Jóvenes e izquierdas: El colapso del centro en clave europea

¿Se ha vuelto reaccionaria la juventud europea? No nos apresuremos a llegar a esta conclusión. Por ahora, lo único que podemos deducir de la revuelta populista de los jóvenes es reactivo. La corriente política dominante no ofrece respuestas satisfactorias a sus quejas. Las promesas de prosperidad inclusiva de la izquierda no resultan convincentes cuando se comparan con el costo social de la transición ecológica. Las promesas de centroderecha moderada son falsas. Una vida plena de logros profesionales y comodidad económica no son creíbles frente a un mercado laboral de empleo precario. Es el centro político, con sus respuestas fáciles e inverosímiles, lo que puede estar alimentando la legítima rabia de los jóvenes.

Preguntas y respuestas: Los jóvenes y la extrema derecha en Europa. Dossier

Albena Azmanova

¿Salvarán los jóvenes a Europa del auge de la extrema derecha? Una generación definida por la inseguridad económica se agarra a los quitamiedos, en vez de comprometerse con la emancipación.La extrema derecha está a punto de lograr un espectacular avance en las elecciones europeas de este fin de semana [9 de junio], desplazando a los Verdes como tercera fuerza en el Parlamento Europeo. Las consecuencias de que los populistas se conviertan en poder decisorio del hemisferio serán graves: una cultura política de “disciplinar y castigar”, de enemistad con los extranjeros y de hostilidad hacia las preocupaciones ecológicas se impondría a la agenda de diversidad cultural e inclusión, sostenibilidad medioambiental y libertades cívicas. Esta combinación de políticas progresistas ha sido la promovida hasta hace poco por una amplia coalición de fuerzas parlamentarias, desde la izquierda radical y moderada y los Verdes hasta elementos del centro derecha.

¿Qué podría contrarrestar este peligroso cambio? Podría esperarse un aumento del voto juvenil. La participación de los jóvenes ha aumentado en las elecciones nacionales y europeas. Además, Austria, Bélgica, Alemania y Malta están ampliando el voto a los jóvenes de 16 y 17 años (y Grecia a los de 17 años). El último Eurobarómetro registra un interés bastante alto por las elecciones entre los votantes menores de 24 años: la mayoría (63%) responde que votará y una abrumadora mayoría (86%) está de acuerdo en que votar es importante para mantener fuerte la democracia.

Teniendo una larga vida por delante, los jóvenes son los que más se juegan en el futuro; también suelen pensar a lo grande y actuar con audacia, o al menos eso se espera de ellos. Viernes por el Futuro (Fridays For Future), el movimiento internacional por el clima liderado por jóvenes, lo inició en 2018 una colegiala en Estocolmo con una pancarta. El año anterior, habían salido a la calle estudiantes franceses de secundaria durante las elecciones presidenciales para exigir un futuro más allá de la polaridad que se ofrecía: Ni Marine, ni Macron; ni patrie, ni patron. Y los estudiantes universitarios lideran hoy las protestas internacionales contra la matanza indiscriminada de civiles en Gaza, desafiando la violencia policial, la represión política y la intimidación de las empresas que amenazan con no darles empleo.

Un escenario improbable

La feliz hipótesis de una “revolución de terciopelo” de los jóvenes que impida el ascenso de la extrema derecha en las urnas resulta, sin embargo, improbable, a juzgar por lo que indican otros datos. Los sondeos de opinión en las democracias occidentales señalan repetidamente que los jóvenes son más desgraciados que las generaciones mayores y más propensos a dudar de los méritos de la democracia; también votan cada vez más a la derecha reaccionaria.

En Bélgica, Alemania, Finlandia, Francia y Portugal, los votantes más jóvenes, especialmente los hombres, han ido apoyando a los partidos de extrema derecha en cifras que a menudo superan a los de sus mayores. En estos países, los partidos verdes de izquierda, que en el pasado reciente se llevaban abrumadoramente el voto de los jóvenes, han ido perdiendo terreno. Probablemente, lo más destacable es la popularidad de la extrema derecha entre los jóvenes franceses: en una encuesta de Ifop realizada en abril, el 32% de los jóvenes de 18 a 25 años declararon que tenían intención de votar a RN la Asamblea Nacional, sin que hubiera diferencia entre hombres y mujeres.

En los Estados Unidos se está produciendo un cambio similar. Los datos de una encuesta realizada a principios de este año revelaron que el anterior presidente, Donald Trump, había ido ganando apoyoentre los votantes jóvenes, en una notable inversión de la tendencia establecida de que los jóvenes estadounidenses apoyaban al Partido Demócrata. La “mayoría silenciosa” de los jóvenes -los que no asistieron a las marchas contra el cambio climático y la guerra- parece estar motivada por las mismas preocupaciones que quitan el sueño a los mayores: el coste de la vida y, sobre todo, la vivienda asequible.

El Eurobarómetro indica que la pobreza, la exclusión social y la salud pública son las principales preocupaciones de los votantes europeos, seguidas de cerca por la situación de la economía y el mercado laboral, así como la defensa y la seguridad de la UE. Pero el enigma persiste: Europa está inundada de descontento social, pero la furia de las masas está alimentando una insurgencia de extrema derecha. La izquierda no está sabiendo encauzar ese descontento, aunque sus temas estrella -la pobreza y el desempleo- son ahora más destacados para los votantes que el buque insignia de la extrema derecha, la “inmigración”.

Inseguridad económica

Se ha convertido en lugar común sostener que el populismo de extrema derecha ha surgido debido al empobrecimiento causado por el derrumbe financiero de 2008. La ira de las masas también se ha atribuido a la desigualdad creciente. Sin embargo, el auge de los partidos populistas antisistema comenzó en los años 90, una década de riqueza sin precedentes, sólido crecimiento económico y bajo desempleo. Pero entró entonces en nuestras vidas un nuevo acontecimiento: la inseguridad económica, especialmente el miedo a perder el empleo.

Hacia finales del siglo XX, la “competitividad” nacional en el mercado globalmente integrado se convirtió en la prioridad política. Los gobiernos de todo el espectro ideológico empezaron a recortar el gasto social y a reducir la seguridad del empleo para ayudar a las empresas a ser más “ágiles”. Esta inseguridad afectó no sólo a los trabajadores no cualificados con empleos precarios y mal pagados, sino también a los profesionales bien remunerado, que se encontraron trabajando más horas y gestionando responsabilidades cada vez mayores, ya que el número de empleados se mantenía bajo para minimizar los gastos generales. Según el informe anual 2023 de Gallup, que abarca 116 países, el estrés y el agotamiento en el lugar de trabajo aumentan desde hace más de una década y han alcanzado un nivel sin precedentes.

Sufrimos una epidemia de precariedad, cuyo síndrome –un sentimiento de incapacidad para salir adelante- comparten ricos y pobres, jóvenes y mayores, hombres y mujeres por igual. Si los mayores viven con miedo a perder el empleo, los jóvenes temen no conseguirlo nunca, por muchos másteres y prácticas no remuneradas que brillen en su currículum.

La preocupación abrumadora de la mayoría, del “99%”, es la precariedad: se sienten vulnerables, política, económica, cultural y físicamente. Este amplio espectro de vulnerabilidad es el que la extrema derecha aprovecha tan magistralmente con su típica fórmula política de mayor protección social (pero excluyendo a los “intrusos” culturales, religiosos o geográficos), baja fiscalidad y “ley y orden”.

En busca de seguridad

Pero, ¿por qué no consigue canalizar la izquierda la angustia de las masas en una revuelta creativa, en nombre de una vida mejor para todos?

La inseguridad desencadena una búsqueda de seguridad y alimenta así un miedo conservador al cambio o, peor aún, un anhelo reaccionario de atajos autocráticos hacia la estabilidad.

La precariedad erosiona las solidaridades preexistentes dentro de los grupos, ya que ahora todo el mundo quiere salvar su propio pellejo. Los acomodados abandonan a los pobres y las clases trabajadoras se vuelven de nuevo contra los chivos expiatorios, los inmigrantes, por miedo a perder el empleo. Los miembros de diversas minorías compiten por el estatus de víctima, ya que, con la desaparición del Estado del Bienestar, ésta es la única vía aparente de protección social, mientras que las élites gobernantes obtienen su poder del clientelismo que pueden otorgar selectivamente.

Tal vez lo peor de todo sea que la inseguridad económica es políticamente debilitadora: dirige todos nuestros esfuerzos hacia la búsqueda y estabilización de fuentes de ingresos, sin dejarnos tiempo ni energía para batallas más amplias en torno al tipo de vida que queremos vivir. La combinación tóxica de angustia e introspección que atormenta a los jóvenes está codificada hasta en la evolución de la música popular. En un reciente artículo publicado en Nature, unos estudiosos austriacos y alemanes observaron que, en las últimas cinco décadas, las letras de las canciones se habían vuelto más angustiosas e introvertidamente obsesionadas.

Mientras ideaban la revolución de los años 60, algunos estudiantes norteamericanos publicaron un manifiesto, conocido como Declaración de Port Huron de los Estudiantes por una Sociedad Democrática. Así rezaba la primera frase de este documento de 1962: “Somos gente de esta generación, criados en una comodidad al menos modesta, alojados ahora en universidades, y que miran con incomodidad al mundo que heredamos”.

Si queremos que la gente, tanto los mayores como los jóvenes, vuelva a pensar a lo grande, que acepte los sacrificios necesarios en nombre de un planeta más sano y un mundo más pacífico, hay que ofrecerles cierta estabilidad económica, no las inverosímiles promesas de igualdad en la riqueza que invariablemente prometen los partidos mayoritarios. La estabilidad económica es un valor poco glamuroso. Pero sin un suelo estable no podemos caminar erguidos y alcanzar los cielos.

Como reza un proverbio búlgaro: “El pollo hambriento sueña con maíz”. Con maíz, no con cielos azules.

Fuente: Social Europe, 5 de junio de 2024

 

Cómo sedujeron los partidos de extrema derecha a los jóvenes votantes de toda Europa

Que a los partidos de extrema derecha les fuera bien en las elecciones europeas no supuso ninguna sorpresa: las encuestas habían vaticinado sistemáticamente su triunfo. La derecha populista ha ido en aumento en Europa -a través de elecciones democráticas- durante las dos últimas décadas. Así, el voto de 2024 es la culminación natural de una tendencia prolongada. El voto combinado a los partidos de extrema derecha les aseguró una cuarta parte de los escaños del Parlamento Europeo, a la par que el grupo más numeroso, el Partido Popular Europeo, de centro-derecha.

Pero estamos asistiendo a algo nuevo: los primeros signos de una insurrección populista de los jóvenes. Tanto en las elecciones europeas como en las nacionales, los votantes menores de 30 años han dado su apoyo a partidos de extrema derecha como Alternative für Deutschland (AfD) en Alemania, Rassemblement National (Agrupación Nacional) en Francia, Vox en España, Fratelli d´Italia, Chega (Basta) en Portugal, Vlaams Belang (Interés Flamenco) en Bélgica y el partido de los Finlandeses en Finlandia.

La rebaja de la edad de voto a los 16 años en Austria, Bélgica, Alemania y Malta, y a los 17 en Grecia, no hace sino magnificar esta tendencia. En Alemania, la ultraderechista AfD goza de una popularidad sin igual entre los jóvenes, obteniendo el apoyo del 17% de los jóvenes de entre 16 y 24 años que han votado. Los estudiantes franceses no han coreado, como hicieron durante las elecciones presidenciales de 2017: “Ni Le Pen ni Macron, ni el Patriota ni el Jefe: nos merecemos algo mejor que eso”. Esta vez, el 32% de los jóvenes franceses, sin distinción de género, apoyaron a Agrupación Nacional (RN). Los avances fueron tan substanciales que llevaron al presidente Emmanuel Macron a convocar elecciones anticipadas.

Esto contrasta enormemente con las elecciones de la UE en 2019, cuando los jóvenes votantes respaldaron abrumadoramente a los partidos verdes, fieles a nuestra imagen de los jóvenes como cosmopolitas, culturalmente liberales y preocupados por el planeta. Apenas cinco años después, votaron a fuerzas que quieren deshacer el Pacto Verde y frenar a la UE. De hecho, los partidos verdes han sufrido graves pérdidas este fin de semana. Viernes por el Futuro (Fridays for Future) -el movimiento climático internacional liderado por jóvenes, y que inició en 2018 Greta Thunberg, entonces una colegiala de Estocolmo- parece hoy pertenecer a una época pasada.

Entonces, ¿qué les ha pasado a los jóvenes? ¿A qué se debe este drástico cambio de opinión?

Los jóvenes de todo el mundo son cada vez más infelices y están cada vez más inquietos. El Informe Mundial sobre la Felicidad 2024 señalaba que los jóvenes son actualmente más infelices que las generaciones mayores. Pero mientras una visible minoría visible de jóvenes se moviliza en contra del calentamiento global y de guerras lejanas -fuentes tradicionales de angustia e indignación juvenil-, la mayoría silenciosa de nuestros jóvenes parece estar preocupada por los mismos problemas de calidad de vida que le quitan el sueño a sus mayores. Supuestamente, el aumento del coste de la vida es la principal preocupación del 93% de los europeos, seguido de la amenaza de la pobreza y la exclusión social (82%).

Pero en este caso, ¿por qué no votar a la izquierda? El aumento del apoyo a la extrema derecha es tanto más extraño por cuanto las encuestas indican que los temas característicos de la izquierda, la justicia social y económica, son ahora más importantes para los votantes que el tema estrella de la extrema derecha: la inmigración. El programa de la izquierda -que combina el liberalismo cultural con la justicia social y el cuidado del medio ambiente- parecería responder a las preocupaciones de muchos jóvenes. Sin embargo, los jóvenes europeos están abandonando los partidos de izquierda. En los Estados Unidos se está produciendo un cambio similar. En una formidable inversión de la tendencia de los jóvenes norteamericanos a apoyar al partido demócrata, Donald Trump está ganando apoyo entre los jóvenes votantes.

Lo que aflige a los jóvenes es una nueva preocupación: la incertidumbre económica, o más bien la “inseguridad de los medios de subsistencia”. Si los mayores viven con miedo a perder el empleo, las generaciones más jóvenes temen no conseguirlo nunca, por muchos másteres en los que inviertan dinero, esfuerzo y esperanza. Los autores del estudio 2024  Jugend in Deutschland (Juventud en Alemania) establecieron que los temores sobre la prosperidad futura (más que el chovinismo cultural) estaban impulsando un giro a la derecha. La exasperación de la pobreza podría fomentar el deseo de un cambio radical y el apoyo a la izquierda política, pero el miedo a la pérdida de estatus social alimenta los instintos conservadores de estabilidad y seguridad.

También hay algo más en juego. Podría ser que los jóvenes no naveguen por la política con la misma brújula ideológica que han utilizado sus padres y abuelos, con flechas que apuntan hacia el polo izquierdo del liberalismo cultural y la justicia social, o hacia el polo derecho del tradicionalismo cultural y la libertad económica.

A pesar de cómo solemos ver a los “partidos populistas”, no son uniformemente conservadores desde el punto de vista cultural, ni abrazan el libre mercado, como sugeriría su denominación de “derechas”. Partidos como la Agrupación Nacional francesa y el Partido por la Libertad holandés suelen casar su lealtad a los valores liberales (desde la libertad de expresión a la igualdad de género) con apelaciones a la seguridad social, económica, cultural y física. El programa de Marine Le Pen para 2022 prometía eliminar los impuestos a los menores de 30 años, ofrecer ayudas económicas a los estudiantes trabajadores e impulsar la vivienda para estudiantes. Geert Wilders hizo campaña el año pasado centrándose en inversiones en sanidad y vivienda, al igual que la dirección de AfD.

El liberalismo occidental es lo que estos partidos pretenden proteger de la supuesta amenaza del tradicionalismo musulmán, que consideran hostil a la emancipación de la mujer y a los derechos del colectivo LGTB. Así, combinan rasgos de liberalismo cultural y xenofobia racista en su defensa de un “modo de vida europeo”.

¿Se ha vuelto reaccionaria la juventud europea? No nos apresuremos a llegar a esta conclusión. Por ahora, lo único que podemos deducir de la revuelta populista de los jóvenes es que la corriente política dominante no ofrece respuestas satisfactorias a sus quejas. Las promesas de prosperidad inclusiva de la izquierda no resultan tan convincentes cuando se comparan con el coste social de la transición ecológica. Las promesas de la derecha moderada de una vida plena de logros profesionales y comodidad económica son menos creíbles cuando se comparan con un mercado laboral de empleo precario. Es el populismo del centro político, con sus respuestas fáciles e inverosímiles, lo que puede estar alimentando la legítima rabia de los jóvenes. Está claro, pues, lo que tienen que hacer los adultos: cuadrar el círculo de medios de vida estables, sostenibilidad ecológica y libertades culturales para todos. Mientras no exista dicho plan, los jóvenes europeos votarán por lo segunda mejor opción: por fuerzas que les digan cómo preservar lo que ya tienen, a riesgo de perder lo que les gustaría ser.

Fuente: The Guardian

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es profesora de ciencias políticas y sociales en la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad de Kent, con sede en Bruselas. Su libro más reciente es “Capitalism on Edge: How Fighting Precarity can Achieve Radical Change without Crisis or Utopia” (“Capitalismo al límite: cómo la lucha contra la precariedad puede lograr un cambio radical sin crisis ni utopía”, Columbia University Press).

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