La inteligencia artificial al servicio de los multimillonarios: la nueva ofensiva contra el trabajo

El artículo de Martin Hart-Landsberg, publicado en Monthly Review, propone leer la inteligencia artificial no como una tecnología neutral, sino como un nuevo campo de disputa por el poder económico.

El punto más fuerte del texto es que la amenaza de la IA no reside solamente en la automatización del trabajo, sino en quién controla la infraestructura, los datos, los algoritmos y el capital necesario para desarrollarla.

Desde esta perspectiva, los grandes empresarios tecnológicos —los llamados tech billionaires— concentran un poder que excede ampliamente el ámbito empresarial. La IA puede convertirse en un mecanismo de centralización de riqueza y poder económico, porque las empresas dominantes poseen simultáneamente:

enormes volúmenes de datos;
capacidad computacional;
capital financiero;
infraestructura digital;
propiedad intelectual;
plataformas de distribución;
y capacidad para influir sobre los Estados.

El resultado puede ser una nueva fase de concentración monopólica.

La cuestión decisiva no es simplemente si la IA "destruirá empleos". El problema de fondo es quién se apropia de los incrementos de productividad generados por ella.

En una economía capitalista, una tecnología que permite producir más con menos trabajo no implica automáticamente una reducción de la jornada laboral o una mejora del bienestar. Puede traducirse en:

más productividad → menor necesidad de trabajadores → presión sobre salarios → mayor rentabilidad del capital → concentración de riqueza.

Por eso, la IA puede profundizar una tendencia ya existente: mientras una minoría propietaria controla los activos tecnológicos, una mayoría depende de vender su fuerza de trabajo en condiciones cada vez más precarias.

La conclusión implícita de Hart-Landsberg es especialmente relevante: no alcanza con regular la inteligencia artificial.

La regulación puede limitar algunos abusos, pero deja intacta la estructura de propiedad. La cuestión estratégica es entonces disputar quién controla la tecnología y para qué fines sociales se utiliza.

Esto permite conectar el debate sobre IA con una cuestión clásica del pensamiento marxista: el desarrollo de las fuerzas productivas puede abrir posibilidades extraordinarias de bienestar colectivo, pero bajo relaciones capitalistas esas posibilidades pueden convertirse en instrumentos de dominación.

Una lectura desde la Argentina

Este planteo resulta particularmente pertinente frente a un modelo económico que busca reducir el costo laboral como mecanismo de competitividad.

La IA puede funcionar como una nueva herramienta disciplinaria sobre el trabajo: no necesariamente porque sustituya inmediatamente a millones de trabajadores, sino porque introduce la amenaza permanente de sustitución y, por lo tanto, aumenta el poder de negociación del capital frente al trabajador.

El problema no sería entonces solamente el "desempleo tecnológico". Es algo más profundo: la apropiación privada de una productividad producida por el conocimiento social acumulado.

La resistencia que plantea Hart-Landsberg debe entenderse, por lo tanto, como una disputa por la propiedad, el control y la orientación social de la tecnología.

La pregunta fundamental no es "¿qué hará la IA con nosotros?", sino "¿quién controlará la IA y quién se apropiará de la riqueza que produzca?"

Sobre el posibilismo: Un pragmatismo sin resultados

El artículo de Samuel Farber en Nueva Sociedad es especialmente interesante porque cuestiona una lectura muy instalada de Max Weber: la oposición entre «ética de la responsabilidad» y «ética de la convicción» como si la primera representara el realismo político y la segunda una política revolucionaria necesariamente irracional.

Farber sostiene que esa dicotomía no alcanza para comprender la política revolucionaria marxista. Weber construyó su crítica desde una posición de liberalismo moderado, nacionalismo alemán y defensa del Estado, y tendió a juzgar de manera mucho más severa la violencia cuando provenía de movimientos socialistas que cuando respondía a objetivos nacionales alemanes.

El punto más fuerte del artículo aparece en el análisis de Brest-Litovsk. Allí Farber muestra que los bolcheviques no actuaron simplemente movidos por una «ética de la convicción». Lenin, Trotski y Bujarin discutieron alternativas diferentes considerando la correlación de fuerzas, la situación militar, las posibilidades de revolución internacional y la supervivencia del poder soviético.

Es decir, la política transformadora también puede ser profundamente estratégica, racional y pragmática, sin abandonar por ello determinados principios.

La crítica de Farber adquiere una dimensión de clase particularmente relevante. Weber defendía el sindicalismo y consideraba legítima la lucha de clases reformista dentro del capitalismo democrático, pero rechazaba la ruptura revolucionaria con el orden existente.

Por eso, la «responsabilidad» weberiana no aparece como una categoría políticamente neutral. En la práctica puede terminar identificándose con la administración responsable del orden social existente, en otras palabras aceptar el campo de los posible sin intentar modificarlo, un dispositivo ideológico que asume la forma de "pragmatismo".

Y aquí está el núcleo político del texto: La responsabilidad no es necesariamente neutral respecto del poder.

Un dirigente puede ser «responsable» porque calcula las consecuencias de sus decisiones, pero también porque acepta como inmodificables las relaciones de fuerza existentes. La política popular democrática, en cambio, intenta transformar esas relaciones de fuerza.

Esta discusión permite recuperar una cuestión que suele desaparecer cuando Weber es convertido en una suerte de árbitro universal de la política: ¿responsable ante quién?

La responsabilidad de un gobierno que administra el capitalismo no tiene necesariamente el mismo contenido que la responsabilidad de una fuerza política que intenta modificar las relaciones de propiedad, distribución y poder.

Desde esta perspectiva, el concepto de responsabilidad puede funcionar ideológicamente como un mecanismo de naturalización del statu quo: realismo → moderación → compromiso → gobernabilidad → preservación del orden existente.

Frente a esto, Farber propone recuperar la racionalidad estratégica del marxismo : analizar condiciones objetivas, correlaciones de fuerzas, organización, tiempos políticos y posibilidades concretas sin convertir los principios en dogmas abstractos.

Una clave para pensar la política contemporánea

El texto resulta particularmente útil para analizar la política actual porque permite distinguir entre realismo político y adaptación política. No todo compromiso es necesariamente una traición a los principios. Pero tampoco todo compromiso es necesariamente «responsable». La cuestión decisiva es qué relación de fuerzas expresa, qué intereses sociales preserva y qué capacidad futura de acción construye o destruye.

Farber lo lleva incluso más lejos: cuando el compromiso se transforma en una filosofía permanente de gobierno, puede terminar asociado a la burocratización y a la reproducción de quienes administran el poder.

La conclusión política sería entonces contundente: la verdadera alternativa no es entre «responsabilidad» y «convicción», sino entre una política que administra relaciones de fuerza dadas y otra que intenta modificarlas conscientemente.

Este es probablemente el aspecto más fértil del artículo: la política responsable no debe definirse por su distancia respecto de la transformación social, sino por su capacidad de comprender la realidad material, identificar intereses sociales concretos y actuar sobre la correlación de fuerzas para modificarla. Lo hemos vivido recientemente cuando la responsabilidad se mimetizo en pragmatismo sin resultados y nos regaló esta agradable circunstancia por la que estamos atravezando.

Productividad a cualquier precio o «que parezca un accidente»

Apenas días después de la muerte de dos trabajadores en Vaca Muerta, el nuevo acuerdo de productividad entre el sindicato petrolero y las empresas vuelve a poner en el centro una contradicción decisiva: cuando el salario premia la reducción de los tiempos de operación, la seguridad puede quedar subordinada a la presión por producir más y más rápido. En una actividad de alto riesgo, los cuerpos de los trabajadores no pueden convertirse en la variable de ajuste de la productividad. Los dos operarios muertos recuerdan brutalmente cuál puede ser el costo humano de esa lógica.

Lo que hay que saber en La Argentina! … y la red secreta de la derecha regional: De la desinformación en Miami al poder real en Washington

El caso del empresario argentino Fernando Cerimedo expone una compleja infraestructura transnacional que conecta campañas electorales, plataformas digitales de desinformación y cabildeo de alto nivel entre América Latina y Estados Unidos.

Base de operaciones en Florida: En mayo de 2023, Cerimedo creó en Miami la empresa NUMEN Advisors LLC, estableciendo un centro corporativo estratégico durante la campaña presidencial argentina.

El puente con Washington: Mediante un contrato con Damián Merlo (firma Latin America Advisory Group), registrado bajo la ley FARA, la red gestionó la proyección de Javier Milei en EE. UU., incluyendo la coordinación de su entrevista con Tucker Carlson y contactos clave en el Congreso y medios estadounidenses.

Acceso político e institucional: La estructura aprovechó la red de Merlo en el sur de Florida con figuras republicanas como Marco Rubio, María Elvira Salazar y Mario Díaz-Balart. Registros de FARA revelan reuniones presenciales con altos funcionarios del Departamento de Estado y del Departamento de Defensa.

Estrategia y expansión mediática: Con plataformas como La Derecha Diario y UHN Plus, la red ha participado en la estrategia digital y campañas de desinformación de diversos procesos regionales (Jair Bolsonaro en Brasil, el Rechazo en Chile, entre otros).

Miami no actúa como un mero domicilio comercial, sino como el nodo central y retaguardia desde donde se articulan las operaciones mediáticas y el lobbying de la nueva derecha en la región.

Elecciones 2027: ¿Quién elige a quién?

El caso Cerimedo expone una dimensión cada vez más relevante de la disputa política argentina: la capacidad de actores privados para intervenir sobre la formación de la opinión pública mediante dinero, datos, algoritmos, redes sociales y operaciones de inteligencia. La manipulación electoral ya no necesita alterar una urna; puede comenzar mucho antes, condicionando qué información reciben los ciudadanos, qué adversarios son construidos como enemigos y qué temas dominan la agenda pública.

Desde esta perspectiva, los llamados “sótanos de la democracia” adquieren una nueva dimensión. Las estructuras tradicionales de inteligencia y operaciones políticas pueden articularse con empresas tecnológicas, consultores electorales y capitales privados, creando una verdadera infraestructura de ingeniería de la opinión. El interrogante para 2027 no es solamente quién ganará las elecciones, sino quién posee los recursos económicos y tecnológicos para intervenir sobre las condiciones en las que millones de argentinos forman su voluntad política.

La disputa electoral de 2027 podría librarse mucho antes de las urnas: dinero, datos, algoritmos y redes de operaciones pueden convertirse en instrumentos de poder capaces de condicionar la voluntad popular. El caso Cerimedo, analizado por Emilia Trabucco, obliga así a discutir un problema institucional mayor: la privatización de capacidades de manipulación política que históricamente estuvieron concentradas en aparatos estatales. En una democracia formalmente libre, la cuestión decisiva pasa a ser quién controla el espacio informacional donde se construye el consentimiento popular.

Cuando la seguridad de las élites se convierte en negocio

El caso de Lionel Messi, Taylor Swift, Kanye West y otras celebridades protegidas por exintegrantes de los servicios de seguridad e inteligencia israelíes revela un fenómeno que excede ampliamente al mundo del espectáculo: la privatización global de capacidades desarrolladas originalmente por los Estados.

Exmilitares y exagentes de unidades especiales israelíes trasladan al mercado privado conocimientos adquiridos en estructuras militares y de inteligencia. La seguridad deja así de ser exclusivamente una función estatal para convertirse en una mercancía de lujo destinada, fundamentalmente, a quienes pueden pagarla.

Desde una perspectiva de clase, el fenómeno resulta particularmente significativo. Mientras la seguridad social y económica se debilita para amplios sectores de la población, las grandes fortunas pueden acceder a dispositivos personalizados de protección, vigilancia e inteligencia. La desigualdad también se expresa en quién puede comprar seguridad y qué tipo de seguridad puede comprar.

El caso israelí muestra, además, cómo la experiencia militar puede transformarse en capital económico y simbólico: la reputación adquirida en operaciones de inteligencia y contraterrorismo se convierte posteriormente en una marca comercial dentro de la industria privada de seguridad.

La cuestión central, entonces, no es la nacionalidad de los guardaespaldas, sino el proceso mediante el cual capacidades estatales de inteligencia, vigilancia y protección son privatizadas y comercializadas globalmente.

La secuencia es clara: Estado, inteligencia, experiencia militar, privatización y mercado.

La seguridad de las celebridades constituye apenas la superficie de un fenómeno mucho mayor: la construcción de una industria transnacional destinada a proteger a las élites económicas y culturales. La guerra produce capacidades; el mercado las convierte en mercancías; y las desigualdades sociales determinan quién puede acceder a ellas.

¿Hacia una guerra abierta? La peligrosa escalada entre Israel y Turquía tras la caída de Assad

La reconfiguración del mapa político en Siria ha transformado la histórica rivalidad diplomática entre Ankara y Tel Aviv en un choque militar inminente. Analistas internacionales advierten que la falta de mediación de Washington podría encender la mecha de un conflicto regional sin precedentes. En la apertura dialpoga con Glenn Diesen el embajador Chas Freeman que fue ex subsecretario de Defensa y recibió los más altos galardones al servicio público del Departamento de Defensa por su papel en el diseño de un sistema de seguridad europeo posterior a la Guerra Fría centrado en la OTAN y en el restablecimiento de las relaciones militares y de defensa con China. Se desempeñó como embajador de Estados Unidos en Arabia Saudita durante las operaciones Escudo del Desierto y Tormenta del Desierto.

Cenizas de mi corazón

La crisis política de Estados Unidos tiene una dimensión que suele quedar oculta detrás de las encuestas, las elecciones y la disputa entre demócratas y republicanos: la progresiva destrucción de los vínculos colectivos que alguna vez articularon a la sociedad norteamericana.

El debate que recupera Jacobin a partir de las posiciones de Chris Murphy y Jerusalem Demsas coloca el problema en el centro: ¿la creciente soledad, el aislamiento y la pérdida de participación comunitaria son simplemente consecuencia de decisiones individuales o expresan una transformación estructural de la sociedad?

Desde una perspectiva de clase, la segunda explicación resulta más consistente.

Durante décadas, el neoliberalismo convirtió cada dimensión de la vida social en una responsabilidad individual. El empleo dejó de ser una relación colectiva para transformarse en una competencia entre individuos; la vivienda, la educación y la salud fueron progresivamente sometidas a la lógica mercantil; los sindicatos perdieron capacidad de organización y las comunidades obreras se fragmentaron.

El resultado no fue solamente mayor desigualdad económica. Fue también mayor aislamiento social.

El individuo neoliberal debe resolver individualmente aquello que antes encontraba, al menos parcialmente, en instituciones colectivas: trabajo, representación, seguridad, pertenencia y solidaridad.

Por eso resulta contradictorio que una parte del liberalismo estadounidense pretenda responder a la crisis de la comunidad reivindicando todavía más autonomía individual. El problema no es que los individuos hayan adquirido demasiada libertad, sino que han perdido buena parte de las estructuras sociales que permitían convertir esa libertad formal en una experiencia colectiva.

Aquí aparece una cuestión política decisiva.

El debilitamiento de la organización obrera dejó un vacío que la derecha comprendió mejor que el liberalismo. Allí donde desaparecieron sindicatos, asociaciones, clubes, instituciones comunitarias y formas de sociabilidad popular, la extrema derecha comenzó a ofrecer otra cosa: identidad, pertenencia, nación, autoridad y una explicación sencilla para frustraciones producidas por transformaciones económicas mucho más profundas.

No reconstruye necesariamente la solidaridad de clase. Pero ofrece una comunidad imaginaria allí donde el neoliberalismo produjo aislamiento real.

La experiencia histórica del New Deal muestra que existió otra posibilidad. Los grandes programas públicos estadounidenses no fueron solamente mecanismos de transferencia de ingresos. También crearon trabajo, instituciones, vínculos y una experiencia material de pertenencia a un proyecto colectivo.

Ese es precisamente el punto que debería recuperar una izquierda contemporánea.

No alcanza con defender derechos individuales ni con construir campañas electorales más eficaces. La reconstrucción de una política de clase exige reconstruir las condiciones materiales de la solidaridad.

Trabajo estable. Sindicatos fuertes. Servicios públicos. Vivienda accesible. Espacios comunitarios. Organización territorial. Tiempo social. Instituciones capaces de producir experiencias colectivas.

La disputa política, entonces, no es simplemente entre liberalismo y conservadurismo. Es también entre una sociedad organizada alrededor del individuo aislado y otra capaz de reconstruir sujetos colectivos.

La paradoja del liberalismo contemporáneo es que pretende defender al individuo mientras acepta las condiciones económicas que lo dejan cada vez más solo.

Y allí reside una de las claves de la crisis democrática estadounidense: cuando la sociedad pierde sus organizaciones colectivas, la libertad individual puede sobrevivir como principio jurídico, pero comienza a desaparecer como experiencia social.

La cuestión de fondo no es cómo convencer mejor al individuo aislado.

Es cómo volver a organizarlo colectivamente porque el liberalismo no puede reconstruir la sociedad que ayudó a destruir.

Recuerdos del futuro

A partir de una célebre portada de la revista Extra de 1972, este análisis aborda nuevamente cómo la proscripción de liderazgos con representación popular masiva desestabiliza a los regímenes políticos. Entre el recuerdo de 1955-1973 y el escenario contemporáneo sobre Cristina Kirchner, una reflexión sobre la brecha entre la legalidad electoral y la legitimidad política.

Contradicciones en el seno del pueblo

Trump y Mark Carney no representan dos potencias equivalentes, sino dos formas distintas de poder imperial dentro del capitalismo norteamericano.

El conflicto actual permite leerlo así. Trump expresa una lógica imperialista unilateral, basada en el tamaño del mercado estadounidense, los aranceles, la presión financiera y el control de recursos estratégicos. Carney, en cambio, intenta defender el margen de autonomía de una potencia colonial secundaria, Canadá, que históricamente formó parte del Imperio británico y que construyó buena parte de su poder sobre la expansión territorial y la subordinación de los pueblos indígenas. La propia historiografía canadiense reconoce esa trayectoria colonial.

La paradoja es interesante: Carney puede aparecer hoy como defensor de la soberanía canadiense frente a Washington sin que eso convierta a Canadá en una potencia anticolonial. Canadá es simultáneamente objeto de presión imperial estadounidense y heredero de una estructura colonial propia.

Eso se vuelve particularmente visible con los recursos naturales. La disputa Trump-Carney no gira solamente alrededor de aranceles: también involucra minerales críticos, energía, industria y cadenas de suministro. Washington busca profundizar su capacidad de apropiación de recursos estratégicos canadienses, mientras Ottawa intenta conservar el control sobre ellos. Las negociaciones recientes incluso chocaron con demandas estadounidenses relacionadas con minerales críticos.

Y el momento actual es especialmente significativo: Estados Unidos acaba de imponer aranceles del 50% sobre unos US$20.000 millones de productos canadienses, mientras Carney anunció una respuesta equivalente.

Trump y Carney no disputan entre capitalismo y anticapitalismo: disputan quién controla, organiza y apropia el excedente de América del Norte.

Trump representa el intento de la burguesía estadounidense de reconcentrar la renta y el poder continental alrededor de Washington. Carney representa a las fracciones dominantes canadienses que necesitan preservar su autonomía para seguir apropiándose de los recursos y de la renta nacional sin quedar absorbidas por el capital estadounidense.

Por eso, “dos potencias coloniales” es una hipótesis potente, siempre que no se pierda la asimetría: Estados Unidos es la potencia imperial dominante; Canadá es una potencia capitalista de segundo orden con una historia colonial propia y actualmente sometida a una presión imperial estadounidense creciente.

Trump quiere que Canadá sea periferia de Estados Unidos; Carney quiere que Canadá siga siendo una potencia capitalista autónoma.

Y ahí aparece una cuestión latinoamericana de fondo: ninguno de los dos proyectos cuestiona el patrón de apropiación imperial de recursos; la disputa es quién ocupa el lugar dominante en la cadena de valorización norteamericana.

Huele a azufre

El artículo plantea una cuestión de fondo: ¿por qué las sociedades contemporáneas parecen capaces de producir guerras, militarización y enormes desplazamientos de recursos, pero no procesos revolucionarios comparables a los del siglo XX?

La pregunta es particularmente fértil si se la lee desde una perspectiva de clase. La tradición marxista había pensado la guerra y la revolución como fenómenos estrechamente relacionados. La Primera Guerra Mundial, por ejemplo, creó las condiciones para la Revolución Rusa; la guerra española, la Revolución China, Vietnam y Cuba muestran distintas formas de articulación entre crisis militar, crisis estatal y movilización social. La propia Jacobin ha señalado que desde 1917 la revolución quedó profundamente marcada por la militarización de la política.

Pero hoy la relación parece haberse invertido. La guerra no está abriendo necesariamente el camino a la revolución: está funcionando como mecanismo de disciplinamiento social y de recomposición del poder. La destrucción, el endeudamiento público, el gasto militar y la emergencia permanente permiten transferir recursos hacia los grandes complejos industriales, financieros y tecnológicos, mientras las clases populares absorben el costo mediante inflación, precarización y deterioro de las condiciones de vida.

Ahí aparece la contradicción central. El capitalismo atraviesa crisis que objetivamente producen condiciones de descontento, pero la existencia de una crisis capitalista no produce automáticamente conciencia de clase ni capacidad revolucionaria. La clase trabajadora puede sufrir una intensificación de la explotación y, simultáneamente, experimentar fragmentación política, individualización y pérdida de organización colectiva. Un texto de Jacobin sobre la situación del proletariado llega precisamente a esta conclusión: el problema contemporáneo no puede reducirse simplemente a una «crisis de dirección», porque existe una crisis más profunda de constitución del propio sujeto proletario.

Desde esta perspectiva, la pregunta «¿por qué la guerra y no la revolución?» puede reformularse así: ¿qué ha cambiado en la relación de fuerzas entre capital y trabajo para que la crisis del capitalismo produzca más fácilmente guerra que transformación social?

La respuesta está, en buena medida, en la enorme capacidad contemporánea del capital para administrar la crisis. La guerra moviliza al Estado, pero no necesariamente contra el capital: puede ponerlo a su servicio. Tecnología, energía, infraestructura, inteligencia artificial, industria militar y finanzas convergen en un nuevo circuito de acumulación. Al mismo tiempo, la amenaza externa permite construir consenso, neutralizar conflictos internos y presentar como «interés nacional» decisiones que tienen beneficiarios de clase perfectamente identificables.

Por eso, el problema de la izquierda no consiste solamente en esperar que una nueva crisis produzca espontáneamente una revolución. La experiencia histórica demuestra que las crisis pueden desembocar tanto en procesos emancipatorios como en autoritarismo, fascismo o guerra. Incluso la Revolución Rusa no fue resultado de una supuesta «ley histórica»: la guerra sincronizó una crisis campesina, una crisis obrera y la descomposición del ejército, pero el desenlace dependió de la intervención política organizada.

La paradoja de nuestro tiempo es entonces que el capitalismo parece haber recuperado una extraordinaria capacidad para transformar sus contradicciones en instrumentos de dominación. La guerra aparece como una salida sistémica; la revolución, en cambio, requiere reconstruir previamente aquello que el neoliberalismo fragmentó: organización, solidaridad, conciencia de clase y capacidad colectiva de disputar el poder.

En ese sentido, la pregunta del artículo no debería llevarnos a abandonar la idea de revolución, sino a formular una cuestión más incómoda: ¿qué tipo de sujeto político y de organización de clase puede transformar la crisis permanente del capitalismo en una crisis de su poder? Ese es probablemente el verdadero problema estratégico de la izquierda del siglo XXI.

En la apertura el discuso en buena medida anticipatorio de Hugo Chávez Frías hace dos décadas en la ONU acerca de la pretensión de sostenimiento de la hegemonía norteamericana y su impacto en la región.

El auge del «complejo industrial del sarampión» y la deriva antivacunas de la derecha

Un análisis de Paul Krugman sobre las consecuencias del reciente decreto de Donald Trump orientado a reducir las vacunas infantiles recomendadas en EE. UU., enmarcado en el crecimiento del escepticismo médico dentro del movimiento MAGA y la extrema derecha.

Puntos centrales:

Políticas de salud en retroceso: Basándose en la teoría desmentida sobre el vínculo entre vacunas y autismo, la medida de la administración estadounidense reduce la cobertura preventiva de enfermedades como el sarampión, las paperas y la rubéola, impulsando el peor brote de casos de sarampión en las últimas décadas.

La paradoja del autismo: Mientras se atacan las vacunas sin base científica, la ciencia ha documentado una fuerte correlación entre el trastorno del espectro autista y la exposición a la contaminación atmosférica (combustibles fósiles), una agenda que el sector conservador desregula activamente.

Una brecha puramente partidista: Datos de encuestas como Gallup revelan que el rechazo a la efectividad y seguridad de la vacunación infantil no es un fenómeno generalizado, sino concentrado casi exclusivamente entre los votantes y simpatizantes republicanos.

El negocio de la desinformación: Detrás del discurso antivacunas existe un "complejo industrial" muy lucrativo: un ecosistema mediático de derecha alimentado por la venta de remedios milagrosos, suplementos sin evidencia y charlatanería médica que lucra cuestionando la ciencia tradicional.

La herencia de la pandemia: La reacción contra la acción colectiva durante el COVID-19 derivó en un movimiento antiintelectual y conspirativo generalizado que hoy amenaza los logros históricos de la medicina pública.

PD: Todo tiene ,obviamente, su réplica berreta en La Argentina de Milei y su banda.

No se puede hacer más lento

El texto de Esteban Schmidt es una pieza de opinión de alto voltaje, bien escrita y con una voz propia. Tiene el tono de alguien que conoce el oficio mediático desde adentro y que no se deja seducir por el "storytelling" de resiliencia y meritocracia que Hadad viene construyendo.

La tesis central —que Hadad es un simulador profesional, un jugador galáctico del periodismo como herramienta de poder y no como servicio público, y que ahora prueba el agua presidencial— está clara y se sostiene.

En fin que como señalara el gran Rene Lavand, frente a un público que (¡ay!) jamás descubría sus triquiñelas (?) : "No se puede hacer más lento"

El poder político y el capital tecnológico se confunden

El artículo de Bruno Sgarzini pone el foco en un caso especialmente revelador de la relación entre poder político, capital tecnológico y Estado: Trump compró acciones de Palantir y posteriormente salió públicamente a defender la cotización de la empresa. Los registros muestran compras por cientos de miles de dólares durante el primer trimestre de 2026, mientras Palantir se beneficiaba de contratos multimillonarios con el gobierno estadounidense.

El punto político de fondo es más importante que la operación bursátil: la administración Trump aparece como un espacio donde se entrecruzan decisiones estatales, intereses empresariales y valorización financiera. Palantir, fundada con financiamiento de la CIA y estrechamente vinculada al aparato de seguridad estadounidense, se convirtió en un proveedor estratégico de software para vigilancia, inmigración y defensa.

Trump no sólo gobierna: también invierte en empresas que se benefician de las políticas de su propia administración. El caso Palantir expone la creciente fusión entre Estado, capital tecnológico y complejo militar-securitario estadounidense, donde los contratos públicos alimentan las ganancias privadas y las decisiones del poder político pueden impactar directamente sobre la valorización financiera de las corporaciones.

La inflación pospandemia no fue un accidente: fue una salida capitalista a la crisis

En la cuarta parte de su serie sobre la inflación, el economista marxista Michael Roberts sostiene que el aumento persistente de los precios desde 2020 no fue producto del exceso de consumo ni de los salarios, sino de la recomposición de la rentabilidad del capital tras la pandemia. La inflación actuó como un mecanismo de transferencia de ingresos desde el trabajo hacia las empresas, mientras los bancos centrales respondieron castigando el empleo con tasas de interés más altas. Desde 2020 la Reserva Federal de Estados Unidos fijó un objetivo de inflación del 2%, pero la realidad fue muy distinta: los precios crecieron cerca del 4% anual y quedaron aproximadamente un 13% por encima de la tendencia previa a la pandemia. Para Roberts, este desvío representa un fracaso de la teoría económica dominante y de las políticas monetarias que prometían estabilidad de precios mediante el control de la demanda.

La rentabilidad antes que los salarios

El núcleo del argumento invierte la explicación convencional. La inflación no surgió porque los trabajadores consumieran demasiado o porque los salarios impulsaran una espiral de precios. Ocurrió porque, tras el colapso de 2020, las empresas enfrentaron un aumento extraordinario de costos —energía, transporte, insumos y cadenas logísticas— y trasladaron esos incrementos a los precios para preservar sus márgenes de ganancia.
Roberts recupera una tesis clásica de la economía política marxista: cuando el capital encuentra dificultades para sostener la rentabilidad mediante la producción, utiliza el sistema de precios para redistribuir ingresos a su favor. La inflación funciona entonces como un impuesto regresivo que erosiona el salario real sin necesidad de una reducción nominal de los sueldos.

El papel de los bancos centrales

La respuesta de la Reserva Federal y de otros bancos centrales consistió en elevar agresivamente las tasas de interés. El objetivo explícito era enfriar la economía reduciendo inversión, consumo y empleo hasta contener la inflación. Sin embargo, Roberts sostiene que esta estrategia combate los efectos y no las causas: si la inflación proviene de problemas estructurales de oferta y de la búsqueda de rentabilidad empresarial, encarecer el crédito sólo debilita a los trabajadores y frena la actividad económica.

La paradoja es evidente: mientras las ganancias corporativas se recuperaban, millones de hogares financiaban su consumo mediante deuda para compensar la pérdida de poder adquisitivo. La estabilización monetaria terminó descansando sobre un deterioro de las condiciones de vida populares.

Una lección para la Argentina

Aunque el análisis se centra en Estados Unidos, sus conclusiones dialogan con la experiencia argentina. Aquí también la inflación suele presentarse como consecuencia del exceso de gasto o de los salarios, cuando en realidad convive con mercados altamente concentrados, rentas extraordinarias y una creciente financiarización del consumo.
La deuda familiar, la morosidad y la caída del salario real no son fenómenos separados de la inflación: forman parte del mismo proceso de redistribución regresiva del ingreso. La estabilidad de los balances empresariales se consigue, cada vez más, a costa de hogares obligados a endeudarse para sostener niveles mínimos de consumo.

Como concluye Roberts, la inflación pospandemia no inauguró un nuevo equilibrio económico: reveló que el capitalismo contemporáneo utiliza la inflación y luego el ajuste monetario como dos momentos de una misma estrategia para restaurar la rentabilidad del capital

Trelew

A 54 años de la Masacre de Trelew, el fusilamiento de 16 militantes políticos permanece como uno de los antecedentes decisivos del terrorismo de Estado argentino. La entrega bajo custodia, el asesinato y la posterior desaparición de los tres sobrevivientes revelan la continuidad de una política represiva que Trelew anticipó y la dictadura de 1976 llevó a escala nacional.

Pero a veces, no siempre, la justicia llega

Una lectura imprescindible para entender nuestros orígenes, dice Roberto Baschetti en su reseña del libro “Orígenes. Las raíces de nuestra militancia” que acaba de publicar Mario Firmenich, en el que repasa los hechos y los nombres que conforman la columna vertebral de la corriente nacional, popular y revolucionaria en la Argentina.

Guillermo Gallo Mendoza: el desafío de disputar la tierra, la renta y el poder

Gallo Mendoza representa una tradición político-intelectual argentina hoy particularmente necesaria: la del técnico que no separa conocimiento, estructura económica y transformación social. Su trayectoria —ingeniero agrónomo, investigador, docente, planificador y militante— estuvo atravesada por una preocupación central: quién controla los recursos estratégicos y para qué proyecto de país se los utiliza.

Hay un punto especialmente significativo: su estudio de 1964 sobre la tenencia de la tierra. Allí identificó que las políticas de crédito, semillas o comercialización podían aliviar problemas del sector agropecuario, pero no resolvían la cuestión fundamental: la estructura de propiedad de la tierra.

Ese planteo conserva una extraordinaria actualidad. La cuestión agraria argentina no puede reducirse a productividad, exportaciones o incorporación tecnológica. Detrás de esas variables existe una relación de poder: quién posee la tierra, quién controla los recursos naturales, quién captura la renta y quién decide el destino de la producción.

Por eso resulta muy acertada la comparación que hace el homenaje con Bialet Massé. Si Bialet Massé había recorrido el país para mostrar las condiciones materiales de las clases trabajadoras, Gallo Mendoza estudió cómo estaba distribuida la propiedad territorial. Ambos hicieron algo políticamente incómodo: obligaron al Estado a observar las relaciones de desigualdad que sus propias estructuras reproducían.

Y hay una segunda dimensión que vuelve especialmente contemporáneo su pensamiento. En 2013, bajo el seudónimo de Juan José Castelli, cuestionó la Ley de Tierras Rurales por considerar insuficiente la protección frente a la extranjerización y reclamó una política mucho más firme sobre tierras ubicadas en áreas estratégicas y de seguridad.

En el contexto actual, donde vuelven a adquirir centralidad la disputa por la tierra, los recursos naturales, la minería, los hidrocarburos, el agua y el territorio, Gallo Mendoza reaparece menos como una figura del pasado que como una caja de herramientas para interpretar el presente.

Su legado podría sintetizarse en una idea: el conocimiento no tiene sentido si no sirve para disputar el destino de la sociedad. Por eso la memoria de Gallo Mendoza no debería quedar confinada al homenaje. Su obra exige ser recuperada para discutir nuevamente qué modelo productivo, territorial y social necesita la Argentina.

En definitiva, despedir a Guillermo Gallo Mendoza es también preguntarse qué proyecto de país fue abandonado y qué relaciones de poder habría que volver a cuestionar para recuperarlo.

Cuando la deuda de los hogares se convierte en negocio

El endeudamiento creciente de las familias no es un problema de irresponsabilidad individual. Es el modo en que un modelo económico convierte la pérdida de ingresos reales en una cadena de deudas de supervivencia.
Cuando la morosidad se vuelve una amenaza sistémica, la respuesta no libera a los hogares: refinancia, alarga plazos y vuelve a endeudar al deudor. El objetivo no es desendeudar a las familias, sino asegurar que los acreedores cobren y que el circuito de la renta financiera no se interrumpa. El rescate, como siempre, tiene destinatario preciso cuyoas intereses defiende el gobierno y parte de la oposición: El sector financiero. Se nota mucho.

Endeudamiento y mora en familias. Informe CEPA

⬛La Trampa Invisible: Por qué tu deuda no es un fracaso personal, sino un efecto del sistema ¿Alguna vez sentiste culpa al mirar el resumen de tu tarjeta de crédito o el saldo de esa aplicación de microcréditos? En una sociedad obsesionada con el éxito y la meritocracia, la narrativa oficial es implacable: si estás endeudado, es por tu mala cabeza. Nos repiten que nos falta "educación financiera", que gastamos en lo que no debemos o que simplemente no sabemos ahorrar. Pero, ¿y si te dijera que el endeudamiento de los hogares es, en realidad, una herramienta de diseño del sistema económico? Bienvenidos a la era de la responsabilización individual: el fenómeno perverso donde las fallas estructurales de la economía se disfrazan de errores morales de los ciudadanos.
🟩De los derechos sociales al "derecho" a endeudarse: Hace unas décadas, el acceso a una vivienda digna, a una salud de calidad o a la educación superior se entendían como derechos o servicios públicos garantizados. Hoy, ante el retroceso del Estado y la privatización de la vida, esos derechos se han convertido en mercados.Como los salarios reales llevan años estancados frente al costo de vida, la brecha no se cierra con ingresos: se cierra con deuda.
⬛Financiar la supervivencia: No nos endeudamos para irnos de vacaciones al Caribe. Hoy, más del 60% de los hogares que piden un crédito lo hacen para comprar comida, pagar medicamentos o cubrir el aumento del alquiler.
🟩El salario ya no alcanza: La deuda se ha transformado en el sustituto invisible del salario que el mercado no te quiere pagar.
⬛La culpa como mecanismo de control: El mito del "derrochador" El sistema económico necesita que sientas culpa. ¿Por qué? Porque un ciudadano culpable es un ciudadano dócil. Si creés que tu crisis económica es solo culpa tuya por haber comprado un café de más en la semana, no vas a salir a la calle a exigir salarios dignos ni leyes que regulen los alquileres.La culpa despolitiza el problema. Convierte una crisis macroeconómica en un drama silencioso que se sufre puertas adentro, destruyendo la salud mental a fuerza de ansiedad, insomnio y vergüenza.
🟩Desarmando el relato oficial: Para entender cómo opera esta manipulación, es necesario confrontar los tres grandes mitos que el manual del "buen consumidor" nos repite a diario: Mito 1: "Te falta educación financiera y aprender a armar un presupuesto."La realidad: Ningún presupuesto resiste cuando los precios de los alimentos, las tarifas y los servicios esenciales suben el doble de rápido que tus ingresos mensuales. Mito 2: "Vivís por encima de tus posibilidades."La realidad: Las "posibilidades" actuales que ofrece el mercado laboral ni siquiera llegan a cubrir el costo real de una canasta básica total para una familia. Mito 3: "Nadie te obligó a aceptar las tasas de esa tarjeta o aplicación."La realidad: Ante una emergencia médica o la necesidad de llegar a fin de mes, las aplicaciones financieras con intereses usureros no son una elección libre, son la única opción de supervivencia instantánea frente a la exclusión de los bancos tradicionales.
⬛Hacia una salida colectiva: El primer paso para desarmar esta trampa es perder la vergüenza. Entender que tu deuda no es un defecto de tu carácter, sino el resultado lógico de un sistema que transfiere la riqueza hacia arriba y los riesgos hacia abajo. Para cambiar las reglas del juego, necesitamos dejar de mirar el problema a través del lente del esfuerzo individual. La solución no es un taller de ahorro extremo; es la regulación de las tasas de interés usureras, el acceso justo a la vivienda y la recomposición de los salarios. Tu deuda es un problema político, no un pecado personal. En la publicación el Informe CEPA sobre endeudamiento familiar de agosto de 2026.