De la destrucción a la agonía: La larga marcha del kirchnerismo

Las peripecias del kirchnerismo tienen su marca en el origen, allá por el año 2003 cuando a Kirchner aún le llamaban Kissinger ( José Pampuro dixit). La sucesión de supuestos finales de la experiencia kirchnerista son ya innumerables, pero tuvieron su punto de máximo despliegue a partir del año 2008 y la llamada "crisis de la 125" , paradojalmente convertida en el momento identitario más potente del peronismo kirchnerista. Así las cosas, mientras desde el espacio conceptual y político la derecha se propicia "la destrucción del kirchnerismo" (con más empeño práctico que teórico hay que decirlo), cuyo punto más alto fue el intento de asesinato de Cristina Fernández , desde el campo conceptual de la izquierda se analiza "la agonía del kirchnerismo" o "cuarto peronismo", según la taxonomía de Horowicz, como se puede leer en esta breve columna.

Argentina: debates sobre “El kirchnerismo desarmado. La larga agonía del cuarto peronismo”.

Alejandro Horowicz

Fabian Kovacic

Rolando Astarita

«Milei es el botón de una bomba que la sociedad quiere hacer estallar»Alejandro Horowicz / Fabián KovacicEn setiembre pasado Horowicz publicó El kirchnerismo desarmado. La larga agonía del cuarto peronismo (Ariel, Buenos Aires). Ya en clima preelectoral, se permitió agregar el último capítulo a la saga que iniciara en 1985, cuando publicó su ya clásico ensayo Los cuatro peronismos (Edhasa, Buenos Aires), donde analiza la historia política argentina desde fines del siglo XIX para entender la irrupción del peronismo en la escena política, social y económica argentina a mediados del siglo XX. Entrevista a Alejandro Horowicz para Brecha Fabían Kovacic.

—¿Cómo llegamos a esta instancia electoral, impensada hace diez años?

Es correcto ubicar una década como puente entre estas etapas. No hay que olvidar que sin la victoria del menemismo todo esto hubiera sido imposible. Hay un ciclo económico y político que se cierra en 1976. Hasta ese momento, los trabajadores se llevaban entre el 42 y el 48 por ciento de la torta que había para repartir en la economía argentina. El 42 por ciento cuando las cosas no andaban bien por gobiernos más ajustadores o dictaduras militares y un 48 por ciento cuando había gobiernos populares. La devaluación de la moneda implementada por el ministro de Economía peronista Celestino Rodrigo en 1975 fue implementada por decisión de las clases dominantes argentinas. No fue obra ni del Departamento de Estado ni del FMI. Entre la dictadura burguesa y genocida de 1976 y 1991, el país vivió un período de inflación permanente. La llegada de Carlos Menem al gobierno y la decisión de su ministro de Economía Domingo Cavallo de imponer una convertibilidad, el uno a uno del peso con el dólar, frenaron la inflación e hicieron creer que éramos un país del primer mundo.

En realidad, Cavallo se olvidó de que usó una herramienta que ya había dado resultado en 1890, llamada Caja de Conversión y creada por Carlos Pellegrini para frenar la crisis de esos años. Pero era una herramienta para frenar una sangría y no un programa económico. Esa herramienta se agotó en el año 2000, y un año más tarde tuvimos la crisis que terminó en estallido gracias a la marginalización social creciente. El bloque dominante logró así reducir ese reparto de la torta de un 48 por ciento a menos de la mitad: hoy es del 23 por ciento. Aparecen en 2002, como nunca antes, los subsidios para paliar la crisis social. Todos los gobiernos que vinieron desde entonces llevaron a la práctica el programa del bloque dominante: endeudarse y fugar las divisas. El kirchnerismo, con viento de cola en el comercio exterior con las commodities, pudo saldar deuda con los organismos internacionales, acumular dólares en el Banco Central y fugar divisas, todo al mismo tiempo. Ese es el programa del bloque dominante.

—¿No hubo diferencias entre los gobiernos?

Desde el punto de vista económico, todos apoyaron la libre flotación cambiaria para las divisas, pese a cualquier discurso en contrario. Recién en 2014 Cristina Fernández tuvo que implementar el cepo para frenar la hemorragia de dólares y pese a todo Macri también tuvo que repetirlo al final de su gobierno porque el drenaje era monumental. Lo que hizo el gobierno de Alberto Fernández fue continuar con esa lógica mientras nos decía que estaban luchando por la liberación nacional.

—Y ahora aparece Javier Milei como último exponente de la irracionalidad

Milei expresa lo que la sociedad piensa de su dirigencia política: que es una mierda. Milei es el botón imaginario de una bomba que muchos en la sociedad quisieran hacer estallar, sin más consecuencias que el desahogo ante tanta corrupción impune, tantas décadas de impotencia frente a un modelo expoliador que deja una sociedad cada vez más empobrecida.

—¿Frente a esa irracionalidad, dónde queda la racionalidad de la izquierda, hoy en Argentina electoralmente reducida al trotskismo?

La izquierda sufrió un golpe histórico en 1990 cuando el socialismo fue derrotado en la Unión Soviética. Pero la izquierda jamás procesó esa derrota. En Argentina la actual izquierda no habla en serio, habla en serie. Hay un discurso que enuncia y proclama. Pero en realidad a esta izquierda argentina le alcanza con esos enunciados para llegar a seis diputados. Con suerte, la siguiente elección se juega una banca; si la gana, mantiene el número y si la pierde, retrocede a cinco. Y esas son las cuentas que saca elección tras elección.

El programa del bloque dominante se va a seguir ejecutando porque tanto Javier Milei como Patricia Bullrich y Sergio Massa son parte de ese juego político y económico. Lo mismo puede decirse de Juan Schiaretti, el gobernador de Córdoba: es parte de ese modelo económico y político de las clases dominantes. Su provincia, con todas las bondades que se encargó de mencionar en los dos debates presidenciales, es un territorio sojero donde el capital multinacional está instalado y sostiene el modelo de negocios. Esta elección no discute el programa del bloque dominante, lo confirma.

—¿Del kirchnerismo no se puede esperar nada más?

El kirchnerismo es el cuarto peronismo. El primer peronismo terminó en el golpe de 1955. El segundo con la dictadura genocida de 1976. El tercero con el menemismo. El kirchnerismo ya está en estado de descomposición agónica. Lo que queda del peronismo es una corriente residual que está instalada en la provincia de Buenos Aires bajo el gobierno de Axel Kicillof, que por cierto no tiene hoy la reelección asegurada. Miremos lo que pasó con el caso de Martín Insaurralde [exintendente de Lomas de Zamora y hasta el mes pasado jefe de Gabinete de la provincia de Buenos Aires, imputado esta semana por lavado de activos y evasión tras una serie de escándalos mediáticos en los que se reveló que posee una millonaria fortuna acumulada durante su función pública] para darnos cuenta de lo que son capaces los intendentes de la provincia de Buenos Aires cuando las cosas no son como pretenden. Lo mismo puede decirse de la Liga de Gobernadores [los mandatarios provinciales peronistas de las provincias del norte]. Todos ellos responden a sus propios intereses y se alían con quien pueda garantizarles esos intereses que emanan del poder de sus cargos. Cuando Milei habla de que existe una casta, tiene razón. El tema es que cuando la pelea es por los cargos, aquellos que no tienen lugar en una lista electoral van a parar a otra. En este caso, la plataforma de Milei es un rejunte de todos aquellos que no tuvieron lugar en aquellas otras listas electorales y por lo tanto también es parte de esa casta.

En cuanto al kirchnerismo, un movimiento que no puede proponer y sostener un candidato propio no existe. Incluso en 2019, cuando las expectativas, después del macrismo, eran considerablemente esperanzadoras, fueron los propios protagonistas, Cristina y Alberto Fernández, quienes decidieron descerrajarse un tiro en el pie. Primero con el vacunatorio VIP en plena pandemia de covid-19 y después con la fiesta de cumpleaños celebrada en plena cuarentena en la residencia presidencial de Olivos, violando el pacto moral que Alberto había propuesto a la sociedad. Cuando en 2021 el entonces ministro de Economía, Martín Guzmán, logra un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional [FMI] para resolver en parte la deuda dejada por Macri, fue la propia Cristina la que aguó un acuerdo, que por supuesto era de ajuste, pero con una razonabilidad algo mejor que la de los acuerdos actuales. Estamos frente a una clase dirigente que hace décadas que no piensa más que en el corto plazo y los parches.

—¿Eso explica el agotamiento social y el surgimiento de Javier Milei?

Milei es el nombre propio del hartazgo social frente a una democracia que desde 1983 viene generando desazón. Gana las elecciones primarias con 8 millones de votos. Cuatro años antes, en la misma instancia electoral, Alberto Fernández había cosechado 10 millones de votos. Ahí está visible buena parte del cansancio social. Que ninguno de los tres últimos presidentes esté en carrera en este turno electoral habla de ese cansancio y de una descomposición social frente al fenómeno de la política. Y es esa descomposición la que potencia la distancia entre los representados y sus representantes. Las recetas económicas reproducen esa crisis potenciada cuando permiten que el excedente productivo termine en el sistema financiero internacional y por lo tanto alimentan el crecimiento de la pobreza endémica en un país en crisis. En 2015 la pobreza era del 30 por ciento, en 2019 rozaba el 35 y ahora supera el 40 por ciento. Y los 10.000 millones de dólares rechazados al FMI por decisión de Martín Guzmán y Alberto Fernández, en 2019, son los requeridos ahora al mismo organismo por Sergio Massa y Alberto Fernández para mitigar la corrida del dólar, en ascenso hace varios meses.

—¿Qué se puede esperar de Milei en este sentido?

La situación actual indica que será el próximo presidente. Representa lo mismo, como venimos diciendo, solo que se trata de una persona sumamente elemental. Cuando Milei dice que va a dinamitar el Banco Central, le habla a esa sociedad harta, pero quienes van a hacerse cargo de las finanzas en su gobierno aclaran que el Banco Central en realidad tendrá otro rol. Cuando Milei sostiene que no va a comerciar con países comunistas, como China, quienes se harán cargo de las relaciones exteriores y el comercio internacional aclaran que en realidad quiso decir otra cosa. De modo que ese discurso brutal termina adaptándose al modelo del bloque dominante a medida que se acerca al poder.

—¿Cómo se inserta en la corriente de Milei su candidata a vice Victoria Villarruel, abogada de represores, y todo su discurso negacionista de los crímenes de la dictadura?

Cuando vos tenés a los organismos de derechos humanos cooptados por el establishment, con la excepción de Madres Línea Fundadora, que es una mosca blanca, una excepción, terminás abriendo paso a esto que enarbola Milei con Villarruel. Si pretendés reivindicar a los desaparecidos, asesinados y torturados de 1976, mientras en las barriadas siguen matando pibes por el gatillo fácil y desapareciéndolos porque no tenés una política de seguridad, una política contra el narcotráfico, te van a seguir pasando estas cosas.

¿El 19 de noviembre, día del balotaje, será el día de la muerte del peronismo?

No lo sé. Hoy el peronismo va camino de convertirse en una caricatura de sí mismo, como ya le pasó a la Unión Cívica Radical [UCR, hoy dentro de la coalición opositora Juntos por el Cambio]. ¿Qué tiene que ver esta UCR con Hipólito Yrigoyen [presidente entre 1916 y 1930], o con Arturo Frondizi [presidente derrocado en 1962], o con el mismo Raúl Alfonsín [1983-1989]?

—¿Qué le queda entonces al peronismo?Juan Perón el 13 de octubre de 1945, desde su prisión en la isla Martín García, le escribió una carta a Evita en la que le decía que se iban a casar e iba a retirarse a escribir un libro para mostrar quién tenía razón en esa coyuntura histórica. Cuatro días después estaba encabezando un movimiento de trabajadores y empezando una historia que nunca se había imaginado. Las masas populares reclamaban a Perón. El peronismo fue una invención desde abajo. En medio de esos reclamos desde abajo, aparecen los hombres que encabezan los movimientos porque interpretan esos reclamos y encauzan las respuestas. Esto no lo estamos inventando nosotros: un señor llamado Carlos Marx lo planteó hace mucho tiempo. El pensamiento tiene una estrecha relación con la forma de actuar.https://brecha.com.uy/, 13 de octubre 2023

Sobre la crisis y el «desarme» del kirchnerismo

Rolando Astarita

Una explicación de la crisis del kirchnerismo: los grupos económicos y la oligarquía impusieron su programa económico, un Plan Austral perpetuo, desde 1976 a la fecha. Ese programa contempla estallidos sistemáticos, recurrentes crisis cambiarias e híper devaluaciones. Ante esta situación, y con la excusa de “hoy no se puede”, el cristinismo abandona toda voluntad de pelea y llama a la unidad nacional con los que imponen ese programa desde hace medio siglo. Es la interpretación de Alejandro Horowicz en “Las recetas de siempre pero con otro packaging” en La Nación 30/09/2023.

Un abordaje parecido es el de Fernando Rosso en “Sobre derrotas y desarmes”, editorial de Izquierda Diario, y escrito a propósito del libro de Horowicz El kirchnerismo desarmado. La larga agonía del cuarto peronismo. Rosso coincide con Horowicz en que a partir de 1976 se impuso un plan económico y político de saqueo, endeudamiento externo, fuga de capitales, y nuevos y mayores endeudamientos. Con la precisión de que detrás de ese plan siempre estuvo el FMI. En este contexto, continúa el razonamiento, la democracia se sostiene a condición de no apartarse del programa “perpetuo”. Y concluye: “Traducido a la política en general y al kirchnerismo en particular, [Horowicz] está diciendo algo muy profundo y crudo: [el kirchnerismo] no está solamente derrotado, sino que está desarmado en su voluntad de pelea. (…) Personalmente creo que el diagnóstico es bastante certero”.

Programas y políticas económicas, no fueron todas iguales

Discrepo con lo que dicen Horowicz y Rosso. En primer lugar porque no es cierto que la clase capitalista (“el bloque de poder”) tenga como programa, o desee, los estallidos cambiarios y/o bancarios, y una elevada inflación. Es que las crisis cambiarias y las híper devaluaciones van de la mano de desvalorizaciones masivas de capital. ¿Cómo se puede pensar que son deseadas o programadas, por los grupos económicos o los gobiernos capitalistas? No tiene sentido. Tampoco tiene sentido decir que el capital es partidario de mantener, durante décadas, elevadas tasas de inflación, o de que haya  híper inflaciones recurrentes.

Pero en segundo lugar, tampoco es verdad que las políticas y programas económicos de los últimos 50 años hayan sido iguales (planes “Australes”); o que tuvieran siempre la aprobación del gran capital o el FMI. Menos todavía se puede afirmar que las instrumentaciones de esos planes gozaron siempre de apoyo generalizado de las clases dominantes, o del FMI. Por ejemplo, el plan de Convertibilidad en principio no fue apoyado por el FMI. Más en general, el Fondo no recomienda regímenes de convertibilidad (o dolarizaciones) para bajar la inflación. Es necesario criticar al FMI y sus políticas, pero esto no puede hacerse desconociendo los hechos.

La especificidad del kirchnerismo

El problema de fondo con el planteo de Horowicz y Rosso es que se trata de una generalidad abstracta, esto es, carente de contenido. Como también es una generalidad abstracta decir que la causa de la larga crisis argentina es que todos los gobiernos aplicaron el programa del FMI (intervención de Myriam Bregman en el debate presidencial, 1/10/2023). Con explicaciones de este tipo no se explica nada. Si se dejan de lado las diferencias específicas, las contradicciones particulares, la crítica es externa a la materia tratada (de ahí el subjetivismo, las invocaciones a la voluntad de resistir, y semejantes) y solo convence a los convencidos.

En otros términos, la crítica al kirchnerismo debe ser interna. O sea, además de la crítica a su carácter de clase, hay que demostrar por qué y cómo el “K-modelo productivo e inclusivo” terminó en crisis. Después de todo, entre 2003 y 2012 Argentina no estuvo bajo la órbita del FMI; hubo años de alto crecimiento y mejora de los salarios; creció la participación del Estado en la economía y se amplió el mercado interno. Sin embargo, a partir de 2012 la economía se estancó. ¿Qué ocurrió? ¿El estancamiento se debió a que el gobierno “nacional y popular” aplicaba el enésimo plan Austral, dictado por el FMI y “los factores de poder”? La pregunta es retórica, pero llama a dejar de lado esa noche conceptual en la que “todos los gatos son pardos”.

Yendo al grano, lo hemos planteado en entradas anteriores, y lo reiteramos ahora: el kirchnerismo asumió que es posible sostener la demanda en base a gasto fiscal, financiado principalmente con emisión monetaria. O, en una formulación apenas distinta, que basta con promover la demanda para que aumente la inversión, se estabilicen los precios y se mantenga el balance del sector externo. Pero esto es lo que no ocurrió. Y no ocurrió por la sencilla razón de que así no funciona el modo de producción capitalista. De hecho, incluso en los años de mayor crecimiento económico la inversión nunca superó el 20% del producto bruto interno. Y hacia el 2012 el “modelo” entró en un impasse. La mejor manera de verlo es a través de los balances de la cuenta corriente (la balanza de pagos ha sido históricamente un punto neurálgico para el estallido de las crisis en Argentina).

Lo detallamos: en los siete años que van de 2003 a 2009 el superávit acumulado en cuenta corriente fue de US$ 41.849 millones. Pero en los seis años siguientes, entre 2010 y 2015, hubo un déficit acumulado de US$49.071 millones. Sin entrada de capitales que lo compensara –por el contrario, había fuga de capitales- entre diciembre de 2010 y diciembre de 2015 el Banco Central perdió reservas por US$ 26.760 millones. Subrayamos: estas evoluciones ocurrieron sin intervención del FMI. Tampoco se puede decir que semejante déficit figurara en los programas o reclamos de las cámaras empresarias de Argentina.

De manera que hacia el final del segundo gobierno de CFK la situación del sector externo era crecientemente insostenible. De ahí lo ocurrido bajo el gobierno de Cambiemos: entre 2016 y 2018 el acumulado en cuenta corriente fue negativo en otros US$ 73.400 millones. El gobierno buscó financiarlo con la entrada de capitales especulativos Pero al agravarse el déficit la economía estalló: en los primeros meses de 2018 los fondos especulativos comenzaron a salir precipitadamente, asumiendo en muchos casos importantes pérdidas. De ahí la mega devaluación, la mayor inflación, la caída de los salarios y jubilaciones, y las renovadas fugas de capitales. Pero esta no fue una situación buscada a propósito por el gran capital (otra suerte de «plan Austral»), sino el estallido de contradicciones tan incontenibles como objetivas.

Otro ejemplo de crítica “interna”

En este breve apartado presento otro ejemplo de la importancia de diferenciar teorías y programas, y de la necesidad de la crítica interna. Se refiere a la llamada Teoría Monetaria Moderna, una suerte de enfoque cartalista – keynesiano que dice que el financiamiento monetario de los déficits no deprecia la moneda ni genera presiones inflacionarias. Basándose en ella economistas kirchneristas justificaron en su momento la emisión monetaria para cubrir déficits fiscales. Evidentemente, no se puede atribuir tal posición al FMI o a la ortodoxia monetarista. Esa sería una crítica no solo externa, sino también desatinada. Por lo cual es necesario adentrarse en los razonamientos de la TMM y las evidencias empíricas o históricas que alega en su defensa,  y a partir de allí desarrollar la crítica.

La necesaria crítica del keynesianismo bastardo

Los análisis deben interiorizarse de los rasgos específicos que, enmarcados en la teoría “general” (por caso, la teoría de la plusvalía; de la acumulación capitalista) permiten entender cómo se particularizan los universales. O sea, se trata de llegar a la totalidad concreta, plena de determinaciones. Una cuestión relevante en la crítica del “keynesianismo bastardo”.

Es que el fracaso de los experimentos progre-estatistas-populistas suele tener consecuencias graves y duraderas, ya que desmoralizan y desorientan a la militancia y a las masas trabajadoras, y allanan el camino a las políticas de la derecha. Al respecto, en una nota anterior escribíamos “autores poskeynesianos dicen, con razón, que este tipo de populismo económico “comúnmente ha sido legitimado por un cierto tipo de ‘keynesianismo’ que da énfasis exclusivo a la demanda efectiva… y recomienda el uso indiscriminado de política fiscal y déficit fiscal como medios de estabilización cíclica”. Se lo conoce como keynesianismo bastardo porque, de hecho, ni siquiera Keynes abogó por tales políticas. Mucho menos se puede decir que las mismas tengan algo que ver con lo que propone el marxismo (de Marx)”.

En definitiva, lo que se interpreta como “desarme” y “falta de voluntad para resistir” por parte del kirchnerismo no es más que la manifestación de las limitaciones y contradicciones del estatismo nacionalista burgués, o pequeñoburgués. De hecho, su programa ya no podía responder al cuadro económico que enfrentaba el gobierno K a fines de 2015. No pudo dar respuesta entonces, menos lo puede ahora. Pero para comprender estos procesos hay que salir de las explicaciones reduccionistas, o simplistas (todo es culpa del FMI; durante medio siglo se aplicó el mismo Plan Austral, etcétera). Esas generalizaciones vacías llevan a un callejón sin salida, y debilitan el discurso crítico.

https://rolandoastarita.blog/2023/10/02/sobre-la-crisis-y-el-desarme-del…

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Sociólogo e historiador político argentino.
Corresponsal de semanario uruguayo Brecha en la Argentina.
Profesor de economía de la Universidad de Buenos Aires.

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