San Cayetano

Cada 7 de agosto, aniversario del fallecimiento de San Cayetano, cientos de miles de argentinos se congregan para pedir pan, trabajo y salud. La devoción al santo de los trabajadores constituye una de las expresiones más profundas de la religiosidad popular argentina, pero también forma parte de una historia política en la que la fe, la organización colectiva y las luchas sociales se entrelazaron. El 7 de noviembre de 1981, la marcha de la CGT Brasil bajo la consigna "Pan, Paz y Trabajo" convirtió al santuario de San Cayetano en el escenario de una de las primeras grandes irrupciones populares contra la última dictadura militar. Aquella jornada no solo desafió al poder represivo: inauguró una nueva subjetividad democrática al demostrar que el miedo podía ser derrotado cuando un pueblo encontraba un símbolo capaz de transformar la esperanza en acción colectiva.

Ubaldini rodeado de gente en las puertas de la Iglesia de San Cayetano (Télam)

San Cayetano: cuando la fe popular se convirtió en acontecimiento político

Religiosidad popular, movimiento obrero y la disputa por el sentido común en la Argentina contemporánea

 


Introducción: el día en que comenzó a quebrarse el miedo

La historia política argentina suele ubicar el inicio del derrumbe de la última dictadura cívico-militar en dos acontecimientos centrales: la movilización del 30 de marzo de 1982 y la derrota militar en la Guerra de Malvinas. Ambos hechos fueron decisivos. Sin embargo, varios meses antes, un acontecimiento menos recordado había producido una ruptura simbólica fundamental: la marcha convocada por la CGT Brasil hacia el santuario de San Cayetano, el 7 de noviembre de 1981.

Aquella movilización fue mucho más que una protesta sindical. Fue el momento en que una sociedad sometida durante años al terrorismo de Estado volvió a reconocerse como sujeto colectivo. Miles de trabajadores salieron a la calle desafiando la prohibición del régimen y expresaron una demanda que condensaba una experiencia histórica profunda: «Pan, Paz y Trabajo».

La consigna tenía una extraordinaria densidad política. El pan expresaba la urgencia de una sociedad golpeada por la crisis económica; el trabajo reivindicaba la dignidad humana frente a un modelo que había destruido buena parte del aparato productivo; la paz exigía el final de la violencia estatal y la recuperación de una convivencia democrática.

No era solamente una consigna sindical. Era la expresión de un sentido común popular que la dictadura había intentado destruir mediante la represión, la fragmentación social y la transformación económica.

La importancia histórica de aquella jornada reside precisamente allí: no derribó a la dictadura, pero modificó la percepción social sobre la invulnerabilidad del régimen. Hasta ese momento, el miedo había funcionado como una tecnología de poder. La desaparición forzada de personas, la persecución política, la intervención de sindicatos y la censura habían instalado la idea de que cualquier resistencia colectiva era imposible.

La marcha a San Cayetano demostró lo contrario.

Como señalaría años después Alain Badiou al desarrollar su concepto de acontecimiento, existen momentos históricos en los que una irrupción inesperada modifica el campo de posibilidades. El acontecimiento no es simplemente un hecho importante: es aquello que altera la conciencia de los sujetos involucrados y abre un horizonte nuevo. La marcha de 1981 fue uno de esos momentos: antes parecía imposible desafiar públicamente a la dictadura; después, esa posibilidad comenzó a formar parte del imaginario colectivo.


La resistencia obrera bajo la dictadura

La movilización de San Cayetano no surgió espontáneamente. Fue el resultado de un proceso de resistencia que el movimiento obrero había comenzado a reconstruir desde los primeros años del régimen militar.

El golpe de Estado de 1976 tuvo entre sus objetivos centrales la destrucción de la capacidad organizativa de los trabajadores. La dictadura comprendió que la fortaleza histórica del movimiento popular argentino estaba estrechamente ligada a la existencia de sindicatos con capacidad de representación, negociación y movilización. Por eso intervino organizaciones gremiales, encarceló dirigentes, desapareció militantes sindicales y modificó profundamente la legislación laboral.

La represión tuvo una dimensión política, pero también económica. El proyecto encabezado por José Alfredo Martínez de Hoz buscó transformar las bases del capitalismo argentino mediante la apertura financiera, la liberalización comercial y la reducción del peso del trabajo organizado en la distribución del ingreso.

El resultado fue una profunda reestructuración social: endeudamiento externo, caída del salario real, cierre de industrias, aumento de la desigualdad y debilitamiento del modelo de industrialización sustitutiva que había caracterizado buena parte del siglo XX argentino.

En ese contexto surgió la Comisión de los 25, integrada por dirigentes sindicales que comenzaron a reconstruir la resistencia gremial frente al régimen. Su papel fue decisivo porque permitió recuperar una voz colectiva cuando la mayoría de los canales institucionales estaban clausurados.

En 1979, la primera huelga general contra la dictadura mostró que el movimiento obrero seguía conservando capacidad de organización pese a la represión. La posterior conformación de la CGT Brasil, conducida por Saúl Ubaldini, profundizó ese proceso y expresó una línea sindical enfrentada a los sectores que buscaban una negociación limitada con el régimen.

La marcha del 7 de noviembre de 1981 fue entonces el resultado de una acumulación política. La clase trabajadora no apareció repentinamente en escena: reconstruyó pacientemente sus redes de solidaridad, sus formas de organización y sus lenguajes de protesta.

Pero la particularidad de aquella movilización fue que encontró un símbolo capaz de superar el ámbito estrictamente sindical.

Ese símbolo fue San Cayetano.


San Cayetano y la cultura popular del trabajo

¿Por qué una organización sindical eligió como destino un santuario religioso? La respuesta exige comprender una característica central de la cultura popular argentina: la profunda articulación histórica entre religiosidad, comunidad y mundo del trabajo.

San Cayetano no era simplemente una figura religiosa. Desde comienzos del siglo XX había adquirido una significación particular como patrono del pan y del trabajo. Su imagen condensaba una preocupación fundamental de las clases populares: la necesidad de acceder a una vida digna a través del empleo.

Cada 7 de agosto, las peregrinaciones al santuario de Liniers expresan una experiencia colectiva donde conviven la fe, la memoria familiar, la solidaridad barrial y la búsqueda de reconocimiento social. La persona que llega hasta San Cayetano no solo pide un beneficio individual; participa de una comunidad simbólica que comparte una misma preocupación histórica: la inseguridad frente al desempleo y la necesidad de un trabajo que otorgue identidad y dignidad.

Por eso la elección del santuario para la marcha de 1981 no fue accidental. La CGT Brasil comprendió que allí existía un lenguaje popular capaz de articular demandas sociales, religiosas y políticas.

San Cayetano permitía expresar una idea central: el trabajo no es una mercancía más del mercado, sino un fundamento de la condición humana.

Esta concepción tiene profundas raíces en la doctrina social de la Iglesia, que desde fines del siglo XIX había desarrollado una crítica tanto al individualismo liberal extremo como a las formas de explotación derivadas del capitalismo industrial. Encíclicas como Rerum Novarum (1891) y posteriormente Quadragesimo Anno (1931) habían colocado la cuestión obrera en el centro de la reflexión cristiana.

En América Latina, esa tradición adquirió nuevas dimensiones después del Concilio Vaticano II y de la Conferencia de Medellín de 1968, cuando sectores importantes de la Iglesia comenzaron a interpretar la pobreza desde la perspectiva de la injusticia estructural y la necesidad de transformación social.

En Argentina, esa sensibilidad encontró una expresión propia en la relación entre la religiosidad popular, el movimiento obrero y el peronismo. San Cayetano se convirtió así en un punto de encuentro entre dimensiones que otras tradiciones políticas habían mantenido separadas: fe y justicia social, espiritualidad y organización colectiva, identidad religiosa y lucha democrática.

La marcha de 1981 reveló esa síntesis.

La dictadura había intentado imponer una sociedad basada en la despolitización, el individualismo y la obediencia. La peregrinación obrera a San Cayetano expresó exactamente lo contrario: una comunidad organizada que volvía a ocupar el espacio público y afirmaba que ningún proyecto de sociedad podía construirse negando la dignidad del trabajo.

La teología del pueblo, Francisco y la disputa por la hegemonía cultural

La religiosidad popular como inteligencia histórica de los sectores populares

La marcha de San Cayetano de 1981 no puede comprenderse solamente como una estrategia sindical. Su potencia política estuvo vinculada a que logró expresar una sensibilidad social preexistente: una forma particular en que amplios sectores populares argentinos interpretaron el trabajo, la comunidad y la justicia.

Esa dimensión fue analizada por una corriente teológica nacida en la Argentina durante las décadas de 1960 y 1970: la teología del pueblo. Sus principales referentes —Lucio Gera, Rafael Tello, Justino O’Farrell y Juan Carlos Scannone— desarrollaron una lectura original de la realidad latinoamericana que otorgaba a la cultura popular un papel central.

A diferencia de algunas interpretaciones que observaban la religiosidad popular exclusivamente como una forma de alienación, la teología del pueblo sostuvo que las prácticas religiosas de los sectores subalternos constituían también espacios de elaboración simbólica, resistencia y construcción comunitaria. El pueblo no era simplemente un objeto de evangelización o una víctima de estructuras injustas; era un sujeto histórico capaz de producir valores, memorias y formas propias de organización.

Desde esa perspectiva, las peregrinaciones, las fiestas patronales y las devociones populares no eran expresiones atrasadas destinadas a desaparecer con la modernización. Eran formas mediante las cuales una comunidad conservaba su identidad y expresaba sus esperanzas.

San Cayetano representa precisamente esa experiencia. La multitud que cada 7 de agosto se reúne para pedir trabajo no expresa únicamente una necesidad económica. Expresa también una concepción moral de la sociedad: la idea de que nadie debería quedar excluido de la posibilidad de construir una vida digna mediante el trabajo.

Por eso la figura del santo del pan y del trabajo adquirió una dimensión política sin necesidad de transformarse en un símbolo partidario. Su fuerza proviene de su capacidad para condensar una experiencia colectiva.


Francisco y la actualización de una tradición argentina

El pontificado de Francisco puede ser interpretado como una actualización mundial de esa tradición argentina. Formado en el clima intelectual de la teología del pueblo y profundamente influido por figuras como Lucio Gera y Juan Carlos Scannone, Jorge Mario Bergoglio llevó al centro de la Iglesia universal una preocupación que había marcado su formación: la defensa de la dignidad de los sectores excluidos.

Cuando Francisco plantea la necesidad de garantizar Tierra, Techo y Trabajo, retoma una larga tradición de pensamiento social cristiano latinoamericano. Su crítica a la «cultura del descarte» apunta precisamente contra una lógica económica que considera prescindibles a millones de personas cuando dejan de ser rentables para el mercado.

La continuidad con San Cayetano resulta evidente. El trabajo aparece nuevamente no como una simple variable económica sino como una dimensión humana fundamental. Perder el empleo no significa únicamente perder ingresos: significa perder reconocimiento social, vínculos comunitarios y una parte central de la identidad personal.

En ese sentido, la consigna de 1981 —«Pan, Paz y Trabajo»— mantiene una vigencia sorprendente. Resume una concepción donde la democracia no se agota en la existencia de elecciones periódicas, sino que requiere condiciones materiales que permitan a las personas participar plenamente de la vida social.


Gramsci: la disputa por el sentido común

La persistencia de San Cayetano también puede analizarse desde la teoría de la hegemonía de Antonio Gramsci.

Para Gramsci, una clase dominante no conserva el poder únicamente mediante la coerción. Necesita construir una visión del mundo capaz de presentarse como natural y universal. Esa construcción se realiza en instituciones, medios de comunicación, escuelas, iglesias y prácticas culturales cotidianas.

El sentido común no es neutral. Es un terreno de disputa.

Desde esta perspectiva, la cuestión religiosa posee una dimensión política porque contribuye a organizar una determinada interpretación de la realidad. La religiosidad popular vinculada a San Cayetano transmite una idea del mundo basada en la comunidad, la solidaridad y la centralidad del trabajo.

No es una ideología formulada de manera sistemática, pero constituye una sensibilidad colectiva.

Gramsci señalaba que los sectores populares suelen contener dentro de su sentido común elementos contradictorios: por un lado, valores heredados de la tradición comunitaria; por otro, ideas provenientes de la cultura dominante. La lucha política consiste precisamente en disputar qué elementos logran organizar esa visión del mundo.

La tradición de San Cayetano expresa uno de esos elementos comunitarios que históricamente dieron forma a la identidad popular argentina.

Raymond Williams y las estructuras del sentir

El concepto de «estructuras del sentir» desarrollado por Raymond Williams permite profundizar esta interpretación.

Williams sostuvo que las culturas no están formadas únicamente por doctrinas o instituciones consolidadas. También existen experiencias compartidas, emociones colectivas y formas de percepción que todavía no se han convertido plenamente en sistemas políticos, pero que orientan la manera en que una sociedad comprende su realidad.

San Cayetano funciona como una estructura del sentir de las clases populares argentinas.

La fila de personas que espera durante horas para llegar al santuario no puede explicarse solamente como una práctica religiosa. Allí se condensan experiencias sociales acumuladas: generaciones que conocieron el trabajo industrial, familias atravesadas por crisis económicas, trabajadores informales, jubilados y jóvenes que buscan un futuro estable.

La peregrinación funciona como una memoria viva.

En ella sobreviven valores que han sido debilitados por décadas de transformaciones económicas: la idea de pertenencia, la solidaridad barrial, el reconocimiento del otro y la convicción de que ciertos bienes —el trabajo, la vivienda, la dignidad— no deberían depender exclusivamente de la capacidad individual de competir en el mercado.


Rodolfo Kusch y la racionalidad popular

La reflexión de Rodolfo Kusch permite incorporar una dimensión específicamente latinoamericana. Para Kusch, los pueblos de América Latina poseen formas propias de comprender la existencia que no pueden ser reducidas a las categorías del pensamiento occidental moderno.

La cultura popular no debe ser interpretada como ausencia de racionalidad, sino como una racionalidad diferente.

Desde esa mirada, una peregrinación como la de San Cayetano no representa una fuga irracional hacia lo religioso frente a problemas materiales. Constituye una forma cultural de elaborar la incertidumbre, fortalecer la comunidad y sostener la esperanza.

El pueblo no solamente reclama trabajo. También construye un sentido compartido sobre por qué el trabajo importa.

Allí reside la profundidad política del símbolo.

San Cayetano no es poderoso porque prometa una solución individual a una necesidad concreta. Es poderoso porque recuerda que los problemas individuales tienen raíces sociales y que las respuestas históricas suelen construirse colectivamente.

La nueva disputa religiosa: de la comunidad a la prosperidad individual

Precisamente por esa dimensión cultural, la transformación del campo religioso argentino adquiere relevancia política.

El crecimiento de diversas corrientes evangélicas, especialmente aquellas vinculadas a la llamada teología de la prosperidad, expresa una modificación importante en los lenguajes religiosos disponibles para interpretar la vida social.

Es necesario reconocer la diversidad interna del mundo evangélico. Muchas iglesias realizan una tarea comunitaria fundamental en barrios populares y desarrollan prácticas solidarias frente a situaciones de exclusión. Sin embargo, ciertas corrientes neopentecostales han difundido una concepción donde la prosperidad económica aparece estrechamente asociada a la fe individual, el esfuerzo personal y la capacidad de superación.

La diferencia con la tradición de San Cayetano es profunda.

Mientras esta última coloca en primer plano la necesidad de garantizar colectivamente el acceso al trabajo y a una vida digna, la teología de la prosperidad tiende a desplazar la explicación del bienestar hacia la conducta individual.

El problema deja de ser principalmente social para convertirse en una cuestión personal.

Esta transformación no es solamente religiosa. Es también una disputa por el sentido común. Define cómo una sociedad interpreta la pobreza, la desigualdad y las responsabilidades colectivas.

En ese punto, la disputa por San Cayetano expresa una disputa más amplia sobre el futuro de las clases populares argentinas.

Badiou, Laclau, O’Donnell y la democracia nacida desde abajo

El acontecimiento político y la ruptura de la normalidad

La importancia histórica de la marcha de San Cayetano de 1981 puede comprenderse plenamente si se la analiza como un acontecimiento político. La categoría desarrollada por Alain Badiou permite pensar aquellos momentos en los que una sociedad deja de reproducir pasivamente un orden establecido y aparece una nueva subjetividad capaz de disputar el curso de la historia.

Hasta noviembre de 1981, la dictadura había logrado imponer una sensación de clausura política. La represión había fragmentado las organizaciones sociales, debilitado la acción colectiva y extendido la percepción de que toda resistencia era inútil. El régimen no solo gobernaba mediante la fuerza: también había construido una idea de inevitabilidad.

La marcha a San Cayetano quebró esa percepción.

Su importancia no estuvo solamente en la cantidad de personas movilizadas, sino en el efecto político que produjo. Miles de trabajadores comprobaron que podían volver a ocupar las calles. La sociedad comenzó a descubrir que el poder de la dictadura no era absoluto.

Ese cambio de conciencia fue decisivo.

Los acontecimientos históricos no siempre modifican inmediatamente las instituciones. A veces modifican primero las subjetividades. Antes de que caiga un régimen, suele caer la creencia de que ese régimen es invencible.

San Cayetano fue uno de esos momentos.


Ernesto Laclau y la construcción de una identidad popular

La capacidad de la consigna «Pan, Paz y Trabajo» para reunir demandas diversas puede analizarse también desde la teoría política de Ernesto Laclau.

Para Laclau, los movimientos populares se constituyen cuando demandas heterogéneas logran articularse alrededor de símbolos capaces de representar algo más amplio que su significado original. Esos símbolos funcionan como puntos de condensación de una identidad colectiva.

La consigna de la CGT Brasil tuvo precisamente esa capacidad.

«Pan» representaba a quienes sufrían el deterioro económico.

«Trabajo» expresaba tanto la defensa del empleo existente como el reclamo de una sociedad organizada alrededor de la dignidad laboral.

«Paz» reunía la exigencia del fin de la violencia estatal y la recuperación de la convivencia democrática.

Cada palabra contenía múltiples demandas, pero juntas construían una frontera política: de un lado, una sociedad que reclamaba derechos; del otro, un régimen que imponía silencio y exclusión.

La elección de San Cayetano amplificó esa articulación porque permitió que el reclamo sindical se inscribiera en una tradición cultural más profunda. La marcha no hablaba únicamente en nombre de los trabajadores organizados. Interpelaba también a familias populares, creyentes, comunidades barriales y sectores sociales que compartían una experiencia común de pérdida y resistencia.


O’Donnell y el agotamiento del Estado burocrático-autoritario

La lectura de Guillermo O’Donnell sobre el Estado burocrático-autoritario permite comprender el contexto estructural en el que ocurrió la movilización.

Según O’Donnell, los regímenes autoritarios latinoamericanos de los años sesenta y setenta surgieron como respuesta de las clases dominantes frente a la expansión de demandas populares que amenazaban modificar las relaciones de poder existentes.

La dictadura argentina de 1976 intentó resolver esa crisis mediante una combinación de represión política y transformación económica. Pero el propio modelo que buscó imponer generó nuevas tensiones.

La destrucción del tejido industrial, el endeudamiento externo y el deterioro de las condiciones de vida comenzaron a erosionar las bases sociales del régimen.

La marcha de San Cayetano expresó esa contradicción: el mismo proyecto que buscaba disciplinar a la sociedad había generado condiciones materiales que alimentaban la resistencia.

La dictadura había logrado controlar las instituciones, pero comenzaba a perder legitimidad social.


Portantiero, De Ípola y la reconstrucción de la democracia

Los trabajos de Juan Carlos Portantiero y Emilio de Ípola sobre la transición democrática permiten comprender que la democracia no fue solamente una consecuencia institucional de 1983.

La democracia necesitaba ser reconstruida también como cultura política.

Después de años de autoritarismo, la sociedad argentina debía recuperar capacidades colectivas: debatir, organizarse, participar y reconocer la legitimidad del conflicto social.

La marcha de 1981 anticipó esa reconstrucción.

Mucho antes del retorno electoral, trabajadores y sectores populares comenzaron a recuperar una práctica fundamental de la democracia: la posibilidad de aparecer públicamente como sujetos colectivos.

La democracia argentina no nació únicamente en los partidos políticos ni en los acuerdos institucionales posteriores. También nació en las calles, en las fábricas, en los barrios y en espacios simbólicos como San Cayetano.


La Iglesia frente a la dictadura: entre la complicidad y la resistencia

La historia de San Cayetano durante la dictadura también obliga a analizar el papel contradictorio de la Iglesia católica argentina.

Una parte importante de la jerarquía eclesiástica acompañó o toleró el accionar del régimen militar. Ese silencio frente al terrorismo de Estado constituye una de las páginas más dolorosas de la historia institucional de la Iglesia argentina.

Pero junto a esa actitud existieron sectores comprometidos con la defensa de los derechos humanos y con el acompañamiento de los sectores perseguidos.

Entre ellos se destacaron figuras como:

  • Enrique Angelelli, obispo de La Rioja asesinado en 1976 por su compromiso con los trabajadores rurales y los sectores humildes.
  • Jaime de Nevares, obispo de Neuquén, defensor de los derechos humanos y crítico de la dictadura.
  • Jorge Novak, obispo de Quilmes, uno de los primeros miembros de la jerarquía católica en denunciar públicamente las desapariciones.
  • Miguel Hesayne, obispo de Viedma, también comprometido con la denuncia del terrorismo de Estado.

Esa corriente eclesial encontró en la religiosidad popular un espacio privilegiado de encuentro con las mayorías populares.

La tradición de San Cayetano pertenece a esa Iglesia que entendía la fe como compromiso con la vida concreta de las personas.


San Cayetano frente al neoliberalismo cultural

La vigencia contemporánea de San Cayetano aparece con mayor claridad cuando se observa la transformación del mundo del trabajo.

La Argentina actual presenta una sociedad atravesada por la precarización laboral, la informalidad, el debilitamiento de los vínculos colectivos y la creciente dificultad para que amplios sectores accedan a un empleo estable.

En ese contexto, la figura del santo del pan y del trabajo continúa expresando una demanda elemental: la necesidad de una sociedad donde la dignidad no dependa exclusivamente de la capacidad individual de competir.

La expansión de discursos vinculados al emprendedurismo extremo y a la teología de la prosperidad plantea una concepción diferente. Allí el éxito aparece principalmente como resultado del esfuerzo personal, mientras las causas estructurales de la desigualdad pierden centralidad.

La disputa no es simplemente entre religiones. Es una disputa por la interpretación de la sociedad.

Una tradición afirma que el trabajo es un derecho que debe ser garantizado colectivamente.

Otra tiende a presentarlo como una oportunidad individual cuya obtención depende principalmente del mérito personal.

Detrás de esa diferencia existe una pregunta política fundamental: ¿la pobreza es un problema individual o una cuestión social?

La respuesta define también el tipo de comunidad que una sociedad aspira a construir.


San Cayetano como memoria política del pueblo argentino

La marcha del 7 de noviembre de 1981 demuestra que los grandes cambios históricos no siempre comienzan donde la política institucional espera encontrarlos.

A veces nacen en una plaza, en una fábrica, en un barrio o en un santuario.

San Cayetano fue uno de esos lugares donde una tradición religiosa se transformó en una fuerza política. No porque la fe reemplazara a la organización social, sino porque ambas encontraron allí un punto de encuentro.

La movilización de «Pan, Paz y Trabajo» fue una expresión de una cultura popular que entendía que el trabajo, la solidaridad y la justicia social formaban parte de una misma concepción de la vida colectiva.

Gramsci habría señalado que allí se disputaba la construcción del sentido común.

Williams habría visto una estructura del sentir capaz de sobrevivir a las transformaciones históricas.

Kusch habría reconocido una forma propia de pensar y habitar el mundo desde América Latina.

Badiou habría identificado un acontecimiento capaz de abrir una nueva posibilidad política.

Laclau habría observado la construcción de una identidad popular articulada alrededor de un símbolo común.

O’Donnell habría encontrado allí uno de los signos del agotamiento del Estado autoritario.

Todos esos enfoques permiten comprender una misma cuestión: San Cayetano no fue solamente una devoción religiosa ni una movilización sindical. Fue un momento en que una sociedad recuperó la conciencia de su propia capacidad de transformar la historia.

Por eso, cada 7 de agosto, cuando miles de personas vuelven a pedir pan y trabajo, no solamente expresan una necesidad presente. También actualizan una memoria política.

La memoria de un pueblo que aprendió que el miedo puede ser derrotado cuando la comunidad recupera su voz.

Y que, en determinados momentos históricos, una tradición aparentemente religiosa puede convertirse en el lenguaje mediante el cual una sociedad vuelve a imaginar su futuro.


Bibliografía

  • Badiou, Alain. El ser y el acontecimiento. Manantial, Buenos Aires, 1999.
  • Basualdo, Eduardo. Sistema político y modelo de acumulación. Universidad Nacional de Quilmes.
  • De Ípola, Emilio. La última utopía.
  • Francisco. Evangelii Gaudium (2013); Laudato Si’ (2015); Fratelli Tutti (2020).
  • Gramsci, Antonio. Cuadernos de la cárcel. Ediciones Era.
  • Kusch, Rodolfo. América profunda.
  • Laclau, Ernesto. La razón populista. Fondo de Cultura Económica, 2005.
  • O’Donnell, Guillermo. El Estado burocrático autoritario. Editorial de Belgrano, 1982.
  • Portantiero, Juan Carlos. Los usos de Gramsci. Folios.
  • Scannone, Juan Carlos. La teología del pueblo. Raíces teológicas del papa Francisco. Sal Terrae, 2017.
  • Williams, Raymond. Marxismo y literatura. Península, 1980.
  • Infobae. El día que una masiva marcha de la CGT a San Cayetano puso por primera vez en jaque a la dictadura (7 de noviembre de 2023).
El 7 de noviembre de 1981, convocados por Saúl Ubaldini con la consigna “Pan, Paz y Trabajo”, miles de personas se movilizaron en Liniers en la primera gran marcha realizada durante la última dictadura para reclamar por sus derechos. Fue el punto de partida para una escalada en la resistencia que alcanzaría su punto máximo meses después, el 30 de marzo de 1982, con movilizaciones en todo el país, bajo una consigna mucho más terminante: “Se va a acabar la dictadura militar”

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