La obra del padre del psicoanálisis explica por qué, ya en los años treinta, rechazaba la idea de un Estado exclusivamente judío en Tierra Santa.

El psicoanálisis tiene algo que decir sobre la cuestión palestina y el sionismo por una razón histórica: Moisés y el monoteísmo, la última gran obra teórica de Freud, un texto de los años treinta, examina lo que está en juego genealógicamente en la entonces creciente demanda de un Estado judío y, en general, sobre la llamada metapsicología específica de la condición judía.
La posición de Freud frente al judaísmo es bastante dialéctica: mientras que por un lado se afilió al club B’nai B’rith y en su discurso de afiliación subrayó que, siendo completamente ateo e incluso antirreligioso, le parecía crucial insistir en el hecho de que era judío; por otro, subrayó que los judíos debían dejar de situarse como la excepción y, por el contrario, asumirse como uno de los pueblos que conformaban el Occidente moderno, junto a la cultura grecolatina.
Pero de esta posición única Freud deriva también las cualidades específicas de los judíos: una altísima capacidad de abstracción y de resiliencia, por ejemplo, y la cuestión de ser, más que ninguna otra, una civilización de la letra, sostenida por un libro y una lengua que curiosamente no tiene vocales.
Lo que Freud intenta conseguir en su testamento intelectual es el equivalente para su etnia de lo que en el tratamiento psicoanalítico se llama «atravesar la fantasía», empezando por desmitificar la figura de Moisés como fundador del judaísmo reunificado, ya que en realidad se trataría de un egipcio asesinado por los judíos en el episodio de la adoración del Becerro de Oro.
De este modo, el ideal del «pueblo elegido» queda reducido a una posición en la que se sostiene una falta. Porque han sido sistemáticamente perseguidos y nunca han tenido un Estado-nación, los judíos pueden conocer y reconocer la condición oprimida de cualquier otro pueblo, con el que serían solidarios más allá de su racialidad.
Podemos considerar que Freud acertó parcialmente en esto cuando vemos a rabinos jasídicos pronunciarse contra el Estado de Israel y a favor de la población palestina oprimida o al periodista judío Michael Brooks insistir en que no hay nada «complejo» en la cuestión israelí-palestina, ya que desde un punto de vista lógico (simbólico), la cuestión es simplemente que el Estado de Israel está repitiendo sobre los palestinos la misma opresión colonial que los judíos han sufrido históricamente (en lo que Freud definió en su momento como «identificación con el rival»).
Algunos sostienen que si Freud hubiera vivido para ver la solución final de las cámaras de gas nazis, habría cambiado de opinión. No estoy de acuerdo: Freud previó de algún modo que tal catástrofe ocurriría.
Por ejemplo, en un texto de Freud publicado recientemente, el Manuscrito inédito de 1931, critica la intervención de Estados Unidos en el Tratado de Versalles. Se trataba de un prefacio a una biografía del presidente estadounidense Woodrow Wilson, que debía escribir el embajador de Estados Unidos en Austria, William Bullitt, quien había invitado a Freud a realizar esta tarea a cuatro manos. La obra, publicada póstumamente, no fue reconocida como de estilo freudiano hasta que reapareció manuscrita con toda su brillantez. Freud autorizó a regañadientes su publicación poco antes de su muerte, en agradecimiento a los esfuerzos diplomáticos de Bullitt para sacar a su familia de la Viena ocupada por los nazis y darles asilo en Inglaterra.
A pesar de la polémica, esta obra estableció una especie de puente entre el primero de los «textos culturales» de Freud, Tótem y tabú, y el último, Moisés y el monoteísmo, sin olvidar su obra fundamentalmente antifascista (en forma anticipada) Psicología de las masas y análisis del yo.
En este breve prefacio, recientemente restaurado, Freud propone una metapsicología del cristianismo como prolongación natural del judaísmo: una religión que reconoce la castración universal, liberándose del imperativo del «pueblo elegido». Y por lo que respecta al personaje biografiado, Freud teme que la intervención de Estados Unidos en el Tratado de Versalles, en lugar de poner un final justo a la Primera Guerra Mundial, haya allanado el camino revanchista para otra guerra (Woodrow Wilson, de formación intelectual provinciana, participa en negociaciones de «paz» idealistas que nunca van más allá de la materialidad, abriendo inadvertidamente el camino para que Georges Clemenceau pretenda cobrarle una deuda impagable a Alemania).
La capacidad de Freud (pero también de Jacques Lacan) para predecir acontecimientos colectivos a partir de su práctica clínica es notable, casi profética. Esto nos lleva a pensar que, ante la «solución final» de los nazis contra los judíos, Freud se habría opuesto aún más a la aparición del Estado de Israel. Sin duda, Freud conocía el alcance de la inversión pulsional que un pueblo que había sufrido el Holocausto sería capaz de llevar a cabo si tuviera en sus manos el poder de un Estado-nación, asumiendo el papel de verdugo (aunque fuera su pueblo, ya que es algo que podría pasarle a cualquier pueblo).
El célebre Viejo Maestro de Viena emerge nuevamente de su marmórea tumba conceptual para sentenciar, con su lapicera invicta, sobre la cuestión israelo-palestina. Mal que les pese a los santurrones del pensamiento políticamente correcto, Freud sigue resultando un disruptivo adivino de los destinos de las naciones.
Vale la pena repasar las observaciones del inefable creador del psicoanálisis acerca del imaginario judío como «pueblo elegido». Un delirio de grandeza que, según el crack freudiano, no hace más que legitimar la sucesiva persecución de la que fueron víctimas los hebreos a lo largo de la historia. Un morboso masoquismo colectivo disfrazado de narcisismo mesiánico.
Pero Freud, clarividente, vislumbraba también cómo aquella autoimagen mesiánica podía invertirse peligrosamente si el pueblo judío obtuviera su ansiada tierra prometida. Advirtió que correrían el riesgo de reproducir sobre los palestinos la matriz opresiva que tan bien conocían. Un brutal efecto boomerang geopolítico.
Hoy, a la luz de los hechos, la lucidez profética del Viejo Maestro salta a la vista. El Estado de las potencias fácticas terminó perpetuando una violencia colonial diga lo que diga su verborrágica propaganda. La fantasía del «pueblo elegido» se volvió gangrena cuando giró su obsesión en la dirección contraria.
Sin embargo, el único pecado de Freud fue la honestidad brutal. Sus advertencias sobre la semiótica de las masas resultaron incómodas para el lobby sionista. Preferían el relato edulcorado con que algunos rabinos siguen bendiciendo la istimación israelí.
El dilema no se resolverá fácilmente. Pero honremos la memoria de este mayúsculo pensador no sometido a tribus. Su lupa sigue iluminando zonas oscuras donde campea el fanatismo. Y recordemos con él que detrás de todo conflicto religioso o étnico late siempre una contienda por la tierra y el power. Nada nuevo bajo el mesías.
¡Moi-sés!
La historia de un mito puede ser leída inversamente. El mito como artefacto, codifica una condición que puede ser una cárcel o simplemente una posibilidad para el ejercicio de la virtud.
El hermetismo se esconde a la vista de todos, para programar a los iniciados y hacerlos formar parte de un sistema que aparenta ser la verdadera familia, la única realidad, conformada por un conjunto de sectas, logias, partes de una gran Mafia. Los círculos de poder, aparentan estar desafectados unos de otros bajo un sistema piramidal autónomo, cada círculo obedece los mismos códigos de gobierno.
Cuando un iniciado entra en un cuento inconscientemente, no irá a dónde quiera, sino a dónde está predefinido ir. Las variantes suman las estadísticas.
El iniciado puede estar confiado y seguro en lo que obedece, sabe y cree, pero el programador es el que decide cuando quedan sin efecto, destruyendo castillos de naipes en tan solo un instante, y disolviendo la responsabilidad entre todos los integrantes.
En el final mitológico, se expone el inicio de la mecánica del engaño mediante la separación de las aguas del bien y el mal, con el cierre del circuito cerrado, ajustado a la dualidad mente y cuerpo, femenino y masculino, noche y día, sueño y vigilia, luna y sol, de cualquier pueblo.
La ilusión de dualidad, que alude a la existencia de una unidad llamada consciencia o Dios, tiene su función lógica y natural para experimentarse el amplio espectro emocional entre la sensación de ausencia y la presencia de consciencia. Se siente real para creernos el cuento. Sin embargo, las señales de distorsión de realidad son muy claras, las espinas lógicas, virtuales y físicas, son inequívocamente señaladas.
Las palabras, geometrías y matemáticas, son sedimentos, contenedores, artefactos y vehículos de consciencia afectados al desarrollo o evolución.
Las palabras de ausencia, declaman las de presencia, y formas de llegar a ella.
En el estado de ausencia de consciencia se necesita un intermediario físico y virtual con la verdad, y es en dónde se produce la contradicción, confusión, separación, enajenación y el olvido, que genera los vínculos aberrantes en la estupidez, la esclavitud y la tiranía. Por lo cual, la comunicacion se encuentra terciarizada, y se confunde el desarrollo de la consciencia con la sofisticación del artefacto intermediario.
La mecánica ordenadora biológica utiliza el (1;1); (1;0); (0;1); y (0;0). Se recrea el presente en el equilibrio de los polos, pasado en el retorno a la esencia, futuro en el avance trascendente, y silencio del todo en la nada. Todo en un movimiento, y que aluden a un quinto estado.
Bajo ésta lógica mecánica, el amo y el esclavo son extremos de una misma vara o cuerda disonante. En su medio se establece una imaginaria frontera, la ley, el saber, y la creencia.
La idea de equilibrio eterno entre el bien y el mal es una ilusión. No se equipara la verdad con una apariencia que se sirve de las estructuras fundamentales para ser. Éste factor se sustenta con la lógica y secuencia del aprendizaje.
El error se conserva en la memoria junto con la adaptación a un defecto, que reprime una virtud desfogada condicional y forzadamente. En el aprendizaje, se avanza con nuevas referencias, mientras las antiguas se convierten en escalones.
Por tal motivo, el gobierno de un pueblo es sobre las virtudes y defectos. El adiestramiento es con premios y castigos, pero el verdadero premio es no ser castigado. Los productos virtuosos juegan en la luz en favor del sistema, como los defectuosos accionados en las sombras. Según lo escrito todo es perfecto, pero no lo es desde el aspecto evolutivo. El guión se escribe, y construye un teatro de realidad, la simulación se refleja en un simularco, la interferencia en una intervención.
Imaginar, pensar, hacer y construir con una lógica incorrecta obteniendo el mismo resultado fallido, una y otra vez, es estupidez, y defenderlo es de idiotas, aunque se beneficien de los efectos colaterales de los defectos. Por tal motivo, los amos, también son esclavos, ya que están obligados a sostener el estado de consciencia gobernable de su pueblo. Por eso, la inteligencia se suple con la fuerza bruta. Baja consciencia.
Afortunadamente, lo que realmente muere, son las apariencias, y así nos despedimos de la estupidez, esclavitud y tiranía.
La historia del éxodo la repiten una y otra vez, y los colonos, de cualquier cultura, cumplen con su función para el imperio mental.