Si hay que creer en las encuestas, lo probable que Zohran Mamdani gane las elecciones a la alcaldía de Nueva York este mes de noviembre. Una encuesta realizada por la Universidad de Quinnipiac el 9 de octubre, tras la retirada del alcalde Eric Adams de la carrera electoral, muestra que Mamdani aventaja en 13 puntos a su competidor más cercano, el desacreditado exgobernador Andrew Cuomo.
A pesar de su juventud y su inexperiencia ejecutiva, Mamdani disfruta de todas las ventajas: mejor campaña sobre el terreno con decenas de miles de voluntarios, mejor campaña en las redes sociales impulsada por jóvenes activistas con un estilo irreverente, cobertura mediática nacional e internacional más favorable, hasta cuatro veces más dinero que Cuomo para la campaña, una serie de apoyos de alto perfil (aunque no de los principales dirigentes de su propio partido) y otras fortalezas.
Sin embargo, a pesar de estas ventajas electorales, las bazas no son favorables a la administración de Mamdani. Esto se debe a que la coalición política necesaria para gobernar es muy diferente de la que puede conseguir que resulte elegido y es tan diferente probablemente ya antagónica para con Mamdani que del mismo partido demócrata surgió su principal opositor el viejo Demócrata Andrew Cuomo, encarnación de todo lo que llevó al poder a Trump.
¿No les recuerda nada?
Congratulations, @AndrewCuomo. Sé lo duro que trabajaste para esto. https://t.co/qePAGqDk0K pic.twitter.com/6CKqyZE6ne
— Zohran Kwame Mamdani (@ZohranKMamdani) November 3, 2025
Zohran Mamdani. Discurso pronunciado el 25 de octubre en el estadio Forest Hills del distrito neoyorquino de Queens, en presencia del senador Bernie Sanders y la congresista Alexandria Ocasio-Cortez.
Viéndoos aquí, a más de 13.000 de vosotros, en el estadio Forest Hills, resulta tentador creer que este momento estaba destinado a suceder. Sin embargo, cuando lanzamos esta campaña el 23 de octubre [de 2024], hace un año y tres días, no había ni una sola cámara de televisión para cubrirla.
Cuando lanzamos esta campaña hace un año y tres días, mi nombre era una anomalía estadística en todas las encuestas. Cuatro meses después, en febrero de este año, nuestro apoyo había alcanzado la impresionante cifra del 1 %. Estábamos empatados con el conocido candidato «otro». Siempre supe que podíamos vencerlo.
Cuando lanzamos esta campaña hace un año y tres días, el mundo político no le prestó mucha atención, porque buscábamos construir un movimiento que reflejara la ciudad tal y como es en realidad, no solo la que los consultores políticos creen que existe en una hoja de cálculo.
Y cuando lanzamos esta campaña hace un año y tres días, nos descartaron como un chiste en los pasillos del poder. La idea de cambiar fundamentalmente al servicio de quién está el gobierno en esta ciudad resultaba inimaginable. Aunque ganáramos impulso, se preguntaban, ¿cómo podríamos superar las decenas de millones de dólares en ataques que vendrían a continuación?
Sin embargo, sabíamos entonces lo que sabemos ahora. Nueva York no está en venta.
Mientras los jóvenes acudían en cifras inéditas, los inmigrantes se veían reflejados en la política de su ciudad y los mayores, antes escépticos, se atrevían a volver a soñar, hablamos con una sola voz: Nueva York no está en venta.
Y hoy, cuando estamos a punto de recuperar esta ciudad de manos de los políticos corruptos y los multimillonarios que los financian, hagamos que nuestras palabras resuenen tan fuerte esta noche que Andrew Cuomo pueda oírlas en su apartamento de 8.000 dólares al mes. Que resuenen tan alto que pueda oírnos, aunque se encuentre esta noche en Westchester [condado rico del estado de Nueva York]. Que resuenen tan alto que el que tira de sus hilos en la Casa Blanca nos oiga: «Nueva York no está en venta».
Trece días después de anunciar nuestra candidatura, Donald Trump volvió a ganar las elecciones presidenciales. El Bronx y Queens experimentaron un giro a la derecha entre los mayores registrados en los condados de nuestro país. No importaba qué artículo leyeras o qué canal sintonizases, la historia parecía ser la misma: nuestra ciudad se iba a la derecha.
Se escribieron necrológicas sobre la capacidad de los demócratas para llegar a los votantes asiáticos, a los votantes jóvenes, a los votantes masculinos. Una y otra vez se nos dijo que, si teníamos alguna esperanza de derrotar al Partido Republicano, sería sólo convirtiéndonos en el Partido Republicano.
El propio Andrew Cuomo dijo que habíamos perdido, no porque no hubiéramos sabido responder a las necesidades de la clase trabajadora norteamericana, sino porque habíamos dedicado demasiado tiempo a hablar de baños y equipos deportivos.
Era un momento en el que parecía que se estaba reduciendo nuestro horizonte político. Y en ese momento, Nueva York, teníais que escoger una opción. La opción de retirarnos o luchar. Y la opción que escogimos fue dejar de escuchar a esos expertos y empezar a escucharos a vosotros.
Fuimos a dos de los lugares que registraron los mayores desplazamientos a la derecha: Fordham Road y Hillside Avenue. Estos neoyorquinos estaban lejos de la caricatura de los votantes de Trump.
Nos dijeron que habían apoyado a Donald Trump porque se sentían desconectados de un Partido Demócrata que se había acomodado en la mediocridad y sólo dedicaba su tiempo a quienes aportaban millones. Nos dijeron que se sentían abandonados por un partido en deuda con las grandes empresas, que les pedía el voto tras decirles solo a qué se oponía, en lugar de presentar una visión de lo que defendía.
Nos dijeron que ya no creían en un sistema que ni siquiera fingía ofrecer soluciones al desafío que definía su vida: la crisis del coste de la vida. El alquiler era demasiado caro. También lo era la alimentación. También lo era la educación infantil. También lo era el autobús. Y tener dos o tres trabajos seguía sin ser suficiente.
Trump, pese a todos sus defectos, les había prometido un programa que les permitiría ganar mayores sueldos y reducir el coste de la vida. Donald Trump mentía. Dependía de nosotros cumplir las promesas que él le había hecho a los trabajadores que había dejado atrás.
Durante los ocho meses que duraron las primarias, explicamos a los neoyorquinos cómo pensábamos abordar esa misma crisis de asequibilidad. No lo hicimos solos.
Fue este un movimiento impulsado por decenas de miles de neoyorquinos comunes y corrientes que llamaron a las puertas entre turnos de doce horas en el trabajo e hicieron llamadas telefónicas hasta que se les entumecieron los dedos. Personas que no habían votado nunca anteriormente convirtieron en acérrimos activistas de campaña. Se formó una comunidad. Nuestra ciudad llegó a conocerse entre sí y a sí misma. Esto, amigos míos, ha sido vuestro movimiento, y siempre lo será.
A medida que se derretía la nieve y se fundía el hielo, esta campaña comenzó a crecer más rápido de lo que nadie hubiera imaginado. Tantos pequeños donantes contribuyeron que tuvimos que pedirles que dejaran de hacerlo. Por favor, parad.
Subimos en las encuestas más rápido de lo que Andrew Cuomo tardó en marcar el número de Donald Trump. La gente empezó a aprender a pronunciar mi nombre.
Y se asustaron los multimillonarios. O, tal como lo describiría el New York Times, los Hamptons [zona opulenta del este de Long Island con segundas residencias de los neoyorquinos más ricos] estaban básicamente en terapia de grupo debido a la competición por la alcaldía.
Andrew Cuomo y sus compinches corporativos hicieron todo lo posible para que esta campaña se caracterizara por el miedo y la mezquindad. Invirtieron millones en esta carrera, me alargaron artificialmente la barba para hacerme parecer amenazador, pintaron nuestra ciudad como un infierno distópico y trabajaron día y noche para dividir al pueblo de Nueva York.
Fracasaron.
Cuando unos días antes de las elecciones recorrí Manhattan a pie, cientos de neoyorquinos desfilaron a mi lado. Y cuando entramos en Times Square bajo una valla publicitaria con las apuestas que daban a Cuomo casi un 80 % de posibilidades de ganar, sabíamos que los supuestos expertos volverían a equivocarse.
Se suponía que lo de Andrew Cuomo era inevitable. Y entonces, el 24 de junio, hicimos trizas esa inevitabilidad.
Ganamos por un 13 %, con el mayor número de votos en unas primarias municipales en la historia de la ciudad de Nueva York. Algunos de esos neoyorquinos habían votado a Trump. Muchos otros no habían votado antes jamás. Y cuando Andrew Cuomo me llamó para reconocer su derrota a las diez y cuarto de esa noche, me dijo por teléfono que habíamos creado una fuerza tremenda.
Cuando insistes en crear una coalición en la que haya espacio para todos los neoyorquinos, eso es exactamente lo que consigues: una fuerza tremenda. Esa fuerza no ha hecho más que crecer en los últimos cuatro meses. Ahora contamos con más de 90.000 voluntarios.
Y hemos hablado con millones más de neoyorquinos. En estos últimos meses hemos presentado nuevos planes sobre cómo gobernaremos, contratando a miles de profesores más para nuestras escuelas, contratando a consultores y firmando contratos con el gobierno municipal, y abordando el último gran reto de la infraestructura de la ciudad de Nueva York: los andamios.
Pero en las últimas semanas, a medida que esta carrera ha entrado en sus últimos días, hemos sido testigos de manifestaciones de islamofobia que conmocionan la conciencia.
Andrew Cuomo, Eric Adams y Curtis Sliwa no tienen programa para el futuro. Lo único que tienen es el manual del pasado. Han intentado convertir estas elecciones en un referéndum, no sobre la crisis de la asequibilidad que consume la vida de los neoyorquinos, sino sobre la fe a la que pertenezco y el odio que pretenden normalizar.
Hemos pasado meses trabajando para convencer al mundo de que los neoyorquinos tienen derecho a permitirse esta ciudad que todos amamos. Ahora nos vemos obligados a defender la idea de que un musulmán pueda siquiera liderarla.
Estos mismos grandes donantes y políticos desacreditados han intentado robarnos nuestra ambición, porque no creen que merezcáis la belleza de una vida digna. Y una y otra vez os han animado a soñar menos, porque saben que una Nueva York reinventada perjudica sus intereses económicos. Creo que esta ciudad es como el universo, en constante expansión.
Nos merecemos un gobierno municipal tan ambicioso como los neoyorquinos trabajadores que hacen de ella la mejor ciudad del mundo. No podemos esperar a que alguien más lo haga realidad. No podemos permitirnos el lujo de esperar, porque a menudo esperar es confiar en aquellos que nos han llevado hasta este punto. El 4 de noviembre, volveremos a encauzar nuestra ciudad en la dirección que le corresponde
Y al hacerlo, responderemos a una pregunta con la que nuestro país se ha debatido desde los albores de nuestra fundación: ¿quién tiene derecho a ser libre?
Hay quienes, al oír esa pregunta, saben sin dudar la respuesta. Son los oligarcas que han acumulado una enorme riqueza a costa de quienes trabajan desde antes de que amanezca hasta mucho después de que el cielo haya perdido su color. Son los magnates sin escrúpulos de los Estados Unidos, y creen que su dinero les da más derecho a opinar que al resto de nosotros.
No me refiero sólo a los Bill Ackman [multimillonario gestor de fondos de coberura] y Ken Langone [empresario multimillonario, uno de los mayores donantes del Partido Republicano] de este mundo. Me refiero a personas cuyos nombres no les son familiares, que no tienen reparos en contribuir a los superPAC [comités de recaudación de fondos de campaña] con más dinero del que jamás les gravaríamos con impuestos, y que celebran cuando esos PAC inundan nuestras ondas con anuncios que me tachan de «yijadista global».
Su libertad no solo se consigue a costa de la dignidad y la verdad. También se consigue a costa de la libertad de los demás. Son los autoritarios los que buscan mantenernos sometidos bajo su yugo, porque saben que una vez que nos liberemos, nunca más volverán a someternos.
Todas y cada una de estas personas piensan que Nueva York está en venta. Durante demasiado tiempo, amigos míos, la libertad ha pertenecido solo a aquellos que se pueden permitir comprarla. Los oligarcas de Nueva York son las personas más ricas de la ciudad más rica, del país más rico, de la historia del mundo. No quieren que cambie la ecuación. Harán todo lo posible para evitar que su control se debilite.
La verdad es tan simple como innegociable. Todos tenemos derecho a la libertad.
Cada uno de nosotros, los trabajadores de esta ciudad, los taxistas, los cocineros, las enfermeras, todos aquellos que buscan una vida digna, sin avaricia, todos tenemos derecho a ser libres.
Y el 4 de noviembre, gracias al arduo trabajo de más de 90.000 voluntarios en todos los rincones de esta ciudad, eso es exactamente lo que le diremos al mundo. Porque mientras los donantes multimillonarios de Donald Trump piensan que tienen el dinero para comprar estas elecciones, nosotros tenemos un movimiento de masas. Y somos un movimiento que no teme lo que cree. Y lo hemos creído durante bastante tiempo.
Los que se preocupan por cómo será este movimiento el 1 de enero son los mismos que el 23 de octubre se preocupaban por cómo sería esta noche. Pero nuestro propósito no ha cambiado, ni tampoco nuestras promesas.
Como dije la noche que lo anuncié, la función del gobierno es mejorar nuestras vidas. Y, tal y como dije el 23 de octubre, esto es lo que defendemos, amigos míos.
Vamos a congelar el alquiler de más de dos millones de inquilinos con alquiler estabilizado y utilizar todos los recursos a nuestro alcance para construir viviendas para todos los que las necesiten.
Vamos a eliminar la tarifa en todas las líneas de autobús y hacer que los autobuses, que actualmente son los más lentos del país, circulen con facilidad por la ciudad.
Y vamos a crear un sistema universal de guarderías sin coste alguno para los padres, para que los neoyorquinos puedan criar a sus familias en la ciudad que aman.
Juntos, Nueva York, vamos a congelar el [«¡alquiler!», grita la multitud].
Juntos, Nueva York, vamos a hacer que los autobuses sean rápidos y [«¡gratis!», grita la multitud].
Juntos, Nueva York, vamos a ofrecer [«¡guarderías!», grita la multitud].
Haremos de nuestra ciudad un lugar en el que todas las personas que la consideran su hogar puedan vivir una vida digna. Ningún neoyorquino debería verse privado de nada de lo que necesita para sobrevivir por motivos económicos.
Y creíamos entonces, creemos hoy y creeremos mañana que es tarea del gobierno proporcionar esa dignidad.
Dignidad, amigos míos, es otra forma de decir libertad.
Al estar aquí esta noche ante vosotros, me siento muy fortalecido por aquellos que han luchado denodadamente por la causa de la libertad en losEstados Unidos, que se negaron a aceptar que no pudiera el Gobierno hacer frente a lo que los momentos de crisis exigían de él. Cuando el poder del pueblo supera la influencia de los poderosos, no hay crisis que el Gobierno no pueda afrontar.
Fue el gobierno el que promulgó el New Deal para sacar a toda una generación de la pobreza, crear hermosos bienes públicos y establecer el derecho a sindicarse y a la negociación colectiva.
Amigos míos, la era del gobierno que considera que un problema es demasiado pequeño o una crisis demasiado grande debe llegar a su fin. Porque necesitamos un gobierno que sea tan ambicioso como nuestros adversarios. Un gobierno lo suficientemente fuerte como para rechazar las realidades que no aceptamos y forjar el futuro que sabemos que merecemos.
Un gobierno que se niegue a aceptar que uno de cada cuatro neoyorquinos viva en la pobreza, que se niegue a aceptar que no tengan hogar más de 150.000 estudiantes de escuelas públicas, que se niegue a aceptar que dos salarios sindicados no sean suficientes para pagar una hipoteca en esta ciudad, y un gobierno que se niegue a aceptar que se les expulse de la ciudad que ayudan a construir cada día.
Una y otra vez, nuestra nación se ha tambaleado al borde del precipicio de la desesperanza. Hoy es uno de esos momentos. Pero en cada uno de ellos, los trabajadores han tendido la mano en la oscuridad y han remodelado nuestra democracia.
Ya no tendremos que abrir un libro de historia para leer sobre los demócratas que fueron líderes de grandes ideas.
Amigos míos, el mundo está cambiando. No se trata de si ese cambio va a llegar. Se trata de quién lo va a cambiar.
Tenemos ante nosotros una oportunidad que pocas personas han tenido y que han aprovechado todavía menos personas. Es la oportunidad de mostrar al mundo lo que significa conquistar la libertad. Es la oportunidad de estar a la altura del legado que nos dejaron quienes nos precedieron.
No podemos determinar la magnitud de una crisis. Nuestra elección es cómo responder a ella.
Ganemos un ayuntamiento que trabaje para quienes se esfuerzan por comprar alimentos, no para quienes se esfuerzan por comprar nuestra democracia. Y esperemos con ilusión el 1 de enero, cuando comience el arduo trabajo de gobernar.
A quienes están en el poder les gustaría describir nuestros compromisos políticos como si fueran ilusiones que se evaporarán tan pronto como nos acerquemos al ayuntamiento. Demostrémosles, por el contrario, que son invocaciones del futuro que conquistaremos.
Y demostremos a todos y cada uno de los neoyorquinos que una política de expansión no solo significa imaginación. Se empeña en cumplir. Podemos hacer del ayuntamiento un lugar del que los neoyorquinos esperen el futuro, no sólo el fracaso.
Pero aún no hemos llegado a ese punto. Al igual que se pensaba que era inevitable la victoria de Andrew Cuomo en las primarias, hoy en día se está empezando a formar la misma historia a nuestro alrededor. Cuando leas los artículos que cuentan una historia de triunfo postelectoral mientras estamos en plena votación anticipada, cuando veas las probabilidades que sitúan nuestras posibilidades de victoria en el 90%, ten en cuenta lo siguiente: estás leyendo lo mismo que leía Andrew Cuomo en junio todas las noches antes de irse a dormir, creyendo que su victoria estaba asegurada. No podemos permitirnos que la complacencia se infiltre en este movimiento.
Así que, durante estos nueve días finales, solo os pido una cosa a cada uno de vosotros: más.
Sé que estáis cansados, y por eso os recomiendo un poco de Adeni Chai [té de especias popular en Oriente Medio]. Y aun así, os pido más.
Sé que los ataques se han intensificado, que una cama caliente es más tentadora que subir seis pisos a pie. Que otra tarde dedicada a llamar a las puertas después de un largo día de trabajo resulta desalentadora. Y aun así, os pido más. Pido más porque es la única manera de conquistar un futuro mejor.
Así que, si podéis, os lo ruego, amigos míos: levantaos. Si habéis llamado a una puerta, encended vuestras linternas [la multitud comienza a encender la linterna de su teléfono]. Si vais a llamar a una puerta, encended vuestra linterna. Si tenéis más que ofrecer, encended vuestra linterna. Formemos juntos una luz lo suficientemente brillante como para desterrar cualquier obscuridad.
Durante estos últimos nueve días, y en los meses y años que seguirán, los poderes fácticos lanzarán todo su arsenal contra nosotros. Gastarán millones de dólares más. Nos atacarán desde todos los ángulos imaginables. Pero no nos doblegaremos. No retrocederemos. Triunfaremos sobre los oligarcas y devolveremos la dignidad a nuestras vidas.
Hace casi ochenta y nueve años, Franklin Delano Roosevelt habló ante una multitud de miles de personas en el Madison Square Garden. Declaró: «Me gustaría que se dijera de mi primera administración que en ella las fuerzas del egoísmo y la sed de poder se toparon con su rival. Me gustaría que se dijera de mi segunda administración que en ella estas fuerzas encontraron quien las domeñara».
Amigos míos, me gustaría que se dijera de nuestra campaña que en ella las fuerzas del egoísmo y la sed de poder se toparon con su rival. Y me gustaría que se dijera de nuestro ayuntamiento que en él estas fuerzas encontraron quien las domeñara.
Nueva York, nuestro trabajo no ha hecho más que empezar. El 4 de noviembre nos liberamos.
Waleed Shahid
Los demócratas no solo están perdiendo argumentos, sino que a menudo lo que están perdiendo es terreno. El problema va más allá de los mensajes. Se trata de una crisis de atención y, en el fondo, de una crisis de credibilidad. Es posible que los votantes sigan diciéndoles a los encuestadores que prefieren a los demócratas, pero pocos creen que el partido pueda cambiar el coste de lo que van a pagar la semana que viene. Se trata de un fracaso de la poesía y de la prosa: campañas que ya no inspiran y gobiernos que ya no cumplen.
El partido se define a menudo por aquello a lo que se opone —el trumpismo, el «wokismo»— en lugar de por aquello que defiende. Duda sobre qué comunidades defender y en qué luchas concretas, de las guarderías hasta el antimilitarismo, pasando por los derechos de los inmigrantes y la vivienda, tiene voluntad de vencer. El problema más profundo es un liberalismo del Partido Demócrata inseguro de sí mismo, a la deriva en el mar. Los demócratas han olvidado cómo actuar como si supieran para qué están.
Esa incertidumbre se refleja en las historias que cuentan. Andrew Cuomo, al igual que Donald Trump, ha descrito Nueva York como un infierno, una ciudad de crímenes, decadencia y fracaso que solo él podía redimir. Zohran Mamdani observa la misma ciudad y ve algo diferente: alegría, lucha y deseo de quedarse. Donde otros narran el declive, él ve un lugar que vale la pena arreglar. Es eso lo que los demócratas suelen pasar por alto. Una política basada únicamente en el miedo o la oposición no puede servir de inspiración; sólo puede reaccionar y gestionar. Lo que se necesita es una política que trate a las personas no como víctimas de la crisis, sino como coautoras de lo que aún se puede reparar y construir.
Mamdani altera esa imagen porque parece funcionar con una lógica diferente a la del partido que le rodea. Para los consultores, se trata de una curiosidad: un joven socialista democrático con fluidez en TikTok y facilidad diaspórica, y que forma parte de una nueva clase de políticos que parecen nacidos para hacerse virales. Pero lo que le distingue no es la novedad, sino la convicción. Se comporta como un guerrero feliz, consciente de los absurdos de la política, pero sin estar dispuesto a renunciar a sus posibilidades. Habla con la seguridad de que la política aún puede hacer que la vida sea menos dura.
Lo que Mamdani está poniendo realmente a prueba es si los demócratas aún pueden generar atención a través del conflicto en sus propios términos. El panorama mediático político moderno sólo amplifica lo que sangra —guerras culturales, disputas entre famosos— mientras ignora los conflictos que realmente definen la vida de las personas: el alquiler que no deja de subir, las guarderías infantiles que esquilman el sueldo, el transporte público que no llega. La mayoría de los demócratas, temerosos de verse tachados de divisivos, se retiran por completo del enfrentamiento o se ven arrastrados a luchas equivocadas.
Mamdani entiende que la atención se genera a través del conflicto, y que la solución no es evitarlo, sino redirigirlo. Lo construye en torno a la asequibilidad —quién paga, quién se beneficia y cómo funciona el poder— haciendo que la lucha económica se haga visible y emocionalmente legible. Para él, el conflicto no es una distracción de la gobernación, sino el punto de partida para la persuasión. El objetivo no es mostrar ira, sino enfocarla, para recordarle a la gente que la política todavía puede cambiar el precio de las cosas que rigen sus días.
El atractivo de Mamdani tiene poco que ver con su aire juvenil. Reside en su respuesta a dos preguntas que el partido sigue eludiendo. ¿Puede un demócrata mantener la atención sin convertirse en una caricatura? Y una vez captada la atención, ¿se puede utilizar para hacer que la política sea legible como un sistema que cambia lo que la gente paga y cómo vive?
Su método combina tradiciones que rara vez coexisten: la claridad moral de Bernie Sanders, la cadencia digital y de movimiento de Alexandria Ocasio-Cortez, el instinto de «abundancia» para construir y desbloquear, la competencia fundamentada de los ejecutivos eficaces y la habilidad narrativa de los trabajadores culturales que saben cómo llegar al público. No se trata del estilo por sí mismo. Se trata de la persuasión como arte: demostrar que los demócratas pueden volver a ocupar el escenario de la economía, hablar con claridad sobre el poder y seguir creyendo en lo que dicen.
1.Empezar por lo esencial
Mamdani comienza exponiendo el problema con claridad: Nueva York es demasiado cara. A continuación, propone una solución y la forma de llevarla a cabo. Congelar los alquileres estabilizados a través de la Junta de Directrices de Alquileres en lugar de aprobar otra tanda de aumentos. Hacer que los autobuses sean rápidos y gratuitos, en lugar de cobrar 2,90 dólares. Financiar las guarderías universales para que los padres no tengan que elegir entre ganarse la vida y criar a sus hijos. Es esta es la voz de alguien que repara un sistema en lugar de describir un sueño. Es un diagnóstico, una solución y una teoría del poder.
Ahí es donde falla la mayoría de los demócratas. Si se pregunta a los votantes qué harían teniendo mayor poder Chuck Schumer [ líder de la Mayoría (demócrata) del Senado entre 2021 y 2025] , Hakeem Jeffries [miembro demócrata de la Cámara de Representantes por el estado de Nueva York], Kamala Harris o Joe Biden —qué cambiaría en sus vidas—, la respuesta consiste en encogerse de hombros. El lenguaje del partido es, con demasiada frecuencia, una nebulosa de intenciones: «seguridad para la clase media», «oportunidades para todos», «vivienda asequible». Ninguno responde a las preguntas básicas: ¿Qué es lo que no funciona? ¿Qué palanca se va a accionar? ¿Quién se supone que debe actuar? En ese sentido, el poder es algo que hay que gestionar, no ejercer.
2. Ganarse la atención a través del conflicto
En el entorno mediático actual, la atención se raciona mediante el conflicto. Las guerras culturales, las disputas entre famosos y las peleas internas de los partidos políticos reciben mucha atención, mientras que las disputas sobre el alquiler o el precio del autobús rara vez la reciben. El dolor económico es constante, lo que lo hace menos «noticiable». Una tarifa de 2,90 dólares, un aumento del 6 % en el alquiler, un tiempo de respuesta de dieciséis minutos…nada de eso supera a un vídeo viral sobre quién insultó a quién. Ese es el terreno que los demócratas tienen que atravesar, y la mayoría no ha descubierto cómo hacerlo. O bien evitan los enfrentamientos por completo o bien se ven arrastrados a aquellos que hacen que los temas cotidianos sean prácticamente invisibles.
Mamdani no huye de la confrontación, sino que la redirige. Cuando Cuomo sacó a relucir la «experiencia», Mamdani no discutió su biografía. Convirtió la frase en una prueba para los inquilinos: «Si mi alquiler es demasiado bajo, voten por él; si su alquiler es demasiado alto, voten por mí». Cuando Fox News calificó los autobuses gratuitos de «caos», Mamdani presentó una elección fiscal obligada —o casi mil millones de dólares para los créditos fiscales de Elon Musk o unos setecientos millones para hacer que el transporte público fuera gratuito— y luego añadió cuáles serían las consecuencias cotidianas: conductores más seguros, viajes más rápidos, rutas más completas. Incluso en lo relativo a Gaza y la inmigración, temas que los asesores califican de «no abordables», él los abordó, mostró criterio y luego volvió al terreno de la gobernación. El enfrentamiento creó público; el marco creó comprensión.
Por eso sus enfrentamientos no parecen artificiales. Los moderados tienden a esquivar y esperar a que pase la tormenta; la izquierda activista suele tratar el conflicto como una actuación para los que ya están convencidos; la retórica de «la clase, primero» reduce todas las disputas a una lucha entre el capital y el trabajo y pasa por alto el diseño de servicios que realmente cambia el día a día. Mamdani lucha por aclarar las compensaciones —quién paga, quién se beneficia, qué cambia— y lo hace en el lenguaje de los precios y los servicios, no en el de las posturas. En una cultura mediática que premia la indignación, él utiliza la indignación para hacer comprensible la economía. Así es como se genera atención para la política material cuando los medios te dicen que hables de cualquier otra cosa.
3. Que el estilo esté al servicio de lo esencial
Mamdani proyecta el tipo de firmeza que solía valorarse en la política: el espíritu del guerrero feliz, serio en la lucha, sin rencor, convencido de que la persuasión aún es posible. Sonríe con facilidad, pero nunca de forma fingida. Su tono es ecuánime, su humor, seco, su paciencia, visible. Es lo contrario de la pose de influyente que domina la política moderna, donde cada gesto está marcado y cada emoción calibrada para causar efecto. Suena como alguien que intenta ganarse a la gente, no impresionarla.
Esa cualidad de apertura tiene un nombre antiguo: disponibilidad. En la política del siglo XIX, eso significaba un candidato con el que podían convivir amplias facciones: presente, útil, abierto a ser reclamado por una mayoría. Mamdani es una versión moderna de ello. Se sienta en Fox News sin disculparse, entra en recintos que no le reciben con simpatía y se marcha tras exponer los mismos argumentos que expone en todas partes. No suaviza sus opiniones para adaptarse al público; confía en que una política basada en los alquileres, el transporte, las guarderías infantiles y la seguridad puede traspasar los límites de los distritos y los distintos orígenes.
Esto se contrapone a casi todos los arquetipos demócratas. Los políticos del establishment —del estilo de Schumer o Jeffries— confunden fluidez con significado. La versión moderada de la cautela intenta gestionar la política como una marca, diciendo poco por temor a ofender. La izquierda digital gasta energía en aparentar autenticidad en su propio rincón de la Red. La versión Mamdani de la presencia es más sencilla: ser legible, no performativo; seguro, no comisariado. Hace que la seriedad resulte atractiva en lugar de severa, convirtiendo al «guerrero feliz» de una reliquia en una estrategia.
4. Afrontar la cultura con competencia y convicción
En nuestra economía de la atención, las «guerras culturales» suelen tener menos que ver con la política que con las sensaciones. Los profesionales de los medios de comunicación y la política utilizan preguntas candentes para sondear la religión de un candidato: ¿eres ideológico o pragmático, tribu o coalición? El objetivo no es la resolución, sino la provocación. Si pisas el rastrillo, el clip se escribe solo; si lo esquivas, pareces evasivo. Malo si lo haces y si no lo haces, malo. La estrategia de Mamdani es tratar la política como una herramienta, en lugar de como un credo. Afronta la prueba de frente, muestra claridad moral y luego vuelve a centrar el diálogo en los neoyorquinos.
Gaza es el caso más claro. En esencia, no se trata de una cuestión «cultural», pero en la práctica nuestros medios de comunicación políticos la tratan como tal. Mamdani no se anduvo con rodeos. Condenó la matanza masiva de civiles palestinos, habló directamente del miedo judío al antisemitismo, afirmó la humanidad palestina y rechazó la costumbre liberal de crear una laguna jurídica, el «salvo Palestina», en los valores propios.
La claridad era importante, pero el método lo era aún más: superar la prueba de competencia bajo presión —adoptar una verdad impopular entre la clase política, explicarla sin rencor— y luego volver a los costes y los servicios. A medida que la opinión se alejaba de la línea de Jeffries-Schumer sobre el tema, lo que los consultores consideraban un lastre se convirtió en una prueba de que podía mantener unida una coalición mientras decía lo que pensaba.
El mismo patrón se repitió de manera distinta en materia de inmigración y policía. Cuando Mamdani se enfrentó al jefe de fronteras de Trump, Tom Homan, por la detención de un titular de “green-card” [tarjeta de residencia], no se estaba desviando del debate económico, como temían algunos demócratas; estaba demostrando que está dispuesto a luchar cuando otros se acobardan. En un partido que a menudo trata el enfrentamiento moral como una distracción de la política «cotidiana», él entendió que el coraje forma por sí mismo parte de la credibilidad. Al desafiar públicamente al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), dejó claro que el Gobierno no puede pretender defender a los trabajadores mientras se acobarda ante la crueldad.
En materia de delincuencia y seguridad pública, demostró la misma astucia: saber cuándo abandonar un lema perdedor y seguir adelante con la esencia de las protestas de 2020 por George Floyd. En lugar de defender la «desfinanciación», aceptó las críticas, se disculpó y siguió actuando en consonancia con una de las principales reivindicaciones del movimiento por la justicia racial: dejar de enviar solos a agentes armados a gestionar crisis de salud mental. Fue una lección magistral de traducción: despojarse de la retórica que asustaba a los votantes y mantener la esencia que podía equilibrar la seguridad, la reforma y la justicia. Y, como gran parte de su agenda, vuelve a la asequibilidad: la policía no debería ser la respuesta a una red de seguridad social quebrada.
En ambos casos, convirtió lo que otros temían que fueran trampas de la guerra cultural en demostraciones de competencia, demostrando que la convicción, manejada de forma práctica, es una herramienta para gobernar.
Esa postura lo diferencia de las cuatro corrientes habituales del liberalismo. No es un guerrero cultural «woke» obsesionado con el lenguaje por encima de los resultados. No es un moderado que diluye sus convicciones para ganarse la aprobación de los expertos, sino que construye un amplio «nosotros» en torno a los neoyorquinos que esperan que el gobierno funcione. No es un reduccionista de clases que sólo ve la economía y pasa por alto de qué modo afecta la raza, el género y el estatus migratorio a las experiencias de las personas. Pero tampoco es prisionero de una forma de política identitaria que olvide lo universal. Su enfoque en el alquiler, el transporte y la atención sanitaria crea una causa común más allá de las diferencias: una lucha compartida por lo que se le debe a todo el mundo, no sólo por lo que se reconoce a cada uno.
En un momento en el que la política «anti-woke» se ha endurecido hasta llegar a la prohibición de libros, las redadas del ICE, la censura de los comentarios sobre Charlie Kirk, los secuestros de inmigrantes y activistas y la hostilidad abierta hacia las personas trans, Mamdani se sitúa en el espacio que la propia opinión pública ha comenzado a reabrir. El termostato ha cambiado: muchos estadounidenses que antes ponían los ojos en blanco ante el término «woke» ahora se rebelan ante la crueldad de su reacción. En ese contexto, ser «woke» ya no es una demostración de virtud, sino una postura contra el autoritarismo. Mamdani canaliza ese cambio vinculando la inclusión con la pertenencia y la claridad moral con la competencia material. El extremismo de Trump hizo evidente esa conexión; la tarea de Mamdani —y de la izquierda— es mantenerla una vez que se enfríe la indignación, seguir demostrando que la solidaridad, bien practicada, es una forma de competencia estratégica.
5. Mantener un bucle lo bastante pequeño como para que tenga resonancia
La disciplina es el hábito que mantiene unido todo lo demás. El bucle de mensajes de Mamdani —alquiler, autobuses, guarderías, asequibilidad, coste de la vida— es lo suficientemente breve como para recordarlo y lo suficientemente amplio como para adaptarse a casi cualquier pregunta. Casi todos los argumentos, todos los intercambios, acaban volviendo a esas palabras. Si una respuesta no puede conectarse con el bucle en una frase, hay que tratar el bucle como una cuerda: si se estira demasiado, se corre el riesgo de romper el hilo que mantiene la coherencia del mensaje. Cuanto más se aleja un demócrata de ese núcleo, más débil es el tirón hacia lo que importa. Una política que la gente pueda recordar, como la línea rítmica de una canción. Mamdani puede improvisar, pero la melodía tiene que volver. Cuanto más se aleja un demócrata del estribillo, más probable es que pierda el ritmo.
El bucle quedó más claro en Fox News. El presentador dedicó entre diez y quince minutos a la política exterior —Hamás, los rehenes, Benjamin Netanyahu, la Corte Penal Internacional—, temas que un alcalde de Nueva York no controla, pero que pueden acaparar cualquier entrevista. Es la clásica prueba de la guerra cultural: si te implicas, pareces obsesionado con luchas lejanas, en lugar de estarlo con el trabajo de la ciudad; si lo evitas, pareces evasivo o inconsistente. Luego vino la prueba de reafirmación de la élite: ¿le daría crédito a Trump por el alto el fuego, prometería cortejar a Wall Street o reconocería que unos modestos cambios en los tipos máximos asustarían a J.P. Morgan o Goldman?
Mamdani manejó cada uno de ellos con pulcritud —responder y luego cambiar de tema— y volvió al trabajo por el que realmente se presenta: hacer que Nueva York sea asequible y segura. En cuanto a «cómo se paga», se mantuvo en el bucle. En el caso de los autobuses, aportó los resultados del programa piloto de la ciudad —con un descenso del número de personas sin hogar, menos agresiones a los conductores, viajes más rápidos— y los relacionó con la vida cotidiana de los usuarios. Presionado para demostrar que significa «proempresarial», le dio la vuelta al argumento: la ciudad que funciona para los trabajadores —calles más limpias, metro más seguro, tiempos de respuesta más cortos— es la misma ciudad en la que quieren invertir las empresas.
Así es la disciplina en una economía de la atención construida para recompensar la indignación, el conflicto y la distracción. La mayoría de los demócratas se dispersan bajo presión, ya sea tratando de apaciguar a sus interrogadores o explicándose en exceso caer en la irrelevancia. Mamdani no hace ninguna de las dos cosas. Mantiene el círculo lo suficientemente pequeño como para que tenga resonancia y lo suficientemente fuerte como para que se mantenga. Guerras culturales, trampas de los expertos, objetos brillantes… todo intenta sacarlo de su ritmo. Pero cada vez encuentra el mismo estribillo que sirve de ancla.
A través de estos cinco hábitos se extiende una sola idea: la política recupera el poder cuando es concreta, segura y colectiva. Mamdani convierte la asequibilidad de un estado de ánimo en un mecanismo, el conflicto del ruido, en educación, el estilo de la marca, en presencia, la cultura de la división, en coalición, y la disciplina del giro, en confianza. Así es como se diferencia del modo de cautela tecnocrática de la mayoría de los demócratas, de los análisis basados únicamente en la clase, de los moderados que recortan sus compromisos sociales y de las guerras culturales activistas que agotan al centro.
Para muchos votantes, Mamdani es como un antídoto, no solo contra la corrupción autoritaria de Trump, sino también contra la derrota de Biden-Harris y la apatía de los líderes demócratas entre sus propios votantes. Lo que importa no es tanto la novedad del rostro como el método: una forma de que los socialistas democráticos vuelvan a estabilizar el liberalismo a través de un propósito, como hicieron desde la década de 1920 hasta la de 1960:
“Sé que, desde que ganamos el 24 de junio, hay quienes se han preguntado si es posible aquello a lo que aspiramos. Si los jóvenes de los que se dice que son el futuro podrían ser también el presente. Si una izquierda que ha sido crítica podría ser también una izquierda que cumple”.
“Para esto, amigos míos, tengo una respuesta muy sencilla: sí”.
“Y a aquellos que dudan, que no pueden creerlo del todo, que comparten nuestra visión, pero tienen miedo de permitirse tener esperanza, les pregunto: ¿Desde cuándo la dignidad es algo fruto de concesiones?”
“En una época de obscuridad, Nueva York puede ser la luz. Y podemos demostrar de una vez por todas que la política que practicamos no tiene por qué basarse en el miedo o la mediocridad. Que el poder y los principios no tienen por qué estar en conflicto en el ayuntamiento. Porque utilizaremos nuestro poder para transformar lo que es un principio en algo posible”.
This is a vibe! pic.twitter.com/NFRSaKAreH
— ️⚧️️ (@KaoticLeftist) November 2, 2025
Michael Beyea Reagan
Si hay que creer en las encuestas, lo probable que Zohran Mamdani gane las elecciones a la alcaldía de Nueva York este mes de noviembre. Una encuesta realizada por la Universidad de Quinnipiac el 9 de octubre, tras la retirada del alcalde Eric Adams de la carrera electoral, muestra que Mamdani aventaja en 13 puntos a su competidor más cercano, el desacreditado exgobernador Andrew Cuomo.
A pesar de su juventud y su inexperiencia ejecutiva, Mamdani disfruta de todas las ventajas: mejor campaña sobre el terreno con decenas de miles de voluntarios, mejor campaña en las redes sociales impulsada por jóvenes activistas con un estilo irreverente, cobertura mediática nacional e internacional más favorable, hasta cuatro veces más dinero que Cuomo para la campaña, una serie de apoyos de alto perfil (aunque no de los principales dirigentes de su propio partido) y otras fortalezas.
Sin embargo, a pesar de estas ventajas electorales, las bazas no son favorables a la administración de Mamdani. Esto se debe a que la coalición política necesaria para gobernar es muy diferente de la que puede conseguir que resulte elegido.
Para ser claros, la estrategia electoral de Mamdani es sólida. Con el objetivo de hacer que Nueva York sea asequible para todos, Mamdani ofrece políticas destinadas a abordar la crisis del coste de la vida en la ciudad. La principal de ellas son las guarderías universales gratuitas, lo cual permitiría a los residentes matricular a sus hijos en programas de preescolar subvencionados. Este programa, que ofrece educación gratuita a niños de entre 6 semanas y 5 años, también aumentaría los salarios de los trabajadores de guarderías, que están notoriamente mal pagados.
Las guarderías no son más que el comienzo de las reformas propuestas. El programa de Mamdani incluye la financiación segura de las bibliotecas y del sistema hospitalario municipal de la ciudad. Aboga por la creación de un nuevo departamento de «seguridad comunitaria» para liberar a la policía de la carga que supone la intervención en situaciones de crisis. Promete autobuses gratuitos que circulen más rápido, un sistema de cinco tiendas de comestibles propiedad de la ciudad, aumentar el salario mínimo a 30 dólares la hora en los próximos cinco años, congelar los alquileres y hacer cumplir la normativa sobre arrendadores, entre otras reformas necesarias.
Si Mamdani gana en noviembre, quedará demostrado que los demócratas progresistas que se presentan dentro del partido pueden ganar las elecciones sobre la base de reformas populares destinadas a la clase trabajadora, siempre y cuando no se vean frustrados por los líderes de su propio partido.
En el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, esta fue una estrategia ganadora. Nueva York tenía un Estado del Bienestar muy desarrollado, que en su momento se consideró el ejemplo norteamericano más próximo a la socialdemocracia de estilo escandinavo.
Entre 1945 y 1975, Nueva York contó con educación superior pública gratuita y un sistema hospitalario municipal gratuito, desembolsó miles de millones en viviendas públicas y cooperativas, puso en marcha programas de control de alquileres y formación profesional, amplió las prestaciones sociales y, como es bien sabido, subvencionó el precio del transporte público, que se mantuvo en solo cinco centavos durante los primeros 40 años de existencia de la MTA [red de transporte neoyorquina].
Esta economía de «bienestar social» de la ciudad de Nueva York se derrumbó merced a un golpe asestado por Wall Street en la década de 1970. La crisis fiscal de 1975 fue el resultado del derrumbe del mercado de bonos municipales y de una grave depresión económica. La ciudad perdió la friolera de 500.000 puestos de trabajo en el sector manufacturero entre 1969 y 1975, cuando los fabricantes norteamericanos trasladaron sus fábricas fuera de las ciudades y, finalmente, fuera del país. Tanto la depresión como el colapso del mercado fueron el resultado de las acciones de los «dueños del universo», los inversores de Wall Street cuyos fondos se destinaron a inversiones en el extranjero, en lugar de apoyar a la industria nacional y a las ciudades en las que tenían sus raíces.
Nueva York quedó atrapada en esta vorágine neoliberal. Con una economía en declive, no podía pagar las facturas. Y con el mercado de bonos municipales en caída libre, no podía acceder al crédito que le ayudara a superar los años de crisis.
Ahí es donde entró en juego el golpe de Wall Street. El golpe consistió en una «huelga de capitales» en la que los principales bancos se negaron a emitir bonos de la ciudad de Nueva York hasta que el gobierno municipal no recortara los programas sociales a satisfacción de los financieros. Los programas de bienestar social, las escuelas públicas, los centros de tratamiento de drogas, los centros para personas mayores e incluso las comisarías y los parques de bomberos fueron objeto de recortes. La Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) impuso matrículas por primera vez en sus 130 años de historia. Se cerró el hospital Sydenham de Harlem. Según algunas estimaciones, hasta 60.000 trabajadores municipales perdieron su puesto de trabajo.
Con los bonos municipales de la ciudad de Nueva York excluidos de los mercados crediticios, el gobernador Hugh Carey y el alcalde Abraham Beame recurrieron al gobierno federal en busca de ayuda a corto plazo. Pero el nuevo presidente republicano, Gerald Ford, y su falange de economistas neoliberales —entre los que destacaban Alan Greenspan (presidente del Consejo de Asesores Económicos) y otros como el secretario del Tesoro William Simon y el infame Donald Rumsfeld (entonces jefe de gabinete)— rechazaron los préstamos puente para la ciudad. De hecho, en una reunión a puerta cerrada en la Casa Blanca en la que la administración Ford debatió la financiación de Nueva York, Rumsfeld instó al presidente a decirle a la ciudad: “No simplemente ‘no’, sino ‘ni hablar’”.
Esa actitud, dejar que la gente de Nueva York se las apañe sola, o «que se desplome muerta», como sugería un titular del New York Daily News, era compartida por los bancos y el gobierno federal. Desde entonces, la llamada responsabilidad fiscal ha sido el fantasma de la reforma social.
En 2025, en lo que toca a Zohran Mamdani, estas condiciones siguen sin cambiar en gran medida, especialmente una: el control absoluto de Wall Street sobre las finanzas de la ciudad. Dada la necesidad de financiación privada para los programas públicos, el sector privado tiene la última palabra sobre la política social. Puede sencillamente cerrar el grifo.
Por su parte, Mamdani ha prometido financiar estos programas mediante aumentos de impuestos a nivel estatal y municipal. Sus programas supondrán un gasto adicional, estimado en 7.000 millones de dólares, al presupuesto anual de la ciudad, que asciende a 116.000 millones. Y afirma que los financiará mediante una serie de impuestos progresivos que aumentarían los tipos del impuesto sobre la renta para quienes ganan más de un millón de dólares al año y elevarían el tipo del impuesto de sociedades del estado hasta igualarlo al de Nueva Jersey: el 11,5 %.
De hecho, así es como se gestionaron las finanzas de la ciudad durante la edad de oro del crecimiento de la posguerra, al imponer un impuesto municipal sobre la renta a finales de la década de 1960, así como al mantener un impuesto sobre la transferencia de acciones y otros impuestos progresivos a las empresas.
Para conseguir recaudar sus impuestos, Mamdani tendrá que pasar por Albany [capital del estado de Nueva York, donde se encuentra su asamblea legislativa y reside la gobernadora]. La gobernadora demócrata de Nueva York, Kathy Hochul, ha prometido bloquear cualquier aumento de impuestos destinado a financiar programas sociales. Las empresas y la burguesía de Nueva York también amenazan, no con una huelga de capital, sino con una fuga de capitales: abandonar la ciudad si Mamdani logra aumentar los impuestos.
En resumen, siguen vigentes las estructuras económicas y políticas que pusieron fin a los experimentos de socialdemocracia de Nueva York en la década de 1970. En primer lugar, la estructura del sistema federal dificulta mucho los cambios a escala local. Dado que los cambios necesarios para mejorar las finanzas de la ciudad tienen que pasar por Albany o Washington, puede resultar prácticamente imposible desarrollar y financiar las estructuras de bienestar social que los trabajadores necesitan desesperadamente en la ciudad. Esto resulta aún más difícil con políticos neoliberales y de extrema derecha, como Hochul y Trump, que ocupan cargos estatales y federales.
Pero hay un problema más profundo. Cuando los programas públicos se financian a través del sector privado, los bancos tienen un poder de veto definitivo. Esto es lo que ocurrió en la crisis fiscal de 1975, cuando Wall Street excluyó a la ciudad del mercado crediticio y obligó a Nueva York a realizar recortes para satisfacer al sector bancario. Y esto ya había ocurrido antes, en 1933, en pleno apogeo de la Gran Depresión, cuando el «acuerdo de los banqueros» cerró los mercados crediticios a la ciudad y forzó a aplicar medidas de austeridad en el gasto municipal. Este es el veto estructural que Wall Street ejerce sobre nuestra propia democracia.
Esto no quiere decir que sean insuperables estos obstáculos, ni que no pueda alcanzarse nunca la esperanza de reformas progresistas en los Estados Unidos, o al menos en la ciudad de Nueva York. De hecho, Mamdani puede ser lo suficientemente inteligente, puede contar con el apoyo popular que necesita, puede beneficiarse de una población trabajadora organizada que pueda imponer estas reformas y la financiación necesaria para pagarlas.
Sin embargo, hay que recordar que, en una democracia capitalista, el capital dispone de todas las cartas en la mano. Elegir a un único político progresista no es suficiente para obligar a los ricos a pagar lo que todos necesitamos. Para ello se necesita poder. Necesitaríamos movimientos de masas que pudieran amenazar con perturbaciones mucho mayores a menos que los ricos capitularan. Como hemos visto con las campañas de Obama, Sanders y otros, no siempre es posible convertir una coalición electoral en una fuerza política con poder popular para gobernar.
Para ello sería necesario acumular poder fuera de los cargos electos, un poder que pueda superar el poder estructural de los bancos y la clase inversora. De hecho, los movimientos populares siempre son necesarios para obligar a los cargos electos, incluso a los más sinceros como Zohran Mamdani, a no renegar de sus promesas. Y hay indicios de que Mamdani ya podría estar planeando exactamente eso.
Este tipo de poder popular es posible. Al fin y al cabo, durante el New Deal, la clase empresarial se vio lo suficientemente castigada como para permitir la aprobación de importantes reformas sociales humanitarias en beneficio de los trabajadores. Con los ataques de la administración Trump al «Estado administrativo» del New Deal, ese ciclo parece haber llegado a su fin.
CNN: Hakeem Jeffries was asked this morning if you’re the future of the democratic party. He said no.
ZOHRAN MAMDANI: Good to know.
CNN: Do you have a response?
MAMDANI: No. I’m focused on the next two days.
CNN: Do you think you’re the future of the Democratic party?… pic.twitter.com/fmzwXOs2ZT
— Ken Klippenstein (NSPM-7 Compliant) (@kenklippenstein) November 3, 2025
Michael Moore
Amigos:
Los habitantes de la ciudad de Nueva York, mi segunda casa, están a punto de hacer algo histórico.
El 4 de noviembre de 2025, dentro de una semana, elegiremos a Zohran Kwame Mamdani como alcalde de la ciudad más grande de los Estados Unidos. Será nada menos que todo un milagro.
(Neoyorquinos, ¡no hace falta esperar hasta el 4 de noviembre! La votación anticipada ya ha comenzado: nycvotes.org/how-to-vote/early-voting).
No era de suponer que fuera a suceder esto.
Mamdani es orgulloso miembro y organizador de los Socialistas Democráticos de Norteamérica y ha llevado a cabo una campaña centrada en la asequibilidad: congelar el alquiler para más de un millón de neoyorquinos, construir viviendas asequibles, plantar cara a los malos propietarios, hacer que los autobuses sean rápidos y gratuitos, ayudar a reducir el precio de los alimentos con algunas tiendas de comestibles propiedad de la ciudad y ofrecer guarderías universales gratuitas. El tipo de cosas que cualquier ciudad (y país) sensata, humana y civilizada debería tener. Y el tipo de cosas que la ciudad más rica del país más rico del mundo debería avergonzarse de no poder proporcionar. Mamdani lograría estas cosas aumentando el tipo impositivo de las empresas y gravando a los ricos.
Pero eso no es todo. Mamdani ha adoptado la postura impactante y políticamente incorrecta de que los palestinos son, de hecho, seres humanos y no se les debe exterminar. Sobre todo, no con las bombas y la cobertura diplomática que proporcionan los Estados Unidos de América y sus contribuyentes. Quizás el dinero que se ha utilizado para convertir Gaza —que tiene el tamaño de Detroit— en el lugar con el mayor número de niños amputados del mundo gracias a la indiscriminada ofensiva de Israel, podría gastarse mejor en otras cosas, como en vivienda o asistencia sanitaria.
Por estas razones, la estructura del poder político en Nueva York y en todo el país ha estado tratando de detenerlo. Se unieron en torno al desacreditado exgobernador Andrew Cuomo en las primarias demócratas, pero Mamdani lo aplastó por más de diez puntos. Y a una semana de las elecciones, están lanzando desesperadamente todo lo que tienen no solo para acabar con Mamdani, sino también con los movimientos en los que se basa la campaña de Mamdani.
La buena noticia es que…no está funcionando. Él va por delante en las encuestas. Ha creado un ejército de 90.000 (¡¡¡90.000!!!) voluntarios que dedican su tiempo y energía a enfrentarse a los oligarcas y a la clase política y mediática que estos controlan.
La mala noticia es que, en las últimas semanas, ha surgido una nueva amenaza. La desesperada campaña de Cuomo y los desesperados medios de comunicación creen tener un as en la manga para descarrilar a Mamdani: ¡el hecho de que es… MUSULMÁN!
De amenazas violentas abiertas dirigidas a Zohran y su familia, pasando por anuncios televisivos llenos de odio e intolerancia, hasta ataques racistas y repugnantes por parte de los medios de comunicación y sus oponentes, el nivel de odio es repugnante.
A pesar de todo, Mamdani se ha comportado con valentía, con dignidad y con clase. La semana pasada, tras la oración del viernes en el Centro Cultural Islámico del Bronx, Mamdani pronunció un emotivo discurso que me gustaría que todos vierais y compartierais con otras personas. Por favor, dedicad unos minutos a verlo a continuación [léase infra].
Y a los casi un millón de musulmanes de la ciudad de Nueva York que se ven actualmente bombardeados con anuncios televisivos y correos electrónicos islamófobos: os apoyo. ¡Todos os apoyamos!
Y a los intolerantes, islamófobos, odiosos y belicistas: ¡YA BASTA! ¡SE ACABÓ!
Atentamente,
Michael Moore

Zohran Mamdani. Texto íntegro del discurso de Zohran Mamdani pronunciado en el Centro Cultural Islámico del Bronx el 24 de octubre de 2025:
Hace seis años, poco después de anunciar mi candidatura a la Asamblea del estado de Nueva York, uno de mis tíos musulmanes bienintencionado me llevó aparte. Sonrió calladamente y me miró con afecto.
Con voz tranquila, me dijo que no tenía por qué contarle a la gente que era musulmán. Sus ojos eran amables, su barba orgullosa y su rostro se advertía cargado de las implicaciones de lo que no decía: yo no había aprendido la lección que a él le habían enseñado una y otra vez.
Es la lección de que la seguridad sólo puede encontrarse en las sombras de nuestra ciudad. Que sólo en esas sombras los musulmanes pueden abrazar plenamente su identidad y que, si queremos salir de esas sombras, es en ellas donde debemos dejar nuestra fe.
Estas son lecciones que se les han enseñado una y otra vez a tantos neoyorquinos musulmanes.
Y en los últimos días, estas lecciones se han convertido en los mensajes finales de Andrew Cuomo, Curtis Sliwa y Eric Adams.
Ayer, Andrew Cuomo se rió y asintió cuando un locutor de radio afirmó que yo celebraría otro 11-S.
Ayer, Eric Adams declaró que «no podemos permitir que nuestra ciudad se convierta en Europa». Me comparó con extremistas violentos y mintió una y otra vez al decir que nuestro movimiento busca quemar iglesias y destruir comunidades.
El día anterior, Curtis Sliwa me difamó desde el escenario de un debate al afirmar que apoyo la yijad global.
Y todos los días, hay anuncios de los SuperPAC insinuando que soy un terrorista o se burlan de mi forma de comer, realizan sondeos que preguntan a los neoyorquinos si apoyan propuestas inventadas para hacer obligatoria la comida halal, o publican caricaturas políticas que representan mi candidatura como un avión que se precipita hacia el World Trade Center.
Pero no quiero aprovechar este momento para seguir dirigiéndome a ellos. Quiero aprovechar este momento para dirigirme a los musulmanes de la ciudad de Nueva York.
Quiero hablar en memoria de mi tía, que dejó de tomar el metro después del 11 de septiembre porque no se sentía segura con su hiyab.
Quiero dirigirme a los musulmanes que trabajan para nuestra ciudad, ya sea que enseñen en nuestras escuelas o patrullen con la policía de Nueva York, neoyorquinos que se sacrifican a diario por la ciudad que consideran su hogar, sólo para acabar viendo cómo sus dirigentes les escupen en la cara.
Quiero dirigirme a todos los niños que crecen aquí marcados como «los otros», que son seleccionados al azar de una forma que nunca parece del todo aleatoria, que sienten que llevan una mancha que nunca podrá limpiarse.
Al crecer bajo la sombra del 11-S, sé lo que significa vivir con un trasfondo de sospecha en esta ciudad. Siempre recordaré el desprecio al que me enfrenté, cómo mi nombre podía convertirse inmediatamente en «Mohammad» y cómo, cuando volvía a mi ciudad, me preguntaban en una sala con doble espejo del aeropuerto si tenía algún plan para atacarla.
Y desde muy joven, supe también que me había librado de lo peor. Nunca me presionaron para que fuera informante, como a un compañero de clase mío. Nunca me pintaron la palabra «terrorista» en mi garaje, como le ocurrió a uno de mis empleados. Nunca le prendieron fuego a mi mezquita.
Ser musulmán en Nueva York significa que esperas sufrir indignidades. Pero la indignidad no nos hace diferentes, hay muchos neoyorquinos que la sufren. Lo que nos hace diferentes es la tolerancia de esa indignidad.
Desde que anuncié mi candidatura a la alcaldía, ayer hizo un año, he tratado de ser el candidato que lucha por todos y cada uno de los neoyorquinos, no simplemente el candidato musulmán. He llevado conmigo estas indignidades en cada momento de esta competición, haciéndolo todo el tiempo como primer candidato musulmán importante en la historia de nuestra ciudad.
Pensé que, si lograba crear una campaña universal, podría definirme como el líder que aspiro a ser: alguien que represente a todos los neoyorquinos, sin que importe su color de piel o religión, sin que importe dónde hayan nacido. Pensé que si trabajaba lo suficiente, eso me permitiría convertirme en ese líder. Y pensé que si me comportaba lo suficientemente bien, o me mordía la lengua ante los ataques racistas e infundados, al tiempo que volvía a mi mensaje central, eso me permitiría ser algo más que mi fe.
Me equivoqué. Ningún cambio de rumbo es suficiente.
Al obrar así, les he dicho al niño de ojos muy abiertos de Jackson Heights o al votante primerizo de Parkchester que ellos también deben permanecer en las sombras. En muchos sentidos, me he convertido en ese mismo tío que hizo un aparte conmigo hace seis años.
Ya no.
El sueño de todo musulmán es sencillamente que se le trate como a cualquier otro neoyorquino. Sin embargo, durante demasiado tiempo se nos ha dicho que pidamos menos que eso y que nos conformemos con lo poco que recibimos.
Ya no.
Desde que tenemos uso de razón, sabemos que, digan lo que digan, todavía hay ciertas formas de odio que son aceptables en esta ciudad.
La islamofobia no se considera inexcusable. Se puede incitar a la violencia contra nuestras mezquitas y saber que nunca se va a producir una condena. Los funcionarios electos de esta ciudad pueden vender camisetas en las que se pide mi deportación sin temor a rendir cuentas. Las consecuencias de esta inacción son graves: más de un millón de musulmanes en esta ciudad, que viven sintiéndose como invitados en su propia casa.
Ya basta.
Estamos al borde de unas elecciones, pero eso no es lo que hoy nos ocupa.
Sabemos que, en menos de dos semanas, nos despediremos de un exgobernador caído en desgracia y de nuestro actual alcalde imputado. La pregunta más importante es si estamos dispuestos a decir adiós a algo mucho más grande que estos dos hombres. Se trata de si estamos dispuestos a decirle adiós al sentimiento antimusulmán que se ha vuelto tan endémico en nuestra ciudad que, cuando lo escuchamos, no sabemos si las palabras las ha pronunciado un republicano o un demócrata, sólo sabemos que se han pronunciado en el lenguaje de la política de esta ciudad.
En una era en la que el bipartidismo es cada vez menor, parece que la islamofobia se ha convertido en uno de los pocos puntos de acuerdo.
Y aunque les doy las gracias a todos los que se han apresurado a defenderme durante estos dos últimos días, pienso en aquellos musulmanes de esta ciudad que no tienen el lujo de ser el candidato demócrata, que no tienen el lujo de ser considerados dignos de solidaridad.
Aunque mis oponentes en esta carrera han puesto el odio en primer plano, esto es solo una pequeña muestra de lo que muchos tienen que soportar cada día en toda la ciudad. Y aunque sería fácil para nosotros decir que esto no es lo que somos como ciudad, sabemos la verdad. Esto es en lo que nos hemos convertido.
Y ante cada uno de nosotros se plantea una pregunta. ¿Seguiremos aceptando una definición estrecha de lo que significa ser neoyorquino, que cada día reduce el número de personas que tienen garantizada una vida digna?
¿Seguiremos en las sombras o daremos juntos un paso hacia la luz?
Quedan doce días para las elecciones.
Seré un hombre musulmán en la ciudad de Nueva York cada uno de esos doce días, y todos los días que sigan a partir de entonces.
No cambiaré quién soy, mi forma de comer ni la fe que me enorgullece profesar.
Pero hay una cosa que sí cambiaré. Ya no me buscaré a mí mismo en las sombras. Me buscaré a mí mismo en la luz.
Muchas gracias.
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Fuentes: Jacobin, 27 de octubre de 2025; Jacobin, 21 de octubre de 2025; Truthout, 8 de octubre de 2025; Michael Moore substack.com, 28 de octubre de 2025
El lobby sionista evangélico se convocó para festejar que la constitución ya no reconoce al catolicismo.
Celebra @maxipullaro https://t.co/8ZfT8KQQFc
— Peronismo de Rosario (@PeronDeRosario) November 2, 2025
Necesitamos legislación urgente contra las organizaciones coercitivas #sectas, estas estan detrás de todo lo malo y corrupto en el mundo. https://t.co/ZBkFMJPrBF
— Pablo G. Salum (@LEYANTISECTAS) November 3, 2025