La continuidad del poder detrás de la polarización

El artículo de Pablo Pozzi en Tektónikos plantea una tesis central: aunque Donald Trump y los republicanos sufran una derrota en las elecciones legislativas del 3 de noviembre de 2026, eso no garantiza un cambio sustancial en la orientación política de Estados Unidos.

La clave del análisis es que el trumpismo excede a Trump. Sus políticas encuentran respaldo en sectores concentrados del poder económico y en consensos bipartidistas que atraviesan a republicanos y demócratas.

El argumento más relevante es que la alternancia electoral no necesariamente modifica las relaciones de poder. Ambos partidos reciben financiamiento de grandes corporaciones y coinciden en cuestiones estratégicas, como el incremento del gasto militar y el apoyo a Israel, mientras amplios sectores sociales sienten que carecen de capacidad real para influir en las decisiones gubernamentales.

La crisis demócrata tampoco puede explicarse únicamente por la eficacia de Trump. Pesa su propio historial de rescates financieros, guerras, inflación y deterioro salarial. Esa pérdida de credibilidad abre espacio para candidaturas que intentan conectar la política con necesidades materiales concretas, como el control de alquileres y la reducción del costo de los alimentos.

La conclusión de Pozzi es contundente: una derrota electoral republicana podría limitar a Trump, pero difícilmente desmonte la estructura económica, política y militar que sostiene su proyecto. El desafío, por lo tanto, no consiste solamente en derrotar electoralmente a la derecha, sino en construir una alternativa capaz de disputar los intereses sociales que alimentan su hegemonía.

Aun si los republicanos perdieran, el statu quo político está muy arraigado en Estados Unidos.

Por Pablo Pozzi(*)

Las elecciones de medio término en Estados Unidos serán el 3 de noviembre y ya conocemos cuáles son las políticas de los republicanos liderados por Donald Trump. Pero, ¿qué va a cambiar si ganan los demócratas?, ¿cuál es la diferencia entre ambos partidos?, ¿qué propone el partido opositor?

Estarán en juego los 435 escaños de diputados (representantes) nacionales, 35 senadores (33 mandatos vencidos y dos reemplazos de Marco Rubio y J. D. Vance por haber asumido otras funciones junto a Trump), 39 gobernadores estaduales y territoriales, y cientos de legisladores, fiscales, jueces o alcaldes. Todos los analistas dan por sentado que Trump y el Partido Republicano van a perder estrepitosamente las elecciones, y por ende el control de las dos cámaras del Congreso. ¿No hemos visto esta película antes? Cansados de un gobierno cuyas políticas externas o internas no cumplen lo prometido, los votantes parecen estar al borde de expresar un enorme rechazo. De hecho, en el 90% de los casos, el partido del gobierno perdió las elecciones de medio término. En 90 años sólo Clinton y Bush hijo lograron ganarlas.

Hay dos razones detrás del pronóstico de los analistas. Una es la tendencia de todos los oficialismos a perder las elecciones parciales (denominadas midterm). Otra, que las encuestas dan un resultado de 12 puntos a favor de los demócratas nivel nacional, junto con poca gente que tiene una opinión favorable del gobierno, que oscila entre 35 y 40 por ciento.

Sin embargo, un pronóstico razonable es que Trump perderá, pero los demócratas no van a arrasar. La mayoría de las encuestas son cuestionables. El encuestador republicano Patrick Ruffini señala que esos sondeos en las últimas cuatro elecciones al Congreso han subvalorado el desempeño real de los republicanos por amplios márgenes. Asimismo, el analista Nate Silver explica que las encuestas han subestimado consistentemente el apoyo a los republicanos, como ha pasado en las últimas tres elecciones presidenciales. De hecho, en la última todos daban al ex presidente Joe Biden como ganador y minimizaron el impacto de la militancia y la movilización trumpista MAGA (Make America Great Again). Muchos encuestadores comentan que los votantes republicanos suelen desconfiar de las encuestas y de los medios.

Por otra parte, los republicanos están gastando dos dólares por cada uno que invierten los demócratas. Asimismo, considerando lo complicado de la situación económica estadounidense y los desatinos de la política exterior de Trump, retener casi 40% de opinión pública favorable es algo asombroso. Por último, muchos de los candidatos demócratas, que podrían resultar electos, están muy cercanos al trumpismo y han votado su legislación. La mayoría de las propuestas del actual mandatario al Congreso fueron aprobadas con votos de ambas bancadas.

Un sistema electoral complejo

El tema de las encuestas es complejo. En este caso una encuesta nacional nos dice relativamente poco. Por ejemplo, si hay elecciones en tres distritos y un partido gana por amplio margen en uno (digamos 60 a 40), pero pierden por estrecha diferencia en dos (digamos, 51 a 49), el resultado será que ese partido tiene amplia diferencia en cantidad de votantes, pero ha perdido en candidatos electos 2 a 1.

De acuerdo con Karl Rove, que fue el principal estratega político de la presidencia de Bush (hijo), la diferencia real en votos por distrito es más cercana a un dos por ciento en 37 de los distritos donde la disputa es cercana, o sea, es un empate técnico. Aún peor, según RealClearPolitics, más o menos 57% de los votantes no aprueban de Trump, pero más de 65% piensa que el país “se encamina en la dirección equivocada”. O sea, si bien un tercio piensa que las cosas están mal y va a estar peor, 43% aprueba al presidente que los encamina en esa dirección. Esto revela la desorientación del electorado. Quizás la razón de esto sea que las encuestas dan que 55% de los posibles votantes no aprueban al Partido Demócrata, y 58% desaprueban al Republicano.

Ninguno tiene una adhesión mayoritaria; es como que los votantes no quieren a ninguno de los dos. O sea, opinan que entre ambos partidos no hay una verdadera opción. De ahí que la cantidad de ciudadanos que no van a votar no hace más que crecer en medio siglo.

Cabe afirmar que, contra lo que se difunde, Estados Unidos es un país escasamente democrático. Dejemos de lado, que cada partido ganador reorganiza los distritos para facilitar sus triunfos. Por ejemplo, los republicanos reorganizaron muchos estados del sur, subsumiendo un distrito de mayoría afroamericana en dos o tres distritos de mayoría anglo, diluyendo el voto negro que, concebiblemente, favorece a los demócratas. Asimismo, dado que cada estado establece las reglas de quiénes y cuándo votan, ahí también los cambios son notables. En Florida, si una persona es detenida (no condenada) está inhabilitada. En algunos estados como Minnesota y Dakota del Sur, la elección comienza 46 días antes del 3 de noviembre, o sea ya comenzaron a votar hace varios días. En otros como Arkansas y Colorado, la elección comienza 15 días antes, mientras que en Luisiana son una semana antes. ¿Quién controla que no haya fraude esos días? Nadie.

Hay que sumar a esto que las elecciones se definen por la cantidad de fondos disponibles para la publicidad y el aparato electoral. Sólo en publicidad, los republicanos gastarán 1.630 millones de dólares en los dos meses previos a la elección. En el mismo período los demócratas gastarán 1.190 millones. En las elecciones de Texas los republicanos van a gastar 262,4 millones, comparados a los 76,9 millones de los demócratas. Pensemos que eso es, más o menos, mil dólares por votante sólo en la publicidad de dos meses. Debería ser evidente que ambos partidos obtienen apoyos de los sectores más ricos de la sociedad, en particular de las grandes corporaciones. Si las elecciones son un gran negocio, sólo la imaginación permite suponer qué pedirán los aportantes a cambio de sus dineros.

Un elemento notable es que Trump ha prometido un bono de cinco mil dólares a cada votante si gana las elecciones. Más allá de la manifiesta ilegalidad de esta promesa (ni en Estados Unidos se pueden comprar abiertamente los votos), es poco factible de llevarse a cabo. Dado que la población en edad de votar es, aproximadamente, 270 millones, esto agregaría 1,35 billones (o trillions en idioma inglés) de dólares al déficit nacional. Obvio que Trump no va a poner ese dinero de su bolsillo. También ha agregado 600 mil millones al presupuesto de defensa, lo cual lleva el déficit a 2,5 billones de dólares. El “bono” aumentaría ese déficit en 50%, y si ya hay problemas para pagar el existente, ni hablar si lo cumple. Sin embargo, lo que recogen comentaristas y encuestadores es que una cantidad importante de gente cree que si gana Trump va a recibir el bono.

¿Democracia?

Si se tomara en cuenta solo la situación socioeconómica, Trump y su partido deberían sufrir una derrota estrepitosa. Los demócratas están haciendo campaña prometiendo bajar los alquileres, los alimentos, el combustible y otras necesidades básicas. Sin embargo, parecería que muchos votantes no les creen. En realidad, el partido Demócrata está sufriendo los resultados de sus políticas en las presidencias de Obama y de Barack Biden: el salvataje a los bancos, no a los ciudadanos con hipotecas; las guerras comenzadas por ellos; el gasto deficitario cada vez mayor; la inflación y caída de los salarios. También sufren el hecho que muchos de sus diputados se han alineado con Trump, sobre todo en política exterior. Así, ambos partidos apoyan a Israel y el genocidio en Gaza, mientras que más de 60% del pueblo estadounidense está en contra. Ha sido muy exitosa la campaña que insiste con que Israel (en particular el American Israeli Political Action Commitee/AIPAC) ha comprado al Congreso y utiliza a Estados Unidos en función de sus intereses. Muchos norteamericanos sienten que la inflación se debe a la guerra de Irán que obedece a intereses israelíes. Como en tantas otras cuestiones, lo que registran encuestas y testimonios es que el votante medio siente que tiene escasa o nula incidencia en su gobierno. Dicho de otra manera: que no vive en una democracia. En esto, esa persona o no vota, o vota a cambio de un favor inmediato. Eso impacta duramente sobre la izquierda socialdemócrata (los Democratic Socialists of America,DSA) que se cobijan en el partido Demócrata. Tanto Bernie Sanders como Alexandra Ocasio Cortez son, de lejos, los políticos más populares y confiables de Estados Unidos. Sin embargo, concitan poca adhesión al voto.

Aquí, dos cuestiones son importantes. Una es que tanto la elección de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York, y la candidatura del médico Abdul el Sayed como senador por Michigan, ambos musulmanes, parecerían demostrar que el racismo y macartismo están cediendo por lo menos en sus estados. Las encuestas dan un empate técnico entre Sayed y su adversario republicano, si bien este último ha hecho una campaña acusándolo de comunista y terrorista musulmán encubierto. Aunque pierda Sayed, haber logrado la adhesión de casi la mitad de los posibles votantes de Michigan revelan que puede haber cambios en ciernes. En el caso de Sayed, al igual que en el de Mamdani, su fuerza proviene de propuestas muy concretas en torno a control de alquileres, y supermercados municipales que impliquen una baja real en los precios de los alimentos. Aun así, son pocos estos candidatos: sobre 435 diputados, sólo seis pueden ser considerados como progresistas.

Lo más factible es que los demócratas obtengan un triunfo electoral que les permita ser mayoría en el Senado y la Cámara de Representantes, y posiblemente mejoren la cantidad de gobernadores que les responden. En la Cámara necesitan ganar cuatro nuevos diputados y otro tanto en senadores para obtener la mayoría en el Congreso. Todos los analistas esperan que esto sea lo que ocurra, y piensan que esto modificaría las políticas que lleva adelante Trump. No obstante, esto último es poco probable. No sólo porque muchas de las políticas trumpistas han gozado de un consenso en ambos partidos (por ejemplo, el apoyo acrítico a Israel o el aumento en el presupuesto militar), sino porque es evidente que amplios de sectores del poder económico más concentrado están comprometidos con estas políticas.

Más allá de eso, muchos de los candidatos demócratas podrían perfectamente estar en las boletas trumpistas. Por ejemplo, el diputado demócrata por Texas Vicente González se caracteriza por “trabajar con los republicanos”, y junto con los diputados Abigail Spanberger, Kyrsten Sinema, Kirsten Gillibrand y Loretta Sánchez formaron la Coalición Blue Dog, que si bien se define como “moderada” se caracteriza por votar con los republicanos. Otros demócratas similares son JoAnna Mendoza, quien sirvió en los Marines y la Armada durante 17 años, o Paige Cognetti, egresada de Harvard Business School y exasesora del Tesoro, o el diputado Amish Shah, que trabajó años con su contrincante republicano y pasó a la historia por proponer una ley prohibiendo la extirpación de las uñas de los gatos. Dicho de otra manera, las diferencias entre ambos partidos se han diluido hasta el punto de que hay una amplia mayoría que comparte la visión que encarna el trumpismo.

En el caso de que los republicanos fueran derrotados, “¿qué hacemos ahora?” Nadie parece saber con certeza qué harán los demócratas si ganan mayorías en ambas cámaras. Las mayorías demócratas podrían intentar limitar el poder de Trump para establecer aranceles, pero no podrán cambiar las leyes comerciales subyacentes y deberán acudir a la Justicia para decidir revocar la decisión presidencial, como ya lo han hecho en algunos casos. Los demócratas también podrían intentar poner fin a las operaciones militares erráticas de Estados Unidos contra Irán o el apoyo a Ucrania. Suponiendo que quisieran hacerlo, cosa que hasta ahora no ha ocurrido, lo más factible es que no puedan hacerlo. Bush pudo aumentar las tropas en Irak, a pesar de la oposición mayoritaria tras las victorias demócratas en las elecciones de medio término de 2006.

En ese sentido, más allá del tamaño del triunfo demócrata, la realidad es que tenemos Trump para rato. Es poco probable que sus políticas vayan a cambiar como resultado de esta elección.

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* El autor es PhD en Historia, profesor titular plenario de Historia de los Estados Unidos, jubilado en 2019 de la Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Su último libro sobre el tema, escrito con Valeria Carbone, es ” ¿Neofascismo, tecnofascismo o teofascismo? Estados Unidos en la era MAGA”. Buenos Aires: Editorial Imago Mundi. (2026).

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