Tras el derrumbe de la Unión Soviética, Occidente tuvo la oportunidad de construir una arquitectura de seguridad inclusiva que incorporara a Rusia. Según Jeffrey Sachs, Washington eligió en cambio preservar su hegemonía mediante la expansión de la OTAN y la lógica de bloques. Tres décadas después, la guerra en Ucrania y la emergencia de China expresan no sólo conflictos regionales, sino la crisis de un orden internacional que ya no puede sostener su antigua estructura unipolar. El Prof. Jeffrey Sachs analiza cómo el orden mundial posterior a la Guerra Fría se construyó sobre mentiras, que han cegado a Occidente ante las razones por las que todo se está derrumbando. En la apertura Jeffrey Sachs dialoga con Glenn Diesen: "Nunca hubo ni habrá un hegemón permanente"
El planteo de Jeffrey Sachs puede servir como punto de partida para una lectura crítica del orden internacional posterior a 1991, pero conviene distinguir entre hechos documentados, interpretaciones de Sachs y afirmaciones históricamente discutidas.
La hipótesis central es que, después de la desaparición de la URSS, Estados Unidos tuvo una oportunidad excepcional: construir un sistema europeo de seguridad que incorporara a Rusia y superara definitivamente la lógica de bloques de la Guerra Fría. En lugar de ello, Washington habría optado por convertir la victoria geopolítica de 1991 en un proyecto de hegemonía unipolar.
La cuestión decisiva no sería entonces solamente la expansión de la OTAN, sino qué orden internacional debía construirse después del derrumbe soviético.
Sachs tiene razón al señalar que en 1990 existieron conversaciones occidentales con dirigentes soviéticos en las que se formularon garantías respecto de la expansión de estructuras militares occidentales hacia el Este. El famoso «not one inch eastward» de James Baker aparece documentado en las conversaciones sobre la reunificación alemana.
Pero existe una controversia histórica importante: no hubo un tratado general que prohibiera para siempre la expansión de la OTAN hacia Europa oriental. Las garantías estuvieron vinculadas fundamentalmente al estatuto militar de la Alemania reunificada y fueron interpretadas posteriormente de manera diferente por Rusia y Occidente.
Esto no invalida el argumento político de Sachs. Lo vuelve más preciso: el problema no es simplemente una supuesta «promesa jurídica incumplida», sino el quiebre de las expectativas de seguridad que Moscú había desarrollado durante la transición del orden bipolar al posterior a la Guerra Fría.
Aquí aparece probablemente el núcleo más potente de la crítica.
Gorbachov imaginaba una Europa que superara la división entre Este y Oeste. La idea de una «casa común europea» suponía que la seguridad de París, Berlín, Varsovia y Moscú debía pensarse como un problema común y no como un juego de suma cero.
La alternativa que finalmente predominó fue diferente: ampliación de la OTAN, incorporación progresiva de antiguos miembros del Pacto de Varsovia y, finalmente, expansión de la infraestructura militar occidental hasta las proximidades del espacio estratégico ruso.
Desde una perspectiva geopolítica, esto produjo una paradoja: la Guerra Fría terminó, pero no desapareció completamente la arquitectura de seguridad construida durante ella.
El concepto de seguridad indivisible es fundamental para comprender la discusión. Su premisa es sencilla: ningún Estado debería aumentar su seguridad de manera que reduzca estructuralmente la seguridad de los demás.
El problema es que las dos partes terminaron interpretando la seguridad de manera incompatible.
Para Washington, los Estados de Europa oriental tenían derecho soberano a elegir sus alianzas. Para Moscú, la incorporación de esos Estados a una alianza militar adversaria modificaba directamente su entorno estratégico.
Ambas afirmaciones pueden coexistir jurídicamente, pero generan una contradicción geopolítica que la diplomacia debía resolver.
La tragedia histórica consiste en que la política internacional posterior a 1991 no consiguió construir una arquitectura capaz de resolver esa contradicción.
El argumento de Sachs adquiere todavía mayor dimensión cuando se observa el desplazamiento del centro de gravedad mundial.
El orden construido después de 1991 suponía, explícita o implícitamente, una prolongación de la primacía estadounidense. Sin embargo, el crecimiento de China, el fortalecimiento de Rusia, la autonomía estratégica de India y el peso creciente del Sur Global modificaron radicalmente esa ecuación.
Por eso las guerras de Ucrania y las crecientes tensiones con Irán no deberían analizarse solamente como conflictos regionales aislados. Forman parte de una crisis de transición hegemónica.
Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar y financiera del sistema, pero ya no posee la capacidad de ordenar unilateralmente el conjunto del sistema internacional.
Desde una perspectiva de economía política internacional, hay además una dimensión que Sachs suele enfatizar menos: la hegemonía geopolítica también tiene una base material.
La expansión de alianzas, las sanciones, el complejo militar-industrial, el control de corredores energéticos y financieros y la disputa por mercados y recursos no son fenómenos separados de la competencia entre grandes potencias.
La crisis del orden posterior a 1991 puede interpretarse así como el agotamiento de un modelo en el que la superioridad militar estadounidense, la centralidad del dólar, las instituciones financieras internacionales y la expansión de los mercados occidentales funcionaron como pilares de una determinada estructura de poder.
China y el resto de Asia están construyendo alternativas parciales a esa arquitectura.
Por eso el problema contemporáneo no es simplemente «Rusia contra Occidente». Es más profundo: la transición de un sistema unipolar hacia otro crecientemente multipolar se está produciendo sin una nueva arquitectura de seguridad colectiva que acompañe esa transformación económica y política.
Y allí reside el peligro señalado por Sachs: cuando una potencia hegemónica en declive intenta conservar mediante la coerción posiciones que ya no puede sostener exclusivamente mediante su superioridad económica, la competencia entre potencias puede transformarse en una dinámica de militarización permanente.
La cuestión estratégica del siglo XXI, entonces, no es quién consigue reconstruir una nueva hegemonía unipolar, sino si las grandes potencias serán capaces de sustituir la lógica de bloques por un sistema genuinamente inclusivo de seguridad colectiva.
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Jeffrey D. Sachs
Director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia.
1976, BA (Hons), Harvard College; 1978, MA y 1980, PhD, Harvard Univ. 1980, Profesor Asistente; 1982, Profesor Asociado; 1983, Profesor Titular. Anteriormente: Director, Centro para el Desarrollo Internacional; Profesor, Comercio Internacional, Harvard; Presidente, Comisión de Macroeconomía y Salud de la OMS. Asesor Económico de gobiernos en América Latina, Europa del Este, CEI, Asia y África; Investigador Asociado, Oficina Nacional de Investigación Económica. Copresidente, Consejo Asesor, Informe de Competitividad Global, Foro Económico Mundial. Actualmente: Director, Instituto de la Tierra, Universidad de Columbia y Asesor Especial del Secretario General de la ONU. Miembro: Academia Estadounidense de Artes y Ciencias; Panel de Economistas de Brookings. Autor. Investigación: vínculos entre salud y desarrollo, geografía económica, globalización, mercados emergentes, competitividad global, transiciones a economías de mercado, mercados financieros internacionales y coordinación de políticas macroeconómicas, y políticas macroeconómicas en países en desarrollo y desarrollados. Galardonado con varios premios.
Glenn Diesen es profesor de la Universidad del Sureste de Noruega (USN) y editor asociado de la revista Russia in Global Affairs. Su investigación se centra en la transición de Rusia de la Gran Iniciativa Europea a la Gran Asociación Euroasiática. .