En el panorama político latinoamericano, las referencias a Israel han proliferado en las últimas décadas. Diversos estudios de caso documentan esta tendencia en países como Argentina, Brasil, Chile, Venezuela, Guatemala o México. Esta apropiación del imaginario sionista —reconfigurado desde claves evangélicas conservadoras— constituye una herramienta simbólica central en la configuración de nuevos discursos de poder y exclusión en la región. Entre los casos más emblemáticos de esta tendencia se encuentra el del presidente Javier Milei en Argentina, quien ha manifestado una afinidad explícita con el judaísmo, incorporando referencias bíblicas judías para justificar su activismo y construir su retórica política. Este uso del imaginario religioso no es meramente ornamental: opera como una forma de legitimación simbólica que articula su figura con una tradición religiosa que es presentada como garante de orden, moralidad y promesa redentora.
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El año pasado, en São Paulo, Brasil, tuvo lugar una manifestación contra el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, convocada por sectores afines al expresidente Jair Bolsonaro. Uno de los elementos que más llamó la atención de los medios fue la presencia de manifestantes portando banderas de Israel. En un video difundido por la plataforma Mídia Ninja, un periodista entrevistó a una de las asistentes, quien llevaba las banderas de Israel y Brasil como una capa. Al preguntarle por qué lo hacía, la mujer respondió: “Porque Israel es cristiano, como Brasil”. Ante la sorpresa del periodista, que le señaló que Israel no es una nación cristiana, ella insistió: “Pero ellos nos representan. Nosotros no somos comunistas. Israel está con nosotros”.
Aunque la respuesta pueda parecer contradictoria o absurda, revela con claridad la compleja imbricación teológico-política que subyace en la creciente referencia a Israel en distintas manifestaciones y discursos políticos en América Latina. Este fenómeno merece ser atendido: los imaginarios sionistas conservadores o fundamentalistas —en particular aquellos promovidos por sectores cristianos— circulan en el espacio público a través del accionar de grupos evangélicos neoconservadores, funcionando como una matriz contracultural que impulsa nuevas formas de hegemonía. En este marco, el sionismo cristiano opera como un dispositivo teológico de defensa pública, el cual no solo articula una agenda política regional, sino que también contribuye a la legitimación de las acciones imperialistas sobre Palestina.
Respecto al uso de símbolos y discursos sionistas, es posible destacar dos elementos clave. En primer lugar, este fenómeno constituye la expresión de un entrelazamiento teológico-religioso-político que amalgama significantes en tensión. No siempre resulta claro si se trata de discursos religiosos que legitiman posicionamientos ideológicos, o si es la política la que se disfraza de religión. En estas narrativas, las fronteras entre lo religioso y lo político se desdibujan, resignificando conceptos como “Israel”, “comunismo”, “democracia” o la propia idea de religión.
En segundo lugar, la evocación de Israel responde a una lógica de antagonismo y diferenciación. “Israel” se convierte en un significante condensador de ideales tanto políticos —como la defensa de la “verdadera” democracia o la alineación con Occidente— como religiosos —la noción de pueblo elegido, el centro moral del cristianismo, la esperanza escatológica de redención—. En este contexto, Israel se posiciona en oposición a otros significantes percibidos como amenazas: comunismo, ateísmo, antisemitismo, inmoralidad, narrativa anti-familia, “ideología de género”, entre otros.
En el panorama político latinoamericano, las referencias a Israel han proliferado en las últimas décadas. Diversos estudios de caso documentan esta tendencia en países como Argentina, Brasil, Chile, Venezuela, Guatemala o México. Esta apropiación del imaginario sionista —reconfigurado desde claves evangélicas conservadoras— constituye una herramienta simbólica central en la configuración de nuevos discursos de poder y exclusión en la región.[2] Entre los casos más emblemáticos de esta tendencia se encuentra el del presidente Javier Milei en Argentina, quien ha manifestado una afinidad explícita con el judaísmo, incorporando referencias bíblicas judías para justificar su activismo y construir su retórica política. Este uso del imaginario religioso no es meramente ornamental: opera como una forma de legitimación simbólica que articula su figura con una tradición religiosa que es presentada como garante de orden, moralidad y promesa redentora.
Brasil constituye otro caso paradigmático. Allí no solo se evidenció la instrumentalización del sionismo cristiano durante el gobierno de Jair Bolsonaro —quien estableció vínculos estrechos con líderes evangélicos y con el Estado de Israel—, sino también una presencia más extensa y transversal del discurso sionista en la arena pública. Esta presencia se manifiesta, por ejemplo, en las reiteradas menciones a Israel por parte de congresistas evangélicos, quienes lo presentan como modelo ético, político y espiritual. En ambos contextos, el sionismo cristiano no solo actúa como lenguaje religioso, sino como repertorio simbólico que permite estructurar un horizonte político identitario en clave conservadora y antagónica.[3]
Los estudios locales sobre estos casos aportan claves relevantes para comprender el fenómeno. En primer lugar, muestran cómo las referencias al sionismo funcionan como una herramienta de diferenciación simbólica frente a la clase política tradicional y su imaginario liberal. Tal es el caso de Javier Milei, quien, como señala el sociólogo argentino Damián Setton[4], apela al judaísmo no tanto desde una filiación religiosa coherente, sino como un dispositivo identitario que le permite marcar distancia frente a lo establecido y construir una narrativa de excepcionalidad política. En este contexto, lo judío —y más específicamente, el sionismo— se convierte en signo de autenticidad, de orden moral y de ruptura con las formas políticas del pasado, por lo que utiliza las narrativas sionistas para enfatizar su rol profético, colocándose en oposición a la “monarquía” representada por “la casta” —la élite política— y por el propio Estado. Así, Milei reconfigura el relato bíblico para posicionarse como una figura mesiánica que desafía el orden institucional desde una supuesta legitimidad trascendente.
Por otro lado, en el caso brasileño, el sionismo cristiano opera como un dispositivo de diferenciación con tintes coloniales. Tal como plantea el antropólogo brasileño Rodrigo Toniol[5], estas referencias no solo refuerzan una visión teológica conservadora, sino que articulan una forma de “blanquitud” que distingue y jerarquiza identidades religiosas y culturales en el espacio público. La evocación de Israel, en este sentido, actúa como símbolo de pertenencia a una geografía sagrada occidentalizada, que margina otras espiritualidades, territorialidades y proyectos políticos. La ritualización del uso de banderas de Israel en manifestaciones públicas y su incorporación en discursos políticos constituye una práctica simbólica que forma parte de un proceso más amplio de “blanqueamiento”. Este proceso busca articular tres dimensiones sociopolíticas fundamentales: el blanqueamiento como mecanismo de distinción de clase; la salvación, en tanto designación mesiánica autoatribuida por sectores evangélicos; y la nacionalización, que invoca el modelo del nacionalismo israelí como tipo ideal a emular.
La creciente influencia del sionismo cristiano en el plano político está directamente vinculada con la consolidación de sectores evangélicos conservadores como actores relevantes en la esfera pública latinoamericana. Esta relación se despliega en una doble dinámica: por un lado, las narrativas sionistas cristianas proveen un marco discursivo legitimador para estos sectores; por otro, los grupos sionistas cristianos de Estados Unidos operan como instancias de articulación, formación ideológica y presión política, tanto en el ámbito nacional como internacional, especialmente en organismos multilaterales.
Este recorrido permite comprender la densidad sociohistórica del sionismo cristiano dentro del cristianismo contemporáneo, particularmente en el campo evangélico neoconservador. No estamos ante una mera estrategia política pragmática, sino frente a un entramado de prácticas rituales, relatos teológicos y dispositivos simbólicos que han moldeado profundamente la identidad evangélica latinoamericana desde la posguerra. Esto se manifiesta, por ejemplo, en las perspectivas misioneras, en la concepción de la “guerra espiritual” o en el enfoque de las llamadas “ventanas 10/40”, construidas sobre la estigmatización de comunidades musulmanas y de los llamados “grupos no alcanzados”.
A partir de este análisis, pueden señalarse algunos elementos clave:
Desde esta perspectiva, el sionismo cristiano puede definirse como un movimiento político-religioso con proyección regional y global, que articula iglesias, partidos políticos, organizaciones de la sociedad civil y plataformas confesionales. Su núcleo radica en la identificación teológica entre el Israel bíblico y el Estado moderno de Israel, lo cual habilita una legitimación religiosa de agendas políticas conservadoras y supremacistas. Esta legitimación se expresa en distintas dimensiones: la geopolítica (sostén de políticas coloniales en Medio Oriente), la religiosa (hegemonía judeocristiana en el marco de la democracia liberal), la moral (imposición de valores ligados a la familia, sexualidad y economía) y la social (rearticulación de antagonismos ideológicos en clave religiosa dentro del sistema capitalista).
En este marco, podría afirmarse que el sionismo cristiano ha logrado consolidarse como una forma de teología pública eficaz, capaz de disputar sentidos comunes, construir hegemonía y articular actores diversos. Lo hace en un contexto de crisis de representación de los discursos políticos tradicionales —ya sean progresistas o conservadores—, y frente a una visible pérdida de influencia de las matrices teológico-religiosas clásicas en América Latina, como el catolicismo social.
Como lo plantea Nukhet Ahu Sandal, la teología pública no debe entenderse como una expresión abstracta de religiosidad, sino como un proceso de intervención activa en los debates sobre el bien común. En sus palabras, “lo que marca el tono de los debates políticos en la sociedad no suelen ser las religiones en sí mismas, sino las teologías públicas creadas, difundidas y consolidadas por las instituciones políticas y religiosas”.[6] Siguiendo esta línea de análisis, podemos afirmar que el sionismo cristiano funciona como una teología pública de carácter colonial, cuyo núcleo reside en una radicalización del purismo moral que conduce a la deshumanización del otro. Se trata de un tipo de colonialismo que excede las categorías del neocolonialismo clásico e incluso las elaboraciones más complejas del pensamiento poscolonial. En términos fanonianos, nos enfrentamos a un dispositivo que convierte los cuerpos colonizados en “zonas de no-ser”: cuerpos desechables, sin valor ontológico ni reconocimiento político, desprovistos de toda pertenencia colectiva o subjetividad digna.
Siguiendo a Edward Said, podríamos decir que estos cuerpos se convierten en objeto de una “ocupación redentora”, cuyo fin es su transformación o erradicación en nombre de una supuesta regeneración moral. Así, el sionismo cristiano se erige como una teología pública que legitima la colonialidad de los cuerpos a través del principio religioso de una moralidad originaria y pura, atribuida a un pueblo elegido y proyectada geopolíticamente mediante el Estado de Israel. Este marco teológico-político se inscribe directamente en la lógica imperial de Estados Unidos, articulando sus dimensiones geográficas, culturales, religiosas y militares.
Se trata, en definitiva, de una teología que sostiene un proyecto político-moral global profundamente conservador, que promueve discursos y prácticas abiertamente antifeministas, anti-LGBTIQ+, antiindígenas y contrarios a toda forma de minoría disidente. El llamado “colonialismo de asentamiento” ejercido sobre los cuerpos palestinos —legitimado desde una escatología de redención y una teología de la violencia salvífica— opera como síntoma de una moralización extrema de la geopolítica, en la que el otro no solo es enemigo, sino abyecto, descartable.
Esta política colonial, sustentada por sectores evangélicos neoconservadores, no se limita al contexto de Palestina: alimenta y justifica una agenda más amplia que se despliega en distintos países y foros multilaterales. En este marco, el discurso teológico-moral se convierte en herramienta para justificar no solo la ocupación, sino también la violencia extrema y la guerra, incluyendo prácticas genocidas, como las que hoy se observan en Gaza. Todo ello es presentado como parte inevitable —e incluso deseable— de la gran empresa redentora del mundo, como lo expresan sin ambages numerosos líderes religiosos y pastores en América Latina y Estados Unidos.
A modo de cierre, podemos decir que enfrentar el avance del sionismo cristiano como dispositivo político-religioso requiere una doble estrategia: por un lado, una crítica teológica rigurosa que desmonte sus fundamentos doctrinales y sus articulaciones con lógicas de poder; por otro, la construcción de plataformas públicas que reactiven el potencial emancipador de lo religioso en clave alternativa. El sionismo cristiano se sustenta en un inmanentismo moral que captura el horizonte antropológico de la trascendencia, convirtiendo los cuerpos en objetos de control, despojados de toda dignidad, instrumentalizados como materia vacía al servicio de una lógica colonial de purificación.
La utopía que este dispositivo proclama es, en realidad, una visión teleológica, fatalista y metafísica de la historia, que clausura toda posibilidad de transformación, de liberación efectiva, de redención concreta. Por eso, una de las tareas más urgentes hoy es la reapropiación crítica de los lenguajes religiosos, para abrirlos a nuevas teologías públicas capaces de subvertir estas lógicas. En este sentido, la propuesta de Franz Hinkelammert resulta iluminadora cuando aboga por superar el “universalismo abstracto” que deshumaniza, proponiendo en su lugar un “universalismo práctico” fundado en una imaginación utópica con anclaje trascendental.
Frente a teologías políticas que justifican el terror, el genocidio y la muerte en nombre de Dios, se impone la necesidad de una teología transinmanente —en el sentido propuesto por Ignacio Ellacuría[7]—: una teología que busque el “más allá” en la historia misma, en su apertura hacia lo posible, hacia lo inédito, hacia lo común. Una teología que no sacralice el orden existente, sino que lo interrogue; que no bendiga la exclusión, sino que habilite el trabajo colectivo por una alternativa que redesigne la inmanencia dominante, restituyendo la esperanza como horizonte histórico y político.
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[1] Una versión previa de este escrito fue publicada en inglés como “Christian Zionism as Geopolitics and Public Theology: A Latin American Perspective” https://contendingmodernities.nd.edu/global-currents/christian-zionism-latin-america/
[2] Brenda Carranza, Maria das Dores Campos Machado y Cecília Loreto Mariz, «Introducción – El sionismo cristiano en América Latina y sus múltiples dimensiones». Ciencias Sociales y Religión, n.º 25 (2023), 1-11 https://doi.org/10.20396/csr.v25i00.8675313; André Daniel Reinke, «La función del imaginario en el sionismo cristiano brasileño», Ciencias Sociales y Religión, n.º 25 (2023), 1-26 https://doi.org/10.20396/csr.v25i00.8673056; Fernando Adolfo Mora Ciangherotti, «Sionismo evangélico-pentecostal a la venezolana: el caso de las cartas del pastor Banks Puertas al presidente Hugo Chávez», Ciencias Sociales y Religión, n.º 25 (2023), 1-33 https://doi.org/10.20396/csr.v25i00.8673679; Miriane Sigiliano Frossard, «En Amor a Sion: Las Caravanas a Israel De La Visión Celular En El Modelo De 12 (M12) Como Proyecto De Alijah Spiritual», Ciencias Sociales y Religión, 25 (2023), 1-30 https://doi.org/10.20396/csr.v25i00.8673633; Claudia Dary Fuentes, «Aproximación al sionismo cristiano en Guatemala», Ciencias Sociales y Religión, 25 (2023), 1-32 https://doi.org/10.20396/csr.v25i00.8673634
[3] Wilhelm Wachholz y André Daniel Reinke, «Pela Paz De Jerusalém», Revista Brasileira De História Das Religiões, v.13, n.37 (2020), 3 https://doi.org/10.4025/rbhranpuh.v13i37.51190
[4] Damián Setton, «Milei y el judaísmo», Página 12 (26 de agosto de 2023) https://www.pagina12.com.ar/582305-milei-y-el-judaismo
[5] Rodrigo Toniol, «Branquear, salvar e nacionalizar: Israel na nova estética da política brasileira», Estado da arte (1 de mayo de 2020) https://estadodaarte.estadao.com.br/branquear-salvar-nacionalizar-toniol/
[6] Nukhet Ahu Sandal, «The Clash of Public Theologies? Rethinking the Concept of Religion in Global Politics», Alternatives: Global, Local, Political, vol. 37, n.º 1 (febrero de 2012), 69. https://www.jstor.org/stable/23210903
[7] Ignacio Ellacuría, “Historicidad de la salvación cristiana” en Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino, comps., Mysterium Liberationis, Tomo I, UCA Editores, San Salvador, 1993, pp.328-329
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Nicolás Panotto