Laura Camargo Fernández analiza en Viento Sur cómo la retórica de Donald Trump redefine la comunicación política global y normaliza posturas autoritarias mediante el secuestro semántico y el desplazamiento de la Ventana de Overton. El texto identifica una estrategia que, a través de la construcción de un enemigo interior y el consenso con élites económicas, valida el autoritarismo reaccionario. En el video de apertura la doctora en en Filología Hispánica (especialidad Lingüística Aplicada) por la Universidad de Alcalá Laura Camargo Fernández,conferencias en las Universidades de la Habana, de Nuevo León (México), de Sevilla, de Chile, en la City University of New York y de Guadalajara (México) analiza el trumpismo discursivo, y ofrece un mapa entre el auge de la extrema derecha y la crisis del capitalismo en el ámbito comunicativo.
«No acepten lo habitual como una cosa natural. Pues en tiempos de desorden sangriento, de confusión organizada, de arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural; nada debe parecer imposible de cambiar»
Bertolt Brecht, La excepción y la regla, 1930.
La política internacional se encuentra hoy en el centro del debate político y todas las miradas se dirigen hacia la Casa Blanca. Las decisiones diarias del gabinete de Donald Trump y sus halcones impactan con fuerza tanto en territorio estadounidense como fuera de él. Pero no es de extrañar que Estados Unidos sea el foco de interés de un orden mundial en crisis: por las dinámicas del capitalismo y el imperialismo, lo que está en disputa no es solo el futuro de un imperio en declive, sino el del conjunto de la humanidad. Tras un cuarto de siglo de expansión y normalización de un orden discursivo y un sentido común reaccionarios, la segunda legislatura de Trump ha venido a ratificar un anunciado cambio de época. El imperialismo en su fase senil se ha apresurado a mostrar los rasgos de su decrepitud y su intención de morir matando. El recrudecimiento de las políticas del autoritarismo reaccionario como nuevo vector ideológico en auge en los países del centro capitalista (Urbán, 2024) y en su todavía hegemón militar, Estados Unidos, se evidenció al poco tiempo de la toma de posesión de Trump como presidente, en enero de 2025. El primer año de su segundo mandato se ha caracterizado, en el exterior, por una vuelta de tuerca a la agresividad imperialista habitual de Washington: el nuevo corolario a la doctrina Monroe del patio trasero, que supone el expolio de los recursos del continente americano, es de consecuencias imprevisibles, mientras que la agresiva política arancelaria ha sido, hasta el momento, tácticamente volátil pero útil como medida de presión.
En la política interior, el gobierno autocrático trumpista eliminó en cuestión de semanas los contrapesos internos de control gubernamental, con cierres de departamentos enteros y despidos masivos de funcionariado, desatando el macartismo contra todas las formas de disidencia real o imaginaria. Pero si hay un elemento que destaca por encima de los demás signos del autoritarismo de la administración Trump 2.0 son las redadas racistas y criminales del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de EE UU, conocido como ICE, en las ciudades gobernadas por el Partido Demócrata. Esta policía a sueldo del gobierno trumpista ha asesinado ya a dos estadounidenses en plena calle y es responsable de la muerte de, al menos, 32 personas en los centros de detención de migrantes de Estados Unidos.
Aunque el tiempo intensamente acelerado que vivimos recomienda cautela ante afirmaciones categóricas, parece que ya puede certificarse la ruptura de las reglas de la política estadounidense, al menos desde 1945, y la entrada en un nuevo orden de gobernanza capitalista. Las calles de Minneapolis, ciudad del estado demócrata de Minnesota gobernado por Tim Walz, pareja de ticket electoral de Kamala Harris, se han convertido en un escenario bélico donde los agentes paramilitares del ICE han sembrado el terror: han asesinado civiles a sangre fría, detenido ilegalmente a niños o usado como cebo para capturar a sus familias, y perseguido violentamente a sus vecinas. Las patrullas del ICE son una de las expresiones más violentas de la profunda crisis que atraviesa Estados Unidos hoy y de su recurso al racismo para buscar suturarla: la ya denominada Gestapo del siglo XXI –algunas voces apuntan como referente a las slave patrols (patrullas de esclavos) que operaron en el Sur de EE UU durante más de un siglo hasta el final de la guerra civil en 1865– ejecuta a plena luz del día a activistas blancos que graban con su teléfono las redadas. Otros indicadores de la grave crisis interna del capitalismo estadounidense en su deriva hacia el autoritarismo son los elementos de guerra civil larvada que apuntarían a una ruptura del pacto federal o al dictamen de la Insurrection Act para suspender libertades fundamentales y condicionar las elecciones del medio mandato de noviembre (las midterms); la violencia social creciente, el aumento del paro, el desmantelamiento de recursos sanitarios para amplias capas de la clase trabajadora, la salida del país por miedo de una parte de la inteligentsia estadounidense o la crisis económica creciente.
Todo ello ha venido de la mano de una reconfiguración de las formas de la comunicación política y de nuevas estrategias del “trumpismo discursivo” (Camargo, 2024), que han puesto en disputa el significado de palabras clave para un nuevo orden mundial en mutación autoritaria. En este artículo, y desde el enfoque del análisis crítico del discurso, nos ocuparemos de la resignificación de dos conceptos fundamentales en el momento de cambio epocal que atravesamos: dictadura y paz, así como de los rasgos discursivos de la posición europea, hasta el momento, a través del análisis del discurso del Secretario General de la OTAN, Mark Rutte.
Claves discursivas de la sumisión de Europa
La agresividad imperialista del segundo gobierno de Trump y sus halcones (muy especialmente, Marco Rubio y Stephen Miller) ha servido para evidenciar un aspecto relevante: la total dependencia de las potencias del centro capitalista del todavía hegemón estadounidense. Las clases dirigentes europeas han mostrado durante este convulso año un estado de ánimo depresivo y errático ante la nueva configuración del orden mundial mandatado desde la Casa Blanca, con una China de orientación pragmática en ascenso, ocupando ya el lugar de segunda potencia económica mundial, y una Europa desorientada y sumisa. Los mandatarios del viejo mundo han hecho gala de su sometimiento ante los desmanes y amenazas de una administración norteamericana de carácter mafioso en su acción política exterior. Dicha sumisión ha sido especialmente lacerante tras las reiteradas amenazas de invasión y anexión de Groenlandia, colonia danesa y país de la UE y la OTAN; con la actitud admirativa y dócil de Trump hacia Putin; o con la tibia reacción tras el insólito e ilegal ataque con resultado de secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores en Venezuela, que para escarnio y ridículo de la (ultra)derecha española y latinoamericana no se siguió de la ratificación de María Corina Machado en la presidencia, sino de la colaboración con la otrora vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez. Si bien EE UU sigue teniendo la capacidad de condicionar lo que ocurre en otros países del centro imperialista, no es menos cierto que ha entrado claramente en una crisis irresoluble que está cristalizando en prácticas cada vez más autoritarias y violentas, de derivadas fascistizantes y de consecuencias imprevisibles tanto internamente como para el resto de países del continente americano, en especial, Cuba, Colombia y México.
Mark Rutte, Secretario General de la OTAN, se ha dirigido en distintas interlocuciones al presidente norteamericano con un discurso que galvaniza el momento europeo. Muchas de sus frases podrían compilarse en una antología del vasallaje y la infantilización de las actuales relaciones de Europa con Estados Unidos:
No se trata de lapsus puntuales, sino de un nuevo tipo de diplomacia discursiva y performativa, adaptada al momento senil trumpista, basada en la infantilización y la sumisión. Por el momento, parece que esta actuación performativa de sometimiento naïf tiene resultados en las negociaciones desiguales entre EE UU y Europa: la crisis abierta con Groenlandia se ha sellado temporalmente con un opaco acuerdo de Trump con Rutte que supondría el respeto de la soberanía danesa, pero que no especifica públicamente en qué medida avanza el control y explotación de Estados Unidos sobre los recursos de Groenlandia. Es, por otro lado, un aviso a navegantes sobre el hard power que va a imponer Trump en Europa: ni la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ni el primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, han tenido voz en las conversaciones con respecto al futuro de la isla del Ártico. La interpretación política de estas cuestiones discursivas es meridianamente clara: ante el nuevo emperador, los vasallos o se subyugan e infantilizan, o pierden el derecho a la palabra y la autonomía.
El nuevo orden discursivo del hard power trumpiano
Articular un discurso emocional, convincente y que no asustara a la ciudadanía ha sido tan importante en el proceso de ascenso y consolidación del giro autoritario que una parte de las energías de los lenguajes de las nuevas derechas se invirtió, en primera instancia, en quitarse la carga negativa del peso de los fascismos históricos del siglo XX. Renegar de palabras que se habían vuelto de uso común para definir la pulsión autoritaria en ascenso, como fascismo, nazi, extrema derecha, y construir un lenguaje que les permitiera otra identidad ha formado parte de la táctica discursiva de organizaciones como Vox, el partido de Le Pen, la alemana AfD o el PP de Ayuso. En el caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid, puede recordarse la campaña de reapropiación de la palabra “facha” (Martín Rojo, 2022) con un vídeo que se viralizó en las redes y cuyo mensaje principal rezaba: si te llaman facha, es que lo estás haciendo bien; mientras que desde Vox se vuelve cada cierto tiempo con el no somos de extrema derecha, somos de extrema necesidad. El mismo Steve Bannon, figura aún influyente en el sector duro del movimiento MAGA a través de su podcast War Room y primer estratega de Trump, afirmaría desafiante en un acto del congreso del Frente Nacional en 2018, junto a Marine Le Pen: “Dejad que os llamen racistas. Dejad que os llamen xenófobos. Dejad que os llamen nativistas. Usad estas palabras como insignias”.
El proceso de agregación popular del giro autoritario se ha profundizado en el primer cuarto de siglo. Ya no hay que evitar dar miedo, sino más bien al contrario: conviene que en la divisoria amigos/enemigos los segundos tomen en serio las amenazas. Tras la competición de saludos nazis entre Musk y Bannon hace dos años en la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC), el think tank republicano cooptado por el MAGA, el código estético performativo de las SS nazi (nazi-coded) de Greg Bovino, comandante de la Patrulla fronteriza que acompaña las acciones criminales del ICE en Minneapolis, no opera en el vacío. La performance del poder duro del autoritarismo trumpiano tiene que ser visible y operar a través de dispositivos comunicacionales diversos para infundir miedo. De la archiconocida frase del primer Trump (“Podría disparar a alguien en la 5ª Avenida y no perder un solo voto”) a desplegar fuerzas paramilitares que disparan a bocajarro a estadounidenses en plena calle, solo media la normalización de la violencia con la que se inició este nuevo ciclo.
Tras décadas de desgaste deliberado del lenguaje, y de la capacidad de asombro, el gobierno de EE UU ha normalizado y legitimado el supremacismo blanco y el racismo, el marco securitario y el uso de la violencia total amparado en mentiras: Greg Bovino acusó tanto a Reene Good como a Alex Pretti, tiroteados en Minneapolis, de querer atacar a alguno de los miembros del ICE. El umbral de la intolerancia se ha desplazado y el autoritarismo reaccionario estadounidense, con su capacidad para resignificar conceptos y manipular la verdad, ha logrado que la violencia se vuelva un espectáculo. No está de más recordar que también el clima internacional ha cambiado drásticamente con la expansión autoritaria. Si en los años 90 había algo así como una internacional de las democracias liberales, hoy existe una internacional reaccionaria que, con algunas fracturas y contradicciones que se irán agudizando, ha actuado en su fase expansiva de manera coordinada. Un doloroso ejemplo: el éxito del boicot al apartheid sudafricano no termina de funcionar hoy con el Estado genocida de Israel.
Un poder político duro como el del autoritarismo reaccionario necesita de un orden discursivo para expresar el nuevo orden mundial que busca imponer. Como ha señalado recientemente Enzo Traverso (2025), Trump ya no es un outsider de la política, no es el Frankenstein en la Casa Blanca del interregno global que explicara Daniel Tanuro. No estamos tampoco en medio de una transición, como reconoció en Davos el en otro tiempo banquero neoliberal y hoy primer ministro canadiense, Mark Carney, sino que estamos en un momento de ruptura. Tras una década de normalización del discurso racista, supremacista, clasista, misógino y homófobo por repetición mediática, de su adopción por parte de portavoces políticos e influencers y su banalización, la famosa ventana de Overton, que establece una gradación sobre los límites de lo decible, está fuera de sus goznes. Los políticos de la extrema derecha que eran vistos hace una década con desconfianza por los poderes económicos, hoy son abrazados por ellos: Trump toma posesión rodeado de tecno-oligarcas multimillonarios y, en general, a pesar de sus desavenencias públicas con Elon Musk por la política de aranceles, funcionan todavía los consensos con el gran capital.
Por todo lo dicho, la retórica maximalista y chabacana, y los actos de habla amenazadores, cercanos a la extorsión propia del discurso matón, es cada vez más frecuente en este segundo mandato, en el que Trump ha firmado en su primer año un centenar de decretos gubernamentales y ha abandonado 66 instituciones internacionales. Además de eliminar numerosos organismos que actuaban como contrapesos internos del poder presidencial y desatar campañas represivas contra la población, tiene, por el momento, el control de las tres cámaras. Es decir, ha hecho imposible el uso del insulto que durante su primer mandato más le irritó y enfadó: TACO, acrónimo para Trump Always Chickens Out (Trump siempre se acobarda), que nació originalmente como jerga crítica en círculos financieros y mediáticos en relación con las guerras comerciales con China y la UE, las amenazas arancelarias y las sanciones económicas anunciadas y luego retiradas o suavizadas. Con posterioridad, el insulto se extendió a los círculos políticos del Partido Demócrata y, finalmente, saltó a los medios y las redes sociales. Ahora las cosas han cambiado. Trump ejecuta su proyecto autoritario sin frenos, moviendo la ventana de Overton para consolidar su autoritarismo: inicia sus acciones con amenazas a Venezuela y ataques a lanchas en el Caribe asesinando a sus tripulantes, y las concluye bombardeando Caracas y secuestrando a su presidente; publica un vídeo en su propia red social, y Musk lo viraliza en X, con una Gaza convertida en la Dubai del Mediterráneo y diez meses después, su yerno presenta en Davos el plan de inversión de la Nueva Gaza; emite reiteradas amenazas sobre la necesidad de anexionarse Groenlandia y llega a un acuerdo casi secreto con el jefe de la OTAN para aumentar su presencia militar y, posiblemente, expoliar sus tierras raras. Sus palabras ilustran este nuevo estilo trumpista:
Ya no aparece como alguien que se echa atrás, sino como un gánster, operando en la lógica de los rackets recientemente explicada Amador Fernández Savater (2026). Ya no es el TACO de la primera legislatura. Ahora habla el lenguaje del hard power, tanto a nivel exterior como en la política doméstica, y tras la reapropiación del término libertad, está transformando otros dos conceptos clave.
Secuestros semánticos de la retórica trumpista: la resignificación de dictador y paz
El filólogo romanista judío alemán Victor Klemperer explicó en sus escritos clandestinos sobre la lengua del Tercer Reich que el fascismo produce una división entre verdad y lenguaje, para convertirse en una gran máquina publicitaria (radio, cine, arquitectura) en la que se producen lo que denomina “secuestros semánticos”. Como explica Klemperer, el “héroe” bajo el III Reich no era quien exponía su vida para proteger a los demás, sino el asesino que mataba a mayor gloria de Hitler. Este es el mismo proceso por el cual ahora los agentes del ICE son “héroes” que defienden “la libertad”, mientras que las personas asesinadas son “criminales peligrosas”. Es decir, un secuestro semántico es un proceso discursivo mediante el cual un actor (político, mediático o institucional) se apropia de una palabra o concepto existente, lo vacía parcial o totalmente de su significado previo y lo reinscribe con un nuevo sentido, generalmente normalizando, legitimando o invisibilizando relaciones de poder, violencia o desigualdad. Veamos ahora el proceso de apropiación, desplazamiento del significado y búsqueda de normalización de los términos dictador y paz.
En el pasado Foro de Davos, celebrado en la ciudad suiza en febrero de 2026, Trump hizo unas declaraciones en un acto con empresarios y líderes económicos, inmediatamente después de su discurso oficial, en las que bromeaba con la posibilidad de ser un dictador. No se trató de una cita irónica, sino de una autoasunción explícita del marco autoritario, sin especificar límites, contextos excepcionales ni aludir a posibles garantías democráticas:
Lo relevante no es solo la frase aislada, sino su función performativa: Trump, con su broma, normaliza la categoría dictador como una opción legítima de liderazgo, desplazando el eje desde la excepcionalidad (aquel que permitiría ver la dictadura como una anomalía) hacia la utilidad política (“a veces necesitas uno”). Esa formulación rompe explícitamente con el consenso liberal-democrático que el trumpismo da ya por superado y que presentaba el autoritarismo como algo indeseable. Además, es un hito discursivo dado el carácter internacional y mediático del contexto en el que se produce, que avanza en la legitimación pública del autoritarismo reaccionario. Por otro lado, el movimiento clave es la resemantización del término dictador, que no es utilizado aquí por Trump como insulto ni como anomalía histórica, sino como categoría funcional: algo que “a veces se necesita”. Esto desplaza el significado de dictador desde el eje ilegítimo/antidemocrático hacia el eje útil/pragmático y, por lo tanto, produce un desplazamiento de la ventana de Overton, donde lo impensable se convierte en decible, además de en necesario y, por ello, defendible.
Desde el punto de vista enunciativo, Trump construye un marco inconcreto de representación discursiva para insertar la cita directa (“normalmente dicen…”, pero no se sabe quiénes) que, por una parte, despersonaliza la crítica y, por otro, la presenta como exagerada o rutinaria, lo cual le permite reapropiarse del término con aparente naturalidad. Se da, por tanto, una estrategia de inversión semántica: el estigma se convierte en credencial de liderazgo fuerte: el dictador ya no es el problema, sino la solución frente al caos. En cuanto a los efectos buscados, produce una erosión de consenso democrático buscando así una suerte de “compromiso autoritario” (Forti, en Camargo y Garí, 2025) al introducir la idea de legitimidad situacional del poder dictatorial sin marco constitucional, temporal ni jurídico y banalizando la posibilidad del poder absoluto. Efectivamente, Trump busca un cambio internacional y un cambio en EE UU ante la situación de declive de las clases dirigentes en el centro capitalista, para lo cual está intentando rejerarquizar el mundo en la lógica siguiente: “hay demasiada democracia, los dictadores pueden ser deseables”. Y no solo eso, también hay que jerarquizar el feminismo, las diversidades, el mundo del trabajo y, sobre todo, a las personas migrantes y la situación racial.
El segundo secuestro semántico reciente es el llevado a cabo con la palabra paz, algo en lo que no ha sido baladí la obsesión de Trump con ganar el Premio Nobel y el ridículo acto de entrega de María Corina Machado del cuadro con el mismo. Pero ha sido la constitución del Board of Peace (Junta de Paz) que, en un principio, se habría creado específicamente para Gaza, lo que ha revelado sus verdaderos planes. Trump tiene una justificación interna: no se siente obligado con la paz mundial porque no le han dado el Premio Nobel de la Paz y, a partir de aquí, se desencadena el proceso orwelliano de transmutación semántica según el cual la PAX trumpiana se resemantiza como la posibilidad de un nuevo y gigantesco negocio turístico-inmobiliario con alcance mundial.
El yerno de Trump, Jared Kushner, explicaba también en Davos el proyecto para Gaza a toda velocidad, pasando con un mando a distancia unas siniestras diapositivas de lo que serían el Nuevo Rafah y la Nueva Gaza, en algo que parecía una réplica macabra de Dubai a orillas del Mediterráneo. Pero la Junta de Paz de Trump que había nacido, supuestamente, para la reconstrucción de Gaza, no tiene un alcance circunscrito a la Franja (¡no se nombra en el documento!), sino que afecta al mundo entero. Es un intento de sustituir a Naciones Unidas, sumidas en una larga crisis de impotencia e inacción, por un club de diferentes países mediante invitación del presidente, es decir, él mismo. Por el momento, han aceptado su invitación: Albania, Argentina, Armenia, Azerbaiyán, Baréin, Bielorrusia, Bulgaria, Egipto, Hungría, Indonesia, Israel Jordania, Kazajistán, Kosovo, Kuwait, Mongolia, Marruecos, Pakistán, Paraguay, Catar, Arabia Saudí, Turquía, Emiratos Árabes, Estados Unidos, Uzbekistán y Vietnam. Dicha invitación caduca a los 3 años, salvo si se pagan a Estados Unidos 1000 millones de dólares “en efectivo” (sic). De acuerdo con su documento fundacional, habrá empresas encargadas de la reconstrucción de zonas arrasadas por conflictos que, pronto vemos la ecuación con claridad, habrían alentado o generado los mismos países-empresa que van a participar de la reconstrucción. La paz en Gaza, y en el mundo entero, se resignifica pasando a ser un negocio inmobiliario rentable. El Board of Peace de Trump es, por lo tanto, un macrofondo de inversión para hacer dinero y negocios con la paz, amenazando con el chantaje de la guerra, cuya finalidad última, además del enriquecimiento de sus empresas-miembro, es sustituir a la ONU.
Por todo lo visto, puede concluirse que el discurso del autoritarismo reaccionario ya no es excepcional ni trágico, y muchos no lo consideran ya indeseable. Para ello, ha habido que mostrar públicamente (normalizar) que todo forma parte de un mismo programa político coherente y socialmente validado: se puede ser un dictador porque “a veces” los dictadores son necesarios. Anteriormente, se negaron resultados electorales, se alimentaron insurrecciones, se expresó admiración por el Ku Klus Klan y se mostró misoginia abierta, o se amenazó con aranceles o invasiones a numerosos países, para después bombardear Venezuela y secuestrar a su presidente. En el nuevo orden discursivo del autoritarismo reaccionario la democracia, el pacifismo, la defensa de los derechos humanos o de los intereses de la clase trabajadora no son más que ideología woke. Peter Thiel, el principal tecnooligarca de la era Trump, dijo ya hace tiempo que la libertad y la democracia no eran compatibles.
El mundo asiste, en suma, a la firma del certificado de defunción del sistema de democracias liberales del centro capitalista, con la normalización del autoritarismo y con la transformación de la paz en un gigantesco negocio inmobiliario. Ello fija la cosmovisión de que la democracia y la paz reales son prescindibles y estorban, normalizando suspender derechos, silenciar disensos y quién sabe si conducir a una crisis total que desemboque en una guerra mundial que supere la fase de conflictos territoriales o proxy del presente. Conviene, por último, no psicologizar el fenómeno a riesgo de restarle seriedad y durabilidad: Trump no es un enfermo, ni un loco, más allá de lo que pueda serlo un narcisista megalómano, y hasta puede que su senilidad acompañe bien la actual fase senil del imperialismo. Pero muerto el perro no acabará la rabia. Hará falta unidad, radicalidad y rearme ideológico para derrotar al trumpismo tanto en Estados Unidos como en sus diferentes expresiones en los países europeos. El momento histórico que atravesamos no debe tolerar vacilaciones ni ambigüedades, ni la legitimación del discurso reaccionario en la esfera política o social.
Laura Camargo Fernández, es activista, Doctora en Filología Hispánica y miembro del Consejo Asesor de viento sur.
Referencias
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Camargo Fernández, Laura y Garí Ramos, Manuel (2025) “El tsunami reaccionario: comprenderlo para hacerle frente” (entrevista a Steven Forti), viento sur, 6/03/2025. Disponible en https://vientosur.info/el-tsunami-reaccionario-comprenderlo-para-hacerle-frente/?utm_source=chatgpt.com
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