Ni vencedores ni vencidos

Estados Unidos e Irán intentan cerrar la guerra regional en Oriente Medio después de casi 40 días de hostilidades. El llamado Acuerdo de Islamabad alcanzado con la mediación de Pakistán es un primer paso para establecer negociaciones serias entre ambos. Sin embargo, la agresión de Israel contra Líbano y la negativa de Washington de asegurar el alto al fuego ponen en peligro su implementación. En el video de apertura la visión de Walter Goobar sobre el conflicto en medio oriente que vale la pena considerar para construir una opinión sobre el tema que pareciera ser relevante, si es que se quiere tener alguna opinión, obvio.

El Acuerdo de Islamabad

Según la publicación del primer ministro de Pakistán, los lineamientos básicos del acuerdo establecen que “la República Islámica de Irán y los Estados Unidos de América, junto con sus aliados, han acordado un alto el fuego inmediato en todas partes, incluido Líbano y otros lugares”.

Este alto al fuego servirá para iniciar negociaciones en Islamabad a partir del 10 abril con el objetivo de alcanzar un “acuerdo concluyente que resuelva todas las disputas”. El período de la tregua podrá extenderse de forma coordinada para facilitar la diplomacia.

La base de estas negociaciones es, según la publicación del ministro de Exteriores iraní compartida por Donald Trump, la propuesta de 15 puntos de Estados Unidos y la de 10 puntos de Irán. Este quid pro quo, al reconocer como legítima la base negociadora de la otra parte, ha sido la clave del acuerdo, ya que hasta ahora Washington se negaba a aceptar los términos de Teherán.

El plan de 15 puntos que Estados Unidos es el siguiente:

  • Levantamiento de todas las sanciones contra Irán.
  • Asistencia de Estados Unidos para impulsar y desarrollar un proyecto nuclear civil –generación de electricidad–.
  • Eliminación de la amenaza de que se vuelvan a imponer sanciones.
  • Congelación del programa nuclear de Irán dentro de un marco definido.
  • El uranio enriquecido se mantendrá, pero bajo supervisión y dentro de los límites acordados.
  • El programa de misiles se abordará en una fase posterior, con límites en cuanto a cantidad y alcance.
  • El uso de los programas nucleares se restringirá exclusivamente a fines civiles y defensivos.
  • Se detendrá el desarrollo de las capacidades nucleares existentes.
  • No habrá una mayor expansión de las capacidades de enriquecimiento.
  • No se producirá material nuclear apto para armas en territorio iraní.
  • Todo el material enriquecido se entregará al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) dentro de un plazo acordado.
  • Natanz, Isfahán y Fordow quedarán fuera de servicio; serán destruidas.
  • Se aplicarán mecanismos internacionales de supervisión y verificación.
  • La aplicación gradual estará vinculada al cumplimiento.
  • Acuerdos regionales y de seguridad adicionales entre las partes.

Por su parte, la posición negociadora iraní la siguiente:

  • Garantía de Estados Unidos de no agresión hacia Irán.
  • Mantenimiento del control de Irán sobre el estrecho de Ormuz.
  • Reconocimiento del derecho de Irán a enriquecer uranio.
  • Levantamiento de todas las sanciones primarias de Estados Unidos contra Irán.
  • Levantamiento de todas las sanciones secundarias contra entidades extranjeras que mantengan relaciones con Irán.
  • Derogación de todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU dirigidas contra Irán.
  • Derogación de todas las resoluciones del OIEA sobre el programa nuclear de Irán.
  • Pago de indemnizaciones a Irán por daños de guerra.
  • Retirada de todas las fuerzas de combate estadounidenses de la región.
  • Alto el fuego inmediato en todos los frentes, incluido Líbano/Hezbolá.

Es obvio que hay una gran distancia entre estas dos propuestas, razón por la que si finalmente se llevan a cabo las negociaciones será necesario mucho más que dos semanas.

El acuerdo también establece la “apertura” del estrecho de Ormuz durante el periodo del alto al fuego. No obstante, las condiciones de esta apertura son dudosas, y para Irán nunca ha estado “cerrado”.

Desde la Casa Blanca insisten en que se debe restaurar el paso inocente sin restricciones. En cambio, el Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán advierte de que el tránsito por el estrecho de Ormuz será posible mediante la coordinación con las fuerzas armadas iraníes y teniendo en cuenta las limitaciones técnicas.

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Otras fuentes dentro de Irán aseguran que solo entre 10 y 15 barcos, con el beneplácito de Teherán, en coordinación con la Marina de la Guardia Revolucionaria y tras el pago de los peajes, podrán pasar por el estrecho de Ormuz; a cambio, Estados Unidos se compromete a liberar todos los bienes bloqueados de la República Islámica.

Por su parte, Associated Press cita fuentes de que tanto Irán como Omán cobrarán tasas a los buques que transiten por el estrecho de Ormuz. La incertidumbre que perdura sobre el tránsito marítimo deberá comprobarse sobre el terreno.

Por último, también hay que resaltar el papel que han jugado otros países en la negociación. Pakistán ha subrayado el apoyo de Arabia Saudí, Turquía, Egipto, Catar y China.

Es reseñable la influencia de la República Popular, que además utilizó su veto en el Consejo de Seguridad de la ONU contra la resolución presentada por Baréin, que pretendía dar autorización para el uso de la fuerza en Ormuz. Ese veto fue clave en la consecución del acuerdo. Quien no ha estado informado en ningún momento de las conversaciones, y ahora amenaza con echar a perder todo el trabajo diplomático, ha sido Israel.

Israel intenta sabotear el acuerdo

Desde el inicio, una exigencia de Irán para cualquier alto al fuego ha sido que este debe ser completo. Es decir, que debe cubrir todos los frentes de la guerra, desde Líbano a Irak.

Esta posición es necesaria para asegurar la unidad de la arenas, restaurada desde el inicio de esta guerra. Una nueva desvinculación corre el peligro de hacer fracturar la alianza y dar de nuevo a Israel plena libertad para operar con impunidad. Si Hezbolá se siente abandonado, Teherán podría tener dificultades para recuperar su influencia entre la comunidad chií de Líbano.

La posición de la República Islámica no atiende únicamente al deseo de mostrar solidaridad con los pueblos, sino porque reconoce que si Israel continúa bombardeando Líbano, ese conflicto corre el riesgo de extenderse nuevamente a su propio territorio, como ya ha sucedido en el pasado.

Por su parte, a Israel el alto al fuego le ha tomado por sorpresa. La decisión de Donald Trump es una humillación para Benjamín Netanyahu, que no ha participado en las deliberaciones y ahora debe enfrentarse a las críticas de la opinión pública israelí, la oposición e, incluso, de sus socios de gobierno. Bibi se enfrenta a elecciones este mismo año: un fracaso en el frente contra Irán podría suponer un importante batacazo electoral.

Además, en Tel Aviv no están acostumbrados a cumplir los altos al fuego. Por esa razón, el primer ministro está tratando de cambiar la ecuación negando que Líbano entre dentro del acuerdo.

Este es un frente especialmente sensible para Israel, donde el resentimiento de los residentes del norte es agudo debido a la fortaleza demostrada por Hezbolá, en contra de la narrativa gubernamental de que el Partido de Dios estaba derrotado.

El objetivo del Estado sionista con los ataques contra Líbano, los mayores desde el inicio de la guerra, es forzar a Irán a aceptar una desvinculación de los frentes o sabotear las negociaciones, obligando a Estados Unidos a reanudar las hostilidades.

Por el momento todo indica que Israel tiene el apoyo de Washington, en contra de la opinión del mediador, Pakistán, y de Francia, que también declaró que la tregua debe incluir plenamente a Líbano.

Donald Trump ha declarado a la prensa que el país de los Cedros no entra en el acuerdo por Hezbolá, lo que pone en peligro toda la negociación. Ahora está en manos de Irán decidir si forzar los términos pactados o adaptarse a esta nueva realidad.

¿Adonde va la guerra?

La cuestión libanesa es ahora el hilo del que depende todo el alto al fuego, pero podemos extraer otras lecturas importantes sobre el conflicto. En primer lugar, que Irán ha sido capaz de aguantar el primer envite.

Una vez resistió el intento de descabezar y desarticular sus capacidades militares, la estrategia derivada de la aplicación de la Doctrina Mosaico en combinación con una deliberada escalada horizontal se mostró claramente efectiva.

Los daños producidos sobre la economía regional –a través del control del estrecho de Ormuz y los ataques contra los principales núcleos de producción de petróleo y derivados– permitieron compensar la notable superioridad militar de Israel y Estados Unidos. Esto reconfiguró fundamentalmente las negociaciones. Irán no solo absorbió la presión; la redirigió hacia afuera.

Lo anterior sumado a la resistencia de Hezbolá en Líbano y los ataques contra objetivos militares norteamericanos en la región y contra territorio israelí delinearon un escenario cuyo desarrollo en el largo plazo amenazaba con provocar una recesión económica mundial donde Estados Unidos había de ser uno de los principales perjudicados. Esta fue la ventaja decisiva que forzó a Washington a aceptar los términos de negociación de Teherán.

Al mantener la disrupción en los flujos energéticos globales, Irán obligó a la Casa Blanca a comprometerse diplomáticamente bajo una activa tensión económica en lugar de una comodidad estratégica.

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Esta perspectiva de futuro, por otro lado, mostraba claramente cómo Estados Unidos inició una guerra sabiéndose de su supremacía aérea-tecnológica, pero olvidándose de traducir esa superioridad en una victoria política tangible en caso de que, tal y como sucedió, el primer bombardeo resultase insuficiente para doblegar a Irán.

El problema de la guerra fue de diseño. En la Casa Blanca, confiados por la operación en Venezuela, se lanzaron a una estrategia de descabezamiento político creyendo que podrían manejar una transición política y forzar a la República Islámica a la capitulación.

Sencillamente hicieron una mala lectura de la realidad política iraní y, al matar al Ali Jameneí, crearon las condiciones perfectas para la movilización y unidad de la nación. Esto, sumado a una recopilación de inteligencia deficiente en la evaluación del arsenal de misiles de la preguerra, generaron una imagen distorsionada de las capacidades reales de Irán.

Conforme el campo de batalla se estabilizó, la ansiedad en Washington por una guerra prolongada en Oriente Medio con un resultado incierto y sin una estrategia militar clara comenzó a generalizarse. Rápidamente Estados Unidos buscó alcanzar alguna suerte de alto al fuego con Irán.

En este sentido, la pérdida de iniciativa en la contienda se tradujo en una actuación a remolque de los acontecimientos. Así, la acumulación de fuerzas en Oriente Medio para una hipotética invasión lejos de responder a un plan premeditado y encuadrado en la estrategia delineada obedecía, en su lugar, a la improvisación dada la negativa permanente de Irán a aceptar los términos de negociación estadounidenses.

Avión cisterna de Estados Unidos en el espacio aéreo de Arabia Saudí durante la operación Furia Épica.
Avión cisterna de Estados Unidos en el espacio aéreo de Arabia Saudí durante la operación Furia Épica. Fuente: CENTCOM Por su parte la Fuerza Aérea israelí despega para atacar a Hezbolá en el Líbano, incumpliendo el alto al fuego. Fuente: Fuerza Aérea de Israel.

Por está razón la victoria inmediata pertenece a Irán, quien de primeras ha obligado a Washington a negociar desde un punto de partida favorable a Teherán. Quien ha pestañeado ante el duelo de escalada ha sido Donald Trump. Estados Unidos se ha retirado justo en el precipicio, muy cerca de los muchos han llamado el “momento Suez”.

Queda por ver si es irreversible, si los daños son demasiado grandes y estructurales, si realmente estamos ante el fin del Imperio Americano. Washington ahora está negociando mientras las consecuencias de la disrupción aún se desarrollan en tiempo real.

La tregua temporal firmada no soluciona nada a nivel económico. Aunque es un balón de oxígeno, en absoluto se soluciona la amenaza de estanflación que el precio del barril de petróleo puede provocar ni tampoco la falta de fertilizantes u otros productos elementales en la cadena de suministro internacional que necesariamente transitan por ese estrecho.

Por otro lado, asienta el control iraní sobre Ormuz. El nuevo régimen institucionaliza un alineamiento entre la República Islámica y Omán, creando una cuña dentro del Consejo de Cooperación del Golfo y aumentando las divisiones políticas internas. Las monarquías del Golfo deben ahora ver cómo se adaptan a esta nueva realidad y son las grandes perdedoras de la guerra.

Su estrategia de invertir en la protección de Estados Unidos mientras diversificaban relaciones con Irán ha sido un fracaso. A pesar de los millones que le dan a Washington, este ha preferido proteger a los israelíes y dar una mayor importancia a sus preocupaciones estratégicas. Ahora deben decidir si tratar de acomodar a la República Islámica o redoblar su apuesta por la potencia norteamericana.

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Por último, quizá el cambio más importante de esta contienda, es que las condiciones internas en Irán han cambiado radicalmente. Israel y Estados Unidos atacaron en un momento donde creían que con un empujón podían derribar completamente a la República Islámica luego de que esta sufriese las mayores protestas de su historia.

Su acción hizo exactamente lo contrario: cohesionó a su liderazgo y a su sociedad; incluso le hizo el trabajo sucio y purgó a sus líderes más pragmáticos. Ahora la Guardia Revolucionaria Islámica tiene un control firme sobre el país y tiene bien claro hacia dónde quiere ir en la esfera interna, pero también en la internacional.

Finalmente, si la inauguración del alto el fuego es poco halagüeña, aún menos son las perspectivas que los próximos 15 días ofrecen. Lo puntos de discusión planteados son los mismos –en esencia– que ambos beligerantes no han sido capaz de resolver en más de una década de negociaciones.

Ahora, además, se suma la exigencia de una nueva reglamentación internacional favorable para Irán en el estrecho de Ormuz y el cese de las agresiones israelíes en Oriente Medio.

Todos los puntos que Irán ha exigido desde el comienzo como condición para la paz son inasumibles para Estados Unidos; los mismos que provocaron que la administración Trump considerase inviable el diálogo y las conversaciones para sustituirlas por la escalada militar el 28 de febrero. Por tanto, igual que en junio de 2025, y como dijo Hosamoddin Ashena, antiguo asesor presidencial de Hasán Rouhani:

“No hemos sido derrotados ni hemos salido victoriosos. El enemigo tampoco ha ganado ni ha fracasado. El alto el fuego es condicional: depende de la rapidez con la que podamos reconstruir nuestra capacidad ofensiva y defensiva, nuestro poderío económico y nuestra cohesión social”.

 

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