Como hemos sostenido en estas columnas desde hace casi una década, la “Tercera Vía” está agotada. La búsqueda del centro político se convierte en una trampa que erosiona la identidad y, con ello, la representación electoral. Las últimas elecciones en Extremadura, España, anticipan el rumbo que probablemente siga el actual gobierno del PSOE. La alternativa viable es consolidar un polo propio, sostener la unidad en torno a un programa popular-democrático y apartarse de la agenda del FMI y del sector financiero. La lección es clara: las mayorías no se construyen renunciando a los valores propios, sino atrayendo al centro desde una identidad firme y coherente con la historia de la fuerza; cuando esto no ocurre, esas experiencias suelen ser la antesala del desembarco de la ultraderecha en el Gobierno.
La convocatoria electoral en Extremadura nunca respondió a una parálisis institucional que justificase tal movimiento, sino que fue el resultado de una fría estrategia de laboratorio diseñada en los despachos de la calle Génova. Al igual que ocurre cíclicamente con los territorios periféricos, Extremadura fue reducida una vez más a la categoría de peón táctico en el tablero estatal, sacrificada en el altar de los intereses madrileños.
Aunque la aritmética le otorgue al PP de María Guardiola un escaño más, su victoria es pírrica y su posición política cualitativamente más precaria: haber perdido cerca de 10.000 votos la deja como rehén absoluta de una ultraderecha que no ha hecho más que engordar, alimentada por la irresponsabilidad del Partido Popular y la estrategia de polarización vacía diseñada desde Moncloa.
Es precisamente en esa grieta estratégica donde ha germinado el fortalecimiento de Vox. Su subida es alarmante, doblando resultados a pesar de presentar a un candidato sin arraigo y desconocido; pero no nos engañemos: la ultraderecha sigue sin ser nada sin el PP, que mantiene su hegemonía como partido de referencia en el bloque conservador. Lo que los datos arrojan es una realidad incontestable: la derecha suma ya el 60% de los votos, alineándose con la tendencia de las generales de 2023 y consolidando un cambio sociológico profundo y reaccionario que amenaza con cronificarse.
En la bancada socialista, la debacle no es un accidente, es sistémica. Miguel Ángel Gallardo ha roto el partido por la mitad: perder casi uno de cada dos votos es un fracaso de tal magnitud que, para cualquiera con un mínimo de ética y dignidad política, implicaría la dimisión inmediata. Sin embargo, su naufragio estaba escrito, lastrado por la sombra de la corrupción, el caso del hermano de Pedro Sánchez y, sobre todo, por una desconexión total con la militancia de base.
En medio de este panorama desolador, el resultado de Unidas por Extremadura emerge con una ambivalencia que debemos analizar sin paños calientes ni triunfalismos. Es cierto que la formación sobrevive e incluso crece gracias a un trabajo asambleario coherente y al liderazgo nada desdeñable de Irene de Miguel, una excepción notable en un momento donde la marca se diluye en el resto del Estado. Sin embargo, esta es una alegría amarga, porque en la práctica la formación sigue siendo numéricamente insuficiente para alterar el rumbo de las políticas públicas frente al rodillo reaccionario. La frialdad de los números es implacable: de los más de 100.000 votos que se le han escurrido al PSOE por el desagüe de la historia, Unidas por Extremadura apenas ha logrado recoger 18.000, menos del 20%. Es obvio que la correa de transmisión con las clases populares está obstruida; la izquierda institucional no está capitalizando la rabia de la ciudadanía.
Es muy importante reflexionar sobre la incapacidad estructural de la izquierda para penetrar en la “Extremadura vaciada”. Mientras se retienen apoyos en los núcleos urbanos, existe una dificultad manifiesta para encontrar espacio precisamente donde más falta hace, dejando el campo libre a la demagogia de la ultraderecha en el mundo rural. En este contexto de orfandad territorial, cabe hacer un apunte sobre Nuevo Extremeñismo, partido soberanista que acudía a las elecciones por primera vez. Si bien sus resultados son cuantitativamente ínfimos, sus cinco mil votos les confieren cierta legitimidad cualitativa como interlocutores en el espacio del “extremeñismo2 político. Lejos de cualquier idealización, su presencia señala que existe un latido —aún demasiado débil y desorganizado— que busca una salida propia; ignorarlos en la futura recomposición del campo popular sería un error.
La altísima abstención, que ha castigado con saña a la izquierda, es el síntoma final de una enfermedad grave: la desafección de las mayorías sociales hacia unas herramientas políticas que ya no sienten como suyas.
El escenario resultante nos exige trascender la miopía del institucionalismo. Frente al avance de la reacción, la respuesta no puede limitarse a la gestión de lo existente o a la resignación. Es imperativo articular políticas implantadas por abajo, en conexión permanente con el conflicto y las clases populares. Necesitamos profundizar en las herramientas organizativas radicalmente pluralistas, para que se erijan como instrumento útil para los movimientos sociales con vocación de ruptura. Se trata, en definitiva, de transformar las resistencias dispersas en una ofensiva hegemónica, cimentando una alternativa ecosocialista, feminista e internacionalista.
Francis Reina es militante de Anticapitalistas en Extremadura
https://poderpopular.info/2025/12/22/la-derecha-gana-en-extremadura-y-el-psoe-se-derrumba/