La comparación entre el fútbol contemporáneo y la Fórmula 1 nos permite observar un fenómeno más profundo que la simple evolución de dos disciplinas deportivas. Ambos casos expresan una transformación estructural del deporte bajo la lógica del capitalismo tardío: el desplazamiento de la competencia deportiva como fin en sí mismo hacia el deporte como plataforma de valorización económica, producción de contenidos y maximización de ingresos. La mística deportiva, entendida como el conjunto de valores asociados al esfuerzo, la incertidumbre, la identidad colectiva y el mérito competitivo, comienza a subordinarse a criterios comerciales, tecnológicos y audiovisuales.
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En el fútbol, la mercantilización se manifiesta en múltiples dimensiones. La expansión de los derechos televisivos, la internacionalización de las marcas, la financiarización de los clubes, la concentración de poder en pocas ligas y el predominio de fondos de inversión modificaron la naturaleza del juego. El hincha pasó progresivamente de ser sujeto colectivo de una identidad popular a convertirse en consumidor global. Los calendarios se organizan en función de las ventanas televisivas y de los mercados internacionales más que de las necesidades deportivas. Torneos ampliados, giras comerciales, partidos en sedes neutrales y competiciones diseñadas para maximizar audiencias ilustran esta tendencia.
La Fórmula 1 representa quizás un laboratorio aún más avanzado de esta transformación. Desde la adquisición de los derechos comerciales por parte de Liberty Media, el campeonato dejó de concebirse exclusivamente como una competencia automovilística para convertirse en un producto global de entretenimiento. La serie documental Drive to Survive, el crecimiento de las redes sociales, los nuevos Grandes Premios en mercados estratégicos y la espectacularización permanente modificaron el perfil del público y de la propia categoría.
Los recientes cambios reglamentarios profundizan esta lógica. El reglamento técnico para 2026 incrementa significativamente el peso relativo de la propulsión eléctrica, otorgando a las baterías una participación cercana al 50 % de la potencia disponible. Este cambio responde simultáneamente a objetivos ambientales, intereses industriales de los fabricantes y estrategias de marketing vinculadas a la movilidad eléctrica. El automóvil de competición deja de ser únicamente un instrumento para encontrar el máximo rendimiento deportivo y se convierte también en una plataforma tecnológica destinada a fortalecer la imagen comercial de las grandes automotrices.
🗣️ | MAX VERSTAPPEN SOBRE EL NUEVO REGLAMENTO DE LA FÓRMULA 1:
«Lo que tenemos actualmente no me gusta. No es puro».
«Sé que el mundo está cambiando, pero no todo tiene que ser supercomplejo solo por el mero hecho de serlo y por tener la última tecnología».
«Para el… pic.twitter.com/U5EcguskzX
— Max Argento 🇦🇷 (@MaxArgento33) June 5, 2026
Paradójicamente, mientras la tecnología avanza, el espectáculo enfrenta nuevas limitaciones físicas. El aumento del esfuerzo fisiológico provocado por vehículos más pesados, la mayor complejidad energética y las condiciones climáticas extremas llevó a introducir pausas obligatorias de rehidratación en determinadas competencias. Lo que décadas atrás habría sido considerado incompatible con la esencia de la resistencia del piloto hoy se institucionaliza como una necesidad derivada del nuevo paradigma tecnológico y de las crecientes exigencias físicas.
Este fenómeno resulta revelador. El deporte modifica sus propias reglas para adaptarse a condiciones creadas por la evolución tecnológica y comercial. Ya no son únicamente los atletas quienes deben adecuarse al deporte; es el deporte el que se rediseña para sostener un modelo económico determinado.
Desde una perspectiva crítica, estas transformaciones pueden interpretarse como parte del proceso de subsunción del deporte al capital. Como planteó Guy Debord en La sociedad del espectáculo, las prácticas sociales tienden a reorganizarse en función de su capacidad para producir imágenes, consumo y circulación mercantil. El espectáculo deja de representar al deporte para convertirse en su principio organizador.
Asimismo, David Harvey describió cómo el capitalismo contemporáneo necesita generar permanentemente nuevos espacios de acumulación. El deporte profesional constituye uno de esos espacios privilegiados: concentra inversiones, derechos audiovisuales, patrocinio global, apuestas, turismo y plataformas digitales. En consecuencia, las decisiones reglamentarias, los formatos de competencia e incluso las innovaciones tecnológicas aparecen crecientemente condicionados por criterios de rentabilidad.
La pérdida de la mística deportiva no significa necesariamente una disminución de la calidad técnica. Por el contrario, el rendimiento de atletas y equipos continúa alcanzando niveles extraordinarios. Lo que cambia es el significado social del deporte. La épica del esfuerzo colectivo, la incertidumbre competitiva y la pertenencia identitaria ceden terreno frente a la lógica del entretenimiento permanente, el consumo instantáneo y la maximización del valor económico.
En el fútbol, ello se expresa en la creciente distancia entre clubes globales y clubes locales, en el dominio de las corporaciones sobre las asociaciones deportivas y en la conversión del aficionado en cliente. En la Fórmula 1, se manifiesta en reglamentos orientados tanto por intereses industriales como por exigencias audiovisuales, en circuitos seleccionados por su potencial comercial y en una competencia concebida como contenido multiplataforma.
En ambos casos emerge una misma tendencia histórica: el deporte deja de organizarse prioritariamente alrededor de la competencia para hacerlo alrededor de la economía del espectáculo. La lógica del negocio no elimina el deporte, pero redefine sus objetivos, modifica sus reglas y transforma la relación entre atletas, instituciones y público. La mercantilización ya no constituye un aspecto externo de la actividad deportiva; se convierte en el principio estructurante de su evolución futura. Desde esta perspectiva, las baterías de la nueva Fórmula 1, las pausas de rehidratación y la expansión comercial del fútbol no son hechos aislados, sino síntomas de una mutación más profunda: la progresiva conversión del deporte en una rama de la industria global del entretenimiento y de la acumulación de capital.
La derrota del lunes por la noche ante Bélgica por 4-1 atrajo un promedio de 30 millones de espectadores en Fox, convirtiéndose en la transmisión de fútbol más vista en la historia de Estados Unidos. Telemundo reportó 12 millones de espectadores en su cadena, lo que la convierte en el partido de la selección estadounidense más visto en la historia de la televisión en español de EE. UU. Los 40 millones de espectadores combinados —cifra que Nielsen aún no ha finalizado para tener en cuenta la gama completa de datos de audiencia— probablemente superarán cualquier transmisión deportiva individual en EE. UU. en esta década, con la excepción del gigante que es la NFL.
La audiencia del partido del lunes en Fox alcanzó su punto máximo con 36,895 millones de espectadores en el intervalo de 9:15 a 9:30 pm ET, presumiblemente disminuyendo una vez que el resultado del partido pareció inevitable.
El atractivo del partido para la audiencia televisiva estadounidense continuó una tendencia que se extendió a lo largo del torneo. Horas antes del inicio del partido del lunes, Fox publicó las cifras finales de la victoria de la semana pasada en los dieciseisavos de final contra Bosnia, que —al menos durante unas horas— ostentó el récord de la transmisión de fútbol en inglés más vista en la historia de Estados Unidos.
Los partidos de la selección nacional de Estados Unidos (USMNT) durante la fase de grupos registraron altos índices de audiencia, superando los 20 millones de espectadores por partido entre Fox y Telemundo.
Puede que los partidos de cuartos de final sin Estados Unidos no alcancen los 30 millones de espectadores, pero con marcas de renombre como Francia y Argentina —por no hablar de estrellas como Lionel Messi, Kylian Mbappé y Erling Haaland— las audiencias televisivas en Estados Unidos seguirán siendo elevadas.

Malik Tillman y Estados Unidos fueron eliminados del Mundial por Bélgica el lunes por la noche. Alex Grimm / Getty Images
Este fue un evento cultural para el fútbol en Estados Unidos. Fue decepcionante verlo, pero la cifra demuestra la popularidad del deporte, del equipo y de la Copa del Mundo.
Es probable que la cifra de Nielsen siga aumentando y, combinada con la de Telemundo, finalmente se acerque o supere los 40 millones de espectadores.
El resultado del partido será recordado con desdén, pero el impacto del torneo dejará una huella imborrable, y la cantidad de aficionados que lo vieron, junto con las cifras de audiencia que aún están por llegar, es prueba fehaciente de ello. — Andrew Marchand