
El texto de Esteban Schmidt es una pieza de opinión de alto voltaje, bien escrita y con una voz propia. Tiene el tono de alguien que conoce el oficio mediático desde adentro y que no se deja seducir por el "storytelling" de resiliencia y meritocracia que Hadad viene construyendo.
La tesis central —que Hadad es un simulador profesional, un jugador galáctico del periodismo como herramienta de poder y no como servicio público, y que ahora prueba el agua presidencial— está clara y se sostiene.
En fin que como señalara el gran Rene Lavand, frente a un público que (¡ay!) jamás descubría sus triquiñelas (?) : "No se puede hacer más lento"

En la cuarta parte de su serie sobre la inflación, el economista marxista Michael Roberts sostiene que el aumento persistente de los precios desde 2020 no fue producto del exceso de consumo ni de los salarios, sino de la recomposición de la rentabilidad del capital tras la pandemia. La inflación actuó como un mecanismo de transferencia de ingresos desde el trabajo hacia las empresas, mientras los bancos centrales respondieron castigando el empleo con tasas de interés más altas. Desde 2020 la Reserva Federal de Estados Unidos fijó un objetivo de inflación del 2%, pero la realidad fue muy distinta: los precios crecieron cerca del 4% anual y quedaron aproximadamente un 13% por encima de la tendencia previa a la pandemia. Para Roberts, este desvío representa un fracaso de la teoría económica dominante y de las políticas monetarias que prometían estabilidad de precios mediante el control de la demanda.
La rentabilidad antes que los salarios
El núcleo del argumento invierte la explicación convencional. La inflación no surgió porque los trabajadores consumieran demasiado o porque los salarios impulsaran una espiral de precios. Ocurrió porque, tras el colapso de 2020, las empresas enfrentaron un aumento extraordinario de costos —energía, transporte, insumos y cadenas logísticas— y trasladaron esos incrementos a los precios para preservar sus márgenes de ganancia.
Roberts recupera una tesis clásica de la economía política marxista: cuando el capital encuentra dificultades para sostener la rentabilidad mediante la producción, utiliza el sistema de precios para redistribuir ingresos a su favor. La inflación funciona entonces como un impuesto regresivo que erosiona el salario real sin necesidad de una reducción nominal de los sueldos.
El papel de los bancos centrales
La respuesta de la Reserva Federal y de otros bancos centrales consistió en elevar agresivamente las tasas de interés. El objetivo explícito era enfriar la economía reduciendo inversión, consumo y empleo hasta contener la inflación. Sin embargo, Roberts sostiene que esta estrategia combate los efectos y no las causas: si la inflación proviene de problemas estructurales de oferta y de la búsqueda de rentabilidad empresarial, encarecer el crédito sólo debilita a los trabajadores y frena la actividad económica.
La paradoja es evidente: mientras las ganancias corporativas se recuperaban, millones de hogares financiaban su consumo mediante deuda para compensar la pérdida de poder adquisitivo. La estabilización monetaria terminó descansando sobre un deterioro de las condiciones de vida populares.
Una lección para la Argentina
Aunque el análisis se centra en Estados Unidos, sus conclusiones dialogan con la experiencia argentina. Aquí también la inflación suele presentarse como consecuencia del exceso de gasto o de los salarios, cuando en realidad convive con mercados altamente concentrados, rentas extraordinarias y una creciente financiarización del consumo.
La deuda familiar, la morosidad y la caída del salario real no son fenómenos separados de la inflación: forman parte del mismo proceso de redistribución regresiva del ingreso. La estabilidad de los balances empresariales se consigue, cada vez más, a costa de hogares obligados a endeudarse para sostener niveles mínimos de consumo.
Como concluye Roberts, la inflación pospandemia no inauguró un nuevo equilibrio económico: reveló que el capitalismo contemporáneo utiliza la inflación y luego el ajuste monetario como dos momentos de una misma estrategia para restaurar la rentabilidad del capital

Gallo Mendoza representa una tradición político-intelectual argentina hoy particularmente necesaria: la del técnico que no separa conocimiento, estructura económica y transformación social. Su trayectoria —ingeniero agrónomo, investigador, docente, planificador y militante— estuvo atravesada por una preocupación central: quién controla los recursos estratégicos y para qué proyecto de país se los utiliza.
Hay un punto especialmente significativo: su estudio de 1964 sobre la tenencia de la tierra. Allí identificó que las políticas de crédito, semillas o comercialización podían aliviar problemas del sector agropecuario, pero no resolvían la cuestión fundamental: la estructura de propiedad de la tierra.
Ese planteo conserva una extraordinaria actualidad. La cuestión agraria argentina no puede reducirse a productividad, exportaciones o incorporación tecnológica. Detrás de esas variables existe una relación de poder: quién posee la tierra, quién controla los recursos naturales, quién captura la renta y quién decide el destino de la producción.
Por eso resulta muy acertada la comparación que hace el homenaje con Bialet Massé. Si Bialet Massé había recorrido el país para mostrar las condiciones materiales de las clases trabajadoras, Gallo Mendoza estudió cómo estaba distribuida la propiedad territorial. Ambos hicieron algo políticamente incómodo: obligaron al Estado a observar las relaciones de desigualdad que sus propias estructuras reproducían.
Y hay una segunda dimensión que vuelve especialmente contemporáneo su pensamiento. En 2013, bajo el seudónimo de Juan José Castelli, cuestionó la Ley de Tierras Rurales por considerar insuficiente la protección frente a la extranjerización y reclamó una política mucho más firme sobre tierras ubicadas en áreas estratégicas y de seguridad.
En el contexto actual, donde vuelven a adquirir centralidad la disputa por la tierra, los recursos naturales, la minería, los hidrocarburos, el agua y el territorio, Gallo Mendoza reaparece menos como una figura del pasado que como una caja de herramientas para interpretar el presente.
Su legado podría sintetizarse en una idea: el conocimiento no tiene sentido si no sirve para disputar el destino de la sociedad. Por eso la memoria de Gallo Mendoza no debería quedar confinada al homenaje. Su obra exige ser recuperada para discutir nuevamente qué modelo productivo, territorial y social necesita la Argentina.
En definitiva, despedir a Guillermo Gallo Mendoza es también preguntarse qué proyecto de país fue abandonado y qué relaciones de poder habría que volver a cuestionar para recuperarlo.

⬛La Trampa Invisible: Por qué tu deuda no es un fracaso personal, sino un efecto del sistema ¿Alguna vez sentiste culpa al mirar el resumen de tu tarjeta de crédito o el saldo de esa aplicación de microcréditos? En una sociedad obsesionada con el éxito y la meritocracia, la narrativa oficial es implacable: si estás endeudado, es por tu mala cabeza. Nos repiten que nos falta "educación financiera", que gastamos en lo que no debemos o que simplemente no sabemos ahorrar. Pero, ¿y si te dijera que el endeudamiento de los hogares es, en realidad, una herramienta de diseño del sistema económico? Bienvenidos a la era de la responsabilización individual: el fenómeno perverso donde las fallas estructurales de la economía se disfrazan de errores morales de los ciudadanos.
🟩De los derechos sociales al "derecho" a endeudarse: Hace unas décadas, el acceso a una vivienda digna, a una salud de calidad o a la educación superior se entendían como derechos o servicios públicos garantizados. Hoy, ante el retroceso del Estado y la privatización de la vida, esos derechos se han convertido en mercados.Como los salarios reales llevan años estancados frente al costo de vida, la brecha no se cierra con ingresos: se cierra con deuda.
⬛Financiar la supervivencia: No nos endeudamos para irnos de vacaciones al Caribe. Hoy, más del 60% de los hogares que piden un crédito lo hacen para comprar comida, pagar medicamentos o cubrir el aumento del alquiler.
🟩El salario ya no alcanza: La deuda se ha transformado en el sustituto invisible del salario que el mercado no te quiere pagar.
⬛La culpa como mecanismo de control: El mito del "derrochador" El sistema económico necesita que sientas culpa. ¿Por qué? Porque un ciudadano culpable es un ciudadano dócil. Si creés que tu crisis económica es solo culpa tuya por haber comprado un café de más en la semana, no vas a salir a la calle a exigir salarios dignos ni leyes que regulen los alquileres.La culpa despolitiza el problema. Convierte una crisis macroeconómica en un drama silencioso que se sufre puertas adentro, destruyendo la salud mental a fuerza de ansiedad, insomnio y vergüenza.
🟩Desarmando el relato oficial: Para entender cómo opera esta manipulación, es necesario confrontar los tres grandes mitos que el manual del "buen consumidor" nos repite a diario: Mito 1: "Te falta educación financiera y aprender a armar un presupuesto."La realidad: Ningún presupuesto resiste cuando los precios de los alimentos, las tarifas y los servicios esenciales suben el doble de rápido que tus ingresos mensuales. Mito 2: "Vivís por encima de tus posibilidades."La realidad: Las "posibilidades" actuales que ofrece el mercado laboral ni siquiera llegan a cubrir el costo real de una canasta básica total para una familia. Mito 3: "Nadie te obligó a aceptar las tasas de esa tarjeta o aplicación."La realidad: Ante una emergencia médica o la necesidad de llegar a fin de mes, las aplicaciones financieras con intereses usureros no son una elección libre, son la única opción de supervivencia instantánea frente a la exclusión de los bancos tradicionales.
⬛Hacia una salida colectiva: El primer paso para desarmar esta trampa es perder la vergüenza. Entender que tu deuda no es un defecto de tu carácter, sino el resultado lógico de un sistema que transfiere la riqueza hacia arriba y los riesgos hacia abajo. Para cambiar las reglas del juego, necesitamos dejar de mirar el problema a través del lente del esfuerzo individual. La solución no es un taller de ahorro extremo; es la regulación de las tasas de interés usureras, el acceso justo a la vivienda y la recomposición de los salarios. Tu deuda es un problema político, no un pecado personal. En la publicación el Informe CEPA sobre endeudamiento familiar de agosto de 2026.

¿Cómo pasaron el anarquismo, el socialismo y el comunismo de ser ideas minoritarias a convertirse en las grandes ideologías obreras de comienzos del siglo XX? Sus militantes no solo libraron una batalla de ideas: crearon una prensa propia, una gráfica reconocible, símbolos perdurables y un cancionero revolucionario compartido. Un recorrido por esa cultura militante sirve para inscribir los actuales combates políticos en una historia a menudo olvidada.

El debate contemporáneo sobre Marx suele quedar atrapado entre dos reducciones: quienes lo convierten exclusivamente en un teórico de la lucha de clases y quienes lo presentan como un pensador preocupado, ante todo, por la libertad individual. El artículo de Jan Kandiyali publicado en Jacobin permite salir de esa disyuntiva y recuperar una dimensión central de la tradición marxista: la emancipación humana como transformación de las relaciones sociales y como posibilidad de florecimiento colectivo.
La discusión parte de las interpretaciones desarrolladas por filósofos analíticos como G. A. Cohen y Jon Elster. En ellas aparece una lectura de Marx en la que el comunismo puede ser entendido como una sociedad capaz de liberar a los individuos de las restricciones que impiden desarrollar sus capacidades. El problema, señala Kandiyali, es que esta interpretación corre el riesgo de trasladar a Marx una concepción demasiado individualista de la realización humana.
En Marx, por el contrario, el individuo nunca existe separado de sus relaciones sociales. La conocida formulación de La ideología alemana resulta decisiva: «la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales». La emancipación, por lo tanto, no puede consistir simplemente en ampliar las opciones disponibles para individuos aislados. Debe transformar las relaciones sociales que condicionan esas opciones.
libertad y condiciones materiales
Esta cuestión adquiere una enorme actualidad frente al discurso liberal contemporáneo.
La libertad liberal suele ser presentada como ausencia de interferencia: cada individuo sería libre en la medida en que nadie interfiera en sus decisiones. Pero Marx introduce una pregunta anterior: ¿qué condiciones materiales permiten realmente ejercer esa libertad?
Un trabajador que formalmente puede elegir dónde trabajar, pero necesita vender su fuerza de trabajo para garantizar su subsistencia, es jurídicamente libre. Sin embargo, esa libertad está atravesada por una relación material de dependencia.
Lo mismo puede observarse hoy en dimensiones que exceden el trabajo industrial clásico. La vivienda, la educación, la salud, el cuidado, el crédito y hasta el tiempo disponible para la vida familiar están crecientemente determinados por la capacidad de ingreso y por el acceso al mercado.
La paradoja del capitalismo contemporáneo es evidente: la sociedad posee una capacidad productiva extraordinariamente superior a la de cualquier época anterior, pero esa capacidad no se traduce automáticamente en mayor libertad para las mayorías.
La productividad puede aumentar y, simultáneamente, crecer el endeudamiento familiar, la precariedad laboral o la inseguridad respecto del futuro.
el problema no es solamente quién posee
Aquí aparece una cuestión fundamental para una lectura política de Marx.
El capitalismo no constituye únicamente un sistema caracterizado por una distribución desigual de la riqueza. Es también un sistema en el que las relaciones sociales están organizadas alrededor de la valorización del capital.
Por eso, la cuestión de la propiedad resulta indispensable, pero no suficiente.
Una sociedad emancipada no debería limitarse a distribuir de otra manera aquello que produce el capitalismo. También debería preguntarse qué produce, para quién produce y bajo qué relaciones sociales se produce.
El problema del trabajo es particularmente ilustrativo.
En el capitalismo, el trabajo aparece fundamentalmente como un medio para obtener ingresos y reproducir la existencia. El trabajador vende su fuerza de trabajo y el proceso productivo queda subordinado a una finalidad externa: la valorización del capital.
El comunismo pensado desde el horizonte del florecimiento humano implica algo mucho más profundo que una redistribución del ingreso: la posibilidad de transformar el trabajo en una actividad socialmente significativa, cooperativa y progresivamente libre.
La emancipación no sería entonces escapar de toda actividad productiva, sino liberar la actividad humana de su subordinación absoluta a la rentabilidad.
del individuo competitivo al sujeto colectivo
Este punto permite establecer una diferencia profunda con el neoliberalismo.
La concepción neoliberal parte del individuo como unidad fundamental de la sociedad. La sociedad aparece como resultado de millones de decisiones individuales y el mercado como mecanismo privilegiado para coordinarlas.
El marxismo invierte la perspectiva: los individuos son producidos socialmente. Sus posibilidades, aspiraciones y condiciones de existencia dependen de instituciones, relaciones de propiedad, estructuras productivas y relaciones de poder.
De allí que la emancipación no pueda ser exclusivamente individual.
Nadie puede emanciparse completamente de relaciones sociales que continúan sometiendo a otros.
La libertad de algunos basada en la subordinación material de otros no constituye, desde esta perspectiva, una libertad universal.
Este planteo adquiere una particular relevancia en el presente argentino. Frente a una concepción política que reivindica al individuo propietario y presenta la sociedad como una agregación de intercambios privados, la tradición marxista obliga a formular otra pregunta: ¿quién controla las condiciones materiales que hacen posible la libertad?
Porque no alcanza con proclamar la libertad si millones de personas dependen del salario, del crédito, del alquiler o de la asistencia familiar para reproducir cotidianamente su existencia.
el florecimiento humano como horizonte político
La recuperación del concepto de florecimiento humano permite, en definitiva, ampliar la discusión sobre el socialismo.
No se trata solamente de cuánto debe ganar cada persona ni de cómo distribuir la riqueza. Se trata de preguntarse qué tipo de sociedad permite que las capacidades humanas puedan desarrollarse plenamente.
Una sociedad donde la educación no sea una mercancía, donde la salud no dependa de la capacidad de pago, donde la vivienda no sea principalmente un activo financiero, donde el tiempo libre no constituya un privilegio y donde el trabajo pueda ser progresivamente liberado de la lógica de la explotación.
En ese sentido, el comunismo aparece menos como un modelo económico cerrado que como un horizonte de emancipación social.
Y allí reside quizás la principal actualidad de Marx.
El capitalismo ha demostrado una capacidad extraordinaria para desarrollar las fuerzas productivas. Pero precisamente ese desarrollo vuelve más evidente la contradicción entre las posibilidades materiales de la humanidad y las relaciones sociales que organizan su utilización.
La pregunta marxista sigue siendo entonces incómodamente vigente:
si la sociedad dispone de recursos y capacidades productivas suficientes para garantizar una vida digna para todos, ¿por qué esas capacidades continúan subordinadas a la acumulación privada?
Responder esa pregunta implica volver a colocar en el centro de la política no solamente la distribución del ingreso, sino el control social de las condiciones de existencia.
Porque la verdadera emancipación no consiste simplemente en que cada individuo pueda elegir dentro del mercado. Consiste en que los seres humanos puedan decidir colectivamente sobre las condiciones materiales y sociales de su propia vida.
Y esa es, precisamente, una de las dimensiones más potentes del Marx que el debate contemporáneo vuelve a descubrir. En la apertura presentación del libro de Chipi Castillo "Leer a Marx". Acompañan al autor en el panel Lucas Rubinich, Paula Varela y Mariano Schuster, quienes analizan la vigencia del pensamiento marxista frente a los desafíos del capitalismo actual, el ascenso de las extremas derechas y las posibilidades de una transformación social. Una charla imprescindible para quienes buscan coordenadas de lectura en tiempos convulsivos y quieren profundizar en el núcleo duro del marxismo como herramienta de lucha y emancipación.

La refinanciación de las deudas familiares impulsada por el Gobierno porteño, con el Banco Ciudad y otras entidades financieras, se presenta como una respuesta al sobreendeudamiento de los hogares. Pero detrás del alivio a las familias aparece otra función decisiva: evitar que el crecimiento de la morosidad se transforme en un problema para el sistema financiero. La deuda no desaparece: se reestructura, se prolonga y se administra. El Estado interviene así en una contradicción cada vez más visible: salarios que no alcanzan, hogares que recurren al crédito para sostener su reproducción cotidiana y bancos que necesitan que esa deuda siga siendo pagable.

Michael Roberts plantea una pregunta incómoda: ¿la economía académica está cambiando realmente su manera de comprender el capitalismo o simplemente está incorporando herramientas cada vez más sofisticadas para estudiar los mismos supuestos de siempre?
La economía dominante se ha vuelto más empírica, utiliza grandes bases de datos, nuevos métodos estadísticos, experimentos naturales e inteligencia artificial. Pero, como señala Roberts, una metodología más sofisticada no garantiza una explicación más profunda de la realidad. El problema no es solamente cómo se mide, sino qué relaciones sociales quedan fuera de la medición.
La crítica adquiere especial fuerza frente a los modelos macroeconómicos de equilibrio, que suelen tratar las crisis como perturbaciones externas. Desde una perspectiva marxista, en cambio, las crisis no son simples accidentes: forman parte de las contradicciones de la acumulación capitalista. Por eso categorías como inversión, rentabilidad, endeudamiento y distribución del excedente resultan centrales para comprender la dinámica económica.
La misma cuestión aparece con la inflación. No alcanza con explicar el aumento de precios mediante dinero, costos o expectativas. Hay que preguntarse también quién puede trasladar aumentos, quién defiende sus márgenes y cómo se distribuye socialmente el costo de la inflación. Lo mismo ocurre con el endeudamiento: cuando millones de hogares recurren al crédito para sostener su consumo, difícilmente pueda explicarse como resultado de decisiones individuales. Es una expresión de relaciones económicas y sociales más amplias.
Esta perspectiva resulta particularmente pertinente para analizar la Argentina actual. El ajuste fiscal, la desregulación, las reformas laborales o las modificaciones tributarias suelen presentarse como decisiones técnicas y neutrales. Pero toda política económica redistribuye recursos y poder entre clases y sectores sociales. La pregunta fundamental es entonces quién gana, quién pierde y qué relaciones de fuerza se modifican.
El aporte de Roberts consiste en recordar que la economía puede avanzar enormemente en sus instrumentos sin necesariamente cambiar su objeto de análisis. Podemos tener más datos, mejores modelos y algoritmos más poderosos y, sin embargo, seguir sin responder preguntas elementales: ¿quién produce?, ¿quién decide?, ¿quién se apropia del excedente?, ¿quién soporta las crisis?
El desafío de una economía crítica no consiste en rechazar las nuevas herramientas, sino en utilizarlas para recuperar aquello que la economía dominante suele ocultar: que detrás de cada cifra existen relaciones sociales, intereses y relaciones de poder.

En última instancia, el artículo de Sgarzini que publicamos, muestra que la pelea por Infantino no es una pelea entre quienes quieren mercantilizar el fútbol y quienes quieren preservarlo como patrimonio popular. Es, por ahora, una disputa entre distintas fracciones del capital y de las burocracias deportivas por controlar una de las grandes máquinas globales de producción de renta, audiencia y poder simbólico.

El artículo de Michael Roberts —tercera parte de su revisión sobre las teorías de la inflación— propone algo bastante más profundo que la explicación monetarista de “demasiado dinero persiguiendo pocos bienes”. Su punto de partida es la teoría marxista del valor.
La tesis central
Para Roberts y Guglielmo Carchedi, la inflación debe analizarse a partir de la relación entre dinero en circulación y valor producido. El valor se aproxima mediante las horas de trabajo productivo empleadas en la producción de mercancías. La inflación aparece cuando el crecimiento del dinero efectivamente circulante supera el crecimiento del valor creado.
La fórmula conceptual es sencilla:
Inflación = crecimiento del dinero en circulación − crecimiento del valor producido
Pero el argumento marxista está en determinar por qué se mueve cada componente.
Roberts sostiene que el dinero no es la causa última: las autoridades monetarias reaccionan frente a la evolución de la economía. Cuando cae la rentabilidad y se desacelera la creación de valor, los bancos centrales intentan compensarlo mediante expansión monetaria y reducción de tasas. El problema es que emitir más dinero no crea por sí mismo nuevo valor.
El punto fuerte: la rentabilidad
Aquí aparece una conexión particularmente interesante. El aumento de la composición orgánica del capital —más medios de producción respecto del trabajo empleado— tiende a reducir la tasa de ganancia y, según Roberts, también limita el crecimiento de las horas de trabajo productivo. En su evidencia para Estados Unidos entre 1949 y 2022 encuentra una correlación positiva entre la tasa de ganancia y la evolución de las horas trabajadas.
Esto permite reinterpretar la inflación de los años setenta: no sería simplemente un episodio de “exceso de dinero”, sino una situación en la que la creación de valor se debilitó mientras la respuesta monetaria intentaba sostener la acumulación. El resultado fue una aceleración de la inflación junto con estancamiento económico: la conocida stagflation.
Y acá está lo políticamente importante
El artículo introduce una crítica potente a la manera convencional de medir la inflación, no ya el dibujo metodológico bizarro del INDEC, que lo hace con un IPC con ponderadores dos décadas atrasados.
Roberts calcula que entre 1949 y 2019 la denominada “tasa de inflación del valor” promedió 5,2% anual, frente al 3,4% del IPC estadounidense y el 3,1% del deflactor del PIB.
La consecuencia es decisiva: el deterioro del poder adquisitivo de los trabajadores puede ser mayor de lo que registra la inflación oficial, si se mide el salario no simplemente por su capacidad de comprar una canasta de bienes, sino en relación con el valor producido y el tiempo de trabajo necesario para obtener esos bienes.
En otras palabras, Roberts desplaza la discusión desde:
“¿Cuánto subieron los precios?” hacia una pregunta mucho más incómoda:
“¿Qué ocurrió con la relación entre el trabajo realizado, el valor producido, el dinero que circula y lo que los trabajadores pueden apropiarse?”
Ese desplazamiento es central desde una perspectiva de clase. La inflación deja de aparecer como una anomalía técnica que debe corregirse mediante tasas de interés y pasa a inscribirse en las contradicciones de la acumulación capitalista y la distribución del valor entre capital y trabajo.
Además, Roberts sostiene que sus pruebas estadísticas encuentran evidencia de que los cambios en las horas de trabajo —su proxy del valor— preceden a los cambios en el dinero circulante, mientras que no encuentra la relación inversa con la misma fuerza. Advierte, correctamente, que correlación no equivale por sí misma a causalidad.
Para Argentina, la veta más fértil del artículo está ahí: permite discutir críticamente el IPC sin caer en la idea simplista de que todo índice oficial es necesariamente “falso”, (aunque en La Argentina hay serias objeciones metodológicas al actual IPC) como se muestra en la nota de cierre). La cuestión más profunda es qué relación social queda oculta detrás de un número de inflación y quién soporta el costo de preservar la rentabilidad, el ajuste y la estabilidad monetaria.
Roberts anuncia que la cuarta parte abordará precisamente la cuestión de los salarios reales, además de explicar el salto inflacionario posterior a la pandemia.

El artículo de Enrique Carpintero, publicado en Topía #107 (agosto de 2026), tiene una tesis especialmente fértil para el eje que venís trabajando sobre endeudamiento, individualización de la culpa y desarticulación de lo colectivo.
“Recuperar la vergüenza ética como fuerza de lo colectivo” — Topía
La clave política
Carpintero distingue entre una vergüenza impuesta por el sistema y una vergüenza ética capaz de convertirse en potencia colectiva. El neoliberalismo produce un individuo que debe responder exclusivamente por su éxito o fracaso: si no consigue trabajo, si se endeuda, si pierde poder adquisitivo o si no alcanza los estándares de consumo, “el problema sos vos”. La estructura desaparece detrás de la responsabilidad individual.
Ahí aparece una conexión directa con nuestro análisis del endeudamiento familiar: la deuda deja de aparecer como resultado de salarios insuficientes, precarización, inflación, financiarización y transferencia de ingresos hacia el capital financiero, y pasa a presentarse como consecuencia de una supuesta incapacidad individual para administrar la propia vida.
El mecanismo subjetivo es muy potente:
problema estructural → fracaso individual → vergüenza → aislamiento → pérdida de capacidad colectiva de respuesta.
Carpintero lo formula con mucha precisión: el poder utiliza la vergüenza para que el individuo no cuestione al sistema sino que se cuestione a sí mismo.
Pero hay una inversión posible
Lo más interesante políticamente del artículo es que la vergüenza también puede cambiar de objeto.
Cuando el individuo deja de preguntarse “¿qué hice mal yo?” y empieza a preguntarse “¿qué sociedad produce esto?”, la vergüenza individual puede convertirse en indignación colectiva. El autor plantea precisamente que, cuando el colectivo siente vergüenza por el estado de la sociedad, aparece un primer paso hacia su transformación.
Esto permite formular una hipótesis política fuerte:
El neoliberalismo necesita que la víctima se avergüence de su propia situación; la política emancipatoria necesita que la sociedad se avergüence de producirla.
Y esto dialoga muy bien con lo que veníamos trabajando en otras publicaciones del blog: el endeudado no es necesariamente un sujeto económicamente irresponsable; puede ser el sujeto que revela una contradicción del modelo. Cuando millones de personas necesitan endeudarse para sostener consumos básicos, el problema ya no puede ser reducido a la conducta financiera de cada familia.
La dimensión de clase
Hay además una cuestión todavía más profunda. La desvergüenza de quienes están arriba y la vergüenza de quienes están abajo pueden funcionar como dos caras de una misma relación de poder.
Carpintero señala que el poder puede llegar a transformar la vergüenza humillante del subordinado en odio dirigido hacia un tercero: el inmigrante, el pobre, el diferente. De ese modo, la frustración producida por la propia posición social no se dirige hacia las relaciones que la producen, sino lateralmente contra otros sectores subalternos.
Ahí aparece una de las claves para interpretar el presente: el conflicto de clases puede ser desplazada por una guerra entre individuos y grupos populares.
El trabajador precarizado culpa al desocupado.
El endeudado culpa al que recibe asistencia.
El pequeño comerciante culpa al empleado público.
El jubilado culpa al trabajador activo.
El argentino precarizado culpa al inmigrante.
Mientras tanto, la estructura que distribuye desigualmente ingresos, patrimonio y poder queda fuera de campo.
Hay una frase del artículo que puede convertirse en un eje editorial: El neoliberalismo privatiza el fracaso y socializa las pérdidas del capital.
La tarea política sería invertir esa operación: desprivatizar el sufrimiento. Transformar lo que aparece como una suma de fracasos personales —deudas, pobreza, precariedad, imposibilidad de acceder a una vivienda, deterioro del consumo— en la experiencia compartida de una estructura social.
En ese sentido, recuperar la vergüenza ética no significa volver a una moral culpabilizadora. Significa recuperar la capacidad colectiva de mirar una sociedad y decir: esto no debería ser normal.
Y ahí la vergüenza deja de ser un instrumento de dominación y puede convertirse, como plantea Carpintero, en una fuerza de lo colectivo

El creciente endeudamiento de los hogares argentinos no puede leerse como una suma de malas decisiones individuales, falta de previsión o incapacidad para administrar los ingresos. Es, antes que nada, una respuesta social a un modelo económico que deteriora el poder adquisitivo, encarece las condiciones de reproducción de la vida y obliga a millones de familias a recurrir al crédito para sostener consumos básicos. Como advirtió Mark Fisher, uno de los rasgos centrales del capitalismo contemporáneo consiste en transformar problemas estructurales en fracasos personales: aquello que produce el sistema aparece como responsabilidad del individuo. Así, la deuda deja de ser una anomalía privada y se convierte en un mecanismo de disciplinamiento social. El trabajador endeudado no simplemente «gasta de más»: utiliza crédito para compensar la insuficiencia de su salario. La morosidad, entonces, tampoco expresa necesariamente irresponsabilidad: puede ser el punto en que la capacidad familiar de absorber el ajuste llega a su límite. La deuda de los hogares no es una carencia moral de las familias; es una de las formas concretas en que la crisis del modelo económico se descarga sobre ellas. Cierra el cura Juan Rega: "Deuda o hambre", en los barrios populares ya las familias comen una vez al día.

El economista Michael Roberts analiza en su último artículo las principales discusiones del XIX Congreso de la World Association of Political Economy (WAPE), realizado en la Universidad de Greenwich, Londres, con la participación de más de 150 investigadores y más de un centenar de ponencias. El encuentro tuvo como eje la vigencia de Adam Smith, a 250 años de La riqueza de las naciones, pero extendió el debate hacia el imperialismo, la financiarización, la inteligencia artificial, la teoría del valor y el ascenso de China.
Uno de los puntos centrales fue la disputa por la apropiación de Adam Smith. Frente a la tradición neoliberal que lo convirtió en fundador ideológico del laissez-faire, los economistas marxistas reunidos en WAPE sostienen que Smith tenía una concepción bastante más compleja: reconocía la importancia de la división social del trabajo y del mercado, pero también el papel del Estado, las normas morales y las contradicciones de la sociedad comercial. Roberts destaca especialmente la tensión entre La teoría de los sentimientos morales y La riqueza de las naciones.
Desde una perspectiva marxista, la contradicción fundamental de Smith aparece en su teoría del valor. Aunque reconoció al trabajo como fuente de la riqueza, terminó incorporando una concepción basada en los llamados factores de producción —salarios, ganancias y renta—. Marx consideró que esa contradicción era significativa porque Smith había identificado problemas que sus sucesores resolverían tomando posiciones opuestas. Para Roberts, la economía convencional terminó descartando la teoría del valor-trabajo y consolidando la visión de los factores productivos.
La parte más relevante del artículo aparece cuando Roberts aborda el imperialismo y la relación entre centro y periferia. Su tesis es contundente: bajo las actuales relaciones imperialistas, los países pobres difícilmente podrán cerrar la brecha de ingresos, productividad y desarrollo humano respecto del Norte Global.
La explicación no se limita a una diferencia tecnológica interna. Roberts plantea que existe una transferencia persistente de valor desde el Sur hacia el Norte, mientras que la rentabilidad del capital en las economías periféricas cae más rápidamente que aumenta la productividad laboral. Esto restringe la inversión y reproduce el atraso relativo.
La excepción sería China, cuya dinámica de inversión depende menos de la rentabilidad inmediata que la de otras grandes economías periféricas. Roberts estima que China podría alcanzar hacia 2041 los niveles actuales de ingreso de los países de altos ingresos y aproximarse a sus niveles proyectados hacia 2046. Ninguno de los demás BRICS tendría, según su proyección, posibilidades semejantes en las próximas dos décadas.
Otro dato particularmente importante es el referido a la riqueza financiera offshore. Roberts cita estimaciones según las cuales entre US$7,6 y US$36 billones de riqueza financiera no tributada se encontraban depositados offshore hacia 2015, con un crecimiento anual estimado de entre US$200.000 y US$850.000 millones. La magnitud resulta especialmente significativa cuando se la compara con los aproximadamente US$153.000 millones de asistencia oficial al desarrollo de los países de la OCDE.
El mecanismo tiene una dimensión de clase evidente: la evasión y elusión fiscal internacional permite que una fracción extraordinariamente concentrada de la riqueza escape de los sistemas tributarios nacionales. Roberts señala que aproximadamente la mitad de la riqueza ubicada en paraísos fiscales pertenecería al 0,01% más rico, mientras que cerca del 77% estaría en manos del 0,1%.
Así, el imperialismo contemporáneo no opera solamente mediante comercio desigual o dominación política directa. También lo hace mediante flujos financieros, estructuras corporativas offshore, deuda, propiedad transnacional y apropiación fiscalmente privilegiada del excedente.
Roberts polemiza además con una parte de la literatura heterodoxa que interpreta la financiarización como una transformación cualitativa del capitalismo, en la que las ganancias financieras habrían adquirido autonomía respecto de la explotación del trabajo.
Su argumento marxista es diferente: el capital ficticio no constituye una fuente independiente de valor. Es, fundamentalmente, una apuesta sobre la futura extracción de plusvalor. Las ganancias financieras pueden redistribuir el excedente producido en la esfera productiva, pero no crean valor autónomamente.
Esta distinción es fundamental. Para Roberts, hablar de capital ficticio no significa hablar de un capital "virtual" desligado de la producción. El capital financiero sigue conectado, aunque indirectamente y mediante múltiples mediaciones, con la capacidad futura del sistema para generar plusvalor.
El aporte más potente del artículo puede sintetizarse así: la desigualdad internacional no es simplemente el resultado de que algunos países sean más productivos que otros; es también una relación estructural mediante la cual el excedente producido en la periferia es apropiado, transferido o capturado por el capital concentrado en el centro.
Desde esta perspectiva, la financiarización no reemplaza al capitalismo productivo sino que constituye una de sus formas de valorización y redistribución del excedente. Y los paraísos fiscales funcionan como una infraestructura fundamental para esa concentración.
Esto permite establecer una conexión particularmente relevante con América Latina y Argentina: la fuga de capitales, la deuda externa, la extranjerización de activos estratégicos y la transferencia de excedentes hacia centros financieros internacionales pueden ser analizadas no como fenómenos aislados, sino como componentes de una misma estructura de subordinación periférica.
La cuestión decisiva, entonces, no es simplemente cuánto crece una economía periférica, sino quién se apropia del excedente que produce y dónde termina ese excedente. Esa es, en última instancia, la pregunta de clase que atraviesa todo el texto de Roberts.
Una precisión importante: las proyecciones de Roberts sobre China y la persistencia de la brecha Norte-Sur son hipótesis analíticas, no hechos establecidos. Su valor reside en el marco teórico y empírico que propone para explicar la reproducción de las desigualdades globales

El informe permite ir más allá de la discusión contable sobre “déficit versus superávit”. Lo que aparece es una recomposición de las prioridades del Estado.
El ajuste no consiste simplemente en que el Estado gaste menos: gasta menos en determinadas funciones y preserva o incrementa otras. La reducción particularmente intensa de educación, ciencia, infraestructura, políticas alimentarias, desarrollo productivo y asistencia a provincias y municipios supone una transferencia de recursos desde funciones de reproducción social y desarrollo económico hacia el sostenimiento del equilibrio fiscal, los servicios de la deuda y determinados aparatos estratégicos del Estado.
El dato de +33% real en Inteligencia, colocado junto al desplome de políticas sociales y educativas, resulta políticamente significativo.
En términos de estructura social, puede sintetizarse así: el Estado reduce su intervención allí donde ésta funciona como mecanismo de compensación de las desigualdades sociales, mientras conserva una fuerte capacidad de intervención en áreas vinculadas con la deuda, el control y la seguridad.
Esto permite caracterizar el programa fiscal del gobierno de Milei no solamente como un programa de reducción del gasto, sino como una reorientación clasista del gasto público.
Hay además una diferencia metodológica importante: la Oficina de Presupuesto del Congreso, utilizando otra base y otra comparación interanual, informa para los primeros siete meses de 2026 una caída real del gasto de la Administración Nacional mucho menor, del 0,8% interanual. Esto no invalida el diagnóstico del CEPA: significa que la comparación elegida —2026 contra 2023— es decisiva para medir la magnitud del ajuste acumulado durante el ciclo de gobierno de Milei.
La conclusión política es, entonces, más fuerte que el simple dato del superávit: el equilibrio fiscal se está construyendo mediante una profunda modificación de la composición del gasto público. El interrogante central deja de ser cuánto gasta el Estado y pasa a ser quién pierde, quién conserva y quién gana con esa redistribución de los recursos públicos.

La crisis que atraviesa Cuba no puede comprenderse al margen de un dato histórico decisivo: la Revolución cubana lleva más de seis décadas sometida al bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos. Desde 1962, Washington convirtió el aislamiento de la isla en una política de Estado destinada a limitar su capacidad de comercio, inversión, financiamiento y acceso a bienes estratégicos. No se trata, por lo tanto, de un episodio coyuntural ni de una sanción puntual, sino de una estructura permanente de coerción económica que ha condicionado durante generaciones el funcionamiento de la economía cubana.
El bloqueo constituye el marco estructural de la decadencia económica cubana. Una economía pequeña, insular y altamente dependiente del comercio exterior enfrenta costos extraordinarios cuando se le restringe el acceso a mercados, créditos, tecnologías, insumos y fuentes de financiamiento. A ello se agrega el carácter extraterritorial de buena parte de las sanciones estadounidenses, que presiona sobre empresas y entidades de terceros países que pretenden comerciar o financiar operaciones con Cuba. La consecuencia es un encarecimiento sistemático de las transacciones y una reducción de las posibilidades de acumulación e inversión.
La cuestión energética expresa con particular claridad esta dependencia. La disponibilidad de combustible resulta indispensable para sostener la generación eléctrica, el transporte y la producción. Cuando se restringen las fuentes externas de abastecimiento, el deterioro energético se transforma rápidamente en deterioro productivo: menos electricidad significa menos producción; menos combustible significa menos transporte; menos producción significa menos exportaciones y menos divisas; y la falta de divisas vuelve todavía más difícil importar combustible, alimentos, medicamentos y bienes de capital. Se configura así un círculo de reproducción de la escasez.
Desde esta perspectiva, las actuales penurias cubanas no deberían interpretarse simplemente como la consecuencia de una supuesta incapacidad de la economía socialista para funcionar. Existe, indudablemente, una dimensión interna de la crisis: baja productividad, dificultades de gestión, envejecimiento demográfico, emigración, pérdida de fuerza de trabajo y problemas derivados de las reformas económicas. Pero colocar exclusivamente allí la explicación significa eliminar de la ecuación seis décadas de presión económica externa.
El dato político fundamental es que el bloqueo no opera solamente sobre el Estado cubano: su efecto final se descarga sobre las condiciones materiales de vida de las clases populares. Las dificultades para obtener alimentos, medicamentos, transporte, electricidad y bienes de consumo no constituyen abstracciones macroeconómicas. Son la forma concreta en que una política internacional de coerción termina impactando sobre la reproducción cotidiana de la población.
Aquí aparece una paradoja histórica. Estados Unidos sostiene que el deterioro económico cubano demuestra el fracaso del sistema político de la isla; pero al mismo tiempo mantiene una política diseñada precisamente para dificultar las condiciones materiales necesarias para el funcionamiento de ese sistema. El bloqueo, en consecuencia, no es simplemente un contexto externo de la crisis: es uno de los mecanismos mediante los cuales la crisis es producida y reproducida.
Esto no implica negar las responsabilidades del gobierno cubano. Una lectura de clase exige evitar tanto la explicación liberal —“todo es culpa del socialismo”— como una explicación exculpatoria que atribuya cada dificultad exclusivamente al imperialismo. Cuba enfrenta contradicciones internas reales y profundas, y algunas de sus políticas económicas han contribuido a reducir productividad, inversión y capacidad de respuesta. Pero esas contradicciones se desarrollan dentro de una estructura internacional excepcionalmente adversa.
Por eso, la apertura económica que está impulsando La Habana debe interpretarse también desde esta perspectiva. La incorporación creciente de capital privado y de mecanismos de mercado no necesariamente expresa una conversión ideológica al capitalismo, sino la búsqueda de mecanismos de supervivencia y acumulación en una economía sometida a una presión externa prolongada. La pregunta de fondo será quién captura los beneficios de esa apertura y quién soporta sus costos.
Después de más de sesenta años, el bloqueo ha dejado de ser una medida excepcional para convertirse en una verdadera estructura histórica de la economía cubana. Su duración permite observar algo que suele quedar oculto en los debates ideológicos: las sociedades no se desarrollan en el vacío. Las posibilidades de acumulación, productividad y bienestar dependen también de las relaciones de poder internacionales.
La decadencia cubana, entonces, debe ser comprendida como el resultado de una combinación entre contradicciones internas y una presión imperial externa sostenida durante seis décadas, donde el bloqueo ocupa un lugar central. Negar las primeras conduce a una lectura apologética; ignorar la segunda conduce a una lectura profundamente incompleta.
El problema no es solamente por qué Cuba tiene hoy dificultades para producir y distribuir bienes. La pregunta histórica más relevante es qué habría ocurrido con la economía cubana durante estos sesenta años sin el bloqueo estadounidense. Esa comparación contrafáctica es imposible de realizar empíricamente, pero su ausencia no permite borrar el hecho histórico: durante más de seis décadas, Cuba ha debido desarrollar su economía bajo una política de coerción internacional excepcionalmente prolongada.
En ese sentido, las “penurias de Cuba” no pueden separarse de la historia del bloqueo. La escasez actual es también el resultado acumulado de seis décadas de asedio económico, sobre el cual se superponen las limitaciones, errores y contradicciones del propio modelo cubano.

Japón vuelve a enfrentar una paradoja que parecía haber dejado atrás: después de décadas de deflación y estancamiento, ahora debe lidiar con inflación sin haber recuperado un crecimiento vigoroso. En su reciente análisis, el economista marxista Michael Roberts sostiene que la tercera economía mundial quedó atrapada entre inflación y estancamiento, luego de años de expansión monetaria, tasas de interés ultrabajas y estímulo fiscal.
El cambio es significativo. Japón había construido durante décadas un régimen caracterizado por inflación extremadamente baja, salarios contenidos y una política monetaria expansiva destinada a estimular el consumo y la inversión. Sin embargo, la depreciación del yen y el aumento de los costos de importación modificaron el escenario. La inflación comenzó a trasladarse a los hogares mientras el crecimiento continuó siendo débil. El Banco de Japón enfrenta así un dilema clásico: si aumenta las tasas para contener los precios, puede profundizar el estancamiento; si mantiene una política monetaria expansiva, corre el riesgo de prolongar la pérdida del poder adquisitivo.
Los datos recientes muestran esa tensión. Aunque la inflación se ha moderado, el Banco de Japón reconoce que la depreciación del yen amplificó los shocks externos y que el vínculo entre precios y salarios está adquiriendo mayor persistencia. El FMI, por su parte, señala que los salarios nominales japoneses crecen, pero los salarios reales continúan bajo presión porque los precios avanzan más rápidamente.
El problema de fondo señalado por Roberts no es solamente monetario. La dificultad central es la insuficiencia de la acumulación privada. El Estado puede sostener la demanda mediante déficit y el Banco Central puede abaratar el crédito, pero ninguna de esas políticas garantiza que el capital privado encuentre condiciones suficientes de rentabilidad para ampliar la inversión productiva. De allí surge una contradicción decisiva: pueden coexistir beneficios empresariales elevados, abundante liquidez y una economía con escaso dinamismo.
La comparación con Argentina
La experiencia japonesa resulta particularmente interesante para Argentina, aunque ambas economías se encuentran en posiciones estructurales muy diferentes.
Japón llega a esta situación desde el centro del capitalismo mundial: posee una enorme base industrial, alta productividad, grandes activos financieros y una elevada capacidad de ahorro interno. Argentina, en cambio, es una economía periférica y dependiente, condicionada por la restricción externa, la escasez de divisas y una estructura productiva con fuerte peso de las actividades primarias y extractivas.
Sin embargo, existe una semejanza fundamental: en ambos casos aparece el límite de creer que una determinada política monetaria puede resolver por sí misma los problemas de la acumulación capitalista.
El programa de Javier Milei parte de una hipótesis casi inversa a la japonesa. Mientras Japón intentó durante años estimular la economía mediante dinero barato y gasto público, Argentina busca disciplinar la inflación mediante ajuste fiscal, tasas reales elevadas, restricción monetaria y un tipo de cambio que el Gobierno procura mantener relativamente estable. La expectativa oficial es que la estabilización genere confianza, reduzca el riesgo y finalmente desencadene inversión privada.
Pero el caso japonés permite introducir una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la rentabilidad financiera o empresarial no se transforma en inversión productiva suficiente?
En Argentina, la mejora de determinados indicadores financieros puede coexistir con una demanda interna debilitada por la caída del salario real, el deterioro de las jubilaciones, el aumento del endeudamiento de los hogares y la contracción del gasto público. El problema no es solamente cuánto gana una empresa, sino qué hace con esa ganancia: si amplía capacidad productiva, incorpora tecnología y empleo, o si privilegia posiciones financieras, recomposición patrimonial, distribución de dividendos o actividades de rentabilidad rápida.
Desde esta perspectiva, Japón ofrece una advertencia que trasciende las diferencias entre ambas economías. El ajuste sobre los trabajadores puede mejorar determinados indicadores de costos, pero no garantiza por sí mismo un ciclo expansivo. Para que exista acumulación sostenida debe existir inversión productiva y, en última instancia, una expectativa de realización de esas mercancías en el mercado.
La cuestión distributiva resulta entonces central. En Japón, el desafío consiste en conseguir que los aumentos nominales de salarios superen de manera sostenida la inflación para recuperar el consumo. El propio Banco de Japón considera que la estabilidad depende de que salarios y precios entren en un ciclo ascendente relativamente equilibrado.
En Argentina ocurre algo diferente pero relacionado: la estrategia antiinflacionaria se apoya fuertemente en la contención del salario y de la demanda. La estabilidad de precios puede mejorar mientras se deterioran las condiciones materiales de amplios sectores sociales. El resultado puede ser una desinflación acompañada de contracción económica, en lugar de una expansión basada en mayores ingresos populares.
La comparación permite, por lo tanto, escapar de una falsa dicotomía entre Estado y mercado. Japón demuestra que el Estado puede sostener durante mucho tiempo la demanda sin resolver el problema de la acumulación; Argentina muestra que el ajuste puede mejorar las variables financieras sin garantizar una expansión de la inversión productiva.
La pregunta decisiva no es simplemente si baja o sube la inflación, ni si el Estado tiene déficit o superávit. La cuestión es quién absorbe el costo del ajuste, quién captura las ganancias de la estabilización y si esas ganancias se convierten efectivamente en inversión, empleo y expansión de la capacidad productiva.
Japón constituye así una advertencia para Argentina: la estabilidad macroeconómica no equivale automáticamente a desarrollo, del mismo modo que la rentabilidad empresarial no equivale necesariamente a acumulación productiva. Cuando ambas dimensiones se separan, una economía puede alcanzar estabilidad financiera y, simultáneamente, profundizar el estancamiento y la desigualdad.
La paradoja japonesa y la experiencia argentina convergen finalmente en una cuestión más profunda: el capitalismo puede modificar sus instrumentos de política económica, pero no puede eliminar mediante tasas de interés, emisión, ajuste fiscal o devaluación la contradicción fundamental entre rentabilidad privada y reproducción social.

El programa de reformas del Gobierno argentino, inspirado en un "modelo peruano", busca consolidar la llamada "estabilidad macroeconómica" junto a una profunda fragmentación política, legislativa y flexibilización de la soberanía sobre recursos naturales. Este enfoque, que incluye la reforma del BCRA, la suba del tope de extranjerización de tierras al 25% y la flexibilización de la Ley de Glaciares, opera bajo un escenario donde el ancla de deuda externa facilita la privatización del subsuelo y la "balcanización" del federalismo, un riesgo que Cristina Kirchner ya había señalado como central.

El artículo «Monetary Policy and Capitalism», de Jan Toporowski, publicado en la edición de julio-agosto de 2026 de Monthly Review, desarrolla una crítica marxista a la idea dominante de que la política monetaria es el principal instrumento para regular el capitalismo contemporáneo. El autor denomina este paradigma «dominancia de la política monetaria»
El aporte de Toporowski consiste en cuestionar la creencia de que los bancos centrales poseen la capacidad de «administrar» el capitalismo mediante el manejo de las tasas de interés. Su tesis es que la política monetaria opera sobre la superficie financiera del sistema, mientras que la dinámica profunda depende de la acumulación de capital, la rentabilidad esperada y las relaciones sociales de producción. En ese sentido, la inflación, las crisis y el crecimiento no pueden entenderse aisladamente como fenómenos monetarios, sino como manifestaciones de las contradicciones estructurales del capitalismo contemporáneo.
Si se aplica la tesis de Jan Toporowski al proyecto de «blindaje» del Banco Central impulsado por el gobierno de Javier Milei, emerge una crítica profunda que va más allá del debate sobre la autonomía institucional del BCRA. No se trata de discutir únicamente si un banco central independiente es deseable, sino de preguntarse qué problemas puede resolver realmente la política monetaria y cuáles exceden completamente su alcance.
El proyecto oficial busca impedir que el Banco Central financie al Tesoro y reforzar su independencia respecto del poder político, con el objetivo declarado de evitar que futuros gobiernos recurran a la emisión monetaria para cubrir déficits fiscales. La iniciativa se inscribe en una concepción según la cual la estabilidad de precios depende, ante todo, de reglas monetarias estrictas y de la autonomía del banco emisor.
Desde la perspectiva de Toporowski, ese diagnóstico parte de un supuesto discutible: que el Banco Central constituye el principal instrumento para gobernar el capitalismo contemporáneo. El economista sostiene precisamente lo contrario: la llamada «dominancia de la política monetaria» exagera la capacidad de las tasas de interés y de los bancos centrales para determinar la inversión, el crecimiento y el empleo. En última instancia, la dinámica capitalista depende de la acumulación de capital y de las expectativas de rentabilidad, no de decisiones monetarias aisladas.
El blindaje institucional no garantiza el desarrollo
Desde esta óptica, el blindaje del Banco Central podría fortalecer la credibilidad financiera del país frente a acreedores e inversores, pero no garantiza por sí mismo:
mayores niveles de inversión productiva;
creación de empleo;
incremento de la productividad;
transformación de la estructura productiva;
reducción de la restricción externa.
Un Banco Central jurídicamente independiente puede contribuir a estabilizar variables nominales, pero carece de instrumentos para modificar las decisiones de inversión privada cuando las expectativas de rentabilidad son bajas.
La prioridad del capital financiero
La crítica adquiere mayor profundidad cuando se incorpora el concepto de financiarización, central en la obra de Toporowski.
En economías altamente financiarizadas, las decisiones del Banco Central afectan principalmente:
el precio de los activos financieros;
el rendimiento de los bonos;
el costo del crédito;
los flujos internacionales de capital.
Su influencia sobre la economía real resulta mucho más indirecta. En consecuencia, un Banco Central blindado puede terminar funcionando principalmente como una institución destinada a garantizar la estabilidad de los mercados financieros antes que la expansión de la producción y el empleo.
La cuestión de la soberanía democrática
Existe además una dimensión política.
Blindar constitucional o legalmente al Banco Central supone retirar del debate democrático una parte sustancial de la política económica.
Los defensores de esa autonomía sostienen que ello evita el uso electoral de la emisión monetaria y fortalece la credibilidad.
Sin embargo, puede interpretarse como una despolitización de decisiones que tienen efectos distributivos. Las tasas de interés, el acceso al crédito, la administración de reservas y la regulación financiera no son instrumentos neutrales: benefician o perjudican de manera diferente a sectores sociales y económicos.
Resumiendo mucho: En Argentina, es obvio que la inflación no responde exclusivamente a fenómenos monetarios. Diversos estudios identifican un conjunto de factores que interactúan:
restricción externa y fuga de capitales
volatilidad cambiaria;
concentración económica;
formación oligopólica de precios;
puja distributiva;
expectativas;
dinámica fiscal y monetaria.
Desde la perspectiva de Toporowski, concentrar la estrategia antiinflacionaria casi exclusivamente en un Banco Central independiente corre el riesgo de transformar un problema estructural en uno puramente monetario.
El blindaje del Banco Central puede interpretarse como una forma de institucionalizar la primacía del capital financiero sobre otras prioridades de política económica. Al limitar la capacidad del Estado para coordinar políticas monetarias, fiscales e industriales, se reduce el margen de intervención de gobiernos futuros, incluso si cuentan con legitimidad electoral para impulsar otra estrategia de desarrollo.
En este sentido, la tesis de Toporowski no implica negar la importancia de la estabilidad monetaria. Su planteo es diferente: la estabilidad de una economía capitalista no puede descansar exclusivamente sobre el Banco Central, porque los determinantes fundamentales del crecimiento son la inversión, la estructura productiva, la distribución del ingreso y la acumulación de capital. Cuando estos factores permanecen estancados, la autonomía del banco central puede preservar la estabilidad financiera, pero difícilmente genere desarrollo sostenido o mejore las condiciones de vida de la mayoría de la población.

Después de cuestionar las teorías monetaristas y keynesianas en la primera parte de la serie, Roberts dirige ahora su análisis hacia las interpretaciones heterodoxas. Su tesis central es que, aunque estas corrientes identifican problemas reales del capitalismo, no logran explicar de manera consistente el origen de la inflación.
El autor examina principalmente dos enfoques.
El primero sostiene que la inflación es consecuencia del poder monopólico de las grandes empresas, que elevan sus márgenes de ganancia («mark-up inflation»). Roberts reconoce que la concentración económica permite a las corporaciones apropiarse de una mayor parte del excedente, pero objeta que ello no explica por qué los precios aumentan de forma generalizada en determinados períodos y no de manera permanente. Si el monopolio fuera la causa suficiente, argumenta, la inflación debería ser constante en todas las economías capitalistas altamente concentradas.
El segundo enfoque interpreta la inflación como resultado del conflicto distributivo entre capital y trabajo. Según esta visión, empresas y trabajadores intentan preservar o ampliar su participación en el ingreso nacional, generando una espiral de precios y salarios. Roberts considera que esta explicación invierte la relación causal. Retomando a Marx, sostiene que los salarios suelen reaccionar al aumento previo de los precios y no ser su detonante inicial. En consecuencia, el conflicto distributivo puede amplificar la inflación, pero no constituye su origen fundamental.
El debate resulta especialmente pertinente para La Argentina. La narrativa oficial suele atribuir la inflación exclusivamente a la emisión monetaria, mientras que buena parte del pensamiento heterodoxo opositor la relaciona con la concentración económica, la puja distributiva y las devaluaciones o asume posiciones neokeynesianas obsoletas que siempre concluyen en devaluaciones del tipo de cambio y empobrecimiento popular.
El enfoque de Roberts invita a ir un paso más allá: preguntarse por qué esas tensiones aparecen de manera recurrente en economías capitalistas periféricas y cuál es la relación entre la acumulación de capital, la rentabilidad y la dinámica de los precios.
Esto desplaza la discusión desde las políticas monetarias y heterodoxas coyunturales hacia las contradicciones estructurales del capitalismo y supone que cualquier modelo económico social alternativo supone fuerte conflicto de intereses con el bloque en el poder – incluídos obviamente los organismos de crédito internacionales – por parte del poder político esto es actuar según lo indica "la marchita", pero completa en un momento donde es posible pensar en el fin del trabajo asalariado que, por caso, reestructurar la deuda impagable.
En ese sentido, el artículo constituye una crítica tanto al monetarismo dominante como a las explicaciones heterodoxas que, según Roberts, describen correctamente algunos mecanismos pero no alcanzan a identificar la causa fundamental de la inflación. Esa explicación será desarrollada en la tercera parte de la serie mediante su propuesta de una «teoría del valor de la inflación», elaborada junto con Guglielmo Carchedi.

La campaña antiargentina que lleva adelante el gobierno nacional pisa el acelerador cada día. El artículo "Ser Batavia" plantea una tesis central: el gobierno de Javier Milei no estaría impulsando únicamente un programa de ajuste económico, sino una transformación estructural del Estado argentino orientada a subordinar el país a los intereses del capital financiero y tecnológico global. La referencia a Batavia —la antigua capital de las Indias Orientales Holandesas, hoy Yakarta— funciona como metáfora de una colonia administrada en beneficio de corporaciones extranjeras antes que de su propia población.
Desde esa perspectiva, el autor sostiene que existe una arquitectura legislativa coherente integrada por el DNU 70/23, la Ley Bases, las reformas fiscales, laborales y ambientales, y una nueva serie de proyectos de ley que profundizarían ese rumbo. El argumento es que estas iniciativas no son medidas aisladas, sino partes de un mismo programa destinado a reducir la capacidad regulatoria del Estado, favorecer la concentración económica y garantizar rentabilidad al gran capital internacional.
Uno de los ejes más importantes del texto es la cuestión de la tierra y los recursos naturales. El proyecto de "Inviolabilidad de la Propiedad Privada" es presentado como un mecanismo para eliminar límites a la compra de tierras por extranjeros, facilitar el acceso a zonas de frontera, glaciares y reservas de agua, y debilitar la protección jurídica de comunidades indígenas, campesinos e inquilinos rurales. El artículo interpreta estas reformas como un nuevo ciclo de extranjerización del territorio argentino.
En la misma dirección ubica al denominado Súper RIGI, que ampliaría los beneficios otorgados a grandes inversiones en minería, inteligencia artificial, centros de datos, semiconductores y energías renovables. Según el texto, la combinación de estabilidad fiscal por treinta años, libre disponibilidad de divisas, baja carga tributaria y posibilidad de acudir al CIADI consolidaría un régimen excepcional favorable a grandes conglomerados internacionales.
Otro aspecto novedoso es la crítica a la propuesta de crear una "sociedad automatizada", es decir, una persona jurídica administrada por algoritmos. El artículo contrapone esa iniciativa con la posición de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual y cita la advertencia atribuida al historiador israelí Yuval Noah Harari, según la cual Buenos Aires correría el riesgo de convertirse no en una nueva Ámsterdam sino en una nueva Batavia: un espacio gobernado crecientemente por corporaciones tecnológicas antes que por instituciones democráticas.
También ocupa un lugar destacado la crítica a la denominada Inocencia Fiscal II, que, según el autor, invierte la carga de la prueba en materia tributaria y limita las capacidades de fiscalización del Estado, al tiempo que amplía beneficios para grandes patrimonios y funcionarios públicos.
Respecto del sistema financiero, el artículo sostiene que las modificaciones proyectadas para la Carta Orgánica del Banco Central apuntan a consolidar un esquema donde los bancos financian crecientemente al Tesoro mediante instrumentos como LECAP y BONCAP. El texto cuestiona la idea oficial de independencia monetaria y afirma que el sistema financiero destina una porción sustancial de su capacidad crediticia al financiamiento de la deuda pública antes que a la economía productiva.
Finalmente, el artículo interpreta la política de recortes presupuestarios, paralización de obra pública y vetos presidenciales como una estrategia de "shutdown" del Estado. En lugar de limitarse al equilibrio fiscal, el objetivo sería reducir permanentemente las funciones estatales en educación, salud, infraestructura, previsión social y federalismo fiscal.
El texto ofrece una interpretación coherente basada en la teoría de la dependencia y en los enfoques sobre financiarización del capitalismo. Su principal fortaleza consiste en vincular distintas reformas dentro de un mismo proyecto político, en lugar de analizarlas aisladamente.
En este sentido, la metáfora de Batavia resulta potente porque resume la hipótesis central del artículo: la Argentina estaría transitando desde un modelo de Estado nacional hacia otro donde las decisiones estratégicas sobre recursos naturales, infraestructura, sistema financiero y desarrollo tecnológico quedan crecientemente condicionadas por intereses corporativos transnacionales, mientras disminuye la capacidad soberana de las instituciones democráticas para regular esos procesos. ¿Se van entendiendo los alcances de "la campaña antialgentina"?