No sabe/ No contesta

Uno de los principios básicos de desarrollo del modelo neoliberal es "A la gente no le interesa la políca" fala agregar "lo hemos logrado". La despolitización es presentada por el sistema como una falsa virtud de neutralidad que, en realidad, actúa como un mecanismo de control para desactivar la movilización y el pensamiento crítico. Esta estrategia reduce la acción colectiva a quejas individuales y fomenta el desinterés, desarmando a la sociedad frente a las injusticias del sistema actual. La despolitización no como estado virtuoso sino como construcción ordenada a la reproducción del sistema es analizada por Basel Ramsis, director de cine y escritor egipcio-español, que logra trascender el ensayo tradicional sobre esta problemática central y creciente.

La política de hablar de política

Basel Ramsis

 

¿Qué tienen en común un carnicero, un pescador y un futbolista?

En las calles de mi barrio, Madinat Nasr, durante los dos primeros días del Eid al-Adha, pasaban hombres con túnicas manchadas de sangre, normalmente en parejas, anunciando su oficio a voz en grito: “¡Carniceros!”. Algunos vecinos recurrían a sus servicios para realizar el sacrificio ritual de ganado, una tradición durante el Eid para quienes pueden permitírselo.

Esta escena se ha ido desvaneciendo en los últimos años. Ahora, los vecinos organizan el sacrificio ritual con antelación, acordando una hora y un lugar con su carnicero habitual. Además, amplios sectores de la sociedad ya no pueden permitirse sacrificar ganado, tras haber descendido a los peldaños inferiores de la clase media.

Imagino a dos hombres recorriendo las calles de nuestro barrio en los próximos días, gritando “¡Carniceeeeros!”, mientras observan portales y balcones con la esperanza de que alguien los llame. Divisan una bandera palestina colgada en un balcón y, detrás de ella, a un niño extraño que los mira desde arriba. Apartan la vista sin dirigirse al niño; al fin y al cabo, son carniceros. Lo que ocurre en el mundo, o en la región, o en las fronteras orientales de su país no es asunto suyo. La política no es asunto suyo.

Se encuentran con Mahmoud, el funcionario jubilado que años atrás solía contratar sus servicios, de pie en la entrada de su edificio. Mientras intercambian saludos y felicitaciones por el Eid, él les dice que este año no ofrecerá un sacrificio. Ya no puede permitirse sacrificar y repartir carne como antes, y se ha conformado con comprar unos pocos kilos para su familia.

Los dos carniceros se unen a él para expresar su frustración por la subida de los precios y por una vida que se vuelve más difícil cada día, hasta que de repente se dan cuenta de que están hablando de política. Dan por terminada la conversación porque ellos, al fin y al cabo, son solo carniceros, y Mahmoud es solo un funcionario jubilado que debería limitarse a ver reposiciones estivales de las series del Ramadán. No son políticos.

Mahmoud y los dos carniceros me recuerdan a dos pescadores que filmé a bordo de una pequeña embarcación pesquera en Gaza en 2006: Abu Muhammad y Younis. Abu Muhammad me habló de su familia, de sus circunstancias y de la pesca. Se quejaba de las difíciles condiciones de vida, de cómo los pescadores palestinos se sentían cada vez más acorralados: impedidos de pescar en aguas israelíes como habían hecho antes, y de acercarse a las aguas egipcias con el pretexto de impedir el contrabando. También hablaba de las fragatas israelíes que por la noche disparaban proyectiles contra ellos, haciendo estallar a veces sus pequeñas embarcaciones y hundiéndolas.

Younis escuchaba y asentía. Pero cuando Abu Muhammad pasó a hablar del bloqueo de la Franja de Gaza, impuesto como castigo por la victoria de Hamás en las elecciones legislativas, Younis intervino para advertirle que no hablara de política. Todos nos reímos porque todo lo que había dicho hasta entonces, sobre las condiciones de pesca y los barcos atacados por proyectiles, también era política. Era inseparable de lo que vino después; todo formaba parte de lo que Abu Muhammad llamaba “la pesca y los peces y el sustento y la vida”.

¿Puede un palestino evitar involucrarse en la política? ¿No tener opinión alguna? Imposible. Esa es otra razón para reír, aunque sea con amargura.

La cobardía de la fama y el éxito

Todos conocemos personas, en nuestra vida cotidiana o entre las figuras públicas que admiramos, cuya profesionalidad y competencia respetamos. Pero algunas son nihilistas, indiferentes a los asuntos públicos e ignorantes de lo que existe fuera de su ámbito profesional, o simplemente tienen miedo y prefieren no levantar la cabeza.

Cuando alguien expresa una posición política delante de ellas, responden: “No somos políticos. Dejad la política para los políticos”. Este argumento dista mucho de ser inocente: dejar el poder político exclusivamente en manos de los políticos y, por tanto, de quienes poseen el poder económico, sirve para perpetuar la explotación y la injusticia.

Estas personas muestran caridad y generosidad hacia los pobres, sin preocuparse nunca por cambiar realmente sus vidas. Rara vez adoptan una postura política pública y, cuando lo hacen, se trata de una causa “segura”, una que no les expone a riesgos, castigos ni a la ira de quienes ostentan el poder. Solo expresan solidaridad con víctimas lejanas, como los europeos que condenan la persecución de migrantes en Estados Unidos mientras ignoran a los miles que se ahogan, como resultado de las políticas de sus propios gobiernos, en la fosa común cercana que es el Mediterráneo.

Justifican esta postura apolítica mediante una extraña división del trabajo: algunas profesiones pueden involucrarse en política y otras no. Pero, en esencia, estos argumentos son mecanismos de autoprotección, de preservación egoísta de la fama, el estatus y el dinero. Disfrazan la abstención de tomar partido —la cobardía— como algo natural que todo el mundo debería imitar.

Estas figuras encarnan una profunda crisis moral e intelectual. Entre sus rostros más recientes estuvo el gran director de cine Wim Wenders, quien, como presidente del jurado del último Festival de Cine de Berlín, se negó a permitir que el cine se “contaminara” de política. La política a la que se refería era, concretamente, adoptar una posición contra el genocidio del pueblo palestino, aun cuando varias de sus anteriores películas están ellas mismas “contaminadas” de política.

Estamos viendo repetirse los mismos argumentos en España sobre elevar el arte por encima de la política —o el deporte por encima de la política—. Cuando Lamine Yamal, hijo de inmigrantes marroquíes y estrella de la selección española, alzó la bandera palestina durante las celebraciones del título de La Liga del Barcelona, surgieron numerosas objeciones, incluidas algunas procedentes de la dirección del club y de su entrenador.

No se habían molestado antes, cuando el jugador solía mostrar un cartel con el código postal de su barrio marginado y empobrecido después de marcar goles, aunque aquel gesto era una declaración de pertenencia social y política, un recordatorio de que Yamal provenía de las filas de los pobres y de los inmigrantes. Ahí reside la contradicción más hiriente: que el cine y el fútbol deban situarse por encima de la política solo cuando la posición política entra en conflicto con los intereses directos de quienes tienen el poder, o cuando el asunto afecta a la causa palestina.

Quienes se consideran «por encima» de la política, quienes creen escapar de su contaminación, no se dan cuenta de que la solidaridad con Palestina ya no es un tabú y de que seguirá creciendo, aunque pueda sufrir retrocesos temporales. Pero sí comprenden la diferencia entre que un jugador desconocido levante la bandera palestina —un gesto que ignorarán— y que lo haga una estrella mundial como Lamine Yamal. Son plenamente conscientes de su influencia sobre millones de jóvenes y adolescentes, y es precisamente esa influencia lo que les asusta. Del mismo modo que existe una enorme diferencia entre un actor desconocido en un festival menor que se coloca una kufiya palestina sobre los hombros y que lo hagan Javier Bardem o Susan Sarandon.

La amnesia del intelectual

Lo verdaderamente alarmante es el declive cultural y moral del intelectual prominente que olvida deliberadamente que la política lo es todo, sin excepción. Sabía en su época de estudiante que el “arte por el arte” era uno de los argumentos más triviales de la historia, fácil de desmontar. Sabía también que era igual de absurdo afirmar: el fútbol es para el fútbol, la risa para la risa, la carnicería para la carnicería, la pesca para la pesca.

Cuando el argumento del “arte por el arte” se derrumbó —habiendo servido únicamente para sostener a quienes detentan el poder—, fue sustituido por una nueva retórica: la de la “especialización” y el “enfoque”. Si eres un futbolista de éxito, sostiene esta idea, céntrate en el fútbol. Si eres artista, céntrate en el arte. El objetivo era proteger a las personas famosas y exitosas de la “contaminación” de la lucha política. Después, la “lucha” se suavizó hasta convertirse en “activismo”. Y finalmente llegamos a la última etapa: no tener ninguna opinión política o, si la tienes, guardártela para ti.

El doble rasero queda al descubierto en el caso de Hansi Flick, entrenador del Barça. Cuando en una rueda de prensa le preguntaron por la exclusión de Rusia de las competiciones deportivas, defendió la medida con preocupación: Rusia había invadido Ucrania y el mundo no debía permanecer en silencio. Sin embargo, el genocidio sistemático y la limpieza étnica en Gaza no merecían la misma preocupación porque los intereses alemanes y europeos exigen lo contrario.

Esto no es ignorancia. Es un juego de intereses, y Flick participa en él conscientemente. Como alemán, está sujeto a una constante nacional, construida sobre el chantaje y la mentira, que vincula a Alemania para siempre con la defensa de todo lo que haga Israel, como cobertura de la imbricación de los intereses de sus élites financieras con Israel. Como entrenador del Barça, preferiría evitar cualquier cosa que pudiera exponer al club a una publicidad negativa. Mientras tanto, el joven jugador arriesga toda su carrera para expresar su lealtad.

Eso es precisamente lo que hace significativo el gesto de Lamine Yamal. Lo que hizo, las reacciones que lo condenaron y la campaña para avergonzarlo son, en sí mismas, política. Si hubiera guardado silencio o hubiera dicho, como otros, que todas las vidas son sagradas —también actos políticos—, nadie lo habría criticado. Pero Yamal, pese a su juventud, comprendió que todo es política y eligió declarar de qué lado está.

Sabe, sin necesidad de grandes palabras, lo mismo que sabía el funcionario jubilado Mahmoud aunque temiera decirlo: que el precio de un kilo de carne ya cueste diez piastras o mil libras, es política. Debemos exigir explicaciones sobre ello a quienes están en el poder y a las élites financieras que los han creado y los sostienen. Y la ausencia de esa pregunta es un silencio político, uno que pagamos económicamente, en nuestros medios de vida, y políticamente.

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Director de cine y escritor egipcio-español. Entre sus películas destaca “An Approach to Lavapiés” (2002), “Swings” (2007) y “Sugar on the Side” (2014); ha escrito y publicado “Ain Shams 1995” y “Other Defeats” en 2023 con la editorial Kotob Khan de El Cairo.

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