El Líbano y la paradoja de Hezbollah

La idea principal del artículo es que el Líbano es un Estado cuya soberanía ha permanecido permanentemente condicionada desde su nacimiento.
Francia diseñó un Estado con equilibrios internos extremadamente frágiles.
Israel pasó a considerar el sur libanés como un espacio estratégico para su seguridad.
Las potencias regionales utilizaron el territorio libanés como escenario de confrontaciones indirectas.
Las divisiones confesionales impidieron consolidar una autoridad estatal plenamente soberana.
En consecuencia, el Líbano aparece como un ejemplo de cómo las fronteras surgidas del colonialismo pueden generar estructuras políticas vulnerables, susceptibles de intervención externa durante décadas.
En este contexto, Hezbollah ocupa una posición paradójica. Para una parte significativa de la sociedad libanesa y del mundo árabe, representa la principal fuerza de resistencia frente a Israel y un factor de disuasión militar. Para otros sectores, su autonomía armada cuestiona el monopolio estatal de la fuerza y dificulta la consolidación de instituciones plenamente soberanas. Esta tensión expresa una contradicción más profunda: la coexistencia de un Estado formalmente independiente con estructuras de poder condicionadas por equilibrios regionales que exceden ampliamente sus fronteras.

El mapa de Hezbolá, el gran enemigo de Israel en Líbano - Mapas de El Orden Mundial - EOM

Líbano: de Francia a Israel, la historia de un Estado en disputa

Por:Silvina Alí Pachelo

Los intentos de paz entre Irán y sus agresores tienen en el Líbano una pieza central para el avance o el estancamiento de las negociaciones. ¿Por qué?

El Estado confesional libanés

Tras independizarse de Francia en 1943, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, el Líbano adoptó un sistema político singular basado en el reparto confesional del poder. El denominado Pacto Nacional, acuerdo no escrito que sentó las bases de la nueva república, estableció una distribución de los principales cargos del Estado entre las comunidades religiosas más importantes del país: el presidente debe ser un cristiano maronita; el primer ministro, un musulmán sunita, y el presidente del Parlamento, un musulmán chiita.

Este modelo no surgió de manera improvisada. Sus raíces se remontan al siglo XIX, cuando el Imperio Otomano y, posteriormente, el Mandato francés promovieron formas de representación política organizadas en torno a las identidades religiosas. La independencia no eliminó esa lógica, sino que la consolidó y la convirtió en el fundamento mismo del Estado libanés. Para muchos de sus defensores, el sistema confesional permitió garantizar la convivencia entre comunidades diversas en una sociedad caracterizada por una extraordinaria pluralidad religiosa y cultural. Para sus críticos, en cambio, institucionalizó las divisiones sectarias, debilitó la construcción de una ciudadanía común y transformó las diferencias confesionales en el principal mecanismo de acceso al poder. La historia contemporánea del Líbano puede leerse, en gran medida, como la historia de las tensiones generadas por ese modelo. Las disputas internas, la guerra civil de 1975–1990, los Acuerdos de Taif, la intervención de potencias regionales y el surgimiento de actores como Hezbollah estuvieron profundamente condicionados por una estructura estatal nacida de un delicado equilibrio entre comunidades, intereses regionales y herencias coloniales.

La invención del Líbano moderno

Uno de los historiadores que mejor ha logrado comprender la complejidad del Líbano es Georges Corm. Para él, uno de los principales errores de la historiografía tradicional consiste en presentar al país como una entidad histórica inmutable. Corm sostiene, por el contrario, que la identidad libanesa moderna es relativamente reciente y que surge de procesos políticos desarrollados durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX. Durante más de cuatro siglos, el territorio que hoy conforma el Líbano formó parte del Imperio Otomano. Lejos de constituir una unidad nacional diferenciada, estaba integrado por diversas regiones en las que convivían comunidades maronitas, drusas, suníes, chiíes, ortodoxas y otras minorías religiosas. En ese contexto, la pertenencia comunitaria tenía más peso que cualquier noción moderna de ciudadanía. A lo largo del siglo XIX, el Imperio Otomano atravesó profundas transformaciones. Las reformas conocidas como Tanzimat intentaron modernizar la administración imperial y reforzar el poder central. Paralelamente, las potencias europeas —en particular, Francia y Gran Bretaña— incrementaron su influencia en la región mediante la protección de determinadas comunidades religiosas como mecanismo de intervención política. Las tensiones entre drusos y maronitas culminaron en los enfrentamientos de 1860. La masacre de miles de cristianos provocó una intervención militar francesa y condujo a la creación de la Mutasarrifiyya del Monte Líbano en 1861, una entidad autónoma dentro del Imperio Otomano gobernada por un administrador cristiano aprobado por las potencias europeas. Este sistema institucionalizó la organización confesional de la vida política y sentó precedentes decisivos para el futuro del país. La Primera Guerra Mundial transformó radicalmente la región. La derrota del Imperio Otomano implicó el colapso de un orden político que había perdurado durante siglos. Los acuerdos secretos entre Francia y Gran Bretaña, en particular el acuerdo Sykes-Picot de 1916, anticiparon el reparto de los territorios árabes del imperio derrotado. En 1920, Francia proclamó la creación del Gran Líbano.

El nuevo Estado incorporó al antiguo Monte Líbano las ciudades costeras de Beirut, Trípoli, Sidón y Tiro, además del valle de la Bekaa. Esta ampliación territorial modificó profundamente la composición demográfica del país: los maronitas dejaron de constituir una mayoría clara y el nuevo Estado pasó a incluir importantes poblaciones musulmanas suníes y chiíes. La creación del Gran Líbano respondió tanto a intereses estratégicos franceses como a las aspiraciones de sectores maronitas que buscaban una entidad política diferenciada de Siria. En 1923, la Sociedad de Naciones otorgó formalmente a Francia el Mandato sobre Siria y el Líbano. Aunque presentado como una tutela destinada a preparar la independencia, en la práctica funcionó como una administración colonial. Durante este período se consolidó el aparato estatal libanés, se promulgó la Constitución de 1926 y se profundizó la representación política basada en criterios confesionales, una lógica que dominaría la vida política del país en las décadas siguientes. El Mandato francés tuvo un carácter profundamente contradictorio. Por un lado, favoreció la creación de instituciones modernas, el desarrollo educativo y la centralidad económica de Beirut. Por otro, reforzó las divisiones comunitarias al convertir las identidades religiosas en base de la representación política. Durante la década de 1930 crecieron las demandas independentistas: mientras muchos musulmanes defendían vínculos más estrechos con Siria y el mundo árabe, sectores cristianos promueven una identidad libanesa diferenciada. Sin embargo, comenzó a emerger una élite política capaz de articular un proyecto común.

La Segunda Guerra Mundial aceleró este proceso. La derrota francesa de 1940 debilitó el control colonial y abrió nuevas oportunidades para los nacionalistas libaneses. En 1941, las autoridades de la Francia Libre reconocieron formalmente la independencia del Líbano, aunque conservaron amplias prerrogativas sobre el país. Las elecciones de 1943 marcaron el punto de inflexión. La alianza entre el presidente cristiano maronita Bechara El Khoury y el primer ministro musulmán sunita Riad Al Solh, permitió construir un consenso entre cristianos y musulmanes conocido como el Pacto Nacional. Este acuerdo no escrito establecía que los cristianos renuncian a la protección occidental, mientras que los musulmanes abandonaron la idea de la unión con Siria, aceptando la soberanía del Estado libanés.

Cuando el nuevo gobierno eliminó de la Constitución las referencias al Mandato francés, las autoridades coloniales respondieron arrestando al presidente, al primer ministro y a varios ministros. La reacción popular, el apoyo de países árabes y la presión británica obligaron a Francia a liberarlos el 22 de noviembre de 1943, fecha que se consolidaba como el Día de la Independencia libanesa. Retomando a Georges Corm, la independencia no resolvió las contradicciones estructurales del país. El nuevo Estado nació sobre un delicado equilibrio entre comunidades religiosas, identidades nacionales divergentes e influencias regionales contrapuestas. Esa estructura, concebida para garantizar la coexistencia, se convertiría también en una de las principales fuentes de inestabilidad de la historia contemporánea del Líbano. El Líbano moderno es, en definitiva, el resultado de un proceso histórico en el que convergen dinámicas locales y decisiones coloniales. Durante el Mandato francés se consolidó la idea del “Gran Líbano” como entidad política diferenciada dentro del Levante, articulando territorios y comunidades diversas bajo una misma estructura estatal.

Este proceso no puede entenderse como una simple construcción administrativa: implicó la institucionalización de las diferencias confesionales como criterio de organización política, profundizando una lógica preexistente que pasó a convertirse en principio de Estado. La creación del sistema político libanés no eliminó las tensiones previas: las ordenó. El Estado no neutralizó las identidades, sino que las fijó en la estructura misma del poder. De este modo, la modernidad política libanesa nació atravesada por su propia fragmentación.

Del Gran Líbano al Pacto Nacional: los fundamentos del Estado libanés

El 1 de septiembre de 1920, el alto comisionado francés, el general Henri Gouraud, proclamó la creación del Gran Líbano en el Palacio de los Pinos de Beirut. La nueva entidad surgió tras la derrota del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial y la instauración del Mandato francés sobre Siria y el Líbano. Hasta entonces, el núcleo político del futuro país había sido el Monte Líbano, una región autónoma de mayoría maronita creada en 1861. Francia decidió ampliar significativamente sus fronteras incorporando Beirut, Trípoli, Sidón, Tiro y el fértil valle de la Bekaa. La decisión respondía a varios objetivos. Primero. buscaba dotar al nuevo Estado de recursos económicos y acceso a los principales puertos mediterráneos, y en segundo término, satisfacía las aspiraciones de importantes sectores maronitas que defendían la existencia de una entidad política diferenciada de Siria. Sin embargo, la ampliación territorial transformó profundamente la composición demográfica del país. El nuevo Estado incluía importantes poblaciones musulmanas suníes y chiíes, además de comunidades drusas, ortodoxas y armenias. Desde sus orígenes, el Líbano moderno nació como una sociedad plural, marcada por identidades religiosas diversas y proyectos políticos frecuentemente divergentes. El Pacto Nacional (1943) obligó a las élites políticas a encontrar una fórmula que permitiera la convivencia entre comunidades con orientaciones políticas diferentes. El resultado fue el denominado Pacto Nacional, un acuerdo no escrito alcanzado entre el presidente Bechara El Khoury, cristiano maronita, y el primer ministro Riad Al Solh, musulmán sunita.

El pacto se basó en un doble compromiso. Los cristianos renuncian a buscar protección política de las potencias occidentales, especialmente de Francia, mientras que los musulmanes abandonaron la idea de incorporar el Líbano a una unidad política más amplia con Siria o con el mundo árabe. A partir de este acuerdo se consolidó el sistema confesional de reparto del poder. La presidencia quedó reservada a un cristiano maronita, la jefatura de gobierno a un musulmán sunita y la presidencia del Parlamento a un musulmán chiita. También se estableció una distribución proporcional de los cargos públicos entre las distintas comunidades religiosas. El objetivo era garantizar la estabilidad y evitar que una comunidad dominará a las demás. Sin embargo, el sistema terminó convirtiendo la pertenencia religiosa en el principal criterio de representación política. Entre 1948 y comienzos de la década de 1970, el Líbano experimentó una creciente desestabilización como consecuencia del conflicto árabe-israelí y la cuestión palestina. La Nakba de 1948 provocó la llegada de unos 110.000 refugiados palestinos, alterando el delicado equilibrio confesional del país y afectando especialmente a la comunidad maronita, mientras que el sur de mayoría chií sufrió un fuerte deterioro económico por el cierre de la frontera con Israel.

Las tensiones internas se agravaron en 1958 con la intervención militar estadounidense en Beirut durante la Operación Bluebat, en apoyo del presidente Camille Chamoun frente al auge del nacionalismo panárabe. En paralelo, la creación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en 1964 y la derrota árabe en la Guerra de los Seis Días de 1967 incrementaron el flujo de refugiados hacia Líbano. El Acuerdo de El Cairo de 1969 otorgó a la OLP el control de los campos de refugiados palestinos, debilitando la autoridad del Estado libanés y profundizando la división entre cristianos y musulmanes. Finalmente, tras la derrota de la OLP en Jordania durante Septiembre Negro (1970-1971), la organización trasladó su base de operaciones al Líbano, convirtiendo al país en el principal escenario de la resistencia palestina y sentando las bases de una crisis política y militar que desembocaría pocos años después en la guerra civil libanesa. Para numerosos intelectuales, especialistas y políticos, esta estructura permitió la coexistencia durante décadas, pero también limitó la construcción de una ciudadanía común y contribuyó a las tensiones que desembocaron en la guerra civil de 1975.

La guerra civil libanesa

La Guerra Civil Libanesa estalló en abril de 1975 tras el asesinato de un miembro de la OLP en un barrio maronita, un episodio que desencadenó enfrentamientos entre el Movimiento Nacional Libanés, aliado de la OLP, y el Frente Libanés, integrado principalmente por milicias cristianas. Al año siguiente, Siria intervino militarmente, consolidando una presencia que marcaría la política libanesa durante casi tres décadas. En 1978 Israel invadió el sur del Líbano mediante la Operación Litani en respuesta a ataques palestinos, ocupación que modificó el equilibrio interno del conflicto. La ofensiva provocó un importante desplazamiento de población chií, fortaleciendo al movimiento Amal y debilitando progresivamente la influencia de la OLP en el sur del país.

La escalada continuó en 1982 con una nueva invasión israelí, la Operación Paz para Galilea, que culminó con el asedio de Beirut, la evacuación de la OLP hacia Túnez y la masacre de Sabra y Shatila, perpetrada por milicias falangistas bajo el cerco de las fuerzas israelíes. En los años siguientes, una serie de atentados suicidas contra objetivos estadounidenses y franceses, atribuidos posteriormente a Hezbollah, precipitó la retirada de la fuerza multinacional de paz y consolidó el protagonismo de los movimientos chiíes. Durante la segunda mitad de la década de 1980, Amal y Hezbollah disputaron el liderazgo político y militar de la comunidad chií. La victoria de Hezbollah, respaldado por Irán, lo convirtió en un actor central de la política libanesa, mientras Israel mantenía una “zona de seguridad” en el sur del país.

La guerra concluyó formalmente con el Acuerdo de Taif de 1989, que reformó el sistema confesional, amplió el peso político de la comunidad musulmana y legitimó la permanencia de las tropas sirias como garantes del nuevo orden. Aunque el acuerdo dispuso el desarme de las milicias, Hezbollah quedó excluido de esa medida debido a la ocupación israelí del sur del Líbano y a su estrecha alianza con Siria. En 1990, la derrota de Michel Aoun frente al ejército sirio puso fin a quince años de guerra civil, dejando un país profundamente fragmentado y un nuevo equilibrio regional en el que Siria y Hezbollah emergieron como actores determinantes.

Del Acuerdo de Taif al ascenso de Hezbollah: la reconfiguración del Estado y del poder en el Líbano

En 1989, los Acuerdos de Taif pusieron fin formalmente a la guerra civil mediante un pacto impulsado por Arabia Saudita y respaldado por la comunidad internacional. Lejos de desmontar el sistema confesional, el acuerdo lo reformuló al redistribuir el poder entre las principales comunidades religiosas, reduciendo las prerrogativas del presidente maronita en favor del primer ministro sunita y del gabinete. Aunque reafirmó la autoridad del Estado y dispuso el desarme de las milicias, consolidó al mismo tiempo la hegemonía siria sobre el Líbano, otorgando a Damasco el papel de garante del nuevo orden político. Taif no resolvió las causas estructurales de la crisis libanesa, sino que estabilizó temporalmente un sistema confesional dependiente del equilibrio entre las potencias regionales.

El final de la guerra civil no significó la reconstrucción plena del Estado libanés, sino el establecimiento de un nuevo equilibrio político condicionado por las relaciones de fuerza regionales. Los Acuerdos de Taif de 1989 pusieron término al conflicto armado, pero conservaron el sistema confesional, redistribuyendo parcialmente el poder entre las comunidades y otorgando mayor protagonismo político a los musulmanes sin modificar la lógica que había contribuido a la crisis. Al mismo tiempo, Siria emergió como garante del nuevo orden. Su presencia militar y la influencia de sus servicios de inteligencia le permitieron ejercer un papel decisivo en la política libanesa durante los quince años siguientes. Para una parte de la sociedad, especialmente entre sectores cristianos y suníes, aquella presencia constituyó una ocupación; para otros, en particular entre las fuerzas próximas a Damasco y buena parte de la comunidad chií, representó un factor de estabilidad frente a la permanente confrontación con Israel.

Durante la década de 1990 comenzó un proceso de reconstrucción económica encabezado por el primer ministro Rafik Hariri, orientado a restablecer el papel de Beirut como centro financiero y comercial del Mediterráneo oriental. Sin embargo, el crecimiento se apoyó en un elevado endeudamiento, acentuó las desigualdades sociales y no resolvió las debilidades estructurales del Estado. Como sostiene Georges Corm, la posguerra no significó la superación del modelo confesional, sino su adaptación a un nuevo contexto regional, en el que los equilibrios internos continuaban dependiendo de la influencia de actores externos.

En ese escenario, la ocupación israelí del sur del Líbano adquirió una importancia decisiva. Tras la invasión de 1982, Israel mantuvo una franja de seguridad administrada junto al Ejército del Sur del Líbano, situación que favoreció el ascenso de Hezbollah. Inspirado por la Revolución Islámica iraní y respaldado política y militarmente por Irán y Siria, el movimiento articuló una estrategia que combinó la resistencia armada contra la ocupación, una amplia red de asistencia social y una creciente participación institucional. A diferencia del resto de las milicias, Hezbollah conservó su brazo militar tras los Acuerdos de Taif bajo el argumento de que la ocupación israelí hacía legítima la continuidad de la resistencia. La retirada unilateral de Israel en mayo de 2000 reforzó notablemente esa narrativa y consolidó a Hezbollah como uno de los principales actores políticos y militares del país.

La salida de Israel no puso fin a las tensiones internas. En 2004, la Resolución 1559 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas reclamó la retirada de las tropas sirias y el desarme de todas las milicias, reabriendo el debate sobre la soberanía del Estado y el futuro de Hezbollah. La crisis alcanzó su punto más crítico con el asesinato de Rafik Hariri en febrero de 2005. Las multitudinarias movilizaciones de la denominada Revolución del Cedro precipitaron la retirada del ejército sirio tras casi tres décadas de presencia, pero no eliminaron la polarización política. Desde entonces, el sistema libanés quedó estructurado en torno a dos grandes coaliciones: el bloque del 14 de Marzo, favorable a reducir la influencia siria, y el bloque del 8 de Marzo, encabezado por Hezbollah y sus aliados, que defendía el mantenimiento del eje estratégico con Siria e Irán.

La guerra de julio de 2006 volvió a situar al Líbano en el centro de la confrontación regional. Tras la captura de soldados israelíes por parte de Hezbollah, Israel lanzó una ofensiva aérea y terrestre de gran magnitud que devastó infraestructuras civiles y amplias zonas del país. Aunque el costo humano y material fue enorme, Hezbollah logró mantener su capacidad operativa durante todo el conflicto, hecho que fortaleció su legitimidad entre amplios sectores del mundo árabe al ser percibido como la primera fuerza árabe capaz de resistir militarmente a Israel sin ser derrotada. A partir de entonces, la organización consolidó su inserción en el denominado Eje de la Resistencia, junto con Irán, Siria y otras fuerzas aliadas de la región.

El estallido de la guerra en Siria en 2011 profundizó esa transformación. La intervención directa de Hezbollah en apoyo del gobierno de Bashar al-Assad respondió tanto a la defensa de un aliado estratégico como a la necesidad de preservar el corredor logístico que conecta al movimiento con Irán. Esa decisión amplió considerablemente sus capacidades militares y su proyección regional, aunque también modificó su identidad política. Para sus detractores, Hezbollah dejó de ser exclusivamente un movimiento de resistencia libanés para convertirse en un actor central de la estrategia regional iraní; para sus partidarios, en cambio, la defensa de Siria constituía una condición indispensable para garantizar la seguridad del propio Líbano frente a Israel y a los grupos yihadistas que operaban en la región.

La profunda crisis económica iniciada en 2019, la explosión del puerto de Beirut en 2020 y la reactivación del conflicto entre Israel y Hezbollah tras la guerra de Gaza han vuelto a evidenciar las limitaciones del Estado libanés. Más que un enfrentamiento entre comunidades religiosas, la historia contemporánea del Líbano expresa la superposición de conflictos locales, intereses internacionales y disputas estratégicas por el control del Levante. En este sentido, el problema central no reside únicamente en el confesionalismo, sino en la permanente subordinación del sistema político libanés a las rivalidades regionales y a las intervenciones de las potencias externas. La persistencia de Hezbollah resume esa contradicción: para una parte de la sociedad constituye la principal garantía frente a la amenaza israelí; para otra, representa el mayor obstáculo para la consolidación de un Estado plenamente soberano y con el monopolio legítimo de la fuerza.

La paradoja del Líbano contemporáneo

La crisis financiera iniciada en 2019, la devastadora explosión del puerto de Beirut en 2020 y la escalada regional desencadenada tras la guerra de Gaza han vuelto a colocar al Líbano en el centro de las tensiones de Oriente Medio. El intercambio de ataques entre Israel y Hezbollah ha reabierto el riesgo de una guerra de gran escala, confirmando que la estabilidad libanesa continúa estrechamente vinculada a las transformaciones del escenario regional. Sin embargo, reducir la realidad del Líbano al enfrentamiento entre Israel y Hezbollah supone desconocer la complejidad de su historia. Las crisis recurrentes del país no pueden explicarse únicamente por las divisiones confesionales ni por la existencia de una organización armada, sino por la persistente debilidad del Estado, la instrumentalización política de las identidades comunitarias y la constante intervención de actores externos que han convertido al territorio libanés en un espacio de competencia geopolítica. En este contexto, Hezbollah ocupa una posición paradójica. Para una parte significativa de la sociedad libanesa y del mundo árabe, representa la principal fuerza de resistencia frente a Israel y un factor de disuasión militar. Para otros sectores, su autonomía armada cuestiona el monopolio estatal de la fuerza y dificulta la consolidación de instituciones plenamente soberanas. Esta tensión expresa una contradicción más profunda: la coexistencia de un Estado formalmente independiente con estructuras de poder condicionadas por equilibrios regionales que exceden ampliamente sus fronteras. Más de tres décadas después del final de la guerra civil, el Líbano continúa enfrentando los mismos dilemas que marcaron su historia contemporánea: la reforma inconclusa del sistema confesional, la reconstrucción de un Estado capaz de representar al conjunto de la sociedad y la búsqueda de una soberanía efectiva en un entorno atravesado por conflictos internacionales. Comprender esta trayectoria implica reconocer que el futuro del país dependerá tanto de su capacidad para transformar sus instituciones como de la evolución de las disputas estratégicas que siguen redefiniendo Oriente Medio. En ese sentido, el Líbano continúa siendo, más que un escenario periférico, uno de los espacios donde se condensan las principales tensiones políticas, militares e ideológicas de la región.

 

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