El artículo «Globalismo» de Le Grand Continent (12 de agosto de 2026), forma parte de un proyecto particularmente interesante: reconstruir críticamente el vocabulario político de la extrema derecha contemporánea. El punto central no es solamente qué significa la palabra globalismo, sino cómo una categoría originalmente descriptiva fue transformándose en una pieza de combate político y, en determinados discursos, en una teoría conspirativa.
La propia revista explica que términos como «globalismo», «marxismo cultural», «declive de Occidente», «orden natural» o «deep state» deben analizarse no aisladamente, sino como componentes de un repertorio ideológico que establece una frontera entre un in-group considerado legítimo y un out-group presentado como amenaza.
Una cuestión especialmente relevante desde una perspectiva de clase
El problema del concepto globalismo es que puede capturar una contradicción real del capitalismo contemporáneo, pero desplazarla hacia una explicación conspirativa.
Existe, efectivamente, una transformación estructural del capitalismo: internacionalización de las cadenas de valor, financiarización, concentración transnacional del capital, poder de las grandes plataformas tecnológicas, organismos supranacionales, fondos de inversión y creciente capacidad de las corporaciones para condicionar las decisiones estatales.
Pero una cosa es analizar la estructura material del capitalismo global y otra muy distinta atribuir esa estructura a una conspiración homogénea de «élites globalistas».
Ahí aparece una operación ideológica decisiva: la relación entre capital y trabajo desaparece detrás de la oposición entre «pueblo» y «globalistas».
El trabajador precarizado, el pequeño empresario endeudado o el jubilado que pierde capacidad adquisitiva pueden experimentar efectivamente las consecuencias de procesos globales. Pero si la explicación identifica como responsable a «los globalistas», se produce un desplazamiento: la contradicción social deja de ser capital/trabajo y pasa a ser nación/élite cosmopolita.
Ese desplazamiento es políticamente extraordinariamente eficaz.
El problema de la extrema derecha no es que invente todas las contradicciones
Este punto me parece fundamental para leer el texto.
La extrema derecha contemporánea no necesita inventar el malestar social. Lo que hace es darle una determinada gramática política.
La investigación que acompaña el proyecto de Le Grand Continent sostiene precisamente que la batalla política contemporánea también se libra en el terreno del lenguaje. Steven Forti señala que la normalización de determinadas palabras e ideas permite que posiciones que antes eran marginales ingresen progresivamente en el sentido común.
Esto permite comprender algo que en Argentina resulta particularmente visible.
Cuando Milei habla contra «la casta», «el socialismo», «la justicia social» o determinadas formas de «globalismo», no estamos solamente ante definiciones doctrinarias. Estamos ante operaciones de construcción de antagonismos.
El problema es qué sujetos quedan incluidos y excluidos en esos antagonismos.
Del conflicto de clases a la guerra cultural
La eficacia de esta nueva derecha reside, en buena medida, en haber comprendido que la hegemonía no se construye exclusivamente alrededor de un programa económico.
Se construye alrededor de una interpretación del mundo.
Por eso adquieren tanta importancia cuestiones como género, inmigración, nación, seguridad, «wokismo», libertad de expresión, identidad nacional, élites culturales y «globalismo». El propio Forti señala que la nueva derecha combina storytelling emocional, provocación, memes y guerras culturales para desplazar el centro del debate.
Desde una perspectiva gramsciana, podría decirse que estamos ante una disputa por el sentido común.
Y aquí aparece una paradoja: sectores populares pueden terminar adhiriendo a una representación del conflicto que identifica correctamente algunas experiencias de subordinación pero identifica incorrectamente sus causas.
Ese es quizás uno de los mecanismos más sofisticados de la hegemonía contemporánea.
Globalización no es lo mismo que «globalismo»
Conviene, por eso, separar tres conceptos:
Globalización: proceso histórico-material de expansión e integración de mercados, capitales, tecnologías, cadenas productivas y flujos financieros.
Gobernanza global: conjunto de instituciones y mecanismos mediante los cuales se coordinan determinadas decisiones internacionales.
Globalismo: término político que, en determinados discursos de extrema derecha, transforma esos procesos complejos en la acción deliberada de una élite homogénea que conspiraría contra las naciones.
La diferencia no es académica. Es política.
Porque criticar la globalización capitalista puede ser perfectamente compatible con una crítica marxista del capital transnacional, mientras que la teoría conspirativa del globalismo tiende a personalizar y moralizar relaciones estructurales.
Y aquí aparece la cuestión argentina
El concepto adquiere especial importancia para interpretar el proyecto de Milei.
Hay una contradicción que merece ser examinada con mucha atención: el discurso libertario denuncia supuestas élites globales mientras impulsa una política de apertura, desregulación y subordinación de importantes decisiones económicas a las condiciones de los mercados internacionales y del capital financiero.
Por eso no alcanza con preguntarse si Milei es «globalista» o «antiglobalista».
La pregunta más productiva es:
¿Qué fracción del capital se beneficia de cada dimensión de su proyecto y cuál es el lugar que ocupa el trabajo en esa reorganización?
Ese interrogante permite salir de la trampa semántica.
La retórica nacional-popular de determinadas derechas puede coexistir perfectamente con políticas económicas favorables a sectores altamente internacionalizados del capital. Y, a la inversa, puede utilizar el nacionalismo cultural para construir legitimidad social para una transformación económica profundamente regresiva.
La cuestión de fondo
Hay entonces una conclusión que, a mi juicio, permite ir más allá del artículo:
la crítica al globalismo no debe ser monopolizada por la extrema derecha.
Existe una crítica de izquierda mucho más consistente: no necesita imaginar una conspiración mundial. Puede analizar empíricamente la concentración del capital, la financiarización, la pérdida de capacidad regulatoria de los Estados, la internacionalización productiva, la desigual distribución de la renta y la subordinación de las mayorías populares a decisiones tomadas por actores económicos que carecen de control democrático.
El desafío político consiste, precisamente, en reconstruir ese conflicto sin convertirlo en una guerra cultural entre pueblos y enemigos imaginarios.
Porque detrás de la palabra «globalismo» hay una pregunta mucho más concreta:
¿quién controla el capital, quién controla el Estado, quién se apropia del excedente y quién paga los costos de la reorganización capitalista mundial?
Esa es la pregunta que permite recuperar la dimensión de clase que la retórica de la «guerra contra el globalismo» tiende a ocultar. Y también permite comprender por qué la extrema derecha puede presentarse simultáneamente como rebelión contra las élites y como vehículo político de determinadas fracciones de las clases dominantes.

Durante la campaña presidencial estadounidense de 2016, Donald Trump utilizó en repetidas ocasiones los términos «globalismo» y «globalistas». En un tuit de junio de 2016 dirigido a la candidata demócrata Hillary Clinton, escribió que las elecciones de noviembre serían «una elección entre el americanismo y su globalismo corrupto». 1 Una vez convertido en presidente, rechazó explícitamente, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre de 2018, la «ideología del globalismo», a la que oponía la «doctrina del patriotismo» resumida en su lema «America First». 2 Este discurso que Trump no ha dejado de repetir desde entonces, como vuelve a demostrar su intervención ante la misma tribuna en 2025, parece estructurar un movimiento paradójicamente global. 3
Sin embargo, el líder del movimiento MAGA (Make America Great Again) no inventó nada. El uso peyorativo del término llevaba mucho tiempo circulando a ambos lados del Atlántico. En Estados Unidos, durante la Segunda Guerra Mundial, los sectores más conservadores y aislacionistas del Partido Republicano lo empleaban para criticar la política de Franklin D. Roosevelt, oponiéndose a un enfoque tildado de «globalista» con una visión nativista, el rechazo a la inmigración europea y la neutralidad en el conflicto. Ya en febrero de 1943, la diputada republicana Clare Boothe Luce se burlaba así en la Cámara de los Representantes del «globaloney», el globalismo sin sentido del vicepresidente Henry Wallace. 4 Este neologismo captaba una tendencia general. Mientras que el supremacismo blanco encontraba su expresión más masiva en el Ku Klux Klan, que contaba con entre 2,5 y 5 millones de miembros a mediados de la década de 1920, el aislacionismo fue la verdadera brújula de las élites de Washington hasta el ataque japonés a Pearl Harbor. 5
En el siglo XXI, fueron sobre todo los activistas y propagandistas de extrema derecha quienes volvieron a situar este concepto en el centro del debate político, como una herramienta útil para construir una oposición maniquea entre un «nosotros» y un «ellos», en un contexto de recesión económica y profundos cambios culturales. Steve Bannon, director de Breitbart News antes de convertirse en estratega en jefe de la campaña de Trump de 2016 y, posteriormente, asesor del presidente hasta agosto de 2017, desarrolló un discurso nacionalista radical, alimentado por el resentimiento contra el «sistema» y el tradicionalismo cultural. 6 Retomando ideas formuladas en la década de 1930 por Henry Ford y Charles Coughlin, y posteriormente por Samuel Francis, Bannon oponía el capitalismo productivo al capitalismo especulativo atribuido a las «élites globalistas» y a unas minorías consideradas parasitarias. 7
En 2014, otro representante de los sectores más radicales de la denominada derecha alternativa (alt-right), el conspiranoico Alex Jones, fundador de la web InfoWars, cuyas cuentas en las principales plataformas han sido suspendidas en numerosas ocasiones, llegó a definir el globalismo como «un sistema de control panóptico digital mundial» y «la forma total de esclavitud». 8 Como han demostrado varios estudios, esta retórica se ha abierto paso hasta el centro del debate público gracias a su viralización en las redes sociales, impulsada por sectores marginales —en primer lugar, la «alt-right»—, que vinculaban el globalismo a agravios políticos y culturales, más que económicos, ya existentes. 9
Sin embargo, antes de las redes trumpistas, el término no tuvo mucho éxito durante la Guerra Fría, más allá de los círculos aislacionistas republicanos. Fue en la década de los noventa, cuando se aceleraba la globalización neoliberal, cuando se empezó a utilizar y, sobre todo, a definir. Al igual que harían poco a poco la mayoría de los diccionarios, desde Oxford hasta Cambridge, el sociólogo Ulrich Beck distinguía entre «la globalización» y el «globalismo», entendido como la idea de que el mercado mundial desplaza o sustituye a la acción política, es decir, como «la ideología del reinado del mercado mundial», la del neoliberalismo. 10 Otro sociólogo, Manfred B. Steger, contraponía igualmente el «globalismo», «ideología política que dota a la globalización de normas, valores y significados determinados», a la «globalización» como «conjunto multidimensional de procesos sociales que amplían e intensifican las interconexiones sociales a escala mundial». 11
El propio movimiento antiglobalización, que se consolidó en el Foro Social Mundial de Porto Alegre en 2001 como contrapunto progresista al Foro Económico Mundial de Davos, apenas utilizaba el término «globalismo»; hablaba de globalización o de capitalismo global, de ahí el lema «Otro mundo es posible» y el concepto de altermundialismo. 12 Fue sobre todo tras el estallido de la crisis financiera de 2008, en un contexto de crisis de la propia globalización —que hasta entonces se consideraba un proceso no solo positivo, sino también ineludible y casi «natural»—, cuando las derechas radicales y extremistas se apropiaron del concepto para canalizar el resentimiento de amplios sectores de la población. 13
El recurso al «globalismo» no es una característica exclusiva de Estados Unidos. Viktor Orbán, figura destacada de la derecha iliberal europea, ha hecho un uso extensivo de este concepto desde su regreso al poder en 2010. En un discurso pronunciado con motivo del 62.º aniversario de la revolución húngara de 1956, repitió casi palabra por palabra las de Trump ante la ONU un mes antes: «Rechacemos la ideología del globalismo y apoyemos, en su lugar, la cultura del patriotismo». 14 En la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), celebrada en Texas en 2022, encendió a la sala con un «¡Que se vayan al diablo los globalistas!». 15 En 2016, en un tono más conspirativo, el líder del Fidesz advertía que «poderes mundiales ocultos y sin rostro eliminarán todo lo que sea singular, autónomo, ancestral y nacional». 16 Estas potencias ocultas, precisaría más adelante, son, en primer lugar, la Unión Europea y el filántropo judío estadounidense de origen húngaro George Soros, acusados de urdir un plan para debilitar a la nación magiar. Las obsesivas referencias a Soros forman parte del «dog whistle», el silbato para perros de la política, esos guiños codificados a los relatos antisemitas del tipo «conspiración judía mundial». 17
La extrema derecha italiana tampoco se queda atrás. El principal documento programático de Fratelli d’Italia, las «Tesis de Trieste» (2017), explica que el partido de Giorgia Meloni se opone al «globalismo sin reglas respaldado por las multinacionales y las grandes entidades financieras con la complicidad de la Unión Europea» y critica con dureza una «globalización salvaje» en la que «convergen la utopía internacionalista del viejo comunismo, el tercermundismo pauperista y la práctica comercial globalista de las grandes multinacionales». Frente al «globalismo», la respuesta sería el patriotismo, el retorno a la tradición y el redescubrimiento de una identidad arraigada en los valores cristianos. 18 En Francia, Marine Le Pen opone igualmente a los «patriotas» al «globalismo» que, según la líder de Rassemblement National, presenta dos caras de un mismo proyecto totalitario: una financiera y especulativa, que tendría como objetivo destruir la nación, la soberanía y los valores franceses; y otro yihadista, que fomentaría la inmigración descontrolada y atacaría la identidad cultural. 19 «El globalismo económico que rechaza cualquier limitación o regulación de la globalización y que, por ello, ha debilitado las defensas inmunitarias de la nación, despojándola de sus elementos constitutivos: fronteras, moneda nacional, autoridad de sus leyes y gestión de la economía, permitiendo así que nazca y crezca otro globalismo: el fundamentalismo islamista».
En Vox, el globalismo es el hilo conductor del principal documento programático, la Agenda España (2021), redactado íntegramente en contra de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas. Santiago Abascal la presenta en la introducción como «una respuesta a las agendas globalistas que tienen como objetivo la destrucción de las clases medias, la liquidación de la soberanía de las naciones y el ataque contra la familia, la vida y las raíces comunes de Occidente». 20 El globalismo se convierte así en sinónimo de progresismo, pero también de liberalismo, ecologismo o feminismo. Ernesto Araújo, ministro de Asuntos Exteriores de Jair Bolsonaro, lo expresó de forma elocuente al asumir su cargo, al definir el globalismo como «una configuración actual del marxismo» que «se constituye en el odio a través de sus diversas ramificaciones ideológicas y sus instrumentos contrarios a la nación, a la naturaleza humana y al propio nacimiento humano». 21
A las dimensiones económica e identitaria se suma una tercera vertiente, encarnada por el presidente argentino Javier Milei: el rechazo al multilateralismo y la contestación del orden internacional liberal. Ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, en septiembre de 2024, el líder paleolibertario describió a la ONU como «un modelo de gobierno supranacional de burócratas internacionales que pretenden imponer a los ciudadanos del mundo un modo de vida determinado», lo que, en su opinión, atenta contra la libertad individual, la propiedad privada y el libre mercado en beneficio de «políticas colectivistas». 22 Siguiendo los pasos del Estados Unidos de Trump, Milei oficializó unos meses más tarde la salida de Argentina de la Organización Mundial de la Salud y su retirada de las negociaciones sobre el clima, al tiempo que se distanciaba del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. 23
Los intelectuales de referencia de esta internacional antiglobalista mantienen discursos similares. La declaración de principios del movimiento nacional-conservador, impulsada por el ensayista israelí-estadounidense Yoram Hazony, presidente de la Fundación Edmund Burke, incluye en su segundo punto el «rechazo al imperialismo y al globalismo» y arremete duramente contra los organismos supranacionales que, según afirma, destruirían la soberanía de las naciones. 24 La obra principal de Hazony, Las virtudes del nacionalismo, presenta el globalismo como un proyecto imperial que, tras la victoria aliada de 1945, habría impuesto un régimen mundial de instituciones internacionales basado en principios supuestamente universales, como los derechos humanos. 25 Una interpretación curiosamente muy cercana a la que desarrolla el ensayista ruso Aleksandr Duguin en Fundamentos de la geopolítica (1997) y La cuarta teoría política (2009). En un artículo publicado en 2024 por una revista afín al gobierno húngaro, el escritor cristiano conservador, detractor del «wokismo» y coautor del manifiesto nacional-conservador, Rod Dreher, explicaba que «el globalismo, que conceptualmente ha abarcado tanto la democracia liberal como el hipercapitalismo, depende de la deconstrucción de las fronteras, la disolución de los pueblos y el abandono de las tradiciones que obstaculizan un intercambio económico sin fricciones». 26
El paso hacia una visión abiertamente conspirativa se da rápidamente. Durante una conferencia en el Parlamento italiano en mayo de 2026, el presidente de la Heritage Foundation, Kevin Roberts, definió el globalismo como «una conspiración» y «una oligarquía egoísta y detestable» que se valdría del libre comercio, las fronteras abiertas y la lucha contra el cambio climático para castigar a los ciudadanos occidentales «trabajadores, patriotas y temerosos de Dios». 27
La Heritage Foundation es la autora del «Proyecto 2025», que es prácticamente el programa de gobierno de la segunda administración de Trump, del que, según los propios cálculos de la fundación, se ha aplicado más del 50 %. 28 El principal intelectual del mileismo, Agustín Laje, presidente de la Fundación Faro, ha dedicado un libro entero al globalismo, que a su juicio es el proyecto más peligroso de «ingeniería social y control total en curso», en el que apunta expresamente a las Naciones Unidas y a la Agenda 2030, el Foro Económico Mundial, la Fundación Gates, la Fundación Rockefeller o la Open Society de George Soros. 29 El líder de la derecha radical británica, Nigel Farage, invitado en seis ocasiones entre 2009 y 2018 al programa InfoWars de Alex Jones, acusó allí al globalismo —encarnado, según él, por el club Bilderberg— de impulsar una guerra mundial para instaurar un gobierno mundial, o incluso un «Nuevo Orden Mundial», del que la Unión Europea sería el ejemplo más logrado. 30
El «Nuevo Orden Mundial» es una de las teorías de la conspiración más persistentes de la época contemporánea. Se ha relacionado tanto con los Illuminati como con una supuesta conspiración judía internacional. Como demuestran las referencias actuales a Soros, el antisemitismo aflora con facilidad, aunque de forma más velada que en el pasado, en cuanto se habla de conspiración globalista. Sus orígenes se remontan al falso documento de propaganda zarista, los Protocolos de los Sabios de Sión (1903), y resurgen tras la Segunda Guerra Mundial con la teoría del «gobierno de ocupación sionista» (ZOG) y las fantasías de la John Birch Society. 31 La propia creación de las Naciones Unidas había llevado, por otra parte, a los sectores aislacionistas del Partido Republicano a denunciar, desde mediados de la década de 1940, la amenaza de un «nuevo gobierno mundial». 32 Al final de la Guerra Fría, en septiembre de 1990, el discurso en el que el presidente George H. W. Bush se refirió a un «nuevo orden mundial» permitió que la teoría cobrara nuevo impulso. Se ha relacionado con el papel de las organizaciones internacionales (ONU, OMC, FMI), con supuestos poderes ocultos como el Club Bilderberg o la Comisión Trilateral, pero también con proyectos imaginarios de sustitución étnica, desde el «plan Kalergi» hasta el «Gran Reemplazo», o incluso a fantasmagorías esotéricas como la teoría de los reptilianos, popularizada por David Icke y difundida incluso por el líder de extrema derecha neerlandés Thierry Baudet. 33
Durante la pandemia, estas teorías que atribuyen a las élites globalistas el proyecto de un Nuevo Orden Mundial han experimentado una mayor difusión, vinculándolas al coronavirus, a las restricciones sanitarias o a la vacunación. Paralelamente a la teoría de la «plandemia», que se tratará próximamente en este Vocabulario, en el verano de 2020 se extendió la del «Gran Reinicio» (Great Reset), según la cual el Foro Económico Mundial estaría utilizando el COVID-19 para reorganizar la sociedad y la economía en detrimento de la gente común e instaurar un régimen totalitario global. En octubre de 2020, el arzobispo Carlo Maria Viganò, antiguo nuncio apostólico en Estados Unidos (2011-2016), excomulgado en 2024, escribió a Trump para dar crédito a este supuesto «proyecto infernal» 34 que parece aflorar como trasfondo en los escritos de Peter Thiel sobre el Anticristo.
Para la extrema derecha, el globalismo ha acabado convirtiéndose en un concepto genérico, muy útil para nombrar y señalar a un supuesto enemigo de la soberanía de las naciones, del nacionalismo, del orden natural de las cosas y de los valores tradicionales. El globalismo, una ideología extremadamente vaga encarnada por grupos de poder transnacionales todopoderosos (las élites globalistas), es un concepto que se adapta según el contexto y puede significar cosas muy diferentes. En los discursos de la extrema derecha, se le atribuiría así la responsabilidad de la pérdida de identidad cultural y de representación política, de las deslocalizaciones industriales, del choque de civilizaciones, de las inmigraciones masivas o de la «imposición» de políticas medioambientales y de diversidad. En definitiva, al igual que otros conceptos de este vocabulario (marxismo cultural, ideología de género), el globalismo es un término paraguas (catch-all term) con un fuerte potencial conspirativo, que a menudo presenta connotaciones antisemitas. Una palabra que no describe el mundo, sino que señala a aquellos a quienes habría que expulsar de él.
Primero, decir que el globalismo es una categoría de la derecha es muy parcial. La izquierda también la usa.
Segundo, la estructura global o Imperio tiene soportes, esos soportes son oligárquicos, no pertenecen a nacionalidad real alguna, por eso se dice que son globalistas. Las oligarquías no son burguesías nacionales.
Tercero, el globalismo es otro nombre del imperialismo. Pero el imperialismo no puede identificarse con un país puesto que los países o localidades son objeto de la dominación oligárquica no en nombre de otro país sino de las oligarquías hegemónicas.
Por eso esto lo pueden entender desde Maduro hasta Tucker Carlson.
Y no lo puede entender el autor de ese artículo.
Sobre el tema de la «conspiración» ya es bastante trillada la crítica.
Cuando alguien revela algo subyacente u oculto obvio que eso es una conspiración para lo visible.
Las pruebas aportadas por los abogados de Cristina en la causa por intento de homicidio en su contra es una conspiración siguiendo los criterios del autor del artículo.
Una obra de teatro o de cine es una conspiración entre productores, directores y actores.
Un descubrimiento científico que revela algo que no se sabía es una conspiración contra lo que se sabía.
La cámara de empresarios metalúrgicos que se pone de acuerdo contra el aumento de salarios que reclama la uom es una conspiración.
La fórmula marxista de «dictadura del proletariado» es una conspiración contra la burguesía.
Ahora, si uno dice «los que impulsan las guerras en Irán y Ucrania son los soportes oligárquicos del complejo militar, industrial, financiero y mediático angloamericano» eso es teoría de la conspiración.
Si uno dice, en cambio, que «Trump impulsa esas guerras» entonces no es teoría de la conspiración?
Entonces, la única manera de no caer en teorías de la conspiración es no hacer referencia a ningún mecanismo oculto operado por determinados actores.
Si se investiga como se debe el atentado contra CFK o los 4 atentados contra Trump se caería en teorías de la conspiración.
Ahora bien, que Putin quiere ocupar Europa no es teoría de la conspiración.
Que China quiere dominar el mundo no es teoría de la conspiración.
Que Irán está a 7 días de fabricar un arma nuclear no es teoría de la conspiración.
Que Israel tiene decenas de armas nucleares no declaradas sí es teoría de la conspiración.
Paro acá, porque la lista de absurdos es interminable.