El artículo "Rebeldía Controlada" utilizando el caso Bramuglia, el primer intento de construir un "peronismo sin Perón" ya en el año 1955 sostiene una hipótesis central: los liderazgos populares de volumen histórico y gran arraigo popular no son sustituibles mediante operaciones políticas ni judiciales, y que la proscripción termina debilitando la representación democrática más que al liderazgo proscripto. Para desarrollar esa idea, establece un paralelo entre la proscripción de Juan Domingo Perón tras 1955 y la situación actual de Cristina Fernández de Kirchner.
El texto recupera la experiencia del neoperonismo encabezado por Juan Atilio Bramuglia, quien intentó construir un peronismo autónomo aprovechando la proscripción de Perón. Apoyándose en trabajos del historiador Raanan Rein, el artículo señala que ese intento fracasó porque el liderazgo de Perón conservó la adhesión mayoritaria del movimiento aun desde el exilio.
Como contracara, recupera la posición de John William Cooke, quien rechazaba las corrientes "blandas" o conciliadoras y sostenía que la conducción seguía perteneciendo al líder proscripto. Según el autor, esa experiencia histórica demuestra que la legitimidad política no puede transferirse mecánicamente a dirigentes sustitutos.
El artículo se vincula con un trabajo posterior de López donde desarrolla el concepto de "déficit de legitimidad sustitutiva". La idea es que cuando un liderazgo con gran capacidad de representación queda excluido de la competencia política, quienes intentan ocupar ese espacio enfrentan un problema estructural: heredan parte del electorado, pero no la legitimidad política ni simbólica del liderazgo original.
Desde esa perspectiva, la proscripción no afecta solamente al dirigente alcanzado por la medida, sino que altera el funcionamiento del sistema de representación en su conjunto.
El artículo afirma que el reclamo "Cristina Libre" debe entenderse como una demanda vinculada a la calidad democrática y no únicamente como una consigna electoral. Según el autor, la exclusión judicial de un liderazgo con fuerte apoyo popular reduce la competencia política efectiva y contribuye al aumento de la apatía electoral entre sectores sociales que se identifican con ese liderazgo.
Establece un paralelo histórico consistente entre distintas experiencias de proscripción del peronismo;
incorpora bibliografía especializada, particularmente los estudios de Raanan Rein;
intenta formular un concepto analítico ("déficit de legitimidad sustitutiva") que trasciende la coyuntura argentina.
En conjunto, el texto combina historia política, teoría de la representación y una interpretación claramente situada en el debate político argentino. Su aporte más original es la formulación del concepto de déficit de legitimidad sustitutiva, que busca explicar por qué, según el autor, la exclusión de un liderazgo popular produce dificultades persistentes para la construcción de liderazgos alternativos y afecta la legitimidad del sistema político.
El primer neoperonismo un peronismo sin Perón. La saga continúa hasta nuestros días. Mañana👇 pic.twitter.com/0KdZuipsha
— Artemio López (@Lupo55) August 3, 2026
No obstante, la masa de seguidores del líder proscripto y sus votos continuaba constituyendo un tesoro político y un capital electoral que atraía tanto a políticos como a dirigentes gremiales.
Diversas personalidades, que en uno u otro período formaron parte del partido peronista, abrigaban la esperanza de aprovechar la proscripción y lo que suponían el alejamiento de Perón de la arena política argentina, impuesto por los nuevos gobernantes militares del país, para lanzar una carrera política propia e independiente.
A continuación, fragmentos del historiador Raanan Rein de la Universidad de Tel Aviv son muy esclarecedores al respecto:

La UP bajo el liderazgo de Bramuglia no puede ser considerada un éxito. La agrupación pretendía convertirse en heredera de Perón y presentar una versión institucionalizada, organizada y democrática del peronismo, enarbolando el estandarte de reformas sociales e integración de la clase obrera al proceso político. Más aún, Bramuglia intentó destrabar la antinomia peronismo/antiperonismo, aprovechando que gozaba de estima tanto entre justicialistas como entre sus opositores (particularmente en el partido radical, donde mantenía amistades con personalidades de la cúpula, como Frondizi y Balbín, y con activistas de la segunda y tercera línea, en especial entre los de la UCRI), tanto en la Argentina como en el extranjero.
Bramuglia no dudó en criticar el liderazgo de Perón, al menos en los años 1955-1958. Sus propuestas políticas, sus críticas al «presidencialismo», su intento de crear un partido político autónomo de las instrucciones del general en el exilio, y hasta su estilo retórico, cada uno de estos elementos constituía en cierta medida un desafío a Perón y un intento de remodelar la identidad peronista y el sistema político argentino… Bramuglia se quejó de que auténticos líderes obreros hubieran sido defenestrados y reemplazados por los aduladores favoritos de Eva Perón. Tampoco ocultó su desilusión por el paulatino control estatal y partidario sobre los medios de difusión. Perón mismo, según Bramuglia, «no creía en la democracia. Como todo militar creía en la disciplina y en la jerarquía». Estas mismas cosas las dijo también en discursos públicos.
Frente a este intento de neoperonismo, juzgada como línea “blanda”, demoliberal, John William Cooke propone: Eliminar la ‘línea blanda’ lo que no significa eliminar a todos los individuos que la sirven, eso presentaría grandes dificultades como en las circunstancias actuales. Incluso debemos utilizar el ‘potencial eficaz de los tontos’, y aun de los tránsfugas. Pero a condición de que previamente la Organización sea lo suficientemente depurada como para que los tontos y los tránsfugas no puedan asumir, ni siquiera parcialmente, su manejo”.
Debe recordarse también que en los viajes anuales a Europa formaban parte del estilo de vida de la mayoría de las familias argentinas bien nacidas. A pesar de que España era el hogar ancestral de muchos de ellos, generalmente dejaban de lado Madrid y se dirigían directamente a París, donde se empapaban de la cultura y además gastaban generosamente en la última moda. La oportunidad de Evita para seguir tales pasos apareció en el mes de abril de 1947, cuando el dictador español, Francisco Franco, la confirió una alta condecoración. En aquella oportunidad Franco anunció: «… Deseo entregar una prueba de mi estima a doña María Eva Duarte de Perón, y por tanto le concedo la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica». Algunos observadores cínicos, con toda presteza, atribuyeron aquel repentino deseo de Francisco Franco por demostrar su afecto a la señora Perón al hecho de que España se encontraba con una urgente necesidad de obtener cereales argentinos.
El ministro de Ralaciones Exteriores de Juan Domingo Perón, el señor Juan Atilio Bramuglia, aconsejó que el viaje no se realizara. Tal consejo se debía, según sus propias palabras, a que Argentina estaba en aquellos momentos intentando enmendar antiguas ofensas conferidas a los Estados Unidos, y aquel viaje de la esposa del presidente argentino a la España fascista de Francisco Franco no sería vista con buenos ojos en Washington. Pero Evita ignoró la advertencia, y más adelante Bramuglia debería pagar muy caro su consejo. La única otra voz que se alzó en protesta abierta contra el viaje de Eva fue la de un misterioso fantasma, que de alguna manera logró cortar la transmisión de la ceremonia de despedida durante el discurso del general Perón. La ceremonia era transmitida en directo por la cadena nacional de radiodifusión y aparentemente se utilizó un transmisor clandestino que sintonizó en la misma frecuencia de la emisora nacional y que logró interrumpir a Perón para denunciar a «aquellos que se proclaman defensores de una falsa justicia» para terminar con las palabras: «Muerte a Perón».
Superado el episodio de la confrontación con Eva y tras el derrocamiento del gobierno peronista en septiembre de 1955, el general Eduardo Lonardi pensaba nombrar a Bramuglia ministro de Trabajo, pero pudo más la resistencia de los factores más hostiles hacia el peronismo en la cúpula de la Revolución Libertadora. Con el general Aramburu en el poder, la casa de Bramuglia fue allanada y estuvo detenido por poco tiempo. La comisión investigadora que actuaba en el Palacio de la Legislatura realizaba comprobaciones a efectos de demostrar las actividades dolosas en que se hallaría implicado el ex interventor bonaerense y ex canciller.
Como se señala en el diccionario del Peronismo 1955-1969: Bramuglia fundó entonces, en diciembre de 1955, la Unión Popular en el marco de los esfuerzos por crear un «peronismo sin Perón», un fallido intento de desarrollar un partido político alternativo que canalizara el voto del peronismo proscripto. El primer nombre que había considerado Bramuglia fue Partido Radical-Laborista, pero el líder histórico del Partido Laborista, Cipriano Reyes, con un grupo de adherentes, se adelantó a reivindicar para sí ese nombre. El pequeño grupo de fundadores de la UP (Unión Popular) incluía a varios ex radicales (entre otros, César Guillot y Bernardino Horne); varios ex funcionarios y diplomáticos de la cancillería (como Atilio García Mellid, Enrique Corominas, Carlos R. Desmarás, Pascual La Rosa); un ex juez, Enrique Aftalión; y un ex funcionario municipal, Raúl Salinas.
La UP pretendía ser la heredera del peronismo y bregar por sus mensajes sociales originales independientemente del liderazgo carismático de Perón, por tantos admirado y adorado, y por tantos rechazado y denostado. Mas hasta su muerte en septiembre de 1962 no logró convertir a dicha agrupación en una fuerza política significativa.
Desde su exilio Perón dirigió una lucha sistemática para torpedear los esfuerzos de Bramuglia por construir un partido independiente y apropiarse de su herencia política. No pasaron sino algunas semanas desde la fundación de la UP, cuando, en enero de 1956, Perón comenzó a dar instrucciones a sus seguidores para que expusieran y repudiaran a «los traidores a nuestro movimiento», aquellos líderes peronistas que intentaban crear nuevos partidos.
Por otro lado, las élites argentinas no ocultaban su suspicacia respecto de todo partido que enarbolara el estandarte de reformas sociales. Los sucesivos gobiernos de la República, particularmente los de la Revolución Libertadora, no supieron crear condiciones legales y políticas que permitieran el desarrollo del neoperonismo como un canal hacia el cual se derivarían en forma institucionalizada y democrática los anhelos de amplios sectores de la población.
La Unión Popular podía haber ofrecido una salida a aquellos oficiales que se oponían a la legalización del partido peronista y al regreso de Perón, pero comprendieron que no podían dejar fuera del juego a amplísimos sectores que apoyaban al peronismo.
La UP adolecía de debilidad institucional. Como partido, no logró construir un aparato burocrático central y vital, ni una red de sucursales o delegaciones en el interior del país; correspondientemente con ello, tampoco fructificaron sus esfuerzos para obtener recursos materiales adecuados. Además, la UP fracasó en su intento de obtener apoyo popular suficiente, particularmente en el frente de los gremios. Bramuglia no estimó correctamente la capacidad de los peronistas para mantener su hegemonía en los sindicatos bajo la férula de la dictadura militar de la Revolución Libertadora.
La primera vez que la Unión Popular debió medir sus fuerzas en las urnas fue en las elecciones nacionales para Convencionales Constituyentes, con representación proporcional, en julio de 1957. El propósito del nuevo partido de presentar a sus candidatos era un abierto desafío al liderazgo de Perón. Finalmente, tras no pocas disyuntivas, que incluyeron un conflicto en la cúpula partidaria entre Bramuglia y Alejandro Leloir, la UP no participó en estas elecciones. Al igual que la directiva de Perón, el partido sugirió a sus seguidores depositar su voto en blanco, manifestando así que no reconocía la legitimidad de un sistema político que se negaba a posibilitar la participación del peronismo en el proceso electoral.
Para las elecciones presidenciales de 1958, la UP presentó al binomio Alejandro Leloir – Juan A. Bramuglia. No obstante, al hacerse públicas las noticias sobre el acuerdo entre Perón y Frondizi, y luego de una carta que había recibido de Perón, Leloir cambió su postura. Hubo también una borrascosa entrevista secreta entre Frondizi y Leloir, en la casa de Rogelio Frigerio, después de la cual Leloir retiró su candidatura. La deserción de Leloir fue la que selló definitivamente las probabilidades de la Unión Popular de desarrollarse como un partido independiente.
Sobre la fecha de la elección, una vez que comprobaron que no podían desoír la decisión ratificada de Perón en favor de Frondizi, tanto Atilio Bramuglia, jefe de la Unión Popular, como Vicente Saadi, del Partido Populista, y el periodista Alejandro Olmos, que orientaba el Partido Blanco, procedieron a retirar formalmente las listas de candidatos, aunque sus partidarios las mantuvieron en algunos distritos.
Bramuglia comenzaría ahora a tantear el terreno hacia Perón y sus representantes en la Argentina. Si cabe, puede parafrasearse una expresión posterior de Rodolfo Tecera del Franco, que hablaba de una transición de “rebeldía” a “rebeldía controlada”.
Como se observa la de Bramuglia y la UP es la primera intentona de fundar una experiencia de peronismo sin Perón, muestra conceptualmente que los liderazgos populares, aún proscriptos, no se transfieren ni superan.
«En los dirigentes es donde están todos los problemas, en la masa no hay ningún problema, es que los dirigentes a menudo, cada uno de ellos, lleva un gallito abajo del brazo, y defienden sus intereses o los intereses de sus gallitos»
Juan Domingo Perón pic.twitter.com/DO5KDJ8sck
— El Vengador Justicialista (@ElVengador1945) August 9, 2025
Al respecto Cristina Kirchner esta hoy presa y proscripta. Naturalizar este episodio antidemocrático por parte de un amplio sector de la oposición al actual gobierno nacional (no solo la política), es una de las causas de la ausencia de alternativas reales que aún sostiene al desastroso gobierno de Javier Milei.
Buenas. Midamos la magnitud del régimen pseudo democrático que estamos viviendo y no lo naturalicemos.
Si @CFKArgentina no hubiera sido proscrita, su candidatura en La Tercera ya hubiera decidido la elección en favor del Peronismo en general y del Peronismo Bonaerense en… pic.twitter.com/81goX9g9g8
— Artemio López (@Lupo55) August 7, 2025
La deriva más evidente (no única) de esta ausencia de alternativas es la apatía electoral de un sector creciente de la ciudadanía, en especial segmentos medios bajos y bajos, que llevan ya más de una década sometidos a un maltrato impiadoso, muchos que se referencian en la expresidenta.
«Cristina libre» entonces, no es una consigna electoral, es condición de posibilidad para restaurar la democracia y su sistema de representación electoral, que hoy ha sido desvirtuado de manera inocultable y aunque muchos dirigentes especulen o miren al costado, es ilegítimo y lo es de manera absoluta.
No se puede pegar con alfileres lo que debe romperse a martillazos.
Obras:
Diccionario del Peronismo 1955-1969
Bramuglia, Juan A. La personalidad jurídica de las organizaciones obreras. Buenos Aires, 1938.
Bramuglia, Juan A. Jubilaciones ferroviarias: la influencia de la acción sindical de los trabajadores en la formación de leyes. Buenos Aires, Unión Ferroviaria, 1941.
Bramuglia, Juan A. La previsión social argentina: principio de «no acumulación» o concepto de incompatibilidad de las leyes (1943).
Bramuglia, Juan A. El nuevo derecho social argentino. La Plata, 1945.
Referencias:
Rein, Raanan. Juan Atilio Bramuglia: bajo la sombra del Líder, la segunda línea del liderazgo peronista. Buenos Aires, Lumiere, 2006.
*director consultora Equis