El modelo impulsado por el gobierno de Javier Milei apuesta a equilibrar cuentas reduciendo transferencias y liberalizando la economía, pero lo hace en un entorno global incierto y sin reforzar mecanismos de protección o estímulo a la capacidad productiva doméstica.

El modelo impulsado por el gobierno de Javier Milei apuesta a equilibrar cuentas reduciendo transferencias y liberalizando la economía, pero lo hace en un entorno global incierto y sin reforzar mecanismos de protección o estímulo a la capacidad productiva doméstica
El diagnóstico entonces implica necesariamente una crítica técnica al diseño y la orientación de la política económica vigente. Desde un enfoque industrial y de desarrollo productivo, la Argentina precisa una política industrial activa: incentivos a la inversión productiva, protección selectiva de capacidades estratégicas, políticas de incentivo al empleo formal y medidas para sostener la demanda interna mientras se transita hacia esa mayor eficiencia. Sin embargo, la orientación observada va en la dirección contraria: reducción de subsidios, recorte del gasto público y liberalización comercial acelerada combinadas con condiciones financieras más duras. El resultado es coherente con un modelo que prioriza señales de precios y ajuste fiscal por sobre la preservación de capacidades productivas y del empleo. En un contexto internacional volátil, con riesgos de precios de commodities y cadenas globales de suministro inciertas, esa estrategia aumenta la vulnerabilidad externa y la dependencia de ganancias de pocos sectores exportadores o financieros.
Conviene señalar dos riesgos de fondo. Primero, la sostenibilidad del crecimiento medido: si gran parte del alza estadística se debe a menos subsidios y a márgenes financieros, el motor del PBI se apoya en factores no replicables como la sequía o la buena cosecha de un año, o en márgenes que se disipan cuando la normalización de tasas ocurra o cuando la dolarización de activos se ajuste. Segundo, el costo social y político de una pseuda recuperación sin empleo: pérdida de empleo en la industria y la construcción debilita la demanda de consumo de masa y agrava la recesión de pequeñas y medianas empresas que viven de esa demanda. La apertura comercial sin contrapartidas industriales y la subejecución de inversión pública potencian la deslocalización de actividad y la pérdida de encadenamientos productivos.
La nota no pretende desconocer la contabilidad oficial ni deslegitimar los números del INDEC; al contrario: partimos de ellos para mostrar cómo la identidad contable del PBI puede producir lecturas engañosas de la realidad económica. Tampoco es casual que la expansión medida coincida con políticas que, desde la lógica de mercado, reducen los canales tradicionales de demanda: baja de subsidios a la energía y el transporte, recorte de gasto público de inversión, y mayores tasas que encarecen el crédito y deprimen la inversión privada. Esa combinación produce un resultado estadístico —PBI más alto— que, paradójicamente, es coherente con una economía que se contrae en empleo y en inversión productiva.
La crítica tiene implicancias de política pública. Si el objetivo es una recuperación sostenida y distributiva, las prioridades deben incluir: recuperación y focalización de la inversión en obra pública productiva con ejecución eficiente; un esquema de incentivos a la inversión privada que priorice la capacidad y el empleo local (no sólo beneficios fiscales de corto plazo); un diseño financiero que reduzca la volatilidad de spreads y revitalice el crédito real al sector productivo; y un marco de negociación social que combine disciplina fiscal con medidas que protejan el empleo y la demanda interna en la transición. Sin estas medidas, la economía puede exhibir nuevos pulsos de crecimiento estadístico en años de buena cosecha o de márgenes financieros favorables, sin que ello revierta la tendencia estructural de caída del empleo industrial y de pérdida de tejido productivo.
El modelo impulsado por el gobierno de Javier Milei apuesta a equilibrar cuentas reduciendo transferencias y liberalizando la economía, pero lo hace en un entorno global incierto y sin reforzar mecanismos de protección o estímulo a la capacidad productiva doméstica. Es legítimo sostener prioridades fiscales; es imprescindible, sin embargo, que la estrategia contemple cómo evitar que la corrección macro deje atrás industrias, trabajadores y encadenamientos productivos irreemplazables. Si no se lo corrige, el riesgo es que la economía «crezca» en la serie pero se deteriore en su tejido real: menos empleo, menos inversión productiva y mayor dependencia de dos o tres motores volátiles. Esa es la paradoja que revela el 3,48%: la estadística no miente, pero puede devolver una imagen distinta de la que requieren las decisiones económicas si no se analiza qué hay detrás de cada punto porcentual.
Coordinador del área de economía, Instituto Argentina Grande (IAG)