Un perfil del primer ministro canadiense, en perfecta sintonía con su discurso en Davos 2026: un paradigmático muestrario de hipocresía, eso si, travestido de narrativa "disruptiva".
Pareciera que Mark Carney es el Che Guevara en las Naciones Unidas en 1964. Pero Carney es un tecnócrata liberal que subgobernó el Banco de Canadá durante la crisis financiera de 2008 y después pasó al Banco de Inglaterra, donde gestionó el Reino Unido postbrexit
Irene Zugasti
“No estamos en una transición sino en una ruptura». El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunciado ayer en Davos, ha generado un aplauso unánime en Europa. “Pasará a la historia” decían en el telediario; “sorprendente”, “épico”, “un verdadero líder occidental” le halagaban varios analistas. Hasta alguien ha acuñado por ahí que la “Doctrina Carney” acaba de nacer.
Visto el entusiasmo en las filas progresistas, pareciera que Mark Carney es el Che Guevara en las Naciones Unidas en 1964. Pero Carney es un tecnócrata liberal que subgobernó el Banco de Canadá durante la crisis financiera de 2008 y después pasó al Banco de Inglaterra, donde gestionó el Reino Unido postbrexit. Forjó su carrera en el banco de inversión Goldman Sachs especializado en la “gestión de riesgos” de los estados -vamos, evaluar dónde mover el dinero privado cuando un país va a caer-, y durante dos décadas pasó por todos los centros neurálgicos del capitalismo: Londres, Tokio, Wall Street, y tras su paso por la banca inglesa, aterrizó en 2020 en otra firma del sector financiero privado canadiense, Brookfield. Allí, como vicepresidente, se hizo un perfil también como abanderado de las políticas greenwashing contra el cambio climático: a las que definió como «la mayor oportunidad comercial de nuestro tiempo».
Necesitamos héroes mejores. Puede que gran parte de lo que haya dicho Carney en su aplaudido discurso sea cierto, o no sean más que las verdades del barquero -o del banquero-: que el orden basado en normas se está desvaneciendo, que los fuertes pueden hacer lo que les da la gana y que los débiles sufren mucho, y que es necesario plantear un nuevo multilateralismo antes de que la era de la fuerza bruta se lleve por delante a muchos de los suyos. Porque él nunca ha dejado de trabajar para los fuertes.
Parece que es necesario que sea un banquero multimillonario canadiense el que afirme lo evidente para que el establishment comience a superar la fase de negación en la que lleva años sumido. Pero conviene una lectura un poco más profunda del discurso de Carney, que está evidentemente fabricado para presentarle como el antagonista euroatlántico a la descarnada brutalidad de Trump y su capacidad innata de soltar veinte chorradas virales por minuto.
Lo único novedoso que propone Carney es, casi, una cuestión de supervivencia: lo que él llama “tercera vía” consiste en una unidad de acción de las “potencias medias” -o sea, democracias liberales en crisis y declive
Su alegato prosigue planteando un problema en forma de trampa dialéctica: reconoce que esa ficción fue útil a occidente y que ellos mismos -los que se hicieron jodidamente ricos gracias a ella- eran plenamente conscientes de que era una pantomima. Lo problemático no es que lo fuera, sino que, como él mismo afirma, esa pantomima ya no les funciona: “una serie de crisis en las finanzas, la salud, la energía y la geopolítica han puesto de manifiesto los riesgos de la integración global extrema”.
¿Y qué propone Carney? Leyendo a tanto entusiasta, cualquiera pensaría que propone una reforma profunda del sistema de Naciones Unidas, o el fin de las sanciones y las guerras comerciales, o, yo qué sé, una revolución proletaria internacional. Pero lo que plantea, en realidad, no dista tanto de la propuesta de Trump, aunque él lo llama “realismo basado en valores”. De nuevo, SUS valores. “Desde que mi Gobierno asumió el cargo, hemos reducido los impuestos sobre la renta, las ganancias de capital y la inversión empresarial. Hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial.
Estamos acelerando inversiones por valor de un billón de dólares en energía, inteligencia artificial, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y mucho más. Vamos a duplicar nuestro gasto en defensa para finales de esta década, y lo estamos haciendo de forma que se fortalezcan nuestras industrias nacionales”. Es decir, recetario neoliberal, pero sin globalización, como lo describe la periodista especializada en economía Cristina Buhigas, pero asumiendo que la refundación del capitalismo pasará esta vez por acuerdos bilaterales. De ahí su acercamiento a China. Pero en lo internacional, se mantiene en el marco “inquebrantable” de la OTAN y del sostenimiento de la guerra de Ucrania -donde Canadá es una pieza central, pues fue el hogar de gran parte del exilio antisoviético durante décadas.
De hecho, lo único novedoso que propone Carney es, casi, una cuestión de supervivencia: lo que él llama “tercera vía” consiste en una unidad de acción de las “potencias medias” -o sea, democracias liberales en crisis y declive, como las europeas o la propia Canadá- para que construyan una alianza que evite que, como vemos en Groenlandia, terminen siendo parte del “menú” de Trump. Decía hace poco Àngel Ferrero que estos cantos de sirena que comienzan a escucharse sobre un retorno al multilateralismo deben tomarse con cuidado: ¿qué multilateralismo puede venir de alguien como Carney y sus palmeros, del arquitecto del sistema capitalista caníbal que nos ha traído hasta aquí? ¿un multilateralismo transaccional basado en coaliciones de intereses que garantice a las élites de occidente que seguirán sometiendo al resto del mundo, que todavía tienen derecho a la arrogancia?
Habrá quien quiera aferrarse a la esperanza de que el discurso de Carney es una puerta a algo nuevo, pero me temo que no es sino síntoma del desnorte
Ni Carney ni los suyos dudarían un segundo si pudieran retornar a los años dorados de su “mundo basado en reglas”. En los meses venideros, veremos desfilar discursos grandilocuentes donde señalan al matón, sí, pero no hacen nada por frenar la destrucción que ha sembrado, como no moverán un dedo para frenar el plan de destrucción de Gaza, laboratorio de todos los males del mundo. Los whatsApp de Macron o Rutte felicitando a Trump por sus “hazañas” en Siria o Irán son buena prueba de ello, así como el silencio europeo ante los ataques a Venezuela o su acelerada deriva represiva contra sus propios ciudadanos, ya sea en forma de sanciones, represión o violencia policial. ¿Qué soberanía, qué multilateralismo, que oposición real y radical al trumpismo puede venir de los mismos que han legitimado cada uno de sus pasos? ¿De verdad debemos entusiasmarnos porque un banquero recite lo evidente o porque un presidente belga, conservador y admirador de Burke, cite aquello Gramsci y a los monstruos del claroscuro?
Habrá quien quiera aferrarse a la esperanza de que el discurso de Carney es una puerta a algo nuevo, pero me temo que no es sino síntoma del desnorte (nunca mejor dicho), de la desorientación de unas élites subordinadas y satelitales a Estados Unidos que ahora necesitan recolocarse para garantizar que Trump y los suyos no le arrastran al precipicio. Y ello no significa que no haya que tener esperanza, claro que no, pero para eso quizá sea mejor repasar otros discursos históricos. “Hienas y chacales” llamó Guevara a la civilización occidental en 1964. Y hienas y chacales siguen siendo, así que cuidado con las verdades del banquero.