En última instancia, el artículo de Sgarzini que publicamos, muestra que la pelea por Infantino no es una pelea entre quienes quieren mercantilizar el fútbol y quienes quieren preservarlo como patrimonio popular. Es, por ahora, una disputa entre distintas fracciones del capital y de las burocracias deportivas por controlar una de las grandes máquinas globales de producción de renta, audiencia y poder simbólico.
Bruno Sgarzini
Football : «Il vient de présider la Coupe du monde la plus réussie»… Donald Trump à la rescousse de Gianni Infantino, qu’il décrit comme une personne «formidable» – ladepeche.fr
Mientras argentinos y españoles eran un manojo de nervios en la víspera de la final del Mundial, en el hotel Waldorf Astoria de Manhattan cinco ejecutivos de la FIFA debatían cómo lidiar con el ultimátum lanzado por Gianni Infantino, presidente de la institución, para que aprobaran un plan destinado a crear una empresa —la FIFA Forward Enterprise— y luego vender un 20% de sus acciones a un grupo empresarial liderado por Joshua Kushner y financiado por el banco JP Morgan. Tenían plazo hasta la medianoche. Infantino no estuvo presente en la reunión, pero los cinco salieron con la impresión de que se enfurecería si demoraban. Infantino quería usar la algarabía mundialista para meter un golpe de nocaut a sus adversarios en la FIFA y aprobar este plan, que dejaría a cargo de la FIFA Forward Enterprise negocios como la venta de entradas, los derechos televisivos y la publicidad, entre otros. El ente rector del fútbol, una organización sin fines de lucro, de esta forma privatizaría su principal ingreso: los Mundiales.
Infantino, de acuerdo con la hoja de ruta original, se quedaría con la conducción de la FIFA Forward con un salario de 30 millones de dólares —varias veces más de lo que gana hoy en la FIFA, unos 4,8 millones de francos suizos anuales, equivalentes a 6 millones de dólares— y la posibilidad de quedarse en la jerarquía de poder del fútbol, incluso por encima de su eventual sucesor en la presidencia de la FIFA. Presionados por el riesgo de perder sus carreras, tres de los cinco ejecutivos votaron a favor del plan, a pesar de desconocer la mayoría de sus detalles: el secretario general Mattias Grafström, el jefe legal Emilio García y el jefe de gabinete Dan O’Toole. Votaron en contra el director de operaciones Kevin Lamour y el jefe de finanzas Thomas Peyer.
Hasta ese ultimátum, Infantino había trabajado con el mayor secretismo junto a un puñado mínimo de personas: su jefe de gabinete, Dan O’Toole; Joshua Kushner, de Thrive Capital; y Mary Erdoes, directora de la división de gestión de activos y patrimonio de JP Morgan, responsable de encontrar los capitales que financiarían la compra del 20% de FIFA Forward por 4.200 millones de dólares. Erdoes es conocida, entre muchas otras cosas, por ser una de las banqueras relacionadas con Jeffrey Epstein: documentos difundidos por las autoridades estadounidenses indican que recién cortó la relación del banco con el financista en 2013, cinco años después de que fuera condenado en Florida por procurar una menor para la prostitución. Y JP Morgan, por haberse involucrado en otros fallidos intentos de financiar proyectos futbolísticos, como la famosa Superliga impulsada por el Real Madrid para rivalizar con la Champions League de la UEFA . El apellido de Joshua Kushner levantó todas las sospechas por ser el hermano del yerno de Trump, Jared, uno de los principales prestanombres del presidente estadounidense para tejer negocios con monarquías y gobiernos de todo el mundo.
Para Infantino, la idea era simple: cerrar un fenomenal negocio con un familiar de Trump para “americanizar el fútbol” con mayores ingresos y ubicarse, en ese marco, en la cúspide del fútbol, casi de forma perpetua, como presidente de la FIFA Forward. La mermelada, como dicen en Colombia, que suavizaría la resistencia a la imposición de un modelo de cooling breaks permanente en el fútbol, sería un programa de pagos millonarios a las federaciones más pobres de la FIFA para conseguir sus votos. Según la información oficial, cada asociación miembro recibiría 86 millones de dólares en doce años: 20 millones inmediatos del nuevo programa FIFA Fast-Forward, más 20 millones del programa Forward para 2027-2030, 22 millones para 2031-2034 y 24 millones para 2035-2038. Hoy ese programa está presupuestado en 8 millones por asociación para el ciclo 2023-2026, y bajo el reinado de Joseph Blatter había sido de apenas 2,05 millones para 2011-2014.
El documento de 25 páginas que la FIFA envió a las 211 federaciones, elaborado por JP Morgan, no identificaba al grupo inversor, no detallaba los retornos esperados ni las condiciones de salida de la operación, y no contenía una sola mención al fútbol femenino. Sí planteaba, en cambio, aumentar la cantidad de torneos globales organizados por la FIFA de 200 a 450 por año, y financiar el crecimiento mediante deuda, pese a que el organismo dispone de reservas cercanas a los 4.000 millones de dólares. Cuando una semana y media después el diario británico The Times filtró la noticia, el presidente de la FIFA redobló la apuesta y lanzó un ultimátum contra todas las federaciones miembro: quien apoyara el plan accedería a los pagos millonarios; quien se negase, se quedaría fuera de todo el negocio, con una reducción de hasta el 75% de los fondos y un plazo de 53 días para decidir. Como sucede con la mayoría de los líderes autoritarios cuando están en la cúspide de su ejercicio del poder y se creen invencibles, Infantino cometió un fenomenal error de cálculo que ahora, incluso, pone en riesgo su presidencia.
En sendos comunicados, la Confederación Asiática de Fútbol (AFC), la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe (Concacaf) y la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA) criticaron la violación del mecanismo de decisiones de la FIFA, al no haber sido consultadas las asociaciones miembro en el seno de su Consejo. La UEFA fue mucho más allá: “esto cruza una línea que las instituciones rectoras del fútbol nunca deberían cruzar. El alma y la gobernanza del fútbol no son activos para negociar. La FIFA no puede seguir usando nuestro deporte para enriquecerse a sí misma y a sus amigos”. Hasta el propio Blatter, desplazado por el FIFAgate, salió a decir que “la estrecha relación entre el presidente de la FIFA y el presidente de Estados Unidos ha alcanzado una dimensión financiera que está dañando profundamente al fútbol. Nadie tiene derecho a vender nuestro juego”.
Mientras tanto, la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol), la Confederación Africana de Fútbol (CAF) y la Confederación de Fútbol de Oceanía (OFC) afirmaron que analizarían el plan en una reunión con las federaciones que las integran, como una forma de patear la pelota para adelante. A esto le siguió una cascada de renuncias de asesores y miembros ejecutivos de la FIFA con críticas a Infantino. Uno de ellos, Carlos Cordeiro —asesor principal del presidente, ex titular de la Federación de Fútbol de Estados Unidos y consejero del grupo de trabajo de la Casa Blanca para el Mundial— dijo en una carta que “no podía permanecer impasible mientras la FIFA consideraba vender una participación en la Copa Mundial”.
Sin embargo, el puñal final al plan de Infantino, sin lugar a dudas, fue la amenaza de boicot a todas las competiciones por parte de las 55 asociaciones miembro de la UEFA. Un Mundial sin los campeones del mundo —Alemania, Italia, España, Francia e Inglaterra— convertía al plan de Infantino en una cáscara vacía con muchos equipos y partidos, cooling breaks, shows de medio tiempo y vaya a saber qué otras ocurrencias más. En un comunicado, la FIFA informó que abandonaba el plan: “habiendo escuchado atentamente todos los puntos de vista, se ha hecho evidente que el proyecto ha creado divisiones de una naturaleza que, independientemente del nivel de apoyo, ya no responden al interés del objetivo planteado en primer lugar. Nuestro propósito ha sido siempre —y siempre será— unir y mejorar. Como resultado, esta propuesta no seguirá adelante”. De inmediato, Mattias Grafström, secretario general de la FIFA, y Kevin Lamour, director de operaciones de la entidad, enviaron una carta a sus empleados donde dijeron que “los individuos, los momentos de inestabilidad y los episodios desafortunados van y vienen”, y calificaron los hechos derivados del plan de Infantino como una serie de “tristes y reprochables acontecimientos”. Ambos habían votado, respectivamente, a favor y en contra del plan en aquella habitación del Waldorf Astoria.
El presidente de la FIFA, rápido de reflejos, organizó una reunión en Rabat, Marruecos, para reorganizar el frente interno del órgano ejecutivo. Según The Times, allí habría ofrecido la final del Mundial de 2030 a la monarquía marroquí como forma de congraciarse con la Confederación Africana de Fútbol, que tiene al menos 54 votos para asegurar su reelección en el próximo congreso de la FIFA, que se realizará justamente en Rabat en 2027; la FIFA lo desmintió. En un comunicado, los ejecutivos de la organización —entre ellos los críticos Grafström y Lamour— pidieron disculpas por el plan y anunciaron que en la próxima reunión se presentará un informe sobre el tema. También lanzaron una amenaza contra los intentos de acelerar la caída de Infantino: “la FIFA no tolerará más ataques contra su integridad, su buen gobierno y el debido proceso, y adoptará todas las medidas necesarias para proteger y salvaguardar su nombre y reputación”.
La advertencia no fue casual. Al día siguiente, el diario británico The Telegraph publicó que la UEFA habría pagado una indemnización a una ex empleada con la que Infantino habría mantenido una relación sentimental durante su etapa como secretario general del organismo europeo, entre 2009 y 2016, bajo la presidencia de Michel Platini. La UEFA confirmó el pago por despido y la cobertura de un MBA, y sostuvo que se ajustaron a la normativa vigente en aquel momento; Infantino calificó las acusaciones de “categóricamente falsas” y la FIFA atribuyó la publicación a la ofensiva europea, señalando que ningún empleado presentó jamás una queja sobre su comportamiento.
La guerra está lejos de terminarse. Luego de esa reunión, la UEFA, la AFC y la Concacaf lanzaron otro comunicado: “no hay reconocimiento de que intentar vender un interés en la Copa Mundial de la FIFA fue un profundo fallo de juicio —no solo un traspié procedimental, sino una violación fundamental de la confianza—. Cuando la confianza se quiebra mediante el engaño, cuando un individuo se coloca por encima del colectivo que le confió la autoridad, ese deber ha sido abandonado. La propia carta de la FIFA confirma además que solo un dirigente electo estuvo presente en la reunión de liderazgo en Marruecos. Ningún miembro del Consejo de la FIFA ni ninguna Asociación Miembro fue invitada a participar”. La coalición pidió, además, que no sean los miembros del órgano ejecutivo quienes se investiguen a sí mismos, sino un tercero plenamente independiente.
Un apoyo inesperado llegó de la Federación de Fútbol de Estados Unidos, organizadora del último Mundial, que afirmó que se “unía, junto con sus colegas de todo el mundo, para exigir un cambio significativo que fortalezca la gobernanza, la transparencia y la rendición de cuentas de la FIFA”. También respaldaron la carta la federación de Canadá, la Unión Caribeña de Fútbol y la Unión Centroamericana. México, en cambio, se desmarcó de su propia confederación y ratificó su apoyo a Infantino, igual que la AFA de Claudio Tapia.
Como forma de presión, la UEFA anunció que mantiene su boicot a los Mundiales de la FIFA por haber perdido la confianza en Infantino, mientras se especula con postular como contrincante a Nasser Al-Khelaifi, presidente del PSG y de la Asociación de Clubes Europeos. Al-Khelaifi, figura cercana a la monarquía catarí de los Al Thani, les serviría a los europeos para quebrar los apoyos de Infantino en las ricas monarquías del Golfo, como Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos —aunque su vocero ya negó que tenga intención de competir—. El otro candidato es el presidente de la Concacaf, el canadiense Victor Montagliani, quien en el último congreso de la FIFA en Vancouver tuvo un discurso premonitorio: “Ahora mismo, fuera de estas paredes, el mundo se siente menos estable. Las reglas que nos unen están siendo puestas a prueba, si no ignoradas. Y es precisamente por eso que lo que hacemos aquí, como miembros de la FIFA, es tan importante”, resaltó frente a Infantino y el resto de las federaciones. El plazo para presentar candidaturas vence el 18 de noviembre de 2026, y cada aspirante necesita el aval formal de al menos cinco asociaciones.
Detrás de todas estas palabras pomposas está una cruda pelea por ver quién dirige el ingreso de fondos de inversión y bancos a un negocio como el fútbol, que costea la mayoría de sus competiciones sin emitir deuda ni apalancarse en créditos, según el fondo de inversión Apollo Global Manangment, accionista del Atlético Madrid y del Whexham de Gales dirigido por los actores Ryan Reynolds y Rob McElhenney
Sin embargo, está lejos de ser claro que la coalición destituyente —que suma alrededor de 136 de los 211 votos en la FIFA, un 64%— pueda alcanzar sus objetivos si el presidente comienza a trabajar para separar algunas federaciones de sus confederaciones. Para hacerlo cuenta con la ayuda del propio Donald Trump, que el 10 de agosto lo respaldó públicamente en Truth Social: “La FIFA cometería un terrible error si, por cualquier motivo, siquiera considerara reemplazar al presidente Gianni Infantino”. Y remarcó: “Es fantástico, acaba de presidir el Mundial más exitoso jamás presentado. Si él se va, ¡nunca volverá a ser tan exitoso o rentable!”. No está del todo claro si Trump estará dispuesto a intervenir de forma personal para granjearle votos al suizo y amenazar con investigaciones judiciales en Estados Unidos a quienes se le opongan.
La coalición destituyente tiene en su contra, además, que la Conmebol —integrada por Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, entre otros— se resiste a aceptar la negativa de la UEFA a ampliar el Mundial a 64 equipos. Algo que les daría a Argentina, Uruguay y Paraguay, coanfitriones del Mundial 2030 junto a Portugal, España y Marruecos, la posibilidad de albergar partidos de varios grupos de la competición. Menos clara es aún la posición de la Confederación Africana de Fútbol y su par de Oceanía, vitales para que Infantino tenga un piso de al menos 80 votos que le permita pivotear para desarmar el bloque en su contra.
Lo que en su origen era una iniciativa para afianzar su poder podría convertirse en su sepultura política. Su mayor pecado no parece haber sido entregarle un premio de la Paz a Trump, ni la suspensión de una tarjeta roja a un delantero de Estados Unidos en pleno Mundial, ni marginar a Irán de la competición con largos viajes, ni imponer los cooling breaks, sino haber intentado armar un fenomenal negocio sin consultar ni informar a otros hombres poderosos del fútbol, no muy ajenos a sus mismas prácticas.