
Analizamos algunas de las tensiones internas dentro del oficialismo encabezado por el presidente Javier Milei, focalizándose en la disputa entre Patricia Bullrich y Karina Milei. La hipótesis central sostiene que esta confrontación expresa diferencias estratégicas entre fracciones del poder económico que, aunque coinciden en el programa de ajuste fiscal y liberalización económica, difieren en sus formas de construcción política y articulación institucional.
Desde una perspectiva político-económica, el sector asociado a Bullrich aparece vinculado al empresariado tradicional, las corporaciones multinacionales y los sectores del denominado “círculo rojo”, que privilegian la estabilidad institucional, la previsibilidad regulatoria y los acuerdos políticos amplios. En contraste, el espacio liderado por Karina Milei y el denominado “Triángulo de Hierro” se relaciona con capitales financieros globales, fondos de inversión, empresas tecnológicas y actores económicos que favorecen una profundización más acelerada de la desregulación y una menor dependencia de las estructuras políticas tradicionales.
La disputa adquirió relevancia institucional a partir del tratamiento del pliego de la jueza María Verónica Michelli en el Senado. La decisión de la Casa Rosada de retirar su candidatura provocó una fractura pública dentro del bloque oficialista, evidenciada por la abstención de Bullrich y la aprobación final del pliego con apoyo opositor. Este episodio puso de manifiesto las dificultades del oficialismo para sostener disciplina parlamentaria y garantizar mayorías en cuestiones estratégicas.
En el plano electoral, el conflicto se expresa en dos estrategias divergentes. Mientras Karina Milei impulsa la consolidación de una estructura partidaria autónoma de La Libertad Avanza, desplazando aliados tradicionales del PRO, Bullrich promueve una integración más amplia de las fuerzas de centroderecha para maximizar competitividad electoral y gobernabilidad: Se señalan las tensiones entre el Gobierno y el grupo industrial Techint, originadas por decisiones de contratación en proyectos vinculados a Vaca Muerta. Estas diferencias reflejan un conflicto entre una lógica de competencia global basada en costos y la defensa de sectores industriales nacionales. Al mismo tiempo, se destaca que la seguridad jurídica continúa siendo una demanda central de los grandes inversores, especialmente en el marco del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI).
Finalmente, la interna entre Bullrich y Karina Milei trasciende una disputa personal y representa una puja por la orientación política del oficialismo, con consecuencias sobre la gobernabilidad, la construcción partidaria, las relaciones entre Estado y capital, y la capacidad del Gobierno para sostener consensos legislativos e institucionales. Desde una perspectiva de análisis de clases, la controversia puede interpretarse como una expresión de las tensiones entre distintas fracciones del capital —financiero, tecnológico e industrial— que buscan influir en la configuración del proyecto político libertario y en la distribución futura de beneficios derivados de las reformas económicas en curso, todas perjudiciales para el interés nacional y el conjunto de los sectores populares, obviamente.

Bajo el mandato de Donald Trump ocurren tantas cosas descabelladas en cualquier momento que es fácil olvidar que esta es la administración presidencial más errática y plagada de escándalos que Estados Unidos haya visto jamás.

En la Argentina del Psycho Killer suceden hechos atípicos tan rápidamente que la anormalidad produce un efecto social de anonadamiento. Mientras el escándalo Adorni nos cautiva, las Privatizaciones de AySA, de las centrales nucleares, de la Hidrovía, o la salida de la Organización Mundial de la Salud, que agrava el desmantelamiento del sistema público de salud – entre otros hechos – lo que se normaliza es precisamente el estado de anonadamiento que padecemos. Por supuesto entonces, en el video de apertura, Pato da Torre nos "anonada".

En 250 años, Estados Unidos nunca había visto a un presidente en ejercicio protegerse a sí mismo y a su familia del escrutinio fiscal, después de haber implementado políticas que benefician a sus propios negocios y carteras personales, como lo ha hecho Donald J. Trump .

Las críticas sobre la influencia desproporcionada de las élites económicas en la política no son nuevas. Informes recientes de organizaciones internacionales, como el informe de Oxfam que agregamos en el cierre, señalan que la creciente concentración de riqueza permite a ciertos grupos moldear las agendas públicas. Esto genera un debate global constante sobre la independencia de los medios y el funcionamiento democrático.La percepción de que el sistema recompensa a las élites y que estas utilizan diversas herramientas para preservar el statu quo es compartida por múltiples observadores y movimientos sociales: Concentración mediática: El debate gira en torno a cómo un número reducido de milmillonarios controla gran parte de las redes sociales y cadenas de noticias, limitando la pluralidad y el acceso a la información. Influencia institucional: Diversos análisis políticos sostienen que la financiación de campañas y el cabildeo (lobby) inclinan la balanza legislativa a favor de los intereses corporativos por encima de las demandas populares. Aparato de seguridad: Críticos sociales argumentan que los recursos estatales, policiales y de vigilancia suelen desplegarse para sofocar protestas y frenar cambios estructurales profundos. Analistas de distintas corrientes argumentan que esta dinámica crea una brecha entre la ciudadanía y sus representantes, alimentando la desconfianza generalizada en las instituciones representativas tradicionales.

Una parte cada vez mayor de la infraestructura mundial está dominada por el excéntrico, reaccionario y molesto multimillonario Elon Musk. Lamentablemente, es una figura clave que debemos comprender, algo que Ben Tarnoff y Quinn Slobodian se propusieron hacer en Muskism .