«El sábado 1 de agosto, Walid cumplió cinco años. Esta vez pudimos ofrecerle un pastel. No el mejor del mundo, pero aún así era un pastel. No como el año pasado, cuando no había azúcar ni chocolate. Era el período en el que no había nada en absoluto en Gaza, cuando toda importación estaba prohibida. Recuerdo muy bien cómo Sabah había hecho una especie de makloubeh 1 con  arroz, que parecía un poco un pastel. No había velas, estaban prohibidas en ese momento. Acabamos por encender un pequeño trozo de madera. Solo estábamos Sabah, yo, el pequeño Ramzi y Walid. Este año la alegría de Walid ha sido diferente. Había un pastel de verdad, velas y dos de sus amigos. Y sobre todo entendió lo que significa un cumpleaños, lo que es tener cinco años. Este año, en la escuela, comenzó a contar, escribir y expresarse.

Los últimos tres años han pasado por delante de mis ojos
Precisamente, hace tres semanas fue su graduación de fin de curso. La escuela organizó una fiesta para las y los alumnos. Es una de las pocas escuelas que todavía funciona en Gaza. Sus edificios fueron destruidos. Sus responsables han restaurado la villa dañada de un empresario que salió de Gaza. La ceremonia tuvo lugar en el patio de la Universidad Al-Azhar, una de las más importantes de Gaza. También fue parcialmente destruida por los israelíes, pero se había levantado una plataforma, con una pantalla gigante frente a un ala que permanecía más o menos intacta, donde se reanudaron los cursos.

Fuimos allí, Sabah y yo, con el pequeño Ramzi. Walid participó en un espectáculo en el escenario, con bailes y canciones. Luego desfiló con los otros niños, con una toga azul y dorada y con un sombrero cuadrado, como los estudiantes universitarios. Dije: “Walid, estoy aquí». ¡Yo estaba tan orgulloso! Y después, fue la graduación. ¡El micrófono llamó a “Walid Abou Jamous”! Walid subió al escenario para recibir su certificado de las manos de su maestra y la directora de la escuela. Y yo tenía lágrimas en los ojos. Era un sueño hecho realidad. Y no pude evitar gritar –en francés– “Walid, je t´aime!” “¡Walid, te quiero!”

Y en ese momento, tuve una especie de flashback. En pocos minutos, los últimos tres años pasaron ante mis ojos. Cuando comenzó el genocidio, Walid tenía dos años. Recordé los bombardeos y escuché mi voz diciendo “no te preocupes, son fuegos artificiales, hay que aplaudir”.

Recordé el momento en que las bombas empezaron a caer alrededor de nuestro edificio. Y cuando Walid se salvó milagrosamente. Estaba durmiendo, Sabah lo tomó en sus brazos y lo llevó a la planta baja de la torre. Unos minutos más tarde, hubo una explosión a la altura de su colchón.

Creo que es el final
Recordé el momento en que la torre estaba rodeada por tanques israelíes. Y desde donde envié un mensaje de despedida por WhatsApp a todos mis amigos periodistas, para decirles “Creo que es el final». Con la otra mano, llevaba a Walid.

Recordé los acontecimientos del día siguiente, cuando un militar israelí nos llamó para ordenarnos que evacuáramos nuestra casa. Tomé una maleta con la mano izquierda, puse a Walid encima y con la mano derecha, filmé todo con mi teléfono. Y recordé lo que Walid había podido ver con sus ojos de niño: el cuerpo de nuestro vecino Ahmed, asesinado en su huida por un cuadricóptero, uno de esos pequeños drones armados pilotados a distancia por un operador sentado frente a una pantalla. Walid también vio a otros dos vecinos gravemente heridos, a los que estaban cargando en un carro porque no llegaba ninguna ambulancia, mientras que el hospital Shifa estaba a cien metros. Solía hacer de payaso para distraer a Walid. Cuando llegamos al patio del hospital, había decenas, cientos de cuerpos en el suelo. Al mismo tiempo, la gente huía porque los israelíes se acercaban al establecimiento.

Recordé nuestro éxodo hacia el sur, en un carro tirado por un caballo y luego por un burro. Y Walid, que miraba a diestro y siniestro la destrucción a lo largo de la carretera. Y yo tratando de llamar su atención sobre el caballo y algunas ovejas al borde del camino, diciéndole que estábamos de excursión, para divertirnos.

Recordé el día de nuestra llegada a Rafah, en el sur de la Franja de Gaza, y Walid saltando de alegría al ver un puesto de verduras, con tomates y pepinos, que no había habido en la ciudad de Gaza durante semanas.

Recordé el día de nuestra salida de Rafah, donde estábamos rodeados de nuevo, hacia Deir El-Balah, en el centro de la Franja de Gaza, donde nos instalamos en una tienda de campaña. Recordé a Walid lanzándose sobre el chocolate enviado desde Francia, sin siquiera pensar en dejarlo para sus hermanos y padres. No lo había comido desde hacía un año y medio.

Recordé a Walid saltando de alegría el día en que recibimos ropa por primera vez, también de Francia. Recordé a Walid, en la tienda, pidiéndome una mochila porque había visto escenas de la escuela en YouTube. Y su alegría también cuando le traje la mochila de Batman y el cuaderno que había logrado encontrar, no sin problemas.

Recordé a Walid colocando el cuaderno en una silla volcada que nos servía de mesa, y queriendo escribir. Le dije “escribe Rami, escribe Walid, escribe Sabouha”, el diminutivo de Sabah. Escribía cualquier cosa, y me preguntaba si algún día podría inscribirlo en una escuela de verdad, ofrecerle la mejor enseñanza posible.

Tenía lágrimas en los ojos por haber tenido que mentirle a mi hijo
Recordé a Walid pidiéndome pollo, en la época en que Gaza estaba al borde de la hambruna. Y cómo Sabah abrió una caja de champiñones que mezcló con el arroz. Le dije a Walid que era pollo, me respondió “papá te quiero, porque me diste pollo”, y yo tenía lágrimas en los ojos por haberle mentido a mi hijo.

Estas son las imágenes aceleradas en mi cerebro cuando Walid subió al escenario, vestido como un médico universitario. Es solo un jardín de infancia, que cuesta una fortuna, pero la educación de Walid es lo más importante para mí en este momento. Estaba orgulloso y lleno de alegría, pero esta alegría se mezclaba con los recuerdos de nuestros sufrimientos y la preocupación por el futuro. ¿Veré algún día a Walid aquí, en una universidad reconstruida, con el mismo atuendo, para recibir un título universitario? ¿Tendremos los medios para ofrecerle estudios? ¿Voy a seguir vivo para ver ese día?

Debo decir aquí que, a pesar de todo esto, somos unos privilegiados en la Franja de Gaza. Walid nunca ha tenido que hacer cola frente a una cocina comunitaria o frente a una cisterna de agua con un bidón, ni para ir al baño o a ducharse, como la mayoría de los niños. Es cierto, vivíamos en wuna tienda de campaña, pero pudimos volver a nuestro apartamento, aunque estuviera sin ventanas y sin electricidad.

Y luego está la gran sonrisa de Walid, y sus ojos brillando cuando recibió el diploma. Corrió hacia mí y me besó diciendo «Gracias papá, te quiero papá”. Pero no pude evitar pensar que era difícil tener un hijo cuando el futuro es opaco. Ustedes, en Francia, tienen un sistema educativo gratuito, tienen un Estado que apoya los estudios, que da becas, subsidios familiares. Su preocupación es ofrecer a sus hijos la mejor vida posible. Intentamos proteger a nuestros hijos de la humillación de la ocupación, de la dureza de la vida en un enclave que se reduce constantemente. Vivimos al día. No sabemos si habrá un mañana. El genocidio sigue en curso.

¿Fue la decisión correcta permanecer en Gaza?
Ese día, cuando vi a Walid en el escenario, me hice la pregunta que me persigue: ¿fue la decisión correcta quedarme en Gaza? Tuve la oportunidad de irme, de dejar Palestina, probablemente para siempre. Todavía la tengo. Casi todos mis amigos me preguntan de la misma manera. Saben que en Gaza no hay vida. A pesar de todo, ¿puedo tener la esperanza de ver a Walid continuar sus estudios en una Palestina libre, con una educación de calidad? Esta pregunta se repite todo el tiempo.

Dios sabe que mi intención es resistir a mi manera, permaneciendo en el suelo de Palestina. Y al mismo tiempo, siempre vuelvo a ese flashback que no puedo olvidar, y a todas las preguntas que ha suscitado. ¿Algún día Walid estará orgulloso de su padre? ¿O me preguntará por qué no hice como tantos otros, que se fueron de Gaza? ¿Me dirá “por qué no te ahorraste todas estas preocupaciones, toda esta tristeza, y por qué no me alejaste del peligro, para permitirme tener una mejor educación y una vida mejor”? No sé cómo me juzgará Walid en el futuro. Pero espero haber logrado transmitirle lo que mi padre me había transmitido, el amor a la patria, que merece sacrificios. Y espero que Walid esté orgulloso de su padre».

Reflexiones sobre la carta

Gaza y la necesidad de reconstruir la historia larga de un genocidio

Hay una pregunta que incomoda porque obliga a abandonar la comodidad de las fechas fáciles: ¿cuándo comenzó el genocidio de Gaza? La respuesta no puede reducirse al 7 de octubre de 2023. Esa fecha constituye un punto de inflexión brutal —los ataques de Hamas y otros grupos armados contra Israel, que provocaron la muerte de más de 1.200 personas y la toma de alrededor de 240 rehenes—, pero convertirla en el comienzo absoluto de la historia significa transformar un proceso histórico en un acontecimiento aislado.

El título de este artículo —Cuando comenzó el genocidio, Walid tenía dos años— contiene precisamente esa inversión de perspectiva. La pregunta ya no es solamente qué ocurrió el 7 de octubre, sino qué había ocurrido antes con los palestinos que habitaban Gaza, qué estructura política, territorial y militar había producido las condiciones de existencia sobre las que cayó la ofensiva posterior y qué significa que una población haya vivido durante generaciones bajo desplazamiento, ocupación, bloqueo y desposesión.

No se trata de relativizar los crímenes cometidos contra civiles israelíes el 7 de octubre. Tampoco de establecer una equivalencia moral entre actores o acontecimientos. Se trata, en términos históricos, de recuperar la temporalidad larga del conflicto.

1. La fecha que no alcanza

La historia palestina contemporánea está atravesada por una ruptura fundacional: la Nakba —“catástrofe” en árabe— de 1948. Más de 700.000 palestinos fueron desplazados como consecuencia de la guerra y de la creación del Estado de Israel. La población refugiada palestina, lejos de constituir un fenómeno cerrado en 1948, se convirtió en una condición transmitida generacionalmente: millones de personas continúan comprendidas dentro del régimen de protección de UNRWA.

Esto tiene una consecuencia conceptual decisiva. Para buena parte del pueblo palestino, 1948 no pertenece al pasado. La Nakba no es solamente un acontecimiento histórico: es una estructura de desplazamiento que se reproduce en el presente.

La resolución 194 de la Asamblea General de Naciones Unidas, aprobada en diciembre de 1948, reconoció el principio según el cual los refugiados que desearan regresar a sus hogares y vivir en paz con sus vecinos debían poder hacerlo en la fecha más próxima posible, junto con la cuestión de la compensación por sus propiedades.

El problema palestino quedó así atrapado en una paradoja histórica: la expulsión fue masiva y concreta; la solución política quedó suspendida durante generaciones.

Ilan Pappé ha propuesto interpretar 1948 no exclusivamente bajo el paradigma de una guerra entre dos comunidades, sino como un proceso de limpieza étnica, destacando la preparación previa, la elaboración de información detallada sobre las localidades palestinas y la planificación militar que culminó en el Plan Dalet.

Puede discutirse la interpretación historiográfica de Pappé —y, de hecho, existe una importante controversia académica al respecto—, pero resulta difícil ignorar el hecho estructural: la creación del Estado de Israel produjo una transformación demográfica y territorial de enorme magnitud y una población palestina refugiada cuya cuestión permanece sin resolver.

2. Walid nació mucho después de 1948, pero heredó sus consecuencias

Aquí adquiere toda su fuerza la figura de Walid.

Si tenía dos años cuando comenzó el actual ciclo genocida, Walid nació aproximadamente en 2021. No conoció la Nakba. No conoció 1967. No vivió las guerras de 2008-2009, 2014 o 2021. Sin embargo, nació dentro de las consecuencias históricas de todas ellas.

Ésta es quizás una de las claves más importantes para comprender Gaza.

Una sociedad puede transmitir la violencia sin que cada generación haya experimentado personalmente el acontecimiento originario. La pérdida de la tierra, la condición de refugiado, la destrucción de viviendas, la dependencia de la ayuda humanitaria, la restricción de movimientos y la experiencia permanente de la amenaza militar constituyen formas de memoria social incorporadas a la vida cotidiana.

Rashid Khalidi ha mostrado cómo la identidad nacional palestina se desarrolló precisamente bajo condiciones de dispersión, dominación y desposesión. La identidad no desapareció con la expulsión; en muchos sentidos, se fortaleció alrededor de la experiencia compartida de la pérdida y de la lucha por la autodeterminación.

Por eso, cuando se observa a un niño palestino nacido en Gaza, no alcanza con preguntarse qué le ocurrió desde octubre de 2023. Hay que preguntarse también en qué estructura social nació.

3. 1967: la ocupación como continuidad

La guerra de junio de 1967 produjo otra ruptura decisiva. Israel ocupó Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza, entre otros territorios. Desde entonces, la cuestión palestina quedó crecientemente vinculada a la ocupación militar y a un régimen territorial que condicionó profundamente la vida económica, política y social de millones de personas.

Gaza constituye el extremo más dramático de ese proceso.

El enclave fue sometido desde 2007 a un bloqueo impuesto por Israel, en el marco de una situación política extremadamente compleja que incluye también el gobierno interno de Hamas y las disputas entre las distintas fuerzas palestinas. Pero la complejidad política no debe confundirse con la desaparición de las relaciones de poder: una población de aproximadamente dos millones de personas quedó sometida durante años a restricciones severas sobre circulación, comercio, infraestructura y acceso a bienes esenciales.

La violencia, por lo tanto, no empezó con las bombas de octubre de 2023.

Lo que comenzó en octubre de 2023 fue una nueva escala de violencia sobre una población previamente sometida a una estructura de vulnerabilidad extrema.

4. Del bloqueo a la destrucción

Aquí aparece una cuestión central para comprender el concepto de genocidio.

La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 no reduce el genocidio al asesinato directo. Incluye, entre otras conductas, causar daños físicos o mentales graves a los integrantes de un grupo y someterlos deliberadamente a condiciones de existencia calculadas para provocar su destrucción total o parcial.

La Corte Internacional de Justicia, en su orden del 26 de enero de 2024, no estableció entonces una sentencia definitiva sobre la existencia de genocidio. Pero sí consideró plausibles los derechos invocados por Sudáfrica bajo la Convención y ordenó a Israel adoptar medidas para prevenir actos comprendidos dentro del artículo II, incluidos asesinatos, daños físicos o mentales graves y la imposición deliberada de condiciones de vida calculadas para producir la destrucción del grupo, además de prevenir y castigar la incitación directa y pública al genocidio.

Posteriormente, la Corte dictó nuevas medidas provisionales, incluyendo órdenes relacionadas con la situación humanitaria y el acceso de asistencia a Gaza.

La distinción jurídica es importante: una medida provisional de la CIJ no equivale a una sentencia definitiva sobre el fondo del caso.

Pero también sería un error político minimizar su importancia.

5. Cuando el concepto de genocidio deja de ser una metáfora

La Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas dio posteriormente un paso mucho más contundente. Concluyó que las autoridades y fuerzas de seguridad israelíes habían cometido y continuaban cometiendo actos de genocidio contra los palestinos de Gaza, identificando cuatro de los actos previstos en la Convención: asesinatos, daños físicos o mentales graves, imposición deliberada de condiciones de vida destinadas a producir la destrucción del grupo y medidas destinadas a impedir nacimientos.

Pero hay un elemento de ese informe particularmente relevante para la tesis de este artículo.

La Comisión señaló que los acontecimientos posteriores al 7 de octubre no habían ocurrido en el vacío, sino que estaban precedidos por décadas de ocupación y represión. Incluso expresó preocupación porque la intención específica de destruir al grupo palestino pudiera extenderse más allá de Gaza y estar vinculada con acciones anteriores al 7 de octubre de 2023.

La cuestión histórica vuelve así a aparecer detrás de la cuestión jurídica.

El genocidio puede tener una fecha jurídica determinada, pero la estructura histórica que lo hace posible puede ser mucho más antigua.

Y ésta es probablemente la clave que permite leer de otra manera la historia de Walid.

6. La infancia como unidad de medida de la historia

Hay una forma estadística de hablar de Gaza: cantidad de muertos, heridos, desplazados, viviendas destruidas, hospitales inutilizados, escuelas bombardeadas.

Todas esas cifras son necesarias.

Pero existe otra forma de medir la catástrofe: la duración de una vida humana.

Walid tenía dos años.

Eso significa que para él la guerra no representa una interrupción de una normalidad anterior. Su generación está siendo formada dentro de la destrucción.

Y esto introduce una dimensión que las estadísticas no consiguen capturar completamente: la destrucción de una sociedad no consiste solamente en matar personas. También significa destruir las condiciones materiales que permiten reproducir una vida colectiva: hogares, escuelas, hospitales, redes familiares, instituciones, archivos, patrimonio, infraestructura, medios de subsistencia y territorio.

En este sentido, la destrucción de Gaza es simultáneamente física, económica, territorial, demográfica y social.

7. El problema de la memoria: ¿dónde comienza una tragedia?

La pregunta «¿cuándo comenzó el genocidio?» tiene entonces una respuesta doble.

En sentido jurídico y procesal, el caso actual se concentra en las acciones desarrolladas desde octubre de 2023.

En sentido histórico, ninguna explicación seria puede comenzar allí.

Comenzar el relato el 7 de octubre equivale a arrancar una película cuando ya comenzó el segundo acto.

La historia larga incluye 1948, 1967, la ocupación, la colonización territorial, la condición de refugiado, las guerras periódicas sobre Gaza, el bloqueo, las restricciones económicas y de movimiento y la ausencia de una solución política capaz de garantizar los derechos nacionales palestinos.

Nada de esto justifica los crímenes cometidos contra civiles israelíes.

Pero tampoco puede utilizarse la condena de esos crímenes para borrar la historia anterior de la población palestina.

La memoria no funciona como un juego de suma cero.

El sufrimiento de una víctima no invalida el sufrimiento de otra.

8. La política de la deshistorización

Existe, sin embargo, una operación política recurrente: convertir la historia en una sucesión de acontecimientos aislados.

El 7 de octubre aparece entonces como «el comienzo».

La ocupación desaparece del relato.

La Nakba queda convertida en una disputa histórica.

El bloqueo se transforma en una cuestión de seguridad.

Los asentamientos aparecen como un problema diplomático.

Los desplazamientos como episodios humanitarios.

Y finalmente la destrucción de Gaza aparece como una guerra convencional.

La deshistorización cumple una función política: transforma relaciones estructurales de poder en una sucesión de respuestas defensivas.

Por eso resulta tan importante recuperar la perspectiva histórica.

No para negar la responsabilidad individual de quienes cometieron crímenes.

No para construir una equivalencia imposible entre víctimas y victimarios.

Sino para comprender que la violencia política nunca aparece de la nada.

9. Una generación que nació dentro de la catástrofe

La frase «Walid tenía dos años» adquiere así un significado político que excede la historia individual.

Walid pertenece a una generación que no heredó solamente una memoria familiar de la Nakba. Heredó también un territorio fragmentado, una economía asfixiada, un sistema político sin soberanía efectiva y una sucesión de guerras.

Y ahora hereda las ruinas.

La tragedia de Gaza no puede reducirse a la muerte de individuos. Hay algo más profundo en juego: la posibilidad misma de reproducción de una sociedad.

Cuando un niño pierde simultáneamente su casa, su escuela, su hospital, su barrio, sus familiares y las condiciones materiales de su futuro, la destrucción adquiere una dimensión colectiva.

Por eso la imagen de Walid resulta más poderosa que cualquier cifra.

Porque nos obliga a formular la pregunta desde otro lugar:

¿Qué significa que un niño nazca dentro de una historia en la que la violencia ya estaba allí antes que él?

10. La responsabilidad de mirar la historia completa

El desafío intelectual y político consiste en rechazar dos simplificaciones simétricas.

La primera sostiene que todo comienza el 7 de octubre de 2023.

La segunda pretende que los crímenes cometidos contra civiles israelíes pueden explicarse o relativizarse exclusivamente mediante la historia previa de Palestina.

Ambas posiciones son insuficientes.

Una historia rigurosa debe poder afirmar simultáneamente que los asesinatos y secuestros de civiles israelíes fueron crímenes atroces y que la historia palestina no comenzó ese día.

Debe poder condenar el terrorismo contra civiles y, al mismo tiempo, analizar críticamente la ocupación, la desposesión y la violencia estatal.

Debe reconocer el derecho de los israelíes a vivir con seguridad y, exactamente por la misma razón, reconocer el derecho de los palestinos a existir, permanecer en su tierra y ejercer su autodeterminación.

La cuestión de fondo no es elegir qué víctimas merecen memoria.

Es construir una política en la que ningún pueblo necesite la destrucción del otro para garantizar su propia existencia.

Y allí la historia de Walid adquiere una dimensión universal.

Porque cuando comenzó el genocidio, Walid tenía dos años.

Pero la pregunta que debería interpelarnos no es solamente cuánto tiempo llevaba viviendo la violencia.

Es otra, mucho más incómoda:

¿Cuántas generaciones deben nacer dentro de una catástrofe antes de que el mundo decida llamarla por su nombre?

Bibliografía

  • Khalidi, Rashid (1997). Palestinian Identity: The Construction of Modern National Consciousness. New York: Columbia University Press.
  • Pappé, Ilan (2006). “The 1948 Ethnic Cleansing of Palestine”. Journal of Palestine Studies, vol. 36, n.º 1, pp. 6-20.
  • International Court of Justice (2024). Application of the Convention on the Prevention and Punishment of the Crime of Genocide in the Gaza Strip (South Africa v. Israel), Orders of 26 January, 28 March and 24 May 2024.
  • United Nations Independent International Commission of Inquiry (2025). Legal analysis of the conduct of Israel in Gaza pursuant to the Convention on the Prevention and Punishment of the Crime of Genocide. A/HRC/60/CRP.3.
  • United Nations Human Rights Office (2026). Ethnic cleansing concerns in Gaza and West Bank amid intensified violence and forcible transfers by Israel.
  • United Nations Independent International Commission of Inquiry (2026). Israel continues to commit genocide and other atrocity crimes by deliberately targeting Palestinian children.
  • UNRWA. Palestine Refugees: History, displacement and the Nakba.

Nota metodológica: el artículo de Viento Sur funciona como punto de partida conceptual —la figura de Walid y la pregunta por el comienzo del genocidio—. El desarrollo histórico, jurídico y bibliográfico se apoya en fuentes institucionales y académicas, especialmente Naciones Unidas, la Corte Internacional de Justicia, UNRWA, Journal of Palestine Studies y Columbia University Press.