El concepto de «privatización del estrés» propuesto por Fisher se refiere a la idea de que el estrés y la presión laboral se han convertido en problemas individuales en lugar de ser considerados como problemas estructurales o sistémicos en el mundo del trabajo.
En este sentido, la «privatización» implica que el estrés y la presión se perciben como responsabilidad exclusiva de los trabajadores, en lugar de ser reconocidos como resultado de condiciones laborales y organizacionales. Esto implica que los trabajadores son responsabilizados por su propia salud mental y bienestar, en lugar de que las empresas y los empleadores asuman su parte de responsabilidad.
La privatización del estrés tiene un sentido político importante, ya que desvía la atención de las condiciones laborales y estructurales que generan estrés y presión en el trabajo. Al hacer que el estrés sea un problema individual, se evita que se cuestionen y se aborden las políticas y prácticas laborales que contribuyen a la salud mental precaria de los trabajadores.
Esta privatización también puede ser utilizada como una estrategia para mantener el status quo y perpetuar la desigualdad en el mundo del trabajo. Al responsabilizar a los trabajadores por su propio estrés, se evita que se cuestionen las desigualdades de poder y las condiciones laborales injustas.
La privatización del estrés tiene varios efectos en el mundo del trabajo. En primer lugar, puede aumentar la carga emocional y psicológica de los trabajadores, ya que se espera que gestionen su propio estrés sin el apoyo adecuado de la organización. Esto puede llevar a problemas de salud mental, agotamiento y disminución del bienestar general de los trabajadores.
Además, la privatización del estrés puede perpetuar la cultura del trabajo intensivo y la sobreexplotación laboral. Al hacer que el estrés sea un problema individual, se normaliza y se justifica la exigencia de altos niveles de productividad y la falta de límites en el trabajo.
En una dimensión de observación distinta pero concurrente Gilbert Keith Chesterton desarrolla su ensayo sobre La Falacia del éxito que está en la base filosófica y hasta narrativa de la responsabilización individual de los efectos estructurales de la que habla Fisher cuya condensación más contemporánea es la filosofía positiva y la categoría de «emprendedor», tan carta al neoliberalismo tardío.
Leamos a Chesterton entonces:
Ha aparecido en nuestra época una peculiar clase de libros y artículos que sincera y solemnemente pienso pueden ser llamados los más tontos entre los hombres. Son mucho más salvajes que los romances de caballería más salvajes y mucho más aburridos que el tratado religioso más aburrido. Es más, los romances de caballería al menos eran sobre caballerosidad y los tratados religiosos sobre religión.
Pero estas cosas son sobre nada, son sobre eso que es llamado Éxito. En cada estante y en cada revista puedes encontrar escritos que le dicen a la gente cómo tener éxito. Son libros que le muestran a la gente cómo tener éxito en todo; están escritos por hombres que no pueden ni tener éxito escribiendo libros.
Claro que, para empezar, no hay tal cosa como el éxito. O, si lo quieres poner así, no hay nada que no tenga éxito. Que algo tiene éxito sólo quiere decir que algo es: un millonario es exitoso siendo un millonario y un burro es exitoso siendo un burro. Cualquier hombre vivo ha tenido éxito viviendo, cualquier hombre muerto puede haber tenido éxito cometiendo suicidio. Pero, pasando de la mala lógica y la mala filosofía de la frase, podemos tomarla, como lo hacen estos escritores, en el sentido ordinario de éxito en obtener dinero o posición social.
Estos escritores aseguran decirle al hombre ordinario cómo puede tener éxito en su oficio o especulación: cómo, si es un constructor, puede tener éxito como constructor; cómo, si es corredor de bolsa, puede tener éxito como corredor de bolsa. Aseguran mostrarle cómo, si tiene una tienda de abarrotes, se puede volver dueño de un yate deportivo; cómo, si es un periodista de quinta, se puede volver uno de primera; y cómo, si es un judío alemán, se puede volver anglosajón. Es una propuesta concreta y de negocios y realmente pienso que la gente que compra estos libros –si es que hay gente que los compra- tiene el derecho moral, si no legal, de pedir que le devuelvan su dinero. Nadie se atrevería a publicar un libro sobre electricidad que literalmente no dijera nada sobre electricidad, así como nadie publicaría un artículo de botánica que muestre que el autor no sabe qué parte de la planta crece bajo tierra. Sin embargo nuestro mundo moderno está lleno de libros sobre éxito y sobre gente exitosa que literalmente no contiene ninguna clase de idea y escasamente alguna clase de sentido.
Puedes querer un libro sobre saltar, puedes querer un libro sobre whist; puedes querer un libro sobre hacer trampa en el whist. Pero no puedes querer un libro sobre el éxito. Especialmente no puedes querer un libro sobre éxito como los cientos que puedes encontrar en el mercado. Puedes querer saltar o jugar cartas pero no quieres leer declaraciones vagas en el sentido de que saltar es saltar o que los juegos son ganados por ganadores. Si estos escritores, por ejemplo, dijeran cualquier cosa sobre tener éxito al saltar sería algo como esto: “El saltador debe tener un objetivo delante. Debe definitivamente desear saltar más alto que los otros hombres en la misma competencia. No debe dejar que débiles sentimientos de piedad lo prevengan de ‘hacerlo lo mejor que pueda’. Debe recordar que una competición de salto es claramente competitiva y que, como Darwin ha gloriosamente comprobado, LOS MÁS DÉBILES PIERDEN”. Eso es lo que el libro diría y sería muy útil, sin duda, si se leyera con voz grave y tensa a un joven a punto de hacer el salto de altura.
O supongamos que en el curso de sus divagaciones intelectuales el filósofo del éxito tocara nuestro otro ejemplo, jugar cartas, entonces su consejo vigorizante sería: “Al jugar cartas es muy necesario evitar el error, comúnmente hecho por humanistas sensibles, de permitirle a tu oponente que gane la partida. Hay que ‘ir a ganar’. Los días de idealismo y superstición han acabado. Vivimos en una época de ciencia y sentido común, ahora ha sido definitivamente probado que –en un juego donde dos juegan- SI UNO NO GANA, EL OTRO LO HARÁ’. Es muy emocionante, claro, pero confieso que si yo estuviera jugando a las cartas, preferiría tener algún decente librito que me dijera las reglas del juego.
Más allá de las reglas del juego, todo es cuestión de talento o deshonestidad, y yo me comprometeré a proporcionar lo uno o lo otro; cuál de los dos, no me toca a mí decirlo.
Ojeando una revista popular encontré un ejemplo raro y divertido. Hay un artículo titulado ‘El instinto que hace rica a la gente’. Está ilustrado con un formidable retrato de Lord Rothschild. Hay muchos métodos definitivos, honestos y deshonestos, que hacen rica a la gente, pero el único ‘instinto’ que conozco es el instinto que el cristianismo teológico describe como el ‘pecado de avaricia’. Esto, sin embargo, queda fuera del tema que tratamos.
Quisiera citar los siguientes exquisitos párrafos como una pieza del típico consejo para tener éxito. Es tan práctica que deja muy poca duda de cuál debe ser nuestro siguiente paso:
“El nombre de Vanderbilt es sinónimo con la riqueza ganada por la empresa moderna. ‘Cornelius’, el fundador de la familia, fue el primero de los grandes magnates americanos del comercio. Empezó como el hijo de un pobre granjero, terminó veinte veces millonario.
“Tenía el instinto para hacer dinero. Aprovechaba sus oportunidades, las oportunidades que le fueron dadas por la aplicación de la máquina de vapor en el tráfico marítimo y por el nacimiento de la máquina de ferrocarril en los adinerados pero poco desarrollados Estados Unidos de América y consecuentemente amasó una fortuna inmensa.
“Es obvio, claro, que no todos podemos seguir los pasos de este gran monarca del ferrocarril. Las oportunidades precisas que le tocaron a él no nos tocan a nosotros. Las circunstancias han cambiado. Pero, aunque sea así, de todas formas, en nuestra propia esfera y nuestras propias circunstancias, ‘podemos’ seguir sus métodos generales; podemos aprovechar nuestras oportunidades y darnos una buena oportunidad de conseguir riquezas”.
En tales expresiones extrañas vemos claramente lo que está al fondo de todos estos artículos y libros. No son meros negocios, ni siquiera mero cinismo. Es misticismo, el horrible misticismo del dinero. El escritor de este pasaje realmente no tenía la más remota idea de cómo ganó Vanderbilt su dinero, ni de cómo nadie más gana el suyo.
Ciertamente, concluye sus comentarios proponiendo algún plan pero no tiene nada que ver con Vanderbilt. Simplemente deseaba postrarse ante el misterio de un millonario, pues cuando en verdad adoramos cualquier cosa, amamos no sólo su claridad sino su obscuridad. Nos deleitamos en su misma invisibilidad. Así, por ejemplo, cuando un hombre está enamorado de una mujer siente un gusto especial por el hecho de que una mujer es irracional. Así, nuevamente, el poeta piadoso, al celebrar a su creador, siente un gusto especial en decir que Dios trabaja de manera misteriosa.
Ahora bien, el escritor del pasaje que acabo de citar no parece tener nada que ver con un dios y –juzgando su extrema impracticabilidad- no creo que alguna vez haya estado realmente enamorado de una mujer. Pero a lo que sí adora –a Vanderbilt- lo trata exactamente de esta forma mística. Realmente se deleita en el hecho de que su deidad Vanderbilt mantiene algo secreto. Y esto llena su alma de un tipo de éxtasis de astucia, un éxtasis de superchería, de manera que pretende decirle a la multitud aquel terrible secreto que él mismo no conoce.
“En otros tiempos su existencia era bien entendida. Los griegos lo englobaron en la historia de Midas, del ‘Toque de Oro’. He aquí un hombre que transformaba en oro todo lo que tocaban sus manos. Su vida un progreso entre riquezas. Hacía un metal precioso de todo lo que se interponía en su camino. ‘Una leyenda tonta’, dicen los sabihondos de la época victoriana. ‘Una verdad’, decimos los de hoy. Todos conocemos personas así. Siempre estamos encontrando o leyendo de personas que vuelven oro todo lo que tocan. El éxito sigue sus mismos pasos. El camino de su vida lleva infaliblemente hacia arriba. No pueden fallar”.
Sin embargo, desafortunadamente, Midas podía fallar y lo hizo. Su camino no lo llevo infaliblemente hacia arriba. Se murió de hambre porque siempre que tocaba pan o un sándwich de jamón lo convertía en oro. Esta es toda la cuestión de la historia, aunque el autor lo disimula delicadamente, escribiendo un retrato tan próximo de Lord Rothschild.
Los viejos cuentos de la humanidad son, ciertamente, indescriptiblemente sabios, mas no los debemos expurgar en el interés del señor Vanderbilt. No debemos poner al Rey Midas como un ejemplo de éxito, fue un fracaso de un tipo inusualmente doloroso. Además, tenía orejas de burro y, además –como la mayoría de personas prominentes y acaudaladas- se esforzaba en ocultarlo. Era su peluquero –si recuerdo bien- quien tenía que tratar de manera confidencial esta peculiaridad. Y su peluquero –en lugar de comportarse como un emprendedor de la escuela del éxito-a-toda-costa y tratar de chantajear al Rey Midas- fue y le susurró esta espléndida pieza de escándalo social a los pusilánimes, quienes lo disfrutaron enormemente. Se dice que ellos también lo susurraron a donde lo llevara el viento.
Miro reverentemente al retrato de Lord Rotchschild, leo reverentemente sobre las hazañas del señor Vanderbilt. Sé que no puedo volver todo lo que toco en oro pero también sé que nunca lo he intentado, teniendo una preferencia por otras sustancias, como la hierba y el buen vino. Sé que estas personas ciertamente han tenido éxito en algo, que efectivamente han superado a alguien; sé que son reyes en una manera en que ningún hombre antes de ellos ha sido rey, que crean mercados y cruzan continentes. Sin embargo siempre me parece que hay algún hecho doméstico que esconden y a veces me parece escuchar en el viento las risas y los susurros de los pusilánimes.
Por lo menos esperemos vivir para ver estos libros absurdos sobre el éxito tratados con la burla y descuido que se merecen. No le enseñan a la gente a ser exitosa, le enseñan a ser pedante. Difunden un tipo de poesía maligna sobre lo frívolo, lo mundano. Los puritanos siempre denuncian libros que incitan a la lujuria, ¿qué diremos de libros que incitan a las más viles pasiones de la avaricia y el orgullo?
Hace cien años teníamos el ideal del ‘Aprendiz Trabajador’: se le decía a los niños que mediante ahorro y trabajo serían Alcaldes. Esto era erróneo, pero era varonil y tenía un mínimo de verdad moral.
En nuestra sociedad, la templanza no ayudará a un hombre pobre a enriquecerse pero puede ayudarle a respetarse. Un buen trabajo no lo hará rico, pero lo puede hacer un buen trabajador. El Aprendiz Trabajador ascendió a través de unas pocas virtudes, por lo demás estrechas… pero virtudes. ¿Pero qué diremos del evangelio predicado al ‘Nuevo Aprendiz Trabajador’, el aprendiz que no asciende por sus virtudes, sino abiertamente por sus vicios?
@markoentodo ✨ «La depresión también sonríe» ✨ En un mundo donde a veces escondemos nuestras batallas detrás de una sonrisa, Marko y Felipe Saruma nos regalan una poderosa reflexión con su reciente video: «La depresión también sonríe». Este mensaje nos recuerda la importancia de mirar más allá de las apariencias, de estar presentes y de cuidar a los que amamos. Porque un abrazo, una llamada o simplemente preguntar «¿cómo estás?» puede cambiarlo todo. La salud mental importa. Tomémonos un momento para conectar de verdad con los nuestros. A veces, la sonrisa más brillante oculta el dolor más profundo. ¿Ya viste el video? Cuéntanos qué te dejó en el corazón. ✨ #CuidemosLosNuestros #SaludMental #LaDepresiónTambiénSonríe #Marko #felipesaruma ♬ sonido original – Markoentodo
El gobierno de Milei ha decretado que la gente con discapacidad sea clasificada como «idiota», «imbécil» y «débil mental».
Se ha publicado en el Boletín Oficial de la República de Argentina y viola acuerdos internacionales contra la discriminación.
Es una barbaridad. pic.twitter.com/2XzM9Iq18X
— Julen Bollain (@JulenBollain) February 27, 2025