Mundial 2026: Para Infantino, Trump no es un problema. Es un socio.

Este año la FIFA va a ganar trece mil millones de dólares con un solo torneo. Es un 72% más que en Qatar — el salto más grande en la historia del fútbol. Para lograrlo necesitaban un anfitrión. Y encontraron al mejor: el país más caro del mundo, gobernado por el hombre más poderoso del mundo, que además quería protagonizar el espectáculo más grande del planeta. El problema es que ese hombre tiene sus propias reglas. Y la FIFA no dijo nada. Porque trece mil millones de dólares compran mucho silencio.

¿Por qué la FIFA le permite a Trump que rompa sus propias reglas? El Mundial de los 13 mil millones por Bruno Sgarzini

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¿Por qué la FIFA le permite a Trump que rompa sus propias reglas? El Mundial de los 13 mil millones

Bruno Sgarzini

El negocio

En 2018, cuando Estados Unidos, México y Canadá ganaron la sede del Mundial, la FIFA proyectó ganar once mil millones de dólares con este ciclo. Ya era récord. Pero el número se quedó corto. Lo revisaron al alza dos veces. Hoy la cifra oficial es trece mil millones — solo en entradas y hospitalidad esperan facturar tres mil millones, más del triple que en 2022.

La candidatura norteamericana ofrecía lo que la FIFA más quiere: estadios de la NFL ya construidos — más de 70 mil asientos de promedio —, el mercado publicitario más caro del planeta, y una audiencia en pleno crecimiento. Las entradas para la final superan los 32.000 dólares. La FIFA creó su propio portal de reventa donde cobra el 30% de cada transacción — en abril aparecieron entradas para la final a 230.000 dólares cada una. Los fiscales generales de Nueva York y Nueva Jersey abrieron una investigación por inflar precios artificialmente y engañar a los consumidores. Infantino respondió desde Davos que la reventa era perfectamente legal en Estados Unidos y que los precios iban a seguir subiendo. Lo dijo como si fuera una buena noticia.

Pero hay un dato que casi nadie menciona. Cuando la candidatura competía contra Marruecos, había un problema: Trump — en su primer mandato — ya prohibía la entrada a ciudadanos de países musulmanes. Y la FIFA tiene una regla básica: todos los participantes tienen que poder entrar al país anfitrión. Entonces Trump envió tres cartas a Infantino en papel membretado de la Casa Blanca. En la última escribió: “Todos los atletas, oficiales y aficionados elegibles de todos los países del mundo podrán entrar a Estados Unidos sin discriminación.” Jared Kushner hizo lobby directo con Arabia Saudita para asegurar votos contra Marruecos. Estados Unidos ganó 134 votos contra 65. Esas cartas fueron decisivas.

Ocho años después, Trump volvió al poder. Hoy, ciudadanos de cuatro países que juegan este Mundial — Senegal, Costa de Marfil, Irán y Haití — tienen prohibido solicitar visas. Periodistas africanos e iraníes fueron rechazados. La selección de Irán tuvo que mudar su campamento a Tijuana. La carta existe. Las prohibiciones también. Y la FIFA, que factura trece mil millones gracias a esas promesas, no dijo una sola palabra.

El rey del fútbol

¿Por qué el silencio? Porque para Gianni Infantino, Trump no es un problema. Es un socio.

En marzo de 2025, Trump lo presentó en el Despacho Oval: “Todo el mundo conoce a este hombre. Es el rey del fútbol.” Para ese momento, Infantino había visitado la Casa Blanca más veces que cualquier líder mundial. La secuencia es larga y conviene leerla despacio.

Infantino asistió al mitin pre-inauguración de Trump con una corbata roja MAGA. Estuvo en la toma de posesión. Trasladó el sorteo del Mundial de Las Vegas al Kennedy Center de Washington — porque los aliados de Trump se habían apropiado del centro y lo sugirieron como sede. Contrató a Andrea Bocelli, el cantante favorito de Trump. Puso a los Village People a cantar YMCA — el himno MAGA — en la ceremonia del sorteo del Mundial. Asistió al Board of Peace de Trump, una entidad rechazada por los aliados de la OTAN. E inventó un Premio de la Paz de la FIFA que no existía en 95 años de historia, para entregárselo a Trump semanas después de que el Nobel lo ignorara.

Y abrió una oficina de la FIFA en Trump Tower, Manhattan. La FIFA le paga alquiler a la empresa de la familia del presidente que organiza su Mundial.

La Federación Noruega y la organización FairSquare presentaron una queja formal ante el comité de ética. La FIFA respondió con silencio. Infantino lo subió a Instagram.

La FIFA siempre fue así

Alguien podría decir que Infantino se corrompió. Que antes la FIFA era distinta. Pero no es cierto.

En mayo de 2015, agentes del FBI entraron de madrugada al hotel Baur au Lac de Zúrich y arrestaron a siete dirigentes de la FIFA. Fue la mayor investigación por corrupción en la historia del deporte: sobornos, lavado de dinero, compra de votos para elegir sedes de Mundiales. Más de 45 personas imputadas. Infantino llegó al poder prometiendo limpiarlo todo. Pero en 2020, la justicia suiza le abrió un proceso penal por reuniones secretas con el fiscal general que estaba investigando la corrupción en la FIFA. Los cargos: abuso de autoridad, violación de secreto de función y obstrucción a la acción penal. El fiscal especial Stefan Keller concluyó que había “indicios de conducta criminal.” La FIFA emitió un comunicado diciendo que el presidente seguiría en su cargo.

¿Y el dinero robado? En parte se recuperó — la CONMEBOL consiguió la devolución de más de 50 millones de dólares desde cuentas en Paraguay y Suiza. Pero hace semanas, The New York Times reveló que Alejandro Domínguez — presidente de la CONMEBOL y vicepresidente de la FIFA — enfrenta una denuncia ética por haberse quedado con más de cinco millones de dólares de esos fondos recuperados. El denunciante dice tener conocimiento directo de los pagos. Según la denuncia, Domínguez se habría adjudicado el dinero como una especie de comisión secreta. Altos funcionarios de la FIFA conocían la denuncia desde hace más de un año. No hicieron nada.

El FIFAGate no terminó en 2015. Sigue operando. Con otros nombres.

Arabia Saudita: el otro socio

Mientras Infantino se sacaba fotos con Trump, Arabia Saudita compraba la otra mitad del tablero.

En diciembre de 2024, DAZN compró los derechos globales del nuevo Mundial de Clubes por mil millones de dólares. Dos meses después, el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita compró el 5% de DAZN. ¿Por cuánto? Mil millones de dólares. La misma cifra exacta. Arabia Saudita le inyectó a DAZN exactamente lo que DAZN necesitaba para pagarle a la FIFA.

En junio de 2025, el PIF se convirtió en patrocinador oficial del Mundial de Clubes. Y la FIFA firmó un patrocinio global con Aramco — la petrolera estatal saudita —, seis meses antes de confirmar Arabia Saudita como sede del Mundial 2034. Para que eso fuera posible, la FIFA cambió sus propios estatutos — que prohibían otorgar dos Mundiales en el mismo congreso — y diseñó la elección de 2030 en tres continentes para que, por rotación, solo Asia y Oceanía pudieran postularse para 2034. Terminó habiendo un único candidato.

Un investigador del instituto danés Play The Game lo resumió: “Controlar la distribución de contenido deportivo es controlar la narrativa global del fútbol.”

Arabia Saudita no puede ser inversora directa de la FIFA. Pero puede invertir en todo lo que la FIFA necesita: derechos de televisión, patrocinios, infraestructura. El dinero nunca toca las cuentas de la FIFA directamente. Siempre pasa por un intermediario. Siempre por una cifra que casualmente coincide con otra.

¿De quién es el fútbol?

Jules Rimet fundó la Copa del Mundo en 1930 sin que la FIFA tuviera siquiera una cuenta bancaria. Diseñó un torneo donde el anfitrión paga todo. Y desde ese día, el Mundial se convirtió en la herramienta perfecta para cualquier gobierno que quisiera prestigio sin rendir cuentas. Mussolini fue anfitrión en 1934 — Rimet escribió que tenía “la impresión de que el verdadero presidente de la FIFA era Mussolini.” La junta militar argentina organizó el de 1978. Putin el de 2018, y después le entregó a Infantino la Orden de la Amistad rusa. En 2034 le toca a Mohammed bin Salman, que ya pagó el anticipo.

Trump es distinto en una sola cosa. No necesita parecer legítimo. Quiere ser el protagonista del espectáculo — él mismo lo dijo: “Es como tener muchos Super Bowls en poco tiempo.”

El fútbol no les pertenece a los tres hombres del palco. Les pertenece a los que ven los partidos en un bar, a los que siguen a su selección desde el otro lado del planeta, a los que llevan la camiseta de su país sabiendo que es lo único que los identifica.

Trece mil millones de dólares este año. Cinco millones presuntamente en el bolsillo del presidente de la CONMEBOL. Un proceso penal contra el presidente de la FIFA que no fue a ningún lado. Un contrato con Aramco que precedió la sede de 2034. Un portal de reventa que cobra el 30%.

La FIFA sigue siendo la misma. Solo que ahora cobra más.

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