La conversación con Maisa Bascuas permite pensar el feminismo popular como una tradición latinoamericana de lucha que articula género, clase, territorio y soberanía. Desde las revoluciones independentistas y la Revolución Cubana hasta las huelgas feministas contemporáneas, esta perspectiva cuestiona la explotación capitalista, el patriarcado, el racismo y el endeudamiento como dimensiones de una misma estructura de dominación. El feminismo deja así de ser solamente una agenda de derechos individuales para convertirse en una práctica colectiva de organización y resistencia: si nuestras vidas sostienen la reproducción de la sociedad, detener ese trabajo también puede convertirse en una herramienta de poder popular.
A partir de Maisa Bascuas
A partir de la presentación de Bascuas, se puede ampliar la idea de feminismo popular para que no aparezca simplemente como una variante del feminismo, sino como una concepción política que vincula emancipación de género con clase, trabajo, territorio, deuda, soberanía y antiimperialismo.1 La propia presentación del episodio ubica a Bascuas en esa tradición de feminismo socialista y antiimperialista.2
El aporte de Maisa Bascuas permite recuperar una dimensión del feminismo latinoamericano que en ocasiones queda desplazada por las agendas centradas exclusivamente en la igualdad formal entre varones y mujeres.3 Se trata del feminismo popular, una corriente política que parte de una pregunta diferente: ¿qué significa la emancipación de las mujeres cuando la mayoría de ellas vive de su trabajo, cuando ese trabajo está precarizado, cuando una parte fundamental de la reproducción social se realiza gratuitamente en los hogares y los barrios y cuando las economías nacionales están condicionadas por la deuda, el capital financiero y las relaciones de dependencia?4
Desde esta perspectiva, el patriarcado no puede analizarse separado de las estructuras económicas y sociales que lo reproducen. Pero tampoco alcanza con afirmar que todas las mujeres sufren de la misma manera la opresión patriarcal. La clase social modifica profundamente las formas de esa opresión. No enfrenta las mismas condiciones una mujer propietaria de capital que una trabajadora informal, una empleada doméstica, una campesina, una trabajadora de la economía popular o una mujer que sostiene un comedor comunitario en un barrio popular.
Ahí aparece una de las claves del feminismo popular: convertir la experiencia cotidiana de las mujeres trabajadoras en una cuestión política.5
La consigna de las huelgas feministas —“si nuestras vidas no valen, produzcan sin nosotras”— adquiere entonces una dimensión mucho más profunda.6 No se trata solamente de abandonar durante un día el mercado laboral. La pregunta es qué ocurriría si se detuvieran todas las actividades necesarias para reproducir la vida que permanecen invisibilizadas: cocinar, limpiar, cuidar niños, acompañar ancianos, sostener enfermos, organizar comedores, garantizar redes comunitarias, contener las crisis familiares y producir innumerables bienes y servicios que el mercado no contabiliza o remunera de manera insuficiente.
El feminismo popular coloca allí una contradicción central del capitalismo: el sistema necesita del trabajo de reproducción social, pero intenta reducir su costo al mínimo posible.
Por eso la cuestión de los cuidados no constituye una problemática secundaria. Es una discusión sobre quién sostiene materialmente la sociedad. Y cuando el Estado reduce políticas sociales, salarios, jubilaciones, educación, salud o asistencia comunitaria, una parte creciente de ese costo vuelve a recaer sobre las familias y, dentro de ellas, especialmente sobre las mujeres.7
La cuestión de la deuda introduce otra dimensión decisiva. “Vivas, libres y sin deuda” no es solamente una consigna económica.8 Permite comprender cómo la deuda se convierte en una forma de disciplinamiento social. La deuda pública condiciona las políticas estatales; la deuda de los hogares condiciona las decisiones familiares; el crédito reemplaza ingresos insuficientes; y la precarización transforma cada vez más aspectos de la vida cotidiana en obligaciones financieras.9
Desde esta perspectiva, el feminismo popular cuestiona la idea de que la emancipación pueda reducirse a que algunas mujeres accedan individualmente a posiciones de poder dentro de las mismas estructuras económicas. Que una mujer llegue a la cima de una empresa, de un banco o de una institución estatal no modifica necesariamente las condiciones de las millones de mujeres que trabajan debajo de ella.10
La cuestión central pasa entonces de la representación individual a la organización colectiva.
Y aquí el concepto de pueblo adquiere importancia. El feminismo popular latinoamericano no se construye únicamente desde instituciones académicas o desde organizaciones específicamente feministas. Se nutre también de sindicatos, movimientos territoriales, organizaciones campesinas, cooperativas, movimientos de trabajadores de la economía popular, organismos de derechos humanos y experiencias comunitarias.11
En ese sentido, la trayectoria de Bascuas resulta significativa: su trabajo articula feminismos, economías populares y políticas públicas, mientras su participación en espacios de memoria y derechos humanos conecta las luchas actuales con la experiencia histórica de la dictadura argentina.12
Esto permite introducir otra dimensión: la memoria como herramienta de lucha política.
La experiencia latinoamericana muestra que los proyectos de transformación social no solamente fueron enfrentados mediante mecanismos económicos. También fueron combatidos mediante violencia política, dictaduras, persecución y desaparición. En Argentina, la dictadura de 1976 no buscó únicamente eliminar determinadas organizaciones políticas: también pretendió destruir formas de organización obrera, popular, estudiantil y territorial.13
El feminismo popular recupera esa memoria porque entiende que la violencia de Estado, la explotación económica y la subordinación social no pertenecen a compartimentos separados de la historia.
Por eso la referencia a las revoluciones independentistas y a la Revolución Cubana que aparece en la conversación con Bascuas tiene un significado político preciso. Sitúa al feminismo latinoamericano dentro de una historia más amplia de lucha contra la dominación colonial e imperial.14
La cuestión antiimperialista resulta especialmente importante porque América Latina no ocupa una posición neutral dentro del capitalismo mundial.15 La división internacional del trabajo, el endeudamiento externo, la extracción de recursos naturales y la dependencia financiera condicionan las posibilidades de desarrollo de los Estados nacionales. Y esas condiciones tienen efectos concretos sobre la vida de las mujeres.16
Cuando una economía pierde empleo industrial, cuando aumenta la informalidad, cuando se deterioran los servicios públicos o cuando el Estado descarga sobre los hogares funciones que antes garantizaba colectivamente, la crisis económica se convierte también en una crisis de reproducción de la vida.
De ahí que el feminismo popular pueda formular una tesis más amplia: la lucha por la igualdad de género no puede separarse de la lucha por quién controla la riqueza, quién decide sobre los recursos naturales, quién paga las crisis y quién sostiene cotidianamente la reproducción de la sociedad.
Esto también permite diferenciarlo de un feminismo meramente liberal.17 Mientras este último puede concentrarse en ampliar las oportunidades individuales dentro del orden existente, el feminismo popular pregunta por las estructuras materiales que determinan esas oportunidades.
No alcanza con abrir las puertas del poder si el poder continúa organizado alrededor de la concentración económica.
No alcanza con igualdad jurídica si millones de mujeres carecen de ingresos suficientes.
No alcanza con celebrar la incorporación de mujeres a las élites empresariales si millones de trabajadoras permanecen sometidas a la precariedad.
No alcanza con hablar de autonomía si la deuda determina qué puede hacer una familia con sus ingresos.
El feminismo popular introduce, así, una concepción distinta de la libertad: no solamente libertad frente a la discriminación, sino libertad material para vivir, trabajar, decidir y organizarse colectivamente.
Y quizás allí esté la cuestión política central de la entrevista: el feminismo no aparece como una identidad sectorial sino como una perspectiva desde la cual interrogar el conjunto del orden social.
La consigna “queremos estar vivas, libres y sin deuda” condensa esa mirada.18 “Vivas” remite a la violencia y al derecho a existir; “libres”, a la emancipación; “sin deuda”, a la autonomía económica y a la crítica del capitalismo financiero. Las tres dimensiones juntas producen una concepción política mucho más amplia: la defensa de la vida frente a un sistema que convierte cada vez más dimensiones de la existencia en mercancías, deudas y relaciones de subordinación.
Desde América Latina, el feminismo popular propone entonces recuperar una vieja pregunta con lenguaje contemporáneo: ¿quién produce la riqueza, quién reproduce la vida y quién decide sobre ambas?
Esa pregunta desplaza al feminismo desde la periferia hacia el centro de la disputa política. Porque si las mujeres de las clases populares sostienen una parte decisiva de la reproducción social, su organización colectiva no es solamente una demanda sectorial: es una forma de poder popular.