
Desde una perspectiva de clase, esta operación cumple una función precisa. Mientras el programa económico favorece la desregulación, reduce capacidades redistributivas del Estado y deteriora derechos sociales y laborales, el conflicto económico es desplazado hacia una guerra cultural. La desigualdad deja de discutirse como resultado de relaciones de poder y aparece explicada por la supuesta amenaza de un enemigo ideológico.
Así, la «libertad» que Milei universaliza no es políticamente neutra: expresa fundamentalmente la libertad del capital frente a las regulaciones, los derechos laborales y las políticas de redistribución.
La experiencia argentina se convierte entonces en laboratorio. El objetivo ya no es solamente ganar las elecciones de 2027, sino demostrar que una derecha radical puede conquistar el Estado, transformar las relaciones sociales y luego exportar su método.
Milei no quiere solamente gobernar la Argentina. Quiere convertir al mileísmo en una doctrina internacional de la nueva extrema derecha. Y esa batalla, en definitiva, es una batalla por la hegemonía.