La empresa de análisis de datos, criticada por sus contratos militares y migratorios, agota una chaqueta de 239 dólares con la que busca convertir su identidad tecnológica en una señal de pertenencia cultural. alantir expresa la emergencia de una fracción de la burguesía tecnológica que busca transformar su poder económico y estratégico en hegemonía cultural e ideológica. No es simplemente capitalismo digital: es la articulación entre capital, Estado, vigilancia y guerra. Es notable como Palantir está intentando construir algo más ambicioso que una marca de ropa: una comunidad ideológica alrededor de la fusión entre Silicon Valley, el complejo militar-industrial y el nacionalismo estadounidense.
Durante décadas, las grandes empresas tecnológicas construyeron su legitimidad alrededor de la innovación, la libertad individual y la promesa de conectar al mundo. Ahora una parte de ese universo abandona la retórica de la neutralidad y reivindica abiertamente la competencia geopolítica, la vigilancia y la capacidad militar.
La tecnología deja de presentarse como instrumento neutral del progreso y comienza a reivindicarse como instrumento de dominación.
La cuestión de fondo no es quién compra una chaqueta de Palantir. Es quién controla los datos, quién desarrolla los algoritmos, quién decide sus aplicaciones y quién dispone de la capacidad de vigilar, clasificar y eventualmente eliminar al adversario.

Hay algo más que una extravagancia comercial detrás de una chaqueta de 239 dólares que una empresa tecnológica estadounidense consiguió vender en pocas horas. Palantir, una de las compañías más importantes del negocio de análisis de datos, inteligencia y defensa, acaba de lanzar una línea de indumentaria para identificar a sus seguidores. Produjo 420 unidades de una chaqueta inspirada en la ropa de trabajo francesa del siglo XIX y las agotó el mismo día. No es una operación comercial demasiado significativa para una empresa de semejante dimensión. Su importancia es otra: está construyendo una identidad cultural para una fracción de clase que quiere reconocerse en el nuevo poder tecnológico y militar de Estados Unidos.
La expresión utilizada para describir a sus consumidores es reveladora: una «clase portátil» que no combate en el terreno, pero se identifica con la tecnología del poder. La definición merece atención porque condensa una transformación política de mayor alcance. No estamos ante una simple estrategia de marketing ni ante una empresa que busca diversificar sus negocios. Estamos ante una compañía que pretende convertir su identidad corporativa en una identidad ideológica.
Palantir no vende zapatillas, teléfonos o plataformas de entretenimiento. Su negocio está relacionado con el procesamiento de enormes cantidades de información, los sistemas de inteligencia, la defensa y la vigilancia. Sus contratos con organismos estatales y militares estadounidenses, así como su vinculación con las políticas migratorias de Washington, la colocan en el centro de una de las transformaciones más importantes del capitalismo contemporáneo: la creciente integración entre el capital tecnológico, el aparato de seguridad y el poder militar.
Su fundador y principal figura pública, Alex Karp, no oculta esa orientación. La empresa ha difundido un manifiesto que sostiene que la inteligencia artificial militar es inevitable y que el poder blando ya no alcanza. La formulación es bastante más que una provocación publicitaria. Expresa una concepción del mundo en la que la competencia entre potencias, la superioridad militar y el desarrollo tecnológico forman parte de una misma estrategia de dominación.
Durante años, Silicon Valley construyó su legitimidad cultural sobre la promesa de innovación, libertad individual, conectividad y progreso. Sus grandes empresarios se presentaban como emprendedores que estaban transformando la vida cotidiana, supuestamente al margen de las viejas disputas políticas. La tecnología aparecía como neutral y sus propietarios como simples protagonistas de una revolución productiva.
Esa ficción está perdiendo utilidad.
Una parte de la burguesía tecnológica ya no necesita disimular su relación con el Estado, el Pentágono y los organismos de inteligencia. Por el contrario, reivindica esa alianza como fundamento de su propia identidad. La empresa tecnológica deja de presentarse exclusivamente como una fuerza innovadora del mercado y se reconoce como un instrumento estratégico del poder estatal y de la competencia imperialista.
Aquí aparece la cuestión de clase. No todos los trabajadores de la tecnología forman parte de esta nueva élite. Ingenieros, programadores, técnicos y empleados especializados pueden ser asalariados de empresas cuyo capital y decisiones estratégicas están concentrados en un reducido grupo de accionistas, ejecutivos y fondos de inversión. La llamada «clase portátil» no debe confundirse con el conjunto de quienes trabajan en el sector. Es, más bien, una comunidad de identificación cultural que reúne a propietarios, inversores, cuadros gerenciales y profesionales que adhieren a la ideología de ese poder.
La chaqueta funciona como un uniforme sin necesidad de uniforme. No identifica a quienes ejecutan directamente las operaciones militares, sino a quienes se reconocen en la infraestructura que las hace posibles. Es la estética de una clase que puede permanecer lejos del campo de batalla mientras participa de los beneficios económicos, políticos y estratégicos de la guerra.
Hay una ironía histórica que tampoco conviene pasar por alto. La prenda elegida recupera la estética de la ropa de trabajo francesa del siglo XIX, asociada a quienes producían materialmente la riqueza. Pero ahora esa vestimenta es apropiada como signo de distinción por quienes administran los algoritmos, los datos y las infraestructuras de control. El trabajador manual se convierte en referencia estética de una élite que concentra el poder sobre el trabajo ajeno.
La operación cultural tiene, además, una función política. Convertir una empresa de vigilancia y defensa en una marca de indumentaria permite desplazar la discusión desde sus actividades concretas hacia una identidad aspiracional. La mercancía deja de ser solamente un objeto de consumo: se transforma en una declaración de pertenencia. Quien lleva el logotipo no compra simplemente una chaqueta; exhibe su adhesión a una determinada idea de Occidente, de autoridad y de poder tecnológico.
Por eso resulta particularmente reveladora la insistencia empresarial en definir esta identidad como apolítica. No hay nada apolítico en decidir qué instituciones deben disponer de las mejores herramientas de vigilancia, qué ejércitos deben contar con superioridad tecnológica o qué poblaciones serán sometidas a sistemas de clasificación y control. La neutralidad es, en este caso, una operación ideológica: presentar como necesidades técnicas decisiones que son profundamente políticas.
El fenómeno tampoco puede separarse de la reorganización del capitalismo mundial. La competencia entre Estados Unidos y China, la militarización de la inteligencia artificial, la disputa por los semiconductores, el control de los datos y la creciente importancia de las infraestructuras digitales están modificando las relaciones entre capital y Estado. La tecnología se ha convertido en un terreno central de la disputa geopolítica. Y los grupos empresarios que controlan esas infraestructuras aspiran a ocupar un lugar cada vez más directo en la definición de las estrategias nacionales e internacionales.
La vieja burguesía industrial necesitaba controlar fábricas, materias primas, transporte y fuerza de trabajo. La nueva fracción tecnológica agrega a ese dominio la capacidad de procesar información, anticipar comportamientos, identificar poblaciones, seleccionar objetivos y administrar sistemas de decisión. No reemplaza al poder económico tradicional ni al Estado: se articula con ellos y disputa su conducción.
En ese sentido, Palantir es un caso particularmente ilustrativo. No porque una chaqueta vaya a modificar el equilibrio mundial, sino porque permite observar cómo una fracción del capital intenta construir su propia legitimidad social. Ya no alcanza con obtener contratos públicos, multiplicar ganancias o desarrollar tecnologías estratégicas. También necesita producir adhesión cultural, fabricar símbolos y convertir sus intereses particulares en una supuesta causa colectiva.
Los nuevos señores de la guerra no necesitan vestir uniforme militar. Pueden hacerlo con una chaqueta de diseño, un logotipo discreto y el lenguaje de la innovación. Pero detrás de esa estética permanece una pregunta fundamental: quién controla la tecnología, quién decide para qué se utiliza y quién paga las consecuencias de sus aplicaciones.
La cuestión no es, finalmente, quién compra una prenda de Palantir. Es quién se apropia del conocimiento social, quién controla las infraestructuras de información y quién dispone de la capacidad de convertir esos recursos en instrumentos de vigilancia, disciplinamiento y guerra.
La tecnología no tiene una voluntad política propia. La tienen quienes controlan su desarrollo, su propiedad y sus aplicaciones. Y cuando esos propietarios comienzan a fabricar sus propios uniformes, conviene prestar atención: quizás estén anunciando algo más importante que una nueva moda.
La Vanguardia, Palantir ha creado una línea de ropa para «marcar a los suyos».