¿Por qué fracasó la Unión Soviética y tuvo éxito China partiendo de los mismos principios políticos? Muchas explicaciones se han dado desde la implosión soviética en 1991, no todas convincentes.
Por: Jorge Molinero

Las mayorías populares en las revoluciones rusa y china.
En otro trabajo de Tektónikos hemos desarrollado la influencia del pensamiento marxista europeo en la Revolución Rusa, la sovietización del marxismo y, en China, la sinización del marxismo heredado de la Unión Soviética, y enfatizamos los distintos modos de producción y sus resultados económicos. El presente trabajo se focaliza en la relación entre las mayorías populares y las conducciones políticas de ambas revoluciones y sus respectivos marcos histórico-culturales.
La Revolución Rusa
Fue la Primera Guerra Mundial (1914-1918) la que puso en marcha el derrocamiento del zarismo, seguido por un cambio revolucionario de proporciones mundiales: por primera vez una revolución triunfante se propuso abolir el régimen capitalista e iniciar el camino hacia el socialismo basado en las ideas que había enunciado Karl Marx a mediados del siglo XIX. La revolución no triunfó en un país capitalista avanzado – como lo había pronosticado Marx–, sino en el extremo oriental de Europa, el enorme Imperio de la Rusia de los Zares.
La Revolución Rusa de 1917 tuvo dos etapas, con su inicio en febrero y su culminación en octubre. Esta revolución triunfante había tenido un “ensayo general” en la revolución de 1905, aquella que dio origen a los consejos (soviets) obreros en las ciudades de San Petersburgo y Moscú, sin llegar a consolidarse.
En 1917 Rusia era el más extenso imperio en un territorio unificado. Había conquistado 23 millones de kilómetros cuadrados desde 882, cuando comenzó con el principado ruso de Kiev. Una vez rebasada la conquista de territorios europeos, se expandieron más allá de los Urales hasta alcanzar el océano Pacífico, fundando Vladivostok en 1860. Solo era superado en extensión por el marítimo Imperio Británico, con 33,8 millones de km2 incluyendo Canadá, Oceanía, la India y extensas posesiones en Asia y África. El Imperio de los Zares estaba muy lejos de tener un poder semejante por el atraso de sus fuerzas productivas.
Su población era de 160 millones, con algo más de la mitad étnicamente rusos y concentrados en la zona europea; formaban las clases dirigentes del resto de los territorios conquistados.

En 1917 era —como China— una población abrumadoramente campesina. La feracidad de sus extensas praderas europeas y sus ingentes recursos naturales de todo tipo en Asia fueron la base del incremento poblacional para su expansión territorial, el fundamento de la fortaleza militar del imperio de los zares.
El desarrollo del capitalismo industrial moderno se había concentrado en San Petersburgo y Moscú, donde un puñado de millones de campesinos habían sido transformados en pocas décadas en obreros en grandes establecimientos industriales. Su explotación inmisericorde fue el terreno fértil para el desarrollo de su conciencia de clase.
Ese desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas al inicio de la Gran Guerra había sido acompañado por un prolífico desarrollo del pensamiento socialista y revolucionario desde el último cuarto del siglo XIX. El partido bolchevique era la fracción más organizada, militante y consecuente, no la más numerosa. Más adherentes —no necesariamente más militantes— tuvieron los mencheviques, y durante la Gran Guerra emergieron con fuerza los Socialistas Revolucionarios (SR, o eseristas), con elevado apoyo político en los soldados/campesinos, pero poca potencia intelectual y menor organización.
Lo que desató la revolución de febrero de 1917 fue la fuerza social de millones de campesinos devenidos soldados que morían por cientos de miles en el frente ante la ineptitud e indiferencia de sus oficiales zaristas. La Revolución terminó siendo apoyada por la débil burguesía liberal y sus partidos, y las fracciones socialistas. La revuelta comienza con largas filas de mujeres demandando pan y carbón, faltantes por la ineptitud del zarismo. Fueron manifestaciones espontáneas por los terribles sufrimientos de las clases populares, tanto en el frente militar como en las aldeas y las ciudades. Ello provocó la abdicación del Zar Nicolás y su arresto junto a toda su familia. Lo soñado por los revolucionarios bolcheviques había comenzado sin su intervención, cuando sus máximos dirigentes estaban refugiados en el extranjero. Lenin en Zurich, y Trotsky (aun formalmente un menchevique) en Nueva York. A poco, ambos habían vuelto a Rusia. Trotsky ingresó al partido bolchevique directamente a su comité ejecutivo. En ocho meses alcanzarían el poder de toda Rusia.
Mientras los partidos burgueses se reunían en la Duma (Parlamento), los sectores populares se reunían en los renacidos soviets o consejos. Era un inestable doble poder entre el avance revolucionario de los soviets y su muy posible aniquilación por las fuerzas del ejército comandado por zaristas, apoyados por el temor de las fuerzas liberales a las revoluciones populares. Los bolcheviques —con el apoyo de sus bases obreras urbanas— tenían en los soviets una representación minoritaria pero creciente a medida que los desastres militares y la miseria atenazaban a la población. La mayoría dentro de los soviets estaba formada por los socialistas revolucionarios, que representaban a la mayoría de soldados campesinos, y los socialistas moderados (mencheviques) de las ciudades.
Cuando los bolcheviques lograron la mayoría en los soviets de Petrogrado (San Petersburgo) y Moscú con el decisivo apoyo de la fracción “eserista de izquierda” (separación del SR) tomaron el poder en octubre (noviembre en nuestro calendario). Para ello fue definitoria la formidable organización celular y disciplina de los bolcheviques.
En enero de 1918 se reúne la prometida Asamblea Constituyente de los Soviets, y contra la expectativa de los bolcheviques, éstos quedan en minoría, tras lo cual disuelven la asamblea. Ello produce la primera separación entre los bolcheviques, representantes del proletariado urbano, y los eseristas, representantes de las mayorías campesinas.
En marzo de 1918, junto a los eseristas de izquierda ambos partidos se unieron bajo conducción bolchevique y cambiaron su nombre por Partido Comunista. La expropiación masiva de las propiedades de grandes terratenientes prácticamente coincide con el comienzo de la guerra civil (1918-1921) desatada por los remanentes del ejército zarista y varios ejércitos extranjeros. En la primera etapa de esa guerra civil, el partido Comunista impuso el llamado “comunismo de guerra”, resumidamente requisición de los materiales para la subsistencia sin demasiadas formalidades, en especial alimentos confiscados a campesinos pequeños y medianos para la subsistencia de los trabajadores urbanos y el Ejército Rojo. Es el segundo distanciamiento entre campesinos y conducción bolchevique.
Terminada la guerra civil en 1921, con siete millones de muertos, el extenso país agotado y sus fuerzas productivas destruidas, Lenin entendió que había que organizar un esquema de producción y distribución más racional. El objetivo era que las masas de millones de campesinos volviesen a producir, eliminar el caos previo y evitar las hambrunas que se estaban produciendo. Así surge la idea de la Nueva Política Económica (NEP), que aspiraba a permitir el juego de las fuerzas del mercado en las parcelas campesinas familiares y empresas pequeñas y medianas en aldeas y ciudades. Se razonaba que la socialización de todos los medios de producción es sólo posible cuando el desarrollo de las fuerzas productivas alcanza el estadio de producción avanzada, la generalización de la producción bajo la gran industria. No era avance hacia el socialismo estatizar la pequeña producción campesina o urbana.
La NEP, con su retorno a las relaciones de mercado, tuvo una etapa de auge productivo agrario, pero ya había problemas cuando los ataques cerebrales de Lenin desde 1922 lo alejaron gradualmente de la conducción hasta su muerte en 1924. Entre ellos, acaparamiento de grano de los productores medianos (kulaks), problemas en Ucrania, por ejemplo. Stalin cancela la NEP en 1928, cuando consolida su poder. Ello incluyó la progresiva eliminación de la pequeña propiedad privada campesina y la agrupación de los mismos en koljoses (cooperativas) y sovjoses (grandes granjas estatales). La colectivización no mejoró el nivel de vida de los campesinos, sino lo contrario. Continuaban tributando al estado en forma de alta proporción de su producción comprada a precios bajos y recibiendo los elementos industriales producidos en las fábricas estatizadas a precios elevados, la base de la acumulación primitiva socialista. Burocratización con mandos bolcheviques sin conocimientos agrarios, problemas climáticos y desincentivo al campesinado se conjugaron en 1933 para producir una hambruna con estimados entre 1,5 y 4 millones de muertos por hambre en el sur oeste de Rusia y en Ucrania. Tercer distanciamiento entre campesinado y PCUS.
Stalin suponía que permitir el florecimiento de la economía campesina sobre la base de la pequeña propiedad privada hubiese sido una forma de retomar formas capitalistas que podrían revertir los logros de la revolución, dando alas al individualismo campesino que podía llevar a la restauración capitalista. El país se concentra en la industrialización forzada, para lo cual era necesario extraer al campo el máximo de aporte a las ciudades y en especial para la industria pesada y de defensa. La estrategia se probó acertada cuando Hitler invadió la Unión Soviética en 1941 y al costo de casi 25 millones de muertos, la URSS pudo vencer al nazismo. A pesar de la solidaridad de campesinos y obreros en la lucha patriótica contra los alemanes, la relación de aquellos nunca volvió a ser la del apoyo inicial cuando fue abolido el zarismo, la nobleza y los grandes propietarios agrarios. Tras la segunda posguerra, la extrema dureza de la conducción de Stalin y el lento mejoramiento de la situación económica —comparado con la recuperación de ingresos populares en Europa occidental— fueron razones para la baja adhesión real al Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) de los campesinos devenidos obreros en una sociedad que pasó a ser mayoritariamente urbana. La adhesión que quedaba era patriótica, no socialista.
La Revolución China
Mientras el Imperio de los Zares se expandió tras diez siglos de continua conquista territorial de áreas de baja densidad poblacional de pueblos de pastores, recolectores y pocos agricultores, la cultura china lleva más de cuatro milenios, con más de 2.000 años de expansión lenta pero continua a partir de la canalización de sus principales ríos y la conquista de terrenos para el cultivo intensivo de granos. La subsistencia y crecimiento de la población china requirió desde su inicio el ordenado desarrollo de obras hidráulicas de aprovechamiento del cauce de sus grandes ríos que desembocan en los mares Amarillo, Este y Sur de China. Son de permanente mantenimiento, altamente consumidoras de mano de obra campesina, a diferencia de los cultivos extensivos de secano en Rusia y Occidente en general.

La intensidad en la utilización de mano de obra en China ha sido doble. Por un lado, la unidad de explotación ha sido básicamente familiar ampliada, pequeña (alrededor de una hectárea) y con trabajo constante de todos los miembros de la familia, a lo que se suman las tareas que deben cumplir para el mantenimiento y la expansión de los canales de riego. Ello se articulaba en una organización jerárquica de grandes señores con fuerza militar (vaga semejanza con el feudalismo europeo) que regimentaban y explotaban en su beneficio los trabajos del campesinado en sus áreas de dominio, recompensando en cuotas de agua necesarias para la explotación familiar. Por encima se encontraba el emperador, supremo colector de impuestos y guardián militar de todo el orden de producción por expansión de la canalización de los ríos (Amarillo, Yangtzé y Perlas los principales), por más de 2.000 años y varias dinastías. Los emperadores eran respetados por las mayorías campesinas cuando lograban articular el crecimiento de la producción agrícola con el mejoramiento económico propio, la armonía predicada por Confucio (554 a.C.). En la dilatada historia china no todo fue “armonía”, ya que “tiempos convulsos” que duraban siglos producían deterioro de canales, caída de la producción, miseria, muerte y cambios de dinastías. La necesidad del crecimiento y mantenimiento ordenado de la vital canalización hídrica explica la permanencia del ideal de armonía como base del buen gobierno.
Ese lento avance transformó a China en el país más poblado y más rico del mundo hasta inicios del siglo XIX. Nunca tentaron en esa dilatada historia conquistar militarmente mucho más allá de sus fronteras productivas. Durante la dinastía Ming (1368-1644) fue creada una formidable armada (1405-1433) al mando del almirante Zheng He. Esta armada recaló en el Cuerno de África, el Estrecho de Ormuz, Java, la actual India, y otros destinos, pero no buscaron conquistas territoriales. Las expediciones de Zheng He se detuvieron abruptamente en 1433 y la flota fue desmantelada para entrar en el “espléndido aislamiento”.
En ese siglo, las armadas europeas iniciaban su propio despegue, de lo cual los chinos no tenían idea. Craso error. El llamado Siglo de las Humillaciones comienza en 1839, con la primera guerra del opio. Los británicos usaron su superioridad naval para forzar la cesión de Hong Kong, legalizar la importación del opio y abrir a las potencias occidentales varios puertos, incluidos Shanghái y Cantón. Siguieron otras guerras del opio y la firma de tratados desiguales. Hasta la caída de la última dinastía en 1911 todo fue humillación, explotación, drogadicción, miseria y millones de muertos.
El Partido Comunista de China nace en 1921, siendo Mao Zedong uno de los fundadores. Mao logró el respeto y reconocimiento del partido en la década de 1930 —y la conducción formal en 1943— cuando su “larga marcha” de guerrilleros campesinos de 1934 evitó el aniquilamiento por parte del General Chiang Kai-shek y su Kuomintang. De allí en adelante, la revolución socialista con guerrilleros campesinos enfrentados a terratenientes señores de la guerra, el Kuomintang y los invasores japoneses, terminó por conquistar el poder en 1949. La primera sinización del marxismo fue el cambio del sujeto revolucionario: el campesinado en vez del proletariado urbano, sugerido teóricamente por Mao ya en 1927 y confirmado en la lucha armada del campesinado chino que por millones él condujo a la victoria.
Esta es la principal diferencia en la relación de los partidos comunistas con las mayorías populares, inicialmente el campesinado en ambos países. La larga relación entre el campesinado y el PCCh conducido por Mao fue el cemento básico de la revolución, con 15 años de lucha previos a la toma del poder, cemento que fue logrado por el empoderamiento armado de los campesinos contra los terratenientes que los explotaban y las fuerzas que los respaldaban. Fue una unión más fuerte que la del PCUS con las mayorías rusas.
Una vez en el poder, Mao copió el sistema de producción soviético de nacionalización de los bienes de producción. La unión entre el campesinado y el PCCh se mantuvo por la relación directa que existía con el Ejército Popular de Liberación, el órgano militar del Partido, formado por campesinos. Conciencia y apoyo que mantuvo (menguado) cuando Mao cometió garrafales errores como el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, pero nunca se redujo tanto como en la URSS.
Los posteriores cambios que introdujo Deng Xiaoping desde 1978 —una especie de NEP desmesuradamente exitosa— comenzaron por el retorno de la explotación familiar de la parcela de tierra que usufructuaban (la propiedad sigue siendo del Estado) y el permiso de vender al mercado los excedentes, aun dentro de la estructura de cooperativas. El apoyo del mayoritario campesinado se revitalizó ya que éstos fueron los primeros en sentir los beneficios económicos de la nueva política.
Los más de 45 años que pasaron desde el inicio de la política de Deng son conocidos. El socialismo chino combina propiedad estatal en la cúspide (industrias básicas y estratégicas, control de las finanzas y planificación a largo plazo) con desarrollo de empresas privadas. Pero lo definitorio de este modo de producción es el control del Estado por el PCCh. Sin control del Estado por el gran capital no se puede hablar de capitalismo. Tampoco era socialismo la estatización del atraso agrario ruso. La sociedad mayoritariamente campesina (80% de la población hasta esos momentos) ha pasado a mayoritariamente urbana (hoy el 65 %de la población lo es), en un crecimiento que llevó a China a ser la segunda economía y primera potencia industrial y comercial del planeta. La adhesión de la población –campesina y urbana– a su gobierno es una de las mayores entre todos los países, confirmado por las grandes encuestadoras occidentales.
Herencias históricas
A pesar de compartir los mismos principios (marxismo, socialismo) las revoluciones en Rusia y China tuvieron distintos derroteros y resultados. Cuando el marxismo se mezcló con la práctica revolucionaria en ambos países terminó siendo adaptado a la realidad en función de las propias herencias. En Rusia, la revolución se hizo fuerte en los trabajadores de las minoritarias ciudades, en un país abrumadoramente campesino. El poder soviético se mantuvo con una determinación feroz, en la guerra civil contra los remanentes del zarismo y las viejas clases propietarias, y durante el intento de aniquilación por parte de los invasores de la Alemania nazi. Al tomar el poder, los bolcheviques no tenían una experiencia previa en que basarse, apenas las definiciones de Marx sobre la necesidad de la dictadura del proletariado sobre el resto de las clases, urbanas o campesinas. Pero ese proletariado era una minoría pequeña en el mar de campesinos rusos. La ferocidad de la defensa de la revolución durante la guerra civil y la gran guerra patria contra el nazismo, también fue ferocidad en el control social de las disidencias (reales o imaginarias) durante el período de Stalin (1922-1953).
Esas características del sistema de gobierno soviético se emparentan más con su propia historia que con el marxismo. La expansión de Rusia hasta el Océano Pacífico se hizo con grandes líderes de mano dura, Iván el Terrible, Pedro el Grande, Catalina la Grande, donde el campesinado era la base de los ejércitos conquistadores. No fue una historia de búsqueda de armonías, sino de fiereza y determinación en la conquista territorial que terminó por delinear el país más extenso del mundo. Reproducir ese estilo por Stalin fue consecuencia del peso de la historia más que su interpretación distorsionada del marxismo. Fue más que la mera degeneración burocrática, que existió.
El modelo soviético fracasó cuando la compleja dinámica de la revolución le impidió hacer las reformas necesarias para retomar el desarrollo productivo. Intentos de cambios hubo desde 1960 con Yevséi Liberman, pero el PCUS sólo atinó a cuidar sus intereses de capa separada de la población. Gorbachov quiso aplicar sus reformas en 1985, pero su perestroika y su glasnost no funcionaron. Tarde y mal, fueron improvisaciones en política y salto al vacío en economía. Las mayorías –rurales y urbanas– ya no se sentían representadas por el PCUS. La implosión soviética los llevó al capitalismo salvaje sin escalas y Rusia quedó sola con la pérdida del 23% del territorio y casi el 50% de su población.
En el caso chino, el marxismo —que les llegó tamizado por la Unión Soviética— no fue el único determinante de la forma de gobierno. No bajo Mao, pero sí desde Deng en adelante y muy especialmente durante Xi Jinping, la forma de gobierno se emparenta cada vez más con la propia historia milenaria de China. Retornó el estudio de Confucio y sus enseñanzas sobre la necesaria armonía que debe haber bajo un gobierno benevolente que cuide del crecimiento ordenado de toda la sociedad, dejando de lado la fórmula de la dictadura del proletariado. Esa larga historia que precede a la China actual es fuente de inspiración para los gobernantes y el cemento que une a su inmensa población, que nunca dejó de apoyar a los distintos gobernantes del PCCh, inclusive en los momentos de desorden social que produjeron los errores de Mao.
En el plano económico, la causa lejana de la implosión soviética fue no haber profundizado el experimento de la NEP de retorno de las relaciones mercantiles, en especial en el campo, por el temor de Stalin a que el éxito del mercado –que precede en milenios al capitalismo– hubiese desbaratado los avances de la revolución. El dilema de los años treinta fue crecimiento de la oferta agraria por incentivos de mercado a los campesinos o inversión en defensa para frenar el esperado zarpazo del intento imperial nazi. La forma en que Stalin lo resolvió con fiereza y represión le permitió ganar la guerra, pero enajenó el apoyo de los campesinos. Ello se agravó tras su muerte (1953) por la imposibilidad de la URSS de adaptarse a los cambios de la revolución tecnológica. No podían preverse ni aprovecharse desde la planificación por balance de materiales que caracterizó al Gosplan, el órgano encargado de los planes quinquenales. En palabras del mismo Gorbachov se produjo un frenado económico en tiempos de paz. La carrera armamentista con EE.UU. terminó por agotar las pocas energías que le quedaban.
Son elementos históricos y culturales rusos que pueden haber nublado la comprensión de los pasos necesarios para avanzar en la situación de atraso y cerco imperialista en que quedaron envueltos desde el inicio, eligiendo un camino que terminó por cerrarse medio siglo más adelante. Ningún movimiento político puede consolidarse sin el sostenido apoyo de las mayorías, menos revoluciones sociales de esta magnitud.
Hemos querido ampliar la comprensión de las dos mayores revoluciones sociales del siglo XX, en la presente etapa que ambos países —por su importancia geopolítica independiente de sus propias diferencias— enfrentan la ofensiva múltiple del aun hegemón imperialista estadounidense para cercarlos, debilitarlos, dividirlos y subordinarlos.