Durante dos años, las imágenes se han sucedido como en un videojuego que se ha ido de las manos, y hemos sido testigos del exterminio de una población que lucha con una fuerza irresistible, irrenunciable, pero sobre todo inevitable: no se puede hacer otra cosa más que intentar sobrevivir, porque ningún pueblo puede asimilar su propio exterminio.

Sin embargo, conviene ampliar el marco para tratar de tener una perspectiva razonablemente amplia, o al menos tratar de salir del impacto de la masacre, para entender lo que está pasando. En esa clave, quizá podemos empezar por recordar el papel de Palestina y del Estado de Israel no en relación con el conflicto por el territorio, que obviamente tiene su peso, sino en el conjunto del equilibrio de las relaciones de clase, lo que a nivel internacional se traduce en términos de explotación norte-sur y del reparto internacional del trabajo que articula esa relación. Esa región del mundo condensa la mayor y más estable producción de petróleo del mundo y tiene un pie en el mar Rojo, por el que pasa el grueso del tránsito internacional de mercancías.

Es obvio que las potencias que rigen la economía mundial no van a renunciar al control sobre una región con esta importancia; de facto, todo el equilibrio de la economía mundial lleva muchos siglos asentada sobre este hecho: las potencias occidentales controlan y gestionan, ya sea directa o indirectamente, la producción de materias primas que luego se convierten en productos y servicios elaborados. Más allá del pago, supuestamente debido al pueblo judío por el holocausto 1, lo que sustenta la posición del Estado israelí es su condición de punto de apoyo del mundo occidental en un elemento clave de la producción de riqueza y, sobre todo, del equilibrio de clases. El Estado israelí asume y desempeña con determinación esta función, porque entiende que es la única razón de su existencia como Estado ajeno a la población nativa y a las tradiciones, culturas y lenguas de la región.

Sin embargo, esta posición es cada vez más brutal. De salida, es una situación violenta por naturaleza, ya que se trata de un elemento del colonialismo, distinto a las colonias tradicionales y también a las fórmulas del neocolonialismo financiero y productivo, pero colonialismo en definitiva, que exige una dosis constante de fuerza sobre la región en la que se inserta. El factor que incrementa la presión es que el capital, como explica Daniel Albarracín 2, se encuentra en un largo periodo de atascamiento de la tasa de ganancia. Tras el impulso temporal que supuso el crecimiento en torno a los microchips y los avances productivos que esta tecnología produjo, el capital sigue buscando un factor que le permita salir de una productividad atascada desde hace décadas y, a falta de que la Inteligencia Artificial (IA) deje algún beneficio efectivo, no le quedan otras salidas que las que ha usado históricamente: el incremento de la presión sobre el trabajo y de los rendimientos de la extracción. Esto es, explotación y expropiación. El papel del Estado israelí es fundamental en la segunda, en tanto que desempeña el papel de policía regional que mantiene en orden las condiciones de extracción de petróleo y de tránsito de mercancías.

Que el capital se enfrente a tasas de ganancia estancadas no quiere decir que no genere beneficios, sino que sus beneficios son estables, esto es, que no logra aumentar la reproducción y, por lo tanto, no puede permitir una distribución creciente de los rendimientos: necesita retener los beneficios y buscar recursos en los que reinvertir mientras aumenta la explotación; de ahí que los conflictos se incrementen y que la derecha política, tanto en los escenarios nacionales como internacionales, aumente su agresividad. Por supuesto, esto no se da de forma automática: tiene un desarrollo político en el que las izquierdas internacionales han perdido la batalla política y carecen de la capacidad de liderar la respuesta ante los problemas de las clases populares. Que los rednecks estadounidenses y los barrios industriales en Europa apoyen a fuerzas de extrema derecha xenófoba no es un fenómeno natural, es el resultado de una derrota política.

El resultado de esa situación y de esa derrota es que el incremento de la presión sobre los territorios explotados sea cada vez mayor. El giro institucional acusa el nuevo equilibrio con la pérdida de significación y de peso político de las instituciones que albergaban el multilateralismo, volcándose en las figuras que representan la vanguardia de la nueva derecha radical. Israel, en este contexto, no es sino el alma desatada de un capital que exige una extracción cada vez mayor y que, por lo tanto, necesita que su policía en Oriente Medio ejerza una labor cada vez más brutal, más devastadora.

La masacre del pueblo palestino tiene una larga historia, pero en este momento tiene una función disciplinadora imprescindible que no se puede retrasar. No se trata sólo de Palestina: las y los palestinos están pagando con sus cuerpos el mensaje que las potencias capitalistas tienen que transmitir a esa inmensa parte del mundo que someten bajo la fórmula del neocolonialismo. En los cuerpos desmembrados de los militantes  (creo que es mejor: la población palestina) palestinos se escribe la orden de control que debe recibir Irán, pero también el resto de los países que ocupan posiciones subalternas en el orden global, incluso aquellos que han jugado con el pueblo palestino en su propio beneficio.

La masacre palestina, el genocidio, están mediados por la historia, pero determinados ahora mismo por un capital incapaz de satisfacer su propia necesidad de crecimiento estable. No hay más salida, dentro del capital, que disciplinar y controlar. El genocidio palestino es, por lo tanto, necesario para el capital, igual que, para todos los que nos posicionamos en contra, es imprescindible entender que esto no ha sido sino un elemento visible, espectacularmente macabro, de una guerra de clases mundial que no entiende de imágenes brutales en redes sociales y noticias aterradoras, sino de la reproducción del capital o de la eliminación del capitalismo.  

Por eso mismo, la respuesta colectiva al genocidio es un atisbo de lo que tiene que formarse como articulación política frente a los regímenes políticos de la derecha internacional y el socialiberalismo. No podemos permitirnos el lujo de acomodarnos en la derrota ni un minuto más, es necesario construir alternativas que permitan agrandar los espacios en la lucha de clases y sostener una movilización que no puede dejar de tener en cuenta que la masacre televisada y difundida por redes sociales en todo el mundo es un punto álgido de la carnicería, pero no una anormalidad.

De hecho, el sometimiento del pueblo palestino –y su inserción como mano de obra barata en el sistema productivo israelí– es una realidad que se viene produciendo desde hace décadas y seguirá produciéndose si no armamos un bloque internacionalista sólido que pueda dar respuesta y sostener la lucha de clases internacional. Israel es, sobre todo, el bastión de las potencias centrales del capital en Oriente Medio, y no dejará de utilizar tanta violencia como sea necesaria para mantener el orden. La masacre, en un momento geopolítico clave, es necesaria para el funcionamiento del capital, y sólo se detendrá si el poder de clase global que construimos desde cada territorio es capaz de frenarlo. Para eso tenemos que tener la conciencia de que no es algo excepcional que se vaya a detener con un nefasto acuerdo para el alto el fuego, sino que la violencia sobre los pueblos oprimidos es la normalidad de un capitalismo cada vez más desatado.

La reanudación de los ataques en estas semanas posteriores al alto el fuego se sitúan en una lógica de mantener la tensión sobre la zona. Desde luego, Oriente Medio no es la única región ni el único conflicto en el que se juegan las alternativas del capitalismo, pero es probablemente aquella en la que un experimento más violento y brutal se muestra de forma descarnada. Parece claro que esta violencia es la que ha echado a cientos de miles de personas a la calle por todo el planeta, pero es importante recordar que no se trata sólo de eso, sino del futuro de todos los pueblos bajo un capitalismo que cada vez es más violento y que no tiene otra alternativa porque se encuentra en una crisis de larga duración que amenaza su propia supervivencia. Más que nunca, nos encontramos en un momento que hace bueno el viejo lema de Rosa Luxemburg: “socialismo [ahora diríamos ecosocialismo], o barbarie”.

Juanjo Álvarez es militante ecosocialista.

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    Ilan Pappé aclara la cuestión del establecimiento del estado de Israel en territorio palestino como proyecto colonial bajo la supuesta deuda con el pueblo judío. Breve historia del conflicto entre Israel y Palestina. Madrid: Capitán Swing, 2025.
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    2/ Albarracín, Daniel. Ondas largas en el capitalismo tardío: escenarios para la economía mundial. 9ª edición de los seminarios de GREPA.