Categoría Política

La disputa por la Cámara Federal: cambiar un juez para cambiar el equilibrio del poder

La disputa por la composición de la Sala I de la Cámara Federal porteña expone una batalla silenciosa por el control de uno de los tribunales más estratégicos del poder judicial argentino. El eventual desplazamiento de Leopoldo Bruglia y su reemplazo por Yadarola no implica necesariamente un giro contra el lawfare, pero sí modifica el equilibrio interno de una estructura judicial que durante años tuvo un papel decisivo en las causas contra el peronismo. La reciente reconfiguración de la Cámara Federal porteña, impulsada por la aprobación en el Senado de la Nación de los pliegos de los jueces Pablo Bertuzzi y Pablo Yadarola, marca un punto de quiebre estratégico en el equilibrio de poder dentro de Comodoro Py. Este movimiento clave del gobierno de Javier Milei, coordinado bajo la gestión del ministro de Justicia Juan Bautista Mahíques, redefine las mayorías en el tribunal que tiene la última palabra sobre las causas de corrupción, lavado de dinero y delitos económicos que afectan tanto a la gestión actual como a administraciones pasadas. En el inicio Cristina tiene que ser candidata, ya se demostró que no funcionan los candidatos delegados.

Sobre el posibilismo: Un pragmatismo sin resultados

El artículo de Samuel Farber en Nueva Sociedad es especialmente interesante porque cuestiona una lectura muy instalada de Max Weber: la oposición entre «ética de la responsabilidad» y «ética de la convicción» como si la primera representara el realismo político y la segunda una política revolucionaria necesariamente irracional.

Farber sostiene que esa dicotomía no alcanza para comprender la política revolucionaria marxista. Weber construyó su crítica desde una posición de liberalismo moderado, nacionalismo alemán y defensa del Estado, y tendió a juzgar de manera mucho más severa la violencia cuando provenía de movimientos socialistas que cuando respondía a objetivos nacionales alemanes.

El punto más fuerte del artículo aparece en el análisis de Brest-Litovsk. Allí Farber muestra que los bolcheviques no actuaron simplemente movidos por una «ética de la convicción». Lenin, Trotski y Bujarin discutieron alternativas diferentes considerando la correlación de fuerzas, la situación militar, las posibilidades de revolución internacional y la supervivencia del poder soviético.

Es decir, la política transformadora también puede ser profundamente estratégica, racional y pragmática, sin abandonar por ello determinados principios.

La crítica de Farber adquiere una dimensión de clase particularmente relevante. Weber defendía el sindicalismo y consideraba legítima la lucha de clases reformista dentro del capitalismo democrático, pero rechazaba la ruptura revolucionaria con el orden existente.

Por eso, la «responsabilidad» weberiana no aparece como una categoría políticamente neutral. En la práctica puede terminar identificándose con la administración responsable del orden social existente, en otras palabras aceptar el campo de los posible sin intentar modificarlo, un dispositivo ideológico que asume la forma de "pragmatismo".

Y aquí está el núcleo político del texto: La responsabilidad no es necesariamente neutral respecto del poder.

Un dirigente puede ser «responsable» porque calcula las consecuencias de sus decisiones, pero también porque acepta como inmodificables las relaciones de fuerza existentes. La política popular democrática, en cambio, intenta transformar esas relaciones de fuerza.

Esta discusión permite recuperar una cuestión que suele desaparecer cuando Weber es convertido en una suerte de árbitro universal de la política: ¿responsable ante quién?

La responsabilidad de un gobierno que administra el capitalismo no tiene necesariamente el mismo contenido que la responsabilidad de una fuerza política que intenta modificar las relaciones de propiedad, distribución y poder.

Desde esta perspectiva, el concepto de responsabilidad puede funcionar ideológicamente como un mecanismo de naturalización del statu quo: realismo → moderación → compromiso → gobernabilidad → preservación del orden existente.

Frente a esto, Farber propone recuperar la racionalidad estratégica del marxismo : analizar condiciones objetivas, correlaciones de fuerzas, organización, tiempos políticos y posibilidades concretas sin convertir los principios en dogmas abstractos.

Una clave para pensar la política contemporánea

El texto resulta particularmente útil para analizar la política actual porque permite distinguir entre realismo político y adaptación política. No todo compromiso es necesariamente una traición a los principios. Pero tampoco todo compromiso es necesariamente «responsable». La cuestión decisiva es qué relación de fuerzas expresa, qué intereses sociales preserva y qué capacidad futura de acción construye o destruye.

Farber lo lleva incluso más lejos: cuando el compromiso se transforma en una filosofía permanente de gobierno, puede terminar asociado a la burocratización y a la reproducción de quienes administran el poder.

La conclusión política sería entonces contundente: la verdadera alternativa no es entre «responsabilidad» y «convicción», sino entre una política que administra relaciones de fuerza dadas y otra que intenta modificarlas conscientemente.

Este es probablemente el aspecto más fértil del artículo: la política responsable no debe definirse por su distancia respecto de la transformación social, sino por su capacidad de comprender la realidad material, identificar intereses sociales concretos y actuar sobre la correlación de fuerzas para modificarla. Lo hemos vivido recientemente cuando la responsabilidad se mimetizo en pragmatismo sin resultados y nos regaló esta agradable circunstancia por la que estamos atravezando.

No se puede hacer más lento

El texto de Esteban Schmidt es una pieza de opinión de alto voltaje, bien escrita y con una voz propia. Tiene el tono de alguien que conoce el oficio mediático desde adentro y que no se deja seducir por el "storytelling" de resiliencia y meritocracia que Hadad viene construyendo.

La tesis central —que Hadad es un simulador profesional, un jugador galáctico del periodismo como herramienta de poder y no como servicio público, y que ahora prueba el agua presidencial— está clara y se sostiene.

En fin que como señalara el gran Rene Lavand, frente a un público que (¡ay!) jamás descubría sus triquiñelas (?) : "No se puede hacer más lento"

Trelew

A 54 años de la Masacre de Trelew, el fusilamiento de 16 militantes políticos permanece como uno de los antecedentes decisivos del terrorismo de Estado argentino. La entrega bajo custodia, el asesinato y la posterior desaparición de los tres sobrevivientes revelan la continuidad de una política represiva que Trelew anticipó y la dictadura de 1976 llevó a escala nacional.

Pero a veces, no siempre, la justicia llega

Una lectura imprescindible para entender nuestros orígenes, dice Roberto Baschetti en su reseña del libro “Orígenes. Las raíces de nuestra militancia” que acaba de publicar Mario Firmenich, en el que repasa los hechos y los nombres que conforman la columna vertebral de la corriente nacional, popular y revolucionaria en la Argentina.

Guillermo Gallo Mendoza: el desafío de disputar la tierra, la renta y el poder

Gallo Mendoza representa una tradición político-intelectual argentina hoy particularmente necesaria: la del técnico que no separa conocimiento, estructura económica y transformación social. Su trayectoria —ingeniero agrónomo, investigador, docente, planificador y militante— estuvo atravesada por una preocupación central: quién controla los recursos estratégicos y para qué proyecto de país se los utiliza.

Hay un punto especialmente significativo: su estudio de 1964 sobre la tenencia de la tierra. Allí identificó que las políticas de crédito, semillas o comercialización podían aliviar problemas del sector agropecuario, pero no resolvían la cuestión fundamental: la estructura de propiedad de la tierra.

Ese planteo conserva una extraordinaria actualidad. La cuestión agraria argentina no puede reducirse a productividad, exportaciones o incorporación tecnológica. Detrás de esas variables existe una relación de poder: quién posee la tierra, quién controla los recursos naturales, quién captura la renta y quién decide el destino de la producción.

Por eso resulta muy acertada la comparación que hace el homenaje con Bialet Massé. Si Bialet Massé había recorrido el país para mostrar las condiciones materiales de las clases trabajadoras, Gallo Mendoza estudió cómo estaba distribuida la propiedad territorial. Ambos hicieron algo políticamente incómodo: obligaron al Estado a observar las relaciones de desigualdad que sus propias estructuras reproducían.

Y hay una segunda dimensión que vuelve especialmente contemporáneo su pensamiento. En 2013, bajo el seudónimo de Juan José Castelli, cuestionó la Ley de Tierras Rurales por considerar insuficiente la protección frente a la extranjerización y reclamó una política mucho más firme sobre tierras ubicadas en áreas estratégicas y de seguridad.

En el contexto actual, donde vuelven a adquirir centralidad la disputa por la tierra, los recursos naturales, la minería, los hidrocarburos, el agua y el territorio, Gallo Mendoza reaparece menos como una figura del pasado que como una caja de herramientas para interpretar el presente.

Su legado podría sintetizarse en una idea: el conocimiento no tiene sentido si no sirve para disputar el destino de la sociedad. Por eso la memoria de Gallo Mendoza no debería quedar confinada al homenaje. Su obra exige ser recuperada para discutir nuevamente qué modelo productivo, territorial y social necesita la Argentina.

En definitiva, despedir a Guillermo Gallo Mendoza es también preguntarse qué proyecto de país fue abandonado y qué relaciones de poder habría que volver a cuestionar para recuperarlo.

Cuando la deuda de los hogares se convierte en negocio

El endeudamiento creciente de las familias no es un problema de irresponsabilidad individual. Es el modo en que un modelo económico convierte la pérdida de ingresos reales en una cadena de deudas de supervivencia.
Cuando la morosidad se vuelve una amenaza sistémica, la respuesta no libera a los hogares: refinancia, alarga plazos y vuelve a endeudar al deudor. El objetivo no es desendeudar a las familias, sino asegurar que los acreedores cobren y que el circuito de la renta financiera no se interrumpa. El rescate, como siempre, tiene destinatario preciso cuyoas intereses defiende el gobierno y parte de la oposición: El sector financiero. Se nota mucho.

Cuando la deuda estalla, el estado rescata al sistema financiero

La refinanciación de las deudas familiares impulsada por el Gobierno porteño, con el Banco Ciudad y otras entidades financieras, se presenta como una respuesta al sobreendeudamiento de los hogares. Pero detrás del alivio a las familias aparece otra función decisiva: evitar que el crecimiento de la morosidad se transforme en un problema para el sistema financiero. La deuda no desaparece: se reestructura, se prolonga y se administra. El Estado interviene así en una contradicción cada vez más visible: salarios que no alcanzan, hogares que recurren al crédito para sostener su reproducción cotidiana y bancos que necesitan que esa deuda siga siendo pagable.

¿Qué entendía San Martín por libertad?

El artículo de Lucas Schaerer, publicado hoy en RezoXVos, propone una lectura de San Martín centrada en su catolicismo, su espiritualidad y la dimensión religiosa del Ejército de los Andes. El texto sostiene que sus padres eran terciarios dominicos, que San Martín fue bautizado en Yapeyú, que los Granaderos utilizaban escapularios y mantenían una disciplina espiritual, y que antes del cruce de los Andes el general hizo bendecir a la Virgen del Carmen de Cuyo y le entregó el bastón de mando.
Pero hay un punto políticamente mucho más interesante: el artículo intenta disputar el significado contemporáneo de San Martín. La cuestión no es solamente si San Martín fue católico —hay abundante evidencia histórica sobre su pertenencia cultural y religiosa—, sino qué proyecto político se construye hoy a partir de esa dimensión de su pensamiento.

San Martín: fe, independencia y soberanía
El artículo acierta al recordar algo que cierta historiografía liberal tendió a relegar: la revolución independentista rioplatense no nació en un vacío cultural secularizado. La sociedad colonial era profundamente católica y las ideas de emancipación convivían con lenguajes religiosos, jurídicos y políticos heredados de la tradición hispánica.
Sin embargo, reducir a San Martín a “un hombre de fe” resulta insuficiente. Su religiosidad debe ser situada dentro de un proyecto político mucho más amplio: la emancipación americana y la construcción de soberanías capaces de enfrentar la dominación colonial.
La propia trayectoria sanmartiniana resulta reveladora. Su proyecto no se limitaba a independizar un territorio administrativo del Imperio español. El objetivo estratégico era mucho más ambicioso: derrotar el poder colonial en América del Sur y evitar que la fragmentación política convirtiera a las nuevas repúblicas en espacios subordinados a las grandes potencias.
Por eso resulta especialmente significativo el pasaje del artículo que recupera la preocupación sanmartiniana por el “libre comercio” y contrapone su proyecto al de Rivadavia y posteriormente al de Mitre.
Ahí aparece una clave que permite conectar al San Martín histórico con los debates argentinos contemporáneos.

El problema no es religión versus secularismo
La discusión interesante no debería ser si San Martín fue “religioso” o “laico”. Esa oposición proyecta sobre el siglo XIX categorías contemporáneas.
La cuestión decisiva es otra: ¿Qué relación existía entre su fe, su concepción de la autoridad política y su proyecto de emancipación continental?
El artículo cita el Estatuto Provisional del Perú de 1821, cuyo primer artículo establecía la religión católica, apostólica y romana como religión del Estado. También señala que los funcionarios debían profesar la religión cristiana.
Pero ese dato necesita ser colocado en su contexto histórico. San Martín no estaba diseñando un Estado liberal del siglo XXI. Estaba organizando políticamente un territorio recién liberado de una monarquía colonial y en medio de una guerra revolucionaria.
Por eso resulta metodológicamente peligroso utilizar ese texto para convertir retrospectivamente a San Martín en un precursor de cualquier programa político contemporáneo.

El San Martín que incomoda al liberalismo económico
Hay, en cambio, una dimensión de San Martín que resulta particularmente fértil para pensar la Argentina actual.
El libertador entendía la independencia política como inseparable de la capacidad efectiva de los pueblos para decidir sobre su destino. La soberanía no podía reducirse a la existencia formal de una bandera, un gobierno y una Constitución.
Y aquí aparece una tensión histórica que sigue siendo actual: ¿Puede existir independencia política cuando las principales decisiones económicas, comerciales, financieras y estratégicas quedan subordinadas a poderes externos?
El San Martín de la emancipación ofrece una respuesta inequívoca: la independencia debía ser efectiva.
De ahí que sea mucho más productivo recuperar su figura desde la relación entre soberanía, territorio, recursos, integración continental y autonomía económica que utilizarlo como simple emblema religioso.

La disputa por la memoria de San Martín
Hay además una cuestión de política cultural.
San Martín es uno de los pocos símbolos argentinos capaces de atravesar las fronteras partidarias. Precisamente por eso, su figura constituye un terreno permanente de disputa por la memoria colectiva.
El liberalismo oligárquico construyó durante décadas un San Martín compatible con una determinada narrativa de la organización nacional. El nacionalismo popular recuperó otro San Martín: el de la emancipación americana, la soberanía y la oposición a la subordinación económica.

El artículo de Schaerer introduce ahora otra dimensión: el San Martín católico y espiritual.
Las tres dimensiones pueden coexistir históricamente. Lo que no debería hacerse es utilizar una de ellas para borrar las otras.
Porque un San Martín exclusivamente religioso sería tan incompleto como un San Martín exclusivamente militar o exclusivamente liberal.

La paradoja contemporánea
Y aquí aparece, a mi juicio, la cuestión política más potente.
Si se quiere recuperar al San Martín católico, también habría que recuperar su idea de comunidad, su noción de deber público y su concepción de la emancipación americana.
No parece posible reivindicar su religiosidad mientras se abandona la cuestión de la soberanía económica.
No parece coherente reivindicar su cruzada emancipadora mientras se considera que la inserción subordinada de la Argentina en los circuitos financieros y comerciales globales constituye una virtud en sí misma.
Y tampoco parece razonable convertir la religión de San Martín en una herramienta de legitimación de un proyecto económico que pueda profundizar la dependencia.

San Martín no fue simplemente un hombre que creyó en Dios. Fue un hombre que puso esa convicción al servicio de una determinada concepción del deber, la comunidad política y la emancipación.
Por eso la pregunta contemporánea no debería ser solamente “¿en qué creía San Martín?”, sino:
¿Qué entendía San Martín por libertad y qué condiciones materiales consideraba necesarias para conquistarla?
Esa pregunta devuelve la discusión al terreno verdaderamente sanmartiniano: la independencia como proyecto político, económico y continental.
Y allí el debate deja de ser sobre estampitas, ceremonias o apropiaciones religiosas de la memoria del Libertador para convertirse en una discusión sobre soberanía o dependencia.

¿Cómo hice?

La hipótesis, que se busca testear analizando los distintos proyectos neoperonistas del 1955 hasta 1973, es que Perón pugnó por mantener la conducción de su movimiento buscando permanentemente destruir cualquier forma de organización que escapara a su control y a la lógica del liderazgo carismático, y lo hizo aprovechando la puja interna característica de su partido, construyendo y destruyendo alianzas internas o externas, operando con un pragmatismo que demostró tener alta efectividad. Pese a proclamar lo contrario, el propio Perón trabajó en contra de la organización o institucionalización del peronismo, para poder mantener su control sobre esa fuerza política. Dicho de otra manera, la organización carismática, con fuerte dependencia de las acciones del líder y conductor, fue el único o más efectivo modo que Perón encontró para mantener vivo al peronismo. El espacio de tiempo que se analiza termina en 1973 con el retorno de Perón al poder político, hecho que sumado a su muerte al poco tiempo, colocó al peronismo en una situación totalmente diferente al proceso que examinaremos a continuación. Para realizar este estudio nos apoyaremos en los aportes de Panebianco (Panebianco, 1995), en su conceptualización de los partidos carismáticos y en sus contribuciones a la comprensión de dinámica de constitución de las coaliciones dominantes en el interior de esos partidos. En tanto la investigación empírica nos reveló que, en todas las etapas, la lucha por la conducción del peronismo se resolvió en un juego entre tres fuerzas protagónicas, utilizaremos también los esquemas desarrollados por Theodore Caplow para el análisis de la teoría de las coaliciones en las tríadas (Caplow, 1956 y 1959).

Que el árbol de la unidad no nos impida ver el bosque de la proscripción

La unidad del peronismo es necesaria, pero no puede convertirse en un sustituto de la discusión central: la proscripción de Cristina Kirchner. La experiencia argentina de Frondizi, Illia y Cámpora demuestra que excluir de la competencia a una fuerza o liderazgo con capacidad de representación social no elimina su gravitación: puede, por el contrario, profundizar la distancia entre instituciones y relaciones reales de fuerza. El desafío actual no es simplemente volver a juntar dirigentes, sino construir una mayoría capaz de representar a quienes hoy necesitan ser representados y, al mismo tiempo, defender las condiciones de una democracia efectivamente inclusiva. Que el árbol de la unidad no nos impida ver el bosque de la proscripción, esto supone no iniciar un nuevo intento de neoperonismo de los tantos que existieron como vimos, en la historia del movimimiento fundado por Juan Perón.

Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas

El creciente endeudamiento de los hogares argentinos no puede leerse como una suma de malas decisiones individuales, falta de previsión o incapacidad para administrar los ingresos. Es, antes que nada, una respuesta social a un modelo económico que deteriora el poder adquisitivo, encarece las condiciones de reproducción de la vida y obliga a millones de familias a recurrir al crédito para sostener consumos básicos. Como advirtió Mark Fisher, uno de los rasgos centrales del capitalismo contemporáneo consiste en transformar problemas estructurales en fracasos personales: aquello que produce el sistema aparece como responsabilidad del individuo. Así, la deuda deja de ser una anomalía privada y se convierte en un mecanismo de disciplinamiento social. El trabajador endeudado no simplemente «gasta de más»: utiliza crédito para compensar la insuficiencia de su salario. La morosidad, entonces, tampoco expresa necesariamente irresponsabilidad: puede ser el punto en que la capacidad familiar de absorber el ajuste llega a su límite. La deuda de los hogares no es una carencia moral de las familias; es una de las formas concretas en que la crisis del modelo económico se descarga sobre ellas. Cierra el cura Juan Rega: "Deuda o hambre", en los barrios populares ya las familias comen una vez al día.

Para volver a capturar el espíritu del kirchnerismo, por favor …

¿Puede el peronismo ganar y gobernar con un liderazgo proscripto o desplazado de la candidatura presidencial? La historia argentina ofrece una secuencia de experiencias que parecen responder negativamente. Desde Frondizi hasta Alberto Fernández, pasando por Illia y Cámpora, las fórmulas construidas para reemplazar o compensar la ausencia del liderazgo central terminaron enfrentando problemas de legitimidad política, conflictos de conducción o gobiernos truncos. Este artículo sostiene que las llamadas "candidaturas delegadas" constituyen una constante históricamente fallida del peronismo y que la proscripción de Cristina Fernández de Kirchner vuelve a colocar ese dilema en el centro de la escena política argentina.

La productividad aumenta

El artículo "Turnos nocturnos, mataderos y niños" de Bruno Sgarzini propone una reflexión sobre un aspecto poco visible de la transformación del capitalismo contemporáneo: cómo la organización del trabajo termina reconfigurando la vida familiar, el cuidado infantil y la reproducción cotidiana de la fuerza de trabajo.

Lejos de presentar el trabajo nocturno como una simple modalidad laboral, el texto lo interpreta como el síntoma de un modelo económico que extiende la lógica de la producción durante las veinticuatro horas del día. Cuando la economía funciona sin pausas, también exige trabajadores disponibles permanentemente, trasladando los costos de esa disponibilidad a las familias.

El artículo recupera la imagen histórica de los mataderos y de los turnos industriales para mostrar que, aunque las tecnologías hayan cambiado, persiste un problema estructural: el tiempo del capital y el tiempo de la vida no coinciden. Mientras las empresas buscan maximizar la utilización de instalaciones y equipos mediante turnos continuos, las necesidades de cuidado de niños, descanso, educación y sociabilidad quedan subordinadas a esa lógica.

Desde esa perspectiva, la ausencia de jardines maternales nocturnos o de políticas públicas de cuidado deja de ser una simple deficiencia administrativa para convertirse en una manifestación de una contradicción más profunda. La economía necesita trabajadores disponibles de noche, pero no garantiza las condiciones sociales que permitan sostener esa disponibilidad. El resultado es que las familias —y especialmente las mujeres— absorben gratuitamente ese costo mediante redes informales de cuidado, sobrecarga doméstica

Presa fácil (sometidos al amanse)

El artículo de Jacobin, "The Case Against Centrism" (julio de 2026), parte de una pregunta estratégica para la izquierda estadounidense y más allá ¿puede -en este caso- el Partido Demócrata derrotar en -nuevamente este caso- al trumpismo desplazándose hacia el centro o, por el contrario, necesita profundizar un programa de transformación social? El autor responde que el centrismo no sólo ha fracasado electoralmente sino que ha debilitado la capacidad de construir una mayoría popular duradera.

El texto sostiene cinco ideas principales para la izquierda estadounidense, que están también en el debate de la oposición popular democrática en La Argentina:

El centrismo no garantiza victorias electorales. La experiencia reciente del Partido Demócrata demostraría que moderar el programa para conquistar al votante medio no impidió el regreso de Donald Trump ni frenó el avance de la derecha.

La izquierda gana cuando organiza. El crecimiento de candidatos identificados con el socialismo democrático no sería producto de campañas digitales o fenómenos culturales, sino del trabajo territorial, la militancia voluntaria y la organización comunitaria.

El pragmatismo tiene límites. El artículo cuestiona la idea de que gobernar consiste únicamente en administrar lo existente. Afirma que aceptar de antemano las restricciones impuestas por el mercado termina reduciendo cualquier proyecto reformista a una gestión tecnocrática.

La desigualdad exige respuestas estructurales. Frente al aumento de la concentración de la riqueza, la precarización laboral y la crisis habitacional, el autor sostiene que sólo reformas de gran alcance —fortalecimiento sindical, ampliación de derechos sociales, política industrial y mayor intervención pública— pueden reconstruir la base social de una mayoría progresista.

El socialismo democrático aparece como alternativa. El texto presenta al socialismo democrático no como una ruptura inmediata con el capitalismo sino como una estrategia para redistribuir poder económico y político mediante mecanismos plenamente democráticos.

Más allá de la discusión electoral, el artículo puede interpretarse como una crítica a la lógica de acumulación del capitalismo contemporáneo. Su tesis implícita es que el centrismo administra los efectos sociales del neoliberalismo, mientras que una izquierda democrática debería modificar las relaciones de poder entre capital y trabajo.
Desde esa perspectiva, el problema no sería únicamente Donald Trump, sino la incapacidad del centrismo para ofrecer mejoras materiales sostenidas a las mayorías populares. Esa frustración social habría creado las condiciones para el avance del populismo de derecha, Trump en USA, Milei en La Argentina.

El texto de Jacobin concluye que la principal disyuntiva para la izquierda estadounidense no es entre radicalismo y moderación, sino entre administrar un modelo económico que produce desigualdad o construir una alternativa capaz de redistribuir riqueza y poder. La apuesta estratégica consiste en combinar un programa económico de transformación con una intensa organización política de base, rechazando la idea de que el centro político sea, por definición, el camino más eficaz para ganar elecciones. Una discusión muy pertinente también en La Argentina, obviamente con otros actores.

La otra cara de la desaceleración: Inflación, pobreza y endeudamiento

El INDEC informó una inflación de 1,9% en junio, con un alza interanual del 33,5%. Sin embargo, el dato reabrió el debate sobre la metodología del IPC, que continúa basado en una estructura de consumo elaborada hace más de veinte años. En ese período crecieron fuertemente el peso de los alquileres, los servicios, la conectividad y la salud en el gasto de los hogares, por lo que una canasta desactualizada pierde capacidad para reflejar el costo de vida actual.

La comparación con los ingresos también resulta elocuente. El salario promedio del empleo formal ($1,8-$1,9 millones) apenas se ubica en torno a la línea de pobreza para un hogar tipo, mientras que esa canasta ni siquiera contempla el costo del alquiler. Para los trabajadores informales y buena parte de los cuentapropistas, cuyos ingresos son considerablemente menores, la distancia respecto del costo efectivo de vida es aún mayor. Así, la desaceleración del IPC convive con un mercado laboral fragmentado y una persistente pérdida del poder adquisitivo que supone un endeudamiento creciente de los hogares y fuertes tasas de pluriempleo que, como ya señalamos en este glog, llega ya al 13% de la POblación Económicamente activa.

Córdoba: Desguace patrimonial

El conflicto por el Complejo Turístico de Embalse trasciende la administración de un predio estatal. Enfrenta dos concepciones sobre el papel del Estado: una que considera estos inmuebles activos económicos susceptibles de ser vendidos para reducir el gasto público y otra que los entiende como patrimonio social destinado a garantizar derechos, en este caso el acceso al turismo de los sectores populares. El artículo sostiene que el deterioro operativo del complejo no responde únicamente a restricciones presupuestarias sino a una estrategia de vaciamiento destinada a legitimar su posterior privatización, mientras el Gobierno enmarca la política de venta de inmuebles estatales dentro de un programa general de racionalización y enajenación de activos públicos.

Una farsa democrática: ¡Vote a Ortega!

Los consultores describen un escenario competitivo en el que La Libertad Avanza conserva el liderazgo, aunque con signos de desgaste, mientras el peronismo mantiene capacidad de disputar el poder si logra ordenar su oferta política. Sin embargo, todas esas mediciones están condicionadas por un hecho central: la proscripción de Cristina Fernández de Kirchner. La exclusión de la principal dirigente opositora restringe la oferta electoral y obliga a interpretar los sondeos como la fotografía de una competencia institucionalmente limitada, donde la ausencia de una candidata con alta representatividad incide tanto en la dinámica del peronismo como en la calidad democrática del proceso electoral, transformandola en una farsa.

Museo de novedades

Hay frases que parecen salidas de un manual, pero que en realidad son un boomerang político. La última ocurrencia del vocero presidencial, Adrián Ravier, de sugerir que los argentinos se "abriguen más" para no encender la calefacción no es una recomendación ingenua. Es un síntoma de una concepción del Estado que, ante el frío, responde con un eslogan en lugar de una política pública. El informe del CEPA insiste en que estas políticas públicas que se transforman en mensajes publicitarios ya las vivimos ...

Un país de mierda: Dulce de leche o el Carem?

La imposibilidad de que Cristina Fernández de Kirchner compita electoralmente vuelve a instalar un debate que trasciende su situación personal. El centro de la discusión no es jurídico, sino político: qué ocurre con la calidad de una democracia cuando una dirigente que representa a un amplio sector del electorado queda fuera de la competencia.

Desde esta perspectiva, una elección puede desarrollarse dentro de la legalidad y, sin embargo, ofrecer una representación política incompleta. Autores como Robert Dahl sostuvieron que la democracia requiere no solo elecciones periódicas, sino también competencia efectiva entre alternativas reales. Guillermo O’Donnell y Norberto Bobbio agregaron que la legitimidad democrática depende de que los derechos políticos puedan ejercerse en igualdad de condiciones y de que los ciudadanos dispongan de opciones genuinas entre las cuales elegir.

La discusión, por lo tanto, excede a Cristina Fernández de Kirchner. Remite a una pregunta más amplia: ¿puede alcanzar plena legitimidad un gobierno surgido de una elección en la que una parte significativa de la sociedad considera que su principal referencia política no pudo participar?

La historia argentina ofrece antecedentes que alimentan ese interrogante. Durante la proscripción del peronismo, los gobiernos de Arturo Frondizi y Arturo Illia no lograron completar un ciclo institucional estable. También en 1973, aunque el Partido Justicialista volvió a competir, Juan Domingo Perón permanecía impedido de ser candidato, lo que derivó en una salida transitoria con la candidatura de Héctor Cámpora antes del regreso definitivo del líder justicialista.

Las diferencias históricas son evidentes, pero la enseñanza resulta pertinente: cuando amplios sectores perciben que la competencia electoral está limitada, la legitimidad del sistema político tiende a resentirse.

En un contexto de fuerte deterioro económico y social, el próximo gobierno argentino enfrentará desafíos extraordinarios. Si, además, una parte importante del electorado considera que la competencia fue restringida, la gobernabilidad podría comenzar condicionada desde el primer día. Ese es, en definitiva, el núcleo del debate sobre la proscripción: no solo el destino de un liderazgo popular, sino la calidad de la democracia argentina.

Cierra, una consecuencia del régimen de democracia tutelada, objetivo largamente buscado por facciones del poder económico de La Argentina: ¿Caramelos o aviones? se preguntaba Martrinez de Hoz a mediado de los años 70, sobre la capacidad productiva de nuestro país , veamos la respuesta que da el actual gobierno: La reprimarización de la economía, ¿Dulce de leche o el Carem?