Un país del que no sabemos casi nada

La disputa sobre Nicaragua también es una disputa por el sentido. Buena parte de la información que circula en los grandes conglomerados mediáticos occidentales responde a agendas editoriales influenciadas por los intereses estratégicos de los países centrales.

Por ello, asumir sin contraste ese relato implica correr el riesgo de reproducir una visión parcial del conflicto. Una evaluación rigurosa exige confrontar fuentes diversas —incluidas las provenientes de América Latina y del propio país— y distinguir entre hechos comprobados, interpretaciones y posicionamientos políticos.

La crítica al intervencionismo estadounidense y el análisis de las limitaciones democráticas del gobierno nicaragüense no son incompatibles; ambas dimensiones deben examinarse con el mismo rigor, máxime con las recientes operaciones de medios occidentales sobre el gobierno nicaragüense y el intervencionismo manifiesto del gobierno norteamericano.

Por Luis Fonsagui, Lakanaya. com.

Volver de Nicaragua fue volver de un país que es, al mismo tiempo, nuestro vecino y un país del que no sabemos casi nada. Un país que hace apenas treinta años seguía en guerra. Se dice fácil.

La primera imagen llamativa apareció apenas cruzamos el puesto migratorio: las banderas del Frente Sandinista de Liberación Nacional y una gran pancarta de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Uno no está acostumbrado.

Cruzar la frontera fue fácil, un trámite meramente procedimental, y seguimos nuestro camino hacia Granada. Llegamos el 17 de julio, Día de la Alegría, por la huida del dictador Somoza. En el parque central había una celebración con música en vivo, juegos para niños y una coreografía de unas muchachas que me recordó a nuestras celebraciones del 15 de septiembre. No eran cientos de personas, pero sí varias familias disfrutando del espacio público: la gente riéndose, niños jugando, unos enamorados sentados en una banca.

Cuando uno visita un país sobre el que ha consumido tanta propaganda (de todo tipo), la normalidad termina siendo lo más impresionante.

Esa noche caminamos hasta el muelle. Tardamos un rato en darnos cuenta de que el agua que nos golpeaba la cara no era lluvia, sino las olas del lago estrellándose contra el malecón. En una esquina unos gringos conversaban con quienes parecían ser trabajadoras sexuales. También nos cruzamos con unos españoles que despedían un fuerte olor a sobaco. Al final, Granada sigue siendo una ciudad turística.

Ese día visitamos también Gráfica en el Barrio, una organización que ayuda a mujeres jóvenes a financiar sus estudios por medio del arte. Nos enseñaron su técnica de grabado utilizando el hule de las suelas de los zapatos. Cuando les dijimos que éramos de Costa Rica, comenzaron a hablarnos de colaboraciones y visitas que habían realizado a nuestro país, a Teorética y a Virginia Pérez-Rattón.

El proyecto divisionista de la burguesía centroamericana nos hace olvidar, muchas veces, que ticos y nicas somos un mismo pueblo. En Costa Rica casi todo el mundo tiene alguna relación con Nicaragua. Incluso uno de los choferes que nos llevó nos contó que, cuando era niño, había vivido en Los Anonos, precisamente por donde hoy trabajo yo. Somos pues un mismo pueblo.

47 años después.

Pero el motivo de nuestro viaje era otro. Nos habíamos propuesto visitar Nicaragua en una fecha que no iba a aparecer en los titulares de prensa. Queríamos ver de primera mano una celebración que nadie nos iba a enseñar por televisión e intentar dejar nuestros prejuicios en la frontera.

Hay muchas cosas que decir sobre la Revolución Sandinista. También hay una historia compartida con Costa Rica que suele olvidarse. Ahí están la Brigada Calufa y la Brigada Mora y Cañas. Costarricenses que pusieron en juego sus vidas para combatir el dominio imperialista de los Estados Unidos sobre Nicaragua y consolidar el camino al fin a una salida soberana para Centroamérica

A este punto, si alguien no sabe qué fue la dinastía Somoza, basta mirar una frase atribuida al expresidente estadounidense Franklin D. Roosevelt: «Somoza es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta.» Esa frase resume bastante bien la historia de una familia que durante casi cincuenta años gobernó Nicaragua al servicio de los intereses estadounidenses. Un gobierno que mantuvo a buena parte de la población sin saber leer y escribir, y a más de la mitad del país sin acceso a electricidad, durante todo ese tiempo.

Como respuesta a esa realidad surgió una revolución popular en el sentido más amplio de la palabra. Una revolución que, a diferencia de lo que muchas veces se afirma, no fue una revolución marxista-leninista. La Revolución Sandinista fue una revolución popular que logró reunir a sectores muy diversos de la sociedad nicaragüense: estudiantes, movimiento barrial (muchas veces dirigido por las mujeres, que era quienes estaban en los barrios), sectores del empresariado nacional, campesinos, intelectuales, a la Iglesia Católica, obreros, etc.

Con esa historia detrás llegamos, cuarenta y siete años después del triunfo revolucionario, a presenciar la celebración del 19 de julio.

Ya el día anterior, el 18, habíamos visitado algunos lugares, como la rotonda y el Tiangue Hugo Chávez. Habíamos probado un quesillo con un fresco de cacao y habíamos visto los puestos que ofrecían cientos de camisetas, banderas, pines y toda clase de artículos revolucionarios.

El 19 de julio desayunamos gallo pinto en el hotel, con huevito, natilla y frutas. Salimos relativamente temprano, con ganas de recorrer Managua.

En uno de esos puestos hablamos con una señora que nos vendió unos pines con la bandera del Frente Sandinista. Nos enseñó una insignia de Sandino que, según nos explicó, los jóvenes guerrilleros ganaban después de determinadas hazañas durante la lucha revolucionaria. Nos contaba con orgullo que ella misma se había unido a la Revolución muy joven y que eventualmente ganó su propia medalla.

Le preguntamos entonces qué hacía hoy la juventud:

—Ahora pueden estudiar. Yo no pude estudiar.

Y aunque en realidad buscábamos saber más sobre cómo se organizan o trabajan las juventudes sandinistas, esa respuesta también nos dio mucha información.

Quizá sean precisamente este tipo de sensibilidades las que escandalizan a alguna gente. Pero también es ponerle cara a la base de una revolución sobre la que se dicen muchísimas cosas. Esa es la historia de una mujer que hace más de cuarenta años tomó las armas para defender a su país y que hoy siente que vive en un país mejor que el que existía antes del triunfo de la Revolución. A mí no me ha pasado algo así.

Nuestra primera parada el 19 fue el Parque Palestina. Ahí ondeaban juntas la bandera de Nicaragua, la bandera de Palestina y la bandera del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Así son las cosas.

Decidimos caminar por los barrios. Queríamos encontrarnos con la ciudad más allá de los actos oficiales. Y empezábamos a buscar unas Toñas para aliviar ese calor voraz de Managua.

Poco después vimos, en una esquina, una pancarta roja y negra que anunciaba «La Zona de Camilo». Decía ser una especie de fonda cultural sandinista. Era una casa esquinera llena de banderas del Frente Sandinista. Nos acercamos a preguntar qué era eso.

Una señora amable, de pelo blanco y camisa roja, nos explicó que era el emprendimiento de su hijo Camilo. Había comenzado ocho años atrás con apenas una hielera y unas cuantas sillas. Hoy ya tenían techo, mesas y un espacio donde reunirse.

Nos invitó a pasar.

Conversamos durante un buen rato. Nos contó que su hermano había sido guerrillero. Ella había vivido en Costa Rica, cerca de la Universidad de Costa Rica, y durante aquellos años su casa funcionó como lugar de acogida para sandinistas que, por distintas razones, tenían que refugiarse o permanecer un tiempo en nuestro país.

Después estudió, llegó a formar parte del cuerpo diplomático y, una vez retirada, decidió volver a su barrio para dedicarse a organizar a la juventud. Ahí vimos la final del Mundial mientras conversábamos sobre política. Nos preguntaron cómo estaba la izquierda costarricense y les dimos nuestra opinión. Hablamos con naturalidad con Willy y con su esposa, cuyo nombre hemos tratado de recordar desde entonces.

—Yo creía que en Costa Rica no había izquierda.

Entre conversación y conversación aparecía algún elogio al comandante. Nos hablaban de las instituciones del país, del INSS y de la seguridad social.

Crónica de una fiesta revolucionaria.

Más tarde llegamos a la Avenida Bolívar. Era una verdadera fiesta.

Decenas de miles de personas caminaban, tomando su cervecita y cantando La tumba del guerrillero, La consigna y muchas otras canciones de la Revolución Sandinista.

Algunas personas nos hablaban de los hermanos Godoy y de Ernesto Cardenal. Nos decían que, aunque hubieran roto con el Frente Sandinista y con Daniel Ortega, su música y su poesía seguían perteneciendo a la revolución. No había un intento por borrar sus obras, sino una apropiación de ellas como parte de una historia colectiva.

Y aquí empezamos a acercarnos a una contradicción evidente.

Podemos mencionar varios nombres de sandinistas históricos que rompieron públicamente con el rumbo asumido por la dirección encabezada por Daniel Ortega y Rosario Murillo: Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Dora María Téllez, Luis Carrión Cruz, entre otros. Como ellos, hay también cientos de personas que hoy viven en el exilio o que se han distanciado políticamente del sandinismo.

Pero, al mismo tiempo, también hay que mirar la Avenida Bolívar un 19 de julio.

Decenas de miles de personas llenaban las calles con banderas de Nicaragua y del Frente Sandinista. Inclusive vimos ondear banderas de Cuba, Palestina, Venezuela e Irán.

La gente cantaba, conversaba y se paseaba por ahí.

En medio de esa celebración unos muchachos se nos acercaron para preguntarnos de dónde éramos. Les respondimos que veníamos de Costa Rica y que habíamos viajado para conocer cómo vivían ellos la celebración de su revolución. Entonces nos ofrecieron probar «el mejor guaro de Nicaragua». Uno de ellos nos acercó una botella transparente que perfectamente podía pasar por agua. Solo yo acepté.

Les dije que entonces brindaran conmigo.

Mientras tomaba el primer trago, uno de ellos levantó el vaso y dijo:

—Salud por el comandante Ortega.

—Salud —respondí yo.

No estaba precisamente en posición de abrir un debate político en medio de un brindis.

Después me pasaron otra botella, de Big Cola roja para bajar el guaro. Un guaro bastante suave.

Al rato empezó a escucharse un rumor que recorría la Avenida Bolívar.

—Ahí viene el comandante.

La gente comenzó a abrir espacio a ambos lados de la calle para dejar pasar el vehículo presidencial. Yo me acerqué cuanto pude, pero no logré verlo. Aun así, quienes estaban alrededor empezaron a confirmárselo unos a otros.

—Ahí va Daniel Ortega.

De distintos puntos se escuchaban voces que gritaban:

—¡Que viva nuestro comandante Daniel Ortega!

Varias cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. 

En este punto, algunas de las personas que leen este artículo deben estar pensando en las noticias sobre la represión en Nicaragua en el 2018. Recientemente también circuló ese fragmento recortado del largo discurso de Daniel Ortega donde dice que en Nicaragua no volverán a haber elecciones.

Y bien, el punto de este artículo es que muchas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Se trata de mostrar que el análisis de la situación en Nicaragua es más complejo que simplemente decir que hay una dictadura. También implica saber hacer la diferencia entre un gobernante, como lo son Daniel Ortega y Rosario Murillo, y lo que es la base de la revolución: la gente organizada en los barrios, la gente que en más de trescientos puntos del país participó en las vigilias con música revolucionaria.

También lo es el discurso y los conceptos presentes en ese discurso. Aparecen figuras como la del pueblo presidente, reivindicando que la soberanía reside en el pueblo. O elementos interesantes, como lo fue el llamado al relevo generacional: una invitación a que la juventud vaya asumiendo el liderazgo de la Revolución.

Y está el elemento religioso:

«Por una Nicaragua cristiana, socialista y solidaria», dijo Rosario Murillo, en ese orden.

Hay que recordar que el triunfo de la Revolución Sandinista se dio, en buena medida, gracias a la adhesión de diversos sectores religiosos, de la Iglesia Católica y de los comités eclesiales de base. Tener ese dato presente permite entender también parte de la base popular de apoyo que conserva el Frente Sandinista.

Pero después podemos encontrar casos de encarcelamiento de candidaturas de oposición. Eso está mal.

Y también podemos señalar que varios de esos candidatos habían violado las regulaciones que restringen que agentes extranjeros intervengan en la política interna y financien partidos políticos, movimientos o actividades políticas.

Con esa información regresamos a la historia de Nicaragua y de su revolución, que tuvo un carácter anticolonial. Así, la intervención de los Estados Unidos en la política interna nicaragüense adquiere otras características.

En este caso, esa intervención se expresa, entre otros mecanismos, por medio del National Endowment for Democracy (NED) y de la USAID, cuyos recursos financiaron a Cristiana Chamorro, Félix Maradiaga, Juan Sebastián Chamorro y Carlos Fernando Chamorro, a través de distintas ONG’s, por mencionar algunos casos.

Y entonces aquí surge una pregunta incómoda. Quienes hoy piden democracia para Nicaragua, ¿qué democracia es exactamente la que piden?

¿Una democracia como la de Honduras, intervenida por los Estados Unidos? ¿O una democracia como la de Ecuador, intervenida por los Estados Unidos? ¿Una democracia como la de Colombia, intervenida por los Estados Unidos? ¿O como la de Perú, la de Chile, la de Argentina, la de El Salvador o la de Costa Rica, democracias también intervenidas por los Estados Unidos?

Quienes piden democracia para Nicaragua, específicamente, ¿a cuál modelo exitoso de democracia en América Latina se están refiriendo?

Y más aún, si su compromiso es realmente con la democracia institucional, ¿por qué no son igual de vocales para denunciar los fraudes electorales en Colombia, en Perú o en Ecuador? ¿O para denunciar los archivos desclasificados de la CIA que muestran que nunca pudieron comprobar un fraude electoral en Venezuela?

Volviendo al punto de que varias cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, también podemos señalar que lo que ha ocurrido con la democracia nicaragüense es, en buena medida, lo propio de una democracia que nace bajo la sombra del asedio imperialista.

En otras palabras, no podemos esperar una normalidad democrática en un país que, después del triunfo de su revolución, vivió diez años de guerra contra la Contra, financiada por los Estados Unidos. Que esa circunstancia haya resultado, entre otras cosas, en una política estatal más represiva puede ser cierto. Como también es cierto que la revolución surgió de un enorme impulso antiimperialista.

Y así no se explica cómo hay quienes, en nombre de la democracia, pretenden retroceder del momento político actual a un momento de democracia liberal subordinada a los intereses de los Estados Unidos. Ahí radica, a mi juicio, el error.

El error de los sectores de la izquierda liberal y proimperialista consiste precisamente en señalar los excesos de los aparatos represivos nicaragüenses ofreciendo como horizonte un modelo de democracia liberal que, en la práctica, solo ha servido para ser intervenido por los Estados Unidos.

En cambio, una alternativa revolucionaria debe ser capaz de reconocer todo lo bueno que hoy existe y que merece ser conservado, al mismo tiempo que critica todo aquello que deba ser criticado, entendiendo que el ejercicio de la crítica solo puede ser verdaderamente democrático si no se desarrolla dentro de un sistema intervenido.

Así, una de las máximas prioridades de quienes creemos en la necesidad de fortalecer la democracia en Nicaragua debe ser la oposición beligerante a la intervención y participación de los Estados Unidos en los asuntos internos de cualquier país de América Latina, incluida Nicaragua. Y más aún, la denuncia beligerante de los intereses estadounidenses por generar una intervención militar en Nicaragua.

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