«Quien no extraña la Unión Soviética no tiene corazón, pero quien quiere restaurarla no tiene cerebro»

Vladimir Putin

 

Gareth Dale

 

En 1917, las fuerzas insurrectas se decantaron por el anticolonialismo en múltiples registros. El régimen que derrocaron, el imperio zarista, era una auténtica “prisión de los pueblos”, en la que las poblaciones armenias, azeríes, georgianas, polacas, indígenas de Siberia y otras muchas estaban sometidas a la opresión colonial y al extractivismo económico. El gobierno soviético de la época se declaró contrario a aquel orden. En lo que se llamaría korenisatsiya (indigenización), creó repúblicas autónomas para docenas de minorías nacionales, fomentó la educación en lenguas autóctonas y promocionó las culturas locales.

Y no solo se ofrecieron formas de autonomía. También se abrió la puerta a la secesión sobre la base teorizada por Lenin en El derecho de las naciones a la autodeterminación. En un claro repudio del colonialismo zarista, uno de los primeros decretos del nuevo gobierno, la Declaración de Derechos de los Pueblos de Rusia, proclamó la libertad de todos los pueblos integrados en el antiguo imperio, incluido su derecho a la determinación y la secesión. Finlandia fue la primera antigua provincia zarista que aprovechó la ocasión y en diciembre de 1917 se aprobó su independencia, seguida de la de los Estados bálticos en 1920.

La revolución no solo se enfrentó al imperialismo histórico de Rusia, sino también a las jerarquías del orden global. La base teórica fue aportada de nuevo por Lenin en su libro El imperialismo, fase superior del capitalismo. El argumento central del escrito se resume en tres afirmaciones:  “El capitalismo se ha convertido en un sistema global de opresión colonial y asfixia financiera de la mayoría de la población mundial por parte de un puñado de países avanzados”; se intensifican los  “antagonismos entre naciones imperialistas para dividir el mundo” y “el imperialismo aumenta la opresión nacional y por consiguiente genera resistencia”.

En la interpretación de Lenin, el imperialismo es, en primer lugar, rivalidad de poderes dentro de la economía mundial capitalista moderna. En el bando del poder capitalista, la política suele estructurarse a través del Estado nacional; para Lenin es “la regla y la norma del capitalismo”. En segundo lugar, como elementos de esta rivalidad más amplia, las grandes potencias someten y explotan al resto del mundo. En tercer lugar, las minorías oprimidas responderán con la lucha.

El desafío al imperialismo mundial se puso de manifiesto en uno de los primeros actos del gobierno soviético. Cuando llegó a sus manos el texto del Acuerdo Sykes-Picot1, lo publicó en los diarios Pravda e Isvestia. Esto puso en aprietos a Londres y París, pues reveló sus propósitos con respecto a Oriente Medio y las promesas incompatibles que habían hecho a los árabes y a a los sionistas. Fue todo un hito de la política de solidaridad con los pueblos colonizados, un compromiso que más tarde se institucionalizó a través de la Internacional Comunista (Comintern).

En 1920 hubo una muestra temprana del anticolonialismo de la Comintern en Bakú, concretamente en el Congreso de los Pueblos de Oriente. El presidente de la asamblea, Grigory Zinoviev, lanzó un llamamiento a la insurrección armada en todo el mundo colonizado. Destacó la discrepancia del comunismo con los socialdemócratas de la Segunda Internacional: estos últimos preconizaban una “política colonial supuestamente progresista”, que en la práctica apoyaba a “la burguesía de piel blanca” en su subyugación de “los pueblos de piel negra y amarilla”. La Comintern procedió a financiar e instruir a militantes anticoloniales en Asia y África hasta su disolución en 1943.

Así que en su primera época no hubo ambigüedad con respecto al carácter radicalmente antiimperial de la revolución. No solo derribó el régimen imperial ruso, sino que llevó a cabo una ruptura ideológica y una confrontación práctica con el imperialismo mundial. Sin embargo, cuando amainó la marea revolucionaria mundial en la década de 1920, también se debilitó el radicalismo del nuevo régimen, incluido su antimperialismo.

Por decirlo en pocas palabras, el Estado obrero no podía subsistir a la larga aisladamente. Vivía “en un sistema de Estados”, recordó Lenin a sus camaradas, y no podía sobrevivir “junto con los Estados imperialistas durante mucho tiempo. Uno u otro ha de triunfar al final”. Los bolcheviques apostaban a que la trayectoria revolucionaria de Rusia se consolidara si se producían avances similares en otras partes del mundo.

Sin embargo, mientras tanto, un asalto imperialista (la invasión por parte de más de una docena de potencias en apoyo a la ofensiva contrarrevolucionaria de los Blancos para aplastar el régimen revolucionario) estaba socavando la base del poder soviético. Ya en 1920, con el debilitamiento de la clase obrera y la suspensión de sus órganos democráticos, el régimen del Partido Comunista empezó a atrofiarse. Afloró de nuevo el chovinismo de la Gran Rusia, sobre todo en el aparato del Estado, que, como advirtió Lenin, habían “heredado del zarismo y untado ligeramente con ungüento soviético”.

La advertencia de Lenin se produjo en respuesta a un cambio inquietante del trato dado a las antiguas colonias zaristas. A comienzos de 1921, una sección del Ejército Rojo, al mando de Sergo Ordshonikidse, un aliado de Stalin, invadió Georgia, destituyó al gobierno menchevique y purgó el Partido Comunista. El objetivo fundacional democrático-radical del régimen, que incluía el derecho a la secesión de las naciones oprimidas, ya estaba sucumbiendo ante la centralización del poder en Moscú.

A partir de finales de la década de 1920 se impulsó una “contrarrevolución modernizadora” bajo la dirección de Stalin. El régimen soviético de partido único se convirtió en agente de acumulación de capital con el propósito de reducir la ventaja que llevaban las potencias imperialistas occidentales mediante estrategias de industrialización acelerada y colectivización forzosa. La estrategia requería la mejora de la cualificación de la mano de obra, combinada con el terror contrarrevolucionario, dirigido contra los “la vieja guardia bolchevique” y el campesinado, aunque también contra las minorías nacionales. Estas medidas solían combinarse. Por ejemplo, en Ucrania, el abandono de la política de “ucrainización” se produjo en tándem con una campaña de colectivización que fue más brutal que en Rusia y dio lugar a una de las peores hambrunas del mundo moderno, el holodomor2.

El nuevo régimen, pese a su nombre multiétnico, era de hecho una formación nacional-imperial, con Rusia en el centro. Las reformas que habían hecho de la Unión Soviética “el primer Imperio de Acción Positiva del mundo” se revocaron. Se suprimió la autonomía cultural y lingüística paralelamente a la rusificación. La tradicional tolerancia hacia las mujeres musulmanas portadoras de velo desapareció y fueron ejecutados destacados comunistas musulmanes. Se perpetraron masacres contra minorías nacionales (como las de la población chechena en Jaibaj).

Hubo deportaciones de poblaciones enteras, incluida una parte de la de Chechenia e Ingusetia, Kalmukia, Balkaria, la población tártara de Crimea, Kurdistán, Korea y muchas más. Naciones del antiguo imperio que habían declarado su independencia fueron anexionadas de nuevo, en particular los países bálticos al amparo del Pacto Mólotov-Ribbentrop con la Alemania nazi. Las repúblicas centroasiáticas (Kazajistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguistán y Turkmenistán) fueron reestructuradas según la lógica de la “contrarrevolución modernizadora”. Por un lado, sus economías se orientaron hacia el extractivismo (como el monocultivo de algodón en Uzbekistán), emulando las colonias de ultramar de Europa occidental; por otro, las inversiones en “modernización” (educación e industria) dieron pie a un notable aumento de la tasa de alfabetización y del nivel de vida en comparación con el periodo zarista.

Tras la victoria en la segunda guerra mundial, la URSS se presentó como una gran potencia imperialista, ampliando su zona de influencia al conjunto de Europa Central y Oriental. ¿Acaso los territorios anexionados durante la guerra no se administran como “colonias, del mismo modo que cualquiera de los territorios coloniales en África o Asia?”, preguntó el primer ministro de Ceilán, John Kotelawala, en la Conferencia de Bandung en 1955. Una pregunta que fue respondida el año siguiente en un lenguaje de sangre y fuego, cuando Moscú envió sus tanques para apuntalar a su títere en Hungría, como ya hiciera en Alemania Oriental en 1953 y luego repetiría en Checoslovaquia en 1968. La justificación formal de estas intervenciones se anunció en la “Doctrina Brezhnev”, en la que Moscú impuso la soberanía limitada a sus regímenes aliados.

A escala mundial, las aspiraciones revolucionarias del régimen comunista inicial amainaron y dieron paso a la realpolitik. Moscú comenzó a participar en el juego diplomático de acuerdo con las reglas codificadas en el periodo entre Waterloo y Versalles: el interés propio de cada gran potencia radica en mantener su esfera de influencia, mientras que el “orden internacional” se gestiona mediante el equilibrio de poderes, la celebración de conferencias ocasionales de las grandes potencias y organizaciones multilaterales dirigidas por ellas.

Los Partidos Comunistas pasaron a oponerse a los levantamientos revolucionarios en el extranjero que supusieran una amenaza para este sistema, como ocurrió en Catalunya3. La Comintern renunció a la “revolución mundial” a favor de la razón de Estado, es decir, la promoción del “interés nacional” de la URSS. En algunos casos esta política adoptó formas particularmente reaccionarias. En 1947, con el fin de acelerar la salida de Gran Bretaña de Oriente Medio, la URSS y cuatro países de su esfera votaron a favor del Plan de Partición de Palestina en las Naciones Unidas. Si hubieran votado en contra, el plan no habría obtenido la mayoría necesaria de dos tercios; Israel no existiría como entidad colonial legitimada por la ONU. El año siguiente, la URSS fue el primer Estado en reconocer a Israel, siendo Checoslovaquia su principal proveedor de armas.

En cierto modo, la URSS evolucionó a mediados de siglo paralelamente a EEUU: una potencia ascendente con un interés estratégico en debilitar el control de Europa Occidental y Japón sobre sus colonias. Sin embargo, la disparidad de riqueza era colosal: EE UU integró las potencias coloniales en su economía mundial liberal, mientras que la URSS era hegemónica en una región mucho más pequeña y en la vertiente económica estaba menos avanzada que algunos de los países que ocupó. Como potencia atrasada y basada en la economía de guerra, ampliar su dominación exigía la imposición en los territorios ocupados de estructuras de economía de guerra iguales que las suyas. Más allá de Europa Oriental, su éxito en la modernización dentro del capitalismo de Estado y su capacidad para eludir la dominación occidental atrajo a los movimientos de liberación y las administraciones públicas de los regímenes poscoloniales.

Durante gran parte del siglo XX, Moscú prestó un apoyo importante a los movimientos de liberación, como el Congreso Nacional Africano en Sudáfrica, el Movimiento Popular por la Liberación de Angola, el Frente de Liberación de Mozambique, la Unión del Pueblo Africano de Zimbabue y la lucha de Vietnam contra el imperialismo francés y estadounidense. En algunos casos, especialmente en el de Vietnam, el apoyo soviético fue crucial; en otros, como el de Kenia, Argelia y Cuba en la década de 1950, no tanto.

En general, la solidaridad soviética se basaba en cálculos estratégicos, y los movimientos que no se alinearan con los intereses de Moscú (como la lucha por la liberación de Eritrea) apenas recibirían apoyo o fueron socavados activamente. Tras el cisma chino-soviético4, las dos grandes potencias comunistas pasaron en general a respaldar a bandos opuestos, como por ejemplo en la lucha por la independencia de Bangladés y en Angola y Mozambique. A menudo, gobiernos poscoloniales alineados con Moscú se vieron encadenados a nuevas relaciones económicas que reproducían la dependencia de una forma diferente, siendo el de Cuba como proveedor de azúcar a Rusia un caso paradigmático.

En suma, la Unión Soviética ocupó una posición profundamente ambigua en las historias del colonialismo y del imperialismo. En los años revolucionarios llevó a cabo un intento históricamente novedoso de construir una formación política poscolonial multiétnica. A partir de la década de 1920 evolucionó hasta convertirse en una potencia imperial. En el mismo momento en que a escala mundial la forma del Estado imperial se hundía convulsivamente con la implosión de los imperios otomano, austriaco y alemán y el declive del japonés, británico y demás, la URSS adaptó el modelo zarista de periferias dominadas por la Rusia imperial. La Unión Soviética extendió su dominio imperial a los pueblos de Asia Central, el Cáucaso y Europa Oriental, mientras patrocinaba movimientos anticoloniales en el resto del mundo.

Notas

  • 1
    El Acuerdo Sykes-Picot (1916) fue un pacto secreto entre Gran Bretaña y Francia ‒con el visto bueno de la Rusia zarista‒ para dividir los territorios árabes del imperio otomano en esferas de influencia y control. Su publicación por el gobierno soviético en 1917 reveló la existencia de promesas contradictorias que se hicieron a líderes árabes y al movimiento sionista. ↩︎
  • 2
    El holodomor (1932-1933) fue una hambruna provocada por la colectivización forzosa y el embargo de grano por el régimen soviético en Ucrania, cobrándose la vida de millones de personas. Ucrania y otros muchos Estados lo han calificado de genocidio. Véase Zbigniew Marcin Kowalewski, https://vientosur.info/la-conquista-de-ucrania-y-la-historia-del-imperialismo-ruso/ ↩︎
  • 3
    La política soviética en España durante la guerra civil (1936-1939) priorizó las relaciones entre Estados y las necesidades de “seguridad colectiva” por encima de la estrategia revolucionaria. La Internacional Comunista suprimió activamente el POUM (’Partido Obrero de Unificación Marxista) y las fuerzas anarquistas, contribuyendo a la derrota de la revolución. ↩︎
  • 4
    El cisma chino-soviético se refiere a la ruptura ideológica y política entre la URSS y la República Popular China que tuvo lugar a finales de la década de 1950 y se declaró abiertamente a comienzos de la de 1960, dando lugar a una rivalidad entre ambos países en todos los conflictos del Tercer Mundo. ↩︎

 

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Gareth Dale es profesor de Política Económica de la Universidad Brunel (Londres).