La hipótesis de la nota trasciende el debate sobre el empleo. Plantea que el conflicto político argentino actual consiste en definir qué significa «mejorar». Mientras una tradición política evalúa el desempeño económico mediante salarios reales, empleo formal y distribución del ingreso, el oficialismo busca instalar otros criterios —estabilidad macroeconómica, libertad de mercado y responsabilidad individual— como parámetros de éxito. En este contexto la disputa central es, por tanto, una lucha por el sentido de los indicadores económicos y por la legitimidad del modelo de sociedad que esos indicadores representan. La estabilidad política del gobierno no descansa sólo en la desaceleración inflacionaria o en su capacidad comunicacional, sino también en la fragmentación estructural que impone el modelo, tanto en el terreno laboral, social, productivo y de representación política, donde comienzan a convivir muy diversas realidades, sumamente heterogéneas. Una consigna movilizadora como «Cristina Libre», no es una consigna electoral, es un límite a la disolución del plexo nacional de la representación política: la reaparición de un sujeto opositor con capacidad de disputar simultáneamente el sentido de la economía, la democracia y la representación popular a pesar de la fragmentación estructural. No es tarea sencilla, pero vale la pena intentarlo imaginando las alternativas regionales donde la ausencia de liderazgos nacionales es funcional a la continuidad de la política socioeconómica de corte neoliberal extractivista. Es cierto que por acá pasó Perón, pero hace mucho tiempo ya.
El artículo utiliza el caso del jet de Infantino como una metáfora del capitalismo global contemporáneo: el deporte deja de ser un espectáculo aislado para convertirse en un espacio donde se articulan intereses empresariales, diplomáticos y geopolíticos, cuestionando la idea de que el poder reside exclusivamente en los Estados nacionales. Es real.
La recepción de Heidegger en este caso en España estuvo mediada por la lucha entre distintos bloques culturales e ideológicos;
las élites franquistas encontraron en su crítica de la modernidad elementos útiles para legitimar un orden conservador y autoritario;
otros sectores reapropiaron categorías heideggerianas para proyectos intelectuales muy diferentes, mostrando que ninguna filosofía mantiene un significado político fijo.
En otras palabras, el caso español confirma que una obra filosófica no posee una traducción política automática: su significado depende de las relaciones sociales, de las instituciones y de las fuerzas que la incorporan a sus propias disputas.
Desde ese punto de vista, el interés del libro no reside tanto en determinar si Heidegger fue «de derecha» o «de izquierda», sino en reconstruir la historia social de sus usos políticos en el caso que se analiza en España, desde la Guerra Civil hasta la actualidad. En La Argentina no somos originales: Lo mismo sucede desde Gramsci hasta Borges, su significado depende de las relaciones sociales, de las instituciones y de las fuerzas que la incorporan a sus propias disputas. Por algo al marxista italiano lo cita Agustín Laje, con la diferencia de que por ahora lo hace desde fuera de la cárcel.