
Rocco Carbone desmonta en Otro folletín: Igualdad una de las operaciones ideológicas centrales del mileísmo: presentar la desigualdad como precio inevitable de la libertad. Detrás de esa abstracción hay una disputa concreta entre clases sociales, una transferencia de recursos y una redefinición del Estado para favorecer a los sectores propietarios. La pregunta que Javier Milei evita es la decisiva: ¿prosperidad para quién?

El politólogo John Mearsheimer afirma que la ofensiva de Hamás el 7 de octubre fue una respuesta inevitable a las décadas de ocupación y apartheid de Israel en Gaza, advirtiendo que el conflicto ha deteriorado irreversiblemente la legitimidad global de Tel Aviv.

El Día de Colón es una festividad nacional en muchos países de América y otros lugares, y una festividad federal en Estados Unidos. Oficialmente celebra el aniversario de la llegada de Cristóbal Colón a América. Desembarcó en Guanahaní, una isla de las Bahamas, el 12 de octubre de 1492. Construyó La Navidad en la costa noroeste de la isla de La Española (cerca de la actual Caracol, departamento del Nordeste, Haití) a finales de diciembre de 1492, el primer fuerte europeo en América. Tras la destrucción del fuerte por parte del pueblo indígena taíno, Colón estableció La Isabela en la costa centro-norte de la isla (actual República Dominicana) a finales de diciembre de 1493, el primer asentamiento europeo estable en América. 🙇🙇♂️🙇♀️

En un escenario global cruzado por la desinformación y las tensiones bélicas, el análisis internacional suele quedar atrapado en narrativas polarizadas que impactan de lleno en países alineados de forma incondicional con Washington, como la Argentina de Javier Milei donde la desinformación es la norma. La reciente entrevista del periodista Max Blumenthal en The Tucker Carlson Show expone los hilos detrás de la política exterior estadounidense frente a Irán, el valor estratégico del petróleo en Venezuela y el peso de los grupos de presión; un debate indispensable para comprender la geopolítica actual más allá de los discursos oficiales.Copete. La ofensiva estadounidense contra Irán y la disputa por el petróleo venezolano revelan una dimensión central de la política internacional: la defensa de los intereses estratégicos de Washington y de los capitales que buscan controlar los recursos energéticos. La entrevista de Max Blumenthal con Tucker Carlson pone sobre la mesa las redes de influencia que condicionan la política exterior norteamericana y los límites de la soberanía de los países periféricos. La conexión entre ambos conflictos es una hipótesis que merece investigarse; el avance sobre el petróleo venezolano, en cambio, ya tiene expresiones concretas.

El exconductor de Fox News, impulsor inicial de MAGA y hoy el mayor influencer políticos de Estados Unidos, intensifica su giro aislacionista y acusa a los grupos de cabildeo pro-Israel de anteponer intereses extranjeros, profundizando la brecha geopolítica dentro del movimiento conservador estadounidense.

Estados Unidos finalmente se retira de Irak. Pero una retirada militar no significa que desaparezcan las consecuencias de la ocupación. Queda un país devastado, una sociedad atravesada por décadas de guerra y contaminación, instituciones reconstruidas bajo tutela extranjera y una disputa por los recursos que nunca estuvo separada de la intervención militar. Washington se va después de haber transformado profundamente Irak. La pregunta histórica no es solamente por qué se retira, sino qué deja detrás. Irak no fue solamente una guerra: fue la destrucción planificada de un Estado, el saqueo de sus recursos y la devastación de una sociedad cuyos costos humanos, ambientales y sanitarios se prolongan hasta hoy. Bajo la bandera de la “democracia” y la amenaza de unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, Estados Unidos y sus aliados impusieron una ocupación que convirtió la soberanía iraquí en botín. El genocidio, el saqueo y las malformaciones no son capítulos separados: forman parte de las huellas materiales de una guerra imperial cuyo verdadero precio pagó —y sigue pagando— el pueblo iraquí. Ninguno de los involucrados en este genocidio y ecocidio ha sido condenado por la Corte Penal Internacional. 20 años después, los iraquíes aún esperan una justicia imposible e inalcanzable. Así actuaba con los pueblos oprimidos el viejo orden internacional que aún hoy, algunos añoran. "El mal menor"

Trump, se desploma en su popularidad centralmente por el aumento del costo de vida, la posición de defensa de los intereses de países extrajeros antes que los nacionales y ahora ya por la desastrosa guerra contra Irán cuyo final parece cada día más lejano y desfavorable. El presidente necesita un chivo expiatorio, y el primer ministro israelí , un genocida orgulloso, un error de la natruraleza, una mala bestia, es quien mejor encaja en el perfil.

El debate sobre una futura IA superinteligente capaz de destruir a la humanidad puede estar ocultando un peligro mucho más inmediato: el uso actual de la inteligencia artificial como instrumento de vigilancia, guerra y control social. Gaza ofrece el ejemplo más brutal de una tecnología que no necesita volverse autónoma para multiplicar la capacidad de destrucción de los Estados y los ejércitos. El problema, entonces, no es sólo qué hará la IA cuando sea superinteligente, sino quién controla hoy esa inteligencia y al servicio de qué intereses.

De la desaparición y exterminio de estudiantes secundarios en septiembre de 1976 al intento de femimagnicidio contra Cristina Fernández de Kirchner en 2022, la historia argentina vuelve a colocar una pregunta incómoda en el centro de la escena: ¿qué sucede cuando el adversario político deja de ser concebido como un sujeto de derechos y comienza a ser pensado como un obstáculo que debe ser eliminado? La Noche de los Lápices y el atentado contra Cristina no son episodios equivalentes ni responden al mismo contexto histórico, pero pueden leerse dentro de una problemática común: la violencia como instrumento para clausurar la disputa política. En 1976, esa lógica fue llevada hasta el extremo por el terrorismo de Estado y la desaparición física. En 2022, el intento de asesinato de la principal dirigente de la oposición mostró que la violencia política podía volver a alcanzar el cuerpo de un adversario como forma extrema de supresión. Entre ambos acontecimientos se abre una cuestión que excede la memoria: qué condiciones sociales, políticas y culturales permiten que el adversario vuelva a ser construido como un enemigo cuya eliminación aparece como posible.

Mirvis confirma las peores suposiciones de los antisemitas cuando sigue confundiendo a los judíos con Israel y utilizando su influencia para proteger a Israel de rendir cuentas por sus crímenes. El debate abierto en Gran Bretaña revela una operación política cada vez más visible: identificar la defensa de Israel con la defensa de los judíos y presentar cualquier sanción contra el Estado israelí como una amenaza para las comunidades judías. Jonathan Cook invierte esa lógica: advierte que confundir judaísmo con Israel no combate el antisemitismo, sino que puede reforzar precisamente la asociación colectiva que sostiene el prejuicio antijudío. La cuestión de fondo no es religiosa sino política: quién tiene derecho a definir qué posiciones son legítimamente judías y quién utiliza esa identidad para blindar relaciones de poder, ocupación y soberanía frente al escrutinio democrático. Y hay un fenómeno comparable en Argentina, aunque conviene formularlo con precisión: no se trata de afirmar que “la comunidad judía” actúa de una determinada manera, sino de analizar cómo determinados actores políticos y organizaciones utilizan la acusación de antisemitismo para establecer los límites de la crítica a Israel.
El caso argentino tiene además una particularidad: el gobierno de Javier Milei ha convertido su alineamiento con Israel en un componente explícito de su política exterior. Eso hace que la frontera entre crítica al Estado de Israel, crítica al sionismo, antisemitismo y oposición política al Gobierno sea particularmente disputada. La existencia de organizaciones que colocan explícitamente antisemitismo y antisionismo dentro de un mismo campo muestra hasta qué punto esa discusión está instalada.
En síntesis, cuando la defensa del gobierno de Israel se presenta como defensa de todos los judíos argentinos, la crítica a un gobierno extranjero puede convertirse artificialmente en una cuestión de identidad religiosa.
Y eso tiene consecuencias políticas. El debate deja de ser “¿qué está haciendo el gobierno de Israel?” para transformarse en “¿sos antisemita?”. Es un desplazamiento del objeto de discusión.
En el contexto actual, además, resulta especialmente significativo porque mientras algunos gobiernos europeos están sancionando productos vinculados a los asentamientos israelíes y procuran distinguir explícitamente esas medidas de una posición contra el pueblo israelí, en Argentina el Gobierno mantiene un alineamiento político particularmente estrecho con Israel.

Israel no se volvió “malvinero”: descubrió que Malvinas puede ser una ficha útil contra Londres y un gesto rentable hacia Milei. El verdadero problema está en Buenos Aires: un Gobierno que invoca la soberanía sobre las islas mientras entrega soberanía efectiva sobre el territorio, la energía y los recursos naturales argentinos. Milei pretende convertir un gesto diplomático menor en una victoria histórica, pero omite la contradicción fundamental de su política: denuncia la ocupación británica de Malvinas mientras abre las puertas a intereses extranjeros sobre Vaca Muerta, el Atlántico Sur y otros recursos estratégicos. Es una impostura soberanista: mucho discurso sobre recuperar las islas mientras se resigna capacidad de decisión sobre lo que todavía controlamos. Malvinas funciona así como una bandera para encubrir una política de subordinación económica y entrega de soberanía. El Gobierno no está recuperando la Argentina: está negociando su patrimonio estratégico y utilizando Malvinas para ocultarlo.

Chris Hedges analiza el mecanismo mediante el cual los grandes medios convierten la destrucción de Gaza en una sucesión de acontecimientos aislados, eufemismos y controversias. La guerra no se libra solamente con bombas: también necesita un aparato mediático capaz de transformar la violencia estructural en información neutral. Y ahora esa batalla se extiende a la inteligencia artificial, donde gobiernos y corporaciones intentan disputar las fuentes con las que las máquinas construirán nuestra percepción del mundo.
La tesis central de Chris Hedges puede condensarse así: el genocidio necesita armas para ejecutarse, pero necesita un régimen de representación para volverse políticamente sostenible.
Por eso la disputa por Gaza no ocurre solamente en el territorio palestino. También se libra en las redacciones, las universidades, las redes sociales, las plataformas digitales y ahora en los sistemas de inteligencia artificial.
El dato más significativo es que el aparato de propaganda empieza a trasladarse desde el control de los medios hacia el control de los algoritmos que organizan el conocimiento.
En ese sentido, Gaza anticipa un problema mayor: quién controla la producción social de la verdad cuando la información deja de estar mediada exclusivamente por periodistas y pasa a ser sintetizada por máquinas alimentadas por bases de datos que también pueden ser intervenidas políticamente.

El artículo de Viento Sur, por su propio título —“Cuando comenzó el genocidio, Walid tenía dos años”—, parece plantear una clave especialmente potente: el genocidio no comienza el 7 de octubre de 2023, sino que debe inscribirse en una temporalidad histórica mucho más extensa, en la que la experiencia palestina aparece marcada por desposesión, ocupación, expulsión y violencia estructural.

El artículo de Nueva Sociedad aborda una de las contradicciones más complejas del debate político contemporáneo: la convivencia entre discursos que reivindican una defensa incondicional de Israel y, al mismo tiempo, reproducen prejuicios históricos contra los judíos. La tesis central apunta a desmontar una identificación que resulta políticamente funcional pero conceptualmente problemática: judíos, sionismo e Israel no son sinónimos.
El antisemitismo es una forma histórica de discriminación contra los judíos y posee una trayectoria que precede ampliamente a la creación del Estado de Israel. Por eso, combatirlo no debería depender de una adhesión a las políticas de ningún gobierno israelí. Del mismo modo, cuestionar al Estado de Israel, al sionismo o a las decisiones de sus gobiernos no implica automáticamente una posición antisemita.
La paradoja señalada por el artículo adquiere especial relevancia en determinados sectores de la derecha internacional. En ellos puede aparecer una defensa enfática de Israel combinada con concepciones profundamente negativas sobre los judíos, especialmente cuando estos son representados mediante estereotipos asociados al poder financiero, las elites cosmopolitas o supuestas conspiraciones. Se produce así una separación entre un supuesto “judío aceptable”, identificado con Israel y el nacionalismo sionista, y aquellos judíos que cuestionan esa identificación.
El problema político reside precisamente en esa operación: convertir a Israel en representante exclusivo de todos los judíos y, simultáneamente, presentar a los judíos que no se identifican con el Estado israelí como una anomalía. La consecuencia es borrar la diversidad política, social e ideológica existente dentro de las comunidades judías.
La cuestión también puede analizarse desde una perspectiva de clase. Ni los judíos ni los israelíes constituyen bloques sociales homogéneos. Existen trabajadores, empresarios, sectores populares, elites económicas, movimientos de izquierda, nacionalistas religiosos, pacifistas y organizaciones judías críticas del sionismo. Reducir esa diversidad a una única identidad estatal impide comprender las contradicciones sociales que atraviesan tanto a Israel como a las comunidades judías de otros países.
El artículo permite, en consecuencia, distinguir dos cuestiones que con frecuencia son deliberadamente confundidas: la defensa de los judíos frente al antisemitismo y la defensa de las políticas del Estado de Israel. Son problemas diferentes. La primera constituye una lucha contra una forma histórica de racismo; la segunda pertenece al terreno de la discusión política sobre un Estado concreto, sus gobiernos, sus instituciones y sus relaciones con el pueblo palestino.
La conclusión es políticamente incómoda pero necesaria: se puede combatir el antisemitismo y, al mismo tiempo, cuestionar las políticas del Estado de Israel; del mismo modo, se puede defender los derechos del pueblo palestino sin convertir esa defensa en hostilidad hacia los judíos. Separar estas dimensiones resulta imprescindible para evitar que la memoria histórica del antisemitismo sea utilizada como instrumento de legitimación política y, al mismo tiempo, para impedir que la crítica a Israel sea utilizada como cobertura para reproducir prejuicios antijudíos. En la apertura Jeffrey Sachs analiza la política israelí y los indicios de una posible caída política. Afirma que el país del norte se está quedando sin tiempo. Jeffrey Sachs evalúa el clima geopolítico actual y las presiones internas que enfrenta el liderazgo. Este análisis está diseñado para quienes buscan una comprensión más profunda de la retórica en torno a los acontecimientos recientes y sus implicaciones para las relaciones internacionales a largo plazo. Al examinar el lenguaje específico y los cambios estratégicos mencionados, se tendrá una perspectiva más clara sobre cómo los observadores externos interpretan el actual conflicto en Oriente Medio.

En Cisjordania, jóvenes en situación de riesgo son rebautizados como pioneros: financiados por ministerios israelíes y organizaciones benéficas estadounidenses cuyas donaciones son deducibles de impuestos, son desplegados para acosar, despojar y expulsar a los palestinos de sus tierras.

Millones de personas en todo el mundo se verán ahora aún más expuestas a las acciones criminales de estados depredadores. A diferencia de la acusadora de Khan, es poco probable que alguna vez tengan la oportunidad de ser juzgadas.

Tucker Carlson declaró que Estados Unidos “perdió su soberanía hace muchos años” al subordinar su política exterior a Israel, acusando a Donald Trump de traicionar a sus votantes con un ataque contra Irán en febrero de 2026. Según Carlson, la fusión entre la CIA y el Mossad ha convertido a EE.UU. en un país que actúa en beneficio de otro, lo que él considera una “traición” nacional.
📌 Puntos principales de la entrevista
Fecha y contexto: Publicada el 23 de julio de 2026 en RT, tras el ataque estadounidense contra Irán en coordinación con Israel.
Crítica a Trump: Carlson afirmó que Trump hizo “lo que dijo que nunca haría” y lo hizo “por mandato de Israel”, lo que lo llevó a romper con el Partido Republicano.
CIA y Mossad: Señaló que ambas agencias han operado como una sola entidad durante más de 60 años, alimentando a EE.UU. con desinformación.
Ejemplos de desinformación:
La acusación de que Irak tenía armas de destrucción masiva.
La teoría de que eliminar al ayatolá Jameneí provocaría el colapso del gobierno iraní.
Soberanía perdida: Carlson sostuvo que EE.UU. ya no decide por sí mismo y que esta situación es “humillante” para sus ciudadanos.
Consecuencias: Advirtió que esta guerra podría marcar el fin del “imperio estadounidense” y causar una gran disrupción económica en EE.UU. y Europa.
🔎 Interpretación y contexto
Carlson como figura mediática: Tucker Carlson es un periodista y comentarista conservador con gran influencia en sectores críticos de la política exterior estadounidense.
Narrativa de subordinación: Su argumento se centra en la idea de que EE.UU. actúa como brazo militar de Israel, lo que cuestiona la independencia de su política exterior.
Impacto político: Estas declaraciones refuerzan el debate interno en EE.UU. sobre el rol de Israel en las decisiones estratégicas y sobre la legitimidad de las acciones militares en Medio Oriente.
Relevancia internacional: Para países como Argentina y otros "aliados incondicionales" el análisis de un ex MAGA como Carlson, puntualiza el declive del poder estadounidense y el surgimiento de un orden multipolar.

El periodista británico Jonathan Cook sostiene que el Reino Unido ya vive bajo un modelo de control estatal que recuerda al universo de 1984 de George Orwell, aunque la mayoría de la población aún no lo perciba. Según el autor, el cambio no se produjo mediante un golpe institucional, sino a través de una sucesión de reformas legales y prácticas administrativas que fueron ampliando paulatinamente las capacidades coercitivas del Estado.
Cook argumenta que la atención pública ha sido desviada hacia enemigos internos —inmigrantes, musulmanes, activistas de izquierda o defensores de Palestina— mientras el aparato estatal fortalece mecanismos de vigilancia, censura y criminalización de la protesta. El resultado sería una ciudadanía que acepta crecientes restricciones en nombre de la seguridad nacional.
Uno de los ejes centrales del artículo es la utilización del conflicto en Gaza y de la legislación antiterrorista como justificación para limitar derechos fundamentales. El autor sostiene que la persecución de organizaciones de solidaridad con Palestina constituye un precedente peligroso que podría extenderse a cualquier forma de disidencia política.
Asimismo, Cook afirma que el deterioro democrático no responde únicamente a decisiones de un gobierno determinado, sino a una convergencia entre el Estado, los grandes medios de comunicación y poderosos intereses económicos. En ese marco, considera que el sistema político británico prioriza la preservación del orden establecido frente al ejercicio efectivo de las libertades públicas.
El artículo concluye con una advertencia: el verdadero riesgo del autoritarismo contemporáneo reside en que avanza de forma incremental y normalizada. Cuando la sociedad advierta plenamente la pérdida de derechos, sostiene Cook, gran parte de los mecanismos democráticos para revertir esa situación podrían haberse debilitado o desaparecido.

Un examen crítico al sesgo pragmático de la diplomacia israelí frente a la Cuestión Malvinas. Los límites de una analogía discursiva que confronta el principio de integridad territorial con los marcos antitéticos de las Naciones Unidas, en un escenario donde las alianzas estratégicas coexisten con la explotación petrolera privada.

La guerra entre Estados Unidos e Irán reconfiguró el escenario estratégico en Medio Oriente. Según un análisis de Jacobin, el eje del conflicto ya no pasa exclusivamente por el programa nuclear iraní, sino por la capacidad de Teherán para amenazar el tránsito marítimo en el estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial.
El artículo sostiene que la ofensiva impulsada por Donald Trump no logró imponer una derrota decisiva a Irán y terminó fortaleciendo la importancia geopolítica de Ormuz como instrumento de presión. La posibilidad de interrumpir el flujo energético mundial otorga a Teherán una herramienta de negociación con impacto directo sobre la economía global.
Desde esta perspectiva, la estrategia estadounidense enfrenta una contradicción: cualquier escalada militar destinada a neutralizar a Irán incrementa el riesgo de una crisis energética internacional y eleva los costos políticos y económicos para Washington y sus aliados.
Para Jacobin, el conflicto demuestra los límites del poder militar estadounidense para resolver disputas regionales y anticipa una etapa de mayor inestabilidad en Medio Oriente, donde el control de las rutas comerciales y energéticas adquiere una relevancia estratégica incluso superior a la cuestión nuclear. En el cierre en una reveladora entrevista para Canal Abierto, la filósofa Silvana Rabinovich, autora del libro La Biblia y el dron, desarmó los discursos teológicos que sostienen el actual conflicto en Medio Oriente y cuestionó con dureza la asimilación forzada entre judaísmo y sionismo.