Tiempo de aturdimiento político. Es un instante difícil, pero llegarán tiempos mejores. Se trata menos de un optimismo obtuso que de una ley de la historia. Por ahora, se trata de resistir, mantenerse de pie, luchar para organizar un poder alternativo emancipador. Por Rocco Carbone.
(para La Tecl@ Eñe)
Guiadxs por Víctor Serge y sus Memorias de un revolucionario, podemos decir que estamos atravesando un momento de psicosis colectiva: un estado mental difuso que se precisa a través de una escisión o pérdida de contacto con la realidad. En este momento, el sentido crítico, ese sentido que la humanidad ha organizado con la modernidad, con la inteligencia moderna, que hemos adquirido muy laboriosamente, está siendo estrangulado. Además, estamos atravesando un momento político-existencial en el que la calumnia es empleada con fuerza: contra el campo propio, contra Venezuela, contra Cuba, contra Cristina, contra Milagro, contra Kicillof, también, contra la emancipación. Estamos atravesando un momento político en el que los métodos fascistas, los métodos fascistas de dominación de las masas, del espíritu de las masas, adoptan los procedimientos de la la gran publicidad comercial. Esos procedimientos están encerrados en ese aparatito que llevamos en el bolsillo: el celular. A través de las redes sociales, que de social no tienen nada, y que bien visto son aparatos del capitalismo digital, el celular promueve un fondo de atontamiento (lo que llamamos banalmente scrolleo) y también una violencia frenética; esa que vemos, por ejemplo, en una red como X, que es de propiedad de un solo milmillonario: Elon Musk. Esas tecnologías narcóticas, sector en permanente expansión, expresión de la digitalización del capital, complemento inverso de las políticas de desindustrialización (“don Chatarrín”) y el reemplazo de la industria por actividades parasitarias, producen y venden el aire contaminado que respiramos: comunicación, publicidad, todo tipo de estudios de medición de imagen y otras sarasas. Atravesamos un momento político en el que la inteligencia humana es humillada. Atravesamos un momento político de aturdimiento. Nos aturden con afirmaciones enormes e inesperadas. Pienso, por ejemplo, en la expresión “sacamos a no sé cuántos millones de la pobreza”, que oscilan en un puñado de días entre nueve, once y veinte. Esas afirmaciones enormes e inesperadas se religan con el improperio permanente. Todo eso nos aturde, nos sorprende, y una sorpresa reiterada, paradójicamente, deja de ser tal. No logramos concebir cómo es posible mentir de esa manera, descarnada, brutal, escandalosa. Esa brutalidad tiene un efecto sobre nosotrxs. Nos intimida. Frente a esas brutalidades nos intimidamos. Sin embargo, reconocemos esas imposturas, la impostura del presidente Milei, la impostura del presidente Fanta en Estados Unidos; es decir, somos capaces de identificar sus engaña pichangas, pero en función de esa psicosis colectiva, trastabillamos, dudamos de lo que escuchamos y vemos, y tendemos a decirnos que ese frenesí -el frenesí de Trump, de Milei, y de unos cuantos otros- tal vez tiene alguna justificación interior que supera nuestro entendimiento. Pues bien, el éxito de este proceder político expansivo, el auge del poder fascista, se afirma en las épocas perturbadas, especialmente en épocas perturbadas. Y se expande a condición de que las minorías emancipatorias, que encarnan el espíritu crítico, queden amordazadas, silenciadas, humilladas y ubicadas al costado de la historia. Que queden reducidas a la impotencia por la razón de Estado y también por la falta de recursos materiales. El “no hay plata” de Milei nos habla exactamente de eso: del despojo de los recursos materiales de la clase trabajadora
Ante el fascismo, tenemos que ser capaces de afirmar un movimiento a la igualdad. Y el capitalismo en su fase fascista -esta palabra nombra un poder y una forma política antidemocrática transhistórica, esto es, que trasciende tiempo y espacio- tiende a aumentar las desigualdades. Es un paradigma de desigualidad. La igualdad es la reciprocidad, el modo en el que nos reconocemos, el mirarse unxs a otrxs. La igualdad es hacer algo para esa alteridad sin que sea inevitable cuantificar lo que hacemos. La cuantificación es un ideal del capitalismo. Un poeta martiniqués del mestizaje y la negritud, Édouard Glissant, en un libro suyo que se llama «Una nueva región del mundo», habla bellamente de la igualdad: “cada uno de nosotros necesita de la memoria del otro, pues no se trata de una virtud de compasión ni de caridad, sino de una nueva lucidez en un proceso de relación”. Esa nueva lucidez es una imagen inspiradora de la igualdad, que quiere decir aprender a cooperar, a trabajar juntxs para reparar el tejido, para remendar el rostro desfigurado del mundo. En el siglo XX el fascismo ha desfigurado el rostro del mundo. Y ahora lo está haciendo otra vez. Cada vez que nos cruzamos con un ser humano arrojado en la calle, cada vez que nos cruzamos con familias enteras integradas por niñxs que sobreviven en la intemperie, nos chocamos con ese rostro desfigurado.
Son tiempos difíciles, pero van a llegar tiempos mejores. No lo digo desde un optimismo obtuso, sino apelando a una ley de la historia. Incluso es posible que esos tiempos estén más cerca de lo que creemos. Por ahora, se trata de resistir, mantenerse de pie, luchar para organizar un poder alternativo emancipador. Un propósito del poder emancipador, igualitarista -a ser organizados por movimientos, sindicatos, partidos políticos, centro de estudiantes, etc.- debería consistir en hablar a todas esas identidades perseguidas por el fascismo, que son identidades clasistas mayoritarias, que organizan su existencia alrededor del trabajo, tenga la forma que sea. Hablarles quiere decir ofrecerles una alternativa política. Y ésta consiste en organizar la solidaridad de clase, es decir, el poder de la clase, y construir otro sentido común. Éste, por ejemplo: que el clivaje esencial no es el que se da entre nativos y extranjerxs -como en los EE. UU.- o entre “gente de bien” y lxs otrxs -como en nuestro país. El clivaje esencial en nuestra sociedad se da entre quienes tienen privilegios, poder y riquezas, y quienes se ven sistemáticamente privados de ellos. En la Argentina, nuestro campo, tiene que volver a encontrar la capacidad de afirmar la igualdad moral –de base– de todos los seres humanos. Y desplazar del poder a la clase de la gran propiedad. Ese desplazamiento tiene un solo nombre: revolución.
La nota contine lenguaje inclusivo por decisión del autor.
*Filósofo y analista político. CONICET.