Mientras Milei vuelve a levantar la bandera de Malvinas, Trump tensiona la relación con Londres y algunos dirigentes del gobierno genocida israelí reclaman reconocer la soberanía argentina.
La coyuntura parece abrir una oportunidad diplomática, pero también una contradicción incómoda: ¿hasta dónde llega el soberanismo de un Gobierno que reivindica las islas mientras profundiza la apertura de los recursos estratégicos al capital transnacional también en las islas? En la apertura Jorge Elbaum analiza la paradoja de un gobierno de entrega que reclama soberanía, y lo hace en un marco geopolítico donde es apenas una pieza de descarte.
La decisión del gobierno de Javier Milei de volver a colocar la cuestión Malvinas en el centro de la agenda internacional adquiere una dimensión particular por el contexto geopolítico en el que se produce. Argentina endurece su posición frente a las empresas que explotan recursos en las islas, mientras desde Israel aparecen voces que reclaman reconocer la soberanía argentina y, simultáneamente, Donald Trump introduce interrogantes sobre la tradicional posición de Washington frente al conflicto. La pregunta inevitable es hasta dónde llega realmente el nuevo discurso soberanista del Gobierno.
Conviene comenzar por una precisión: Israel no ha reconocido oficialmente la soberanía argentina sobre Malvinas. Lo que ocurrió es que el ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, reclamó públicamente a Benjamin Netanyahu que reconociera las islas como territorio argentino ocupado por el Reino Unido y que se adoptaran sanciones contra Londres. El planteo fue acompañado por Yair Netanyahu, hijo del primer ministro israelí.[1] Por lo tanto, estamos ante una presión política dentro del propio campo israelí, no ante un cambio formal de la política exterior de Israel.
Pero el episodio resulta significativo porque aparece en un momento de creciente tensión entre Israel y el Reino Unido. Londres ha endurecido sus posiciones respecto de la política israelí en Cisjordania y ha anunciado medidas contra determinadas actividades vinculadas con los asentamientos.[2] En ese escenario, la cuestión Malvinas puede convertirse en una herramienta adicional de presión política sobre Londres. El reclamo argentino adquiere así una utilidad geopolítica que excede las fronteras del Atlántico Sur.
Milei, por su parte, parece haber comprendido rápidamente esa oportunidad. El Gobierno impulsa una legislación destinada a endurecer las sanciones contra empresas que operen en las islas y sus aguas, particularmente frente a la explotación de hidrocarburos.[3] El conflicto deja entonces de ser exclusivamente territorial: entra en juego el control de los recursos estratégicos del Atlántico Sur.
Y allí aparece el núcleo de la cuestión.
Malvinas no es solamente una bandera. Es territorio, petróleo, pesca, plataforma continental, rutas marítimas y recursos naturales. La disputa por la soberanía es también una disputa por quién controla el excedente económico generado en esos territorios y quién tiene capacidad efectiva para decidir sobre ellos.
Por eso la recuperación del discurso malvinero por parte de Milei merece ser examinada más allá de la legitimidad histórica del reclamo argentino. Malvinas constituye una causa nacional que excede a cualquier gobierno y que ha sido sostenida por administraciones de signos políticos completamente diferentes. La cuestión no pertenece a Milei: pertenece a la Argentina.
Lo que sí pertenece a Milei es la forma en que utiliza políticamente esa causa.u posición internacional; Trump puede utilizar la cuestión para presionar a Londres; pero Argentina necesita algo mucho más profundo: recuperar capacidad efectiva de decisión sobre el territorio y sus recursos.
El Reino Unido, pese a sus dificultades internas y a las tensiones que atraviesan su relación con Washington, mantiene una presencia militar, económica y administrativa consolidada en las islas. Londres continúa afirmando que no existe ninguna duda sobre su soberanía.[5] Por eso sería exagerado interpretar los actuales movimientos diplomáticos como el comienzo inmediato de una recuperación argentina del archipiélago.
Lo que existe es una ventana geopolítica excepcional, producida por el debilitamiento relativo de algunas alianzas tradicionales, la política exterior imprevisible de Trump y las tensiones entre Israel y distintos gobiernos europeos. Milei intenta aprovecharla desde una posición de total alineamiento con Washington e Israel.
Pero precisamente allí aparece la pregunta decisiva: ¿hasta dónde llega el soberanismo de Milei?
Porque existe una diferencia sustancial entre utilizar la soberanía como instrumento diplomático y construir una política integral de soberanía nacional. Esta última requiere capacidad estatal, defensa, industria, ciencia y tecnología, control de los recursos naturales, infraestructura, desarrollo energético, protección de la plataforma continental y capacidad para determinar qué parte del excedente generado por esos recursos permanece en la Argentina.
La diferencia no estará en la cantidad de veces que el Presidente pronuncie la palabra soberanía. Estará en qué hace efectivamente con el petróleo, el gas, la pesca, los minerales, la tierra, la energía y los recursos estratégicos del territorio continental y marítimo argentino.
La cuestión Malvinas plantea así una paradoja para el propio Gobierno: cuanto más seriamente se instale el tema de la soberanía sobre las islas, más difícil será evitar el debate sobre la soberanía económica dentro del territorio continental.
Porque no alcanza con preguntarse quién tiene la bandera sobre las islas.
Hay que preguntarse quién controla los recursos, quién captura la renta y quién decide sobre el destino del excedente.
Una soberanía que se reivindica frente al Reino Unido pero se limita frente al capital transnacional es un simulacro perfectamente compatible con la dependencia económica.
La verdadera prueba del discurso soberanista de Milei no está, entonces, en Londres. Está dentro de la Argentina y ahí se muere su narrativa malvinera.
[1] Sobre el pedido de Itamar Ben-Gvir a Netanyahu para reconocer Malvinas como territorio argentino ocupado: Infobae, 7 de septiembre de 2026; Cadena SER, 8 de septiembre de 2026.
[2] Sobre el endurecimiento de la posición británica respecto de Israel y los asentamientos en Cisjordania: Associated Press, septiembre de 2026.
[3] Sobre el proyecto impulsado por Milei para endurecer las sanciones contra empresas que operan en Malvinas: Reuters, 14 de septiembre de 2026.
[4] Sobre la participación de la empresa israelí Navitas en el proyecto petrolero Sea Lion y las acciones impulsadas por Argentina: Financial Times, septiembre de 2026.
[5] Sobre la reafirmación británica de su soberanía sobre las islas frente a las declaraciones de Donald Trump: Reuters, 8 de septiembre de 2026.