El internacionalismo en disputa: los intereses del capital y la lucha de los pueblos

Hay una discusión sobre el internacionalismo que merece ser recuperada. Durante décadas, el pensamiento económico dominante presentó la globalización como un proceso inevitable y beneficioso, mientras identificaba cualquier defensa de la soberanía nacional con el atraso, el proteccionismo o el nacionalismo. Hoy, una parte de las mismas élites que promovieron aquella globalización adopta discursos nacionalistas, cuestiona el libre comercio y reivindica las fronteras. Sin embargo, el cambio de lenguaje no modifica necesariamente los intereses que organizan el sistema.

La cuestión central no es elegir entre globalización y desglobalización, entre libre comercio y barreras arancelarias. La verdadera disputa consiste en determinar quién controla la economía mundial: el capital concentrado o los pueblos que producen la riqueza. Esta es una de las ideas centrales que atraviesa el debate sobre el internacionalismo contemporáneo.

El internacionalismo del capital nunca fue una abstracción. Tiene nombres, instituciones y relaciones de poder. Las grandes corporaciones, los fondos financieros, las plataformas tecnológicas y los organismos que condicionan las políticas económicas nacionales construyeron una arquitectura internacional destinada a garantizar la circulación del capital, la apropiación de recursos y la subordinación del trabajo. Cuando esa arquitectura entra en crisis, el capital no renuncia a sus privilegios: modifica sus instrumentos.

Por eso, el repliegue de la globalización neoliberal no significa necesariamente una recuperación de la soberanía popular. El nacionalismo de las derechas puede cuestionar el multilateralismo, levantar barreras comerciales y reclamar mayor autonomía frente a otros Estados, sin alterar la concentración de la riqueza ni el poder de las grandes empresas. El proteccionismo de los poderosos no equivale a la protección de los trabajadores.

Tampoco alcanza con sustituir una dependencia por otra. La disputa entre Estados Unidos y China expresa contradicciones reales del orden internacional, pero no debería obligar a los países periféricos a convertirse en piezas subordinadas de una u otra estrategia. La autonomía no consiste en cambiar de patrón. Consiste en construir capacidad propia para decidir sobre los recursos, la producción, la tecnología, el trabajo y el destino del excedente económico.

Aquí aparece una tradición latinoamericana que conserva una notable actualidad: el internacionalismo de Juan Domingo Perón.

La Tercera Posición no fue simplemente una fórmula diplomática para mantenerse equidistante de Washington y Moscú durante la Guerra Fría. Expresaba una concepción política más amplia: los países que no pertenecían al núcleo de las grandes potencias necesitaban construir una capacidad de decisión propia. Perón comprendió que la soberanía nacional, en un mundo organizado alrededor de grandes espacios económicos y políticos, no podía sostenerse exclusivamente dentro de las fronteras de cada Estado.

Su discurso del 11 de noviembre de 1953 en la Escuela Nacional de Guerra, conocido como Unidos o Dominados, planteó con claridad esa perspectiva. El proyecto de integración entre Argentina, Brasil y Chile —el ABC— no era una iniciativa protocolar ni una simple alianza entre gobiernos. Buscaba construir una escala económica y política capaz de modificar la relación de fuerzas con los centros de poder mundial.

La integración latinoamericana aparecía así como una condición material de la independencia. La idea era sencilla y profunda: países separados, con mercados fragmentados y economías dependientes, tenían una capacidad limitada para negociar con las grandes potencias. Unidos podían construir una fuerza económica, industrial y política diferente.

Ese internacionalismo tenía, además, una dimensión popular. No se trataba solamente de asociar Estados, sino de ampliar las condiciones materiales para que sus pueblos pudieran decidir sobre su propio desarrollo. La Tercera Posición y la unidad latinoamericana formaban parte de una misma concepción: la independencia política necesitaba una base económica y la justicia social no podía consolidarse sobre una estructura de dependencia permanente.

Recuperar hoy esa tradición no significa trasladar mecánicamente las respuestas de los años cincuenta a un escenario mundial completamente distinto. Significa reconocer la vigencia de una pregunta que Perón formuló en términos estratégicos: ¿cómo pueden los pueblos periféricos evitar que su futuro sea decidido por las potencias que concentran el poder económico y militar?

La respuesta exige una integración regional que no se limite al intercambio comercial. Supone coordinar políticas industriales, defender los recursos naturales, desarrollar capacidades científicas y tecnológicas, proteger el trabajo y fortalecer la capacidad de los Estados para orientar la economía. También requiere recuperar la solidaridad entre los trabajadores y los movimientos populares de distintos países, porque el capital opera internacionalmente y las resistencias nacionales, cuando permanecen aisladas, encuentran límites cada vez más estrechos.

Las experiencias latinoamericanas de cooperación política, las movilizaciones contra la austeridad, las luchas sindicales y las campañas internacionales de solidaridad muestran que existe un terreno de acción que no se reduce a la competencia entre gobiernos y potencias. El internacionalismo popular tiene que construir vínculos entre quienes soportan las consecuencias de un mismo orden económico, aunque vivan bajo Estados diferentes.

La cuestión, entonces, no es defender cualquier nacionalismo ni celebrar cualquier forma de globalización. Es distinguir entre la soberanía utilizada para proteger los intereses del capital y aquella que permite ampliar los derechos y la capacidad de decisión de las mayorías sociales.

El internacionalismo de los pueblos no consiste en elegir entre las grandes potencias, sino en construir una fuerza propia frente a ellas. En esa tradición puede inscribirse la Tercera Posición de Perón: soberanía nacional, integración latinoamericana y solidaridad internacional. No como neutralidad frente a los conflictos del mundo, sino como una estrategia para que las mayorías sociales dejen de ser objeto de las disputas internacionales y puedan convertirse en protagonistas de su propio destino.

La verdadera alternativa no es entre un mundo globalizado y otro encerrado detrás de sus fronteras. Es entre un internacionalismo organizado alrededor de los intereses del capital y otro capaz de poner la cooperación entre los pueblos al servicio de su emancipación.

Su internacionalismo y el nuestro

La verdadera elección no es entre globalización y desglobalización, libre comercio y barreras arancelarias, sino entre empoderar al capital y empoderar a los trabajadores.
Ilustración de James Kerr / Scorpion Dagger

Resulta difícil creer que hace apenas veinticinco años, el movimiento por la justicia global tuviera que defenderse de la acusación de nacionalismo parroquial y estrecho de miras. Esta fue la acusación formulada por medios respetables y supuestamente progresistas como The Economist y The New Republic . Los manifestantes de Seattle y Génova recalcaron que no tenían ningún problema con la idea de un mundo interconectado. A lo que se oponían era a la presión para liberalizar y privatizar las economías nacionales. Era a esa forma particular de globalización —la que se promovía a través de la Organización Mundial del Comercio y las cumbres del G8— a la que se oponían.

Hoy, el internacionalismo capitalista de principios de la década de 2000 está en franca retirada. Los miembros de la clase multimillonaria que viajan por el mundo en jets privados abrazan las políticas nativistas de la extrema derecha, mientras que la administración Trump arremete contra la idea del libre comercio. En estos círculos, el «globalismo» se ha convertido en una palabra tabú, pero el capitalismo sigue siendo incuestionable. El Consenso de Washington alguna vez estigmatizó los aranceles y los sindicatos como barreras anacrónicas a la libre circulación de capitales. Ahora los aranceles están de moda, mientras que los sindicatos aún enfrentan una ardua batalla para sobrevivir.

Al mismo tiempo, la élite estadounidense ha abandonado progresivamente la retórica cosmopolita de construcción nacional e intervención humanitaria mientras continúa librando guerras por todo el mundo. El retroceso de la globalización no implica una retirada del imperio. Por el contrario, supone burdas demostraciones de agresión imperial sin el menor disimulo para ocultar su manifiesta rapacidad. El «orden internacional basado en normas» siempre fue una forma elegante que Washington tenía de disimular el hecho de que dictaba las normas y daba las órdenes. Pero incluso esa apariencia de multilateralismo parece ahora ser una carga demasiado pesada para los líderes estadounidenses.

El retroceso de la globalización no significa una retirada del imperio.

¿Existen otros actores geopolíticos que intenten cultivar su propia versión del internacionalismo? China abandonó hace mucho tiempo la idea de promover la revolución mundial. La Unión Soviética, en cambio, se presentó como un baluarte del socialismo internacional hasta finales de la década de 1980, apoyando a diversos estados y partidos en todo el mundo en nombre de ese compromiso. Pero el Partido Comunista de China mantuvo su enfoque en el desarrollo de su propia capacidad estatal e infraestructura económica, una de las razones por las que aún se mantiene en pie hoy, décadas después del colapso de la URSS.

Tras un largo periodo de desarrollo interno, los gobernantes chinos han ganado confianza en su papel dentro de los asuntos globales. El giro confrontativo de la clase política estadounidense —una política bipartidista que se ha extendido desde Donald Trump hasta Joe Biden y de nuevo a Trump— les proporciona un poderoso incentivo para fortalecer su influencia geopolítica. Los funcionarios del gobierno chino han aprovechado la oportunidad para presentarse como los verdaderos defensores de las instituciones multilaterales. Sin embargo, hasta el momento, hay pocos indicios de que Pekín pueda construir un nuevo orden internacional en torno a sí mismo, como lo hizo Washington después de 1945.

Por su parte, los líderes europeos combinan gestos retóricos de mayor independencia de Estados Unidos con medidas prácticas para aumentar su sumisión. En 2003, en la cúspide del poderío estadounidense, Francia y Alemania se opusieron a la invasión de Irak en el Consejo de Seguridad de la ONU, desestimando los argumentos cuidadosamente elaborados del Secretario de Estado Colin Powell. Hoy, los principales estados europeos se han sometido colectivamente mientras Trump lanza otra guerra en Oriente Medio que perjudicará sus economías mucho más que la de Estados Unidos, energéticamente independiente.

Las élites europeas promocionan sus planes de rearme argumentando ante sus ciudadanos la importancia de lograr la autonomía estratégica frente a Estados Unidos, para que Europa pueda librar sus propias batallas y defender sus fronteras. En realidad, el aumento masivo del gasto militar no es más que un soborno a la administración Trump por parte de gobiernos comprometidos con una política de apaciguamiento. La mayor resistencia al desmesurado aumento de los presupuestos de defensa ha venido del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, quien también es el crítico más vehemente entre sus pares de la guerra de Trump contra Irán y las atrocidades genocidas de Israel en Gaza. En general, sin embargo, Europa se aferra aún más a la reconfortante ilusión de una alianza transatlántica, mientras su supuesto aliado persigue a jueces de la Corte Penal Internacional y amenaza con anexionarse Groenlandia .

Latinoamérica es otra región donde el aparente declive del poder estadounidense ha reducido el margen de acción independiente. Si Washington ya no puede imponer su voluntad con la misma amplitud que hace dos décadas, esto lo impulsa aún más a mantener el control sobre lo que considera territorios clave. La injerencia electoral descarada ha fortalecido a la ultraderecha latinoamericana, ferviente colaboracionista, y el secuestro del presidente de Venezuela demostró que no hay límites en la búsqueda de la dominación hemisférica. Los gobiernos de México y Brasil son los más importantes que se oponen a la marea de la retórica trumpista, pero no hay garantía de que puedan resistir la presión coercitiva del Estado más poderoso de América.

Cabe señalar que esta renovada forma de imperialismo carece de una sólida base popular en su país. Es fácil olvidar que las guerras en Afganistán e Irak contaron con un amplio respaldo de quienes se dejaron convencer por alguno de los argumentos que la administración de George W. Bush utilizó para generar consenso. No fue hasta que esas guerras desembocaron en caos y matanza que la opinión pública comenzó a cambiar drásticamente. Hoy, Trump, Marco Rubio y Pete Hegseth apenas logran explicar qué pretenden conseguir con su guerra contra Irán, y mucho menos forjar un amplio consenso en apoyo de sus objetivos.

El fin de la globalización en su forma clásica, al estilo de Davos, no conducirá a un resurgimiento de la autosuficiencia nacional mientras los gigantes tecnológicos estadounidenses monopolicen los puestos de liderazgo del capitalismo digital.

Los ciudadanos de otros Estados miembros de la OTAN se muestran aún menos entusiasmados con los intentos de reforzar el poder estadounidense. Sin embargo, sus líderes son incapaces de imaginar una alternativa a la dependencia de las armas, la tecnología y la infraestructura financiera estadounidenses. El fin de la globalización en su forma clásica, propia de los foros de Davos, no propiciará un resurgimiento de la autosuficiencia nacional mientras los gigantes tecnológicos estadounidenses monopolicen los sectores estratégicos del capitalismo digital.

Ante esta concentración de poder, el internacionalismo del movimiento por la justicia global puede parecer un sueño desvanecido, demasiado débil para desafiar el Consenso de Washington en su apogeo o para aprovechar su declive actual. Sin embargo, el último cuarto de siglo ha sido testigo de muchas otras formas de internacionalismo progresista, desde la movilización mundial contra la guerra de Irak hasta los proyectos de izquierda en América Latina que demostraron lo que se puede lograr con el poder estatal y la cooperación transnacional.

Las revueltas árabes de 2011 y los movimientos europeos contra la austeridad, las huelgas climáticas y las marchas en solidaridad con Palestina representan distintas facetas de un espíritu internacionalista que se opone a la lógica de la globalización neoliberal, al igual que se opone a la de la desglobalización posliberal. Confiar en ese espíritu puede parecer excesivamente ambicioso, incluso utópico. Pero es más realista que esperar que la estabilidad o la prosperidad surjan de los vaivenes erráticos y destructivos de un imperio en decadencia.

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