Yara Hawari y Tareq Baconi reflexionan sobre este punto muerto, destacando la importancia central de Palestina para comprender las transformaciones históricas que el mundo está presenciando hoy en día. Analizan la quiebra del orden internacional liberal, la dinámica cambiante del poder imperial estadounidense-israelí en Asia Occidental y las formas en que Palestina ha emergido como punto de convergencia a través del cual podría verse impulsado un orden global diferente.

[Esta mesa redonda es una adaptación de una sesión informativa impartida por Yara Hawari y Tareq Baconi en abril de 2026. Ha sido editada para su publicación.]

¿Cómo se  conecta el momento actual con la larga historia de violencias coloniales e imperiales?

Yara Hawari

Este es un momento crucial de reflexión, no solo para los países que han sufrido la violencia colonial e imperial sino para el mundo en general. Europa no es una isla. Cuando España se negó a permitir que Estados Unidos utilizara sus bases militares para lanzar ataques contra Irán, el presidente Donald Trump respondió diciendo que Estados Unidos podría utilizarlas de todos modos amenazando directamente la soberanía de España. Creo que los gobiernos están empezando a comprender que ya no pueden descartar tales declaraciones como divagaciones erráticas de Trump, sino que deben reconocerlas como señales nefastas de lo que está por venir.

Sin embargo, aunque se está intentando reconfigurar la política internacional, también debemos entender este momento no como una aberración en la historia de Estados Unidos, sino como una trayectoria previsible. De hecho, los sucesivos gobiernos, desde George W. Bush hasta Barack Obama y más allá, ya sentaron las bases.

Palestina está en el centro de esta dinámica. La descarada agresión de Estados Unidos e Israel contra la humanidad es en muchos aspectos la consecuencia de décadas de impunidad sin límites. Los Estados occidentales han dado al régimen israelí carta blanca sobre los palestinos: se ha retransmitido en directo al mundo un genocidio mientras continúan las relaciones comerciales y se mantiene la cobertura diplomática. El coste de ese cálculo ha resultado ser mucho mayor de lo previsto.

Las consecuencias de esa impunidad ya no se limitan a los palestinos ni a la población del sur de Líbano. La gente corriente en Occidente se enfrenta ahora a una creciente crisis del coste de la vida porque los regímenes estadounidense e israelí —envalentonados por décadas de violencia sin rendir cuentas contra los palestinos— decidieron iniciar una guerra contra Irán. Ahora todo el mundo está pagando el precio de esa impunidad. La consistencia y el alcance de esa impunidad, y la profundidad de la complicidad occidental, son las variables que explican la trayectoria en la que nos encontramos ahora.

Palestina, Irán y el desmoronamiento de la hegemonía occidental

 

Tareq Baconi

La guerra contra Irán revela algo crucial sobre las posiciones desde las que operan ahora los poderes de Estados Unidos e Israel. Estamos presenciando un resurgimiento de un lenguaje explícitamente imperial y colonial en la escena internacional: un presidente de Estados Unidos cuya retórica refleja el lenguaje que el régimen israelí siempre ha desplegado hacia los palestinos, respaldado por una fuerza militar y una agresión extraordinarias.

Pero esta agresión es un signo de declive, no de fuerza. Hoy en día, tanto la hegemonía estadounidense como el colonialismo de asentamiento israelí se están desarrollando mediante el uso excesivo de la fuerza, la violencia extrema y la escalada, precisamente porque su legitimidad se está erosionando. Esto se ve claramente en el sionismo: en muchos sentidos, se encuentra en su punto más débil de la historia, y esa debilidad se manifiesta en forma de agresión, devastación y matanzas generalizadas. Comprender esta dinámica es esencial para entender el lugar que ocupa Palestina en estos cambios en el poder global. Es decir, un imperio se vuelve más violento cuando aún tiene capacidad para ejercer la fuerza, pero ha perdido la capacidad de mantener la legitimidad o la estabilidad.

¿Cómo debemos entender la relación entre Estados Unidos e Israel en este momento?

Tareq Baconi

En cuanto a la cuestión de quién impulsa qué en la relación entre Estados Unidos e Israel, hay un punto específico que destacar sobre la guerra con Irán: esta no es la guerra de Washington. Es la guerra del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, una que ha estado impulsando durante años y para la que finalmente ha encontrado una puerta abierta con la administración Trump. Pero para entender cómo eso se ha hecho posible tenemos que profundizar en la relación estructural entre ambos Estados.

Esa relación se desarrolla en dos planos. El primero es ideológico. Tanto Estados Unidos como Israel son colonias de asentamiento; en otras palabras, Estados construidos sobre el exterminio masivo, el desplazamiento forzoso y la limpieza étnica, y sostenidos por una infraestructura racista y capitalista. Israel ha fascinado durante mucho tiempo a Estados Unidos porque ha logrado presentarse como una democracia mientras supervisa un sistema de apartheid. Y Estados Unidos fascina al régimen israelí porque representa, en el imaginario colonialista, un proyecto que «cumplió con su cometido»: un Estado que despojó a su población indígena y luego asumió con éxito ese despojo como base de la “democracia”. Ninguna de esas historias es cierta: los pueblos indígenas de toda Palestina y la Isla de Tortuga siguen resistiendo. Pero el relato colonizador es de victoria, y crea un profundo vínculo ideológico entre los regímenes coloniales. Si Israel fracasara como proyecto colonizador, equivaldría a una acusación contra el propio Estados Unidos.

El segundo nivel es geopolítico. El régimen israelí no es meramente un aliado; es fundamental para el colonialismo de Estados Unidos y para la proyección de su imperio a nivel mundial. Permite a Estados Unidos proyectar su fuerza imperial no solo en toda la región sino más allá de ella. Todo el discurso de la «relación especial», de la «ausencia de distancia» entre Washington y Tel Aviv, y de los “valores compartidos” refleja no solo un sentimiento sino, lo que es más importante, una necesidad estructural.

Lo que hace que esta guerra en curso sea particularmente reveladora es que también está poniendo al descubierto las fisuras dentro de esa relación. Al empujar a Estados Unidos a esta guerra con Irán, el régimen israelí está exacerbando las contradicciones que ya existen a nivel interno entre los estadounidenses. Cada vez más personas se preguntan si estos son realmente los valores compartidos que Estados Unidos afirma tener con el régimen israelí, y si las guerras interminables de este tipo benefician a los intereses de alguien. De hecho, la forma en que el régimen israelí sigue arrastrando a Estados Unidos a una violencia permanente no beneficia al pueblo estadounidense, y esto se está volviendo imposible de ignorar.

Yara Hawari

Lo que ha quedado claro en los meses transcurridos desde que comenzó la guerra contra Irán es que Trump y su círculo más cercano no tienen un plan. Las conversaciones iniciales sobre degradar la capacidad misilística iraní y eliminar el uranio enriquecido no llegaron a nada. Se planteó un cambio de régimen y luego se dio marcha atrás. No hay una estrategia coherente por parte de Estados Unidos. Netanyahu, sin embargo, claramente sí la tiene. Estamos presenciando la cúspide de su visión del «Gran Israel» que no solo se refiere a la expansión territorial sino también a establecer a Israel como la potencia hegemónica en la región.

Informes procedentes del interior de la Casa Blanca apuntan a que Netanyahu propuso a Trump una guerra para provocar un cambio de régimen y que, a pesar de las graves divisiones internas, el presidente estadounidense acabó aceptando lo que le ofrecía el primer ministro israelí. Esto se debe en gran medida a un pequeño sector de belicistas y sionistas acérrimos, entre los que se encuentran el senador Lindsey Graham y el secretario de Defensa Pete Hegseth, que se han convertido en figuras clave de la administración Trump. Esto no quiere decir que Estados Unidos sea reacio a infligir violencia al mundo en otros ámbitos. Pero en lo que respecta específicamente a la guerra con Irán, el consenso histórico entre las agencias gubernamentales estadounidenses era que tal guerra sería catastrófica para Estados Unidos y para la economía mundial. Tenían razón.

Debemos tener cuidado, sin embargo, de no confundir esto con una sumisión de Estados Unidos a Netanyahu —una narrativa que está adoptando actualmente la extrema derecha antiisraelí de Estados Unidos. Hacerlo sería ocultar la larga historia de intervencionismo violento estadounidense en Asia Occidental y eximir a Washington de responsabilidad por su propia actuación en este momento.

Trump, por su parte, no es una figura ideológica. No es sionista —desde luego, no en el sentido en que lo es, por ejemplo, el expresidente estadounidense Joe Biden. De hecho, hay otras fuerzas en juego. Existe una dimensión transaccional: la multimillonaria israelí-estadounidense Miriam Adelson fue la mayor donante individual de la campaña de Trump de 2024, y tales megadonaciones conllevan expectativas. Existe la dimensión del ego: a Trump le vendieron la idea de que podría ser el presidente que finalmente derrocara al régimen iraní. Y, por último, está la dimensión del beneficio, quizás la más importante de todas: Trump está privatizando todos los aspectos de la gobernanza estadounidense, incluida la diplomacia, al servicio de la riqueza dinástica.

Trump sigue siendo impredecible, y los próximos meses traen consigo verdaderas incógnitas. Lo que está claro es que algo ha cambiado dentro de una parte significativa de MAGA, el movimiento populista nacionalista de derecha organizado en torno a la agenda “America First” de Trump. Muchos dentro de su base creen ahora que les ha traicionado a favor de una potencia extranjera. Ese daño parece irreparable.

¿De qué manera los cambios regionales y los ataques a los aliados de Palestina están reconfigurando la estrategia y el apoyo palestinos?

Yara Hawari

Los Estados árabes del Golfo se enfrentan ahora a un grave dilema. De esta guerra está surgiendo una fórmula probada y comprobada: si a Irán le ataca el régimen israelí o Estados Unidos, la respuesta la dirigirá contra los Estados del Golfo, en tanto aliados de Estados Unidos y anfitriones de sus instalaciones militares. Al mismo tiempo, Estados Unidos ha demostrado ser incapaz de garantizar la seguridad de los Estados del Golfo, una premisa fundamental de la relación entre Estados Unidos y el Golfo. Como resultado, la credibilidad de Washington como potencia hegemónica regional se ha visto gravemente mermada.

Por lo tanto, no es de extrañar que China emerja como un actor clave en la región. Cabe destacar que en los últimos meses los diplomáticos chinos han llevado a cabo una diplomacia intensa, aunque sutil ante los Estados del Golfo. La presencia de China en la región no es nueva; lleva años integrándose en la zona a través de proyectos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Por lo tanto, no supone un gran salto para Pekín proponer una visión multipolar de un orden regional orientado hacia su propio continente.

Este realineamiento geopolítico también es significativo para el movimiento de liberación palestino, como lo demuestran las iniciativas actuales para profundizar en el compromiso con el Sur Global. Durante años, gran parte de la sociedad civil palestina y las organizaciones de base se han centrado en Estados Unidos y Europa. Sin embargo, décadas de compromiso con los responsables políticos y periodistas occidentales no han conseguido producir el cambio estructural necesario para detener el genocidio. Darse cuenta de ello ha sido doloroso, pero también necesario.

Las cuestiones que surgen ahora del compromiso con el Sur Global se centran en cómo construir un orden mundial genuinamente multipolar y cómo Palestina puede servir como punto de convergencia que impulse la creación de ese orden. De hecho, el genocidio de Gaza ha puesto de manifiesto los límites de la arquitectura internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial. La tarea urgente ahora es imaginar y construir lo que vendrá después.

Tareq Baconi

Si nos fijamos concretamente en el movimiento nacional palestino y la lucha de liberación, está claro que nos encontramos en un periodo muy delicado. Aparte de esa breve época en los años sesenta y setenta, cuando la revolución palestina mantenía un diálogo activo con otros movimientos anticolonialistas globales, la diplomacia palestina se ha orientado casi por completo hacia Occidente. Ha estado marcada por el lenguaje del universalismo liberal y por la fe en las instituciones de gobernanza internacional lideradas por Occidente. Esa orientación ha influido profundamente en la forma en que los palestinos han llevado a cabo su lucha.

Ahora nos hemos dado cuenta de que esos sistemas liberales occidentales han fracasado. Muchos de nosotros llevamos mucho tiempo sosteniendo esto, pero el genocidio en Gaza lo ha convertido en algo innegable. La difícil realidad es que los palestinos y sus aliados en todo el Sur Global aún no han construido la infraestructura necesaria para superar esa dependencia. Para ello es necesario ir más allá de una aceptación implícita de la hegemonía, el imperio y el colonialismo occidentales, y avanzar hacia una realidad diferente: una en la que los sistemas de gobernanza internacional puedan proteger realmente la vida humana sin racismo ni dominación imperial. No es una transición sencilla.

Pero también creo que este momento presenta una oportunidad extraordinaria, una que saca a Palestina de su estado de excepción. Cuando hablamos de remodelar la región o de construir alianzas más profundas en todo el Sur Global, muchos actores tienen un interés particular en enfrentarse al régimen israelí. La violencia colonial israelí no se ha detenido en Gaza; sus tácticas ya se están exportando a Siria, Líbano e Irán, y la lógica expansionista va más allá del presente hacia otros lugares en el futuro.

El debate más amplio que debe tener lugar ahora es el siguiente: a medida que el imperio estadounidense retrocede y los sistemas existentes de gobernanza internacional se tambalean, ¿qué alternativa puede construir el Sur Global? Palestina es fundamental en ese debate.

¿A qué debemos estar atentos en los próximos meses y qué necesita el movimiento de liberación palestino para afrontar lo que se avecina?

Yara Hawari

Me vienen a la mente varias cosas. Lo más urgente es que el régimen israelí hará un esfuerzo concentrado para terminar lo que empezó en Gaza y en el resto de Palestina. Hasta ahora, el genocidio ha tenido pocas consecuencias y, según los cálculos de Netanyahu, este es el momento oportuno para completar el proyecto.

Las próximas elecciones israelíes no cambiarán esto. Las encuestas muestran de forma sistemática que las políticas del régimen gozan de un apoyo mayoritario entre los ciudadanos judíos israelíes. Cualquier cambio de gobierno reflejará el cansancio con Netanyahu, no con la guerra ni con la limpieza étnica de los palestinos. Por lo tanto, es esencial que el foco de atención siga puesto en Palestina, especialmente en Gaza, donde el genocidio no ha terminado, sino que más bien ha entrado en una nueva fase.

En segundo lugar, a la luz de los cambios geopolíticos en curso, el movimiento debe posicionarse a la vanguardia. Esto implica un compromiso sostenido con el Sur Global, incluyendo, y quizás de forma más urgente, a personas mucho más cercanas a nosotros en toda la región. El genocidio ha puesto de manifiesto la profundidad de la opresión que sufren nuestros compañeros en toda Asia Occidental.

Por último, el movimiento debe mantenerse firme en sus principios y su ética, ya que ambos se pondrán a prueba a medida que siga creciendo. Construir un movimiento de base amplia es vital, pero no a costa de nuestras líneas rojas y valores fundamentales. Un ejemplo concreto es el debate emergente sobre cómo abordar las fracturas que se están abriendo dentro de MAGA y la extrema derecha estadounidense en torno a Israel. Esas fracturas son reales y pueden resultar útiles desde el punto de vista táctico. Pero cualquier compromiso no debe comprometer los fundamentos progresistas del movimiento. Nuestro movimiento es grande, pero también frágil, y debe protegerse.

Tareq Baconi

Más allá de la guerra inmediata y del genocidio en curso -que exigen nuestra atención constante-, hay varios acontecimientos que merece la pena seguir de cerca.

A nivel regional, una cuestión crítica es si Irán podría obtener una ventaja estratégica tras esta guerra. Esto determinará si el régimen israelí puede alcanzar la hegemonía militar regional que persigue. El éxito con el que Irán gestione este momento y lo que consiga al final marcará todo el cálculo regional.

Igualmente importante es cómo respondan los Estados del Golfo y qué lecciones extraigan. El marco que precedió a esta guerra -el dominio militar estadounidense sustentado por la hegemonía israelí, los Acuerdos de Abraham y la alineación del autoritarismo del Golfo con el imperialismo estadounidense e israelí- se ha derrumbado de hecho. La forma en que los Estados del Golfo se reposicionen tras la guerra, y el papel que desempeñen China y Rusia en ese reposicionamiento, serán determinantes.

Turquía es otra variable clave. Está claro que Turquía está en el punto de mira del régimen israelí; neutralizarla forma parte de lo que requeriría la hegemonía regional del régimen sionista. Su posición en la constelación regional emergente tendrá una enorme importancia.

Dentro de la propia Palestina, el panorama es alarmante. El régimen israelí está expandiendo y acelerando su colonización de Gaza y Cisjordania mediante una violencia espantosa. La llamada Línea Amarilla en Gaza ha sido declarada unilateralmente como nueva frontera. La amenaza de limpieza étnica se cierne sobre Cisjordania. En toda la Palestina histórica, el proyecto del Gran Israel se está consolidando activamente, incluso mientras se utiliza el discurso de la reconstrucción, el alto el fuego y el retorno a la normalidad para ocultarlo. Esta expansión se extiende también a Siria y Líbano, donde se está llevando a cabo una política de asentamientos de tierra quemada.

En última instancia, los palestinos deben resistir la presión para volver a un statu quo anterior a la guerra genocida disfrazada de progreso. Lo que el 7 de octubre hizo fue someter la totalidad del proyecto colonialista sionista en Palestina a un nivel de escrutinio sin precedentes. Los palestinos deben aferrarse a esa oportunidad e insistir en que lo que este momento exige no es un alto el fuego que normalice el genocidio y la limpieza étnica sino la descolonización total.

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Yara Hawari, palestina, es codirectora de Al Shabaka. Es doctora en Política de Oriente Próximo por la Universidad de Exeter, donde impartió diversas asignaturas de grado y sigue siendo investigadora honoraria. Además de su labor académica, centrada en los estudios indígenas y la historia oral, es una asidua comentarista política que escribe para diversos medios de comunicación, entre ellos The GuardianForeign Policy y Al Jazeera English.

Tareq Baconi, palestino, es presidente del consejo de administración de Al Shabaka. Fue analista del International Crisis Group sobre Palestina/Israel, y autor de Hamas Contained: The Rise and Pacification of Palestinian Resistance (Stanford University Press, 2018). Los artículos de Tareq han aparecido en la London Review of Books, la New York Review of Books y The Washington Post, entre otros.

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