Un compromiso incansable

Adelqui del Do Psicólogo (UBA), especialista en Psicología Clínica. Se desempeña como director del Directorio en Representación del Estado Provincial en el Instituto Obra Médico Asistencial.

Docente de Psicología Ética y Derechos Humanos en la UBA y coordinador académico de la Diplomatura en Salud Mental y Derechos Humanos de la UNPAZ. Integrante del Tribunal de Ética de APBA, miembro de la CD de Feduba y miembro fundador de Enclaves.

Investigador en el informe Vidas arrasadas: la segregación de las personas en los asilos psiquiátricos argentinos y coautor del libro Consumos problemáticos y derechos humanos: perspectivas comunitarias (Teseo, 2025), entre otros. Hoy lo despedimos.

Israel y Malvinas: una ficha en la disputa con Londres

Israel no se volvió “malvinero”: descubrió que Malvinas puede ser una ficha útil contra Londres y un gesto rentable hacia Milei. El verdadero problema está en Buenos Aires: un Gobierno que invoca la soberanía sobre las islas mientras entrega soberanía efectiva sobre el territorio, la energía y los recursos naturales argentinos. Milei pretende convertir un gesto diplomático menor en una victoria histórica, pero omite la contradicción fundamental de su política: denuncia la ocupación británica de Malvinas mientras abre las puertas a intereses extranjeros sobre Vaca Muerta, el Atlántico Sur y otros recursos estratégicos. Es una impostura soberanista: mucho discurso sobre recuperar las islas mientras se resigna capacidad de decisión sobre lo que todavía controlamos. Malvinas funciona así como una bandera para encubrir una política de subordinación económica y entrega de soberanía. El Gobierno no está recuperando la Argentina: está negociando su patrimonio estratégico y utilizando Malvinas para ocultarlo.

Los llamados a «defender la democracia» no detendran a la ultraderecha, un «frente anti Milei», tampoco.

El artículo de Jacobin plantea una tesis muy potente: el problema de la extrema derecha alemana no se resuelve apelando abstractamente a la “defensa de la democracia”, porque la propia crisis de representación de los partidos tradicionales está alimentando electoralmente a la AfD.

En Sajonia-Anhalt, la AfD obtuvo 43,8%, mientras la participación alcanzó un récord del 76%. Lo decisivo, según Thomas Zimmermann, es que una parte enorme de quienes habitualmente no votaban volvió a las urnas y la mayoría de esos nuevos votantes se inclinó por la extrema derecha. Es decir, la AfD no sólo conserva un electorado movilizado: está logrando incorporar a sectores políticamente desenganchados.

Ahí aparece la cuestión de clase. La derecha radical está consiguiendo transformar malestar social, desconfianza institucional y frustración con el statu quo en energía política. Mientras tanto, los partidos tradicionales ofrecen variantes de una misma administración del orden existente. La socialdemocracia ya no aparece como alternativa social; la izquierda no logra articular un horizonte de transformación; y los Verdes, la CDU y el resto del sistema terminan disputando fundamentalmente los términos de la gestión.

Por eso la idea central del artículo puede formularse así: la extrema derecha no crece solamente porque exista una derecha radicalizada; crece porque consigue ocupar el espacio político abandonado por una izquierda incapaz de representar las demandas materiales y las expectativas de futuro de las mayorías populares.

Y esto tiene una traducción argentina particularmente interesante. El fenómeno puede pensarse en relación con Milei: no basta explicar su ascenso por “engaño”, manipulación mediática o derechización cultural. Una parte fundamental de su eficacia política reside en haber convertido el rechazo al orden existente en una identidad política, incluso cuando las soluciones que propone terminan perjudicando materialmente a sectores que constituyen parte de su base electoral.

La enseñanza estratégica de Jacobin es entonces importante: la izquierda no puede derrotar a la derecha radical defendiendo simplemente el statu quo en nombre de la democracia. Necesita disputar el mismo terreno que la extrema derecha está conquistando: trabajadores precarizados, sectores populares, jóvenes, no votantes, desencantados y quienes sienten que la política institucional dejó de ofrecerles un futuro.

En términos gramscianos, el problema no es sólo electoral sino hegemónico. La AfD está intentando convertir el malestar social en sentido común reaccionario. La respuesta no puede consistir exclusivamente en aislarla institucionalmente: requiere construir otra interpretación del malestar y, sobre todo, otra perspectiva de futuro.

La frase que sintetiza el artículo podría ser:

La derecha radical gana cuando consigue movilizar a quienes la izquierda dejó de convocar.

Y ahí hay un puente muy fértil con Argentina: Milei y la AfD expresan modalidades distintas de una misma crisis de representación de las democracias occidentales, aunque sus contextos históricos y programas económicos no sean equivalentes. La pregunta decisiva para el campo popular no es solamente cómo frenar a la extrema derecha, sino cómo recuperar políticamente a las mayorías que dejaron de creer que la democracia puede transformar sus condiciones materiales de existencia. Los llamados a "defender la democracia" no la detendran, un sucedáneo del obsoleto "cordón sanitario" traducido como "frente anti MIlei", tampoco.

Salarios oscuros

El informe de CEPA revela la dimensión del retroceso: el Salario Mínimo, Vital y Móvil perdió 40,8% de su poder adquisitivo desde noviembre de 2023 y hoy se encuentra en niveles reales similares a los de abril de 2002. No se trata simplemente del efecto de la inflación, sino de una decisión política: mientras las tarifas y los precios estratégicos se multiplicaron muy por encima de los salarios, el Gobierno intervino sistemáticamente para contener el piso salarial en línea con las demandas empresarias. El resultado es una modificación profunda de la relación de fuerzas entre capital y trabajo: salarios más bajos, menor capacidad de negociación de los trabajadores y mayor excedente disponible para el capital. La llamada “libertad de mercado” termina así funcionando como una política estatal de disciplinamiento laboral. El proyecto de Milei no sólo busca "estabilizar la economía": busca redefinir cuánto vale el trabajo en la Argentina y se ve solo oscuridad
Concepto, Variación
SMVM, +158 %
Subte, +2.005 %
Colectivo +1.510 %
Tren, +1.090 %
"Electricidad, gas",+856 %
Nafta súper,+631 %

Oscurecido por las nubes

Hay una derecha que ya no pretende demostrar que el capitalismo y la democracia son naturalmente compatibles. Empieza a sostener lo contrario: que la democracia constituye un obstáculo para el funcionamiento eficiente del mercado. Ese es el núcleo político de la llamada “Ilustración oscura”, corriente analizada por Jacobin América Latina.

Nick Land, Curtis Yarvin y otros referentes de esta tradición imaginan sociedades organizadas más como empresas que como comunidades políticas. El ciudadano se transforma en cliente, el Estado en administrador y la política en una interferencia que debería reducirse al mínimo. La autoridad deja de surgir de la voluntad popular y comienza a legitimarse por la eficiencia.

Lo inquietante es que esta idea ya no circula solamente en círculos intelectuales marginales. Tiene vínculos con sectores centrales del capitalismo tecnológico y encuentra en gobiernos de extrema derecha un terreno de experimentación. Milei es uno de ellos.

Su discurso contra “la casta”, su descalificación de la política profesional, la exaltación del mercado y su entusiasmo por la inteligencia artificial y la desregulación pueden leerse como partes de una misma operación: quitarle a la sociedad capacidad de decisión sobre la economía y presentarla como un territorio reservado a los mercados, las empresas y los expertos.

Pero hay una mentira en la consigna libertaria: el Estado no desaparece. Se retira de la protección social, de la regulación económica y de la defensa de determinados derechos, pero permanece —y puede incluso fortalecerse— allí donde garantiza propiedad, contratos, seguridad jurídica y condiciones de acumulación. No es el fin del Estado. Es su reorganización en favor de determinadas clases.

La tecnología agrega una nueva capa. Si un algoritmo puede decidir mejor que una institución democrática, cabe preguntar quién controla el algoritmo. Si los datos son el nuevo petróleo, ¿quién los posee? Si la inteligencia artificial transforma la producción, ¿quién captura la riqueza que produce?

La respuesta no es tecnológica. Es política y de clase. La nueva derecha intenta presentar como inevitables decisiones que son profundamente políticas. La precarización se convierte en flexibilidad; la concentración, en eficiencia; la desigualdad, en mérito; el ajuste, en responsabilidad; y la pérdida de derechos colectivos, en modernización.

La operación es poderosa porque convierte relaciones sociales históricas en aparentes leyes naturales. Por eso la batalla contra esta nueva derecha no puede limitarse a defender las instituciones tal como existen. Necesita recuperar una idea sustantiva de democracia: democracia también es decidir quién controla la riqueza, la tecnología, la energía, los recursos naturales y las condiciones de trabajo.

La “Ilustración oscura” quiere una sociedad administrada por quienes poseen. El desafío democrático es exactamente el contrario: que quienes producen, trabajan y sostienen la sociedad puedan decidir sobre ella.

Y ahí aparece la cuestión de fondo del experimento Milei. No se trata solamente de cuánto Estado queremos. Se trata de quién tiene el poder cuando el Estado deja de poner límites al capital.

Porque cuando la política se retira, el poder no desaparece. Cambia de manos.

Y en la Argentina esa transformación tiene una paradoja difícil de ocultar: mientras el discurso libertario proclama la libertad individual como valor supremo, Cristina Kirchner permanece presa y proscripta, justamente la dirigente que conserva una de las mayores capacidades de representación política popular del país..

Técnicamente hablando Trump es un pelotudo

Tras el derrumbe de la Unión Soviética, Occidente tuvo la oportunidad de construir una arquitectura de seguridad inclusiva que incorporara a Rusia. Según Jeffrey Sachs, Washington eligió en cambio preservar su hegemonía mediante la expansión de la OTAN y la lógica de bloques. Tres décadas después, la guerra en Ucrania y la emergencia de China expresan no sólo conflictos regionales, sino la crisis de un orden internacional que ya no puede sostener su antigua estructura unipolar. El Prof. Jeffrey Sachs analiza cómo el orden mundial posterior a la Guerra Fría se construyó sobre mentiras, que han cegado a Occidente ante las razones por las que todo se está derrumbando. En la apertura Jeffrey Sachs dialoga con Glenn Diesen: "Nunca hubo ni habrá un hegemón permanente"

Alemania: La socialdemocracia en camino a la irrelevancia

Sajonia-Anhalt, una región de dos millones de habitantes situada en el este de Alemania, renovaba este domingo su Parlamento regional. Según las primeras proyecciones publicadas a las 18:00, Alternativa para Alemania (AfD, ESN) aún tiene posibilidades de gobernar la región. AfD roza la mayoría absoluta y depende del apoyo del partido de la izquierda nacionalista BSW para asumir el poder. Los democristianos del canciller Friedrich Merz se desploman y pasan de 40 a 16 diputados.

Estás frito, angelito

Se analizan las tensiones internas dentro del peronismo y se traza un paralelismo histórico sobre los intentos de construir alternativas por fuera de los liderazgos mayoritarios:

“Esto viene desde 1955 con el primer intento de neoperonismo de Bramuglia tras el derrocamiento de Perón, criticándolo por 'personalista' y por tomar decisiones 'a dedo'.

Si hacés un esfuerzo, parece exactamente lo que se discute hoy. No me llama la atención que, en medio de la proscripción de Cristina Kirchner, surjan intentos de desconocer su conducción, pero es una tradición donde todos los ensayos terminaron mal”.

Se desestian las comparaciones con figuras históricas como Augusto Timoteo Vandor y remarcan la falta de volumen político de los armados actuales:

“Comparar la emergencia de neoperonismos o dirigentes que intentan alternativizar la conducción de Cristina con lo que fue Vandor es un exabrupto insostenible; la UOM de los 60 tenía una fuerza territorial e industrial que hoy nadie tiene.

En la interna Cafiero-Menem no había un liderazgo constituido, pero con Perón sí lo había y se lo desafió igual. Desconocer liderazgos populares consolidados en momentos de persecución política siempre condujo al fracaso”.

Mirá el programa en el video de apertura.

Brasil como batalla estratégica de América Latina

La entrevista de Alan Coelho y Valter Pomar parte de una constatación que excede largamente la política brasileña: la derecha latinoamericana ha dejado de ser una suma de experiencias nacionales para constituirse en un espacio político regional articulado. Bolsonaro, Milei, Kast y las derechas que avanzan en otros países expresan, con sus particularidades, una misma disputa por redefinir la relación entre Estado, mercado, trabajo y soberanía.

Brasil ocupa en ese tablero una posición decisiva. No sólo por su dimensión económica y demográfica, sino porque el resultado de la elección puede alterar el equilibrio político continental. La eventual victoria de Flávio Bolsonaro significaría mucho más que la continuidad de una familia política: supondría la reconstrucción institucional del bolsonarismo después del fracaso del intento de ruptura del 8 de enero de 2023.

Por eso resulta significativa la decisión de sectores situados a la izquierda del PT de brindar un apoyo crítico a Lula desde la primera vuelta. No se trata necesariamente de una adhesión al programa del gobierno ni de desconocer sus límites. Es una decisión de carácter estratégico: impedir que la derecha radical convierta el desgaste de un gobierno progresista en una restauración política de mayor alcance.

La contradicción es evidente. Lula representa un gobierno con fuertes límites para las expectativas de transformación social de la izquierda brasileña, pero al mismo tiempo constituye una barrera institucional frente a una derecha que pretende avanzar mucho más allá de una alternancia electoral.

Ahí aparece una cuestión particularmente relevante para Argentina. El gobierno de Milei no observa esta elección desde la neutralidad diplomática: su alineamiento ideológico con el espacio bolsonarista convierte al resultado brasileño en un asunto de política regional. La propia campaña argentina ha quedado involucrada en la disputa brasileña mediante el respaldo de Milei a Flávio Bolsonaro.

Desde una perspectiva de clase, entonces, la discusión no debería reducirse a “Lula sí o Lula no”. La pregunta es qué relación de fuerzas sociales permite cada escenario. El problema que enfrentan las izquierdas es cómo sostener una posición independiente del lulismo sin desconocer que una victoria de la ultraderecha puede modificar drásticamente las condiciones de la lucha popular.

Y aquí aparece una enseñanza particularmente importante para el peronismo argentino: la crítica al gobierno progresista no puede confundirse con la indiferencia frente a la posibilidad de una restauración reaccionaria. Una izquierda que sólo mide la política por la distancia entre su programa ideal y el gobierno existente corre el riesgo de no percibir las diferencias cualitativas entre distintos bloques de poder.

La elección brasileña plantea, en definitiva, una disyuntiva latinoamericana: reformismo progresista con límites estructurales o una derecha radical que busca transformar esos límites en una nueva correlación de fuerzas favorable al capital concentrado y subordinada a la nueva estrategia estadounidense para la región.

Y allí Brasil vuelve a ser central. Porque si Lula logra contener al bolsonarismo, la experiencia argentina de Milei quedará políticamente más aislada en Sudamérica. Si triunfa Flávio Bolsonaro, en cambio, podría consolidarse un eje regional de derechas radicalizadas con capacidad para disputar simultáneamente la agenda económica, cultural y geopolítica del continente.

El fantasma de Gramsci y la ofensiva libertaria

La acusación de “marxismo cultural” funciona hoy como un dispositivo ideológico de la nueva derecha para disputar la hegemonía. En la Argentina de Javier Milei, la batalla cultural no es un complemento del programa económico: es una condición para hacerlo socialmente aceptable. El objetivo es transformar intereses particulares en sentido común y convertir conquistas sociales, Estado y organización colectiva en obstáculos para la libertad individual.

De Campo Dragón a Vaca Muerta: las penas son de nosotros , la renta y el poder de Washington

El lobby petrolero estadounidense sobre Venezuela que revela Bruno Sgarzini permite mirar Vaca Muerta desde otra perspectiva: el problema no es cuánto petróleo producirá Argentina, sino quién controlará la renta. Bajo Milei, el RIGI, el alineamiento con Washington y la llegada de grandes petroleras configuran una nueva arquitectura de inserción energética. La investigación de Bruno Sgarzini sobre Venezuela muestra cómo las grandes petroleras utilizan el lobby en Washington para influir sobre sanciones, licencias y condiciones de acceso al petróleo. El Estado estadounidense administra la llave geopolítica mientras las corporaciones negocian las condiciones de explotación. Al pié un apéndice sobre Malvinas y Vaca Muerta. Porque Malvinas sin soberanía económica es una consigna. Vaca Muerta sin soberanía nacional es una renta. La soberanía argentina exige ambas.
El mecanismo importa para Argentina. Vaca Muerta posee recursos petroleros extraordinarios y se convirtió en un activo estratégico para el mercado energético mundial. El gobierno de Milei busca acelerar su explotación mediante el RIGI, ofreciendo estabilidad y beneficios excepcionales al gran capital. El acuerdo económico con Estados Unidos completa esa orientación al incorporar energía, infraestructura y materiales críticos como sectores estratégicos.
Chevron es un ejemplo elocuente: proyecta inversiones multimillonarias en Vaca Muerta bajo el RIGI. La inversión puede aumentar producción, exportaciones y divisas, pero plantea la cuestión decisiva: ¿quién capturará la renta extraordinaria?
Aquí adquiere relevancia José Luis Manzano, expresión de una burguesía local asociada al capital global. Su presencia en negocios energéticos argentinos y venezolanos muestra cómo grandes grupos nacionales se integran con corporaciones transnacionales y operadores políticos internacionales. Ya no se trata simplemente de capital nacional frente a capital extranjero, sino de una trama de alianzas donde ambos se articulan en torno a la apropiación de recursos estratégicos.
Por eso Vaca Muerta no debe discutirse como una falsa alternativa entre explotación y no explotación. Argentina necesita desarrollar sus recursos, pero la cuestión central es bajo qué condiciones. Si la renta energética financia industrialización, infraestructura, tecnología y desarrollo productivo, Vaca Muerta puede ser una palanca de soberanía económica. Si el país se limita a exportar hidrocarburos mientras el capital externo captura buena parte del excedente, estaremos ante una nueva versión del viejo modelo extractivo.
La diferencia es que ahora ese extractivismo aparece sofisticado: RIGI, inversión extranjera, tratados, infraestructura exportadora y mercados globales. Es el neoextractivismo.
Venezuela muestra una versión coercitiva del control energético mediante sanciones y licencias. Argentina transita una variante contractual basada en apertura, incentivos y garantías al capital. Los instrumentos son diferentes, pero la disputa es la misma: quién controla la renta de los recursos naturales.
Por eso la pregunta fundamental sobre Vaca Muerta no es cuánto petróleo tiene la Argentina.
Es para quién será ese petróleo convertido en riqueza.

John Fogerty: el rock que puso a los poderosos frente al espejo

Detrás de los grandes éxitos de Creedence Clearwater Revival hubo mucho más que canciones pegadizas. John Fogerty convirtió el trabajo, la guerra de Vietnam, los privilegios de clase y las fracturas de la sociedad estadounidense en himnos populares que, más de medio siglo después, conservan una sorprendente actualidad. Fortunate Son sigue siendo una de las denuncias más contundentes de cómo las guerras las deciden los poderosos mientras otros ponen los cuerpos. Por supuesto esta lectura es controversial en La Argentina, como era de esperar. En la vieja Rock and Pop la dirección literalmente prohibió emitir a Creedence por considerarlo "Grasa". Cada uno es responsable de lo que hizo, hace y hará.
PD: en la apértura una charla actual entre Rick Beato y John Fogerty.

Malvinas: la carta de Trump que puede fortalecer a Farage

La renovada disputa por las islas, impulsada por el alineamiento entre Trump y Milei, puede convertirse en una inesperada herramienta política para la ultraderecha británica. Mientras la Argentina recupera centralidad en el conflicto de soberanía, el laborismo queda atrapado entre la presión diplomática y la acusación de debilidad nacional que Reform UK explota electoralmente. La cuestión Malvinas vuelve así a cruzarse con una disputa mayor: la reconfiguración de la derecha británica y la crisis de representación de las fuerzas tradicionales.

«Yo me hice zurdita en la ORT» (Adversarios no, enemigos)

La autora, egresada de la ORT, sostiene que Milei no llega a esa institución por casualidad. Wanschelbaum afirma que su visita no es una arbitrariedad ni una fotografía aislada en una historia democrática. «Es la condensación de treinta años de transformaciones y, también, de una determinada política institucional».

Patria o colonia

Del País Fernet al ejército silencioso de changarines, del IPC mentiroso al GINI de 2001: 236 mil empleos destruidos, industricidio sistemático y salarios en indigencia. Por qué esto ya no es democracia sino democracia desnaturalizada y por qué Cristina libre es la condición de posibilidad para restaurarla.

Mil días de Milei: Perfil de un psycho killer (fafafa)

El gobierno de Milei no sólo redujo la inflación y el déficit: modificó la distribución del ingreso y las relaciones de poder. El ajuste recayó sobre salarios, jubilaciones y consumo popular, mientras el capital financiero y los sectores concentrados ampliaron su participación en el excedente. Mil días después, el experimento libertario deja una sociedad más desigual, hogares más endeudados y una Argentina nuevamente condicionada por la valorización financiera y la dependencia externa ya en fase colonial.

Reino Unido: Están fritos, literal

La BBC se pregunta qué les vamos a contar a los nietos sobre el verano de 2026. Lo presenta como el nuevo 1976: el año de los récords, los incendios, las restricciones de agua. El verano que “se va a hablar durante años”.

Jonathan Cook responde que se equivocan de época.

2026 no va a ser el verano mítico. Va a ser un peldaño. Lo que hoy parece extremo —días de más de 30 °C ya en julio, mayo y junio rompiendo marcas, cinco olas de calor— en unos años se va a extrañar. No porque haya sido agradable. Porque lo que viene después va a ser peor.

Si hubiera nietos a quienes contarles, la historia no sería de hazaña climática. Sería de lo que todavía se podía hacer: estar afuera de día, abrir la canilla sin pensarlo, comprar fruta sin que fuera un lujo, no vivir encerrado hasta que bajara el sol. De un tiempo en que el seguro contra incendios y tormentas todavía existía porque esas cosas eran raras. De servicios públicos que todavía no se habían comido enteros el presupuesto de “mitigar lo peor”.

Cook apunta al encuadre, no al termómetro. La BBC trata un año récord como cima. Él lo trata como dato en una curva que no se detiene. Y deja la pregunta incómoda: tal vez no haya nietos a quienes contárselo.

Superávit para los mercados, deuda para las familias

La advertencia de Michael Roberts sobre la crisis de los bonos tiene una traducción particularmente clara en la Argentina de Milei. Mientras en las economías centrales el aumento del costo de la deuda vuelve a poner en cuestión la sostenibilidad fiscal, en nuestro país el ajuste ya funciona como mecanismo para garantizar la confianza de los acreedores y recuperar el acceso al financiamiento.

El problema es que la deuda no desaparece: cambia de lugar. El Estado reduce gasto y busca mostrar superávit, mientras hogares y sectores medios recurren cada vez más al crédito para sostener consumos básicos. La estabilidad de las cuentas públicas puede coexistir así con una creciente inestabilidad social.

La paradoja del modelo mileísta es que presenta el ajuste como el camino hacia la independencia financiera cuando, en realidad, profundiza la dependencia de los mercados, del FMI y del financiamiento externo.

La tesis de Roberts permite entonces una lectura política de la Argentina: el costo de estabilizar la deuda soberana se está trasladando hacia la deuda cotidiana de las familias. El capital financiero recupera previsibilidad; la sociedad pierde capacidad de consumo y de reproducción de sus condiciones de vida.

No se resolvió el problema de la deuda: se modificó quién paga la factura.

Una disputa por la conducción

El respaldo del peronismo a Pablo Yadarola para integrar la Sala I de la Cámara Federal porteña admite una lectura que excede la controversia por Lago Escondido. La cuestión decisiva es el reemplazo de Leopoldo Bruglia, uno de los jueces con mayor acumulación de decisiones adversas al kirchnerismo. Ante una salida institucionalmente inevitable, ¿el PJ pudo haber preferido un juez sin ese antecedente? La hipótesis adquiere otra dimensión cuando se la coloca en el contexto de una ofensiva política y mediática que busca presentar cualquier autonomía del peronismo respecto de Cristina como una “capitulación”, mientras, paradójicamente, la expresidenta permanece presa y proscripta.

Cómo llega la financiarización a los hogares argentinos

El artículo de Ludueña muestra que la financiarización de la economía argentina ya no se expresa solamente en el mercado financiero. También se instala en los hogares, donde el crédito comienza a funcionar como una herramienta para sostener un consumo que los ingresos laborales ya no alcanzan a financiar.

La diferencia es sustancial. Mientras en la cúspide del sistema la deuda puede convertirse en un instrumento de valorización del capital, en los sectores populares y medios se transforma en una obligación sobre ingresos futuros.

El dato más significativo es que el endeudamiento se concentra en los hogares de menores ingresos. No estamos, por lo tanto, ante un problema de decisiones individuales de consumo, sino frente a una consecuencia de la pérdida de poder adquisitivo y del deterioro de las condiciones de reproducción social.

La paradoja del modelo económico es evidente: mientras la valorización financiera ofrece oportunidades extraordinarias para quienes poseen capital, una parte creciente de la sociedad debe recurrir al crédito para llegar a fin de mes.

La timba financiera y la deuda cotidiana no son fenómenos desconectados: pueden ser las dos caras de una misma estructura económica. Arriba, el capital busca multiplicarse mediante las finanzas. Abajo, los trabajadores se endeudan para sostener su vida cotidiana.