Lado B del presupuesto: Del hambre a la deuda, de la deuda a la desesperación, el costo humano del ajuste.

El dato de que seis de cada diez familias de los barrios populares deban endeudarse para comprar alimentos adquiere una dimensión todavía más dramática cuando se lo conecta con los casos concretos de hostigamiento y sufrimiento extremo. El relevamiento del Instituto Periferias muestra que el 59,8% recurrió al endeudamiento para comprar alimentos y el 43,7% atravesó días sin comer por falta de recursos.

En este contexto, la deuda deja de ser un instrumento financiero y se transforma en un mecanismo de supervivencia. Se pide para comer, después para pagar la deuda anterior y finalmente para sostener los intereses. En los sectores de menores ingresos adquieren mayor peso los préstamos familiares y los prestamistas informales, donde pueden aparecer tasas y mecanismos de cobro particularmente gravosos.

El caso de José C. Paz poe ejemplo, muestra el extremo al que puede llegar esta dinámica: una mujer endeudada para sostener su trabajo informal terminó sometida a fuertes presiones de los acreedores y, según el relato de su madre, atravesó dos intentos de suicidio. Presentamos aquí otro caso similar en Caraza, sugerimos escuchen los audios.

La deuda, entonces, no sólo captura el ingreso futuro: puede capturar también la subjetividad de quien ya no encuentra salida porque cuando una economía obliga a endeudarse para comer, la deuda deja de ser una cuestión financiera y se convierte en una cuestión social, laboral, alimentaria y de salud mental.

Hambre y deuda golpean los barrios populares: seis de cada diez familias se endeudan para comer

Un relevamiento del Instituto Periferias sobre 4.742 personas en 15 provincias muestra una realidad extrema: el 75,4% de los hogares no cubre sus gastos mínimos y el 59,8% tuvo que pedir dinero para comprar alimentos. La deuda ya no financia proyectos ni consumos extraordinarios: sostiene la mesa cotidiana.

En los barrios populares argentinos la deuda cambió de significado. Ya no aparece solamente cuando se rompe algo, llega un gasto inesperado o una familia quiere comprar aquello que no puede pagar de una vez. Para miles de hogares se convirtió en la diferencia entre comer y no comer. Un relevamiento nacional del Instituto Periferias realizado en agosto muestra que el 59,8% de los habitantes consultados tuvo que endeudarse para comprar alimentos. Todavía más crudo: el 43,7% declaró haber atravesado días sin comer por falta de recursos.

Ella ya se quiso quitar la vida

Los números pertenecen al estudio «Realidad social en las periferias», elaborado a partir de 4.742 casos de personas mayores de 18 años residentes en barrios populares de 15 provincias. El trabajo utilizó cuestionarios estructurados y un muestreo no probabilístico realizado en paradas de transporte, plazas y centros comunitarios. Por su metodología, no representa estadísticamente a toda la población argentina, pero ofrece una fotografía amplia de las condiciones de vida dentro del universo relevado. Y esa fotografía muestra una economía doméstica funcionando permanentemente al límite. El 75,4% de los hogares consultados afirmó que sus ingresos no alcanzan para cubrir los gastos mínimos, mientras que el 61,8% mantiene algún tipo de deuda financiera.

Ya corre peligro su vida y la de sus nenes

 

La secuencia importa porque permite entender el problema. Cuando tres de cada cuatro hogares relevados no consiguen cubrir lo indispensable y seis de cada diez deben dinero, el crédito empieza a perder su función tradicional de adelantar consumo. Ya no se pide para comprar mañana algo que se podría pagar dentro de algunos meses. Se pide para resolver hoy aquello que el ingreso del mes no alcanza a cubrir.

Daniel Menéndez, director del Instituto Periferias y referente de Barrios de Pie, definió ese fenómeno como una transformación del endeudamiento en una práctica cotidiana. También vinculó la situación con una crisis de ingresos que afecta especialmente a trabajadores informales y habitantes de las periferias.

Veraderamente este tipo la va a matar

Cuando la deuda termina sentándose a la mesa

La alimentación concentra la cara más dura del relevamiento. El 73,4% de las personas consultadas manifestó dificultades para acceder a alimentos saludables y nutritivos. Además, el 53,8% indicó que en algún momento su hogar llegó a quedarse sin comida.

El dato que termina de conectar hambre y endeudamiento es contundente: el 59,8% recurrió a dinero prestado para poder comprar alimentos. Una familia puede entonces tener comida sobre la mesa y, al mismo tiempo, estar acumulando una obligación que deberá pagar con los ingresos del mes siguiente.

Las formas de conseguir ese dinero también describen hasta dónde llega la presión. Entre los hogares endeudados, el 44,8% mencionó compromisos con tarjetas de crédito y el 31,9% préstamos de familiares o amigos. Otro 27,3% recurrió a particulares y el 23,9% tomó créditos mediante aplicaciones financieras.

A eso se suma un 21,9% con deudas vinculadas a servicios básicos y un 11,6% que manifestó haber recurrido a prestamistas informales. Cuanto más se aleja una familia del sistema financiero tradicional, además, mayores pueden ser su vulnerabilidad y las dificultades para reorganizar posteriormente sus cuentas.

La deuda familiar deja así de ser un problema separado del hambre. Ambos fenómenos empiezan a alimentarse entre sí. Si una parte del ingreso futuro ya está comprometida para devolver lo que permitió comer durante el mes anterior, el presupuesto siguiente comienza con menos recursos disponibles. Y cuando tampoco alcanza, aparece una nueva deuda. El crédito compra tiempo, pero no crea ingresos.

El deterioro laboral completa el cuadro. El 49,4% de los hogares relevados señaló haber sufrido la pérdida de su principal fuente de trabajo. Al preguntar por los problemas más importantes del país, el 61,2% ubicó al hambre y la pobreza entre sus principales preocupaciones.

La presión económica tampoco queda encerrada en la billetera. El estudio encontró que el 58,2% de los consultados experimenta ansiedad o tristeza relacionada con su situación económica. La incertidumbre sobre cómo pagar, comer o sostener los servicios entra a la casa y modifica rutinas, vínculos y expectativas.

Hay una diferencia enorme entre una sociedad que utiliza el crédito para comprar un electrodoméstico y otra donde una parte de sus sectores más vulnerables necesita crédito para comprar comida. En el primer caso existe consumo anticipado. En el segundo aparece un ingreso presente que directamente no alcanza.

Por eso estos números cuentan bastante más que una estadística sobre endeudamiento. Hablan de familias que combinan tarjeta, aplicaciones, ayuda de parientes, cuentas atrasadas y préstamos para sostener gastos elementales. También muestran redes comunitarias que siguen funcionando cuando el bolsillo ya agotó sus alternativas formales.

La deuda puede esconder durante algún tiempo la profundidad de una crisis de ingresos porque permite seguir pagando, comprando y comiendo. Pero cada vencimiento devuelve el problema al punto de partida. Cuando una familia necesita pedir prestado para poner el plato sobre la mesa, ya no está financiando su futuro: está tratando de conseguir que el presente llegue hasta mañana.

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