
Hay una cuestión que merece profundizarse que se desperde de esta nota de Bruno Sgazini: la disputa entre Estados Unidos y China no es simplemente una confrontación entre dos modelos nacionales. Es una lucha por la apropiación de recursos, mercados, infraestructura y excedentes económicos.
América Latina vuelve a ocupar un lugar subordinado en una disputa entre grandes potencias. La pregunta decisiva es quién controla los recursos y quién captura los beneficios de su explotación.
La ultraderecha puede alinearse ideológicamente con Washington, pero no puede resolver por decreto las contradicciones de la inserción económica latinoamericana.
El planteo permite desarrollar una tesis interesante para una columna: Milei y las derechas regionales pueden ser aliados políticos de Trump, pero no tienen autonomía económica suficiente para ejecutar sin costos la estrategia estadounidense de expulsión de China.
El nuevo ciclo colonialista de esta etapa de crisis del capitalismo, llega tarde y su legitiación depende de manera creciente de los aparatos represivos de estado, en especial el aparato judicial que luego del intento de suprersión física, mantiene exilados, presos y/o proscriptos a los líderes popular-democráticos latinoamericanos.

Una semana más, una semana menos en Argentina. El presidente Javier Milei fue acusado de ayudar a Flávio Bolsonaro a escaparse de Brasil después de perder las elecciones; finalmente se comprobó que Santiago Caputo viajó a Misiones para ayudar personalmente a gestionar el escape del candidato brasilero; Milei fue a Catamarca y no saludó a la gente porque le pegaron y se fue a encerrar a su habitación de hotel; Milei habló de quemar a los periodistas y se armó la polémica; Patricia Bullrich sigue coqueteando con Mauricio Macri y Karina Milei levanta cada vez más el perfil de cara a las elecciones; en el peronismo intentaron pegarse a la victoria de Lula en Brasil mientras sigue la interna con Kicillof contra el ala de Cristina Kirchner y Sergio Massa aparece cada vez más seguido .
Los protagonistas de la semana fueron Javier Milei, Karina Milei, Flávio Bolsonaro, Bullrich, Santiago Caputo, Lula, Axel Kicillof, Sergio Massa, Mauricio Macri, el aeropuerto de Misiones los periodistas indignados y muchos más.

Hay una cuestión que permite profundizar el argumento de María Cecilia Míguez que publicamos: la política exterior no es una esfera separada de las relaciones económicas y sociales internas.
La ruptura diplomática puede leerse como parte de un proyecto de reorganización de la inserción internacional argentina.
La subordinación política a Estados Unidos no constituye solamente una preferencia ideológica. Se relaciona con un modelo de inserción económica, financiera y comercial que redefine los márgenes de autonomía del Estado argentino.
Desde esta perspectiva, la soberanía no es una abstracción nacionalista. Es una condición para decidir sobre los recursos estratégicos, las relaciones comerciales, el endeudamiento, la política industrial y las alianzas internacionales.
Hay también una dimensión histórica importante: la tradición diplomática argentina no fue patrimonio exclusivo de un partido. Su continuidad, incluso durante gobiernos neoliberales, demuestra que existían consensos institucionales que trascendían las alternancias electorales.
La pregunta política que deja planteada el artículo es qué Argentina pretende construir el gobierno de Milei cuando abandona esos consensos.
Y una segunda pregunta, todavía más importante: ¿qué intereses económicos y geopolíticos se benefician con esa transformación?

Hay una tesis que merece especial atenciónen este reprotaje a John Bellamy Foster : la derecha no disputa solamente elecciones, gobiernos o instituciones. También busca controlar las condiciones en las que una sociedad interpreta su propia realidad.
Esto permite comprender por qué las derechas radicalizadas invierten tantos recursos en medios de comunicación, redes sociales, universidades, industrias culturales y producción de sentido.
Pero hay una segunda cuestión, igualmente importante: la hegemonía cultural no se construye exclusivamente mediante operaciones comunicacionales. Se sostiene en relaciones materiales, intereses de clase y estructuras de poder.
El artículo permite profundizar una discusión que venís desarrollando sobre Lula y el determinismo tecnológico que publicamos ayer y el viernes en forma más extendida.
La victoria electoral no puede explicarse por la eficacia de las redes sociales, del mismo modo que la hegemonía de la derecha no puede explicarse exclusivamente por su capacidad de comunicación.
La disputa cultural es también una disputa por la organización material de la sociedad, por la distribución de la riqueza, por el trabajo y por la capacidad de los sectores populares de reconocerse como sujetos políticos.
Una hipótesis para desarrollar entoces es que la "batalla cultural" no consiste en ganar una discusión en las redes, sino en disputar el aparato que produce, distribuye y legitima las representaciones de la sociedad.

Una semana más, una semana menos en Argentina.
El presidente Javier Milei se enojó con los que dicen que la gente no llega a fin de mes porque, según él, habría cadáveres en las calles; Milei también viajó a España para decirle dictador impresentable al presidente Pedro Sánchez, pero no lo recibieron ni Abascal de VOX ni Feijóo.
Feinmann contó que Milei tiene la cara hinchada porque se golpeó en la ducha, pero algunos dicen que se hizo una liposucción; Patricia Bullrich sigue haciendo lobby para ser candidata en las próximas elecciones; subió el riesgo país y continúan los malos números en la economía; reprimieron a los metrodelegados por levantar los molinetes en el subte.
Fue el cumpleaños de Milei y sus fanáticos le hicieron una canción con IA; Jorge Macri se hizo amigo de Karina Milei; Espert fue procesado por lavado de dinero en la causa que se le inició por su vínculo con Fred Machado y hubo una cumbre peronista con Sergio Massa, Axel Kicillof, Máximo Kirchner y los gobernadores para hablar de la unidad de cara a las elecciones...
Los protagonistas de la semana fueron Javier Milei, Pedro Sánchez. Karina Milei, España, la gente que no llega a fin de mes, los metrodelegados, Jorge Macri, Patricia Bullrich, Sergio Massa, Axel Kicillof, Santiago Abascal, Ayuso y muchos más.

Hay una discusión sobre el internacionalismo que merece ser recuperada. Durante décadas, el pensamiento económico dominante presentó la globalización como un proceso inevitable y beneficioso, mientras identificaba cualquier defensa de la soberanía nacional con el atraso, el proteccionismo o el nacionalismo. Hoy, una parte de las mismas élites que promovieron aquella globalización adopta discursos nacionalistas, cuestiona el libre comercio y reivindica las fronteras. Sin embargo, el cambio de lenguaje no modifica necesariamente los intereses que organizan el sistema.
La cuestión central no es elegir entre globalización y desglobalización, entre libre comercio y barreras arancelarias. La verdadera disputa consiste en determinar quién controla la economía mundial: el capital concentrado o los pueblos que producen la riqueza. Esta es una de las ideas centrales que atraviesa el debate sobre el internacionalismo contemporáneo.
El internacionalismo del capital nunca fue una abstracción. Tiene nombres, instituciones y relaciones de poder. Las grandes corporaciones, los fondos financieros, las plataformas tecnológicas y los organismos que condicionan las políticas económicas nacionales construyeron una arquitectura internacional destinada a garantizar la circulación del capital, la apropiación de recursos y la subordinación del trabajo. Cuando esa arquitectura entra en crisis, el capital no renuncia a sus privilegios: modifica sus instrumentos.
Por eso, el repliegue de la globalización neoliberal no significa necesariamente una recuperación de la soberanía popular. El nacionalismo de las derechas puede cuestionar el multilateralismo, levantar barreras comerciales y reclamar mayor autonomía frente a otros Estados, sin alterar la concentración de la riqueza ni el poder de las grandes empresas. El proteccionismo de los poderosos no equivale a la protección de los trabajadores.
Tampoco alcanza con sustituir una dependencia por otra. La disputa entre Estados Unidos y China expresa contradicciones reales del orden internacional, pero no debería obligar a los países periféricos a convertirse en piezas subordinadas de una u otra estrategia. La autonomía no consiste en cambiar de patrón. Consiste en construir capacidad propia para decidir sobre los recursos, la producción, la tecnología, el trabajo y el destino del excedente económico.
Aquí aparece una tradición latinoamericana que conserva una notable actualidad: el internacionalismo de Juan Domingo Perón.
La Tercera Posición no fue simplemente una fórmula diplomática para mantenerse equidistante de Washington y Moscú durante la Guerra Fría. Expresaba una concepción política más amplia: los países que no pertenecían al núcleo de las grandes potencias necesitaban construir una capacidad de decisión propia. Perón comprendió que la soberanía nacional, en un mundo organizado alrededor de grandes espacios económicos y políticos, no podía sostenerse exclusivamente dentro de las fronteras de cada Estado.
Su discurso del 11 de noviembre de 1953 en la Escuela Nacional de Guerra, conocido como Unidos o Dominados, planteó con claridad esa perspectiva. El proyecto de integración entre Argentina, Brasil y Chile —el ABC— no era una iniciativa protocolar ni una simple alianza entre gobiernos. Buscaba construir una escala económica y política capaz de modificar la relación de fuerzas con los centros de poder mundial.
La integración latinoamericana aparecía así como una condición material de la independencia. La idea era sencilla y profunda: países separados, con mercados fragmentados y economías dependientes, tenían una capacidad limitada para negociar con las grandes potencias. Unidos podían construir una fuerza económica, industrial y política diferente.
Ese internacionalismo tenía, además, una dimensión popular. No se trataba solamente de asociar Estados, sino de ampliar las condiciones materiales para que sus pueblos pudieran decidir sobre su propio desarrollo. La Tercera Posición y la unidad latinoamericana formaban parte de una misma concepción: la independencia política necesitaba una base económica y la justicia social no podía consolidarse sobre una estructura de dependencia permanente.
Recuperar hoy esa tradición no significa trasladar mecánicamente las respuestas de los años cincuenta a un escenario mundial completamente distinto. Significa reconocer la vigencia de una pregunta que Perón formuló en términos estratégicos: ¿cómo pueden los pueblos periféricos evitar que su futuro sea decidido por las potencias que concentran el poder económico y militar?
La respuesta exige una integración regional que no se limite al intercambio comercial. Supone coordinar políticas industriales, defender los recursos naturales, desarrollar capacidades científicas y tecnológicas, proteger el trabajo y fortalecer la capacidad de los Estados para orientar la economía. También requiere recuperar la solidaridad entre los trabajadores y los movimientos populares de distintos países, porque el capital opera internacionalmente y las resistencias nacionales, cuando permanecen aisladas, encuentran límites cada vez más estrechos.
Las experiencias latinoamericanas de cooperación política, las movilizaciones contra la austeridad, las luchas sindicales y las campañas internacionales de solidaridad muestran que existe un terreno de acción que no se reduce a la competencia entre gobiernos y potencias. El internacionalismo popular tiene que construir vínculos entre quienes soportan las consecuencias de un mismo orden económico, aunque vivan bajo Estados diferentes.
La cuestión, entonces, no es defender cualquier nacionalismo ni celebrar cualquier forma de globalización. Es distinguir entre la soberanía utilizada para proteger los intereses del capital y aquella que permite ampliar los derechos y la capacidad de decisión de las mayorías sociales.
El internacionalismo de los pueblos no consiste en elegir entre las grandes potencias, sino en construir una fuerza propia frente a ellas. En esa tradición puede inscribirse la Tercera Posición de Perón: soberanía nacional, integración latinoamericana y solidaridad internacional. No como neutralidad frente a los conflictos del mundo, sino como una estrategia para que las mayorías sociales dejen de ser objeto de las disputas internacionales y puedan convertirse en protagonistas de su propio destino.
La verdadera alternativa no es entre un mundo globalizado y otro encerrado detrás de sus fronteras. Es entre un internacionalismo organizado alrededor de los intereses del capital y otro capaz de poner la cooperación entre los pueblos al servicio de su emancipación.

La victoria de Lula no se explica por la destreza de los comunicadores ni por la eficacia de los algoritmos. Detrás de los votos hay una disputa entre intereses de clase: de un lado, el capital financiero, el agronegocio y los sectores empresariales que buscan preservar sus privilegios; del otro, los trabajadores y las mayorías populares que reclaman mejores salarios, reducción de la jornada laboral, derechos sociales y defensa de los servicios públicos. Las redes pueden amplificar esa confrontación, pero no reemplazan la organización ni la construcción de fuerza social. Atribuirles el protagonismo es convertir una disputa por la distribución de la riqueza en un problema de marketing político y borrar a sus verdaderos protagonistas. En el cierre, Lula y el valor del liderazgo.

La victoria de Lula no se explica por los algoritmos ni por una operación de marketing electoral. Detrás de los votos hubo organización popular, demandas materiales y una confrontación de intereses de clase. Reducir esa experiencia a una cuestión tecnológica es otra forma de despolitizar la lucha social y ocultar a sus verdaderos protagonistas.

De este trabajo de Michael Roberts se infiere que el problema del capitalismo contemporáneo no es que carezca de innovaciones tecnológicas. Es que necesita convertir cada innovación en una fuente de rentabilidad privada extraordinaria.
La inteligencia artificial puede elevar la productividad, transformar procesos industriales, modificar el trabajo y reducir costos. Sin embargo, nada garantiza que esos avances se traduzcan en una tasa de ganancia suficiente para remunerar el volumen de capital invertido.
La carrera por la IA está concentrando recursos, infraestructura, conocimiento y capacidad de decisión en un puñado de grandes corporaciones. Al mismo tiempo, amenaza con reorganizar el mercado laboral, intensificar la vigilancia sobre los trabajadores y desplazar empleos.
Es decir, los costos sociales de la transformación pueden distribuirse sobre el conjunto de la sociedad mientras los beneficios de la propiedad tecnológica permanecen concentrados.
Hay una paradoja adicional: si la IA termina siendo una tecnología de uso general, cada vez más barata y accesible, su éxito productivo podría entrar en contradicción con las expectativas de rentabilidad monopólica que hoy sostienen buena parte de su valorización financiera.
La pregunta no es si la inteligencia artificial tiene futuro. La pregunta es quién se apropia de sus frutos, quién financia su desarrollo y quién paga los costos de una eventual crisis de sobreacumulación.

La entrevista con Cory Doctorow tiene una virtud: evita el determinismo tecnológico. La inteligencia artificial no aparece como un sujeto autónomo que transforma inevitablemente la sociedad, sino como una tecnología incorporada a una determinada estructura de propiedad y acumulación.
Sin embargo, hay un aspecto que merece discusión.
Doctorow deposita una expectativa considerable en la competencia como mecanismo para limitar el poder de las grandes corporaciones. Pero la competencia capitalista también produce concentración, centralización del capital y nuevas formas de monopolio.
Marx ya había identificado esa tendencia como una dinámica constitutiva de la acumulación capitalista.
Por eso, el problema no se resuelve solamente multiplicando competidores. La cuestión decisiva es quién controla la infraestructura tecnológica, los datos, la capacidad de procesamiento y los resultados de la automatización.
La IA puede elevar la productividad social y, al mismo tiempo, deteriorar las condiciones materiales de quienes producen esa riqueza.
La contradicción no está en la tecnología: está en las relaciones sociales bajo las cuales se desarrolla y se apropia su productividad.

"Los que tienen vocación de profetas dicen que @LulaOficial ganó gracias a las redes. Seguramente les gustaría ser @AndreJanonesMG.
Pero no es cierto. Las redes (y todo a lo que obligan) ya son condición necesaria, pero no suficiente para ganar unas elecciones. En los 10 millones extra de la segunda vuelta está la fuerza de Lula, las victorias en los debates, la reforma laboral, la prohibición de los casinos, la defensa de la soberanía, la educación y sanidad públicas... y millones de jóvenes que salieron a la calle a defender su democracia de los mafiosos Bolsonaro. La política no se reduce a las redes y la política de izquierdas aún menos." Juan Carlos Monedero
En la apertura video de Juan Carlos Monedero analiza el tema específico del desplazamiento hacia las redes de los efectos de la práctica política y Amado Boudou señala los fundamentos y efectos política y socialmente disruptivos del sostenimiento de los objetivos irrenunciables del Perón Vuelve y Cristina Libre.

La secuencia analizada por Emilia Trabucco permite formular una hipótesis contundente: la disputa por el Estado no se libra solamente en las elecciones, el Congreso o la calle; también se desarrolla en los tribunales, donde se definen responsabilidades, se habilitan investigaciones y se condiciona la representación política.
Pero hay una cuestión estratégica adicional para el peronismo. La denuncia de la persecución judicial es necesaria, aunque insuficiente si queda encerrada en la defensa de sus dirigentes. Para convertirse en una bandera democrática mayoritaria, debe articularse con los problemas materiales de las clases populares: el salario, las jubilaciones, el endeudamiento, el empleo y la soberanía económica.
La defensa de Cristina y la defensa de la democracia no deberían aparecer separadas de la disputa por quién paga el ajuste y quién se beneficia de él. Allí reside la posibilidad de transformar una denuncia judicial en una confrontación política más amplia.
En definitiva, Cristina Libre es también una discusión sobre los límites de la democracia cuando la voluntad popular choca con estructuras de poder capaces de condicionar sus resultados. La cuestión no es solamente quién puede ser candidato, sino quién tiene capacidad efectiva para decidir el rumbo económico y social del país.

La lección de Lula no es que una campaña digital exitosa pueda resolver cualquier crisis política. Es que una fuerza popular no puede dar por garantizada la transmisión de su identidad histórica entre generaciones.
En la Argentina, esto obliga a pensar la relación entre el peronismo, la juventud y las nuevas formas de circulación de la política sin reducir el problema a una cuestión de marketing. No alcanza con invocar a Perón, a Néstor Kirchner o a Cristina Kirchner si esa tradición no logra traducirse en una experiencia contemporánea reconocible para quienes padecen la precarización laboral y la pérdida de ingresos.
Tampoco alcanza con acumular reproducciones, seguidores o tendencias. La pregunta estratégica es qué organización y qué proyecto social quedan cuando desaparece la urgencia electoral.
La tecnología puede ampliar la voz de una fuerza política, pero no reemplaza su inserción social. El desafío consiste en conectar la comunicación inmediata con una organización capaz de sostener conflictos, construir solidaridad y ofrecer un horizonte material. De lo contrario, la viralización puede producir una victoria circunstancial sin resolver la debilidad política que la hizo necesaria.
Ese es el punto más fértil de la experiencia brasileña: no la sustitución de la política por las redes, sino la posibilidad de utilizar las redes para reconstruir vínculos entre una tradición popular, las nuevas generaciones y las condiciones concretas de la lucha social.

Eric Hobsbawm, comunista pesimista e historiador de gran éxito, dejó un legado literario que encierra lecciones fundamentales para una izquierda que vive en un histórico repliegue global. No es de extrañar que se haya convertido en un héroe para jóvenes activistas de todo el mundo. Estuvo en Berlín cuando Adolf Hitler llegó al poder, en París durante el apogeo del Frente Popular y en el Partido Comunista cuando todo se derrumbó. La nueva biografía de Émile Chabal sigue la trayectoria de un historiador que siempre se preguntó qué seguía siendo posible tras la derrota.

La figura de Néstor Kirchner no puede separarse de la de Cristina Fernández de Kirchner sin mutilar el sentido histórico del proceso político que ambos protagonizaron. Néstor inauguró una etapa de recuperación de la iniciativa estatal y de recomposición de las condiciones de vida de las mayorías populares; Cristina profundizó esa experiencia, amplió derechos y llevó más lejos la confrontación con los intereses económicos concentrados. No fueron dos liderazgos idénticos, sino dos momentos de un mismo ciclo político, atravesado por continuidades, tensiones y transformaciones.
Imitar el ejemplo de Néstor implica también defender a Cristina. Porque la disputa no es solamente por la memoria de un gobierno, sino por la vigencia de un proyecto de país que cuestionó la subordinación de la política a los mercados y modificó la distribución del ingreso. La persecución judicial y la proscripción política de Cristina no pueden leerse al margen de esa historia: expresan también una disputa por los límites de lo que las mayorías populares pueden elegir y por la posibilidad de que el peronismo vuelva a construir una alternativa al orden neoliberal.
Néstor y Cristina representan, en ese sentido, una experiencia política común, aunque no exenta de contradicciones. Evocar al primero mientras se acepta la exclusión de la segunda supone convertir una tradición de confrontación en una memoria inocua, tolerable para quienes fueron adversarios de aquel proceso. No hay reivindicación consecuente de Néstor si se renuncia a defender la participación política de Cristina.
Imitar el ejemplo, entonces, no significa repetir consignas ni refugiarse en la nostalgia. Significa recuperar la capacidad de intervenir sobre las relaciones de fuerza, identificar a los beneficiarios y perjudicados de cada política económica y reconstruir una fuerza social capaz de disputar el rumbo del país. La memoria de Néstor cobra actualidad cuando se convierte en acción política; la defensa de Cristina forma parte de esa disputa por la continuidad, el balance crítico y la renovación de aquel proyecto. Esperemos que las nuevas generaciones, a las que Cristina Kirchner llamó a tomar en sus manos el destino del país, imiten su ejemplo cerrando filas junto a ella, como siempre lo indicó Néstor Carlos Kirchner. ¡Gracias Néstor!

En Honky Tonk Women, los Rolling Stones le ponen ritmo a un mundo de excesos, dinero y placeres. En la Argentina de Milei, la fiesta también existe, pero tiene invitados exclusivos: las grandes petroleras, las mineras y los grupos financieros que se benefician del RIGI, la deuda y la explotación de los recursos naturales. Para las mayorías populares, en cambio, la música es otra: salarios que no alcanzan, jubilaciones deterioradas y familias endeudadas para sobrevivir. Mientras unos disfrutan la fiesta de la renta extractiva, otros pagan la cuenta. El rock puede ser universal; los beneficios del modelo colonial, evidentemente, no.

La derrota de la extrema derecha en Brasil a manos de Lula no solo le asegura al presidente brasileño un lugar definitivo en la historia de la democracia mundial, sino que también ofrece valiosas lecciones para los socialistas de todo el planeta. Frente a un mundo oscuro, dominado por las corporaciones tecnológicas (el "camino" y los algoritmos que la canción o la realidad intentan controlar), la victoria masiva y sorpresiva de Lula funciona como una suerte de desvío impredecible —una "locura" colectiva y esperanzadora para los descartados — que rompe con el supuesto orden preestablecido. Lula Lá.

A pesar de la ratificación de los resultados por el Tribunal Superior Electoral (TSE), Flávio Bolsonaro anunció que pedirá la anulación de los comicios, tachando de ilegítima la prórroga del horario de votación y rehusándose a reconocer la derrota. Se calentó.

El problema teórico que plantea este escriti es más interesante que la disputa por la propiedad simbólica de los Beatles.
El capitalismo no produce solamente mercancías materiales: también organiza la circulación de la música, las imágenes, los deseos y las formas de identificación colectiva. La industria cultural puede transformar una expresión de rebeldía en un producto rentable, separar una obra de sus condiciones históricas de producción y convertir la disidencia en un estilo de consumo.
Pero ese proceso nunca es absoluto. La comercialización de una obra no elimina necesariamente sus significados críticos, del mismo modo que su origen obrero no garantiza una orientación socialista. La posición de clase de un artista, su compromiso político y el sentido social de su obra son dimensiones relacionadas, pero no equivalentes.
Los Beatles fueron una mercancía extraordinariamente exitosa y, al mismo tiempo, participaron de una transformación cultural que cuestionó convenciones generacionales, sexuales y sociales. Ambas cosas pueden ser ciertas sin necesidad de resolver la contradicción mediante una apropiación ideológica.
La pregunta decisiva, entonces, no es si los Beatles pertenecen a la izquierda, sino qué hace la izquierda con la cultura popular: ¿se limita a reivindicar retrospectivamente los productos culturales que considera afines o construye las condiciones para que los trabajadores sean productores, protagonistas y organizadores de su propia cultura?
Desde esta perspectiva, la discusión remite a una cuestión gramsciana: la disputa por la hegemonía no se libra únicamente en las instituciones políticas y económicas. También se desarrolla en el terreno de la cultura, donde se forman el sentido común, las aspiraciones y las representaciones de lo posible.
La izquierda no necesita convertir a los Beatles en militantes socialistas póstumos. Necesita comprender por qué una música nacida en una ciudad obrera pudo convertirse en una experiencia colectiva mundial y qué contradicciones atravesaron ese proceso. Esa explicación es más productiva que una disputa por la propiedad ideológica de una banda.
La cultura popular no es automáticamente emancipadora ni necesariamente conservadora. Es un terreno de conflicto en el que el mercado puede apropiarse de la rebeldía, pero no siempre consigue clausurar sus significados. La tarea crítica consiste, precisamente, en estudiar esa contradicción sin confundir el éxito comercial con la emancipación ni la circulación mercantil con la desaparición de toda potencia crítica.

El gobierno espera un nuevo día de movilización masiva el sábado 24 de octubre. Un mes después del inicio del movimiento de la escuela secundaria, las reivindicaciones contra la vida cara se han sumado a la ira de la juventud para convertirse en la base de un movimiento a gran escala. El candidato de La France insoumise (LFI) en las elecciones presidenciales, Jean-Luc Mélenchon, reafirma a Sarah Benhaïda e Ilyes Ramdani de Mediapart su apoyo a la movilización y denuncia “el estancamiento” en el que Emmanuel Macron ha sumido al país.