El artículo de Bruno Sgarzini es particularmente útil para profundizar una tesis que venís trabajando: el giro de Milei sobre Malvinas puede leerse menos como un viraje nacionalista que como una operación política destinada a desplazar la discusión sobre la crisis económica y recomponer una legitimidad que se deteriora.
La entrevista con Alejandra Loucau aporta varios elementos fuertes: Loucau sostiene explícitamente que Milei utiliza Malvinas como un “atajo político” para recuperar apoyo y desplazar del centro del debate la situación económica, el endeudamiento y el deterioro social.
Contradicción ideológica: el mismo Milei que reivindicó a Margaret Thatcher y relativizó históricamente la cuestión Malvinas aparece ahora como defensor de la soberanía. El contraste cuestiona la autenticidad del giro. Nacionalismo de mínima: las sanciones a empresas que operan en Malvinas no constituyen por sí mismas una nueva política de Estado. Loucau señala que existe legislación argentina previa que contempla esas sanciones y que, por lo tanto, la novedad reside también en la espectacularización comunicacional de una medida que debería formar parte de una política permanente.
La cuestión económica: el punto político más potente es que la soberanía aparece como una operación de sustitución de agenda: en lugar de discutir quién paga la crisis, quién se endeuda, quién pierde ingresos y quién se beneficia con el modelo económico, se instala una cuestión nacional que posee una enorme capacidad de movilización simbólica.
Trump y Malvinas: la entrevista introduce otra dimensión interesante: Malvinas puede estar siendo utilizada por Trump como una ficha en su negociación con Gran Bretaña, especialmente alrededor de la OTAN y de cuestiones estratégicas. Argentina correría así el riesgo de convertirse en instrumento de una negociación entre potencias.
Israel: el apoyo israelí tampoco debería interpretarse automáticamente como solidaridad con la Argentina. Loucau plantea que Israel puede utilizar Malvinas como carta diplomática frente al Reino Unido y para mejorar su propia posición internacional.
Hay además un dato coyuntural importante: otros análisis publicados esta semana también vinculan directamente el giro de Milei sobre Malvinas con su situación política interna y con el descenso de su aprobación.
El problema no es que Milei hable ahora de Malvinas; el problema es qué relación existe entre ese súbito nacionalismo y su política económica.
Ahí aparece una contradicción de clase muy potente. El Gobierno puede construir un discurso de soberanía territorial mientras sostiene una política económica que, según la crítica que venís desarrollando, favorece la valorización financiera, la extranjerización de recursos estratégicos y una inserción internacional subordinada.
La pregunta entonces no sería simplemente: ¿Milei se volvió nacionalista? más específicamente ¿Puede un gobierno reivindicar Malvinas mientras subordina la soberanía económica y energética? Este contraste permite conectar Malvinas, Vaca Muerta, recursos naturales, deuda y política exterior. Y ahí la denuncia adquiere mucha más fuerza: la soberanía no puede reducirse a una consigna territorial utilizada electoralmente; también implica decidir quién controla los recursos, quién se apropia de la renta y qué intereses define la política exterior argentina. El paralelismo histórico con Galtieri es provocador y evidente: la idea de que una potencia occidental está en decadencia y que Estados Unidos acompañará a la Argentina recuerda peligrosamente los absurdos supuestos de 1982. En el inicio el reportaje de Sgazini a Alejandra Locau.
El recuerdo del golpe del 11 de setiembre de 1973 en Chile cobra notable actualidad tanto en el país trsandino como en el nuestro.
Pinochet representa la versión autoritaria originaria del neoliberalismo latinoamericano; Milei representa uno de sus intentos contemporáneos de radicalización por vía electoral y proscripción en la oposición
No son políticamente idénticos. Pero pueden ser colocados dentro de una misma genealogía de transformación de las relaciones entre Estado, mercado y clases sociales.
Y el peligro de borrar esa genealogía es enorme: porque cuando se presenta a Pinochet exclusivamente como un reformador económico, desaparece de la fotografía aquello que el informe secreto revela con crudeza: que detrás de la transformación económica existió un Estado capaz de ejercer violencia sistemática contra quienes podían resistirla. Bajo otro formato la represión primero física el 1 de setiembre de 2022 y luego judicial a partir de su apresamiento y proscripción el 17 de junio de 2025, muestran que el modelo inaugurado por la dictadura pinochetista sigue desplegándose en la región bajo formatos diversos pero un único fin: La dictadura del capital. En suma, Chile 1973 y Argentina 2025 muestran contextos históricos diferentes, pero la discusión sobre democracia, proscripción, poder judicial y reestructuración social vuelve a colocar en primer plano la relación entre poder político y poder económico.
La llamada “economía de la adicción” ya no puede pensarse como un fenómeno marginal: apuestas online, pornografía y consumos problemáticos se expanden al amparo de un capitalismo digital que convierte la vulnerabilidad social en negocio. Entre la desregulación, la precarización y el pragmatismo fiscal, el Estado corre el riesgo de pasar de garante de derechos a socio indirecto de industrias que lucran con la dependencia, mientras una generación de jóvenes queda atrapada entre el mercado, el endeudamiento y la ausencia de expectativas de futuro. En la apertura Tucker Carlson dialosga con Saagar Enjeti que habla sobre quiénes se están enriqueciendo con la destrucción de los hombres jóvenes en Estados Unidos.
Saagar Enjeti es el presentador de Breaking Points with Krystal and Saagar, disponible en YouTube y en tu plataforma de podcasts favorita. Saagar trabajó anteriormente en The Daily Caller como corresponsal en la Casa Blanca. En este reportaje es particularmente interesante porque nos muestra otra faceta de «hacia dónde estamos yendo» en nuestro país.