El análisis de Artemio López sostiene que el silencio opositor y la omisión de Cristina Kirchner, denominando a esta estrategia como "La Innombrable", fragmentan al peronismo y fortalecen el relato oficialista, facilitando la hegemonía oficialista. Esta dinámica, derivada de la impunidad tras el atentado de 2022, conlleva a la desmovilización popular y a la normalización de la violencia política. Sin duda el atentado y la persecución judicial contra Cristina Kirchner buscan su proscripción definitiva para retirar del escenario político la única alternativa real al modelo actual. Claves del análisis sobre el silencio interno: Disciplinamiento político: El ataque físico y judicial funciona como una amenaza mafiosa para disciplinar a toda la dirigencia opositora. Complicidad por omisión: El silencio de los propios sectores del peronismo fragmenta la resistencia y debilita la respuesta social frente al avance oficialista. Falta de reacción popular: Al no militar de forma unánime la consigna "Cristina Libre", la oposición convalida el cerco judicial y mediático que la aísla.Vía libre al mercado: Sin una conducción fuerte que polarice, el gobierno desarticula los derechos laborales y sociales sin encontrar resistencia institucional sólida.La columna concluye que callar el nombre de Cristina Kirchner no es una estrategia de moderación, sino una capitulación política que deja al campo popular sin su principal referencia de poder.
La proscripción y el intento de eliminación simbólica o física de líderes populares en Argentina tiene antecedentes históricos claros, donde el silencio o la moderación interna de sus propios movimientos funcionó como un factor de debilitamiento. Procesos históricos de proscripción y reacción interna: La proscripción del Peronismo (1955-1973): Tras el golpe de Estado que derrocó a Juan Domingo Peronismo, el decreto 4161 prohibió nombrarlo a él, a Evita y a los símbolos del partido. A nivel interno, surgieron sectores conocidos como el "neoperonismo" (liderados por figuras como Augusto Vandor) que intentaron construir un "peronismo sin Perón", apostando al silencio sobre el líder exiliado para negociar con las dictaduras y gobiernos civiles de turno. El derrocamiento e inhabilitación de Hipólito Yrigoyen (1930): El primer golpe de Estado moderno en Argentina derrocó al líder de la Unión Cívica Radical (UCR). Yrigoyen fue encarcelado en la isla Martín García bajo un fuerte cerco mediático y judicial que buscaba su muerte política. Sectores internos de la propia UCR (los "antipersonalistas") optaron por el silencio y la distancia con su figura histórica, facilitando el período de fraude patriótico conocido como la Década Infame. El fusilamiento y persecución a Manuel Dorrego (1828): El gobernador de Buenos Aires y líder del partido popular/federal fue derrocado por un golpe militar unitario liderado por Juan Lavalle. Dorrego fue fusilado sin juicio previo con el objetivo de cortar de raíz la representación de las clases populares. Gran parte de la élite política de la época rodeó el hecho de un silencio cómplice o justificativo, lo que derivó en años de guerra civil ante la falta de una salida política institucional. Elementos comunes con el análisis actual. La Ilusión de la moderación: En todos los casos, los sectores internos que optaron por no nombrar al líder perseguido creían que la moderación los salvaría de la persecución. El relevo fallido: Los intentos de la dirigencia "propia" por reemplazar al líder proscrito mediante el pacto o el silencio terminaron debilitando la base electoral y social del movimiento. Facilitación del modelo rival: La falta de una defensa unánime de la conducción perseguida permitió a los gobiernos de turno consolidar reformas económicas y políticas profundas sin resistencia. Un apéndice especial sobre la supuesta "pelotudez" de la consigna "CristinaLibre" y su comparación con "LulaLibre".
En el discurso peronista de Perón, de derecha populista, el progresista de izquierda razonable, local y latinoamericano y la izquierda tradicional o dura en general – con la excepción local del Frente de izquierda y los Trabajadores- , suele haber un silencio llamativo sobre el intento de femimagnicidio contra Cristina Fernández de Kirchner en septiembre del año 2022, específicamente, y sobre su nombre en general
Se habla y denuncia con razón el bloqueo a Cuba, las bases yanquis en Colombia, las sanciones impiadosas contra Venezuela y su invasión posterior, el legado pinochetista en Chile, el golpe del año 2009 en Honduras y el derrocamiento de Evo Morales en Bolivia en el año 2019. Todos ejemplos claros de intervencionismo norteamericano actualizado.
Sin embargo, Cristina Kirchner –dos veces presidenta, vicepresidenta, figura central del peronismo popular– es casi siempre omitida en esos análisis.
Esta ausencia no es inocente. Revela al menos una notable dificultad conceptual y política para reconocer las formas concretas que adopta la resistencia popular en cada país.
En Argentina, “nombrar a Cristina” significa invocar soberanía, redistribución de la riqueza, memoria de Perón y Evita, y más ampliamente defensa de derechos sociales frente al neoliberalismo.
El atentado del año 2022 fue el clímax de años de lawfare (episodio Antonini Wilson, causa Vialidad, ruta del dinero K, etc.), demonización mediática y campaña de odio, con el mismo patrón usado en otros países para desestabilizar gobiernos progresistas, que llegó finalmente al intento de femimagnicidio.
En Argentina, “nombrar a Cristina” significa invocar soberanía, redistribución de la riqueza, memoria de Perón, Evita y derechos sociales, cosa que incomoda a extraños y muchos propios que a la hora de gobernar hicieron todo lo contrario a lo comprometido con su electorado y así les fue …
El paralelismo con Juan Perón es evidente: tras el golpe del año 1955, también destinado a eliminarlo físicamente, su nombre fue proscripto (“el innombrable”), pero esa prohibición fortaleció el peronismo como identidad de resistencia. Hoy con Cristina ocurre algo parecido. Es “la innombrable” para muchos propios y extraños.
En ciertos círculos de militancia y de analistas opositores, incluso muchos autodenominados peronistas y de izquierda, su nombre genera incomodidad –tal vez por temor al rótulo “populista” o por disputas ideológicas minúsculas– y se prefiere el silencio.
Al callar, se entrega la narrativa a la derecha, que sí nombra: “casta”, “kirchnerismo”, “corrupción”, da nombres y apellidos como justificativos del ajuste, la represión y la entrega de recursos.
El imperialismo adopta formas locales: Lava Jato e impeachment en Brasil, traición de Lenín Moreno en Ecuador, caída de Pedro Castillo en Perú, narcoterrorismo en Venezuela, etc.
En Argentina fue persecución judicial seguida de intento de asesinato. Pero en foros locales e internacionales progresistas el hecho suele pasar desapercibido o mencionarse al pasar.
Cristina incomoda porque representa medidas concretas (AUH, YPF) y liderazgo carismático, que no encaja en esquemas teóricos supuestamente puros del peronismo histórico que, tras la muerte de Perón y hasta la llegada de Néstor y Cristina, fue el partido del ajuste neoliberal en el país que o bien lo acompañó o lo implementó abiertamente.
Ese silencio fortalece al adversario. Milei y su sector no ganan solo por la inflación trucha o el respaldo del Tesoro Norteamericano y el FMI; ganan porque construyen relato: Estado = villano, mercado = salvador, y nombran a sus enemigos.
Mientras, al no nombrar a Cristina, se permite que quede asociada solo a los escándalos fabricados por los grandes medios en todos sus soportes tecnológicos.
Para cambiar esta circunstancia de retroceso popular democrático primero hay que nombrarla: integrarla al relato antiimperialista local y continental como símbolo de resistencia argentina. Por eso #CristinaLibre no es una consigna electoral, o peor, una pelotudez como sugieren algunos dirigentes que han hecho del peronismo un meme.
«Discutir la ‘inocencia’ en los términos de Comodoro Py es caer en una trampa armada para despolitizar la causa. A Cristina no se la juzga por el código penal, se la juzga por su liderazgo popular y democrático. Por eso, la consigna es ‘Cristina libre’: porque su detención es un acto estrictamente político de proscripción, y los actos políticos no se resuelven discutiendo tecnicismos con jueces militantes, sino defendiendo la democracia en la calle y en el debate público». 1
La lucha popular no es una abstracción: en Argentina tiene rostro femenino y un nombre: Cristina.
Y solo nombrando a quien el poder dominante pretende borrar hoy naturalizando su proscripción y encarcelamiento se podrá comenzar a disputar seriamente la narrativa de ultraderecha y, con esa disputa, comenzar a discutir realmente el poder que hoy para muchos parece infranqueable y de continuar callados probablemente lo sea.
*Director de Consultora Equis
Nota
1- En Brasil quisieron dar la discusión jurídica sobre la ‘inocencia’ de Lula dentro de un sistema diseñado para condenarlo, pero lo que terminó rompiendo la proscripción fue la exigencia política de ‘Lula Libre’. Cuando el liderazgo es popular, la prisión es un hecho político y su resolución siempre es política. Discutir expedientes con un tribunal militante es convalidar el juego de quienes usan los fueros para proscribir democracias y mantenerla proscripta.
Es la creencia ingenua según la cual ignorar, no nombrar o ser indiferente a algo, provoca la inexistencia de ese algo.
Pero ese algo, esto es el símbolo de CFK como esperanza en potencia de remontada frente al sistema oligárquico hegemónico, está operando en forma latente, subyacente, muy poco visible.
Y el establishment le tiene terror que eso latente aflore a la superficie y los obligue a ponerse a la defensiva de nuevo.
Vamos Cristina !!!!con vos por siempre Cristina LIBRE