Sionistas: ¿Milei incorporará la blasfemia a su narrativa final?

¿Es posible comprender la colonización israelí de Palestina desde la tradición hebraica? ¿Se puede hoy "ser judío" por fuera del monopolio israelí? En esta entrevista, la pensadora argentino-mexcana Silvana Rabinovich, traza algunas respuestas. Primera de dos partes. Silvana Rabinovich es filósofa, docente, investigadora, profesora de hebreo, estudiosa del árabe, amante de la poesía, y también activista comprometida con varias causas perdidas. Conversamos de muchas cosas, tomando como excusa un libro maravilloso que Silvana escribió hace algunos años: "La biblia y el dron. Sobre usos y abusos de figuras bíblicas en el discurso político de Israel", editado por Heredad en el año 2020. Un punto de partida para hablar de algunos dilemas y urgencias del mundo contemporáneo. En el video de apertura Rabinovich reflexiona sobre el sionismo, Trump y la banda de delirantes que lo rodea. En el cierre la pregunta clave ¿Por qué Trump ataca al Papa?

Silvana Rabinovich es licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Rosario, Argentina, maestra en Filosofía por la Facultad de Humanidades de la Universidad Hebrea de Jerusalén y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Leer Gaza con ojos hebreos: una conversación con Silvana Rabinovich

Irreverencia y respeto

—Estamos con Silvana Rabinovich, filósofa, docente, investigadora, profesora de hebreo, estudiosa del árabe, amante de la poesía, y también activista comprometida con varias causas perdidas. Queremos conversar con ella de muchas cosas, tomando como excusa un libro maravilloso que Silvana escribió hace algunos años: «La biblia y el dron. Sobre usos y abusos de figuras bíblicas en el discurso político de Israel», editado por Heredad en el año 2020. Queremos utilizarlo sobre todo como punto de partida para hablar de algunos dilemas y urgencias del mundo contemporáneo.

Silvana, quisiera empezar por tu experiencia personal como argentino-mexicana criada en una familia judía, y preguntarte cómo llegas a dos lugares no necesariamente convergentes: a una lectura de la Biblia hebrea, y a la comprensión de la historia y actualidad del drama palestino.

—Primero te voy a mostrar una cosa. A la Biblia llegué de la mano de este libro que era de mi abuelo, oriundo de Vilna [capital de Lituania]. Es el Pentateuco con la traducción al arameo, acompañado del comentario de Rashi. Mi abuelo llegó a la Argentina desde lo que él llamaba Rusia, en la actual Ucrania. Estudió castellano con el diccionario y el diario La Nación pero se volvió maestro de hebreo, que era lo que más y mejor había aprendido. Abandonó su casa porque en la Rusia de los zares los niños judíos debían hacer el servicio militar desde los 10 hasta los 35 años. Cuando mi abuelo estaba por cumplir esa edad la familia decidió irse, para salvarlo a él y también a los más chicos. Entonces mi abuelo, que también había estudiado ruso, hebreo e ídish, decidió que enseñar iba a ser su profesión. Trabajando en varias comunidades llegó a Ceres, en la provincia de Santa Fe, cerca de Santiago del Estero.

Mi abuelo tenía un sentido del humor muy grande, y eso con la Biblia como que no se lleva muy bien, por lo que las comunidades judías no lo aceptaban. Pero él me enseñó algo que todavía es una guía para mí: entender que el respeto y la reverencia son cosas muy diferentes. Mi abuelo era muy irreverente y eso se paga caro. Por eso empezó a itinerar hasta llegar a la localidad de Rivera, en la pampa bonaerense. Ahí conoció a mi abuela y se casaron. Pero ya no encontró más trabajo como maestro, por lo que se volvió un comerciante frustrado. Ahí tuvieron a mi madre. Mi madre vivió en muchos lugares, entre ellos el Chaco, y se casó luego con mi padre, que era un judío comunista. Comunista y antisionista. Pero mi padre murió cuando yo era muy chica, cuando tenía apenas cuatro años. Fue entonces cuando le encargaron a mi abuelo, que es el que trajo este libro, que me enseñara hebreo, porque yo iba a ir a la escuela hebrea de Rosario, que se llama Biálik por un poeta [Jaim Najman Biálik] que escribió poemas que hoy vendría muy bien volver a leer. Poemas que hablan de las masacres en Rusia y recuerdan lo que hoy está perpetrando la población israelí en Gaza.

Así fue como mi abuelo comenzó su vocación, que era enseñar la lengua hebrea con este libro. A mi abuelo yo lo recuerdo de una manera hermosa, sentado en la mesa, mientras yo me paraba atrás y el pesaba el dedo por las hojas, enseñándome a leer. En esa época pensaba que sus uñas estriadas eran muy fuertes. Tiempo después me enteré que eran un símbolo de fragilidad. Pero así nos sucede a los niños con los adultos; que los vemos fuertes y protectores, aunque sean frágiles. Mi abuelo me enseñó a leer la Biblia con una sonrisa, con una curiosidad muy distinta a como me la enseñaban en la escuela. Creo que él intuía a [Baruch] Spinoza en sus lecturas.

En el año 1982 yo estaba en Jerusalén, el mismo año de la [primera] Guerra del Líbano y de la Guerra de Malvinas. Tenía un profesor de literatura maravilloso, que era un poeta pacifista. Repasar cada semana las noticias de la guerra en Líbano desde la perspectiva de un poeta pacifista era verdaderamente un privilegio. Mientras tanto estudiaba todo lo que intuía que mi abuelo había aprendido antes que yo. Pero mi abuelo murió a mediados de ese año, y yo me quedé el resto de la vida dedicándole todo lo que hago.

—Imagino que hiciste tuyas algunas de sus claves de lectura. No sólo una lectura irreverente de la Biblia, sino también una lectura vinculada a lo vulnerable, a los y las vulnerables, algo en lo que insistís mucho en tu libro.

—Si. Y desde la justicia profética, algo que a mí me importaba muchísimo, que es lo que realmente fundamentaba mi forma de ser judía. Soy la única persona de toda mi familia que sabe la lengua hebrea, que la enseña y que fue a una escuela hebrea. Pero hoy toda mi familia me da lecciones de cómo hay que ser judíos por el tema de la Shoá, y no pueden entender que yo sea tan crítica. Pero es justamente por todo lo que aprendí que no puedo callarme. Decidí dejar de hacerlo en el año 2006, cuando traduje los textos políticos de [Martin] Buber. En 2008 fue lo de [la Operación] Plomo Fundido y dije «bueno, ya basta». Fui a la Embajada de Israel aquí en México a protestar, pero al lado mío había una persona con un cartel que decía que el Talmud ordena que los judíos tomen sangre de niños cristianos. Entonces entendí que tampoco podía pararme ahí, mucho menos del lado de los que apoyaban [el ataque]. Tampoco me alcanzaba con hacer como tantos intelectuales argentinos que escribían «no en mi nombre». Pensaba que sí se estaba haciendo en mi nombre, y que no les quería permitir que lo siguieran haciendo.

Fue entonces que me encontré con [el periodista] Pedro Miguel, que había publicado un texto muy sentido sobre Gaza en diciembre del 2008. La escribí a su correo y organizamos con él y con otra gente una iniciativa ciudadana con un nombre tremendo que se llamó «Adopte un niño muerto». ¿Por qué? Porque había visto un obituario del diario israelí Haaretz en donde figuraban los nombres y edades de los niños palestinos asesinados, con una leyenda en medio que decía «Basta» en hebreo. El obituario lo había publicado una organización de abogados que se llama ACRI. Algunos de los niños, nacidos ese mismo día, ni siquiera tenían nombre.

Fue gente muy entrañable la que participó. Hicimos una primera presentación de la iniciativa en la Casa Refugio Citlaltépetl. Después hicimos un blog y se dio una diatriba tremenda. De Argentina sólo se acercó gente de Rosario que me conoce mucho, quien en ese momento era director del Museo de la Memoria, gente de la Facultad de Filosofía. Pocos. Y de Buenos Aires nadie. De ahí en adelante lo que tratamos siempre fue de explicar de la manera más amorosa y humana este asunto. Porque yo tengo muy en claro que hay seres humanos de ambos lados, en una relación que no es para nada equiparable y que es absolutamente asimétrica. Es una situación de ocupación, pero los ocupantes no son monstruos tampoco. Y tienen que despertarse ante los horrores que se están perpetrando en su nombre, incluso los que no tienen conciencia del alcance de lo que se está perpetrando. Tengo amigos antisionistas que viven en Israel y pueden pensar de esta manera, pero los cuento con los dedos de las manos. Lamentablemente perdí gente de la familia, gente muy querida por esta situación.

Judaísmo y sionismo

—Por una decisión ética, por así decirlo.

—Así es. Todo viene de mi abuelo. Pero después yo, encantada, asumí el magisterio del hebrero, pero siempre en la línea de los profetas. Yo estuve incluso en el movimiento sionista, al que podemos criticar sin convertirlo en un muñeco de trapo o en una piñata. En los textos de Buber se puede ver que había todavía en aquella época discusiones muy fuertes. La carta de renuncia de Hans Kohn en 1929 por las revueltas de Hebrón, Safed y Jerusalén es impresionante, y resulta perfectamente legible desde el 7 de octubre de 2023. Porque él afirma que se trata de una revuelta anticolonial. Renuncia al sionismo asegurando que el sionismo no es judaísmo, sino que es colonialismo. Hubo debates entonces dentro del sionismo. Pero hoy en día no hay la más mínima posibilidad. Ese legado murió. Lo mataron brutalmente. Para mí lo importante es tratar de entender y no buscar tener la razón. En general, sea en este o en otros temas, me alegra mucho no tener la razón, sobre todo si vaticiné algo horrible. Y si tengo razón que sea con algo relacionado a la esperanza, a una esperanza kafkiana, muy humilde, y no en el sentido de querer resolverlo todo.

Cuando traduje el libro de Buber yo encaré la traducción con la megalomanía que tengo en esta labor. Sentía entonces que si colocaba una palabra inadecuada iba a clausurar las mismísimas posibilidades de la paz. Y que si en cambio ponía la palabra adecuada, mi traducción podía liberar los caminos. Es mucha la preocupación y el amor desde el cual, no sin dolor, critico todo esto. En 1983, cuando en Argentina salía el rabino Marshall Meyer con una columna de judíos a pedir por los derechos humanos, en Rosario intenté hacer lo mismo en el movimiento sionista en el que estaba, que era “socialista”. Pero me dijeron que eso no se hacía, a lo que les contesté que eso era lo que enseñaban los profetas bíblicos. Como sea, ahí se acabo mi pertenencia al movimiento sionista. Todavía no era antisionista. Realmente fueron los acontecimientos de la «desconexión» de Gaza, y sobre todo después de haber traducido los textos de Buber, que me di cuenta que no tenía cabida en ese espacio.

—Te preguntaba por tu historia personal y familiar para complejizar las trayectorias, y para pensar en otras formas del ser judío, por fuera de una mirada que, nos guste o no, es muy gravitante, ligada a lo que el Estado de Israel y sus voceros afirman como el deber-ser judío. Y lo pienso también en nuestro carácter de argentinos, proviniendo de un país en donde el sionismo es hoy absolutamente dominante en buena parte del espectro político. Quizás se trate de un caso solamente comparable al de los Estados Unidos: son pocos los países donde el sionismo tiene, sino la hegemonía, al menos la estridencia y la capacidad de acallar y censurar voces disidentes.

—Creo que es peor.

—¿Peor que en Estados Unidos?

—Mucho peor. Porque en estados Unidos al menos están muy organizados judíos como los de Jewish Voice for Peace y otros espacios. En Argentina no. El caso es tremendo.

—Te lo preguntaba en relación a algo que probablemente hayas explicado como un millón de veces en tu vida, pero que creo que desde este afán pedagógico es necesario seguir explicando. Me refiero a discutir lo que aquel famoso libro colectivo llamó el “intolerable chantaje” de considerar que toda persona (judía no judía) que sea crítica del Estado de Israel y de su política colonial estaría incurriendo en crímenes de antisemitismo o en la paradoja del “auto-odio”. ¿Cómo explicar hoy, otra vez, las diferencias entre ser judío, sionista o israelí? Te pido una breve reflexión en ese sentido.

—Definir al judío es difícil, claro. Sin embargo te puedo hablar de cómo yo me asumo como judía, que es a partir de estos textos y de las leyes sociales que allí se expresan, que son preciosas, como las leyes del Levítico. Siempre digo: anímense a abrir la Biblia, que no lo vuelve a uno perverso. En las leyes del Jubileo, o del Sabático, o incluso un poco antes, se dice que cuando se cosecha un campo las esquinas son para el pobre, el huérfano, la viuda y el extranjero. Que si estás cosechando y se te cae, es símbolo de que te sobra; ya no puedes levantarlo y eso también debe ir para los más frágiles. Hay algo por ejemplo, muy concreto, que se encuentra en el libro de [Enrique] Dussel que se llama Las metáforas teológicas de Marx…

—Extraordinario libro, realmente muy recomendable.

—Un día le dije a Enrique, «esto es lo más lindo que leí de usted», y me contestó: «era una travesura».

—Porque enojó a todos: a los teólogos de acá y de allá, y a los marxistas e izquierdistas de todo tipo.

—Pero claro, uno entiende por qué dijo eso. Por ejemplo, en el Levítico también está escrito que «el jornal del trabajador no puede pernoctar con el patrón» [es decir que el patrón no puede retener el salario del jornalero hasta la mañana siguiente, lo que se interpreta comúnmente como una forma de protección contra la explotación laboral en general]. Es mucho lo que se está diciendo acá. Lo mismo otras cosas que se deducen, como la idea de que dejar a alguien sin trabajo equivale a matarlo. Son cosas sabidas y que en sus textos políticos Buber discute. Para mí siempre fueron éstas y otras leyes sociales las que me identifican como judía.

Por eso me gusta tanto el texto que escribió Buber en 1919 cuando asesinaron a Gustave Landauer, que era su gran amigo y que estaba en la República de los Consejos de Baviera, con Kurt Eisner. El libro se llama La vida santa. Ahí tomó él el ejemplo de los esenios y se planteó que se si vamos a hacer algo en esta tierra no puede reproducir aquello que nos expulsó, que es el Estado nacional. Pero eso se plantea una sociedad austera, vinculada al trabajo manual, donde esté prohibida la fabricación de armas y donde el peor pecado sea la explotación de un humano por otro, dado que todos son iguales porque así lo garantiza Dios, que es quien nos iguala. Me pareció que ésa era toda una propuesta, y siempre fue la forma de ser judía que a mi me atrajo; forma en la que además convergen mi padre y mi abuelo. Mi padre, que era bolchevique, y mi abuelo materno, que era menchevique, y se querían un montón, ¿sabés? Entonces hay algo ahí, que me hace creer en los momentos mágicos de la vida.

Hace poco me escribieron para proponerme traducir La biblia y el dron al ruso, desde el inglés. Y dije que si, porque es el mejor legado que le puedo dar a mis hijos. Pero además porque mi abuelo no me quiso enseñar ruso. Él se agenciaba de esa expresión antisemita tan argentina que es «ruso de mierda». Él decía de sí mismo que era un ruso de mierda. Pero no quiso enseñarme ruso y yo, en represalia, no quise aprender ídish, algo de lo que me arrepiento. Donde yo escribo siempre convergen mi padre y su sentido de la justicia social, y mi abuelo y las enseñanzas proféticas. Y esto se prolonga hacia mis hijos. Creo que el amor circula entre las generaciones. Aunque a veces se construyen diques, y por eso me parece importante romperlos. Creo que la traducción va a ser potente en ese sentido. Me gusta porque me enteré que hay carreras de teología en San Petesburgo, y que quieren dar el libro en la materia de teologías críticas. Me honra muchísimo eso.

La Biblia y el dron

—Volviendo entonces a los textos bíblicos. En tu libro efectivamente rescatás estas enseñanzas proféticas de las que venimos conversando; las figuras vulnerables, el mensaje igualitarista como el de la comunidad de bienes que proponían los esenios, a quienes recién citabas. Pero también reconocés en las escrituras cierta ambivalencia. Creo que lo más interesante de tu propuesta es que logra convencer a personas que quizás no se asumen religiosas o que no profesan ningún credo en particular, que comprender, decodificar y criticar las teologías dominantes es importante para entender las dinámicas políticas y coloniales en sí mismas. Creo que eso es muy dusseliano, y va muy en la línea de su libro sobre las metáforas teológicas marxianas que mencionabas: la invitación a estudiar la teología para comprender una política colonial, la de Israel en la Palestina histórica, que si bien no se explica por la religión, sí se autolegitima con el recurso a ciertos pasajes bíblicos. Volviendo entonces a esa ambivalencia, vos citás también textos sagrados que remiten a la conquista, al despojo, con fragmentos brutales que incluso, leídos en un sentido moderno, parecen incitar al genocidio, como vos lo sugerís. ¿Cómo se enlaza esta lectura bíblica más conservadora con la teología colonial del Estado de Israel? ¿Podrías darnos algunos ejemplos concretos al respecto?

—Yo creo que la única forma de utilizar la Biblia como la están usando, es tergiversando su sentido. Había un filósofo muy importante que fui a escuchar en el año 1982 en Jerusalén. Llenaba auditorios completos con los estudiantes. Era un hombre muy religioso y sumamente ortodoxo. Pero en nombre de Maimónides, y diría también que en base al Tratado de los Padres, él llamaba a la objeción de conciencia. Esto es importantísimo. Él decía que no podía pedirle a una única persona que fuera objetora de conciencia, pero sí a un grupo. Era el año 1982 y él llamaba directamente a los reservistas y a los soldados a que no vayan al Líbano. Eso tuvo su efecto y se armó todo un movimiento con esa línea.

[Yeshayahou] Leibowitz, que era un religioso, decía que los fragmentos de la Torá que son así de brutales, que están en Números o también en Deuteronomio, siempre se leen, como se hace todos los sábados en el templo, acompañados de un fragmento profético que limita esa violencia. Franz Rosenzweig escribió por ejemplo La estrella de la redención. Él es un islamófobo, y lo es para intentar convencer a Hegel de que judíos y musulmanes no son lo mismo, sino todo lo contrario. Pero él, más allá de su islamofobia, tenía muy en claro que la función del judaísmo no era reactivar o reactualizar la guerra santa, las guerras míticas.

Todos esos textos bíblicos, que sin duda son violentos, y que son retomados por los judíos que están con la kipá tejida en los territorios ocupados [de Palestina], los toman al pie de la letra, como si fueran instrucción para la guerra, pero no son en absoluto eso. Además, disputan así la soberanía del único soberano que contempla la religión, que es Dios. Uno de los nombres de Dios es Ribbon Olam, que quiere decir «el soberano del mundo».

La secularización de la lengua hebrea causó un daño muy grande. Hubo discusiones sobre el tema; Rosenzweig, por ejemplo, estaba en contra. Creo que las consecuencias se ven claramente ahora. Esa lengua incluía también la tradición de los cabalistas, que habla de la performatividad de las palabras y de los textos –hay cosas maravillosas para citar–, se abrió a lo peor. Es con mucha irresponsabilidad y descaro que lo hacen. Yo lo vi con mis propios ojos, acompañando a una de estas antisionistas [israelíes] que conozco, que organiza grupos de jubilados que en el Valle del Jordán protegen a los pastores que son asediados por el ejército y por los beduinos. Vimos como protegían a esta gente de unos jovencitos, unos delincuentes comunes, que bajaban con un montón de vacas o destruían un campo de trigo. Y vimos a esta mujer jubilada corriéndoles, gritándoles en hebreo «¿Qué Dios es el que te ordena hacer esto?». «Cosacos», les dijo. Mis cuatro abuelos huyeron de los cosacos, y acá una judía le dice a otro judío que se está comportando así, como un cosaco. Lo que están llevando adelante en Cisjordania –claro, todos miramos a Gaza porque lo que están haciendo allá es brutal–, las cosas que pasan todos los días, son también atroces.

Europa y el antisemitismo

—En tu libro también hablás de las coacciones del Estado israelí a las otras formas históricas y concebibles de ser judíos, por ejemplo con la imposición del hebrero moderno estandarizado a los judíos que hablaban ídish o ladino, de alguna forma también perseguidos, o al menos marginalizados. O de cómo la lengua de los judíos árabes se convirtió de la noche a la mañana en la lengua de los «enemigos». Me gustaría que te pudieras explayar sobre cómo Israel victimizó no sólo a la población palestina y árabe sino también a los propios judíos, bajo el dominio de un proyecto eurocéntrico referenciado ante todo en la experiencia de los colonos judíos asquenazíes.

—Claro, cuando los sionistas te dicen que siempre hubo judíos en lo que ellos llaman «la tierra de Israel», o en Palestina, es verdad. Pero lo que hubo fue una minoría, que además de ser una minoría religiosa era un grupo comerciante que tenía una muy buena relación con los que practicaban otras religiones. Es muy difícil, en las fotos de la época, distinguir a un musulmán, un judío o un cristiano. Para mí el sionismo es el anzuelo envenenado que muerden los judíos en Europa. Es lo que dice un rabino sumamente lúcido; que en Alemania, por ejemplo, sólo se acepta al judío «protestantizado». Si vas a estudiar teología judía en Alemania tenés que hacerlo en una facultad de teología cristiana; ahí los protestantes te van a enseñar cómo eran y cómo tienen que ser los judíos. Otra de las formas de ser judío que los sionistas despreciaron tanto es el shtetl, que es la vida de las villas judías en Europa, esa que reproduce tan bellamente Buber en un librazo que es «Gog y Magog». Allí hace una crónica, tejiendo distintos textos tradicionales, sobre unos rabinos perdidos en un villorrio de Polonia que ven la invasión de Napoleón a Rusia como una oportunidad para atraer al Gog de la tierra de Magog y hacer que venga el Mesías.

Es genial ver la marginalidad total de una Europa a la que no le interesan estos “seres atrasados”, y que ven al gran Napoleón como un peón del ajedrez de Dios. Es muy interesante esto. Toda esta judería es despreciada: la emancipación de los judíos, la Ilustración judía que habilita Europa en el siglo XVIII y sobre todo en el XIX, cuando el sionismo se erige ya en movimiento nacional, es realmente la mejor manera que tiene Europa de sacarse a los judíos de encima. Y entonces les dice: ustedes pueden ser como nosotros, vístanse como nosotros, hablen nuestra lengua, desprecien el ídish –que era una lengua muy interesante– y van a poder tener su propio Estado. Pero allá [en Palestina], no aquí.

Por eso Theodor Herzl, el padre del sionismo político, escribe en El Estado judío que éste será un muro que contenga la avanzada de la barbarie oriental sobre Europa y que Europa siempre tendrá que estar agradecida, y por ende deberá apoyarlos. Y es exactamente la concepción que estamos viendo ahora.

—Sería interesante comparar este irredentismo judío y la búsqueda de un territorio primigenio que de alguna forma entroncó con el intento antisemita de “des-judeizar” Europa, con el intento de algunos panafricanistas estadounidenses que, en la búsqueda del retorno al África primordial, acabaron también confluyendo con quiénes querían blanquear los Estados Unidos, desplegando al fin una política colonial, seudo civilizatoria, sobre las poblaciones nativas negras de países como Liberia y Sierra Leona. Pensé mucho en aquella paradoja leyendo tu libro y creo que sería una lectura cruzada por demás interesante.

—No conozco realmente el caso pero sí, me parece que en esencia es eso: esa idea tercerizada para sacárselos de encima y para que realicen ese tipo de colonización.

—En tu libro también te referís a que tanto el genocidio, como el antisemitismo, son inventos al fin y al cabo europeos…

—Claro, eso no hay que olvidarlo. Por eso hoy le viene tan bien decir a Alemania que los antisemitas vienen de Medio Oriente. ¡No me digas! Además, ¿qué es esto de lo semita y lo antisemita? Lo semita es un invento del orientalismo europeo más racista. Supuestamente proviene de los tres descendientes bíblicos de Noé: Sem, Cam y Jafet. Se suponía que Cam era el más abyecto de todos, aquel del que nadie quisiera ser heredero, y ahora resulta que hay pueblos camitas y lenguas camitas. Esos fueron los misioneros belgas, que llevaron esa clasificación al África hasta lograr que haya quienes se asuman como descendientes de Cam. Lo semita es otro problema, porque por supuesto los judíos somos muy distintos. Un judío árabe se parece mucho más a un palestino que a mí.

Duelo y vulnerabilidad

—Volviendo a figuras como Martin Buber, a quien estudiaste tanto, quiero preguntarte por las alternativas políticas disponibles para gestionar esa tremenda diversidad humana que se concentra en el Levante. Recordando a Buber y al sionismo socialista, él supo proponer tempranamente la idea de un Estado binacional, pluriétnico, multireligioso, incluso como parte autónoma de una confederación más amplia, referenciada en la Gran Siria. Pensando en esas ideas, pero también repasando los Acuerdos de Oslo, la formalización de la propuesta de los “dos estados” y su posterior naufragio, ¿qué alternativas quedan en pie hoy por hoy?

—La alternativa es hoy difícil de imaginar, por lo bajo que se cayó, por el nivel de deshumanización alcanzado. Leía que algunos de los explosivos utilizados desintegran los huesos y los tejidos; es la ciencia puesta al servicio de lo peor. Todo está tan degenerado que es muy difícil pensar. Hasta hace poco te habría respondido con la idea de una sola entidad, preferentemente de un Estado. Pienso en el Imperio Otomano; ellos tenían claro que debían permitir la propia organización de la región, que nada tenía que ver con los Estados. Fueron los franceses y los británicos los que impusieron esta idea. Pero pensar ahora en este tipo de solución parece casi imposible, viendo no sólo un mapa completamente agujereado y destruido, sino también atendiendo a la memoria de las personas, a lo envalentonados que están algunos, y a la vergüenza que sentirán otros cuando algún día tomen conciencia de lo que han hecho.

No sé si viste el último documental de la BBC sobre los colonos, donde habla Daniela Weiss, una ancianita que incluso tiene los gestos de una persona que piensa en ídish, pero que dice cosas atroces, realmente atroces. Y aparece también ahí un rabino, que habla de una manera tan racista, tan brutal… La verdad es que como no las encuentro en éste me puse a buscar esperanzas en el siglo pasado. Vengo estudiando árabe desde hace diez años. Cuando fui por ese motivo a España la última vez, en el año 2022, un profesor muy bueno me descubrió la lengua judeo-árabe, que no conocía y empecé a estudiar desde entonces. Uno puede encontrar en textos del siglo X, XI y XII unas cosas muy lúcidas, hoy impensables, cuando los judíos veían el Islam con mucha proximidad, donde los términos del Corán podían ser traducidos sin problemas, sin la connotación teológico-política brutal que le pone el Occidente cristiano al asociarlo por ejemplo al terrorismo.

Los Acuerdos de Oslo venían mal desde un principio. Y eso lo vio a tiempo [el poeta Mahmoud] Darwish, lo vio a tiempo [el intelectual Edward] Said. Pero bueno, parecía un avance. Hubo gente genuinamente entusiasmada, judíos árabes, personas que hoy en día viven casi todas fuera de Israel, intelectuales muy interesantes, que plantearon alternativas junto con los palestinos. Conozco algún que otro palestino que todavía piensa en una entidad para los dos pueblos, pero ¿cómo implementarla con el odio que hay, con el duelo?

Había una organización que conocí en el 2008, que me pareció muy esperanzadora, que era el Foro de las Familias en Duelo, que partía del hecho de que el árabe y el hebreo tienen la misma raíz para designar a las familias huérfanas de hijos, a los padres huérfanos de hijos, que es una noción que no encontramos ni en el castellano ni en muchas otras lenguas. Desde ese punto de partida común, desde lo vulnerable, es posible pensar. Yo por eso le pongo a la vulnerabilidad una “h” intermedia, y hablo de la “vulner(h)abilidad”. Lo más frágil que tenemos: esa es nuestra promesa. Pero es difícil pensarlo ahora, con la orfandad, las vidas destrozadas. Creo que si de algún lado puede venir algo, es del lado de la religión. Sin la religión no habrá, no puede haber entendimiento. Pero claro, no provendrá de estos fanáticos que tienen a Dios por empleado. Han hecho de Dios un CEO de Elbit Systems, de Rafael [dos conocidas corporaciones armamentísticas israelíes]. Es una vergüenza lo que hacen con Dios. Eso lo dice en ese poema magnífico Darwish: dejen de enterrar a Dios en libros donde, según dicen, él les prometió una tierra en nuestra tierra. Y dejen de matar a Dios.

Esto viene de un Occidente laico que primero no es laico, empezando por el hecho de que «secular» es una palabra religiosa, de origen cristiano. Todo esto es evidentemente cristiano: el sionismo es cristiano. Pero no sólo porque existan ahora los sionistas cristianos a lo Bolsonaro, Trump, etcétera, sino porque la forma de ver la vida judía en la diáspora, en la dispersión en tantos países y en tantas lenguas como algo anómalo, es de origen cristiano. Toman lo peor del cristianismo: eso es el sionismo. Es una situación criminal, una teología política realmente apocalíptica. Ya soltaron la última amarra que tenían, están dispuestos a todo y lo dicen abiertamente. Hablábamos antes de que a veces uno añora cosas que nunca hubiera imaginado antes. En algunos momentos añoro la hipocresía de la diplomacia que siempre odié, porque es tremendo escuchar cosas tan explícitas.

Violencia y virilidad

—Me quiero arrimar a una de las cuestiones más espinosas de este arbusto tan espinoso, que es el debate sobre la violencia. Tu libro trata mucho de una violencia simbólica ligada a la teología colonial, pero también a la violencia desnuda practicada por el Estado de Israel en la Franja de Gaza, en Cisjordania, en Jerusalén. Pero te quiero preguntar ahora por la violencia vista desde la óptica de los colonizados. No podemos, de nuevo en nuestra condición de argentinos, soslayar un libro como La revolución palestina, que compiló los reportajes escritos por Rodolfo Walsh. O pienso también en lecturas anticoloniales tan absolutamente imprescindibles como las de Frantz Fanon, que cumple un siglo este año. En este escenario tan complejo, con un historia tan traumática como la que describís, y frente a formas de violencia anticolonial que también asumen a veces ropajes teológicos, fundamentados por ejemplo en el Corán, ¿cómo leer la violencia de los oprimidos?

—La entiendo como un resultado: en la misma pregunta está la respuesta, ¿no? Hay una violencia estructural que es la que sale a la luz. Es muy claro que se trata de eso. Si yo me remito a la historia, no puedo no ver que los judíos vivieron entre musulmanes durante más de mil años. No era idílico, porque no existe en ningún lado la vida idílica. Pese a que, como los cristianos, debían pagar un impuesto por ser «pueblos del libro», se podían entender, tenían un estatuto respetado. Por eso puedo leer a un judío árabe del siglo XI que habla en términos coránicos de algo que hoy suena a terrorismo, que es yihad, dándole un sentido teológico que puede comprender perfectamente su traductora al hebreo –porque él lo escribió en judeo-árabe– del siglo siguiente. Aquí el judío árabe no tiene problema en entender que se refiere a una lucha que uno libra consigo mismo para poder cumplir mejor con Dios, con las leyes, porque tanto el Islam como el judaísmo son formas de vida, y no formas de fe. Esto es un invento ya cristiano: lo que judíos y musulmanes tenían era una serie de reglas de conducta, y en eso se entendían muy bien.

En el siglo XII, el hijo de Maimónides, que era la autoridad en la ciudad de Fustat, en Egipto –esa familia fue la autoridad máxima de la religión durante cuatro generaciones–, propone la vía sufí como la forma más cercana de practicar la religión judía. Pero no sólo él. El papá de Talal Asad, Muhammad Asad, que era un judío que se apellidaba Weis, cuando en 1927 va a Palestina se da cuenta de lo mismo que el hijo de Maimónides; que el Islam está más cerca de pensar el servicio como lo piensan los judíos que como lo piensan los cristianos, ese tercero en cuestión que se erigió prometiendo unir a los hermanos peleados. Más allá de que hayamos tenido recientemente un Papa muy bien intencionado, en general el papel del cristianismo, intercediendo entre el judaísmo y el Islam, fue muy nocivo. Lo vemos también en el concepto de secularización. Cuando estudié filosofía medieval nos enseñaban que estaban los seculares y los regulares, es decir que esto siempre fue un asunto de la Iglesia. ¿Qué es la laicidad francesa sino el derecho a no mostrar los signos de cualquier religión que no sea la católica? Toda esta idea de que lo laico y lo secular es superior a lo religioso me parece peligrosa. Hay que reactivar la traducción entre religiones, pero por fuera de toda esa teología política tan ajena a la experiencia cotidiana de las personas religiosas.

Vuelvo a Leibowitz. Eyal Silvan le hizo un documental que se llama, en hebreo, Itgaber. «Itgaber» parte de la misma raíz que la palabra «heroicidad». Pero convertida en verbo reflexivo se traduciría como «sobreponerse» a uno mismo, al igual que el yihad de los árabes. Ante un auditorio repleto de estudiantes, Leibowitz dice que «Itgaber» es sobreponerse al instinto de rebaño, que es poder actuar según las convicciones, es decir, la objeción de conciencia. Claro que en este momento, con las heridas abiertas, con la maldad desatada, con todo lo perverso, es muy difícil de pensar. Creo, como dijo Kafka, que hay mucha esperanza, pero no para nosotros. Entonces hay que ponerse a trabajar para que los otros puedan usufructuar esa esperanza. Creo que hay una tarea muy grande y que hay que abrir la puerta a las religiones con mucha humildad y rompiendo con una cultura, que es la que hoy en día hegemoniza todo en el Estado de Israel, que es la de la fuerza, la que lucha contra la vulnerabilidad, que es lo más humano.

Por eso [el filósofo Emmanuel] Lévinas, a pesar de todas sus miedos, nos dejó en De otro modo que ser, o más allá de la esencia, dos verdaderas joyas. La primera cuando dedica el libro «a los seis millones de asesinados por los nacional-socialistas, al lado de los millones y millones de humanos de todas las confesiones y todas las naciones, víctimas del mismo odio del otro hombre, del mismo antisemitismo». O sea que habla aquí del antisemitismo ya no en términos judeo-céntricos, algo que como vemos está causando estragos en la Argentina, que adoptó la definición que fabricó el Instituto Internacional de Investigación del Holocausto –y esperemos que México nunca adopte esa definición–. La segunda joya de Lévinas es cuando dice que «para lo poco de humanidad que adorna la Tierra es necesario un aflojamiento sin cobardía de la virilidad». Y eso es para mí la vulner(h)abilidad con «h» intermedia de la que hablábamos. En la sociedad israelí esto es impensable.

Hay una soberbia en las argumentaciones, en las discusiones. Todavía me acuerdo de una discusión que se generó por este rehén que salió y le dio un beso al [miembro] de Hamás que estaba al lado de él. Y yo pensé, teniendo en cuenta la sonrisa del chico –y lo que dijo la familia del chico, que él siempre fue muy sonriente y positivo–, acá hay algo esperanzador. Enseguida salieron a decirme que era evidente que eso se había producido bajo tortura… Pero, ¿sabes qué? No hubiera sonreído bajo tortura. Por otro lado, no es que yo esté afirmando algo positivamente, porque no lo sé. ¿Pero por qué afirman lo contrario con tanta vehemencia? Entonces pedí que me mandaran la nota en la que el chico describe cómo lo habrían torturado, algo que de seguro la prensa israelí iba a difundir. Pero la nota no existe. Entonces, ¿por qué no abrirse a la duda, por qué no poner un «quizás» antes de cualquier otra palabra? ¿Quién sabe? Nadie sabe, pero ellos parecen tener puras certezas. Yo creo que enterraron a Dios el mismo día en que sacaron la lengua hebrea a la calle.

Me acuerdo ahora de la «desconexión» de Gaza, la mal llamada desconexión de [el ex Primer Ministro israelí Ariel] Sharon, que fue sumamente perversa. Fue la manera de sitiar definitivamente ese lugar, donde en la Biblia se narra el primer atentado suicida.

—¿El de Sansón, no?

—Claro.

—Vos hablás mucho de los mitos viriles que se inculcan a la sociedad israelí, sobre todo entre los jóvenes.

—Si, es tremendo.

—En relación a tu lectura de Sansón, cuando fue la respuesta militar de Irán que de alguna forma mostró la vulnerabilidad del domo de hierro, pensé que el domo había sido siempre justo eso, la metáfora patriarcal de un gran cuerpo varonil que de alguna manera protegía al Estado de sus enemigos, reales o imaginarios. Y pensaba también en la inevitable paranoia en la que viven todos los colonizadores. Evidentemente el Estado de Israel, con toda su violencia y todo su poder, no puede garantizar ni la paz ni la seguridad de su propia población de colonos, contradiciendo el principal argumento sobre el que fue fundado.

—Israel es el lugar más inseguro que hay para los judíos del mundo. Además, lo que yo experimenté atravesando el muro, algo que hice muchas veces, es que a pesar del brutal sistema de espionaje y delación [que los israelíes] desarrollaron ahí en Cisjordania, al menos hasta junio de 2023, la última vez que estuve, la gente vivía más tranquila y se respiraba mejor en Ramallah que en Jerusalén o Tel Aviv. Y eso es algo que no se entiende. Porque las poblaciones que aceptan vivir tras ese muro, piensan que con él encierran a los otros, pero en realidad los que viven encerrados son ellos. Es tremenda la desconfianza que se respira en esa sociedad.

Incluso cuando veíamos, como sucedió el 8 de junio de 2023, que 50 carros blindados entraban a Ramallah, que se destruía un departamento como castigo ejemplar, a las pocas horas la vida volvía entonces a una relativa normalidad. El cotidiano se recuperaba. Claro que te hablo de Ramallah y no de Jenin, Nablus o de otros lugares donde el asedio se daba cada noche. Por eso no puedo ni imaginar lo que se vive ahora. Todo es mucho más sangriento y a los colonos se les repartieron además armas largas. Lo que está pasando es brutal desde hace mucho tiempo, pero a partir de octubre del 2023 se desató por completo.

Obsolescencia y porvenir

—Te quería preguntar precisamente por la etapa que se abre en ese entonces. Al momento de escribir tu libro hiciste lo que llamas un «voto de obsolescencia», deseando que de alguna forma las atrocidades analizadas dejaran pronto de tener vigencia y se convierten en historia pasada. Pero en esta última edición del año 2020 afirmás que, de manera evidente, aquel voto de obsolescencia no se cumplió. ¿Cómo dialoga entonces tu libro, tus investigaciones, tus inquietudes, tus ansiedades si cabe, con el escenario abierto en octubre de 2023 y con la escalada de una política de larguísima data que vos te dedicaste a historizar con mucho rigor?

—Primero decir que lamento mucho esto. Yo no escribo estas cosas como judía, ni espero aplausos por lo que digo, porque sería inmoral y ante todo porque me da mucha vergüenza. Soy muy sincera en mi voto de obsolescencia. No me gusta decir «yo lo advertí», porque no era esa la intención del libro. Detesto a quienes discuten sólo para tener la razón. No me gusta la gente binaria, que la tiene muy clara, ni siquiera la que se considera de izquierda. ¿Habría que matar a todos los judíos o a todos los palestinos? Ni una cosa, ni la otra. Además, lo que sí pude constatar yendo allá a lo largo de muchos años, son las semejanzas notables entre los israelíes y palestinos «de arriba» y los «de abajo». Los aspiracionistas lo son en todos lados, y los que son obreros lo son en los dos bandos. Es exactamente lo que pasaba en los países árabes de gobiernos musulmanes en donde vivían los judíos: las solidaridades eran ante todo de clase. Cuando había alguna persecución, los judíos pobres se refugiaban en casas de musulmanes pobres, y los judíos ricos en las casas de los musulmanes ricos.

Ante todo lo que deseo que este libro pueda por fin quedar atrás y ser olvidado. Más que tener razón, creo que una de las cosas más revolucionarias que hay es confiar, aunque nos enseñen que lo lúcido es desconfiar. Pero desconfiar es mirar al otro a través de una mirilla: no hay manera. Sobre todo quienes trabajamos en educación, si no confiáramos deberían sacarnos la licencia. El mundo educa para la desconfianza, porque toda la cuestión de la vergüenza ante la propia vulnerabilidad tiene que ver con cultivar la desconfianza hacia los otros, con esta fantasía de ser fuerte e invulnerable. Es como en la escena de Wall Street, la película de Oliver Stone, en donde Charlie Sheen está sentado en una silla giratoria, se da vuelta y dice: «somos invulnerables». Y en la escena siguiente se lo llevan preso. Esa búsqueda de la invulnerabilidad me parece inmoral. Yo prefiero confiar y equivocarme que cerrarme a una posibilidad, por pequeña que sea. Aún ahora, con todo lo difícil que es imaginarse el porvenir, creo que hay semillas utópicas que permanecen y pueden brotar.

Conozco jóvenes palestinos e israelíes que hacen cosas juntos, muy esperanzadoras. Ya sean Yuval Abraham, Basel Adra y Hamdan Ballal [directores del documental No Other Land, ganador del Óscar] que trabajaron juntos y pusieron el cuerpo en [la región palestina de] Masafer Yatta. O sean quienes, de uno y de otro lado, documentan el muro desde que inició. Ellos entienden perfectamente que la gente quiere vivir, vivir bien, dormir tranquila en la noche, de ambos lados de la línea divisoria. Por eso cuando veo a alguien de izquierda que viene y me dice que tiene razón y que hay que cerrar la persiana, yo le veo el gesto [se cruza de brazos] del mismo Mussolini.

Simplemente no tenemos derecho a ese gesto autocomplaciente de tener la razón, o de no firmar algo para no quedar mal, por lo que puedan decir de mí. ¿Qué me importa lo que digan de mí? En eso me gusta mucho Buber, cuando dice: «Nos dicen tontos utopistas. Cada año venimos, proponemos algo y nos dicen que no es viable. Pero el año siguiente nos dicen que la propuesta del año pasado hubiera podido ser, pero que bueno, esto otro ya no». Prefiero ser una tonta utopista y confiar en lo humano, porque estoy segura, pero segura, que hay gente que quiere vivir de uno y de otro lado.

Claro que unos están en el lugar del opresor, se den o no se den cuenta, se vean o no en ese espejo, incluso aunque vivan de espaldas al muro. ¿Hay que hacer una fiesta al lado de un territorio sitiado? Habría que haber pensado que eso es moralmente inaceptable desde todo punto de vista. ¿Querían [que los palestinos] reaccionaran de manera bonita? Eso es lo que yo no puedo entender. Lo dice Hans Kohn en 1929: no podemos exigirles que respeten reglas de guerra si no tienen un ejército. Y está por supuesto el tema de Hamás, porque cuando vas a cualquier lado lo primero que te dicen es: ¿pero condenás, condenás los hechos de Hamás?

—El chantaje moral…

—Yo no soy quién para condenar, no condeno a nadie. Lo que sí hago es hablar de lo que hacen los míos en nombre de lo que yo también heredé. Porque yo llegué acá como maestra de Biblia hebrea, siempre en la línea de los profetas. Incluso hice un centro para la paz. Me parece que éste es nuestro deber. Vuelvo a tu pregunta anterior: yo me asumo como judía, aunque a veces me siento en esto muy sola. Por eso voy a seguir empujando e insistiendo para que Claudia Sheinbaum recupere las palabras que escribió en enero de 2009 en el diario La Jornada [cuando instó a «salvar al mundo que hoy se llama Gaza»]. Hoy opino que lo está retrasando demasiado, pero no por eso me voy a poner la mano en la cintura y a decir «yo tuve razón». No. Mujer, vamos a ayudarte a que lo hagas, anímate, hazlo.

La conversación y la guerra

—Vos afirmás sostener tu confianza en la humanidad, pero la humanidad se organiza en formas institucionales concretas. En sociedades nacionales o plurinacionales, en Estados, en organismos multilaterales, etcétera. ¿Cómo evaluás la respuesta del mundo frente a lo que está aconteciendo en esta última fase de la limpieza étnica, de un genocidio que evidentemente llevó al paroxismo tendencias históricas de larga data? Ante todo quería preguntarte por tres casos que me parecen paradigmáticos en la región: uno, un poco ya lo mencionaste, es el del gobierno mexicano. Pero también quería consultarte sobre el gobierno de Gustavo Petro en Colombia y el de nuestro compatriota Javier Milei en la Argentina.

—A Petro, la verdad, todo mi respeto. Porque además se posicionó a tiempo, en seguida, con las palabras que debían usarse. Por eso yo no entiendo Colombia. Estuve hace poco en un congreso de filosofía en Tunja y me acuerdo de dos colegas que se quejaban mucho de él. Pero a ver, yo a Petro no lo quiero para marido, sino para presidente. ¿Qué le exigen? Lo mismo podría decir de López Obrador. Yo lo tengo por un político verdaderamente ejemplar. A mí realmente él me enseña y me enseñó muchísimo. Claro que entiendo que somos vecinos del mismísimo diablo [los Estados Unidos]. Tenemos lo peor, y lo tenemos aquí al lado. Entiendo, yo entiendo que todo en política exterior tiene que ver con esa realidad, con esa tensión…

Y de Milei… Estuve cuando asumió la presidencia, en 2023. Lo vi en la Plaza República del Uruguay, junto al monumento a Artigas, rodeado de una comunidad judía absolutamente ambiciosa: parecía que las peores caricaturas antisemitas medievales se hubieran encarnado allí. Todos a su alrededor, arropando un discurso desquiciado, lleno de odio, porque no hay una sola palabra suya que tenga algo de amoroso, prendiendo la vela de Janucá y citando el Libro de los Macabeos. Me acordé de mi madre, que me hablaba de los antisemitas, que padeció persecución durante la guerra en Europa. Antisemitismo que por supuesto se reproducía también en la Argentina en esa época, donde había un odio a los judíos muy profundo. Pero cuando en los 70 mi mamá me hablaba de eso, yo le replicaba que eso era de otra época, que ya no existía más. Pero cuando vi esta escena pensé que eso que mi mamá advertía lo iba a despertar gente como Milei. Los mismos que nos acusan de antisemitas a quienes tratamos de recordar las normas morales y sociales del judaísmo; son esos los que realmente están produciendo el discurso más antisemita que se pueda concebir, en un doble sentido.

Primero es antisemita en el sentido de que expresa un odio a otro «semita», con todas las comillas que puedo ponerle a esta palabra, que son los palestinos. Y segundo porque están invocando un discurso supremacista en un país en donde hubo ni más ni menos que dos atentados. Me parece que Argentina camina por la cornisa. Milei es una vergüenza. Me entristece que haya ganado una persona que tocó la fibra más resentida, más defraudada, más dolida de la gente.

Y en México, de nuevo; creo que hay que animar a la presidenta a que haga efectivo lo que ya dijo en algún momento. Hoy es uno de los faros morales que tenemos, con todo lo que podamos criticar. Aunque yo no confundo la crítica política con la queja del cliente insatisfecho. Ir a votar no significa para mí haber comprado un producto.

—Hay algo del orden del qué hacer, y algo del orden del cuándo. Vos lo decías en relación a Petro. El posicionamiento fue adecuado, pero además se dio de manera temprana en el escenario internacional. No puedo evitar pensar en otras calamidades históricas: 20 años después del Apartheid todos estuvimos contra el Apartheid. 100 años después de la abolición de la esclavitud, pocos osaban defender tal odiosa institución. No tengo dudas de que en 20 o 30 años todos habrán estado «desde siempre» contra el régimen colonial israelí, porque al fin y al cabo seguimos siendo humanos. Circuló incluso un video muy conmovedor que apela a este argumento, y juega con la idea del un futuro y eventual «museo del genocidio» palestino. Allí, los niños del futuro le preguntan a sus padres: «¿y tú qué hiciste cuándo esto pasaba?» La pregunta entonces no es si habrá o no un museo del genocidio, sino si nos posicionaremos a tiempo y con la contundencia suficiente para que ese ejercicio de memoria no sea necesario en el porvenir.

—El momento preciso creo que ya pasó. Lo acontecido es vergonzoso e insoportable. Es como Caín, que decía que su castigo era demasiado pesado para poder soportarlo. Del mismo modo, esto se ha vuelto demasiado pesado para toda la humanidad. Pero al menos Caín no sabía lo que era matar, y nosotros sí lo sabemos. Parecía que con Petro, con Sudáfrica, había una reacción de un Sur Global que se organizaba para dar una lección a los poderes fácticos. Pero aún no lo hemos logrado. A tiempo, lo que se dice a tiempo, no estamos. Y claro, continuando con los ejemplos que das: si uno va a Francia pareciera que no existieron los colaboracionistas, que todos fueron de la Resistencia.

Me parece que ahora sí es tarde, pero todavía algo se puede hacer por «lo poco de humanidad que adorna la tierra», como dice Lévinas. Creo que todos los días debemos recordarlo, y salir a la calle, y hacer lo que cada uno pueda hacer. El 7 de octubre de 2023 pensé que lo único que yo podía hacer era hablar, hablar con todo el que quisiera dialogar conmigo, con cualquiera. Incluso, una de las conversaciones más ricas que tuve fue con un rabino que fue discípulo de Marshall Meyer. Rabino inspirados en los profetas, como Abraham Joshua Heschel, el maestro de Meyer, que marchó con Martin Luther King en su momento.

A mi me parece que uno puede hablar no queriendo imponer. No hablando primero, sino escuchando primero, porque como se dice tenemos dos orejas y una sola boca. Hay que tratar de traducir lo que uno quiere decir al lenguaje que mejor pueda ser recibido por el otro. ¿Cómo hago para que podamos escucharnos mutuamente, desde nuestro lugar más frágil? Creo que es posible hacerlo. Fue hermosa la conversación que sostuvimos con Meyer. Ya partiendo desde su maestro teníamos cosas para encontrar en común. Incluso él llegó a hablar de un relato jasídico que hablaba mal del soberanismo. Entonces podíamos también hablar de esto. Yo prefiero hablar y escribir, que es esto que sé hacer. O estudiar la lengua árabe y descubrir todo aquello que se cercenó por ser aparentemente la lengua del enemigo, pero que lo que nos devuelve es un espejo. O estudiar poetas palestinos que también nos reflejan cosas que no queremos ver. En fin, dejándome enseñar toda la vida. En eso la humildad, que viene de «humus», sigue siendo lo más humano. Somos eso. Con humildad sí se pueden hacer muchas cosas.

Pero lamentablemente en el discurso israelí, por la educación israelí, no hay tal posibilidad. En este hebreo hablado y moderno no se puede hablar en términos humildes. Habrá que pensar otras formas de la lengua. Hay gente que nació en Israel pero que se asume heredera de la lengua árabe judía que recrea esto. Es en la fragilidad que vamos a encontrar algo con lo que construir otra cosa. Yo estoy segura de que hay muchas fibras que no pasan por esta mentalidad belicista, de dominio, de dominación, que es tan contraria al Dios de los judíos.

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