Categoría Imperialismo

La batalla cultural no puede separarse de la estructura económica (en rigor, si puede … pero no debe)

El artículo de Katu Arkonada y Matías Caciabue, publicado en NODAL el 30 de octubre de 2026, plantea una tesis que merece atención: las nuevas derechas comprendieron antes que buena parte de las izquierdas que la disputa política ya no se limita a conquistar votos; exige construir hegemonía cultural, organización social, control tecnológico y capacidad de intervención sobre el Estado. El trabajo mantiene una tensión interesante: reivindica la construcción de hegemonía gramsciana y la organización leninista, pero corre el riesgo de convertir la experiencia brasileña en una fórmula demasiado general.

La pregunta que deja abierta es cómo construir una fuerza política capaz de combinar liderazgo, organización popular, formación de cuadros, disputa cultural y transformación de las relaciones de producción.

Y aquí aparece una cuestión particularmente importante para el peronismo: ¿puede recuperar su condición de movimiento nacional de organización de los trabajadores y construcción de poder, o quedará reducido a una coalición electoral que administra las consecuencias del neoliberalismo?

No se trata de copiar al PT ni de importar el modelo brasileño. Se trata de recuperar la capacidad de construir una mayoría social organizada, con programa, conducción y horizonte de transformación.

La enseñanza más profunda del artículo no es que la derecha haya aprendido a utilizar a Gramsci y Lenin. Es que la política emancipadora necesita volver a pensar el poder como una construcción social integral, y no solamente como la conquista periódica del gobierno.

Alba: Banda en fuga

La fuga de Flávio Bolsonaro hacia Miami expone una trama internacional que conecta al gobierno de Milei, el entorno de Trump y un exintegrante del Mossad. La investigación de CNN Brasil revela algo más que una operación de escape: los vínculos entre gobiernos, servicios de inteligencia y operadores políticos de una ultraderecha que predica soberanía, pero construye redes internacionales para proteger a los propios.

Lula y los límites de la política reducida a las redes sociales

"Los que tienen vocación de profetas dicen que @LulaOficial ganó gracias a las redes. Seguramente les gustaría ser @AndreJanonesMG.
Pero no es cierto. Las redes (y todo a lo que obligan) ya son condición necesaria, pero no suficiente para ganar unas elecciones. En los 10 millones extra de la segunda vuelta está la fuerza de Lula, las victorias en los debates, la reforma laboral, la prohibición de los casinos, la defensa de la soberanía, la educación y sanidad públicas... y millones de jóvenes que salieron a la calle a defender su democracia de los mafiosos Bolsonaro. La política no se reduce a las redes y la política de izquierdas aún menos." Juan Carlos Monedero

En la apertura video de Juan Carlos Monedero analiza el tema específico del desplazamiento hacia las redes de los efectos de la práctica política y Amado Boudou señala los fundamentos y efectos política y socialmente disruptivos del sostenimiento de los objetivos irrenunciables del Perón Vuelve y Cristina Libre.

“Argentina Oil & Gas Expo 2026″: Empapadas en ginebra

En Honky Tonk Women, los Rolling Stones le ponen ritmo a un mundo de excesos, dinero y placeres. En la Argentina de Milei, la fiesta también existe, pero tiene invitados exclusivos: las grandes petroleras, las mineras y los grupos financieros que se benefician del RIGI, la deuda y la explotación de los recursos naturales. Para las mayorías populares, en cambio, la música es otra: salarios que no alcanzan, jubilaciones deterioradas y familias endeudadas para sobrevivir. Mientras unos disfrutan la fiesta de la renta extractiva, otros pagan la cuenta. El rock puede ser universal; los beneficios del modelo colonial, evidentemente, no.

Italia: Pietre, petardi, bastoni

El 17 y 18 de octubre Italia se vio sacudida por una oleada de protestas en ciudades como Milán, Turín, Bolonia, Génova, Roma y Florencia, en una combinación de manifestaciones de las y los jovenes (como en Milan, donde la convocatoria partía de la red Movimiento 17 de octubre) hasta el bloqueo del aeropuerto de Génova protagonizados por trabajadores siderúrgicos o los bloqueos de puertos y autopistas por parte de transportistas y agricultores en Nápoles.

Una movilización a la que el Gobierno Meloni respondió con el endurecimiento de su política represiva. Publicamos a continuación el Editorial de la revista Manifesto y un articulo de Diroberto Rotunno publicado por Fatto Quotidiano

Finalmente, no es casualidad que la señal de alarma sea dada por estos jóvenes que la italianísmoa Giorgia Meloni había identificado desde el principio como una amenaza. Lo son, para su gobierno neoliberal y globalista, lo son.

Venezuela: el negocio privado detrás de la presión imperial de Trump

El eje de la investigación de Bruno Sgarzini es una contradicción central del orden político estadounidense: mientras Washington invoca la lucha contra la corrupción para disciplinar a gobiernos y dirigentes extranjeros, su propio sistema de lobby permite que empresarios contraten a operadores vinculados con funcionarios de alto nivel para obtener ventajas comerciales.

El artículo sostiene que, alrededor de Marco Rubio y de la política estadounidense hacia Venezuela, se habría configurado una trama de intermediación política, concesiones económicas y acceso privilegiado a recursos estratégicos. El caso involucra a empresas energéticas y mineras, firmas de lobby vinculadas a exfuncionarios y operaciones sobre petróleo, oro y aluminio.

La lectura de clase es decisiva: la presión geopolítica no aparece solamente como una disputa por la orientación política de Venezuela, sino también como un mecanismo para reorganizar la propiedad y el control de sus recursos naturales en favor del capital privado.

Según Sgarzini, Mercuria Energy y Heeney Capital pagaron 330.000 dólares a Continental Strategy, una firma de lobby fundada por Carlos Trujillo, exembajador estadounidense ante la OEA. Posteriormente, las empresas obtuvieron oportunidades comerciales vinculadas con materias primas venezolanas, aluminio y concesiones mineras. La secuencia plantea interrogantes sobre conflictos de intereses y acceso privilegiado, aunque la existencia de esos pagos y contratos no demuestra por sí sola la comisión de un delito de soborno.

La cuestión de fondo excede las conductas individuales: cuando la diplomacia, las sanciones económicas y las licencias comerciales se articulan con los intereses de corporaciones privadas, la política exterior puede funcionar como instrumento de acumulación de capital.

Venezuela aparece así como un territorio donde la presión de una potencia y las necesidades de inversión de un Estado en crisis pueden abrir oportunidades extraordinarias para determinados grupos empresarios. El resultado potencial es una transferencia de activos y rentas estratégicas hacia capitales privados, mientras la sociedad venezolana soporta los costos de la crisis y pierde capacidad de decisión sobre sus recursos.

La pregunta decisiva es quién se beneficia de la política de Washington y quién paga sus consecuencias. Detrás del discurso de la democracia, la seguridad y la lucha contra la corrupción, hay que examinar quién controla el petróleo, los minerales y las empresas estratégicas. Esa es la dimensión material del conflicto: no solo quién gobierna Venezuela, sino quién se apropia de la riqueza que produce.

Convertir relaciones de fuerza en obligaciones jurídicas*

La dominación no siempre llega con los marines. También se impone mediante la deuda, los tribunales y las reglas internacionales que convierten las desigualdades de poder en obligaciones aparentemente neutrales. Argentina es un ejemplo de esa disputa por la soberanía.

El imperialismo contemporáneo no necesita abolir el derecho para ejercer su dominación: puede utilizarlo para convertir relaciones de fuerza en obligaciones jurídicas. Esa es la tesis que desarrolla Luís Eduardo Fernandes en Monthly Review, en su artículo sobre el imperialismo jurídico y la dependencia.

Desde una perspectiva marxista, el autor cuestiona la idea liberal de que el derecho internacional constituye necesariamente un límite al poder de las grandes potencias. Las normas pueden proteger derechos, pero también institucionalizar las desigualdades del sistema mundial, atravesado por la herencia colonial, la dependencia económica y el poder del capital monopólico.

La pregunta fundamental no es solamente si una decisión cumple las reglas, sino quién las establece, qué intereses protegen y quién dispone de la fuerza para imponerlas.

La experiencia argentina permite observar esta contradicción. La deuda externa no es una simple obligación contable: constituye una relación de poder capaz de condicionar el presupuesto, la política económica y las decisiones estratégicas. Los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional expresan esa asimetría, mientras el gobierno de Javier Milei convierte el ajuste fiscal, la desregulación y la apertura económica en pilares de su programa.

Estas políticas no distribuyen sus costos de manera uniforme. Mientras trabajadores, jubilados y sectores populares soportan las consecuencias del ajuste, los acreedores y determinados grupos económicos pueden beneficiarse de la reorganización de la economía. Lo que se presenta como una necesidad técnica contiene, por lo tanto, una decisión política y una relación de clase.

La disputa también alcanza a los recursos estratégicos. El litio, los hidrocarburos y los minerales pueden impulsar el desarrollo nacional, pero la inversión extranjera no lo garantiza por sí misma. Importan el control de los recursos, el valor agregado que permanece en el país, la participación del Estado y la distribución de los beneficios. La seguridad jurídica es legítima, pero no debería convertirse en un blindaje de los privilegios del capital frente a las necesidades de la sociedad.

El problema excede la relación con el FMI: comprende un modelo de inserción internacional que puede reducir la capacidad democrática de decidir qué producir, cómo distribuir la riqueza y qué lugar ocupar en la economía mundial.

Esto no significa que todo el derecho internacional sea una ficción ni que los compromisos externos deban ignorarse. Significa que la legalidad, por sí sola, no elimina las relaciones de dominación. La soberanía requiere instrumentos económicos y políticos para negociar en condiciones menos desiguales y someter las decisiones fundamentales al control democrático.

El imperialismo también se escribe en los códigos, los contratos y las condiciones del crédito. Su eficacia reside en presentar como reglas universales decisiones que reproducen un orden mundial desigual.

La cuestión decisiva es, entonces, quién controla la riqueza social, quién se beneficia del orden vigente y quién paga sus costos. Porque la soberanía popular pierde contenido cuando las mayorías pueden votar, pero el destino de su futuro queda condicionado por poderes económicos que no están sometidos a su control democrático.

Ahora Nicaragua

En Nicaragua ya los grandes medios intentan convertir a un delincuente que funge de opositor en héroe democrático

El artículo de The Grayzone, publicado el 14 de octubre de 2026 por John Perry y Becca Renk Foster, cuestiona la cobertura de los grandes medios estadounidenses sobre Jeffrey Isaac Jarquin, un nicaragüense deportado desde Estados Unidos que fue encarcelado al llegar a Managua.

La tesis central es que la prensa hegemónica lo presentó como víctima de persecución política sin examinar suficientemente sus antecedentes penales ni su participación en los violentos sucesos de 2018, o sea, lo habitual en estos casos.

La democracia secuestrada: cuando los poderes deciden por y contra el pueblo

La democracia no siempre se destruye mediante golpes de Estado: también se vacía cuando las corporaciones controlan la circulación de información, las potencias extranjeras condicionan elecciones y los tribunales excluyen dirigentes de la competencia política. De Meta a las presiones de Trump en Honduras, de las controversias electorales en Colombia y Bolivia a la intervención en Venezuela y la proscripción de Cristina Kirchner, seis casos revelan una amenaza común: la voluntad popular subordinada a poderes económicos, judiciales y geopolíticos que nadie eligió. Detrás de estas intervenciones hay intereses materiales concretos y disputas por el control del Estado, los recursos y el rumbo de las sociedades. Defender la democracia exige que ningún poder esté por encima de la soberanía popular. Por eso, Cristina Libre no es solo una consigna política: es una defensa del derecho del pueblo a elegir sin proscripciones.

La injerencia que Occidente no quiere ver: Israel, Washington y el poder de los multimillonarios

La crítica de Cook permite formular una pregunta decisiva: ¿qué valor tiene la soberanía popular si los ciudadanos pueden votar, pero las alternativas electorales están condicionadas por el dinero, las campañas mediáticas, las presiones de gobiernos extranjeros y la capacidad de las plataformas digitales para ordenar la circulación de ideas?
Esto no significa que todas las denuncias de injerencia sean equivalentes ni que deban aceptarse sin pruebas. Las acusaciones específicas de Cook requieren contrastación independiente. Su argumento estructural, sin embargo, plantea un problema legítimo: la defensa de la democracia pierde credibilidad cuando la vigilancia de la injerencia extranjera depende de quién sea el país que interviene y de los intereses que esa intervención protege.
En ese sentido, el artículo de Jonathan Cook es una crítica tanto de la política exterior británica como de los límites de una democracia subordinada a intereses económicos y estratégicos que los votantes no controlan plenamente.

El imperialismo jurídico: cuando la ley se convierte en un instrumento de dominación

La contribución más interesante del texto es que permite pensar el derecho como parte de la estructura de dominación capitalista, sin reducirlo a una mera ficción ni suponer que todas las normas sean idénticas o carezcan de efectos protectores.
Desde esta perspectiva, conviene formular tres preguntas:
- ¿Quién define las reglas? Qué Estados, grupos económicos e instituciones disponen de capacidad efectiva para establecerlas.
- ¿Quién obtiene los beneficios materiales? Qué sectores controlan recursos, inversiones, propiedad intelectual, crédito y circuitos comerciales.
- ¿Quién paga los costos? Qué sociedades y clases soportan el ajuste, la pérdida de soberanía económica o las consecuencias de las sanciones y las intervenciones.
Para América Latina, este enfoque permite examinar críticamente la relación entre endeudamiento externo, tribunales internacionales, protección de las inversiones y condicionamientos sobre las políticas económicas nacionales. No significa que todos esos instrumentos respondan a una misma lógica ni que sus efectos sean siempre iguales, sino que deben analizarse en su contexto histórico y de clase.
La conclusión política
El imperialismo no es únicamente una potencia que interviene desde afuera: es también una relación social que puede consolidarse mediante instituciones, normas y alianzas entre fracciones del capital internacional y clases dominantes locales.
Por eso, la defensa de la soberanía no puede agotarse en la reivindicación abstracta del Estado nacional. Exige identificar qué intereses de clase representa la política económica, quién controla los recursos estratégicos y qué capacidad tienen las mayorías populares para decidir sobre la riqueza que producen.
El problema de fondo no es solamente si se respeta la ley, sino qué relaciones sociales consagra esa ley y qué fuerzas políticas pueden transformarlas.

Columbus Day

El Día de Colón es una festividad nacional en muchos países de América y otros lugares, y una festividad federal en Estados Unidos. Oficialmente celebra el aniversario de la llegada de Cristóbal Colón a América. Desembarcó en Guanahaní, una isla de las Bahamas, el 12 de octubre de 1492. Construyó La Navidad en la costa noroeste de la isla de La Española (cerca de la actual Caracol, departamento del Nordeste, Haití) a finales de diciembre de 1492, el primer fuerte europeo en América. Tras la destrucción del fuerte por parte del pueblo indígena taíno, Colón estableció La Isabela en la costa centro-norte de la isla (actual República Dominicana) a finales de diciembre de 1493, el primer asentamiento europeo estable en América. 🙇🙇‍♂️🙇‍♀️

Venezuela: Siguen apareciendo las actas

Mientras en Venezuela el vector es la reconexión financiera; en Argentina, el régimen que organiza la captura de renta de recursos, el RIGI. Son piezas del mismo capitalismo estratégico, no el mismo negocio.

En Venezuela, Erebor Bank —startup con charter bancario estadounidense, cofundada por Palmer Luckey y Joe Lonsdale y respaldada por el Founders Fund de Peter Thiel— se ofreció desde mayo de 2026 a restablecer corresponsalía y subcuentas en dólares para bancos y empresas locales, en un mercado que la banca global sigue evitando por sanciones. En octubre se reportó un acuerdo de corresponsalía con el Banco de Venezuela. El interés declarado no es sólo bancario: el mismo ecosistema (Thiel, Palantir, Anduril) articula finanzas, defensa, datos y minerales críticos. La palanca es el acceso al sistema de pagos estadounidense.

En Argentina la palanca es otra. El RIGI funciona como contrato de largo plazo entre el Estado y el capital de gran escala: estabilidad fiscal y cambiaria, beneficios impositivos y libre disponibilidad gradual de divisas a cambio de un piso de inversión. A mediados de septiembre de 2026 el gobierno contabilizaba 23 proyectos aprobados por unos US$49.800 millones, con el cobre en torno a US$13.300 millones y el litio cerca de US$5.800 millones, más los desarrollos de Vaca Muerta (Los Toldos II Este, Rincón de Aranda, el oleoducto Vaca Muerta Sur, y más tarde Bajo del Choique–La Invernada de Pluspetrol, anunciado en US$12.400 millones a 25 años).

Vicuña encaja en esa cifra. Es la sociedad de BHP y Lundin Mining sobre Josemaría y Filo del Sol, en San Juan, con extensión a Chile. En febrero de 2026 la evaluación económica preliminar estimó US$18.000 millones a lo largo de varios años —el canciller Quirno habló de los primeros diez—, con unos US$7.000 millones hasta el primer concentrado de cobre, previsto para 2030. En julio el Ministerio de Economía aprobó su ingreso al RIGI como proyecto de exportación estratégica de largo plazo, con un compromiso de US$9.700 millones hasta 2031, parte de ese potencial mayor. La producción media proyectada para los primeros 25 años es de unas 395.000 toneladas de cobre, 711.000 onzas de oro y 22,2 millones de onzas de plata al año.

La pregunta de fondo el RIGI la responde de un modo preciso. El Estado no desaparece: diseña el marco, aprueba el ingreso y retiene regalías e impuestos residuales. Lo que cede es la capacidad de revisar, durante décadas, la alícuota, las retenciones y el acceso a divisas. La renta del recurso queda así repartida entre un operador extranjero que controla la tecnología, el financiamiento y la colocación, una provincia que cobra regalías, y un Estado nacional que cambia ingreso fiscal futuro y margen de política por inversión presente y exportaciones. No es concesión petrolera clásica ni nacionalización: es un régimen de estabilidad a medida del capital que puede movilizar decenas de miles de millones.

La analogía con Erebor sirve si se la lee así. No hace falta que Thiel tenga un banco en Buenos Aires. El patrón es la integración de eslabones que antes estaban separados: quien financia, quien extrae el mineral o el hidrocarburo, quien provee la infraestructura y, en el caso venezolano, quien reabre la puerta al dólar. En Argentina ese paquete lo arman BHP, Lundin, Rio Tinto, Glencore y las operadoras de Vaca Muerta, bajo un marco que el Estado escribió para atraerlos y que, una vez firmado, le quita margen para rediscutir quién se queda con la renta. Han aparecido las actas, la casa está en orden.

Anwar Shaikh: comprender el capitalismo para transformar la realidad

La muerte de Anwar Shaikh deja una ausencia significativa en la economía política marxista. Su obra tuvo una virtud poco frecuente: estudiar el capitalismo realmente existente —su competencia, sus crisis, sus desequilibrios y sus relaciones de clase— sin reducirlo a modelos abstractos ni a recetas de política económica.

Su legado resulta particularmente actual para pensar la Argentina de Milei. Shaikh mostró que “liberar el mercado” no elimina las contradicciones del capitalismo: las reorganiza. En una economía periférica, esa reorganización puede trasladar los costos hacia el trabajo, debilitar las capacidades estatales y profundizar la subordinación frente al capital internacional.

Su aporte permite dialogar con Marx, Poulantzas y Althusser desde una premisa fundamental: la política no actúa por fuera de las estructuras de clase. El Estado puede intervenir sobre la economía, pero no puede abolir por decreto las relaciones sociales que sostienen la acumulación capitalista.

Recordar a Shaikh es, entonces, mucho más que recordar a un economista marxista. Es reivindicar una forma de pensar que se negó a confundir el funcionamiento del mercado con la naturaleza de la sociedad y que buscó explicar, detrás de las cifras, quién acumula, quién decide y quién paga los costos de las crisis.

Su obra queda como herramienta para comprender un capitalismo que sigue siendo, como él enseñó, competencia, conflicto y crisis.

Africa y su lucha contra la retórica de la gratitud

Lumumba es el nombre más difundido que permite comprender el núcleo de esta historia. Cuando el Congo obtuvo su independencia de Bélgica en 1960, Patrice Lumumba no planteó simplemente sustituir una bandera colonial por una bandera nacional. Su proyecto implicaba que la independencia política debía convertirse en soberanía económica y en control de las riquezas congoleñas por su propio pueblo.

El Congo poseía —y posee— una extraordinaria riqueza mineral. Allí se encontraban recursos estratégicos fundamentales para el desarrollo industrial y militar de las grandes potencias. La independencia, por lo tanto, amenazaba intereses económicos que excedían ampliamente las fronteras congoleñas.

Lumumba expresó esa contradicción de manera descarnada. La independencia jurídica podía ser reconocida, pero si las riquezas, las empresas, las finanzas y las decisiones estratégicas continuaban bajo control extranjero, la descolonización quedaba incompleta.

Su enfrentamiento con las estructuras coloniales y con los intereses occidentales terminó convirtiéndolo en un obstáculo para quienes pretendían conservar el Congo dentro de una relación de dependencia. En 1961 fue asesinado, en un contexto en el que participaron actores congoleños y belgas y en el que existió también implicación estadounidense. Décadas después, investigaciones y documentos desclasificados permitieron establecer con mayor precisión la dimensión de esa intervención.

Lumumba fue eliminado, pero la pregunta que representaba sobrevivió: ¿de qué sirve la independencia si un pueblo no puede decidir sobre sus propios recursos y su propio destino?

Esa pregunta conecta 1961 con el África de 2026. Cambiaron los actores, las formas de intervención y los lenguajes de la dominación, pero permanece una disputa fundamental por el control de los recursos, los territorios y las decisiones estratégicas del continente.

Por eso Lumumba no debe aparecer solamente como una figura trágica de la Guerra Fría. Es una figura política de la emancipación anticolonial. Su asesinato expresa el límite que las potencias imperiales estaban dispuestas a aceptar para la independencia africana: banderas propias, gobiernos nacionales y soberanía formal, pero no necesariamente el control efectivo de las riquezas y de las decisiones económicas.

La historia posterior de África demuestra que esa contradicción nunca quedó resuelta. En esa perspectiva, el objeto de este estudio no es repasar el conjunto de relaciones entre Estados Unidos y cada uno de los países africanos, consiste en analizar las constantes de la política estadounidense en el continente a través de ciertos episodios muy reveladores: la lucha contra los líderes panafricanistas de la década de 1960, el apoyo prestado a aliados estratégicos como Mobutu o al régimen sudafricano del apartheid, la aparición del Mando África de los EEUU(AFRICOM) a partir de 2001 y más recientemente la reorientación de la política estadounidense ante el auge de China.