Categoría Economía

Primer paso

Ayer se dió un paso central para consolidar el modelo peruano en La Argentina, aunque conviene hacer una precisión conceptual: el caso peruano no demuestra que el Banco Central haya quedado literalmente “por encima” del poder político. Lo que muestra es algo más sofisticado: una autonomización institucional de la política monetaria, acompañada por una fuerte inestabilidad del sistema presidencial. Julio Velarde preside el BCRP desde octubre de 2006, atravesando los gobiernos de Alan García, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Pedro Castillo y Dina Boluarte. Hemos analizado acá lo suficiente sobre la fragilidad del sistema de representación, su fragmentación estructural en un contexto donde el principal liderazgo de plexo nacional encarnado en Cristina Fernández de Kirchner, de cuyo intento de supresión física se cumplirán 4 años, hoy proscripto y cumpliendo prisión rigurosa sin fundamentos legales conocidos.

La inteligencia artificial al servicio de los multimillonarios: la nueva ofensiva contra el trabajo

El artículo de Martin Hart-Landsberg, publicado en Monthly Review, propone leer la inteligencia artificial no como una tecnología neutral, sino como un nuevo campo de disputa por el poder económico.

El punto más fuerte del texto es que la amenaza de la IA no reside solamente en la automatización del trabajo, sino en quién controla la infraestructura, los datos, los algoritmos y el capital necesario para desarrollarla.

Desde esta perspectiva, los grandes empresarios tecnológicos —los llamados tech billionaires— concentran un poder que excede ampliamente el ámbito empresarial. La IA puede convertirse en un mecanismo de centralización de riqueza y poder económico, porque las empresas dominantes poseen simultáneamente:

enormes volúmenes de datos;
capacidad computacional;
capital financiero;
infraestructura digital;
propiedad intelectual;
plataformas de distribución;
y capacidad para influir sobre los Estados.

El resultado puede ser una nueva fase de concentración monopólica.

La cuestión decisiva no es simplemente si la IA "destruirá empleos". El problema de fondo es quién se apropia de los incrementos de productividad generados por ella.

En una economía capitalista, una tecnología que permite producir más con menos trabajo no implica automáticamente una reducción de la jornada laboral o una mejora del bienestar. Puede traducirse en:

más productividad → menor necesidad de trabajadores → presión sobre salarios → mayor rentabilidad del capital → concentración de riqueza.

Por eso, la IA puede profundizar una tendencia ya existente: mientras una minoría propietaria controla los activos tecnológicos, una mayoría depende de vender su fuerza de trabajo en condiciones cada vez más precarias.

La conclusión implícita de Hart-Landsberg es especialmente relevante: no alcanza con regular la inteligencia artificial.

La regulación puede limitar algunos abusos, pero deja intacta la estructura de propiedad. La cuestión estratégica es entonces disputar quién controla la tecnología y para qué fines sociales se utiliza.

Esto permite conectar el debate sobre IA con una cuestión clásica del pensamiento marxista: el desarrollo de las fuerzas productivas puede abrir posibilidades extraordinarias de bienestar colectivo, pero bajo relaciones capitalistas esas posibilidades pueden convertirse en instrumentos de dominación.

Una lectura desde la Argentina

Este planteo resulta particularmente pertinente frente a un modelo económico que busca reducir el costo laboral como mecanismo de competitividad.

La IA puede funcionar como una nueva herramienta disciplinaria sobre el trabajo: no necesariamente porque sustituya inmediatamente a millones de trabajadores, sino porque introduce la amenaza permanente de sustitución y, por lo tanto, aumenta el poder de negociación del capital frente al trabajador.

El problema no sería entonces solamente el "desempleo tecnológico". Es algo más profundo: la apropiación privada de una productividad producida por el conocimiento social acumulado.

La resistencia que plantea Hart-Landsberg debe entenderse, por lo tanto, como una disputa por la propiedad, el control y la orientación social de la tecnología.

La pregunta fundamental no es "¿qué hará la IA con nosotros?", sino "¿quién controlará la IA y quién se apropiará de la riqueza que produzca?"

Sobre el posibilismo: Un pragmatismo sin resultados

El artículo de Samuel Farber en Nueva Sociedad es especialmente interesante porque cuestiona una lectura muy instalada de Max Weber: la oposición entre «ética de la responsabilidad» y «ética de la convicción» como si la primera representara el realismo político y la segunda una política revolucionaria necesariamente irracional.

Farber sostiene que esa dicotomía no alcanza para comprender la política revolucionaria marxista. Weber construyó su crítica desde una posición de liberalismo moderado, nacionalismo alemán y defensa del Estado, y tendió a juzgar de manera mucho más severa la violencia cuando provenía de movimientos socialistas que cuando respondía a objetivos nacionales alemanes.

El punto más fuerte del artículo aparece en el análisis de Brest-Litovsk. Allí Farber muestra que los bolcheviques no actuaron simplemente movidos por una «ética de la convicción». Lenin, Trotski y Bujarin discutieron alternativas diferentes considerando la correlación de fuerzas, la situación militar, las posibilidades de revolución internacional y la supervivencia del poder soviético.

Es decir, la política transformadora también puede ser profundamente estratégica, racional y pragmática, sin abandonar por ello determinados principios.

La crítica de Farber adquiere una dimensión de clase particularmente relevante. Weber defendía el sindicalismo y consideraba legítima la lucha de clases reformista dentro del capitalismo democrático, pero rechazaba la ruptura revolucionaria con el orden existente.

Por eso, la «responsabilidad» weberiana no aparece como una categoría políticamente neutral. En la práctica puede terminar identificándose con la administración responsable del orden social existente, en otras palabras aceptar el campo de los posible sin intentar modificarlo, un dispositivo ideológico que asume la forma de "pragmatismo".

Y aquí está el núcleo político del texto: La responsabilidad no es necesariamente neutral respecto del poder.

Un dirigente puede ser «responsable» porque calcula las consecuencias de sus decisiones, pero también porque acepta como inmodificables las relaciones de fuerza existentes. La política popular democrática, en cambio, intenta transformar esas relaciones de fuerza.

Esta discusión permite recuperar una cuestión que suele desaparecer cuando Weber es convertido en una suerte de árbitro universal de la política: ¿responsable ante quién?

La responsabilidad de un gobierno que administra el capitalismo no tiene necesariamente el mismo contenido que la responsabilidad de una fuerza política que intenta modificar las relaciones de propiedad, distribución y poder.

Desde esta perspectiva, el concepto de responsabilidad puede funcionar ideológicamente como un mecanismo de naturalización del statu quo: realismo → moderación → compromiso → gobernabilidad → preservación del orden existente.

Frente a esto, Farber propone recuperar la racionalidad estratégica del marxismo : analizar condiciones objetivas, correlaciones de fuerzas, organización, tiempos políticos y posibilidades concretas sin convertir los principios en dogmas abstractos.

Una clave para pensar la política contemporánea

El texto resulta particularmente útil para analizar la política actual porque permite distinguir entre realismo político y adaptación política. No todo compromiso es necesariamente una traición a los principios. Pero tampoco todo compromiso es necesariamente «responsable». La cuestión decisiva es qué relación de fuerzas expresa, qué intereses sociales preserva y qué capacidad futura de acción construye o destruye.

Farber lo lleva incluso más lejos: cuando el compromiso se transforma en una filosofía permanente de gobierno, puede terminar asociado a la burocratización y a la reproducción de quienes administran el poder.

La conclusión política sería entonces contundente: la verdadera alternativa no es entre «responsabilidad» y «convicción», sino entre una política que administra relaciones de fuerza dadas y otra que intenta modificarlas conscientemente.

Este es probablemente el aspecto más fértil del artículo: la política responsable no debe definirse por su distancia respecto de la transformación social, sino por su capacidad de comprender la realidad material, identificar intereses sociales concretos y actuar sobre la correlación de fuerzas para modificarla. Lo hemos vivido recientemente cuando la responsabilidad se mimetizo en pragmatismo sin resultados y nos regaló esta agradable circunstancia por la que estamos atravezando.

Productividad a cualquier precio o «que parezca un accidente»

Apenas días después de la muerte de dos trabajadores en Vaca Muerta, el nuevo acuerdo de productividad entre el sindicato petrolero y las empresas vuelve a poner en el centro una contradicción decisiva: cuando el salario premia la reducción de los tiempos de operación, la seguridad puede quedar subordinada a la presión por producir más y más rápido. En una actividad de alto riesgo, los cuerpos de los trabajadores no pueden convertirse en la variable de ajuste de la productividad. Los dos operarios muertos recuerdan brutalmente cuál puede ser el costo humano de esa lógica.

Cenizas de mi corazón

La crisis política de Estados Unidos tiene una dimensión que suele quedar oculta detrás de las encuestas, las elecciones y la disputa entre demócratas y republicanos: la progresiva destrucción de los vínculos colectivos que alguna vez articularon a la sociedad norteamericana.

El debate que recupera Jacobin a partir de las posiciones de Chris Murphy y Jerusalem Demsas coloca el problema en el centro: ¿la creciente soledad, el aislamiento y la pérdida de participación comunitaria son simplemente consecuencia de decisiones individuales o expresan una transformación estructural de la sociedad?

Desde una perspectiva de clase, la segunda explicación resulta más consistente.

Durante décadas, el neoliberalismo convirtió cada dimensión de la vida social en una responsabilidad individual. El empleo dejó de ser una relación colectiva para transformarse en una competencia entre individuos; la vivienda, la educación y la salud fueron progresivamente sometidas a la lógica mercantil; los sindicatos perdieron capacidad de organización y las comunidades obreras se fragmentaron.

El resultado no fue solamente mayor desigualdad económica. Fue también mayor aislamiento social.

El individuo neoliberal debe resolver individualmente aquello que antes encontraba, al menos parcialmente, en instituciones colectivas: trabajo, representación, seguridad, pertenencia y solidaridad.

Por eso resulta contradictorio que una parte del liberalismo estadounidense pretenda responder a la crisis de la comunidad reivindicando todavía más autonomía individual. El problema no es que los individuos hayan adquirido demasiada libertad, sino que han perdido buena parte de las estructuras sociales que permitían convertir esa libertad formal en una experiencia colectiva.

Aquí aparece una cuestión política decisiva.

El debilitamiento de la organización obrera dejó un vacío que la derecha comprendió mejor que el liberalismo. Allí donde desaparecieron sindicatos, asociaciones, clubes, instituciones comunitarias y formas de sociabilidad popular, la extrema derecha comenzó a ofrecer otra cosa: identidad, pertenencia, nación, autoridad y una explicación sencilla para frustraciones producidas por transformaciones económicas mucho más profundas.

No reconstruye necesariamente la solidaridad de clase. Pero ofrece una comunidad imaginaria allí donde el neoliberalismo produjo aislamiento real.

La experiencia histórica del New Deal muestra que existió otra posibilidad. Los grandes programas públicos estadounidenses no fueron solamente mecanismos de transferencia de ingresos. También crearon trabajo, instituciones, vínculos y una experiencia material de pertenencia a un proyecto colectivo.

Ese es precisamente el punto que debería recuperar una izquierda contemporánea.

No alcanza con defender derechos individuales ni con construir campañas electorales más eficaces. La reconstrucción de una política de clase exige reconstruir las condiciones materiales de la solidaridad.

Trabajo estable. Sindicatos fuertes. Servicios públicos. Vivienda accesible. Espacios comunitarios. Organización territorial. Tiempo social. Instituciones capaces de producir experiencias colectivas.

La disputa política, entonces, no es simplemente entre liberalismo y conservadurismo. Es también entre una sociedad organizada alrededor del individuo aislado y otra capaz de reconstruir sujetos colectivos.

La paradoja del liberalismo contemporáneo es que pretende defender al individuo mientras acepta las condiciones económicas que lo dejan cada vez más solo.

Y allí reside una de las claves de la crisis democrática estadounidense: cuando la sociedad pierde sus organizaciones colectivas, la libertad individual puede sobrevivir como principio jurídico, pero comienza a desaparecer como experiencia social.

La cuestión de fondo no es cómo convencer mejor al individuo aislado.

Es cómo volver a organizarlo colectivamente porque el liberalismo no puede reconstruir la sociedad que ayudó a destruir.

Huele a azufre

El artículo plantea una cuestión de fondo: ¿por qué las sociedades contemporáneas parecen capaces de producir guerras, militarización y enormes desplazamientos de recursos, pero no procesos revolucionarios comparables a los del siglo XX?

La pregunta es particularmente fértil si se la lee desde una perspectiva de clase. La tradición marxista había pensado la guerra y la revolución como fenómenos estrechamente relacionados. La Primera Guerra Mundial, por ejemplo, creó las condiciones para la Revolución Rusa; la guerra española, la Revolución China, Vietnam y Cuba muestran distintas formas de articulación entre crisis militar, crisis estatal y movilización social. La propia Jacobin ha señalado que desde 1917 la revolución quedó profundamente marcada por la militarización de la política.

Pero hoy la relación parece haberse invertido. La guerra no está abriendo necesariamente el camino a la revolución: está funcionando como mecanismo de disciplinamiento social y de recomposición del poder. La destrucción, el endeudamiento público, el gasto militar y la emergencia permanente permiten transferir recursos hacia los grandes complejos industriales, financieros y tecnológicos, mientras las clases populares absorben el costo mediante inflación, precarización y deterioro de las condiciones de vida.

Ahí aparece la contradicción central. El capitalismo atraviesa crisis que objetivamente producen condiciones de descontento, pero la existencia de una crisis capitalista no produce automáticamente conciencia de clase ni capacidad revolucionaria. La clase trabajadora puede sufrir una intensificación de la explotación y, simultáneamente, experimentar fragmentación política, individualización y pérdida de organización colectiva. Un texto de Jacobin sobre la situación del proletariado llega precisamente a esta conclusión: el problema contemporáneo no puede reducirse simplemente a una «crisis de dirección», porque existe una crisis más profunda de constitución del propio sujeto proletario.

Desde esta perspectiva, la pregunta «¿por qué la guerra y no la revolución?» puede reformularse así: ¿qué ha cambiado en la relación de fuerzas entre capital y trabajo para que la crisis del capitalismo produzca más fácilmente guerra que transformación social?

La respuesta está, en buena medida, en la enorme capacidad contemporánea del capital para administrar la crisis. La guerra moviliza al Estado, pero no necesariamente contra el capital: puede ponerlo a su servicio. Tecnología, energía, infraestructura, inteligencia artificial, industria militar y finanzas convergen en un nuevo circuito de acumulación. Al mismo tiempo, la amenaza externa permite construir consenso, neutralizar conflictos internos y presentar como «interés nacional» decisiones que tienen beneficiarios de clase perfectamente identificables.

Por eso, el problema de la izquierda no consiste solamente en esperar que una nueva crisis produzca espontáneamente una revolución. La experiencia histórica demuestra que las crisis pueden desembocar tanto en procesos emancipatorios como en autoritarismo, fascismo o guerra. Incluso la Revolución Rusa no fue resultado de una supuesta «ley histórica»: la guerra sincronizó una crisis campesina, una crisis obrera y la descomposición del ejército, pero el desenlace dependió de la intervención política organizada.

La paradoja de nuestro tiempo es entonces que el capitalismo parece haber recuperado una extraordinaria capacidad para transformar sus contradicciones en instrumentos de dominación. La guerra aparece como una salida sistémica; la revolución, en cambio, requiere reconstruir previamente aquello que el neoliberalismo fragmentó: organización, solidaridad, conciencia de clase y capacidad colectiva de disputar el poder.

En ese sentido, la pregunta del artículo no debería llevarnos a abandonar la idea de revolución, sino a formular una cuestión más incómoda: ¿qué tipo de sujeto político y de organización de clase puede transformar la crisis permanente del capitalismo en una crisis de su poder? Ese es probablemente el verdadero problema estratégico de la izquierda del siglo XXI.

En la apertura el discuso en buena medida anticipatorio de Hugo Chávez Frías hace dos décadas en la ONU acerca de la pretensión de sostenimiento de la hegemonía norteamericana y su impacto en la región.

No se puede hacer más lento

El texto de Esteban Schmidt es una pieza de opinión de alto voltaje, bien escrita y con una voz propia. Tiene el tono de alguien que conoce el oficio mediático desde adentro y que no se deja seducir por el "storytelling" de resiliencia y meritocracia que Hadad viene construyendo.

La tesis central —que Hadad es un simulador profesional, un jugador galáctico del periodismo como herramienta de poder y no como servicio público, y que ahora prueba el agua presidencial— está clara y se sostiene.

En fin que como señalara el gran Rene Lavand, frente a un público que (¡ay!) jamás descubría sus triquiñelas (?) : "No se puede hacer más lento"

La inflación pospandemia no fue un accidente: fue una salida capitalista a la crisis

En la cuarta parte de su serie sobre la inflación, el economista marxista Michael Roberts sostiene que el aumento persistente de los precios desde 2020 no fue producto del exceso de consumo ni de los salarios, sino de la recomposición de la rentabilidad del capital tras la pandemia. La inflación actuó como un mecanismo de transferencia de ingresos desde el trabajo hacia las empresas, mientras los bancos centrales respondieron castigando el empleo con tasas de interés más altas. Desde 2020 la Reserva Federal de Estados Unidos fijó un objetivo de inflación del 2%, pero la realidad fue muy distinta: los precios crecieron cerca del 4% anual y quedaron aproximadamente un 13% por encima de la tendencia previa a la pandemia. Para Roberts, este desvío representa un fracaso de la teoría económica dominante y de las políticas monetarias que prometían estabilidad de precios mediante el control de la demanda.

La rentabilidad antes que los salarios

El núcleo del argumento invierte la explicación convencional. La inflación no surgió porque los trabajadores consumieran demasiado o porque los salarios impulsaran una espiral de precios. Ocurrió porque, tras el colapso de 2020, las empresas enfrentaron un aumento extraordinario de costos —energía, transporte, insumos y cadenas logísticas— y trasladaron esos incrementos a los precios para preservar sus márgenes de ganancia.
Roberts recupera una tesis clásica de la economía política marxista: cuando el capital encuentra dificultades para sostener la rentabilidad mediante la producción, utiliza el sistema de precios para redistribuir ingresos a su favor. La inflación funciona entonces como un impuesto regresivo que erosiona el salario real sin necesidad de una reducción nominal de los sueldos.

El papel de los bancos centrales

La respuesta de la Reserva Federal y de otros bancos centrales consistió en elevar agresivamente las tasas de interés. El objetivo explícito era enfriar la economía reduciendo inversión, consumo y empleo hasta contener la inflación. Sin embargo, Roberts sostiene que esta estrategia combate los efectos y no las causas: si la inflación proviene de problemas estructurales de oferta y de la búsqueda de rentabilidad empresarial, encarecer el crédito sólo debilita a los trabajadores y frena la actividad económica.

La paradoja es evidente: mientras las ganancias corporativas se recuperaban, millones de hogares financiaban su consumo mediante deuda para compensar la pérdida de poder adquisitivo. La estabilización monetaria terminó descansando sobre un deterioro de las condiciones de vida populares.

Una lección para la Argentina

Aunque el análisis se centra en Estados Unidos, sus conclusiones dialogan con la experiencia argentina. Aquí también la inflación suele presentarse como consecuencia del exceso de gasto o de los salarios, cuando en realidad convive con mercados altamente concentrados, rentas extraordinarias y una creciente financiarización del consumo.
La deuda familiar, la morosidad y la caída del salario real no son fenómenos separados de la inflación: forman parte del mismo proceso de redistribución regresiva del ingreso. La estabilidad de los balances empresariales se consigue, cada vez más, a costa de hogares obligados a endeudarse para sostener niveles mínimos de consumo.

Como concluye Roberts, la inflación pospandemia no inauguró un nuevo equilibrio económico: reveló que el capitalismo contemporáneo utiliza la inflación y luego el ajuste monetario como dos momentos de una misma estrategia para restaurar la rentabilidad del capital

Guillermo Gallo Mendoza: el desafío de disputar la tierra, la renta y el poder

Gallo Mendoza representa una tradición político-intelectual argentina hoy particularmente necesaria: la del técnico que no separa conocimiento, estructura económica y transformación social. Su trayectoria —ingeniero agrónomo, investigador, docente, planificador y militante— estuvo atravesada por una preocupación central: quién controla los recursos estratégicos y para qué proyecto de país se los utiliza.

Hay un punto especialmente significativo: su estudio de 1964 sobre la tenencia de la tierra. Allí identificó que las políticas de crédito, semillas o comercialización podían aliviar problemas del sector agropecuario, pero no resolvían la cuestión fundamental: la estructura de propiedad de la tierra.

Ese planteo conserva una extraordinaria actualidad. La cuestión agraria argentina no puede reducirse a productividad, exportaciones o incorporación tecnológica. Detrás de esas variables existe una relación de poder: quién posee la tierra, quién controla los recursos naturales, quién captura la renta y quién decide el destino de la producción.

Por eso resulta muy acertada la comparación que hace el homenaje con Bialet Massé. Si Bialet Massé había recorrido el país para mostrar las condiciones materiales de las clases trabajadoras, Gallo Mendoza estudió cómo estaba distribuida la propiedad territorial. Ambos hicieron algo políticamente incómodo: obligaron al Estado a observar las relaciones de desigualdad que sus propias estructuras reproducían.

Y hay una segunda dimensión que vuelve especialmente contemporáneo su pensamiento. En 2013, bajo el seudónimo de Juan José Castelli, cuestionó la Ley de Tierras Rurales por considerar insuficiente la protección frente a la extranjerización y reclamó una política mucho más firme sobre tierras ubicadas en áreas estratégicas y de seguridad.

En el contexto actual, donde vuelven a adquirir centralidad la disputa por la tierra, los recursos naturales, la minería, los hidrocarburos, el agua y el territorio, Gallo Mendoza reaparece menos como una figura del pasado que como una caja de herramientas para interpretar el presente.

Su legado podría sintetizarse en una idea: el conocimiento no tiene sentido si no sirve para disputar el destino de la sociedad. Por eso la memoria de Gallo Mendoza no debería quedar confinada al homenaje. Su obra exige ser recuperada para discutir nuevamente qué modelo productivo, territorial y social necesita la Argentina.

En definitiva, despedir a Guillermo Gallo Mendoza es también preguntarse qué proyecto de país fue abandonado y qué relaciones de poder habría que volver a cuestionar para recuperarlo.

Endeudamiento y mora en familias. Informe CEPA

⬛La Trampa Invisible: Por qué tu deuda no es un fracaso personal, sino un efecto del sistema ¿Alguna vez sentiste culpa al mirar el resumen de tu tarjeta de crédito o el saldo de esa aplicación de microcréditos? En una sociedad obsesionada con el éxito y la meritocracia, la narrativa oficial es implacable: si estás endeudado, es por tu mala cabeza. Nos repiten que nos falta "educación financiera", que gastamos en lo que no debemos o que simplemente no sabemos ahorrar. Pero, ¿y si te dijera que el endeudamiento de los hogares es, en realidad, una herramienta de diseño del sistema económico? Bienvenidos a la era de la responsabilización individual: el fenómeno perverso donde las fallas estructurales de la economía se disfrazan de errores morales de los ciudadanos.
🟩De los derechos sociales al "derecho" a endeudarse: Hace unas décadas, el acceso a una vivienda digna, a una salud de calidad o a la educación superior se entendían como derechos o servicios públicos garantizados. Hoy, ante el retroceso del Estado y la privatización de la vida, esos derechos se han convertido en mercados.Como los salarios reales llevan años estancados frente al costo de vida, la brecha no se cierra con ingresos: se cierra con deuda.
⬛Financiar la supervivencia: No nos endeudamos para irnos de vacaciones al Caribe. Hoy, más del 60% de los hogares que piden un crédito lo hacen para comprar comida, pagar medicamentos o cubrir el aumento del alquiler.
🟩El salario ya no alcanza: La deuda se ha transformado en el sustituto invisible del salario que el mercado no te quiere pagar.
⬛La culpa como mecanismo de control: El mito del "derrochador" El sistema económico necesita que sientas culpa. ¿Por qué? Porque un ciudadano culpable es un ciudadano dócil. Si creés que tu crisis económica es solo culpa tuya por haber comprado un café de más en la semana, no vas a salir a la calle a exigir salarios dignos ni leyes que regulen los alquileres.La culpa despolitiza el problema. Convierte una crisis macroeconómica en un drama silencioso que se sufre puertas adentro, destruyendo la salud mental a fuerza de ansiedad, insomnio y vergüenza.
🟩Desarmando el relato oficial: Para entender cómo opera esta manipulación, es necesario confrontar los tres grandes mitos que el manual del "buen consumidor" nos repite a diario: Mito 1: "Te falta educación financiera y aprender a armar un presupuesto."La realidad: Ningún presupuesto resiste cuando los precios de los alimentos, las tarifas y los servicios esenciales suben el doble de rápido que tus ingresos mensuales. Mito 2: "Vivís por encima de tus posibilidades."La realidad: Las "posibilidades" actuales que ofrece el mercado laboral ni siquiera llegan a cubrir el costo real de una canasta básica total para una familia. Mito 3: "Nadie te obligó a aceptar las tasas de esa tarjeta o aplicación."La realidad: Ante una emergencia médica o la necesidad de llegar a fin de mes, las aplicaciones financieras con intereses usureros no son una elección libre, son la única opción de supervivencia instantánea frente a la exclusión de los bancos tradicionales.
⬛Hacia una salida colectiva: El primer paso para desarmar esta trampa es perder la vergüenza. Entender que tu deuda no es un defecto de tu carácter, sino el resultado lógico de un sistema que transfiere la riqueza hacia arriba y los riesgos hacia abajo. Para cambiar las reglas del juego, necesitamos dejar de mirar el problema a través del lente del esfuerzo individual. La solución no es un taller de ahorro extremo; es la regulación de las tasas de interés usureras, el acceso justo a la vivienda y la recomposición de los salarios. Tu deuda es un problema político, no un pecado personal. En la publicación el Informe CEPA sobre endeudamiento familiar de agosto de 2026.

Formación, auge y declive de una cultura militante

¿Cómo pasaron el anarquismo, el socialismo y el comunismo de ser ideas minoritarias a convertirse en las grandes ideologías obreras de comienzos del siglo XX? Sus militantes no solo libraron una batalla de ideas: crearon una prensa propia, una gráfica reconocible, símbolos perdurables y un cancionero revolucionario compartido. Un recorrido por esa cultura militante sirve para inscribir los actuales combates políticos en una historia a menudo olvidada.

Creer en algo más

El debate contemporáneo sobre Marx suele quedar atrapado entre dos reducciones: quienes lo convierten exclusivamente en un teórico de la lucha de clases y quienes lo presentan como un pensador preocupado, ante todo, por la libertad individual. El artículo de Jan Kandiyali publicado en Jacobin permite salir de esa disyuntiva y recuperar una dimensión central de la tradición marxista: la emancipación humana como transformación de las relaciones sociales y como posibilidad de florecimiento colectivo.

La discusión parte de las interpretaciones desarrolladas por filósofos analíticos como G. A. Cohen y Jon Elster. En ellas aparece una lectura de Marx en la que el comunismo puede ser entendido como una sociedad capaz de liberar a los individuos de las restricciones que impiden desarrollar sus capacidades. El problema, señala Kandiyali, es que esta interpretación corre el riesgo de trasladar a Marx una concepción demasiado individualista de la realización humana.

En Marx, por el contrario, el individuo nunca existe separado de sus relaciones sociales. La conocida formulación de La ideología alemana resulta decisiva: «la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales». La emancipación, por lo tanto, no puede consistir simplemente en ampliar las opciones disponibles para individuos aislados. Debe transformar las relaciones sociales que condicionan esas opciones.

libertad y condiciones materiales

Esta cuestión adquiere una enorme actualidad frente al discurso liberal contemporáneo.

La libertad liberal suele ser presentada como ausencia de interferencia: cada individuo sería libre en la medida en que nadie interfiera en sus decisiones. Pero Marx introduce una pregunta anterior: ¿qué condiciones materiales permiten realmente ejercer esa libertad?

Un trabajador que formalmente puede elegir dónde trabajar, pero necesita vender su fuerza de trabajo para garantizar su subsistencia, es jurídicamente libre. Sin embargo, esa libertad está atravesada por una relación material de dependencia.

Lo mismo puede observarse hoy en dimensiones que exceden el trabajo industrial clásico. La vivienda, la educación, la salud, el cuidado, el crédito y hasta el tiempo disponible para la vida familiar están crecientemente determinados por la capacidad de ingreso y por el acceso al mercado.

La paradoja del capitalismo contemporáneo es evidente: la sociedad posee una capacidad productiva extraordinariamente superior a la de cualquier época anterior, pero esa capacidad no se traduce automáticamente en mayor libertad para las mayorías.

La productividad puede aumentar y, simultáneamente, crecer el endeudamiento familiar, la precariedad laboral o la inseguridad respecto del futuro.

el problema no es solamente quién posee

Aquí aparece una cuestión fundamental para una lectura política de Marx.

El capitalismo no constituye únicamente un sistema caracterizado por una distribución desigual de la riqueza. Es también un sistema en el que las relaciones sociales están organizadas alrededor de la valorización del capital.

Por eso, la cuestión de la propiedad resulta indispensable, pero no suficiente.

Una sociedad emancipada no debería limitarse a distribuir de otra manera aquello que produce el capitalismo. También debería preguntarse qué produce, para quién produce y bajo qué relaciones sociales se produce.

El problema del trabajo es particularmente ilustrativo.

En el capitalismo, el trabajo aparece fundamentalmente como un medio para obtener ingresos y reproducir la existencia. El trabajador vende su fuerza de trabajo y el proceso productivo queda subordinado a una finalidad externa: la valorización del capital.

El comunismo pensado desde el horizonte del florecimiento humano implica algo mucho más profundo que una redistribución del ingreso: la posibilidad de transformar el trabajo en una actividad socialmente significativa, cooperativa y progresivamente libre.

La emancipación no sería entonces escapar de toda actividad productiva, sino liberar la actividad humana de su subordinación absoluta a la rentabilidad.

del individuo competitivo al sujeto colectivo

Este punto permite establecer una diferencia profunda con el neoliberalismo.

La concepción neoliberal parte del individuo como unidad fundamental de la sociedad. La sociedad aparece como resultado de millones de decisiones individuales y el mercado como mecanismo privilegiado para coordinarlas.

El marxismo invierte la perspectiva: los individuos son producidos socialmente. Sus posibilidades, aspiraciones y condiciones de existencia dependen de instituciones, relaciones de propiedad, estructuras productivas y relaciones de poder.

De allí que la emancipación no pueda ser exclusivamente individual.

Nadie puede emanciparse completamente de relaciones sociales que continúan sometiendo a otros.

La libertad de algunos basada en la subordinación material de otros no constituye, desde esta perspectiva, una libertad universal.

Este planteo adquiere una particular relevancia en el presente argentino. Frente a una concepción política que reivindica al individuo propietario y presenta la sociedad como una agregación de intercambios privados, la tradición marxista obliga a formular otra pregunta: ¿quién controla las condiciones materiales que hacen posible la libertad?

Porque no alcanza con proclamar la libertad si millones de personas dependen del salario, del crédito, del alquiler o de la asistencia familiar para reproducir cotidianamente su existencia.

el florecimiento humano como horizonte político

La recuperación del concepto de florecimiento humano permite, en definitiva, ampliar la discusión sobre el socialismo.

No se trata solamente de cuánto debe ganar cada persona ni de cómo distribuir la riqueza. Se trata de preguntarse qué tipo de sociedad permite que las capacidades humanas puedan desarrollarse plenamente.

Una sociedad donde la educación no sea una mercancía, donde la salud no dependa de la capacidad de pago, donde la vivienda no sea principalmente un activo financiero, donde el tiempo libre no constituya un privilegio y donde el trabajo pueda ser progresivamente liberado de la lógica de la explotación.

En ese sentido, el comunismo aparece menos como un modelo económico cerrado que como un horizonte de emancipación social.

Y allí reside quizás la principal actualidad de Marx.

El capitalismo ha demostrado una capacidad extraordinaria para desarrollar las fuerzas productivas. Pero precisamente ese desarrollo vuelve más evidente la contradicción entre las posibilidades materiales de la humanidad y las relaciones sociales que organizan su utilización.

La pregunta marxista sigue siendo entonces incómodamente vigente:

si la sociedad dispone de recursos y capacidades productivas suficientes para garantizar una vida digna para todos, ¿por qué esas capacidades continúan subordinadas a la acumulación privada?

Responder esa pregunta implica volver a colocar en el centro de la política no solamente la distribución del ingreso, sino el control social de las condiciones de existencia.

Porque la verdadera emancipación no consiste simplemente en que cada individuo pueda elegir dentro del mercado. Consiste en que los seres humanos puedan decidir colectivamente sobre las condiciones materiales y sociales de su propia vida.

Y esa es, precisamente, una de las dimensiones más potentes del Marx que el debate contemporáneo vuelve a descubrir. En la apertura presentación del libro de Chipi Castillo "Leer a Marx". Acompañan al autor en el panel Lucas Rubinich, Paula Varela y Mariano Schuster, quienes analizan la vigencia del pensamiento marxista frente a los desafíos del capitalismo actual, el ascenso de las extremas derechas y las posibilidades de una transformación social. Una charla imprescindible para quienes buscan coordenadas de lectura en tiempos convulsivos y quieren profundizar en el núcleo duro del marxismo como herramienta de lucha y emancipación.

Cuando la deuda estalla, el estado rescata al sistema financiero

La refinanciación de las deudas familiares impulsada por el Gobierno porteño, con el Banco Ciudad y otras entidades financieras, se presenta como una respuesta al sobreendeudamiento de los hogares. Pero detrás del alivio a las familias aparece otra función decisiva: evitar que el crecimiento de la morosidad se transforme en un problema para el sistema financiero. La deuda no desaparece: se reestructura, se prolonga y se administra. El Estado interviene así en una contradicción cada vez más visible: salarios que no alcanzan, hogares que recurren al crédito para sostener su reproducción cotidiana y bancos que necesitan que esa deuda siga siendo pagable.

La ciencia lúgubre: La economía cambia sus herramientas, pero no sus dueños

Michael Roberts plantea una pregunta incómoda: ¿la economía académica está cambiando realmente su manera de comprender el capitalismo o simplemente está incorporando herramientas cada vez más sofisticadas para estudiar los mismos supuestos de siempre?

La economía dominante se ha vuelto más empírica, utiliza grandes bases de datos, nuevos métodos estadísticos, experimentos naturales e inteligencia artificial. Pero, como señala Roberts, una metodología más sofisticada no garantiza una explicación más profunda de la realidad. El problema no es solamente cómo se mide, sino qué relaciones sociales quedan fuera de la medición.

La crítica adquiere especial fuerza frente a los modelos macroeconómicos de equilibrio, que suelen tratar las crisis como perturbaciones externas. Desde una perspectiva marxista, en cambio, las crisis no son simples accidentes: forman parte de las contradicciones de la acumulación capitalista. Por eso categorías como inversión, rentabilidad, endeudamiento y distribución del excedente resultan centrales para comprender la dinámica económica.

La misma cuestión aparece con la inflación. No alcanza con explicar el aumento de precios mediante dinero, costos o expectativas. Hay que preguntarse también quién puede trasladar aumentos, quién defiende sus márgenes y cómo se distribuye socialmente el costo de la inflación. Lo mismo ocurre con el endeudamiento: cuando millones de hogares recurren al crédito para sostener su consumo, difícilmente pueda explicarse como resultado de decisiones individuales. Es una expresión de relaciones económicas y sociales más amplias.

Esta perspectiva resulta particularmente pertinente para analizar la Argentina actual. El ajuste fiscal, la desregulación, las reformas laborales o las modificaciones tributarias suelen presentarse como decisiones técnicas y neutrales. Pero toda política económica redistribuye recursos y poder entre clases y sectores sociales. La pregunta fundamental es entonces quién gana, quién pierde y qué relaciones de fuerza se modifican.

El aporte de Roberts consiste en recordar que la economía puede avanzar enormemente en sus instrumentos sin necesariamente cambiar su objeto de análisis. Podemos tener más datos, mejores modelos y algoritmos más poderosos y, sin embargo, seguir sin responder preguntas elementales: ¿quién produce?, ¿quién decide?, ¿quién se apropia del excedente?, ¿quién soporta las crisis?

El desafío de una economía crítica no consiste en rechazar las nuevas herramientas, sino en utilizarlas para recuperar aquello que la economía dominante suele ocultar: que detrás de cada cifra existen relaciones sociales, intereses y relaciones de poder.

Fifa – Las guerras

En última instancia, el artículo de Sgarzini que publicamos, muestra que la pelea por Infantino no es una pelea entre quienes quieren mercantilizar el fútbol y quienes quieren preservarlo como patrimonio popular. Es, por ahora, una disputa entre distintas fracciones del capital y de las burocracias deportivas por controlar una de las grandes máquinas globales de producción de renta, audiencia y poder simbólico.

La inflación no cae del cielo: la lucha por el valor que produce el trabajo

El artículo de Michael Roberts —tercera parte de su revisión sobre las teorías de la inflación— propone algo bastante más profundo que la explicación monetarista de “demasiado dinero persiguiendo pocos bienes”. Su punto de partida es la teoría marxista del valor.

La tesis central

Para Roberts y Guglielmo Carchedi, la inflación debe analizarse a partir de la relación entre dinero en circulación y valor producido. El valor se aproxima mediante las horas de trabajo productivo empleadas en la producción de mercancías. La inflación aparece cuando el crecimiento del dinero efectivamente circulante supera el crecimiento del valor creado.

La fórmula conceptual es sencilla:

Inflación = crecimiento del dinero en circulación − crecimiento del valor producido

Pero el argumento marxista está en determinar por qué se mueve cada componente.

Roberts sostiene que el dinero no es la causa última: las autoridades monetarias reaccionan frente a la evolución de la economía. Cuando cae la rentabilidad y se desacelera la creación de valor, los bancos centrales intentan compensarlo mediante expansión monetaria y reducción de tasas. El problema es que emitir más dinero no crea por sí mismo nuevo valor.

El punto fuerte: la rentabilidad

Aquí aparece una conexión particularmente interesante. El aumento de la composición orgánica del capital —más medios de producción respecto del trabajo empleado— tiende a reducir la tasa de ganancia y, según Roberts, también limita el crecimiento de las horas de trabajo productivo. En su evidencia para Estados Unidos entre 1949 y 2022 encuentra una correlación positiva entre la tasa de ganancia y la evolución de las horas trabajadas.

Esto permite reinterpretar la inflación de los años setenta: no sería simplemente un episodio de “exceso de dinero”, sino una situación en la que la creación de valor se debilitó mientras la respuesta monetaria intentaba sostener la acumulación. El resultado fue una aceleración de la inflación junto con estancamiento económico: la conocida stagflation.

Y acá está lo políticamente importante

El artículo introduce una crítica potente a la manera convencional de medir la inflación, no ya el dibujo metodológico bizarro del INDEC, que lo hace con un IPC con ponderadores dos décadas atrasados.

Roberts calcula que entre 1949 y 2019 la denominada “tasa de inflación del valor” promedió 5,2% anual, frente al 3,4% del IPC estadounidense y el 3,1% del deflactor del PIB.

La consecuencia es decisiva: el deterioro del poder adquisitivo de los trabajadores puede ser mayor de lo que registra la inflación oficial, si se mide el salario no simplemente por su capacidad de comprar una canasta de bienes, sino en relación con el valor producido y el tiempo de trabajo necesario para obtener esos bienes.

En otras palabras, Roberts desplaza la discusión desde:

“¿Cuánto subieron los precios?” hacia una pregunta mucho más incómoda:

“¿Qué ocurrió con la relación entre el trabajo realizado, el valor producido, el dinero que circula y lo que los trabajadores pueden apropiarse?”

Ese desplazamiento es central desde una perspectiva de clase. La inflación deja de aparecer como una anomalía técnica que debe corregirse mediante tasas de interés y pasa a inscribirse en las contradicciones de la acumulación capitalista y la distribución del valor entre capital y trabajo.

Además, Roberts sostiene que sus pruebas estadísticas encuentran evidencia de que los cambios en las horas de trabajo —su proxy del valor— preceden a los cambios en el dinero circulante, mientras que no encuentra la relación inversa con la misma fuerza. Advierte, correctamente, que correlación no equivale por sí misma a causalidad.

Para Argentina, la veta más fértil del artículo está ahí: permite discutir críticamente el IPC sin caer en la idea simplista de que todo índice oficial es necesariamente “falso”, (aunque en La Argentina hay serias objeciones metodológicas al actual IPC) como se muestra en la nota de cierre). La cuestión más profunda es qué relación social queda oculta detrás de un número de inflación y quién soporta el costo de preservar la rentabilidad, el ajuste y la estabilidad monetaria.

Roberts anuncia que la cuarta parte abordará precisamente la cuestión de los salarios reales, además de explicar el salto inflacionario posterior a la pandemia.

El neoliberalismo privatiza el fracaso y socializa las pérdidas del capital

El artículo de Enrique Carpintero, publicado en Topía #107 (agosto de 2026), tiene una tesis especialmente fértil para el eje que venís trabajando sobre endeudamiento, individualización de la culpa y desarticulación de lo colectivo.

“Recuperar la vergüenza ética como fuerza de lo colectivo” — Topía

La clave política

Carpintero distingue entre una vergüenza impuesta por el sistema y una vergüenza ética capaz de convertirse en potencia colectiva. El neoliberalismo produce un individuo que debe responder exclusivamente por su éxito o fracaso: si no consigue trabajo, si se endeuda, si pierde poder adquisitivo o si no alcanza los estándares de consumo, “el problema sos vos”. La estructura desaparece detrás de la responsabilidad individual.

Ahí aparece una conexión directa con nuestro análisis del endeudamiento familiar: la deuda deja de aparecer como resultado de salarios insuficientes, precarización, inflación, financiarización y transferencia de ingresos hacia el capital financiero, y pasa a presentarse como consecuencia de una supuesta incapacidad individual para administrar la propia vida.

El mecanismo subjetivo es muy potente:

problema estructural → fracaso individual → vergüenza → aislamiento → pérdida de capacidad colectiva de respuesta.

Carpintero lo formula con mucha precisión: el poder utiliza la vergüenza para que el individuo no cuestione al sistema sino que se cuestione a sí mismo.

Pero hay una inversión posible

Lo más interesante políticamente del artículo es que la vergüenza también puede cambiar de objeto.

Cuando el individuo deja de preguntarse “¿qué hice mal yo?” y empieza a preguntarse “¿qué sociedad produce esto?”, la vergüenza individual puede convertirse en indignación colectiva. El autor plantea precisamente que, cuando el colectivo siente vergüenza por el estado de la sociedad, aparece un primer paso hacia su transformación.

Esto permite formular una hipótesis política fuerte:
El neoliberalismo necesita que la víctima se avergüence de su propia situación; la política emancipatoria necesita que la sociedad se avergüence de producirla.

Y esto dialoga muy bien con lo que veníamos trabajando en otras publicaciones del blog: el endeudado no es necesariamente un sujeto económicamente irresponsable; puede ser el sujeto que revela una contradicción del modelo. Cuando millones de personas necesitan endeudarse para sostener consumos básicos, el problema ya no puede ser reducido a la conducta financiera de cada familia.

La dimensión de clase

Hay además una cuestión todavía más profunda. La desvergüenza de quienes están arriba y la vergüenza de quienes están abajo pueden funcionar como dos caras de una misma relación de poder.

Carpintero señala que el poder puede llegar a transformar la vergüenza humillante del subordinado en odio dirigido hacia un tercero: el inmigrante, el pobre, el diferente. De ese modo, la frustración producida por la propia posición social no se dirige hacia las relaciones que la producen, sino lateralmente contra otros sectores subalternos.

Ahí aparece una de las claves para interpretar el presente: el conflicto de clases puede ser desplazada por una guerra entre individuos y grupos populares.

El trabajador precarizado culpa al desocupado.
El endeudado culpa al que recibe asistencia.
El pequeño comerciante culpa al empleado público.
El jubilado culpa al trabajador activo.
El argentino precarizado culpa al inmigrante.

Mientras tanto, la estructura que distribuye desigualmente ingresos, patrimonio y poder queda fuera de campo.

Hay una frase del artículo que puede convertirse en un eje editorial: El neoliberalismo privatiza el fracaso y socializa las pérdidas del capital.

La tarea política sería invertir esa operación: desprivatizar el sufrimiento. Transformar lo que aparece como una suma de fracasos personales —deudas, pobreza, precariedad, imposibilidad de acceder a una vivienda, deterioro del consumo— en la experiencia compartida de una estructura social.

En ese sentido, recuperar la vergüenza ética no significa volver a una moral culpabilizadora. Significa recuperar la capacidad colectiva de mirar una sociedad y decir: esto no debería ser normal.

Y ahí la vergüenza deja de ser un instrumento de dominación y puede convertirse, como plantea Carpintero, en una fuerza de lo colectivo

Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas

El creciente endeudamiento de los hogares argentinos no puede leerse como una suma de malas decisiones individuales, falta de previsión o incapacidad para administrar los ingresos. Es, antes que nada, una respuesta social a un modelo económico que deteriora el poder adquisitivo, encarece las condiciones de reproducción de la vida y obliga a millones de familias a recurrir al crédito para sostener consumos básicos. Como advirtió Mark Fisher, uno de los rasgos centrales del capitalismo contemporáneo consiste en transformar problemas estructurales en fracasos personales: aquello que produce el sistema aparece como responsabilidad del individuo. Así, la deuda deja de ser una anomalía privada y se convierte en un mecanismo de disciplinamiento social. El trabajador endeudado no simplemente «gasta de más»: utiliza crédito para compensar la insuficiencia de su salario. La morosidad, entonces, tampoco expresa necesariamente irresponsabilidad: puede ser el punto en que la capacidad familiar de absorber el ajuste llega a su límite. La deuda de los hogares no es una carencia moral de las familias; es una de las formas concretas en que la crisis del modelo económico se descarga sobre ellas. Cierra el cura Juan Rega: "Deuda o hambre", en los barrios populares ya las familias comen una vez al día.

¿Quién se lleva la guita?

El economista Michael Roberts analiza en su último artículo las principales discusiones del XIX Congreso de la World Association of Political Economy (WAPE), realizado en la Universidad de Greenwich, Londres, con la participación de más de 150 investigadores y más de un centenar de ponencias. El encuentro tuvo como eje la vigencia de Adam Smith, a 250 años de La riqueza de las naciones, pero extendió el debate hacia el imperialismo, la financiarización, la inteligencia artificial, la teoría del valor y el ascenso de China.

Uno de los puntos centrales fue la disputa por la apropiación de Adam Smith. Frente a la tradición neoliberal que lo convirtió en fundador ideológico del laissez-faire, los economistas marxistas reunidos en WAPE sostienen que Smith tenía una concepción bastante más compleja: reconocía la importancia de la división social del trabajo y del mercado, pero también el papel del Estado, las normas morales y las contradicciones de la sociedad comercial. Roberts destaca especialmente la tensión entre La teoría de los sentimientos morales y La riqueza de las naciones.

Desde una perspectiva marxista, la contradicción fundamental de Smith aparece en su teoría del valor. Aunque reconoció al trabajo como fuente de la riqueza, terminó incorporando una concepción basada en los llamados factores de producción —salarios, ganancias y renta—. Marx consideró que esa contradicción era significativa porque Smith había identificado problemas que sus sucesores resolverían tomando posiciones opuestas. Para Roberts, la economía convencional terminó descartando la teoría del valor-trabajo y consolidando la visión de los factores productivos.

La parte más relevante del artículo aparece cuando Roberts aborda el imperialismo y la relación entre centro y periferia. Su tesis es contundente: bajo las actuales relaciones imperialistas, los países pobres difícilmente podrán cerrar la brecha de ingresos, productividad y desarrollo humano respecto del Norte Global.

La explicación no se limita a una diferencia tecnológica interna. Roberts plantea que existe una transferencia persistente de valor desde el Sur hacia el Norte, mientras que la rentabilidad del capital en las economías periféricas cae más rápidamente que aumenta la productividad laboral. Esto restringe la inversión y reproduce el atraso relativo.

La excepción sería China, cuya dinámica de inversión depende menos de la rentabilidad inmediata que la de otras grandes economías periféricas. Roberts estima que China podría alcanzar hacia 2041 los niveles actuales de ingreso de los países de altos ingresos y aproximarse a sus niveles proyectados hacia 2046. Ninguno de los demás BRICS tendría, según su proyección, posibilidades semejantes en las próximas dos décadas.

Otro dato particularmente importante es el referido a la riqueza financiera offshore. Roberts cita estimaciones según las cuales entre US$7,6 y US$36 billones de riqueza financiera no tributada se encontraban depositados offshore hacia 2015, con un crecimiento anual estimado de entre US$200.000 y US$850.000 millones. La magnitud resulta especialmente significativa cuando se la compara con los aproximadamente US$153.000 millones de asistencia oficial al desarrollo de los países de la OCDE.

El mecanismo tiene una dimensión de clase evidente: la evasión y elusión fiscal internacional permite que una fracción extraordinariamente concentrada de la riqueza escape de los sistemas tributarios nacionales. Roberts señala que aproximadamente la mitad de la riqueza ubicada en paraísos fiscales pertenecería al 0,01% más rico, mientras que cerca del 77% estaría en manos del 0,1%.

Así, el imperialismo contemporáneo no opera solamente mediante comercio desigual o dominación política directa. También lo hace mediante flujos financieros, estructuras corporativas offshore, deuda, propiedad transnacional y apropiación fiscalmente privilegiada del excedente.

Roberts polemiza además con una parte de la literatura heterodoxa que interpreta la financiarización como una transformación cualitativa del capitalismo, en la que las ganancias financieras habrían adquirido autonomía respecto de la explotación del trabajo.

Su argumento marxista es diferente: el capital ficticio no constituye una fuente independiente de valor. Es, fundamentalmente, una apuesta sobre la futura extracción de plusvalor. Las ganancias financieras pueden redistribuir el excedente producido en la esfera productiva, pero no crean valor autónomamente.

Esta distinción es fundamental. Para Roberts, hablar de capital ficticio no significa hablar de un capital "virtual" desligado de la producción. El capital financiero sigue conectado, aunque indirectamente y mediante múltiples mediaciones, con la capacidad futura del sistema para generar plusvalor.

El aporte más potente del artículo puede sintetizarse así: la desigualdad internacional no es simplemente el resultado de que algunos países sean más productivos que otros; es también una relación estructural mediante la cual el excedente producido en la periferia es apropiado, transferido o capturado por el capital concentrado en el centro.

Desde esta perspectiva, la financiarización no reemplaza al capitalismo productivo sino que constituye una de sus formas de valorización y redistribución del excedente. Y los paraísos fiscales funcionan como una infraestructura fundamental para esa concentración.

Esto permite establecer una conexión particularmente relevante con América Latina y Argentina: la fuga de capitales, la deuda externa, la extranjerización de activos estratégicos y la transferencia de excedentes hacia centros financieros internacionales pueden ser analizadas no como fenómenos aislados, sino como componentes de una misma estructura de subordinación periférica.

La cuestión decisiva, entonces, no es simplemente cuánto crece una economía periférica, sino quién se apropia del excedente que produce y dónde termina ese excedente. Esa es, en última instancia, la pregunta de clase que atraviesa todo el texto de Roberts.

Una precisión importante: las proyecciones de Roberts sobre China y la persistencia de la brecha Norte-Sur son hipótesis analíticas, no hechos establecidos. Su valor reside en el marco teórico y empírico que propone para explicar la reproducción de las desigualdades globales

Todo sigue igual de bien, no me puedo quejar

El informe permite ir más allá de la discusión contable sobre “déficit versus superávit”. Lo que aparece es una recomposición de las prioridades del Estado.

El ajuste no consiste simplemente en que el Estado gaste menos: gasta menos en determinadas funciones y preserva o incrementa otras. La reducción particularmente intensa de educación, ciencia, infraestructura, políticas alimentarias, desarrollo productivo y asistencia a provincias y municipios supone una transferencia de recursos desde funciones de reproducción social y desarrollo económico hacia el sostenimiento del equilibrio fiscal, los servicios de la deuda y determinados aparatos estratégicos del Estado.

El dato de +33% real en Inteligencia, colocado junto al desplome de políticas sociales y educativas, resulta políticamente significativo.

En términos de estructura social, puede sintetizarse así: el Estado reduce su intervención allí donde ésta funciona como mecanismo de compensación de las desigualdades sociales, mientras conserva una fuerte capacidad de intervención en áreas vinculadas con la deuda, el control y la seguridad.

Esto permite caracterizar el programa fiscal del gobierno de Milei no solamente como un programa de reducción del gasto, sino como una reorientación clasista del gasto público.

Hay además una diferencia metodológica importante: la Oficina de Presupuesto del Congreso, utilizando otra base y otra comparación interanual, informa para los primeros siete meses de 2026 una caída real del gasto de la Administración Nacional mucho menor, del 0,8% interanual. Esto no invalida el diagnóstico del CEPA: significa que la comparación elegida —2026 contra 2023— es decisiva para medir la magnitud del ajuste acumulado durante el ciclo de gobierno de Milei.

La conclusión política es, entonces, más fuerte que el simple dato del superávit: el equilibrio fiscal se está construyendo mediante una profunda modificación de la composición del gasto público. El interrogante central deja de ser cuánto gasta el Estado y pasa a ser quién pierde, quién conserva y quién gana con esa redistribución de los recursos públicos.