La difusión de la falsa noticia sobre la muerte del padre de Lionel Messi en Luzu TV reavivó un viejo debate sobre los medios, aunque en un escenario muy distinto al de las batallas entre el kirchnerismo y los grandes grupos de comunicación. Para el escritor Esteban Schmidt, el episodio expuso las debilidades del nuevo ecosistema del streaming, donde las fronteras entre periodismo, entretenimiento y redes sociales son cada vez más difusas.
En una columna publicada en su newsletter, Schmidt sostiene que la lógica de la inmediatez y la búsqueda de impacto terminaron desplazando los mecanismos tradicionales de verificación. También cuestiona la decisión de Nicolás Occhiato de despedir a los responsables directos del error y atribuye el problema a una cultura mediática basada en la banalización y la competencia permanente.
Más allá de la anécdota, el autor interpreta el caso como un síntoma de una época marcada por la precarización del trabajo, la degradación educativa y la transformación de la información en un producto más del entretenimiento. El hecho adquirió una dimensión excepcional por involucrar a Lionel Messi, una figura que considera casi sagrada para el imaginario argentino.
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Fue tan grande lo de Messi contra Argelia que la fuerza saboteadora del inconsciente colectivo le apuntó y le dio lo más rápido que pudo para que el gran capitán no se duerma en los laureles.
Esteban Schmidt
Desde los años del caído en desgracia kirchnerismo que no habíamos vuelto a hablar del rol de los medios como esta última semana.
Aquella batalla emocionante que se libraba desde 6,7,8 y desde las facultades de todo el país, en las plazas y en las calles, salivando pósters enemigos, con la murga del sindicato de camioneros empujando, sus gorritas verdes, las panzas, los nunchakus, las camas de los hoteles sindicales para el pernocte de los semiólogos y las semiólogas en tránsito a un nuevo amanecer del signo, desvelando el sentido último de las cosas, y lo que escondía o podía esconder un salmo de Eduardo Van der Kooy, tieso en su computadora, que nunca quiso lola, y escribía, a duras penas, escenas irreconocibles de un país que nunca existió.
Esa cruzada lírica, ese último amague de romanticismo político, se quedó sin balas y todo siguió, desde entonces, el cantar de los cantares de los medios más o menos tradicionales, como había sido antes, pero empeorado por la reposición de personal menos calificado, consistente con peores secundarios y la promesa de salarios de hambre, por penurias presupuestarias atribuibles, en el mejor de los casos, al achicamiento de la torta publicitaria o, como en el caso del grupo La Nación, a una permanente corrección a la suba en la tasa de ganancia de los patrones.
Sin municiones, la conflagración se fue sin dejar moraleja, escapándose del cuadro de la historieta, cuando se confirmó que los hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble no eran hijos de desaparecidos, cuando dejó de escucharse la salva de esquina a esquina, ¡devuelvan a los nietos!, con que también se decoraban textualmente actos, y escraches a movileros de Canal 13 y por un enorme además: porque la mejor idea contracultural de los chicos de La Cámpora fue regalarle millones de dólares a Sergio Spolsky para que haga medios de cuarta, precarice trabajadores, y los cague para el campeonato.
Desde entonces, todo lo que pudo germinar, germinó, y todo lo recontra pasado de pauta de Télam murió, y una nueva era empezó para el sistema de medios argentino con la expansión a YouTube de los programas de radio, el surgimiento de los influencers, y los pavos y pavas, nabos y nabas, que ponen la jeta para hablar de lo que en el fondo no les interesa para nada, política, casi siempre, en transmisiones baratas, que no pagan impuestos, y, finalmente, la consagración de los streamings como la vanguardia de la retaguardia del infotainment electrónico, el formato más moderno para un oficio demodé.
Cuando nuestro héroe nacional fue modelo de Dolce y Gabbana pero ya tenía pinta de huérfano.
En ese punto de la línea de tiempo, una productora de Luzu TV le dijo el jueves por la llamada cucaracha a Florencia Peña, una grandísima comediante, politizada al pedo, como si le diera culpa tener simplemente gracia: “Atenta, murió el papá de Messi”; y yo creo que es cierto que Flor cayó en la trampa de aceptar lo que la producción le dijo por el auricular.
Cuando esos productores despedidos descansen del estrés de estos días, de la culpa infinita que provoca pifiar en grande y sentir que se arruinaron la vida, y se reconstruyan, con el resentimiento añadido de haber sido los chivos expiatorios del destino, de algo que les pasó sin querer, sin darse cuenta, nos enteraremos más sobre el momento exacto en que un rumor de Internet se transforma en una noticia falsa, porque fueron los protagonistas de ese pasaje.
Que tuvieran más o menos oficio no hace a la cosa. No hace falta ser periodista para tener tacto, para imaginar sentimientos ajenos. De hecho es ideal no serlo porque la proximidad de la prensa con los hechos públicos vuelve inevitablemente más cínico al sujeto que la ejerce. Pero hay un arte en mensurar los riesgos de la distribución masiva de sentidos y datos que se aprende trabajando, y cometiendo inevitables errores de juicio, normalmente más pequeños, que alguien de mayor experiencia corrige. Faltó dirección de amateurs, pero es porque en la hipotética cadena de responsabilidades de un streaming, nadie asume que es del todo un profesional.
El streaming es una casualidad, un punto que concentra muchos géneros, el periodismo, el sainete, el viaje de egresados, pero no reconoce a ninguno como fuente original ni como proyecto definitivo. Así que la equivocación máxima hasta el jueves era meter un chivo a destiempo u olvidarlo. Pero Peña, una mujer inteligente, más grande, más viva, al punto de poder entusiasmar a un presidente en ejercicio para sacar alguna ventaja; abierta, con la capacidad de aceptar la homosexualidad plena de un hijo, y de dar la cara sin problemas en la calle, después de que medio país la viera en gomas atendiendo carnalmente a un ex marido, ella seguramente sí estaba en condiciones de percatarse de lo que iba a decir cuando lo tuvo en la punta de la lengua y de observar en qué contexto lo hacía. Si miraba bien, habría descubierto que no estaba en la CNN, sino un canal llamado Luzu, por Villa Luzuriaga, con pibitos de educación elemental que miran el telefonito las 24 horas a ver qué se dice de ellos mismos.
Pero es posible lo contrario, que aun ella entendiera que si le dicen que una cuchara es de plata, ella acepte que esa cuchara es de plata y se mande. Todo el resto se juega en el inconsciente. Sintió que estaría dando una primicia, que si no lo decía, le ganaban en otro medio, y a lo mejor sintió que perdía, que envejecía de golpe, que moría. Pero para qué nos vamos a engañar, esa es la vida de los medios electrónicos, decir cualquier cosa, más o menos sin control de calidad.
Y esta fue una de esas combinaciones de la historia para las que nadie está preparado, un rumor administrado por criaturas, en las bambalinas de un medio donde todo es joda, nacer, agonizar, perder por goleada o golear, y una conductora recontra famosa que despierta la irritación de miles que la envidian y miles que la odian y multiplica solita el ataque en manada de las redes sociales.
A la distancia, en Estados Unidos, el creador del canal, Nicolás Occhiato, que sabe qué quiere su público, y qué puede obtener de los anunciantes, se encontró con su presente griego. Lionel, el ancho de espadas argentino se le podría venir en contra y arrasar con todos los sponsors, y actuó marcialmente, como quien manda a fusilar a Liniers. Y despidió a toda la cadena de responsables de la fake news y se exceptuó del castigo.
Occhiato, un canchero más en la vastedad cancherística nacional, delgado, de cara simétrica, que se dedicó a crear un medio, fondearlo y rodearse de pibitas lindas, el leading indicator de todos los tiempos, y luego rentarlo, un exitoso, que no tenía nada y años después tiene un canal de streaming, traicionó a sus trabajadores al condenarlos a la calle por un error que sale de las profundidades ideológicas del canal, y es que todo debe ser reducido a la pelotudez.
Todo lo que viene de afuera debe encadenar con las coordenadas de la calentura y el anecdotario más vulgar y menos sofisticado posible. Eso tiene audiencia. Y ante una emergencia, un medio creado para exhibirse, divertirse y ganar millones no sabe qué hacer. Las horas de los pibes en las pantallas tienen consecuencias. Leer menos tiene consecuencias. La tragedia educativa golpeó a la puerta de todos estos parásitos y que nadie crea que no le va a pasar, que la ignorancia y el declive intelectual de las nuevas generaciones no se va a meter en sus casas.
Una hipótesis contraintuitiva: lo que pasó es también la externalidad negativa de un país con una enorme libertad de expresión, donde no hay miedo de decir nada y campea la impunidad tanto para la grosería como para el sectarismo que quiere imponer que de golpe se hable con la E, que no se diga niños, sino infancias, que se retire la palabra PADRE para no incomodar a las mamás monoparentales, y donde la muerte no es un gran tabú. Te podés morir, no te podés morir y no es la gran cosa. Un argentino vive sin gran pánico y tiene, en general, una perfecta claridad respecto de los límites para no herir sensibilidades. Hay excepciones que sólo confirman lo que es normal.
Por último, mencionemos el nombre de nuestro santo intocable, Messi, con quien equivocarse es carísimo. En el debut de la selección en el Mundial hizo algo imposible cuando apenas esperábamos en este campeonato que fuera el sabio del equipo, un técnico dentro del campo que facilitara el lucimiento de quienes le siguen en la secuencia biológica. Como muchísimo, un pase de cuarenta metros, pero lo del martes pasado con Argelia lo puso por encima de San Martín.