Estamos en el comienzo de una crisis constitucional. En una serie de órdenes ejecutivas, el gobierno de Trump ha lanzado una campaña de terror y represión contra la clase obrera y el pueblo oprimido, y una guerra comercial contra los vecinos más cercanos de EE UU. Y ello en plena purga del personal de los organismos públicos federales con miras a hacerse con el control absoluto del poder ejecutivo.
“¡No viviremos sin libertad, y conquistaremos esa libertad, una libertad sin dominación de clase, libertad hasta la completa eliminación de toda explotación y toda dominación de unos sobre otros!”
Partido Socialdemócrata de Alemania, Manifiesto de Praga (1934)
El Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), una agencia seminautónoma dirigida por Elon Musk, ha asumido el control administrativo del Departamento del Tesoro, incluido su sistema de pagos y los datos personales de millones de personas. Con la detención de Mahmoud Khalil, el gobierno de Trump ha atacado el derecho a la libertad de expresión, y la iniciativa de utilizar la bahía de Guantánamo para encarcelar a inmigrantes presagia detenciones masivas sin el debido proceso ni mecanismos de rendición de cuentas. Se han incoado demandas judiciales contra la mayoría de órdenes de Trump y la legitimidad del DOGE, pero la aplicación de las sentencias dependerá de los jefes de la policía federal, que están sometidos a la autoridad del ejecutivo. Sectores de la clase capitalista actúan más allá de la mera apariencia del Estado de derecho, abriendo cada vez más vías hacia un golpe de Estado.
Con algunas notables excepciones, el Partido Demócrata no ha sido capaz de responder al gobierno de Trump, vagando desorientado mientras avanza el golpismo. Esto es fruto del curso seguido por el partido de Biden y Harris, en cuyo seno hay tensión sobre cómo responder. Senadores como Chuck Schumer promueven el colaboracionismo, mientras Alexandria Ocasio-Cortez presiona para resistir y el recién elegido presidente del Comité Nacional Demócrata propone un posicionamiento próximo al populismo económico.
La izquierda también ha guardado silencio en gran medida. A diferencia de 2017, las protestas masivas son mínimas. Democratic Socialists of America (DSA) sufre las consecuencias de una pobreza de análisis que nos deja sin un mensaje claro en respuesta a acontecimientos que se producen con mayor rapidez que la que la mayoría podemos seguir. ¿Qué significa ser un o una socialista democrática en un régimen constitucional inmerso en una guerra civil burocrática? ¿Qué sectores de la clase dominante ocupan el poder y qué políticas provienen de qué sectores del capital? ¿Qué papel puede desempeñar la clase trabajadora en un momento político tan diferente del que conocemos?
Para dilucidar las tareas que debemos emprender hemos de comprender el fenómeno del trumpismo como vástago del capitalismo y una forma de política reaccionaria adaptada a nuestro orden político específico. La base de masas del fascismo estadounidense se ha formado en clubes náuticos y concesionarios de coches, alimentada por la difusión de la ideología misógina, el pánico ante la erosión de la familia binaria y heterosexual y el hecho de que el supremacismo blanco ha dejado de ser mayoritario. La pequeña burguesía ‒particularmente los hombres blancos‒ se siente exprimida entre décadas de austeridad estatal, la monopolización del capital y la extensión del igualitarismo cultural y jurídico. En respuesta a esta presión, comenzó a radicalizarse, buscando métodos cada vez más extremos para volver a la edad de oro de la clase media estadounidense, optando por la acción directa contra quienes percibe como enemigos y formando la base social de una política de extrema derecha que sofoca la libertad política y la organización de la clase obrera.
La clase dominante, forzada a unirse al movimiento so pena de perder su base social, se divide en facciones, dando lugar a lo que el marxista alemán August Thalheimer denominó autonomización del ejecutivo, en la que los fascistas en el poder se quitan la careta de la democracia legislativa y comienzan a gobernar por decreto, una práctica que ya tiene arraigo en el poder ejecutivo. En sus manos, el Estado deja de ser un instrumento para mediar entre sectores de la clase capitalista para convertirse en una herramienta contundente para imponer las medidas del ejecutivo.
El fascismo estadounidense se halla todavía en trance de hacerse y rehacerse, encontrando su base social a la vez en las ruinas de los antiguos cinturones industriales y las mansiones de los utópicos de la tecnología; en la proliferación de los centros de capacitación de los departamentos de policía y las milicias de la campiña de Oregón; e incluso entre mujeres conservadoras e inmigrantes naturalizados. La capacidad del fascismo para medrar con contradicciones de clase ha desconcertado desde siempre a la izquierda: promete cosas a la élite y a la gente pobre, se constituye al mismo tiempo en centro de conspiración y movimiento de masas, ahoga la lucha de clases en el orgullo nacional. Mientras que la clase media blanca se incorpora a sus filas, el fascismo no se contenta con esto: experimenta con otros sectores de la sociedad que puede ganar para su movimiento y a su vez desarrolla sus propias rivalidades y divisiones.
Aunque existen paralelismos con el nazismo y el fascismo italiano, ambos movimientos históricos se formaron en un periodo de crisis más profunda que la que ha podido sufrir EE UU en todo el siglo XXI. En vez de una caída libre generalizada que activa todos los sectores de la sociedad, actualmente presenciamos una crisis de la clase dominante de EE UU, con distintos sectores de la misma enfrentados entre sí en pleno declive de su hegemonía y con un sector tecnológico que se radicaliza y se considera la vanguardia de un sistema nuevo. A resultas de ello, el trumpismo parece carecer de la clásica capacidad de organizar y movilizar a las masas, con grupos como los Proud Boys pululando por ahí durante su primer mandato. De momento manifiesta en su lugar una forma de consumismo pasivo y opera mediante el control burocrático del Estado securitario y no mediante una política de masas.
Esta es una respuesta lógica al fracaso del golpe del 6 de enero [de 2021]. La ocupación física de un edificio oficial por parte de una turba no se tradujo en poder político, pero la instauración del fascismo a base de purgas y órdenes ejecutivas, sí. Este recurso a las maquinaciones internas del Estado ha dado lugar al momento surrealista actual, en que el público es tanto una audiencia cautiva como un sostén, y la rama ejecutiva y los tribunales son los únicos actores políticos reales.
Sin embargo, ya se han formado facciones en el seno del gobierno. Trump apuesta por el populismo económico y el proteccionismo, tensando la tesorería con la inyección de dinero en la gestión de las fronteras y el inicio de una guerra comercial, al tiempo que intenta proteger [el seguro médico público] Medicare y la Seguridad Social. La vieja guardia del Partido Republicano quiere destruir el Estado de bienestar, la única vía real para apaciguar al capital y financiar la expansión de la capacidad represiva del Estado. Musk parece que intenta acaparar el máximo poder de control, bien para instaurar su propia dictadura, bien para afanar todo lo que pueda.
Una ideología dentro del movimiento, objeto de protestas de la prensa progresista, es la articulada por el Mandado de Liderazgo de la Heritage Foundation. Comúnmente denominada Project 2025, presenta un plan detallado para la concentración de poder en la rama ejecutiva y la eliminación por decreto de prácticamente todas las reformas conseguidas a través del sistema, desde la ley contra la discriminación hasta las protecciones medioambientales. Intelectuales progresistas que escriben en periódicos como el New York Times y el Washington Post y que llevan un lustro presentándose como centinelas contra el fascismo, han publicado cientos de artículos advirtiendo de que el gobierno de Trump representa la vía directa al Project 2025 y al final de la libertad política consagrada en el constitución. Durante su campaña, Trump asumió el marco de la Heritage Foundation y al mismo tiempo se burló de sus planes, defendiendo su propia plataforma, apodada Agenda 47, que carece del rigor del Project 2025, pero apunta en la misma dirección.
Aunque personalmente se identifica con ella, las órdenes ejecutivas de Trump y la purga del personal los organismos públicos denotan la influencia del Project 2025, y en su gabinete se sientan arquitectos como Russell Vought. El motivo de que traiga a colación el Project 2025 o la Agenda 47 no es hacer que cunda el pánico porque Trump vaya a conducir el Estado hacia el absolutismo, sino ayudar a comprender las derivaciones que se abren ante nosotras y nosotros, que determinarán el grado de libertad política de que dispondremos para organizarnos en los próximos años.
En respuesta a las medidas de Trump ha surgido un amplio movimiento democrático, liderado por organizaciones como 50501, una red descentralizada construida en torno a la exigencia de “respetar la constitución y acabar con los excesos del ejecutivo”. Esto coloca a DSA en una posición contradictoria: por un lado, el movimiento ha asumido el liderazgo progresista, y abstenerse de particular nos abocará a la irrelevancia; por otro, las demandas de 50501 conllevan básicamente su propia derrota, pues defienden las causas del fascismo para combatir sus síntomas. Es necesario que el movimiento socialista defienda las libertades políticas, pero que plantee también demandas que vayan más allá del orden constitucional actual en dirección a una democracia real. Cuando la gente progresista lucha contra el fascismo, combatimos codo a codo, pero cuando nos abandona para defender el orden capitalista, combatimos por nuestra cuenta.
En contraste con ello, sectores de izquierda, como por ejemplo el Partido Comunista, propugnan un “frente amplio” en defensa del orden constitucional, apoyando la campaña de Kamala Harris. Después de la victoria de Trump, declaró el comienzo de la “Resistencia 2.0” frente a la reacción. Su lógica es sencilla: puesto que el fascismo representa a los sectores más reaccionarios del capital y subvierte el Estado de derecho, una amplia coalición en defensa del sistema puede dividir al capital y arrollar a la derecha.
La limitación del enfoque de 50501 y del Partido Comunista es que el fascismo no tiene su origen únicamente en los sectores reaccionarios del capital, sino en todo el régimen constitucional liberal. La austeridad de la clase dominante abona el terreno para un movimiento autónomo reaccionario, y el Estado policial liberal, apuntalado por el militarismo y el control de fronteras del gobierno de Biden, se convierte en herramienta para la implementación del fascismo. Las políticas de Biden nutrieron el movimiento fascista empujando hacia sus filas a pequeños propietarios e incluso a trabajadores asalariados. Con Trump, la élite del movimiento ha penetrado en la rama ejecutiva. Trump puede abrir paso a un declive más rápido de la libertad política, pero la victoria de Harris no habria derrotado el fascismo ni defendido una democracia que nunca hemos tenido. En otras palabras, mientras que Trump representa una verdadera amenaza fascista, la raíz del problema es el propio sistema.
La estrategia actual de la extrema derecha consiste en abrir una vía constitucional al fascismo, eso que Vought denomina constitucionalismo radical: no la eliminación de la república y el fin de los ideales estadounidenses, sino la conclusión lógica de nuestro sistema de gobierno concebido para excluir a la mayoría de la sociedad mediante la democracia ejercida por y para el hombre blanco con posesiones. Liberalismo e iliberalismo son conceptos cuyos lindes se confunden, ya que el primero crea las condiciones jurídicas y económicas para que el segundo se apodere del sistema. Las órdenes ejecutivas de Trump lo demuestran en la práctica, pues utiliza el poder efectivo del ejecutivo para poner a prueba sus propios límites, retando a los jueces o los militares a que le paren los pies.
Del proyecto político de la extrema derecha emergen dos propósitos que se refuerzan mutuamente, pero no son incontestados: completar el proyecto neoliberal de desandar el camino del reformismo del siglo XX y expandir el Estado securitario para aplastar a la oposición. Los movimientos de masas del siglo XX plantearon un desafío parcial al sistema, generando un espacio legal para la negociación colectiva, conquistando un derecho limitado al aborto, poniendo fin a la segregación racial de iure, etc. El reformismo es una afrenta, si no para el capitalismo en su conjunto, al menos para uno u otro sector de la clase dominante, los pequeños propietarios e incluso sectores de la clase trabajadora que aspiran a sus privilegios particulares. Este sentimiento de afrenta alimenta el movimiento fascista y le proporciona una base electoral, aunque su mandato en la elección de 2024 dependió menos de una reacción envalentonada que de una crisis del coste de la vida, que llevó a una base más amplia de votantes a rechazar el gobierno Demócrata y la empujó a los brazos de Trump.
Los viejos reformadores han muerto, pero en su lugar emerge una nueva izquierda, nacida de la acción política socialista, del sindicalismo obrero y locatario y del movimiento de masas por la libertad reproductiva, el fin del Estado policial y la liberación de Palestina. Pese a la debilidad actual de la organización política obrera, hasta un resurgir limitado enciende a los reaccionarios, al hacerles frente con una amenaza que se considera igualmente real, un desafío al neoliberalismo y al nacionalismo cristiano, un espantajo que desata el pánico moral. Para eliminar a la vieja clase obrera de la memoria, la derecha necesita asfixiar a la nueva clase obrera en su misma infancia.
Sin embargo, desde la toma de posesión de Trump, la clase trabajadora ha estado ausente como protagonista política, y la resistencia a Trump ha adoptado en gran medida la forma de guerra judicial contra las órdenes ejecutivas. Casi un decenio de esfuerzos no han servido para crear un sujeto político capaz de combatir a la derecha.
Dirigentes sindicales progresistas como Shawn Fain, del United Auto Workers (UAW), piensan en acomodarse. Todavía no se han materializado protestas masivas en la mayoría de ciudades. No podemos diluirnos en un frente popular que no existe. En vez de ello, nuestra tarea es llevar a la clase obrera a hacer historia con un programa independiente. Que luche por la democracia real y por un mundo más allá del capitalismo. No hay ninguna otra organización distinta de DSA que cuente con su implantación a escala nacional, sus raíces profundas o su democracia interna para convertirse en el hogar político de la clase obrera. La responsabilidad es nuestra.
A pesar de la amenaza que representan un movimiento fascista y una presidencia de Trump, deberíamos evitar una visión mecánica de la transición a una dictadura abierta. Ya estamos viendo proyectos que compiten entre sí: ¿Continuará siguiendo Trump los planes de la Heritage Foundation o les dará la espalda, como ya hizo con muchos de sus aliados en su mandato anterior? ¿Se plegará a las presiones de los militares o de la burocracia estatal? ¿O acaso será un soldado fiel de la política de derecha más extrema, abriendo al vía a la autonomización del poder ejecutivo? ¿Cómo provocará su política proteccionista del rechazo del capital financiero, hambriento de nuevos mercados, o de la industria transformadora, que depende de una compleja red de importaciones y exportaciones? ¿Desafiará el poder judicial al poder ejecutivo? ¿Alcanzará la deportación de inmigrantes un nivel que suponga una amenaza para los márgenes del capital agrario? ¿Acumulará Musk todo el poder que pueda en beneficio propio o para el conjunto del proyecto reaccionario?
Si el gobierno de Trump no logra la cohesión en torno a un único proyecto político, la respuesta se convertirá en su propio peor enemigo, limitando su capacidad para transformar el Estado, que requiere una expansión masiva del aparato policial y judicial y de la burocracia. Hay analistas que piensan que nuestro rumbo actual no apunta al fascismo, sino a una nueva Gilded Age [edad dorada] en que dos partidos se enzarzarán en una encarnizada lucha violenta en torno a la identidad, mientras las luchas de clases se desarrollarán por vías ajenas al poder estatal. Si la derecha no tiene suficiente fuerza de voluntad, este futuro parece probable, pero debemos tener cuidado de no imaginar limitaciones objetivas de la capacidad, a la cabeza de un movimiento de masas y una vez tomado el control del Estado, para ir más allá del marco constitucional existente.
La estrategia socialista frente a Trump también dependerá del grado y la forma de centralización en el gobierno federal. Si se mantienen las tendencias actuales, los gobiernos de los Estados federados tendrán más peso en su autogobierno, básicamente bifurcando las políticas de oposición entre los Estados semidemocráticos gobernados por el Partido Demócrata ‒con libertad de reunión, sindicación y medidas sociales limitadas‒ y los Estados oligárquicos del Partido Republicano con apenas libertad para oponerse al gobierno mediante elecciones o manifestaciones callejeras. Esto haría que DSA tuviera que adoptar dos formas organizativas muy diferentes: un partido de masas en Nueva York y una organización clandestina de Florida.
Por otro lado, las órdenes ejecutivas de Trump cuestionan el statu quo al utilizar la financiación federal para seguir centralizando el control gubernamental. Anunciado por la sentencia del Tribunal Supremo sobre la inmunidad presidencial, esto significaría que la Casa Blanca pasara a desempeñar un papel todavía más importante en la definición de las políticas regionales, eliminando las posibilidades de los Estados Demócratas como refugios de los sectores necesitados, la libertad sindical y los derechos reproductivos. Cosa importante para la izquierda, incluiría el refuerzo de la autoridad sobre el enjuiciamiento penal allí donde los fiscales se consideren excesivamente indulgentes, facilitando así la represión de la disidencia en cualquier ciudad o Estado.
Sea cual sea el rumbo que tome Trump, y por extensión la táctica que deba emplear la izquierda, nuestra tarea política fundamental sigue siendo la misma: formular un programa socialista propio de la clase trabajadora y luchar por la democracia y contra el imperio. Ante la certeza de que el Partido Demócrata no es un partido obrero ni un baluarte frente al fascismo, la tarea de construirlo recae en nosotras y nosotros. Esto exige oponerse al Estado presentando candidaturas propias, abiertamente socialistas e impulsando campañas legislativas en todos los niveles institucionales a nuestro alcance. Al margen de las elecciones, implica construir organizaciones obreras de masas en los lugares de trabajo, los barrios y los movimientos sociales. Con aquellas impulsamos la actividad política y la confianza de una base electoral comprometida con la democracia y el socialismo, y con estas acumulamos fuerzas para una lucha que inevitablemente desbordará los confines del sistema electoral estadounidense.
En cuanto al programa, es preciso conectar las cuestiones inmediatas a que se enfrenta la clase trabajadora con una visión transformadora más amplia, negándonos a suavizar o abandonar cualquiera de los dos polos. La gente trabajadora afiliada al Partido Demócrata se encuentra atrapada en un debate autoflagelante sobre si pronunciarse sobre los ataques a la democracia o sobre cuestiones económicas inmediatas profundamente sentidas. La falsa disyuntiva es a todas luces un mensaje catastrófico de dimensiones históricas universales, y la gente socialista no debería seguirles hacia el abismo. Hemos de demostrar a la clase trabajadora que somos capaces de reducir los costes crecientes de la sanidad, la alimentación y los alquileres; que podemos poner fin al desempleo y detener los ataques a la inmigración, los derechos reproductivos y la atención médica a las personas trans mediante una transformación radical de la sociedad, no manteniendo un estado de cosas brutal.
Para arrancar el fascismo de raíz necesitamos emprender la vía revolucionaria a la democracia, construyendo un movimiento obrero masivo que exija la instauración de una nueva república y una transformación socialista de la economía. Mediante una izquierda independiente, implicada en el trabajo de masas y la política de masas necesaria para activar a la clase obrera y subordinar a la pequeña burguesía a sus demandas, podemos arrebatarle al fascismo su base social y derrotarlo directamente. En cambio, atando el movimiento obrero al programa político del Partido Demócrata, perdemos legitimidad a los ojos de los sectores más politizados de la clase trabajadora, que necesitan un partido propio para tomar el poder. En suma, se nos plantean dos tareas:
Si nos manifestamos tras la pancarta de “defender la democracia” ‒el lema fracasado de la campaña de Harris del que ya nos hicimos eco en nuestros posicionamientos‒, nos encadenamos a un sistema que un número creciente de trabajadoras y trabajadores reconocen como un imperio moribundo. En su lugar, toda nuestra labor ‒desde los escaños en los consejos municipales o en el Congreso, el proselitismo en el movimiento de inquilinas, las manifestaciones contra las direcciones de empresas, las ocupaciones de los campus‒ debería centrarse en la agitación por el socialismo democrático, por el proyecto de derrotar al fascismo cambiando las condiciones fundamentales del mundo. Sin socialismo y democracia, las contradicciones del capitalismo seguirán generando posiciones reaccionarias y el fascismo avanzará en su camino al poder.
Esta chica, Marisa M., si se trasladara en el tiempo a 1945, acá en Argentina, estaría diciendo exactamente lo mismo del entonces Coronel JDP.
Fascismo es simular que hay un presidente «democrático», como Biden, pero ser una fachada al servicio de actores secretos.
Con Biden ni las firmas eran suyas sino de una máquina, ni el despacho desde el que transmitía era real sino una copia del real. Esto no es joda, es verdad.
Esa presidencia «no fascista», creó la guerra de Ucrania, la de medio Oriente y la de Siria, además de focos de conflicto contra China.
Lo que está sucediendo en EE.UU. es un cambio de régimen al revés, con todas sus contradicciones. Aún así, eso es mejor que lo que teníamos antes.
Fijate, Artemio, que el fundador de la revista Viento Sur fue Miguel Romero Baeza, ver link aquí:
https://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_Romero_Baeza
Fue integrante del Frente de Liberación Popular que luchó contra el franquismo en España.
El fundador de ese Frente «antifranquista» fue Julio Cerón Ayuso, miembro de la secretaría de la embajada española en la OIT.
El hermano de este señor era José Luis Cerón Ayuso, quien fuera director de Relaciones con las Comunidades Europeas y secretario general de la delegación negociadora con el Mercado Común durante la época de Franco.
Lo interesante del hno. mencionado más arriba Julio, vivió en este castillo en Francia hasta su muerte:
https://sl.bing.net/c2ZIt6zpAa
En Wikipedia puede leerse esto:
«A principios de los setenta fue rehabilitado como funcionario y trasladado a la embajada española en Francia, donde trabajó para la Unesco. Estuvo viviendo en el castillo medieval de Caussade, en la localidad de Périgueux (región del Périgord).»
Ver aquí:
https://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Cer%C3%B3n_Ayuso
No se puede traficar con los enunciados como si fueran mercancías supuestamente maravillosas. El lugar de enunciación siempre delata.
La izquierda, guarda silencio, fundamentalmente sobre sí misma, no sobre los demás.
Y este es el gran problema de los «creyentes» (en ideologías políticas), compran la mercancía que ellos mismos venden y se engañan a sí mismos, consolidando sus certezas «anticapitalistas».
No es de extrañar, dado lo anterior, la ruina política, ideológica y teórica de la izquierda. Mientras no se vean a sí mismos, a quiénes le hacen el juego, cómo pisan el palito, no ocurrirá otra cosa que profundizarse esa ruina.
Todavía se puede salvar esa ideología, si es que surge algún intelectual riguroso, fuera del establishment «políticamente correcto», libre de las ataduras «argumentativas» habituales y con ideas nuevas.