
La disputa por la bandera argentina aparece, según el análisis de Diego Genoud en El Destape, como un fenómeno político que excede la simbología patriótica y comienza a expresar un creciente malestar social con el gobierno de Javier Milei. El episodio de los jugadores de la Selección mostrando la bandera argentina en el Mundial habría funcionado como catalizador de un sentimiento nacional que venía acumulándose y que ahora empieza a traducirse en movilización política.
El artículo vincula ese fenómeno con la reciente derrota parlamentaria del oficialismo en torno a la Ley de Manejo del Fuego y la venta de tierras rurales a extranjeros. La presión social surgida desde las provincias afectadas logró modificar posiciones de gobernadores que inicialmente acompañaban al Gobierno y dejó al oficialismo sin los votos necesarios. Para Genoud, lo significativo no es solamente el fracaso de una iniciativa legislativa, sino que la movilización social comenzó a imponer límites concretos a la estrategia gubernamental.
En este proceso, la bandera adquiere una dimensión política. El sentimiento nacional se estaría desplazando desde el terreno simbólico hacia la acción colectiva, en particular frente a políticas percibidas como contrarias a intereses nacionales. El artículo relaciona esta reacción con la política exterior de Milei, sus estrechos vínculos con Estados Unidos y la discusión sobre los recursos estratégicos argentinos, particularmente las tierras, la energía y el Atlántico Sur.
Genoud sostiene además que el Gobierno enfrenta un deterioro de su capacidad de comunicación política. Un informe citado en la nota señala que el impacto de las publicaciones de Milei en redes sociales cayó un 62% respecto del comienzo de su gestión, mientras crece un clima de conversación menos favorable al oficialismo. La pérdida de centralidad comunicacional resulta especialmente relevante para un gobierno cuya construcción política se apoyó fuertemente en las redes y en la comunicación directa del Presidente.
El artículo también describe una creciente fragmentación dentro del oficialismo y dificultades para coordinar la relación con los gobernadores. La derrota legislativa sería, en ese sentido, el resultado de una combinación entre presión social, cambios de posición de dirigentes provinciales y dificultades internas de la Casa Rosada para anticipar el comportamiento de sus propios aliados.
El planteo central de la nota es que la principal amenaza para Milei no reside necesariamente en perder una votación parlamentaria, sino en que se consolide una interpretación social del Gobierno como representante de intereses externos en conflicto con los intereses nacionales. En esa lectura, la bandera funciona como un significante capaz de articular demandas diversas: defensa de los recursos naturales, soberanía territorial, rechazo a la extranjerización de la tierra y cuestionamiento a una política exterior percibida como excesivamente subordinada a Washington.
El conflicto alrededor de la bandera, por lo tanto, adquiere una dimensión política mayor: expresa la posibilidad de que una demanda nacional-popular, nacida fuera de los canales tradicionales de representación, se transforme en un factor capaz de modificar la correlación de fuerzas. La calle aparece así como un espacio donde pueden recomponerse identidades políticas que las estructuras partidarias todavía no logran representar plenamente. En la apertura y cierre" tras "La campaña antiargentina", ahora"Se viene la lucha armada", y ya no importa cuando veas esto.

Japón vuelve a enfrentar una paradoja que parecía haber dejado atrás: después de décadas de deflación y estancamiento, ahora debe lidiar con inflación sin haber recuperado un crecimiento vigoroso. En su reciente análisis, el economista marxista Michael Roberts sostiene que la tercera economía mundial quedó atrapada entre inflación y estancamiento, luego de años de expansión monetaria, tasas de interés ultrabajas y estímulo fiscal.
El cambio es significativo. Japón había construido durante décadas un régimen caracterizado por inflación extremadamente baja, salarios contenidos y una política monetaria expansiva destinada a estimular el consumo y la inversión. Sin embargo, la depreciación del yen y el aumento de los costos de importación modificaron el escenario. La inflación comenzó a trasladarse a los hogares mientras el crecimiento continuó siendo débil. El Banco de Japón enfrenta así un dilema clásico: si aumenta las tasas para contener los precios, puede profundizar el estancamiento; si mantiene una política monetaria expansiva, corre el riesgo de prolongar la pérdida del poder adquisitivo.
Los datos recientes muestran esa tensión. Aunque la inflación se ha moderado, el Banco de Japón reconoce que la depreciación del yen amplificó los shocks externos y que el vínculo entre precios y salarios está adquiriendo mayor persistencia. El FMI, por su parte, señala que los salarios nominales japoneses crecen, pero los salarios reales continúan bajo presión porque los precios avanzan más rápidamente.
El problema de fondo señalado por Roberts no es solamente monetario. La dificultad central es la insuficiencia de la acumulación privada. El Estado puede sostener la demanda mediante déficit y el Banco Central puede abaratar el crédito, pero ninguna de esas políticas garantiza que el capital privado encuentre condiciones suficientes de rentabilidad para ampliar la inversión productiva. De allí surge una contradicción decisiva: pueden coexistir beneficios empresariales elevados, abundante liquidez y una economía con escaso dinamismo.
La comparación con Argentina
La experiencia japonesa resulta particularmente interesante para Argentina, aunque ambas economías se encuentran en posiciones estructurales muy diferentes.
Japón llega a esta situación desde el centro del capitalismo mundial: posee una enorme base industrial, alta productividad, grandes activos financieros y una elevada capacidad de ahorro interno. Argentina, en cambio, es una economía periférica y dependiente, condicionada por la restricción externa, la escasez de divisas y una estructura productiva con fuerte peso de las actividades primarias y extractivas.
Sin embargo, existe una semejanza fundamental: en ambos casos aparece el límite de creer que una determinada política monetaria puede resolver por sí misma los problemas de la acumulación capitalista.
El programa de Javier Milei parte de una hipótesis casi inversa a la japonesa. Mientras Japón intentó durante años estimular la economía mediante dinero barato y gasto público, Argentina busca disciplinar la inflación mediante ajuste fiscal, tasas reales elevadas, restricción monetaria y un tipo de cambio que el Gobierno procura mantener relativamente estable. La expectativa oficial es que la estabilización genere confianza, reduzca el riesgo y finalmente desencadene inversión privada.
Pero el caso japonés permite introducir una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la rentabilidad financiera o empresarial no se transforma en inversión productiva suficiente?
En Argentina, la mejora de determinados indicadores financieros puede coexistir con una demanda interna debilitada por la caída del salario real, el deterioro de las jubilaciones, el aumento del endeudamiento de los hogares y la contracción del gasto público. El problema no es solamente cuánto gana una empresa, sino qué hace con esa ganancia: si amplía capacidad productiva, incorpora tecnología y empleo, o si privilegia posiciones financieras, recomposición patrimonial, distribución de dividendos o actividades de rentabilidad rápida.
Desde esta perspectiva, Japón ofrece una advertencia que trasciende las diferencias entre ambas economías. El ajuste sobre los trabajadores puede mejorar determinados indicadores de costos, pero no garantiza por sí mismo un ciclo expansivo. Para que exista acumulación sostenida debe existir inversión productiva y, en última instancia, una expectativa de realización de esas mercancías en el mercado.
La cuestión distributiva resulta entonces central. En Japón, el desafío consiste en conseguir que los aumentos nominales de salarios superen de manera sostenida la inflación para recuperar el consumo. El propio Banco de Japón considera que la estabilidad depende de que salarios y precios entren en un ciclo ascendente relativamente equilibrado.
En Argentina ocurre algo diferente pero relacionado: la estrategia antiinflacionaria se apoya fuertemente en la contención del salario y de la demanda. La estabilidad de precios puede mejorar mientras se deterioran las condiciones materiales de amplios sectores sociales. El resultado puede ser una desinflación acompañada de contracción económica, en lugar de una expansión basada en mayores ingresos populares.
La comparación permite, por lo tanto, escapar de una falsa dicotomía entre Estado y mercado. Japón demuestra que el Estado puede sostener durante mucho tiempo la demanda sin resolver el problema de la acumulación; Argentina muestra que el ajuste puede mejorar las variables financieras sin garantizar una expansión de la inversión productiva.
La pregunta decisiva no es simplemente si baja o sube la inflación, ni si el Estado tiene déficit o superávit. La cuestión es quién absorbe el costo del ajuste, quién captura las ganancias de la estabilización y si esas ganancias se convierten efectivamente en inversión, empleo y expansión de la capacidad productiva.
Japón constituye así una advertencia para Argentina: la estabilidad macroeconómica no equivale automáticamente a desarrollo, del mismo modo que la rentabilidad empresarial no equivale necesariamente a acumulación productiva. Cuando ambas dimensiones se separan, una economía puede alcanzar estabilidad financiera y, simultáneamente, profundizar el estancamiento y la desigualdad.
La paradoja japonesa y la experiencia argentina convergen finalmente en una cuestión más profunda: el capitalismo puede modificar sus instrumentos de política económica, pero no puede eliminar mediante tasas de interés, emisión, ajuste fiscal o devaluación la contradicción fundamental entre rentabilidad privada y reproducción social.

El artículo de Nueva Sociedad aborda una de las contradicciones más complejas del debate político contemporáneo: la convivencia entre discursos que reivindican una defensa incondicional de Israel y, al mismo tiempo, reproducen prejuicios históricos contra los judíos. La tesis central apunta a desmontar una identificación que resulta políticamente funcional pero conceptualmente problemática: judíos, sionismo e Israel no son sinónimos.
El antisemitismo es una forma histórica de discriminación contra los judíos y posee una trayectoria que precede ampliamente a la creación del Estado de Israel. Por eso, combatirlo no debería depender de una adhesión a las políticas de ningún gobierno israelí. Del mismo modo, cuestionar al Estado de Israel, al sionismo o a las decisiones de sus gobiernos no implica automáticamente una posición antisemita.
La paradoja señalada por el artículo adquiere especial relevancia en determinados sectores de la derecha internacional. En ellos puede aparecer una defensa enfática de Israel combinada con concepciones profundamente negativas sobre los judíos, especialmente cuando estos son representados mediante estereotipos asociados al poder financiero, las elites cosmopolitas o supuestas conspiraciones. Se produce así una separación entre un supuesto “judío aceptable”, identificado con Israel y el nacionalismo sionista, y aquellos judíos que cuestionan esa identificación.
El problema político reside precisamente en esa operación: convertir a Israel en representante exclusivo de todos los judíos y, simultáneamente, presentar a los judíos que no se identifican con el Estado israelí como una anomalía. La consecuencia es borrar la diversidad política, social e ideológica existente dentro de las comunidades judías.
La cuestión también puede analizarse desde una perspectiva de clase. Ni los judíos ni los israelíes constituyen bloques sociales homogéneos. Existen trabajadores, empresarios, sectores populares, elites económicas, movimientos de izquierda, nacionalistas religiosos, pacifistas y organizaciones judías críticas del sionismo. Reducir esa diversidad a una única identidad estatal impide comprender las contradicciones sociales que atraviesan tanto a Israel como a las comunidades judías de otros países.
El artículo permite, en consecuencia, distinguir dos cuestiones que con frecuencia son deliberadamente confundidas: la defensa de los judíos frente al antisemitismo y la defensa de las políticas del Estado de Israel. Son problemas diferentes. La primera constituye una lucha contra una forma histórica de racismo; la segunda pertenece al terreno de la discusión política sobre un Estado concreto, sus gobiernos, sus instituciones y sus relaciones con el pueblo palestino.
La conclusión es políticamente incómoda pero necesaria: se puede combatir el antisemitismo y, al mismo tiempo, cuestionar las políticas del Estado de Israel; del mismo modo, se puede defender los derechos del pueblo palestino sin convertir esa defensa en hostilidad hacia los judíos. Separar estas dimensiones resulta imprescindible para evitar que la memoria histórica del antisemitismo sea utilizada como instrumento de legitimación política y, al mismo tiempo, para impedir que la crítica a Israel sea utilizada como cobertura para reproducir prejuicios antijudíos. En la apertura Jeffrey Sachs analiza la política israelí y los indicios de una posible caída política. Afirma que el país del norte se está quedando sin tiempo. Jeffrey Sachs evalúa el clima geopolítico actual y las presiones internas que enfrenta el liderazgo. Este análisis está diseñado para quienes buscan una comprensión más profunda de la retórica en torno a los acontecimientos recientes y sus implicaciones para las relaciones internacionales a largo plazo. Al examinar el lenguaje específico y los cambios estratégicos mencionados, se tendrá una perspectiva más clara sobre cómo los observadores externos interpretan el actual conflicto en Oriente Medio.

Detrás del repliegue oficialista con la Ley de Tierras y de Manejo del Fuego, se encuentra una secuencia política más profunda.
En política, las correlaciones de fuerzas suelen presentarse como realidades estáticas. Se las mide a través de elecciones, encuestas, bancadas parlamentarias, capacidad de movilización, recursos económicos o control institucional. Sin embargo, la historia política demuestra que ninguna correlación de fuerzas permanece definitivamente congelada. A veces, un acontecimiento inesperado puede alterar en poco tiempo aquello que parecía firmemente establecido.
El acontecimiento o evento no debe confundirse con cualquier hecho de coyuntura. Se trata de una irrupción capaz de modificar la percepción que los actores tienen de sus propias posibilidades. Una sociedad puede atravesar durante meses o años un proceso de malestar, fragmentación y descontento sin que ello se traduzca automáticamente en acción política. Pero basta en ocasiones un hecho aparentemente menor para que esas demandas dispersas encuentren un punto de condensación.
Allí comienza a cambiar la política.
La importancia del acontecimiento reside precisamente en que no puede explicarse solamente por las estructuras institucionales existentes. Aparece en un terreno preparado por contradicciones sociales previamente acumuladas, pero introduce algo que no estaba previsto en el cálculo de los actores dominantes. Lo que hasta entonces parecía imposible comienza a aparecer como posible.
Por eso, la correlación de fuerzas no se modifica únicamente dentro del Parlamento ni mediante una elección. También puede comenzar a cambiar en la calle, en los sindicatos, en las organizaciones sociales, en los territorios y en aquellos espacios de la sociedad donde se construye sentido común.
La experiencia reciente ofrece ejemplos significativos. Un símbolo, una consigna o una protesta que inicialmente parece circunscripta a un grupo reducido puede convertirse en expresión de un malestar más amplio. La bandera “Las Malvinas son Argentinas”, por ejemplo, excedió rápidamente el carácter deportivo o patriótico de su aparición para convertirse en un punto de condensación de una discusión mucho más profunda sobre soberanía, recursos naturales y relación con el capital extranjero.
Lo decisivo no es entonces el tamaño inicial del hecho, sino su capacidad de producir identificación y organización. Un acontecimiento puede funcionar como una chispa sobre una superficie social que ya acumula materiales inflamables.
Esta dinámica permite comprender por qué los gobiernos pueden conservar una mayoría institucional y, al mismo tiempo, comenzar a perder capacidad política. La autoridad formal puede mantenerse mientras se erosiona la legitimidad social. Y cuando esa distancia entre poder institucional y consenso social se amplía, un acontecimiento puede acelerar la transformación de la escena.
En este punto aparece una cuestión central: la política no consiste solamente en administrar una correlación de fuerzas existente, sino en disputar permanentemente su modificación.
Desde una perspectiva cercana a la reflexión de Alain Badiou, el acontecimiento introduce una ruptura con el orden de lo previsible. No crea desde cero una nueva realidad: hace visible una posibilidad que permanecía oculta dentro de la situación. Después del acontecimiento comienza una disputa por su significado y, fundamentalmente, por su capacidad de prolongarse en una secuencia política.
Ese es el momento decisivo. Un acontecimiento puede ser neutralizado, absorbido o convertido en una anécdota. Pero también puede convertirse en el punto de partida de una nueva articulación social y política.
La historia argentina está llena de estos momentos. El Cordobazo, las jornadas de diciembre de 2001 o determinadas movilizaciones populares que modificaron decisiones gubernamentales muestran que la política real no siempre comienza en los lugares donde las instituciones esperan encontrarla.
Por eso, analizar una coyuntura exclusivamente a través de encuestas, elecciones o relaciones parlamentarias puede conducir a una lectura equivocada. Esos instrumentos permiten observar una parte de la correlación de fuerzas, pero no necesariamente aquello que está comenzando a transformarla.
La cuestión estratégica consiste, entonces, en identificar esos puntos de ruptura: allí donde una demanda particular deja de ser solamente particular, donde un símbolo comienza a expresar un conflicto general y donde sectores sociales hasta entonces dispersos descubren que pueden actuar colectivamente.
Cuando eso ocurre, la correlación de fuerzas deja de ser una fotografía y vuelve a convertirse en un proceso.
Y es precisamente allí donde comienza la política.

Antes de que la Guerra de Ucrania, el conflicto en Oriente Medio o la disputa tecnológica entre Estados Unidos y China dominaran la agenda internacional, ya estaba en marcha una transformación mucho más profunda: la crisis de la hegemonía occidental y la emergencia de un orden mundial policéntrico. En este escenario, las guerras, las sanciones económicas, la competencia por los corredores marítimos y el control de los recursos estratégicos dejan de ser episodios aislados para convertirse en manifestaciones de una misma disputa por la reorganización del poder global. El artículo de Rubén Darío Guzzetti propone interpretar esa transición histórica desde una perspectiva crítica del capitalismo contemporáneo, situando el declive relativo de Estados Unidos, el ascenso de China y la resistencia de los países emergentes como expresiones de una nueva correlación de fuerzas internacional. Al mismo tiempo, invita a reflexionar sobre las implicancias de este cambio para América Latina y, en particular, para la Argentina, cuyo papel estratégico en el Atlántico Sur, la Antártida y la provisión de recursos naturales la convierte en un territorio central de la disputa geopolítica del siglo XXI. En conjunto, el artículo constituye una interpretación coherente de la coyuntura geopolítica contemporánea desde una perspectiva crítica del orden occidental. Su mayor fortaleza reside en vincular conflictos aparentemente dispersos dentro de una misma transición histórica hacia un orden multipolar. Su principal limitación es que privilegia la confrontación entre Estados y bloques geopolíticos, relegando el análisis de las relaciones de clase y de las contradicciones internas de las potencias emergentes, cuestiones indispensables para una comprensión más completa del capitalismo contemporáneo. En la apertura Glenn Diesen entrevista a Karen Kwiatkowski, libertaria, teniente coronel retirada de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que trabajó cuatro años en el Pentágono. Actualmente es profesora adjunta en la Universidad James Madison que observa que dado el despliegue militar inapropiado actual, el ejército estadounidense se desmorona y la economía colapsa.

La energía vuelve a ocupar el centro de la disputa por el modelo de desarrollo argentino. A veinte años del Plan Nuclear de 2006, el país enfrenta una encrucijada entre planificación estratégica y lógica de mercado: mientras se frenan proyectos de infraestructura, avanzan privatizaciones, se sinceran tarifas y se busca convertir a Vaca Muerta en una plataforma exportadora. El informe energético del CEPA plantea que el desafío no es solamente producir más energía, sino decidir quién controla los recursos, quién captura la renta y quién paga los costos. La cuestión energética aparece así como una dimensión central de la soberanía, la estructura productiva y la justicia social.

Desde una perspectiva comparada, el caso estadounidense comparte elementos con crisis de representación observadas en otras democracias occidentales: partidos tradicionales incapaces de expresar las consecuencias sociales de décadas de financiarización, concentración económica y debilitamiento del trabajo organizado.
La respuesta puede adoptar formas opuestas: derechas populistas que canalizan el malestar contra inmigrantes, minorías o instituciones democráticas, o izquierdas populares que intentan disputar la estructura económica que produce desigualdad.
El-Sayed expresa la segunda alternativa.
La cuestión decisiva será si esta nueva izquierda puede articular una alianza amplia entre trabajadores industriales, jóvenes precarizados, sectores urbanos progresistas y comunidades históricamente excluidas sin quedar limitada a una minoría ideologizada.
En síntesis: la primaria de Michigan no es solamente una elección interna demócrata. Es un síntoma de una crisis más profunda: la disputa por quién representará a las mayorías sociales en la etapa posterior al neoliberalismo estadounidense.

Cada 7 de agosto, aniversario del fallecimiento de San Cayetano, cientos de miles de argentinos se congregan para pedir pan, trabajo y salud. La devoción al santo de los trabajadores constituye una de las expresiones más profundas de la religiosidad popular argentina, pero también forma parte de una historia política en la que la fe, la organización colectiva y las luchas sociales se entrelazaron. El 7 de noviembre de 1981, la marcha de la CGT Brasil bajo la consigna "Pan, Paz y Trabajo" convirtió al santuario de San Cayetano en el escenario de una de las primeras grandes irrupciones populares contra la última dictadura militar. Aquella jornada no solo desafió al poder represivo: inauguró una nueva subjetividad democrática al demostrar que el miedo podía ser derrotado cuando un pueblo encontraba un símbolo capaz de transformar la esperanza en acción colectiva.

La Ley de Tierras: cuando un acontecimiento modifica la correlación de fuerzas. La decisión del Gobierno de retirar el capítulo que habilitaba la venta irrestricta de tierras rurales a extranjeros fue presentada como una concesión parlamentaria. Sin embargo, detrás del repliegue oficialista se encuentra una secuencia política más profunda: un acontecimiento inesperado que desplazó el debate hacia la soberanía nacional, activó una resistencia social por fuera de los canales institucionales y terminó modificando la correlación de fuerzas. A la luz de las reflexiones de Alain Badiou sobre el acontecimiento y de Antonio Gramsci sobre la construcción de la hegemonía, la marcha atrás del oficialismo revela que las grandes derrotas políticas suelen comenzar mucho antes de llegar al recinto legislativo y ser reconocidas por la mayoría de la representación política tradicional.

La actitud vacilante de Rusia frente al depliegue colonial norteamericano en nuestra región, pero también en medio oriente medio y áfrica, merece ensayar una perspectiva histórica que explique este comportamiento.
En ese sentido, puede afirmarse que la realpolitik de Putin constituye una herencia más de la evolución del Estado soviético posterior a Lenin que del leninismo mismo. La prioridad concedida a la seguridad del Estado, la existencia de una esfera de influencia y la subordinación del principio de autodeterminación a las necesidades estratégicas tienen un antecedente claro en la transformación de la URSS durante el estalinismo y la Guerra Fría.
La principal diferencia radica en el fundamento ideológico: donde la dirigencia soviética invocaba el socialismo y la defensa del bloque revolucionario, Putin invoca la continuidad histórica de Rusia como gran potencia y una concepción civilizatoria de la nación. En ambos casos, sin embargo, la razón de Estado termina prevaleciendo sobre el principio leninista de libre autodeterminación de los pueblos.

El artículo sostiene que las principales corporaciones del complejo militar-industrial occidental no solo producen armamento, sino que también invierten sistemáticamente en la formación cultural e ideológica de las futuras generaciones mediante programas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM). Su tesis central es que estas iniciativas funcionan como mecanismos de legitimación social y de reclutamiento temprano para la industria de la defensa. El caso resulta especialmente significativo para Argentina porque muestra cómo la competencia geopolítica ya no se libra únicamente mediante bases militares o ventas de armas, sino también mediante la construcción de capacidades científicas y tecnológicas. El artículo también invita a pensar una contradicción estructural.
Las empresas argumentan que financian STEM porque existe escasez de ingenieros y especialistas.
Pero esa necesidad responde, en buena medida, al enorme crecimiento del presupuesto militar estadounidense y a la creciente integración entre universidades, laboratorios privados y el Departamento de Defensa de los Estados Unidos.
Así, la educación deja de ser únicamente formación científica para convertirse también en una política de abastecimiento de recursos humanos altamente calificados para la industria bélica.
En un contexto donde La Argentina debate su inserción internacional, la política científica y tecnológica adquiere una dimensión estratégica: el desarrollo de recursos humanos altamente calificados puede orientarse hacia objetivos de desarrollo nacional o integrarse a cadenas globales de valor dominadas por grandes corporaciones. En este sentido la desfinanciación del sistema público de enseñanza en todos sus niveles, muestra que la disputa por la soberanía no se limita al control del territorio o de los recursos naturales, sino que alcanza también a la producción de conocimiento y a la formación de las futuras generaciones de científicos e ingenieros.

En Venezuela sin prisa ni pausa van apareciendo "las actas" que la comunidad occidental reclamaba y negaba el dictador y son ya un indicador de análisis insoslayable. Por ejemplo, el texto de Bruno Sgarzini que se publica presenta una tesis fuerte: Estados Unidos ya no utiliza las sanciones solo como mecanismo de presión diplomática, sino como un instrumento de administración directa de la renta petrolera venezolana. Si los datos citados son correctos, estaríamos ante un cambio cualitativo en la relación entre Washington y Caracas.
Aunque los casos son muy diferentes, el artículo invita a reflexionar sobre una cuestión más amplia. En América Latina, y La Argentina es un leading case, las disputas contemporáneas por la soberanía ya no se expresan únicamente mediante intervenciones militares.
Con frecuencia aparecen a través del control de:
la deuda externa y la fuga consecuente,
los sistemas de pagos internacionales;
las reservas de los bancos centrales;
las licencias comerciales;
las sanciones financieras;
el acceso al crédito.
Desde esa perspectiva, el dominio sobre los circuitos financieros puede resultar tan determinante como el control territorial.

El artículo de Emilia Trabucco plantea que la reforma de la Ley de Tierras Rurales constituye uno de los cambios estructurales más importantes impulsados por el gobierno de Javier Milei. Su tesis central es que no se trata simplemente de una desregulación del mercado inmobiliario rural, sino de una redefinición de la relación entre soberanía, propiedad y capital internacional.
Desde una perspectiva crítica de economía política, pueden señalarse cinco aspectos centrales:
1. De la tierra como bien estratégico a la tierra como activo financiero
La Ley 26.737, aprobada en 2011, consideraba que la tierra rural posee un valor estratégico que excede la propiedad privada. Por ello establecía límites a la extranjerización (15% del territorio nacional, provincial y municipal, además de restricciones por nacionalidad y ubicación). La reforma impulsada por el Gobierno flexibiliza esos límites —tras una modificación de último momento, el oficialismo pasó de proponer la eliminación total a elevar el tope al 25% para facilitar su aprobación en el Senado— bajo el argumento de atraer inversiones.
En términos económicos, la tierra deja de ser concebida como un recurso vinculado al desarrollo nacional para convertirse en un activo abierto a la valorización del capital global.
2. Una nueva fase de acumulación por desposesión
El debate puede interpretarse a través del concepto desarrollado por el geógrafo David Harvey: la acumulación por desposesión.
En este enfoque, el capital amplía sus posibilidades de ganancia apropiándose de bienes comunes o estratégicos mediante reformas legales.
La tierra rural concentra simultáneamente:
agua dulce;
minerales críticos;
bosques;
biodiversidad;
potencial energético;
producción agroalimentaria.
La flexibilización normativa facilita la incorporación de esos recursos a circuitos internacionales de valorización.
3. El argumento oficial y sus límites
El Gobierno sostiene que las restricciones vigentes desalientan inversiones que podrían alcanzar unos 15.000 millones de dólares y dinamizar economías regionales.
Sin embargo, la evidencia internacional muestra que la inversión extranjera en tierras no garantiza automáticamente:
mayor empleo;
industrialización;
encadenamientos productivos;
desarrollo regional.
En muchos casos predomina un modelo extractivo orientado a la exportación de materias primas, con escaso impacto sobre el tejido económico local.
4. La cuestión de la soberanía
El aspecto más sensible es que la discusión excede la propiedad privada.
Quien controla grandes extensiones de territorio puede controlar también:
fuentes de agua;
corredores logísticos;
áreas de frontera;
reservas de minerales;
zonas con importancia geopolítica.
Diversos especialistas advierten que algunas regiones ya presentan niveles de propiedad extranjera superiores al promedio nacional, especialmente en áreas con recursos estratégicos.
Por eso el debate se vincula directamente con la capacidad del Estado para planificar el uso del territorio.
5. El significado político
La iniciativa expresa un cambio de paradigma.
Mientras la legislación de 2011 entendía que ciertos bienes debían permanecer sujetos a regulaciones por razones de interés nacional, la propuesta oficial parte de una concepción donde la libertad contractual y la protección absoluta de la propiedad privada prevalecen sobre consideraciones de soberanía territorial.
En ese sentido, la reforma acompaña otras iniciativas del gobierno de Milei orientadas a reducir regulaciones sobre recursos naturales y ampliar el espacio de actuación del capital privado.
Autores como Ruy Mauro Marini o Theotonio dos Santos sostuvieron que, en las economías periféricas, la inserción subordinada en el capitalismo mundial suele profundizarse cuando los recursos estratégicos pasan a ser controlados por capitales externos. Desde esa perspectiva, la flexibilización de la Ley de Tierras podría interpretarse como un paso adicional hacia una especialización basada en la exportación de recursos naturales con menor capacidad de decisión nacional sobre su aprovechamiento.
En síntesis, el proyecto enfrenta dos concepciones contrapuestas. Para el oficialismo, la apertura del mercado de tierras constituye un instrumento para atraer inversiones y dinamizar la economía. Para sus críticos, implica una redefinición del papel del Estado sobre recursos estratégicos y una mayor inserción dependiente de la economía argentina en los circuitos globales del capital, con potenciales implicancias sobre la soberanía territorial, el desarrollo regional y el control de bienes naturales

El programa de reformas del Gobierno argentino, inspirado en un "modelo peruano", busca consolidar la llamada "estabilidad macroeconómica" junto a una profunda fragmentación política, legislativa y flexibilización de la soberanía sobre recursos naturales. Este enfoque, que incluye la reforma del BCRA, la suba del tope de extranjerización de tierras al 25% y la flexibilización de la Ley de Glaciares, opera bajo un escenario donde el ancla de deuda externa facilita la privatización del subsuelo y la "balcanización" del federalismo, un riesgo que Cristina Kirchner ya había señalado como central.

En Cisjordania, jóvenes en situación de riesgo son rebautizados como pioneros: financiados por ministerios israelíes y organizaciones benéficas estadounidenses cuyas donaciones son deducibles de impuestos, son desplegados para acosar, despojar y expulsar a los palestinos de sus tierras.

El artículo «Monetary Policy and Capitalism», de Jan Toporowski, publicado en la edición de julio-agosto de 2026 de Monthly Review, desarrolla una crítica marxista a la idea dominante de que la política monetaria es el principal instrumento para regular el capitalismo contemporáneo. El autor denomina este paradigma «dominancia de la política monetaria»
El aporte de Toporowski consiste en cuestionar la creencia de que los bancos centrales poseen la capacidad de «administrar» el capitalismo mediante el manejo de las tasas de interés. Su tesis es que la política monetaria opera sobre la superficie financiera del sistema, mientras que la dinámica profunda depende de la acumulación de capital, la rentabilidad esperada y las relaciones sociales de producción. En ese sentido, la inflación, las crisis y el crecimiento no pueden entenderse aisladamente como fenómenos monetarios, sino como manifestaciones de las contradicciones estructurales del capitalismo contemporáneo.
Si se aplica la tesis de Jan Toporowski al proyecto de «blindaje» del Banco Central impulsado por el gobierno de Javier Milei, emerge una crítica profunda que va más allá del debate sobre la autonomía institucional del BCRA. No se trata de discutir únicamente si un banco central independiente es deseable, sino de preguntarse qué problemas puede resolver realmente la política monetaria y cuáles exceden completamente su alcance.
El proyecto oficial busca impedir que el Banco Central financie al Tesoro y reforzar su independencia respecto del poder político, con el objetivo declarado de evitar que futuros gobiernos recurran a la emisión monetaria para cubrir déficits fiscales. La iniciativa se inscribe en una concepción según la cual la estabilidad de precios depende, ante todo, de reglas monetarias estrictas y de la autonomía del banco emisor.
Desde la perspectiva de Toporowski, ese diagnóstico parte de un supuesto discutible: que el Banco Central constituye el principal instrumento para gobernar el capitalismo contemporáneo. El economista sostiene precisamente lo contrario: la llamada «dominancia de la política monetaria» exagera la capacidad de las tasas de interés y de los bancos centrales para determinar la inversión, el crecimiento y el empleo. En última instancia, la dinámica capitalista depende de la acumulación de capital y de las expectativas de rentabilidad, no de decisiones monetarias aisladas.
El blindaje institucional no garantiza el desarrollo
Desde esta óptica, el blindaje del Banco Central podría fortalecer la credibilidad financiera del país frente a acreedores e inversores, pero no garantiza por sí mismo:
mayores niveles de inversión productiva;
creación de empleo;
incremento de la productividad;
transformación de la estructura productiva;
reducción de la restricción externa.
Un Banco Central jurídicamente independiente puede contribuir a estabilizar variables nominales, pero carece de instrumentos para modificar las decisiones de inversión privada cuando las expectativas de rentabilidad son bajas.
La prioridad del capital financiero
La crítica adquiere mayor profundidad cuando se incorpora el concepto de financiarización, central en la obra de Toporowski.
En economías altamente financiarizadas, las decisiones del Banco Central afectan principalmente:
el precio de los activos financieros;
el rendimiento de los bonos;
el costo del crédito;
los flujos internacionales de capital.
Su influencia sobre la economía real resulta mucho más indirecta. En consecuencia, un Banco Central blindado puede terminar funcionando principalmente como una institución destinada a garantizar la estabilidad de los mercados financieros antes que la expansión de la producción y el empleo.
La cuestión de la soberanía democrática
Existe además una dimensión política.
Blindar constitucional o legalmente al Banco Central supone retirar del debate democrático una parte sustancial de la política económica.
Los defensores de esa autonomía sostienen que ello evita el uso electoral de la emisión monetaria y fortalece la credibilidad.
Sin embargo, puede interpretarse como una despolitización de decisiones que tienen efectos distributivos. Las tasas de interés, el acceso al crédito, la administración de reservas y la regulación financiera no son instrumentos neutrales: benefician o perjudican de manera diferente a sectores sociales y económicos.
Resumiendo mucho: En Argentina, es obvio que la inflación no responde exclusivamente a fenómenos monetarios. Diversos estudios identifican un conjunto de factores que interactúan:
restricción externa y fuga de capitales
volatilidad cambiaria;
concentración económica;
formación oligopólica de precios;
puja distributiva;
expectativas;
dinámica fiscal y monetaria.
Desde la perspectiva de Toporowski, concentrar la estrategia antiinflacionaria casi exclusivamente en un Banco Central independiente corre el riesgo de transformar un problema estructural en uno puramente monetario.
El blindaje del Banco Central puede interpretarse como una forma de institucionalizar la primacía del capital financiero sobre otras prioridades de política económica. Al limitar la capacidad del Estado para coordinar políticas monetarias, fiscales e industriales, se reduce el margen de intervención de gobiernos futuros, incluso si cuentan con legitimidad electoral para impulsar otra estrategia de desarrollo.
En este sentido, la tesis de Toporowski no implica negar la importancia de la estabilidad monetaria. Su planteo es diferente: la estabilidad de una economía capitalista no puede descansar exclusivamente sobre el Banco Central, porque los determinantes fundamentales del crecimiento son la inversión, la estructura productiva, la distribución del ingreso y la acumulación de capital. Cuando estos factores permanecen estancados, la autonomía del banco central puede preservar la estabilidad financiera, pero difícilmente genere desarrollo sostenido o mejore las condiciones de vida de la mayoría de la población.

El artículo "Rebeldía Controlada" utilizando el caso Bramuglia, el primer intento de construir un "peronismo sin Perón" ya en el año 1955 sostiene una hipótesis central: los liderazgos populares de volumen histórico y gran arraigo popular no son sustituibles mediante operaciones políticas ni judiciales, y que la proscripción termina debilitando la representación democrática más que al liderazgo proscripto. Para desarrollar esa idea, establece un paralelo entre la proscripción de Juan Domingo Perón tras 1955 y la situación actual de Cristina Fernández de Kirchner.
El texto recupera la experiencia del neoperonismo encabezado por Juan Atilio Bramuglia, quien intentó construir un peronismo autónomo aprovechando la proscripción de Perón. Apoyándose en trabajos del historiador Raanan Rein, el artículo señala que ese intento fracasó porque el liderazgo de Perón conservó la adhesión mayoritaria del movimiento aun desde el exilio.
Como contracara, recupera la posición de John William Cooke, quien rechazaba las corrientes "blandas" o conciliadoras y sostenía que la conducción seguía perteneciendo al líder proscripto. Según el autor, esa experiencia histórica demuestra que la legitimidad política no puede transferirse mecánicamente a dirigentes sustitutos.
El artículo se vincula con un trabajo posterior de López donde desarrolla el concepto de "déficit de legitimidad sustitutiva". La idea es que cuando un liderazgo con gran capacidad de representación queda excluido de la competencia política, quienes intentan ocupar ese espacio enfrentan un problema estructural: heredan parte del electorado, pero no la legitimidad política ni simbólica del liderazgo original.
Desde esa perspectiva, la proscripción no afecta solamente al dirigente alcanzado por la medida, sino que altera el funcionamiento del sistema de representación en su conjunto.
El artículo afirma que el reclamo "Cristina Libre" debe entenderse como una demanda vinculada a la calidad democrática y no únicamente como una consigna electoral. Según el autor, la exclusión judicial de un liderazgo con fuerte apoyo popular reduce la competencia política efectiva y contribuye al aumento de la apatía electoral entre sectores sociales que se identifican con ese liderazgo.
Establece un paralelo histórico consistente entre distintas experiencias de proscripción del peronismo;
incorpora bibliografía especializada, particularmente los estudios de Raanan Rein;
intenta formular un concepto analítico ("déficit de legitimidad sustitutiva") que trasciende la coyuntura argentina.
En conjunto, el texto combina historia política, teoría de la representación y una interpretación claramente situada en el debate político argentino. Su aporte más original es la formulación del concepto de déficit de legitimidad sustitutiva, que busca explicar por qué, según el autor, la exclusión de un liderazgo popular produce dificultades persistentes para la construcción de liderazgos alternativos y afecta la legitimidad del sistema político.

Zohran Mamdani, el alcalde de la ciudad de Nueva York, está en su mejor momento. En una época en la que el público está desencantado con la política, las encuestas recientes muestran que, de hecho, su popularidad entre los neoyorquinos va en aumento. Se puede decir que eso se debe en parte a la buena vibra: cuando los Knicks ganaron el campeonato de la NBA, Mamdani fue una de las principales voces de apoyo al equipo, beneficiándose del brillo de su victoria; la Copa Mundial fue un éxito arrollador, con Nueva York inundada de aficionados celebrando; Taylor Swift se casó en una ceremonia secreta en el lugar más visible de Nueva York.
Y mientras su popularidad aumenta, Mamdani, un socialista democrático, también ha estado demostrando su poder político de formas nuevas: su respaldo a tres candidatos progresistas para la Cámara de Representantes les dio la ventaja frente a titulares y candidatos respaldados por el establishment, y consolidó su papel como figura decisiva en el Partido Demócrata. Por supuesto, Mamdani también tiene muchos detractores, tanto en la derecha como entre los líderes demócratas en Washington, a quienes les preocupa su influencia y sus objetivos al llevar al partido más hacia la izquierda.

Después de cuestionar las teorías monetaristas y keynesianas en la primera parte de la serie, Roberts dirige ahora su análisis hacia las interpretaciones heterodoxas. Su tesis central es que, aunque estas corrientes identifican problemas reales del capitalismo, no logran explicar de manera consistente el origen de la inflación.
El autor examina principalmente dos enfoques.
El primero sostiene que la inflación es consecuencia del poder monopólico de las grandes empresas, que elevan sus márgenes de ganancia («mark-up inflation»). Roberts reconoce que la concentración económica permite a las corporaciones apropiarse de una mayor parte del excedente, pero objeta que ello no explica por qué los precios aumentan de forma generalizada en determinados períodos y no de manera permanente. Si el monopolio fuera la causa suficiente, argumenta, la inflación debería ser constante en todas las economías capitalistas altamente concentradas.
El segundo enfoque interpreta la inflación como resultado del conflicto distributivo entre capital y trabajo. Según esta visión, empresas y trabajadores intentan preservar o ampliar su participación en el ingreso nacional, generando una espiral de precios y salarios. Roberts considera que esta explicación invierte la relación causal. Retomando a Marx, sostiene que los salarios suelen reaccionar al aumento previo de los precios y no ser su detonante inicial. En consecuencia, el conflicto distributivo puede amplificar la inflación, pero no constituye su origen fundamental.
El debate resulta especialmente pertinente para La Argentina. La narrativa oficial suele atribuir la inflación exclusivamente a la emisión monetaria, mientras que buena parte del pensamiento heterodoxo opositor la relaciona con la concentración económica, la puja distributiva y las devaluaciones o asume posiciones neokeynesianas obsoletas que siempre concluyen en devaluaciones del tipo de cambio y empobrecimiento popular.
El enfoque de Roberts invita a ir un paso más allá: preguntarse por qué esas tensiones aparecen de manera recurrente en economías capitalistas periféricas y cuál es la relación entre la acumulación de capital, la rentabilidad y la dinámica de los precios.
Esto desplaza la discusión desde las políticas monetarias y heterodoxas coyunturales hacia las contradicciones estructurales del capitalismo y supone que cualquier modelo económico social alternativo supone fuerte conflicto de intereses con el bloque en el poder – incluídos obviamente los organismos de crédito internacionales – por parte del poder político esto es actuar según lo indica "la marchita", pero completa en un momento donde es posible pensar en el fin del trabajo asalariado que, por caso, reestructurar la deuda impagable.
En ese sentido, el artículo constituye una crítica tanto al monetarismo dominante como a las explicaciones heterodoxas que, según Roberts, describen correctamente algunos mecanismos pero no alcanzan a identificar la causa fundamental de la inflación. Esa explicación será desarrollada en la tercera parte de la serie mediante su propuesta de una «teoría del valor de la inflación», elaborada junto con Guglielmo Carchedi.

¿Son tan decisivas las elecciones de medio término en los Estados Unidos? Se verá, pero el artículo de Axios - un house organ trumpista que debe considerarse-, plantea una hipótesis política relevante: Donald Trump ya no estaría concentrado prioritariamente en conservar una mayoría republicana en el Congreso, sino en garantizar que, gane o pierda el Partido Republicano las elecciones de medio mandato de noviembre de 2026, el trumpismo mantenga el control ideológico del partido y del Estado.
Las principales tesis del artículo:
El poder antes que la mayoría parlamentaria. Según Axios, Trump asume que los republicanos podrían perder una o ambas cámaras del Congreso. Sin embargo, considera que eso no implicaría necesariamente una derrota estratégica si consigue consolidar un Partido Republicano completamente subordinado a su liderazgo.
La presidencia como fuente principal de poder. El artículo sostiene que Trump privilegia las facultades ejecutivas —órdenes presidenciales, designaciones, capacidad de indulto y control del aparato estatal— por encima de la negociación legislativa tradicional. La lógica es gobernar mediante una fuerte concentración de atribuciones presidenciales.
Preparar la sucesión sin abandonar el liderazgo. Axios señala que Trump buscaría convertirse en el gran "árbitro" de la política republicana hacia 2028, definiendo quién heredará su capital político. En ese contexto, aparecen como figuras centrales el vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio, aunque existen fuertes disputas dentro del propio partido.
Las investigaciones como arma política. El título del artículo ("Trump's final act begins") hace referencia a la posibilidad de que, si los demócratas recuperan el Congreso, se reactive una ola de investigaciones parlamentarias sobre la administración Trump. Paradójicamente, Axios sostiene que el propio Trump parece menos preocupado por esas investigaciones que por asegurar la cohesión del movimiento MAGA.
Igualmente el texto refleja una transformación profunda del sistema político estadounidense. Ya no se trataría únicamente de una disputa entre republicanos y demócratas, sino entre dos concepciones del ejercicio del poder:
una basada en los mecanismos clásicos del constitucionalismo liberal (equilibrio entre poderes, negociación legislativa y controles institucionales);
otra que privilegia la legitimidad directa del liderazgo presidencial, el control del Ejecutivo y la movilización permanente de una base política organizada.
En este marco, el Congreso pierde centralidad relativa frente a la Casa Blanca, los tribunales y los organismos ejecutivos.
Otro aspecto importante es que la verdadera batalla parece desarrollarse dentro del propio Partido Republicano.
Los sectores conservadores tradicionales —representados editorialmente por medios como The Wall Street Journal— observan con preocupación que JD Vance encarne la continuidad del trumpismo, mientras que el ala MAGA interpreta esas críticas como una confirmación de que el viejo establishment perdió el control del partido.
Esto sugiere que el conflicto ya no enfrenta únicamente a republicanos contra demócratas, sino también a:
el conservadurismo clásico;
el nacional-populismo trumpista.
Igualmente puede sostenerse sin esfuerzo que el conflicto estadounidense expresa también una disputa entre distintas fracciones del capital.
Por un lado, sectores vinculados al capital financiero global, las grandes tecnológicas y parte del establishment institucional; por otro, una coalición que combina capital industrial nacional, sectores energéticos tradicionales, pequeñas y medianas empresas y una base social compuesta por trabajadores blancos, clases medias empobrecidas y segmentos rurales.
En ese sentido, el trumpismo no cuestiona el capitalismo estadounidense, sino que propone una forma distinta de organizar su hegemonía: más nacionalista, proteccionista y concentrada en el poder ejecutivo.
Conclusión : El artículo de Axios sugiere que Trump ya no mide su éxito únicamente por el resultado electoral inmediato. Su objetivo estratégico sería dejar consolidado un movimiento político capaz de dominar el Partido Republicano y seguir condicionando la política estadounidense incluso después del final de su mandato. Si esa interpretación es correcta, las elecciones de medio término definirán no solo el equilibrio entre demócratas y republicanos, sino también si el trumpismo logra institucionalizarse como la corriente dominante de la derecha estadounidense durante la próxima década.
Finalmente y desde una mirada más situada, conviene recordar que los demócratas demostraron tanto o más vocación de intervención en la región que los republicanos, a punto tal que fue Obama, - al que muchos confundieron con el negro Rada a la hora de celebrar su primer triunfo electoral en 2008 - el que acompañó y respaldó a Mauricio Macri en su campaña en La Argentina. Por otro lado, la disputa por la hegemonía con China y otras grandes potencias emergentes continuará sin prisa ni pause, pase lo que pase en noviembre en los pagos del señor naranja.