El resultado del primer turno brasileño no expresa solamente una competencia entre Lula y Flávio Bolsonaro. Expone una fractura productiva, territorial, social, cultural y subjetiva mucho más profunda. El lulismo conserva una extraordinaria fortaleza popular en el Nordeste y en sectores subalternos, pero el bolsonarismo construyó una identidad política capaz de atravesar clases, territorios y generaciones.
La ultraderecha controla además espacios decisivos del Congreso, gobiernos estaduales, redes religiosas, territorios económicos y buena parte de la disputa digital. Lula aún puede ganar el 25 de octubre.
Pero la verdadera batalla por Brasil comenzará al día siguiente, tal como señalara Cristina Kirchner, aún ganando los gobiernos popular democráticos reciben un 25% del poder real y lo advirtió hace más de una década, ese porcentaje hoy debiera se revisado y a la baja.
Onde Lula perdeu votos entre o 1º turno de 2022 e o de 2026, e em que tipo de município? Cruzei o resultado das 5.570 cidades com dados do Censo 2022 e do PIB municipal. Dados do TSE ainda preliminares (05/10). Os principais achados, em 7 tweets. https://t.co/z89kD6qzhd
— Marco (@marcofaganello) October 5, 2026
La primera evidencia está en el territorio.
Lula ganó los nueve estados del Nordeste y también Pará, Amazonas y Amapá. Flávio se impuso en los tres estados del Sur, los cuatro del Sudeste, los tres del Centro-Oeste y en Acre, Rondônia, Roraima y Tocantins. El mapa electoral no describe simplemente preferencias regionales: revela la persistencia de dos Brasil diferentes.
El Nordeste continúa siendo el núcleo territorial más sólido del lulismo. Allí existe una memoria material de la política pública: Bolsa Família, aumento del salario mínimo, expansión educativa, crédito, electrificación, vivienda, consumo y presencia estatal.
Pero ese mapa contiene también una advertencia.
El lulismo conserva una base social, pero no consiguió transformar esa base en una mayoría nacional estable.
El problema no puede explicarse mediante la fórmula elemental “pobres con Lula, ricos con Bolsonaro”. La realidad es bastante más compleja. La posición objetiva de clase no determina automáticamente la conciencia política ni, mucho menos, el voto.
Ahí comienza la verdadera disputa.
El bolsonarismo consiguió construir una alianza social que excede ampliamente a las elites económicas tradicionales. Agronegocio, propietarios rurales, clases medias profesionales, comerciantes, pequeños empresarios, trabajadores autónomos, sectores de la economía informal, iglesias evangélicas y trabajadores precarizados pueden convivir dentro de una misma identidad política.
En el Centro-Oeste esa articulación resulta especialmente visible. Mato Grosso, Mato Grosso do Sul, Goiás y el Distrito Federal quedaron del lado de Flávio.
No significa que cada elector haya votado según su relación objetiva con el capital agrario. Significa que determinados territorios articulan propiedad, expectativas de movilidad social, religión, seguridad, antiestatismo y defensa de intereses económicos en una misma representación política.
La Amazonia agrega otra dimensión.
Lula ganó 425 de los 766 municipios amazónicos cuyos resultados estaban disponibles, frente a 341 para Flávio. Pero la distribución territorial muestra la penetración de la derecha en zonas de frontera, particularmente vinculadas con expansión agropecuaria, conflictos por tierra y economías extractivas. En Novo Progresso, sobre el eje de la BR-163, Flávio superó el 84% de los votos.
La geografía, entonces, no es un escenario pasivo. Es una estructura de relaciones sociales.
Tierra, propiedad, crédito, infraestructura, exportación, minería, iglesias, seguridad y redes políticas producen territorios con determinadas formas de interpretar el Estado y la sociedad.
Por eso la cuestión brasileña no puede reducirse a la disputa entre dos candidatos.
São Paulo constituye probablemente el mejor laboratorio de esta transformación.
Flávio obtuvo 51,93% en el estado frente a 38,20% de Lula. Pero Lula ganó la capital por 46,58% contra 42,13%. Ganó São Bernardo do Campo, lugar fundacional de su trayectoria sindical, pero perdió en otras ciudades importantes del cordón industrial y metropolitano. Flávio se impuso también en ciudades del interior como Campinas, Ribeirão Preto y São José dos Campos.
La conclusión es decisiva: la antigua geografía industrial no alcanza para explicar el voto contemporáneo.
El trabajador de 2026 no necesariamente construye su identidad política en la fábrica, el sindicato o el barrio obrero como ocurría en las grandes huelgas metalúrgicas que llevaron a Lula a la escena nacional.
Hoy esa experiencia está atravesada por el endeudamiento, la informalidad, las plataformas, las redes sociales, las iglesias, la inseguridad, el consumo aspiracional y la cultura del emprendimiento individual.
La clase sigue existiendo. Lo que cambió es el modo en que la clase se piensa a sí misma.
Una interpretación economicista puede suponer que quien vive de su trabajo votará necesariamente por una fuerza que defienda sus intereses materiales.
La historia demuestra que no es así.
Una persona puede ser trabajadora, estar endeudada, sufrir precarización y tener ingresos insuficientes y, al mismo tiempo, interpretar su situación desde la meritocracia, la religión, la propiedad, la seguridad o el rechazo al Estado.
Puede pensar: “Yo trabajo y pago impuestos”. Puede pensar que otros reciben beneficios sin trabajar. Puede querer “ser su propio jefe”. Puede considerar que necesita seguridad antes que derechos sociales.
Es decir: la posición de clase no desaparece, pero puede quedar políticamente subordinada a otra identidad.
Ese es uno de los grandes problemas de las fuerzas populares.
Aquí la lectura de Mark Fisher resulta fundamental.
Fisher analiza cómo el capitalismo contemporáneo transforma problemas estructurales en responsabilidades individuales. El desempleo, la precariedad, la pobreza o la falta de oportunidades dejan de aparecer como consecuencias de relaciones sociales y comienzan a ser experimentados como fracasos personales.
A eso lo vincula con el “voluntarismo mágico”: la idea de que cada individuo puede ser lo que quiera si se esfuerza suficientemente.
El sistema produce simultáneamente precariedad y una ideología que responsabiliza al individuo por esa precariedad.
La consecuencia política es devastadora.
Si la pobreza es mi fracaso, no necesito organizarme con otros.
Si estoy endeudado porque administré mal mi vida, no necesito cuestionar el sistema financiero.
Si no consigo trabajo porque no me esforcé suficientemente, no necesito preguntar qué sucede con el mercado laboral.
Si vivo en un barrio dominado por la violencia, necesito mano dura, no necesariamente una discusión sobre las estructuras sociales que producen esa violencia.
Fisher llama a esto una forma de “depresión colectiva”: una sociedad que comienza a asumir que las condiciones existentes son inevitables y que no tiene capacidad colectiva para modificarlas.
La tarea política consiste justamente en romper esa privatización del malestar y convertir la desafección individual en conflicto colectivo.
El bolsonarismo consiguió hacer algo políticamente muy sofisticado: convirtió un conjunto heterogéneo de malestares en una identidad.
Agronegocio y trabajador informal. Empresario y pequeño comerciante. Evangelismo y antiestatismo.
Miedo al delito y punitivismo. Propiedad y rechazo al Estado redistributivo. Todo eso puede coexistir bajo una misma bandera.
El bolsonarismo dejó así de ser simplemente la candidatura de Jair Bolsonaro. Se convirtió en una forma de interpretar Brasil.
Por eso la derrota electoral de Jair no significó la derrota del bolsonarismo. Su base sobrevivió. Se reorganizó. Y ahora tiene un heredero electoral.
Las iglesias evangélicas ofrecen comunidad, pertenencia, autoridad moral y redes concretas de asistencia. En barrios donde el Estado puede aparecer como distante o ineficaz, la iglesia puede ser la institución que efectivamente acompaña una enfermedad, un problema familiar, una adicción o una emergencia económica.
La derecha convirtió esa red social en red política. La familia, la religión, la seguridad y la propiedad fueron articuladas como un sistema de sentido.
Y la seguridad constituye un punto especialmente sensible. Responder exclusivamente con explicaciones estructurales puede ser intelectualmente correcto y políticamente insuficiente. La disputa por la seguridad también es una disputa por el Estado.
Aquí aparece uno de los aportes centrales de Matías Caciabue: la idea de una “territorialidad digital”.
El territorio político contemporáneo ya no está constituido únicamente por fábricas, sindicatos, barrios, escuelas, iglesias y plazas.
También está compuesto por:
plataformas + algoritmos + dinero + inteligencia artificial + influencers + datos + tiempo de atención.
El poder político penetra hoy en la vida cotidiana a través de una nueva infraestructura de subjetividad.
El móvil reemplaza parcialmente a la plaza. El algoritmo compite con el dirigente.
El influencer puede ocupar el lugar del organizador comunitario. La plataforma puede definir qué conflicto existe y cuál desaparece.
El capital no coloniza solamente el tiempo de trabajo. Coloniza crecientemente el tiempo libre, la atención y la percepción de la realidad.
Por eso la disputa electoral brasileña también es una disputa por la subjetividad.
TERRITORIO MATERIAL → CLASE → EXPERIENCIA SOCIAL → SUBJETIVIDAD → REDES/ALGORITMOS → HEGEMONÍA → VOTO
La transformación de los patrones de consumo agrega otra dimensión.
La vida cotidiana está sometida a una comparación permanente con modelos de éxito exhibidos en redes sociales. Cuando la posibilidad material de alcanzar ese nivel de consumo está cerrada, aparece una industria que vende la ilusión de saltar la barrera: las apuestas.
El endeudamiento completa el círculo.
La macroeconomía puede mejorar mientras la experiencia cotidiana permanece atravesada por la deuda.
Ahí aparece una contradicción central del tercer gobierno de Lula: los indicadores pueden mejorar más rápido que la percepción social de la mejora.
No porque los indicadores sean falsos.
Porque la experiencia social está mediada por relaciones materiales que van mucho más allá del promedio macroeconómico.
Aquí convergen los trabajos de Rambletamble y Michael Roberts.
La primera cuestión es reconocer que Lula no representa lo mismo que Bolsonaro.
Sería absurdo equiparar ambos proyectos.
Pero precisamente por eso la pregunta debe ser más exigente:
¿hasta dónde puede llegar un gobierno popular cuando las palancas fundamentales de la economía permanecen bajo control del capital?
El lulismo mejoró las condiciones de vida de millones de brasileños, pero no rompió con las estructuras de propiedad que organizan el crédito, la tierra, la inversión y la acumulación.
La redistribución fue posible dentro de determinados ciclos económicos. Cuando esas condiciones se deterioraron, reaparecieron las presiones por la austeridad.
Esta es una crítica estructural, no una negación de los avances sociales.
Y precisamente por eso resulta importante.
Existe además un límite institucional que no puede ser ignorado.
El Congreso brasileño aumentó significativamente su capacidad de apropiarse de recursos presupuestarios mediante las enmiendas parlamentarias. Esa transferencia de capacidad presupuestaria convirtió al Legislativo en un actor con capacidad material para condicionar la agenda del Ejecutivo.
La cuestión no es técnica. Es política. La gobernabilidad de Lula no dependerá solamente de sus votos presidenciales.
Dependerá de su capacidad para negociar con un Parlamento conservador.
Por eso la tesis de que “la gobernanza seguirá siendo rehén de negociaciones agotadoras” resulta central: incluso una victoria presidencial puede quedar limitada por un Congreso que controla recursos, bloquea iniciativas y obliga al Ejecutivo a negociar permanentemente.
Lula puede ganar la elección presidencial y, sin embargo, no disponer de una mayoría política capaz de ejecutar plenamente su programa.
Este es uno de los mayores aprendizajes del Brasil contemporáneo.
El bolsonarismo puede perder la Presidencia y continuar siendo poderoso.
Puede controlar gobernaciones. Puede tener una bancada legislativa fuerte.
Puede controlar territorios. Puede dominar redes religiosas.
Puede producir contenidos digitales. Puede disputar el sentido común.
Puede condicionar el presupuesto. Puede mantener movilizada a su base.
Y puede esperar la próxima elección. El primer turno estatal reforzó esa estructura: aliados de Flávio conquistaron posiciones importantes, entre ellas São Paulo y Minas Gerais, mientras el PL obtuvo varios gobiernos estaduales. Esa red territorial constituye un activo inmediato para el balotaje y, más aún, para la construcción del poder conservador después del 25 de octubre.
¡VAMOS LULA!
¡VAMOS ARGENTINA Y BRASIL! 🇦🇷🇧🇷 https://t.co/AVq3PY7DHH
— Daniel Scioli 🇦🇷 (@danielscioli) October 31, 2022
Brasil no es cualquier país latinoamericano.
Es la mayor economía de la región, una potencia agrícola, industrial, energética, minera y tecnológica y un actor central del Sur Global.
Por eso la disputa entre Lula y Flávio tiene consecuencias que exceden las fronteras brasileñas.
Lula ha intentado fortalecer los BRICS, profundizar relaciones con China y promover una política exterior más multipolar. Flávio representa una orientación mucho más próxima a Washington, a la derecha latinoamericana y a Israel.
El problema no es solamente diplomático. Está en juego quién controla recursos estratégicos, minerales críticos, tecnología, energía, infraestructura y comercio exterior. La soberanía ya no se disputa solamente mediante tropas o golpes de Estado.
También se disputa mediante sanciones financieras, presión comercial, plataformas digitales, control tecnológico, datos y capacidad de intervenir sobre el ecosistema informativo.
Felicito a mi querido amigo @FlavioBolsonaro por esta victoria en primera vuelta, y a todo el pueblo brasileño por esta gran jornada democrática. https://t.co/qKqHlfj3xI
— Daniel Scioli 🇦🇷 (@danielscioli) October 5, 2026
La respuesta popular al avance de la derecha no puede limitarse a “conquistar el centro” si el centro político se ha desplazado hacia la derecha.
La moderación puede convertirse en aceptación del terreno construido por el adversario. La tarea debería ser otra: politizar el malestar.
Identificar los intereses que producen la deuda. Identificar quién se beneficia de las altas tasas. Identificar quién concentra la tierra. Identificar quién captura el excedente.
Identificar quién controla las plataformas. Identificar quién convierte la inseguridad en negocio político.
Identificar quién transforma la frustración social en resentimiento contra otros sectores populares.
Y, sobre todo, construir una respuesta colectiva. Fisher planteaba la necesidad de transformar la desafección privatizada en una forma de acción política colectiva.
Caciabue plantea algo convergente desde otro registro: las fuerzas populares no deberían limitarse a administrar el descontento, sino construir una interpretación capaz de identificar las relaciones de poder que lo producen. Ese puede ser el punto de partida de una nueva mayoría.
El eventual cuarto mandato de Lula no puede ser pensado como una simple continuidad.
El Brasil de 2026 es diferente del Brasil de 2002. El lulismo conserva una enorme fuerza popular.
Pero el bolsonarismo construyó una fuerza social, cultural y parlamentaria que ya no depende exclusivamente de la familia Bolsonaro.
El Congreso es más poderoso. Las redes digitales son más importantes. Las iglesias tienen mayor peso político.
La economía informal tiene mayor presencia. La subjetividad está más individualizada.
El capital financiero mantiene enorme capacidad de condicionamiento. Y la derecha consiguió convertir buena parte del malestar en identidad política.
Por eso la pregunta del 25 de octubre no es solamente quién ganará. La pregunta es qué hará Lula con una eventual victoria.
Si la respuesta consiste en administrar las estructuras existentes, podrá gobernar. Si pretende modificarlas, deberá disputar la propiedad, el crédito, el presupuesto, la renta, el territorio, los medios, las plataformas y la conciencia social. Eso implica conflicto.
Aquí convergen todos los textos.
Rambletamble advierte sobre los límites estructurales del poder presidencial.
Roberts recuerda que la economía brasileña continúa subordinada a las dinámicas de acumulación del capital.
Viento Sur muestra la fortaleza territorial, parlamentaria, religiosa y cultural del bolsonarismo.
Caciabue señala la emergencia de una territorialidad digital capaz de intervenir sobre la subjetividad.
Fisher permite comprender por qué una sociedad objetivamente atravesada por desigualdades puede no desarrollar conciencia colectiva sobre ellas.
Todo conduce a una misma conclusión:
ganar el gobierno no equivale a conquistar el poder.
Una elección decide quién ocupa la Presidencia. No decide automáticamente quién controla la inversión.
No decide quién controla el crédito. No decide quién controla la tierra.
No decide quién controla las plataformas. No decide quién controla los medios.
No decide quién controla el Congreso. No decide quién produce el sentido común.
Eso es lo que está verdaderamente en disputa en Brasil.
Con menos de 2,2 millones de votos de diferencia y de cara a la segunda vuelta, hay un dato de la elección brasileña que deberíamos mirar con mucha atención: 33,4 MILLONES de personas no fueron a votar.
El 21% del padrón. Un universo casi 15 veces mayor que la diferencia entre Lula y Flávio Bolsonaro.
Allí conviven abstenciones diferentes. Hay un voto adulto y, sobre todo, mayor de 70 años que no fue a votar. Son uno de cada diez de quienes integran el padrón electoral y apenas la mitad de ellos participó de la elección.
Pero hay otro fenómeno mucho más inquietante. El de un voto joven, mayoritariamente masculino y popular, habitante de los grandes centros urbanos gobernados por la derecha, que habita simultáneamente la EXCLUSIÓN y la DIGITALIDAD y al que la política ya no logra interpelar porque no encuentra en ella respuestas concretas a sus problemas.
Entre los llamados “DESVINCULADOS” tienen un peso enorme los jóvenes de 18 a 34 años. Los estudios hablan de soledad, problemas de salud mental, agotamiento, dependencia digital y debilitamiento de los vínculos comunitarios.
No es simplemente “apatía”. Menos organización social es menos comunidad. Menos comunidad es menos politización. Menos politización es menos participación.
Y ahí aparece un problema enorme para nuestro campo. Las fuerzas populares construyeron históricamente su potencia organizando la comunidad: los sindicatos, los movimientos sociales, las organizaciones territoriales, estudiantiles y políticas.
Los NEOFASCISMOS, en cambio, no necesitan reconstruir esas mediaciones. Pueden operar directamente sobre un individuo aislado, agotado y frustrado, pero permanentemente conectado, a través de algoritmos que no son neutrales, plataformas, influencers y ecosistemas digitales.
No es casualidad. El neofascismo aparece como la expresión política orgánica de los dueños del dinero y el algoritmo, la ARISTOCRACIA FINANCIERA Y TECNOLÓGICA.
Las redes sociales no son simplemente ámbitos de la “comunicación”. En esta nueva fase capitalista, la DIGITALIDAD es una tecnología de organización social y el mundo virtual constituye una territorialidad extendida o, incluso, un nuevo territorio en donde se produce el poder.
La batalla política de nuestro tiempo se libra allí. Donde la política abandona la sociedad, el algoritmo se encarga de no dejar ningún espacio vacío.
Por eso, la pregunta para el campo popular no debería reducirse a cómo ganar votos. La pregunta es cómo volver a ORGANIZAR LA COMUNIDAD, politizar el malestar, radicalizar el discurso, explicar las causas de los problemas y demostrarle a millones que la política puede transformar concretamente sus vidas.
— Matías Caciabue (@MatiasCac) October 5, 2026
El balotaje será otra elección.
Flávio parte de una ventaja territorial significativa y de una derecha que demostró una capacidad de movilización superior a la que anticipaban muchas encuestas. Lula conserva el enorme activo de su liderazgo histórico, su fortaleza en el Nordeste y una base popular que todavía reconoce en el Estado un instrumento de protección y movilidad social.
Pero cualquiera sea el resultado, una cuestión permanecerá.
Brasil tiene una sociedad profundamente dividida y un electorado parcialmente calcificado.
El bolsonarismo convirtió el resentimiento en identidad. La izquierda deberá convertir nuevamente el malestar en conciencia.
La derecha ofrece una explicación individual del fracaso: cada uno debe salvarse por sí mismo. Las fuerzas populares necesitan construir otra explicación: los problemas individuales forman parte de relaciones sociales que pueden ser transformadas colectivamente.
Entre esas dos interpretaciones se juega mucho más que una elección presidencial. Se juega la posibilidad de reconstruir una mayoría popular.
Y también la posibilidad de que esa mayoría, si finalmente gana, no vuelva a confundir el gobierno con el poder.
Lula aún puede ganar el 25 de octubre. Pero la verdadera batalla por Brasil comenzará al día siguiente, tal como señalara Cristina Kirchner, aún ganando los gobiernos popular bdemocráticos reciben un 25% del poder real y lo advirtió hace más de una década, ese porcentaje hoy debiera se revisado y a la baja.
[1] Roberts, Michael, Lula ante otros cuatro años: entre la esperanza y los límites del poder, Rambletamble.
[2] Raúl Noetzold , La gobernanza seguirá siendo rehén de negociaciones agotadoras, Rambletamble.
[3] Raúl Noetzold, Brasil: anatomía de las elecciones presidenciales, Viento Sur.
[4] Michael Roberts, Brazil: Four More Years, The Next Recession.
[5] Matías Caciabue, análisis del 5 de octubre de 2026 sobre la segunda vuelta brasileña, territorialidad digital, hegemonía de plataformas, subjetividad, soberanía y crítica al desplazamiento automático hacia el centro.
[6] Mark Fisher, “Bueno para nada”, en Los fantasmas de mi vida. El concepto de “voluntarismo mágico”, la responsabilización individual y la “depresión colectiva” se utilizan aquí para analizar la relación entre posición de clase, subjetividad y conciencia política.
[7] Tribunal Superior Electoral de Brasil: resultados definitivos del primer turno.
[8] Folha de S.Paulo: resultados de São Paulo y distribución municipal del voto.
[9] Sumaúma/Folha: resultados electorales de la Amazonia Legal.
[10] Nexo: mapa electoral nacional y resultados por estado y municipio.