Hay una contradicción que atraviesa a las derechas contemporáneas: pueden exhibir crecimiento económico, inversiones, mercados financieros en alza y determinados indicadores favorables, pero cada vez les resulta más difícil convencer a las mayorías de que esa prosperidad también les pertenece.
El caso de Donald Trump es revelador. Un reciente análisis de Axios muestra la distancia entre los indicadores macroeconómicos y la percepción cotidiana de los estadounidenses. Los precios, la vivienda, la gasolina, las tasas de interés y la inseguridad laboral pesan más que cualquier dato del PIB.
La contradicción no es comunicacional. Es material.
Un trabajador no compra el PIB. No paga el supermercado con la tasa de crecimiento ni la hipoteca con la cotización de Wall Street. La economía que importa para las mayorías es la que determina cuánto cuesta reproducir diariamente su vida.
Trump llegó nuevamente al poder explotando esa frustración. Prometió recuperar salarios, empleo industrial y capacidad adquisitiva. Ahora empieza a ser juzgado por las mismas condiciones materiales que utilizó para cuestionar a sus adversarios.
Aquí aparece una cuestión de clase que el lenguaje económico suele ocultar: no alcanza con preguntar cuánto crece una economía; hay que preguntar quién se apropia de ese crecimiento.
La inteligencia artificial ofrece un ejemplo paradigmático. El capital celebra inversiones, productividad y valorizaciones bursátiles; millones de trabajadores observan, en cambio, la posibilidad de que la automatización transforme o elimine sus empleos. El capital celebra la productividad futura. El trabajador pregunta si tendrá trabajo mañana.
La misma contradicción aparece en Argentina.
Milei construye buena parte de su legitimidad sobre la caída de la inflación, el equilibrio fiscal, la recuperación financiera y las expectativas de los mercados. Pero una economía no se convierte automáticamente en una experiencia social positiva porque mejoren sus variables financieras.
Puede bajar la inflación y mantenerse un nivel de precios inaccesible para millones. Puede equilibrarse el presupuesto mientras se deterioran servicios públicos. Puede aumentar la rentabilidad empresarial mientras se debilita el empleo formal. Puede crecer la inversión mientras aumenta la precariedad.
No se trata de negar los datos, sino de preguntar qué relaciones sociales producen esos resultados y quién se apropia de sus beneficios.
Ese es el punto que las derechas intentan desplazar mediante la individualización del conflicto. Si el salario no alcanza, falta capacitación. Si no hay trabajo, es un problema personal. Si aumenta el endeudamiento, fue una mala decisión familiar. La estructura desaparece detrás de la responsabilidad individual.
Pero la experiencia cotidiana termina imponiéndose.
Trump puede decir que la economía funciona. Milei puede afirmar que el programa es exitoso. Los mercados pueden acompañarlos. Existe, sin embargo, un límite político: la percepción que las clases populares tienen de sus propias condiciones de existencia.
Cuando una mayoría siente que trabaja más, paga más y tiene menos seguridad sobre su futuro, los indicadores macroeconómicos dejan de producir legitimidad.
Por eso el problema de Trump puede terminar siendo también el de Milei: una economía puede ser exitosa para los mercados y políticamente desastrosa para un gobierno cuando el crecimiento no se traduce en bienestar para las mayorías.
Las sociedades no votan solamente sobre el PIB, el déficit o el riesgo país. Votan sobre su propia vida, o mejor, sobre lo que imagina es su propia vida.
Y cuando la distancia entre la economía que celebran los mercados y la economía que padecen las mayorías se vuelve demasiado grande, la contradicción económica muchas veces, termina convirtiéndose en contradicción política.
El resultado del primer turno brasileño no expresa solamente una competencia entre Lula y Flávio Bolsonaro. Expone una fractura productiva, territorial, social, cultural y subjetiva mucho más profunda. El lulismo conserva una extraordinaria fortaleza popular en el Nordeste y en sectores subalternos, pero el bolsonarismo construyó una identidad política capaz de atravesar clases, territorios y generaciones.
La ultraderecha controla además espacios decisivos del Congreso, gobiernos estaduales, redes religiosas, territorios económicos y buena parte de la disputa digital. Lula aún puede ganar el 25 de octubre.
Pero la verdadera batalla por Brasil comenzará al día siguiente, tal como señalara Cristina Kirchner, aún ganando los gobiernos popular democráticos reciben un 25% del poder real y lo advirtió hace más de una década, ese porcentaje hoy debiera se revisado y a la baja.
Los primeros resultados oficiales de las elecciones en Brasil comenzarán a conocerse a partir de las 17:00 (hora de Brasilia y de la Argentina), una vez cerradas las urnas.
Cierre de urnas: Las mesas de votación operan de 08:00 a 17:00 de forma simultánea.
Publicación de datos: El Tribunal Superior Electoral (TSE) inicia la difusión de los primeros boletines parciales apenas finaliza el sufragio.
Diferencia horaria: Al encontrarnos en Argentina, no hay diferencia horaria con el huso principal de Brasilia, por lo que los datos se siguen en el mismo horario.
Todo dato electoral que circule antes y por fuera del escrutinio oficial no debe ser tomado en cuenta.
En el inicio Nodal en su canal de Youtube desarrolla una transmisión colaborativa en directo con teleSUR, Alba Movimientos y Brasil de Fato.