Recuerdos del futuro

A partir de una célebre portada de la revista Extra de 1972, este análisis aborda nuevamente cómo la proscripción de liderazgos con representación popular masiva desestabiliza a los regímenes políticos. Entre el recuerdo de 1955-1973 y el escenario contemporáneo sobre Cristina Kirchner, una reflexión sobre la brecha entre la legalidad electoral y la legitimidad política.

 

La tapa que abre esta columna permite darle una densidad histórica mucho mayor a la hipótesis sobre la proscripción de Cristina Kirchner. No se trata solamente de establecer una analogía entre dos momentos históricos, sino de observar cómo una sociedad política puede ingresar en un ciclo de inestabilidad de la representación cuando el sistema excluye a una fuerza o liderazgo con capacidad efectiva de expresar una parte sustantiva del electorado.

La portada de Extra, correspondiente a abril de 1972, es particularmente significativa porque fue publicada un año antes del retorno electoral del peronismo. Su titular —“Argentina: 16 años, 9 presidentes. Presidente estable se busca”— condensa, desde la propia contemporaneidad de los acontecimientos, el fracaso del sistema político construido después de 1955. La secuencia de figuras que presenta —Perón, Lonardi, Aramburu, Frondizi, Guido, Illia, Onganía, Levingston y Lanusse— funciona como una representación visual de una característica central del período: la incapacidad del régimen político para producir una sucesión gubernamental estable. La proscripción del peronismo había comenzado después del golpe de 1955 y se prolongó, con diferentes modalidades, hasta 1973.

La tapa de Extra como documento de una crisis de representación

La fuerza historiográfica de la tapa reside precisamente en que no es una reconstrucción posterior de la inestabilidad argentina, sino un documento producido en el interior mismo de aquella crisis. En abril de 1972, cuando la revista pregunta irónicamente “Presidente estable se busca”, la Argentina ya había atravesado la caída de Perón, la Revolución Libertadora, el gobierno provisional de Aramburu, la experiencia de Frondizi, la presidencia de Guido, el gobierno de Illia y tres administraciones militares sucesivas.

La imagen permite formular una hipótesis que resulta relevante para el análisis contemporáneo: la inestabilidad no era simplemente una consecuencia de la existencia de gobiernos militares; era también el resultado de la imposibilidad de construir un régimen político que incorporara de manera estable al principal movimiento electoral del país.

La literatura histórica ha señalado precisamente esta cuestión. La proscripción iniciada en 1955 no logró desarticular al peronismo como fuerza social y política. Por el contrario, dejó un vacío de representación que diferentes actores intentaron ocupar, sin lograr consolidar una salida institucional duradera.

La categoría de “vacío” debe ser utilizada con precisión. No significaba que el peronismo hubiera desaparecido. Significaba que existía una distancia entre su peso social y electoral y su posibilidad de expresarse plenamente dentro del sistema institucional.

Ese desfasaje constituye el núcleo del problema.

De la proscripción de un movimiento a la inestabilidad del régimen

Desde la perspectiva de Robert Dahl, una democracia efectiva requiere simultáneamente elevados niveles de contestación pública y participación política. La reducción de cualquiera de esas dimensiones restringe la naturaleza democrática del régimen.1 La exclusión electoral de una fuerza política significativa altera precisamente esas dos dimensiones: reduce la competencia disponible y limita la capacidad de determinados sectores sociales para transformar sus preferencias en representación institucional.

La experiencia argentina posterior a 1955 constituye un caso paradigmático.

El sistema permitió elecciones, pero no permitió una competencia plenamente inclusiva. Existía, por lo tanto, una contradicción entre la forma electoral del régimen y su contenido representativo. La Argentina podía tener gobiernos civiles surgidos de elecciones y, simultáneamente, mantener excluida a una fuerza política decisiva.

De allí la pertinencia del concepto de “semidemocracia” utilizado por Marcelo Cavarozzi para caracterizar aquel período.2

La tapa de Extra puede leerse, entonces, como una representación periodística de esa contradicción: había presidentes, pero no había un mecanismo estable de sucesión; había elecciones, pero no existía plena competencia; había instituciones, pero éstas no lograban absorber el conflicto político fundamental.

Frondizi e Illia: dos experiencias diferentes, un problema estructural común

La comparación entre Frondizi e Illia resulta especialmente útil.

Frondizi consiguió acceder a la Presidencia en 1958 mediante una transferencia decisiva del voto peronista, pero el peronismo continuaba proscripto. En 1962, cuando el peronismo pudo competir electoralmente bajo otras denominaciones y obtuvo importantes triunfos provinciales —incluida la gobernación de Buenos Aires—, las Fuerzas Armadas intervinieron y Frondizi fue desplazado del poder. La experiencia mostró que el problema de la representación peronista no podía resolverse mediante su sustitución electoral o su incorporación parcial.

El caso de Illia fue diferente pero revelador. En 1963 obtuvo apenas el 25,14 % de los votos, mientras el voto en blanco alcanzó aproximadamente el 19 %, en buena medida como expresión electoral del peronismo proscripto.3 Una investigación académica sobre cultura política argentina señala que aquella exclusión restaba legitimidad al gobierno de Illia y que la memoria de las proscripciones, anulaciones electorales y restricciones había deteriorado el prestigio del voto como mecanismo de resolución del conflicto político.

La cuestión no es afirmar que Illia careciera de legitimidad constitucional. La cuestión es diferente y más precisa:

su legitimidad institucional no coincidía plenamente con la legitimidad política necesaria para estabilizar el sistema.

Éste es un punto central para el análisis contemporáneo.

Cámpora: el antecedente extremo de una candidatura condicionada por la proscripción

El caso de Héctor Cámpora constituye un antecedente particularmente relevante para comprender los problemas que puede generar la proscripción de un liderazgo político con capacidad de representación mayoritaria. La comparación resulta especialmente significativa porque Cámpora llegó a la Presidencia precisamente en un contexto en el cual el principal liderazgo del movimiento que lo llevó al poder —Juan Domingo Perón— permanecía excluido de la competencia electoral.

En las elecciones del 11 de marzo de 1973, el Frente Justicialista de Liberación (FREJULI), encabezado por Cámpora, obtuvo el 49,56 % de los votos. Sin embargo, la fórmula electoral no puede comprenderse exclusivamente desde la candidatura formal. La propia campaña condensó esta relación mediante la consigna “Cámpora al Gobierno, Perón al poder”. La candidatura del dirigente bonaerense expresaba, en buena medida, la imposibilidad de que Perón pudiera ser candidato en esas elecciones. La Casa Rosada reconoce explícitamente que la candidatura de Cámpora estuvo vinculada a la imposibilidad de Perón de presentarse, y caracteriza posteriormente su presidencia como un paso decisivo para el retorno del líder justicialista.

Aquí aparece una distinción conceptualmente importante: la legitimidad electoral de un candidato no implica necesariamente que ese candidato concentre la totalidad de la legitimidad política de la coalición que lo llevó al gobierno.

Cámpora había obtenido una contundente legitimidad electoral, pero su autoridad política estaba estructuralmente vinculada con un liderazgo superior al suyo. El problema no consistía, por lo tanto, en que Cámpora careciera de legitimidad constitucional o electoral. Consistía en que la relación entre representación electoral y liderazgo político efectivo permanecía abierta.

La brevedad de su mandato resulta extraordinariamente significativa. Cámpora asumió el 25 de mayo de 1973 y presentó su renuncia el 13 de julio del mismo año: 49 días de gobierno. La Casa Rosada registra oficialmente esas fechas y señala que su renuncia abrió el camino para una nueva elección presidencial.

El episodio puede ser interpretado como una forma de transición dentro de la transición: la salida de la dictadura y el retorno de la competencia electoral no produjeron inmediatamente una estabilización del liderazgo presidencial, sino una primera experiencia gubernamental extremadamente breve que funcionó como mecanismo de restitución del liderazgo proscripto.

El fenómeno adquiere especial relevancia porque Cámpora no fue simplemente desplazado por una crisis militar. Renunció para permitir que Perón pudiera volver a competir electoralmente. Tras la renuncia del presidente y del vicepresidente Vicente Solano Lima, asumió Raúl Lastiri, presidente de la Cámara de Diputados, y posteriormente se convocaron nuevas elecciones en las que Perón resultó electo. La documentación oficial de la Cancillería confirma que, tras las renuncias, Lastiri asumió la Primera Magistratura conforme al mecanismo constitucional de acefalía.

Este episodio permite formular una categoría analítica de particular utilidad para el presente: la candidatura vicaria.

Una candidatura vicaria es aquella en la cual un dirigente formalmente habilitado para competir electoralmente canaliza una identidad política cuyo liderazgo principal se encuentra impedido de hacerlo directamente. Su fortaleza electoral puede ser considerable, pero su capacidad de autonomía política puede resultar limitada por la propia estructura de legitimidad que explica su candidatura.

Cámpora constituye el ejemplo histórico más nítido de esta situación en la Argentina contemporánea.

La paradoja consiste en que el candidato habilitado puede ganar una elección precisamente porque representa al dirigente que no pudo presentarse, pero esa misma circunstancia puede limitar posteriormente su capacidad para construir una autoridad autónoma.

Esta cuestión resulta especialmente relevante para el análisis de la situación actual.

La advertencia que contiene la tapa de Extra

La portada de Extra puede ser interpretada, retrospectivamente, como una suerte de diagnóstico periodístico de la crisis de representación argentina.

La secuencia de nueve presidentes en dieciséis años no expresa únicamente una sucesión acelerada de individuos. Expresa la incapacidad del sistema para resolver una contradicción fundamental: cómo gobernar de manera estable una sociedad en la que una fuerza política mayoritaria permanece excluida del régimen electoral.

Una investigación depositada en CLACSO resume esta problemática señalando que la proscripción del peronismo —siendo éste un actor electoralmente determinante— contribuyó a una creciente radicalización de los conflictos políticos y al descrédito de la negociación democrática.

Por eso la tapa adquiere una significación particular cuando se la coloca junto a la coyuntura actual.

No porque la Argentina de 2026 sea equivalente a la de 1972. No lo es.

La diferencia histórica es enorme: hoy existe sufragio universal, alternancia democrática, competencia partidaria y una institucionalidad democrática consolidada durante décadas.

Pero existe una estructura analítica comparable: el riesgo de que la exclusión de un liderazgo políticamente significativo genere una brecha entre representación social, representación electoral y representación institucional.

Cristina Kirchner y el problema de la sucesión

Aquí se encuentra el punto más relevante para nuestra hipótesis.

La eventual proscripción de Cristina Kirchner no necesariamente produce un vacío político en términos sociales. Puede producir, en cambio, un vacío de representación institucional.

Cristina puede quedar fuera de una competencia electoral y, simultáneamente, conservar capacidad para ordenar identidades, preferencias y alineamientos dentro de una parte significativa del electorado.

El problema para el sistema no sería entonces simplemente quién ocupa su lugar.

El interrogante sería:

¿puede un liderazgo alternativo transferir hacia sí la legitimidad política que concentra el liderazgo excluido?

La experiencia histórica sugiere que la respuesta no es automática.

Frondizi pudo recibir votos peronistas, pero no pudo convertirse en sustituto pleno del peronismo. Illia pudo ganar una elección, pero no consiguió incorporar institucionalmente a la principal fuerza excluida. Los gobiernos militares tampoco resolvieron la contradicción: la profundizaron.

Por eso la proscripción puede generar un efecto paradójico: debilitar simultáneamente al liderazgo excluido y a los liderazgos que intentan reemplazarlo.

El problema de los candidatos “surgidos” bajo proscripción

Esto permite avanzar sobre una hipótesis particularmente relevante para 2027.

Cuando el principal liderazgo de una coalición está disponible para competir, la competencia interna puede producir mecanismos relativamente normales de sucesión, reemplazo y legitimación.

Cuando ese liderazgo está excluido, el sistema interno de selección cambia.

Los candidatos emergentes deben resolver una tensión estructural:

  • necesitan representar al electorado que se identifica con Cristina;
  • pero necesitan construir una identidad propia;
  • necesitan preservar la cohesión interna;
  • pero también ampliar la coalición hacia sectores independientes;
  • necesitan diferenciarse del liderazgo proscripto;
  • pero no pueden hacerlo hasta el punto de perder su principal base de legitimidad.

Esto puede producir liderazgos electoralmente competitivos pero institucionalmente frágiles.

Y allí la tapa de Extra adquiere una actualidad conceptual inesperada.

En 1972, el problema era encontrar un “presidente estable”. La pregunta contemporánea podría reformularse así:

¿Puede un sistema político producir un liderazgo estable cuando la principal referencia política de una de sus grandes coaliciones permanece excluida de la competencia electoral?

La cuestión excede al peronismo. Concierne al régimen político en su conjunto.

La diferencia entre legalidad y legitimidad

Guillermo O’Donnell resulta particularmente útil para profundizar esta distinción. La democracia no puede reducirse a la existencia periódica de elecciones; requiere instituciones capaces de procesar conflictos y garantizar condiciones efectivas de ciudadanía política.4

En este sentido, legalidad electoral y legitimidad democrática no son conceptos idénticos.

Una elección puede realizarse conforme a las normas vigentes y, al mismo tiempo, estar atravesada por una restricción sustantiva de la competencia.

Esto no significa afirmar que una elección bajo proscripción sea automáticamente ilegítima. Significa reconocer que la calidad democrática disminuye cuando sectores políticamente relevantes encuentran limitada su capacidad de competir y ser representados.

La perspectiva de Dahl permite formularlo con mayor precisión: la democracia requiere tanto inclusión como contestación.1 Una democracia en la que la competencia existe pero se restringe la participación efectiva de una corriente política significativa posee una estructura institucional distinta de aquella en la que ambas dimensiones se encuentran plenamente desarrolladas.

La tapa como advertencia sobre la transición

Por eso considero que esta tapa de Extra debe incorporarse como pieza central y no meramente ilustrativa del análisis.

Su valor reside en que condensa una experiencia histórica concreta:

1955-1973 demuestra que la exclusión de una fuerza política de peso no necesariamente produce su desaparición; puede producir, por el contrario, una sucesión de gobiernos con dificultades crecientes para construir legitimidad política y estabilidad institucional.

La portada de abril de 1972 lo sintetiza visualmente: nueve presidentes en dieciséis años.

No es simplemente una colección de retratos.

Es la representación gráfica de un régimen incapaz de estabilizar su mecanismo de sucesión.

Y ésta es la hipótesis que puede trasladarse —con todas las diferencias históricas correspondientes— al escenario contemporáneo:

la proscripción de Cristina Kirchner podría no resolver el problema de liderazgo del peronismo, sino desplazarlo hacia el terreno de la sucesión; y si los candidatos que emergen no consiguen reunir la legitimidad del núcleo kirchnerista con capacidad suficiente de expansión electoral, la proscripción puede terminar afectando no solamente a la oposición sino a la estabilidad del sistema de alternancia.

En ese punto, la historia deja de ser una analogía decorativa y se convierte en una variable explicativa.

La Argentina de 1972 buscaba un “presidente estable”. La Argentina contemporánea enfrenta una pregunta más profunda: si la exclusión de liderazgos políticos significativos puede volver a producir una democracia formalmente competitiva pero materialmente incapaz de construir mayorías políticas estables.

Finalmente, la portada de Extra puede ser reinterpretada como una pieza documental que condensa un problema que atravesó la política argentina durante casi dos décadas: la dificultad de construir estabilidad cuando la representación electoral y el liderazgo político se encuentran separados por mecanismos de proscripción.

La pregunta contemporánea no debería ser, entonces, únicamente quién puede reemplazar electoralmente a Cristina Kirchner.

La pregunta institucionalmente relevante es otra:

¿puede construirse una sucesión política estable cuando el liderazgo que concentra una parte sustantiva de la identidad electoral de una coalición se encuentra impedido de competir?

La respuesta a este interrogante será decisiva para evaluar la estabilidad de la transición argentina hacia 2027.


Notas

  1. Robert A. Dahl, Polyarchy: Participation and Opposition, New Haven, Yale University Press, 1971. Dahl define la democratización a partir de dos dimensiones fundamentales: participación inclusiva y contestación pública. 2
  2. Marcelo Cavarozzi, Autoritarismo y democracia (1955-1983), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1983. La categoría de “semidemocracia” refiere a un régimen en el cual la competencia electoral se encontraba estructuralmente condicionada por la proscripción del peronismo y la tutela militar.
  3. En las elecciones presidenciales de 1963, Arturo Illia obtuvo 25,14 % de los votos, mientras el voto en blanco alcanzó aproximadamente 19,4 %. La elevada proporción del voto en blanco estuvo asociada a la proscripción del peronismo y de otros sectores políticos.
  4. Guillermo O’Donnell, Democracia, agencia y estado: teoría con intención comparativa, Buenos Aires, Prometeo, 2010. Para O’Donnell, la ciudadanía y la efectividad de los derechos políticos constituyen dimensiones sustantivas del régimen democrático y no meros procedimientos electorales.

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