La continuidad del poder detrás de la polarización

La continuidad del poder detrás de la polarización

El artículo de Pablo Pozzi en Tektónikos plantea una tesis central: aunque Donald Trump y los republicanos sufran una derrota en las elecciones legislativas del 3 de noviembre de 2026, eso no garantiza un cambio sustancial en la orientación política de Estados Unidos.

La clave del análisis es que el trumpismo excede a Trump. Sus políticas encuentran respaldo en sectores concentrados del poder económico y en consensos bipartidistas que atraviesan a republicanos y demócratas.

El argumento más relevante es que la alternancia electoral no necesariamente modifica las relaciones de poder. Ambos partidos reciben financiamiento de grandes corporaciones y coinciden en cuestiones estratégicas, como el incremento del gasto militar y el apoyo a Israel, mientras amplios sectores sociales sienten que carecen de capacidad real para influir en las decisiones gubernamentales.

La crisis demócrata tampoco puede explicarse únicamente por la eficacia de Trump. Pesa su propio historial de rescates financieros, guerras, inflación y deterioro salarial. Esa pérdida de credibilidad abre espacio para candidaturas que intentan conectar la política con necesidades materiales concretas, como el control de alquileres y la reducción del costo de los alimentos.

La conclusión de Pozzi es contundente: una derrota electoral republicana podría limitar a Trump, pero difícilmente desmonte la estructura económica, política y militar que sostiene su proyecto. El desafío, por lo tanto, no consiste solamente en derrotar electoralmente a la derecha, sino en construir una alternativa capaz de disputar los intereses sociales que alimentan su hegemonía.

octubre 22, 2026
Es hora de encontrar valor en algo más que un nuevo iPhone o un par de jeans

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La pregunta estratégica de este trabajo es quiénes pueden construir una alternativa, mediante qué organizaciones y con qué programa de transformación social. La decadencia del capitalismo no garantiza su superación: también puede desembocar en autoritarismo, guerra y devastación ambiental. Nuestra renuencia a pensar en cómo cambiar nuestra realidad puede ser simplemente el ruido del capitalismo hablando a través de nosotros. 

octubre 22, 2026
Convertir relaciones de fuerza en obligaciones jurídicas*

Convertir relaciones de fuerza en obligaciones jurídicas*

La dominación no siempre llega con los marines. También se impone mediante la deuda, los tribunales y las reglas internacionales que convierten las desigualdades de poder en obligaciones aparentemente neutrales. Argentina es un ejemplo de esa disputa por la soberanía.

El imperialismo contemporáneo no necesita abolir el derecho para ejercer su dominación: puede utilizarlo para convertir relaciones de fuerza en obligaciones jurídicas. Esa es la tesis que desarrolla Luís Eduardo Fernandes en Monthly Review, en su artículo sobre el imperialismo jurídico y la dependencia.

Desde una perspectiva marxista, el autor cuestiona la idea liberal de que el derecho internacional constituye necesariamente un límite al poder de las grandes potencias. Las normas pueden proteger derechos, pero también institucionalizar las desigualdades del sistema mundial, atravesado por la herencia colonial, la dependencia económica y el poder del capital monopólico.

La pregunta fundamental no es solamente si una decisión cumple las reglas, sino quién las establece, qué intereses protegen y quién dispone de la fuerza para imponerlas.

La experiencia argentina permite observar esta contradicción. La deuda externa no es una simple obligación contable: constituye una relación de poder capaz de condicionar el presupuesto, la política económica y las decisiones estratégicas. Los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional expresan esa asimetría, mientras el gobierno de Javier Milei convierte el ajuste fiscal, la desregulación y la apertura económica en pilares de su programa.

Estas políticas no distribuyen sus costos de manera uniforme. Mientras trabajadores, jubilados y sectores populares soportan las consecuencias del ajuste, los acreedores y determinados grupos económicos pueden beneficiarse de la reorganización de la economía. Lo que se presenta como una necesidad técnica contiene, por lo tanto, una decisión política y una relación de clase.

La disputa también alcanza a los recursos estratégicos. El litio, los hidrocarburos y los minerales pueden impulsar el desarrollo nacional, pero la inversión extranjera no lo garantiza por sí misma. Importan el control de los recursos, el valor agregado que permanece en el país, la participación del Estado y la distribución de los beneficios. La seguridad jurídica es legítima, pero no debería convertirse en un blindaje de los privilegios del capital frente a las necesidades de la sociedad.

El problema excede la relación con el FMI: comprende un modelo de inserción internacional que puede reducir la capacidad democrática de decidir qué producir, cómo distribuir la riqueza y qué lugar ocupar en la economía mundial.

Esto no significa que todo el derecho internacional sea una ficción ni que los compromisos externos deban ignorarse. Significa que la legalidad, por sí sola, no elimina las relaciones de dominación. La soberanía requiere instrumentos económicos y políticos para negociar en condiciones menos desiguales y someter las decisiones fundamentales al control democrático.

El imperialismo también se escribe en los códigos, los contratos y las condiciones del crédito. Su eficacia reside en presentar como reglas universales decisiones que reproducen un orden mundial desigual.

La cuestión decisiva es, entonces, quién controla la riqueza social, quién se beneficia del orden vigente y quién paga sus costos. Porque la soberanía popular pierde contenido cuando las mayorías pueden votar, pero el destino de su futuro queda condicionado por poderes económicos que no están sometidos a su control democrático.

octubre 22, 2026